martes, 1 de julio de 2014

La derrota del conquistador


David era todo un seductor. Poseía el increíble don de susurrar al oído las palabras precisas para que cualquier mujer cayera rendida a sus pies. Muchas veces se había encontrado con chicas recelosas por tener la extraña sensación de haber sido espiadas en su intimidad, pero volvía a utilizar su embriagadora prosa para encauzar el entuerto y todo acababa en un malentendido que le hacía parecer aún más encantador. Aunque, en cierto modo, sí que las investigaba antes de dirigirles la palabra. Desde la distancia, observando su estado de ánimo y su lenguaje corporal. Con eso le bastaba.

Para que su mente pudiera procesar las señales que mandaban las chicas y se concentrara en idear las frases que esperaban oírle, necesitaba una sangre fría y un aplomo que sólo alcanzaba cuando se desprendía totalmente de sentimiento alguno. No podía sentir miedo, vergüenza, ni cariño; no si quería encontrar las palabras adecuadas para cada situación.

Sabía perfectamente que el hábitat idóneo para explotar esa característica era, sin duda, un lugar sosegado. Por eso mismo jamás iba a una discoteca, un concierto, o cualquier otro sitio que el sonido ambiental solapara su voz. Aunque vetar unos cuantos espacios urbanos no le suponía un gran problema, pues quedaban otros tantos perfectos para desplegar su cautivadora magia.

Había logrado conocer a cuantas mujeres quería. La gran mayoría guapas, todas simpáticas y algunas con sentido del humor, pero ninguna dispuesta a abandonarle tras experimentar su embrujo. Sin embargo, no solamente lo utilizaba para encontrar pareja, también podía abandonarla en el momento que le viniera en gana con la misma facilidad. Todos sabemos lo complicado que resulta poner fin a una relación sin una discusión o, al menos, una decepción que no acabe deteriorando el mutuo aprecio; todos menos David. Su labia estaba tan perfeccionada que cada vez que se empeñaba en romper con su novia acababa por convencerla de ser la mejor opción para ella, convirtiéndose a partir de ese momento en uno de sus mejores y más íntimos amigos.

Jamás había alargado un noviazgo más allá de seis meses y nunca había sentido la necesidad de convivir con su pareja. Pero lo que David no sabía es que "nunca" es un término demasiado largo para cualquier persona, por muy excepcional que se creyera. Y todo cambió el día en que conoció a Isabel.

La primera vez que la vio no pasó nada especial, nada destacable. Se cruzaron en la biblioteca de la universidad, la observó para trazar su estratagema y, unos instantes después, comenzaron a cuchichear sobre el libro que ella ojeaba. Más tarde salieron a tomar un refresco y, casi sin proponérselo, acabaron besuqueándose en la parada del autobús.

Isabel no era ni más bella ni más lista que la mayoría de las chicas con las que se le había visto relacionarse. Y el esfuerzo había sido el mismo, si no menos, que el utilizado con cualquier otra para que cayera rendida en sus brazos. Así que, con la despreocupación que irradiaba gracias a la enorme seguridad en sus artimañas, programó una segunda cita para el día siguiente.

Esta vez se encontraron a las puertas del Parque de la Ciudadela. Por cómo Isabel leía aquel libro el día anterior, David había deducido que se trataba de su poeta favorito. Así que apareció con un ejemplar idéntico y, haciéndolo pasar por suyo para que Isabel viera lo mucho que tenían en común, se ofreció a leerle unos versos mientras retozaban en el césped. La idea, como era de esperar, no pudo ser mejor recibida, pues sus metódicos planes nunca incluían fisura alguna que entorpeciera su galantería. Y esta vez no iba a ser una excepción.

Así pasaron dos semanas, citándose un par de horas diarias para que David la deleitara con su interminable abanico de frases, presentes y adorables planes.

Pero el decimoquinto día de su relación todo se vino abajo.

Habían pasado el día en la playa bañándose, tomando el sol y regalándose caricias. Cada cosa en su momento exacto para que resultaran la mar de placenteras, sobre todo para Isabel. Pero a media tarde David se quedó dormido, momento que aprovechó Isabel para sofocar su calor con un baño. David se despertó con el aturdimiento clásico de quien alarga sin necesidad la siesta, buscó con la mirada a su chica y la encontró en la orilla, saliendo del agua.

En ese preciso instante, aún nadie sabe bien cómo ni por qué, su percepción del Universo cambió.

Isabel tenía el rostro iluminado por la luz celestial que desprendían sus encendidas mejillas. El pelo, terso y mojado, se le pagaba a la espalda como si le cubriera los hombros el manto de una Virgen, evacuando el agua sobrante entre surcos de un manantial dorado. Cada huella que dejaba en la arena, cada pisada, estaba perfectamente acompasada para que sus caderas se contonearan simulando una sensual danza del vientre. Incluso a David le llegó a invadir la absurda certeza de estar observando cómo el mar lanzaba sus oleajes con el único propósito de acariciar los tobillos de Isabel.

Naturalmente, lo que sufrió fue, sin ningún tipo de dudas, lo que cualquier sociólogo denominaría flechazo de amor.

Isabel se sentó en su toalla, al lado de David, esperando escuchar la perfecta ocurrencia que le animara la tarde, pero él no pudo contentarla. Quiso hacerlo, pues era evidente lo que Isabel demandaba, pero sintió tanto miedo en defraudarla que no consiguió articular palabra. De pronto, comenzó a presentir una vaga posibilidad de ser rechazado si no le proporcionaba en el acto lo que ella quería y, dejándose llevar por un pánico irracional, le confesó su inconmensurable amor; así, sin meditarlo, sin darse unos segundos para sopesar la mejor opción. El problema fue que lo hizo con un estado de ánimo que reunía el temor, el afecto y la inseguridad en una misma mueca. Vamos, como lo haríamos cualquiera de nosotros declarándonos a la pareja de la que estuviéramos enamorados, pero como nunca lo hubiera acometido David de estar lúcido.

Isabel frunció el ceño con cara de estupor, pues no reconoció en esos gestos al chico que llevaba dos semanas encandilándola. Incluso llegó a pensar que se trataba de una broma de muy mal gusto y se enfureció al sospechar que le tomaban el pelo.

Cuanto más se disgustaba Isabel, más aterrorizado se mostraba David, llegando al punto surrealista de implorar misericordia igual que haría un condenado a muerte ante su verdugo. La escena que montó fue tan bochornosa que Isabel no tuvo más remedio que huir por la ardiente arena sin tan siquiera calzarse las chanclas. El guiñapo humano en el que se había convertido su apuesto amante no le hizo ninguna gracia, y se conjuró para no volver a saber nada más de él.

David regresó a casa solo, encomendándose a todas las redes sociales instaladas en su móvil para enmendar su torpeza con Isabel. Haciéndole saber cuanto la amaba, cuanto la quería y cuanto la necesitaba. Palabras leídas que jamás fueron contestadas.

Tras dos meses y ochenta mensajes sin respuesta, David perdió toda esperanza de recuperarla y aceptó la irremediable pérdida. Se dio cuenta de que engañar a una mujer era engañarse a uno mismo. Podía manipular los designios de una relación regalando todo lo que quisiera su pareja, pero sólo podría ser realmente feliz con una pareja que cuanto quisiera fuera a una persona como él.

Por supuesto que no dejaría de utilizar el poderoso hechizo oral que tanto dominaba, pero lo emplearía únicamente para romper el hielo en situaciones contadas y, nada más conseguirlo, se dejaría llevar por sus sensaciones. Así, si sus sentimientos no eran correspondidos, al menos no se traicionaría a sí mismo. Era consciente de dejar escapar muchas oportunidades si se abandonaba a sus sensaciones, pero en esos momentos de incertidumbre recordaba el dolor que había experimentado cuando, tras perder el control, se mostró tal y como era, y rápidamente volvía al refugio de su tesis con la esperanza de que no volviera a suceder tamaño desastre. Si le abandonaban sería porque él no era el hombre que andaban buscando; y no por simular ser todo lo que ellas anhelaban de un hombre.

2 comentarios:

  1. hace mucho tiempo leí un libro sobre el lenguaje no verbal (creo que de Flora Davis), que dedicaba un capítulo entero a explicar el donjuanismo, donde decía que precisamente, el conquistador, lo es porque sabe interpretar (inconscientemente) todos los mensajes que emite la mujer con su cuerpo, señales que están disimuladas y ocultas y que solo quien tiene esa percepción es capaz de distinguir a la mujer "receptiva" de la que no tiene la menor intención de ligar. También ocurre entre las mujeres, claro, pero eso es más normal.

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    1. Bienaventurados los hombres capaces de percibir esas señales, porque, con las mujeres de su lado, el mundo es suyo.

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