domingo, 6 de julio de 2014

Poesía callejera



Javier llevaba tres cuartos de hora asomado a la ventana del comedor. Vivir en un tercer piso le proporcionaba una panorámica inmejorable del parque que colindaba con el edificio donde residía.

De pronto, por uno de los costados, apareció el grupo de chavales que cada tarde acostumbraba a poblar alguno de los rincones menos transitado del jardín. Para Javier sólo se trataba de una ristra indeterminada de niños y niñas sin el menor interés, pues su mirada no podía ver más allá de Julia, la chica que encabezaba la comitiva y que le tenía encandilado con su deslumbrante belleza.

Cerró la ventana, se atusó el flequillo ante el espejo y salió disparado por la puerta.

Mientras bajaba de tres en tres los escalones, iba ensayando mentalmente los versos que pensaba recitar ante Julia. Había sido testigo de cómo un niño de su misma edad la deslumbró, tres días antes, interpretando un grotesco Rap ante todo el grupo. Y Javier estaba convencido de poder mejorar esa actuación. Cambiaría esas rimas soeces por los mejores versos de algún prestigioso poeta; el baile simiesco por una sobria y grácil representación; el tono de yonki por una voz aterciopelada. Y, sobre todo, el vestuario desgarbado por una camisa blanca, planchada y abrochada hasta el último botón. Decidirse sobre qué talla de pantalones enfundarse le había costado más. Recordó la imagen del chico rapero y a su descarado culo asomando sobre unos tejanos deliberadamente caídos y no le pareció muy elegante. Sin embargo, Javier no estaba seguro de que enseñar los cachetes no fuese el equivalente masculino a unos senos bien escotados: al fin y al cabo se mostraba un mismo canalillo. Pero, tras media hora de probaturas con ropa de su padre y trastabillarse en un par de ocasiones, desechó la idea por temor a quedar en ridículo ante una inoportuna caída. La función tenía que salir perfecta.

Javier llegó frente al distraído grupo de adolescentes, se tomó cinco segundos para recuperar el aliento y se dirigió a la niña de sus ojos.

 - Hola Julia. ¿Puedo enseñarte una cosa? -dijo excitado.
 - Sí, claro -concedió Julia sin hacerle demasiado caso.

Equilibró los pies en el suelo, irguió la espalda y, tal y como había estado ensayando durante unos días, entonó el poema.

A trabajos forzados me condena
mi corazón, del que te di la llave.
No quiero yo tormento que se acabe,
y de acero reclamo mi cadena.

Ni concibe mi mente mayor pena
que libertad sin beso que la trabe,
ni castigo concibe menos grave
que una celda de amor contigo llena.

No creo en más infierno que tu ausencia.
Paraíso sin ti, yo lo rechazo.
Que ningún juez declare mi inocencia,

porque, en este proceso a largo plazo
buscaré solamente la sentencia
a cadena perpetua de tu abrazo.

Y acabó la última frase con los brazos abiertos, esperando la ansiada cadena de su abrazo.

El grupo, que durante el transcurso de su interpretación fue poco a poco enmudeciendo su algarabía, se fue girando progresivamente con cara de asombro. Para cuando hubo acabado de recitar, el silencio era absoluto y todos los ojos estaban clavados sobre él.

De pronto, dos niñas que flanqueaban a Julia, con la parsimonia de quien sufre un hechizo, se adelantaron hasta quedar a unos centímetros de sus brazos. Javier estaba confundido. ¿Era posible que la magia de su interpretación hubiera embelesado, sin pretenderlo, a esas dos chicas?

Con la rapidez de un rayo, y sin que Javier lo viera venir, recibió un puntapié en la espinilla por parte de la niña situada a su izquierda. La de la derecha, aprovechando la cercanía de su cara al doblarse de dolor, le lanzó un escupitajo que fue a parar, con precisión milimétrica, entre ceja y ceja. Y el silencio se desvaneció en el aire con el estallido de unas sonoras carcajadas.

Javier se quedó aturdido por un instante, con una mano agarrando su dolorida espinilla y con la otra limpiando su cara de babas. Ya nadie le observaba. Julia le había dado la espalda y charlaba alegremente con las dos arpías que le agredieron.

Decidió irse para casa. Se dio la vuelta y arrastró los pies, dejando a cada paso un trocito de su autoestima. En cierto modo ya se lo había advertido su hermano mayor, el día anterior, mientras le observaba ensayar: "la poesía está muerta", le dijo. Ahora lo había comprobado. Y aferrarse a ella era acabar devorado por la muerte.

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