sábado, 21 de febrero de 2015

Microrrelato: El pintor más codiciado



El pintor más codiciado

Soy bueno, muy bueno en mi labor; probablemente, el mejor de entre los mejores. Mantengo mis trabajos expuestos al público en los más destacados museos del mundo, donde mi arte es requerido en cuanto encuentro un hueco dentro de mi ajetreada agenda. Mis frescos son observados a diario por miles de personas y, aún así, continúo en el más absoluto anonimato. El Metropolitan, el Louvre, el Guggenheim, todos me ofrecen sus salas para que culmine allí las obras, y son capaces de cerrar alas enteras de sus recintos sólo por verme actuar. Os preguntaréis qué técnica domino, qué estilo me distingue del resto para ser tan solicitado. Pues, a decir verdad, ninguno en concreto; pero me atrevo con todos y cada uno de ellos: el gotelé, el lacado, el estucado... Aunque sospecho que son mis bajos honorarios los que consiguen que mis pinturas sean tan universales.


Aquí, entre el gentío, podéis observar una de mis obras más celebradas. Lograr la textura del mármol con ese color crema ha supuesto, sin ningún tipo de duda, la culminación a mi carrera.

domingo, 15 de febrero de 2015

Tratamiento contra la ansiedad



Javier desabrochó su reloj de pulsera y se lo acercó a la oreja para escuchar el pálpito del segundero. Lo depositó con mimo en el suelo y, acto seguido, lo aplastó con fuerza, notando el crujir de los mecanismos bajo el tacón de sus camperas. En su día, había significado un apreciado obsequio de aniversario que le regalara su ex-mujer, pero ahora sólo eran escombros esparcidos, pasto del tratamiento contra la ansiedad que le habían recomendado. 

Sorprendentemente, se sintió mejor.

Al acercarse a la cocina para ir a buscar unos utensilios con los que adecentar el estropicio, se percató de un sutil tic-tac que provenía de la pared situada frente a la campana extractora. Allí, colgado de una alcayata,  permanecía impasible el reloj, en forma de trébol con cuatro hojas, que su madre le comprara en el todo a cien para decorar la fría sala. Lo descolgó.

Una vez en el comedor, y tras recoger los desperdicios de su anterior víctima, situó el nuevo cronómetro en la misma baldosa que el anterior y volvió a estrujarlo violentamente con su talón.

Esta vez, la carcasa no cedió. Para su madre era fundamental, por tradición familiar, adquirir objetos que duraran para toda la vida, y ese artefacto era una prueba más del buen ojo que atesoraba la mujer en el momento de escogerlos. Pero en Javier, lejos de amilanarlo, supuso un incentivo suficiente como para animarse a inaugurar la caja de herramientas que jamás había tocado. Sacó una maza de aspecto contundente y se lió a porrazos, hasta que dejó de percibir su compás y logró hacer añicos el simulacro de amuleto silvestre.

Maravillado, y sin saber por qué, se sintió aún mejor.

Hechizado por el cóctel de adrenalina y endorfinas que corría por sus venas, esprintó hasta dormitorio y, de un zarpazo, agarró el despertador que le había acompañado en cada uno de sus reposos. Se había hecho con él el mismo día en que le contrataran para su primer trabajo. En su imaginario le reservaba un lugar mítico, infalible, casi mágico, pues jamás había dejado de sonar a la hora demandada. Aún así, no dudó un segundo en intentar proporcionarle el mismo destino que al resto de relojes.

Apartó de un manotazo las hojas, ya mustias, del trébol y se dispuso a ocupar su lugar con el nuevo mártir. Pero la visión de una pequeña grieta ante sus ojos lo detuvo en seco: el arrebato protagonizado con la maza había erosionado, de forma involuntaria, la cerámica del suelo. Y no estaba dispuesto a consentir daños colaterales por cumplir con el procedimiento.

Cinco segundos destinó Javier en encontrar la solución. Aferró con fuerza el despertador y se dirigió al balcón.

En el exterior esperaba un frío atardecer de enero, envuelto en un cielo de nubes tan plomizas que, estrujándose las unas contra las otras, lograban licuar una tenue lluvia que mantenía las calles encharcadas. Javier se asomó al vacío, observó la acera y se cercioró de que no pasara nadie en ese momento. Como la inhóspita tarde ayudaba a que se cumplieran sus deseos, no tardó en dejar caer el despertador y verlo estallar en pedazos sobre el indolente asfalto.

En esta ocasión, pese a no cogerle desprevenido, quedó aún más embriagado. Con una franca sonrisa, volvió al interior de su piso y se sentó en el sofá, disfrutando del inesperado gozo que le estaba reportando la práctica.

<<Cuanta razón llevaba Carlos>>, pensó. Y recordó el estado de ansiedad en el que le había encontrado su amigo cuando quedaron, hacía apenas media hora, para tomar un café.

No puedo más —le había confesado nada más verle— Me duele el pecho, tengo nauseas y sufro de convulsiones. Desde que se fue Inés que no levanto cabeza. Estoy en casa y me invade una sensación de aplastamiento, como si las paredes fueran a venírseme encima en cualquier momento.

Carlos le había mirado con las pestañas a media asta, con la indiferencia de quien transmite su sabiduría en total calma.

Mira, chico, es normal —replicó Carlos— pasas demasiados ratos a solas y no haces más que darle vueltas al asunto. Tienes que buscarte una actividad, un paréntesis donde poder evadirte. Yo, si fuera tú, probaría a matar el tiempo.

Javier permanecía en el sofá, rememorando las palabras de Carlos. Si no había más remedio, bajaría al chino de la esquina y compraría unos cuantos relojes para ser destruidos por la fuerza de la gravedad. Estaba dispuesto a acabar con el tiempo que fuera necesario para mitigar su malestar.

Un angustioso escalofrío le recorrió la espina dorsal. Volvía a invadirle la imperiosa necesidad de matar. A la hora en punto, y como si se tratara de un sacrificio presto a apaciguar sus ansias, reclamó su atención el cuco que habitaba en el reloj de pared que perteneciera a su abuela. Si alguna vez había pensado ese pajarillo en emprender el vuelo, estaba de suerte. Había llegado ese día.

domingo, 8 de febrero de 2015

Seguidor del Diablo



No hace mucho, comenté algo sobre mi carácter pacífico (que no pacificador, aunque no me agrade ninguna manifestación de violencia), pero me gustaría apuntar que, más que mi pachorra (que la atesoro, y en grandes cantidades), lo que mejor me define podría ser mi tendencia a esquivar las confrontaciones. Pelearse o discutir de forma visceral no me parece la mejor opción para resolver discrepancias. Es más, en muchas ocasiones sólo sirve para instalarse un muro mental, de pura cabezonería, que nos impermeabiliza de la tolerancia necesaria para comprender otros puntos de vista. Mi estilo siempre ha sido el de buscar la complicidad con el prójimo, los lazos en común; jamás el de la grosería de querer imponer mi parecer a base de bramidos y menosprecios. En mi trabajo, quieras que no, ya me tienen calado. 

Pero la mayoría de mis compañeros son expertos en provocar follones. No es que sean malas personas ni nada parecido, pero están acostumbrados a relacionarse de una forma muy burra, lanzándose entre ellos puyas y gritos continuamente. A veces parece que cuantas más barbaridades se dicen, mejor se lo pasan. Y por ahí, en medio, ando yo, claro.

Ya hace tiempo que se dieron cuenta de mi extrema timidez, pero, una vez superado el tiempo de adaptación imprescindible para comunicarme con soltura y unirme a sus, demasiado a menudo, salvajes conversaciones, les resulta extraño que, ante sus provocaciones (por decirlo suavemente), no me revuelva de forma vehemente, como hacen ellos.

¿Pensáis que estoy exagerando o que soy una persona demasiado sensible? Quizá, pero mejor pongo un ejemplo y juzgáis vosotros mismos.

El otro día escuché como discutían, de esa forma tan amigable a la vez que belicosa, un compañero que es de los más cafres, con otro de religión musulmana. Bueno, pues yo no sé que le habría dicho el musulmán (seguro que nada bonito, porque este hombre también se las trae), pero la contestación del otro fue: "tú cállate, que sólo sirves para barrer y pegar tiros en Francia". ¡Eh!, y el musulmán ni se ofendió. Es más, los dos se rieron al unísono.

Pero bueno, sobre esta pandilla de energúmenos ya hablaré otro día, porque mi intención era escribir algo sobre teología.

Pues andaba yo paseando por el almacén con un palet vacío en mi transpaleta eléctrica, cuando, en un achaque de compañerismo, se me ocurrió ofrecer ese soporte de madera a un hombre que se encontraba separando género, a sabiendas que le podría servir de gran ayuda.

El compañero me miró de soslayo, con una clara intención de lanzarme un desaire. Y, supongo yo que por no traicionar a su gesto, me dijo:

- Yo, de ti, no quiero nada.

A lo que contesté:

- Pues había pensado en darte, junto con el palet, 50 euros. Pero, si te pones así, mejor me los guardo.

El debate no fue más allá, pero puedo decir que la contestación le hizo bastante gracia.

Ya he comentado anteriormente que no soy de los que replican a un desprecio de forma ofensiva, más bien intento crear algo de complicidad (como se puede comprobar, tampoco demasiado ingeniosa) y, a ser posible, provocar una sonrisa en mi interlocutor. Porque llevo ya unos cuantos meses tratando con ellos y soy consciente de que sus palabras no tienen mala intención. Pero lo más curioso vino después, cuando otro compañero que había observado la escena me preguntó si yo era Testigo de Jehová o algo parecido, pues se había dado cuenta que no suelo entrar al trapo ni decir las mismas barbaridades que los demás.

Esa primera apreciación me sorprendió, a la vez que me indignó un poco. ¿Por qué, por intentar ser cordial, educado y no caer en lo soez, he de poseer creencias religiosas? ¿Es más amable un creyente que un ateo o un agnóstico?

Tampoco es que me importara demasiado ser confundido con un feligrés, pero, aún así, quise aclarar el malentendido comentándole que guardo tan poca relación con la iglesia que ni tan siquiera he sido bautizado. Y a continuación me dijo:

- ¡Ah! Entonces, si no crees en Dios, es que eres seguidor del diablo.

Y se quedó tan pancho.

Pero vamos a ver, hombre de Dios (porque sé de buena tinta que es cristiano). Si te estoy diciendo que no creo en una entidad todopoderosa, que destila pureza, sabiduría y amor por todos sus poros (en el caso de tener poros, claro), ¿por qué razón debería creer en su figura antagónica? O sea, en un ser maligno, depravado y mezquino, que, casualmente, busca que ignoremos la palabra de Dios. Si hay alguien aquí que puede acabar adorando al demonio, ese eres tú. Porque si a algo se dedica en cuerpo y alma ese diablo, allí, en el mundo imaginario donde te has (o te han) montado una lucha entre el bien y el mal para dar sentido a la creación, es a tentar personas como tú, devotas de Dios.

Pero, claro, es más fácil decir que todos somos hijos de Dios, y que los que negamos su existencia es por haber sucumbido al influjo del maligno. Las religiones son expertas en argumentar de tal forma que se acabe reafirmando su doctrina, desvirtuando así cualquier otra vía de pensamiento. Pues no. Y huelga decir que esa postura me parece una enorme falta de respeto a quien no cree en divinidades. Pese a quien pese, yo soy hijo de mi padre y de mi madre, y no hay nadie más que pinte algo en este asunto. Así que coges a tu Dios, a tu diablo y a tu mentalidad corta de miras, y te los guardas en el mundo de fantasía y fanatismo que habéis creado para dar sentido a nuestra nimia existencia. Y a ver si sois capaces de parar la búsqueda de enemigos contra los que luchar y tenéis la decencia de dejar a cada uno creer (o no creer) en lo que le venga en gana. Porque estoy hasta los cojones de que se maten personas en nombre de, no ya hombres de paja, sino seres etéreos con los que os masturbáis la mente.

Desde luego que todo este pensamiento no lo expresé en voz alta, pues por todos es sabida mi propensión a no molestar.