domingo, 4 de mayo de 2014

Jaimito en el hospital (Versión Extendida)

Hace unos días que me vengo dando cuenta de que este blog está a punto de cumplir un año. Y mi primer sentimiento es de sorpresa, pues no esperaba, a estas alturas, continuar prácticamente con el mismo ánimo de hace un año. Tampoco es que me haga especial ilusión acumular aniversarios ni pretendo darle a este hecho mayor importancia de la que tiene, aunque se me ha ocurrido un ejercicio para conmemorar este día. El planteamiento es muy sencillo: repetir la primera entrada/anécdota, obviando la inauguración, para poder comparar y comprobar mi evolución a la hora de expresarme con la escritura. No sé hasta que punto he progresado, seguramente menos de lo que imagino, pero sí que me he dado cuenta que desarrollo mucho más los pasajes y quizá ordeno algo mejor las ideas. En cualquier caso, AQUÍ dejo el enlace a la entrada original para que cada cual juzgue.




Jaimito en el hospital

Hay gente muy aprensiva con la que no puedes hablar nada sobre experiencias clínicas. Si insistes en profundizar sobre el asunto rápidamente detectas su inquietud, se tornan pálidos y aprovechan la más mínima ocasión para cambiar de tema. Lo entiendo perfectamente. Para la gran mayoría de personas, la visita a un hospital suele estar asociada a vivencias traumáticas causadas por algún accidente o enfermedad de seres cercanos. El sentimiento puede llegar a ser tan intenso que incluso hay quien teme, en caso de inevitable ingreso, no volver a salir vivo de allí.

Sin embargo, a mí me sucede todo lo contrario. Pasear por sus pasillos hace que agudice mis sentidos en busca de alguna historia increíble o algún personaje singular. Esto no quiere decir que me considere una persona macabra ni que disfrute con el dolor ajeno, pero observar gente fuera de su entorno habitual siempre ofrece una visión alternativa, y a menudo muy curiosa, del comportamiento humano.

Muchos os preguntareis cómo mi mente, sin lugar a dudas enfermiza, ha llegado a incluir un ingreso hospitalario dentro de mi lista imaginaria de posibles experiencias interesantes. Pues ni yo mismo me lo explico. Pero es probable que todo este desorden provenga del hilarante encuentro que mantuve en mi primera visita a un hospital.

Todo empezó en una de las peores noches de mi vida. Me acosté con la mano izquierda magullada por culpa de una caída mientras jugaba un partido de fútbol. Yo pensaba que se curaría con unas cuantas horas de descanso y que al día siguiente me la encontraría en mejor estado pero, para mi desgracia, no fue así. Los dolorosos pinchazos que experimentaba, cada vez que intentaba asentar la mano sobre el colchón, no dejaron de atormentarme durante la interminable vigilia. Me conjuré para no molestar a mi madre en toda la noche, a fin de cuentas debía disfrutar de su merecido sueño dominical y el dolor no sería menos intenso por muchos familiares que desvelara, pero nada más ver amanecer ya no pude soportar el sufrimiento y no tuve más remedio que despertarla para que me llevara urgentemente al hospital.

Luego, me acabaría enterando que el causante de mi tortura era un hueso agrietado de la muñeca. El primer percance de salud serio en mi vida.

Entramos por la puerta de urgencias del Hospital del Mar, me tomaron los datos y nos ubicaron en una sala de espera donde, sorprendentemente, apenas tuve que esperar. Nos hicieron pasar a un consultorio para que me examinara un traumatólogo, llegando a la conclusión, sospecho yo que orientándose por el volumen de mis alaridos cuando me trajinaba la mano y la consiguiente mirada asesina que le propinaba, de la imperiosa necesidad de someterme a una radiografía sobre la zona afectada para dictaminar el alcance de la lesión. Así me acompañaron, esta vez sin mi madre, a otra sala donde se apiñaban personas aguardando para su prueba o análisis correspondiente.

Allí, encontrándome cabizbajo, en una habitación acristalada, sin ser capaz de atinar con una postura adecuada que aliviara mis punzadas y rodeado de pacientes con dolencias varias, fue donde lo vi por primera vez.

Calculo que su edad rondaría la treintena. Con un aspecto más bien desaliñado y de estatura menuda, apareció en escena con la fuerza de...

Lo cierto es que podría intentar describir al hombre con interminables reseñas y detalles, pero resultaría del todo innecesario, porque el personaje ya existe. Era exactamente igual a Jaimito. Pero pensareis que Jaimito es un sujeto ficticio que habita en los chistes; un estereotipo de niño insolente y travieso. Entonces, ¿cómo puedo saber qué aspecto tiene Jaimito?

Para explicarme mejor detendré por un momento esta anécdota y recordaré que todo esto sucedió hace algo más de veinte años. Seguro que muchos de vosotros recordareis que, por aquella época, nuestros televisores sintonizaban los primeros pasos de las cadenas privadas. Hablo concretamente de tele cinco.

Esta cadena provenía de Italia y, ante la falta de infraestructuras autóctonas en esos días primerizos, aprovechaban numerosos contenidos creados en su país de origen para rellenar diariamente su parrilla televisiva. Muchas veces de ínfima calidad, pero imagino que les saldría muy barato y les sacaba del apuro hasta que llegara la fecha en que productoras españolas desarrollaran programación original y exclusiva que les nutriese. Así, tele cinco, asomaba por una pequeña ventana de nuestro salón para mostrar algo de la cultura popular italiana.

Entre el ecléctico batiborrillo que configuraban los Pressing Catch, Humor Amarillo y las Mama Chicho, de vez en cuando emitían películas que protagonizaba Jaimito (Pierino para los italianos), interpretado por Alvaro Vitali, quien decora el encabezado de esta entrada con su más que dudosa belleza. Pero la persona que vi no solamente compartía ese peculiar rostro con el actor. El hombre que había aparecido ante mis ojos se expresaba con tal histrionismo y timbre de voz que la asociación en mi mente fue tan inmediata como inevitable.

Y con este pequeño inciso de cómo adopté los rasgos de este cómico para ponerle cara a Jaimito, podemos continuar con la historieta.

Pues, como iba diciendo, el enfermero (o sea, Jaimito) apareció cuando más decaído me encontraba. Sin duda atesoraba un espíritu servicial que le hacía destacar sobre el resto de practicantes, cualidad que procuraba mostrar a la más mínima ocasión para intentar ganarse la confianza de los pacientes. Por eso mismo, en cuanto vio aparecer la camilla portando a la desfallecida abuela, tardó menos de un pestañeo en colocarse a la altura de su cintura para socorrerla en lo que estuviera en sus manos.

 - ¡Hay Dios mío, que dolor! ¡Hay Dios mío, que mal estoy! -gimoteaba la mujer sin descanso.

Ver sufrir a una señora, gritando al viento sus males mientras estrujaba su bolso, era suficiente incentivo para captar la atención del enfermero más generoso del hospital, faltándole tiempo para ofrecer sus servicios.

 - No se preocupe señora -dijo Jaimito con una voz tan firme como caballerosa- Deme el bolso, que yo se lo guardo.

La mujer no se dio por aludida ante el amable ofrecimiento de Jaimito, pues sus sentidos estaban totalmente volcados en demandar la misericordia de Dios, ruegos que remarcaba con la mirada perdida hacia el cielo cuando no cerraba los ojos o los ponía en blanco. Así que, para evitar que las súplicas cayesen en olvido, continuó con su fatigoso sermón, ignorando la ayuda del enfermero.

- ¡Hay Dios mío, que dolor! ¡Hay Dios mío, que mal estoy!
- ¡Señora! -insistió con más energía Jaimito- Usted déjeme el bolso que enseguida la atienden.

Pero la señora no prestaba atención a nadie y continuaba apostando por la compasión del Todopoderoso.

- ¡Hay Dios mío, que dolor! ¡Hay Dios mío, que mal estoy!

Jaimito, impaciente por demostrar al mundo su indiscriminado altruismo, decidió agarrar el bolso a la mujer y se permitió el gesto de estirarlo suavemente para hacer notar su presencia sobre la paciente.

- Suelte, señora. No se preocupe, yo se lo guardo.

La mujer, que no estaría tan mal cuando se aferraba al bolso con más fuerza que un mejillón a su roca, se vio sorprendida por la pequeña sacudida y dejó de mirar al infinito para dedicar una mueca de estupor al enfermero.

- ¿Pero qué haces? ¡Suelta mi bolso, cabrón!
- Señora, suelte el bolso.-ordenó Jaimito.

En ese preciso instante, se esfumó por completo tanto la fragilidad de la mujer como la amabilidad de Jaimito. El enzarzamiento que presencié, encarnado con tirones, patadas y puñetazos, y aderezado con un sinfín de insultos, ha sido el combate más nivelado que yo pueda recordar en mi vida. En el hipotético caso de estar obligado a declarar un vencedor, necesitaría toda la sabiduría de un juez de lucha libre para dirimir el encuentro. Y, aún así, no estoy seguro de ser capaz.

De hecho, tuvieron que separarlos las enfermeras cuando ya se lanzaban dentelladas, no sin antes dedicarse mutuamente unas últimas palabras de, por decirlo educadamente, desapego.

- ¡Ladrón! ¡Hijo de puta! -gritó la mujer.
- ¡Guarra! ¡Puta! -replicó Jaimito.

Yo, por mi parte, había olvidado por completo mi calvario y me retorcía, esta vez de risa, en el asiento.

La escenografía, el vestuario, el tempo, la comicidad; todo había sido sublime. Si se trataba de una representación, destinada a aliviar el sufrimiento de los espectadores, la habían ejecutado a la perfección.

Aún andaba ocupado en recuperar el aliento, cuando Jaimito reapareció en escena para comenzar con su siguiente número.

Empujaba una silla de ruedas con la que transportaba a otra mujer, al menos diez años mayor que la anterior, desde el pasillo de admisión. Seguramente ya habría sido visitada por un Doctor, porque se dirigió directamente hacia nuestra sala para depositarla en uno de los asientos.

Al contrario que la anterior paciente, nadie hubiera imaginado que aquella abuela llegara a poner en aprietos a nuestro desprendido enfermero, pues su estado era tan dócil y somnoliento como el de un bebé tras la toma de su biberón. Aunque, si pasáramos por alto la edad, la mayor diferencia entre un recién nacido y la mujer sería de tamaño y peso. Y precisamente eso es lo que fue a comprobar Jaimito.

He de intuir que la silla de ruedas ya estaba destinada a cubrir otras necesidades, porque no entiendo qué llevó a nuestro enfermero a intentar la proeza de levantar, él solo y a peso, a la abuela semi-inconsciente y no dejarla descansar, como ya sucedía con otros pacientes de la sala, en su silla de ruedas. Pero Jaimito era así. No había tarea, por espinosa que fuera, que se resistiese a su entusiasmo y devoción.

Abrazó a la mujer deslizando los brazos bajo sus axilas y, cuando ya los tenía asegurados tras su espalda, empujó hacia arriba con todas sus energías. El esfuerzo fue enorme, hecho que todos los presentes pudimos constatar al ver como le subían los colores a la cara, no pudiendo dar más de dos pasos antes de soltarla cariñosamente en el asiento más cercano. Ese fue su primer error, pues la depositó justo delante de los interruptores de la luz que iluminaba la sala.

La mujer, aún encontrándose sentada, ponía tan poco de su parte que no lograba la estabilidad suficiente para mantenerse erguida por sí sola, lo que provocaba que se balanceara en su asiento, apagando y encendiendo los fluorescentes cada vez que su espalda chocaba contra la pared.

Jaimito se percató al instante de la psicodélica iluminación que provocaba el entuerto y, como era de esperar, su integridad no le permitía abandonar a pacientes en una sala con riesgo de provocar ataques epilépticos. Así que, sin más dilación, pasó el brazo derecho por la espalda de la errática mujer para acomodarla mejor a fin de evitarnos la molestia. Con tan mala suerte que colocó la mano entre el respaldo del sillín y la pared. Ese fue su segundo error, pues el constante bamboleo de la rolliza abuela acabó por aplastarle los dedos.

 - ¡Ostia puta! -gritó Jaimito, justo antes de salir corriendo por la puerta.

Y allí nos dejó, con una luz que iba y venía según las oscilaciones de la mujer, y con la mayoría de personas tronchándose de risa.

Tuvimos que esperar unos minutos hasta ver reaparecer a Jaimito por allí. Yo mismo pensé que ya habría tenido suficiente con la mano lastimada y que andaría con un médico para curarse del percance, pero me equivocaba y , como dice el dicho, no hay dos sin tres. En el fondo todos sabíamos que Jaimito era tan escrupulosamente cumplidor que jamás llevaría la contraria al refranero español. Su inquebrantable voluntad podía tomarse un descanso, pero no se iba a doblegar por dos insignificantes adversidades.

Durante esa tregua temporal que dedicó, supongo yo, a reponerse, la sala se fue vaciando sin la ayuda de nuestro querido enfermero. La mayoría de los pacientes se dirigieron a sus respectivas pruebas acompañados por una enfermera, pero hubo uno en concreto que fue reclamado por los altavoces. El hombre, que curiosamente descansaba sobre una silla de ruedas, no vio que nadie viniera a buscarle, por lo que decidió salir él mismo por la puerta sin esperar indicaciones. Se trataba de una persona débil, extremadamente delgada, aunque no superaba los cincuenta años, así que su empuje fue lento y dificultoso, casi a cámara lenta.

Observé como avanzaba hacia el pasillo pero, cuando ya tenía medio cuerpo fuera de la sala, se le trabó la rueda trasera en la puerta de cristal, deteniendo su salida. El hombre, con toda la parsimonia del mundo, detectó el punto donde la goma no cedía y empujó la rueda con más fuerza para desencallarla. Al tercer intento lo consiguió, pero el esfuerzo, además de liberar la rueda, logró ser lo suficientemente enérgico como para desprender el inmovilizador de la puerta. Esta, se fue cerrando tras su paso y así quedó.

Veinte segundos más tarde apareció por el pasillo Jaimito, totalmente repuesto de sus males y con el coraje renovado. Sin duda venía dispuesto a ser el acompañante del hombre que había salido por la puerta momentos antes, por eso mismo atravesó el umbral con la determinación de quien sabe que no hay nada ni nadie que se pueda interponer entre él y su deber. O, al menos, eso creyó.

El testarazo que le propinó a la transparente puerta fue brutal. El cristal vibró con tanta violencia que hasta la señora antes mencionada, y que continuaba dormitando junto a la puerta, despertó alarmada.

 - ¡Joder! ¡Ostia puta! ¿Pero quién cojones ha cerrado la puerta? -bramó al viento Jaimito.

Y se dio la vuelta para desaparecer por donde había venido.

He de confesar que viví uno de los momentos más peligrosos en mi vida, pues estuve a punto de morirme de risa. Cada espasmo, cada carcajada, era replicada por mi cuerpo con un intenso dolor en mi maltrecha mano pero, aún así, me era imposible parar de reír.

Sentí una profunda pena cuando, cinco minutos más tarde, fui reclamado por un enfermero para acudir a la sala de rayos X, pues intuía que con esa última prueba acabaría la función y no volvería a ver a Jaimito. Y así fue. Tras confirmar mi lesión, me decoraron el brazo con una pálida escayola y me devolvieron junto a mi ya impaciente madre.

Dudo mucho que de esta experiencia aprendiera algo más instructivo que a no tenerle miedo a los hospitales; coraje, por otra parte, que siempre deberé agradecer a Jaimito. Pero si algo tengo claro, y que lo sepáis si algún día me encontráis en esa tesitura, es que en caso de sufrir algún percance quiero ser examinado por un Doctor de guardia del Hospital del Mar. Con un poco de suerte vuelvo a encontrarme con mi admirado enfermero y puedo saludarlo. Y quién sabe, igual hasta interpreta un nuevo número para mí.


2 comentarios:

  1. He leído el primero primero (o primero el primero), y claro, el "remake" ya sabía yo su desenlace. Siempre se mejora, es cierto, pero la idea sigue siendo divertida y disparatada.

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    1. De eso se trata, de seguir mejorando, aunque sea a paso de caracol. Y, más que idea, fue vivencia. Puede parecer increíble, pero ocurrió tal y como lo explico.

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