lunes, 29 de septiembre de 2014

El zoo de papel



Por todos es de sobras conocida mi gran afición por el cine, la música o la lectura. Cuando no estoy visionando una serie o película, ando juntando letras, palabras, líneas y estrofas para enterarme de qué va un relato. También aprovecho cualquier tarea en casa para que me acompañe alguna de mis melodías favoritas. Parece ser que no tengo bastante con mi vida cotidiana y que necesito sentir más emociones para gozar con plenitud de esta fugaz vida.

Porque eso es, precisamente, lo que le pido a una canción, a una secuencia o a un cuento: que sea capaz de emocionarme. Y con esto quiero decir que da igual si se trata de hacer reír, llorar, pasar miedo o frustrarse, siempre y cuando el mensaje sea honesto y no detecte una, por otra parte inevitable, manipulación de los sentimientos.

También es cierto que las expectativas que uno mismo crea sobre un argumento van en contra del factor sorpresa y acaba resultando más complicado llegar a emocionarse. Por poner un ejemplo, si uno sabe que la película es una comedia, seguramente será más exigente con el ingenio de los diálogos o los gags. En cierto modo, esperar de antemano unas risas, hace que pongamos el listón mucho más alto y seamos más severos al valorarla, al menos en el aspecto cómico.

Sin embargo, ocurre todo lo contrario si, como me ha sucedido a mí, te acercas a una historia fantástica (en sus tres acepciones) y sensible esperando un relato de ciencia-ficción. Pero, claro (y aquí está mi enorme equivocación), ¿por qué un cuento de fantasía/ciencia-ficción no puede hacer llorar? Pues hoy, lo que nunca hubiese esperado, me ha sucedido.

Aquí, solo y de madrugada, me ha dado por comenzar a leer, sin saber lo que me esperaba, un relato corto titulado "El zoo de papel" de Ken Liu. Y me ha costado Dios y ayuda acabar sus últimas frases, porque hasta la fecha jamás había tratado de leer con los ojos desbordantes de lágrimas y peleándome con un moco acuoso y esquivo que trataba de darse a la fuga y que, por mucho que mi nariz lo intentara, no se dejaba aspirar.

Pero ahora ya sí, ya puedo irme a dormir, tras escribir estas líneas que han ayudado a serenarme. Gozoso por haber leído algo tan increíblemente bien escrito y aún emocionado por sus palabras. Seguro que esta noche tengo dulces sueños.

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