miércoles, 29 de octubre de 2014

El estrés de una mudanza





Jamás he pretendido que este espacio se convierta en un diario personal. Sin embargo, y visto que alguna vez lo he utilizado de esta despresurizadora forma, creo que ha llegado el momento de abrir un nuevo capítulo en la historia reciente de mi vida que, ocasionalmente, comencé a escribir por aquí.
Si no recuerdo mal, lo dejamos cuando aproveché una entrada para comunicar al mundo el feliz hallazgo de un nuevo trabajo tras varios meses en paro. Pero de eso hace ya medio año, así que mi contrato expiró hace unos pocos días. Aunque no me voy a preocupar, al menos de momento, de este hecho consumado, ya que me renovaron por tres meses más.
El cambio más significativo en esta carrera, aparentemente sin fin, que supone la vida, ha sido que hemos logrado vender nuestro duplex. Y, lógicamente, nos tendremos que marchar en pocos días a otro lugar. Será a un piso más pequeño y que está situado en otra localidad, pero lo realmente traumático, farragoso y cansado será la inevitable mudanza que nos espera.
Una mudanza, con el cambio de hábitat que conlleva, es una situación que, según la psiquiatra de mi mujer, supone un alto grado de estrés. Y en parte estoy de acuerdo con ella. Es cierto que vaciar cajones, estanterías y armarios es como derrumbar el castillo donde guardas tu esencia. Rincones íntimos que han servido para acumular trastos capaces de evocar las vivencias de los años transcurridos. Con cada objeto que aparece, la memoria te devuelve un destello de cada pequeño paso que has andado para construir el personal mundo que supone tu hogar; y también, claro está, algunas de las desgracias y alegrías que te curtieron como persona. Meter la mano en esa especie de nichos y, por ejemplo, sacar un álbum de fotos, consigue conectarte con más fantasmas de lo que sería capaz una sesión de diez horas con una Ouija.
Además, a toda esa avalancha de emociones, hemos de sumar el desasosiego de ir a parar a otro barrio donde nadie puede garantizar que nuestra vida siga igual de apacible. Y es precisamente ese cambio hacia lo desconocido lo que más nos asusta.
Pero, ¿por qué he dicho que estoy sólo en parte de acuerdo con el discurso de la psiquiatra? Pues porque, como todo en esta vida, ese grado de incertidumbre depende de las circunstancias y de la forma de ser de cada uno.
Quien conozca algo sobre mi vida sabrá que esta no será mi primera mudanza. Ni la segunda, ni la tercera. De hecho, será la sexta. Y esta circunstancia, quieras que no, me proporciona algo de bagaje con el que afrontarla. Cosa, por otra parte, poco común en una sociedad que normalmente busca estabilidad física y emocional. Y esa es la principal razón de que para mi mujer suponga tan sólo su tercera mudanza.
Doblar en mudanzas a mi esposa hace que me las tome, con respecto a ella, de una forma más sosegada; consciente de que será dura, pero completamente convencido de que, tras un tiempo de adaptación, todo volverá a la normalidad. Y es que, si el ser humano ha logrado dominar el mundo, ha sido por la innata capacidad de adaptarse a cualquier sitio. Y nosotros no vamos a ser menos. O eso espero.

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