viernes, 22 de abril de 2016

Confusión funeraria



La muerte confunde a las personas. Quizá sea así porque casi nunca pensamos en ella ni la esperamos. Es justamente ese momento de ver brillar la hoja de su guadaña y sentir su soplo cercano, el que siempre nos pilla por sorpresa.

Veréis, tenemos un grupo de WhatsUp en el trabajo, donde todo el mundo se anima a reenviar un sinfín de tonterías. Al parecer, a nadie le apetece escribir ningún mensaje que supere ese impersonal gesto de copiar y pegar. Pero el otro día, sin previo aviso, una persona del grupo tecleó esta frase: "No sé si lo sabéis, pero se ha muerto el padre de Joaquín".

A mí me dejó helado, pues es leer o escuchar la palabra muerto en cualquier sitio y ya me entran escalofríos por todo el cuerpo. Además, hay un Joaquín en el grupo, que curiosamente es mi encargado, y casualmente yo estaba con él de visita en casa de sus padres. De modo que no tuve más remedio que poner en cuarentena la veracidad de esa noticia. Todo el mundo sabe de la velocidad a la que se propagan los chismes por las redes sociales, pero recibirlo antes de que el hombre la diñara me pareció de una rapidez excesiva. Aún así, sin tenerlas todas consigo y viendo que su padre se entretenía más de la cuenta en salir del baño, mi encargado fue el primero en interesarse por el tema, escribiendo en su móvil: "¿qué Joaquín?" A lo que el primer escribidor contestó: "Joaquín Sala, el dueño de la empresa"

La respuesta certificando no ser él, junto al sonido de una cisterna vaciándose en el baño, fueron elementos suficientes para que todos respiráramos tranquilos. Sin embargo, y por muy absurdo que parezca, pasamos un mal rato.

Que la muerte confunde a las personas sería una idea descabellada si no hubiera sucedido nada más a parte de esa mera anécdota. Pero sucedió. Porque todos los empleados fuimos al velatorio del padre de Joaquín, el dueño de la empresa. Allí nos encontramos con una marabunta de personas despidiendo al difunto. Se ve que el hombre había tenido una relación larga y fructífera con la humanidad en general, porque nunca vi un lugar tan abarrotado. Además la gente, al parecer muy dada ella a alegrarse el día admirando un cadáver, no paraba de visitar el ataúd. 

En una de esas idas y venidas, se nos acercó una señora que rondaría los setenta años. A mí me da mucho reparo hablar en estos lugares tan truculentos con personas que no conozco de nada, y más cuando se trata de una entrañable abuela con el rímel corrido de tanto llorar. Por eso mismo me esforcé en poner en marcha mi cerebro para buscar una frase de lo más recurrente con la que salir del paso. Me preparé un "no somos nadie", o un "siempre se van los mejores", dependiendo de si era una amistad o un familiar. En definitiva dichos muy comunes, ya que las pintas de la anciana no invitaban a correr riesgos innecesarios tratando de ser creativo.

La mujer, aparcando por un momento los sollozos para sorberse los mocos, se me quedó mirando durante cinco segundos, estática, hasta que me hizo una de las preguntas más inesperadas que me han hecho jamás.

 — Perdone —comenzó a decir con una educación exquisita— ¿me pude decir quién es el difunto?

Me dejó patidifuso. ¡Me estaba hablando con la cara bañada en lágrimas y no sabía por quién lloraba! Pero... ¿qué hacía allí aquella señora? ¿Acaso sufría demencia senil y no recordaba nada del muerto? ¿O quizá se levantó aquel día con ganas de llorar y se fue en busca de un lugar propicio donde hacerlo? Miré a mi alrededor y detecté, a pocos metros, hasta siete personas en su mismo estado. ¿Podría ser una empleada formando parte del atrezzo? Igual que se contratan flores, curas, catering y hasta músicos, cabía la posibilidad de que la funeraria ofreciera personal afectado para regar con lágrimas el sepelio. 

Estaba de lo más desconcertado: sin saber qué contestar, a diez metros de un muerto y aguantando a una abuela extraña. Pero lo peor de todo es que aquella adorable anciana aún esperaba una respuesta a su pregunta. Así que, para que cesara de reclamármela con la mirada, contesté lo primero que me vino a la cabeza.

 — Se trata del padre de Joaquín —dije para que me dejara en paz.

Pero aquella mujer no se conformó con una información tan ambigua. Quería saber más, su mirada inquisidora así me lo transmitía. Y yo, mientras tanto, me estaba poniendo de los nervios.

 — ¿Y quién es Joaquín? —insistió.

Para cuando la abuela formuló aquella pregunta, mi mente ya no daba para más. Igual que sucede con las piernas de un futbolista cuando hacen un sobresfuerzo, mi cerebro sufrió un repentino calambre. Esa es la única explicación que encuentro a la respuesta que, sin ser del todo un embuste, recibió de mí.

 — Este —dije señalando a mi encargado—, este de aquí es Joaquín.

La mujer se giró, pues mi encargado estaba charlando en esos momentos con otra persona y ni se había percatado de la presencia de la anciana, estrechó su mano y, con voz compungida, le dijo:

 — Siento mucho el fallecimiento de su padre.

Luego, sin tan siquiera darle tiempo a una réplica, dio media vuelta y se perdió entre la multitud.

He de confesar que no me apetecía para nada seguir conversando con aquella chalada, así que me quedé más tranquilo en cuanto la vi alejarse. Algo que, por cierto, no sucedió con Joaquín, mi encargado. Pero no me extrañó lo más mínimo, pues era la segunda vez en dos días que alguien le informaba sobre la muerte de su progenitor. 

El pobre hombre, visiblemente perturbado, sacó el móvil de inmediato, buscó algo de intimidad apartándose unos pasos de las conversaciones y llamó a su padre. Juro que no le vi pestañear hasta que le descolgaron el teléfono y pudo hablar con él. 

Sí, la muerte confunde a las personas. O quizá no sea la muerte. Quizá sean las mismas personas las que se empeñan en confundirse unas a otras.

lunes, 11 de abril de 2016

En busca del placer



Ya llevo unos cuantos meses volcado casi exclusivamente en la búsqueda del placer. Es decir, dedico la mayor parte de mi ocio en intentar disfrutar. Me parece una de las cosas más sensatas que se pueden hacer en esta vida. Y para lograr esa meta no dudo en hacer valer todos mis sentidos.

Los humanos somos, por así decirlo, un compendio orgánico repleto de sensores. Cada parte de nuestro cuerpo, cada órgano, por minúsculo que parezca, está provisto de detectores que nos ayudan a interpretar todo lo que nos rodea. De este modo nos llega información a través del olfato, la vista, el oído, el paladar y el tacto. Luego la mandamos a nuestro cerebro y este se encargará de descodificarla y etiquetarla. Que el contacto de un pie con nuestra espinilla se convierta en patada o en caricia, sólo dependerá del grado de intensidad que le adjudiquemos. Así de sencillo.

Si queréis podemos poner más ejemplos. Una voz puede ser un grito o un susurro, dependiendo del volumen. La claridad podría ser sutil o cegadora, según su luminosidad. Un perfume puede embargarnos hasta hacernos salivar, o avasallarnos con su olor hasta lograr que tosamos. Los casos pueden ser infinitos.

De todas formas, como cada uno de nosotros alberga un cerebro distinto dentro de su cabeza, es muy complicado coincidir con otro individuo en el momento de valorar un estímulo. O sea, que mi paladar clasifique un alimento como salado no significa que para el de otra persona no sea sabroso. Lo que a mí me parece equilibrado en sal, para otro podría ser soso. Reconozco que mis papilas gustativas tienen un nivel muy bajo de tolerancia hacia la sal; o quizá la otra persona lo tenga muy alto, vete tú a saber. Aquí viene la manida frase de "contra gustos no hay nada escrito".

Pero, ¿qué diferencia hay entre ese individuo tan saleroso y yo? Pues, básicamente, el grado de sensibilidad.

Ya se lo oía yo decir a mi madre cuando lo anunciaba a todo aquel que la quisiera escuchar: "este niño es muy sensible". Cosa que no pregonaba de mi hermana, por cierto. Pero, claro, sólo tenía que vernos a los dos en la playa, de críos, para darse cuenta de que, mientras el uno lloraba porque se le impregnaba sobre la piel aquella dichosa arena, la otra la agarraba a puñados y se la metía en la boca como si fueran caramelos. Claramente, dos sensibilidades bien distintas.

 Con esto no me refiero a que estuviera triste a todas horas y me fuera arrastrando por los pasillos como un alma en pena. Esa clase de sensibilidad se la dejaremos a la literatura más hiper-romántica y a sus atormentados personajes. Yo era, por no decir que lo continúo siendo, un niño muy feliz, pero los estímulos externos me afectaban de forma considerable.

Tampoco pienso que sea algo tan excepcional. Seguro que existen en el mundo millones de personas con el mismo grado de sensibilidad; o incluso con otros mucho más acentuados. No me tengo por un genio ni por una persona con super-poderes, pero en ocasiones sorprendo a propios y a extraños detectando alguna cosa que el resto no puede o, quizá, no pone el suficiente interés para lograrlo. Puede que la sensibilidad simplemente sea eso: poner la máxima atención en los instrumentos con los que ha sido dotado nuestro cuerpo para rastrear el entorno. Porque todos tenemos orejas ojos, nariz, manos, y boca, pero parece que no todo el mundo los utiliza de igual forma. Como cuando en el comedor de la guardería, de eso hará ya mil años, se intoxicaron todos los niños menos yo.

Lo recuerdo como si fuera ayer; quizá porque mi madre me lo ha contado tantas veces que yo sólo he tenido que incorporar esos recuerdos a las lagunas mi memoria para evocarlo, aunque el resultado sea el mismo.

Iba a escribir algo sobre el primer plato, pero ahora soy incapaz de recordar qué alimento era. Esto me pasa por alardear de memoria. Lo único que sé con certeza es que nos lo comimos con ansia, y luego, en cuanto nos sirvieron el segundo y vi la carne rebozada, puse cara de asco. Sin embargo, todos a mi alrededor se la comieron como si no hubiera un mañana. Incluso el niño que estaba a mi lado, viendo mi poca apetencia y dejándose llevar por su insaciable estómago, no tardó ni cinco minutos en ofrecerse a vaciar mi plato. Yo le entregué la carne con indiferencia, pues si una cosa tenía clara era que ni la iba a probar.

Cuando por la tarde vinieron nuestras madres a recogernos, todos los niños estaban con vómitos o diarrea. Todos menos yo, claro, que salí al encuentro de la mía más fresco que una rosa bajo el rocío.

Ahora que lo pienso, no sé cómo llegaron a la conclusión de que el causante de aquellos síntomas fuera la carne rebozada. Y tampoco tengo la menor idea del revuelo que causó una intoxicación de esa magnitud en aquella guardería. Con este último olvido he acabado por demostrarme a mí mismo que no poseo tanta retentiva como pensaba. Pues vaya.

De todas formas, lo que sí recuerdo perfectamente es a mí madre, preguntándome, anonadada, por qué no había comido la carne igual que los demás. Mi respuesta fue tan obvia como breve: porque olía mal.

Pero me parece que con tanto ejemplo y anécdotas me estoy desviando del tema. Porque yo quería hablar del placer. Pero no del placer intelectual, sino del placer puramente físico. Del placer que provoca en nuestra cara el sol primaveral, del placer que sentimos al admirar los tonos de colores sonrosados en una puesta de sol, del placer que provoca sobre las papilas gustativas, y también en las olfativas, degustar una buena elaboración culinaria. Pero, sobre todo, del placer por escuchar sonidos como nunca antes los había percibido.

Las personas que me tratan día a día piensan que he cambiado, que me he vuelto una especie de sibarita de la música clásica, y no es cierto. Todo empezó un día cuando, viendo la tele, escuché decir a una jubilada que le hubiese gustado descubrir la música mucho antes. Esa confesión me impactó, pues me pareció raro que no hubiera escuchado música cuando hay tantos medios para poder reproducir en cualquier lugar lo que a uno le venga en gana. Pero luego me di cuenta de que la mujer se refería a escuchar música en directo, concretamente en el Auditori de Barcelona. Ahí tuve que darle la razón, porque siempre he pensado que una pieza musical goza de muchos más matices cuando se escucha sin la encorsetada producción de un estudio. Pero tampoco se refería a eso. Lo que aquella mujer había descubierto era, simplemente, el SONIDO (así, en mayúsculas) de la música. Y esto mismo me ocurrió a mí hará aproximadamente un año, cuando, más que nada por curiosidad, se me ocurrió comprar dos entradas para escuchar un concierto de la Banda Municipal de Barcelona en el Auditori.

Por algún lugar he leído que la sala Pau Casals del Auditori es, en sí, un grandioso instrumento. Y no puedo estar más de acuerdo con esa afirmación. Es un magnífico instrumento ideado como una caja de resonancia perfecta para que, en su interior, otros muchos instrumentos puedan brillar como jamás lo harán en ningún otro sitio. Al menos en ningún otro sitio que yo conozca, claro. Porque, a falta de visitar el gran teatro del Liceo, he estado en el Palau de la Música, y puedo asegurar que no alcanza el grado de excelencia que ofrece la sala Pau Casals. No digo que suene mal; de hecho, la reverberación está muy conseguida para sus ornamentadas paredes. Pero puede que ese sea su gran handicap: el haber sido construido hace demasiados siglos, sin los materiales ni las técnicas adecuadas, hace que su mayor encanto sea ese estilo versallesco que desprende su arquitectura, pero no su sonido. Para mis oídos, los coros parecían densos y los vientos distorsionaban. Nada que ver con la limpieza sonora que se respira en el Auditori. Allí se escucha absolutamente todo. Hasta tal punto, que uno es capaz de oír el delicado crepitar de las partituras cuando los músicos, aún en medio de una sinfonía, se atreven a pasar sus páginas. Alucinante.

¿Quién no querría visitar tantas veces como le fuera posible un lugar así de mágico? Un lugar donde te masajean la trompa de Eustaquio (aunque suene un poco obsceno) mientras  te lanzan vibraciones en forma de notas musicales para provocar cosquillas sobre tus tímpanos. Yo, si pudiera, me quedaría a vivir allí. De igual forma que lo haría en un centro de Spa, o en un cine, o en un buen restaurante. Me encanta sentirme bien tratado.

¿Que no te gusta la música clásica? Sí, eso puede suponer un problema. Porque, hasta la fecha, es el único estilo musical que puede escucharse en el Auditori. Bueno, también programan bandas sonoras y, de vez en cuando, aparece algún/a cantante para interpretar arias operísticas, pero siempre bajo el sonido de la OBC, la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña. Pero, si quieres que te diga la verdad, que toquen música clásica es lo de menos. Ya he comentado que esta actividad no trata de placer intelectual, sino de placer corporal.

Por otra parte, jamás he sido un defensor acérrimo de un estilo musical concreto. No me hace falta escarbar demasiado para encontrar canciones de cualquier estilo que me gusten, y la música clásica no es una excepción. Tener cientos de compositores disponibles, con miles de conciertos para solistas, suites, sonatas, oberturas, sinfonías, y más de trescientos años a sus espaldas, da un fondo de armario suficiente para encontrar un traje a nuestra medida. Esta temporada, por ejemplo, he disfrutado con la 9ª y 5ª Sinfonía de Beethoven, el Concierto de Aranjuez, la Obertura de Las Bodas de Fígaro y la 40ª Sinfonía de Mozart. Y aún tengo pendiente la Suite nº3 para orquesta de Johann Sebastian Bach, la Obertura de Las Hébridas y el Concierto para violín de Mendelssohn, y la 6ª Sinfonía de Chaikovsky. Ya veis que son piezas de lo más famosas y accesibles, nada parecido a complicadas o incomprensibles composiciones. También he gozado con otras muchas menos conocidas y exigentes, aunque sólo fuese sensorialmente. Porque, por muy poco que me guste una pieza, no deja de sonar de forma extraordinaria en el Auditori.

En fin, no insisto más. Sólo os animo a hacer un día una visita. Despojaos de miedos y prejuicios, y probad la experiencia. Se pueden conseguir entradas por diez euros, así que no sirve la excusa de que tienen un precio prohibitivo o de que es música para oídos sibaritas. Cuesta lo mismo que una entrada de cine.

Y si no tenéis la gran suerte de vivir cerca de el Auditori, seguro que existe un recinto similar con una orquesta competente a pocos kilómetros de vuestra casa. Incluso puede que toquen mejor que la OBC y el recinto tenga mejor sonoridad que la sala Pau Casals. Comprobadlo y me contáis.

lunes, 14 de marzo de 2016

Los zapatos de Cenicienta




Supongo que todo el mundo ya se habrá dado cuenta a estas alturas que me encanta la ficción. Veo series, películas y leo novelas siempre que puedo. Disfruto como un enano adentrándome en mundos inventados y parajes exóticos, a ser posibles creados por la mente de un buen narrador. Lugares oníricos donde, con un poco de ingenio, todo es posible.

También alucino en la vida real con la ciencia. Esa rama de los estudios que nos ayuda a comprender mejor el mundo en que vivimos. Sin ella jamás se hubieran producido los extraordinarios avances tecnológicos de los que gozamos. Y buscar respuestas para las cosas inexplicables ha sido, desde siempre, su principal tarea.

Pero lo que más me fascina es juntar las dos vertientes. Unir la ficción con la ciencia sirve para especular con posibles alteraciones de nuestro mundo, aunque muchas de ellas sean meras fantasías.

Ahora bien, ¿qué ocurriría si aplicáramos la ciencia sobre cuentos infantiles y analizáramos cada uno de los sucesos insólitos que en ningún caso se sostendrían en la vida real? Pues que el estudio sería, cuanto menos, inútil. Por no decir absurdo.

Una vez más queda demostrado que el ser humano está creado genéticamente para perder el tiempo en chorradas. Si no, no se entendería el estudio realizado por unos alumnos de la Universidad de Leicester, y publicado por la revista Journal of Physics Special Topics, sobre los zapatos de cristal que lució Cenicienta en su famoso baile con el príncipe. Estos aprendices de científico se han empeñado en demostrar que el tacón alto de ese calzado jamás resistiría el peso de Cenicienta al caminar, y mucho menos si a esta le diera por demostrar sus habilidades danzarinas. O sea, que se harían añicos y, a no ser que la doncella hubiera cultivado habilidades de faquir, desgarrarían su delicada piel.

Bravo. Maravilloso. Nunca se me hubiera ocurrido. Y no porque sea incapaz de ver lo evidente, sino porque siempre había tenido en cuenta una circunstancia que estos estudiantes ni se han parado a pensar. O, si lo hicieron, acabaron sacando esa variable de sus ecuaciones. Los zapatos eran mágicos.

¿Acaso se perdieron la escena en la que el hada convierte las andrajosas prendas de Cenicienta, por arte de su varita, en un vestido de ensueño? ¿O creían que aquellos zapatos fueron confeccionados por un soplador de vidrio? Porque, ya puestos a desvelar incongruencias, también podían haber llegado a la conclusión de que una calabaza, por muy grande que esta sea, no da para tallar un carruaje. O que unos ratones, por mucho que uno los alimente, jamás alcanzaran el tamaño requerido para tirar de Cenicienta hasta palacio.

Incluso también podrían darse una vuelta por otros cuentos infantiles y asegurar que la casa de chocolate de Hansel y Gretel, con tanto insecto y alimaña hambrienta por el bosque, no aguantaría en pie ni dos días.

Es lo que tiene la magia cuando aparece por un relato (hasta el momento, el único lugar donde existe), que sirve para dar sentido a cualquier cosa inexplicable.

lunes, 22 de febrero de 2016

La ceja caprichosa


Llevo dos días sin salir de casa. Esperando instrucciones, esperando una señal. Siempre he sido una persona muy indecisa, titubeante hasta en las decisiones más triviales. Por poner un ejemplo, a veces, cuando voy a levantarme de la cama, no soy capaz de decidir con qué pie dar el primer paso. Y puedo estar cambiando de opinión más de media hora. El otro día, harto ya de esperar, me lancé al vacío sin tenerlo aún muy claro y me di de bruces contra el suelo. Visto el desastroso resultado, para otra vez que me suceda intentaré empezar con los dos a la vez.

El caso es que me he cansado de seguir las órdenes lanzadas desde mi dubitativo cerebro. Y más cuando he encontrado otra parte de mi cuerpo con un criterio mucho más consistente: mi ceja derecha.

Para todo aquel que no me conozca, poseo un juego de cejas de lo más frondoso, por ese motivo no me extrañaría en absoluto haber desarrollado vida inteligente entre esa maraña de pelos.

Hoy hace una semana de sus primeros movimientos. Al principio me asusté, pues es muy raro ver cómo se te menea una ceja sin tu consentimiento, de modo que busqué por internet las posibles causas, y encontré dos. La primera indagación me llevó a reconocer en ese movimiento un principio de cáncer. Pero ya sabemos que cualquier síntoma buscado en internet, por absurdo que sea, siempre acaba resultando cáncer, así que deseché esa vía. Nunca me creeré el lado más catastrofista de la red.

La otra hablaba de unas oscilaciones espasmódicas de los nervios que se da en ciertas partes del cuerpo (sobre todo en la cara y en los dedos de la mano), producida por un estado de estrés o ansiedad, aunque otras muchas veces sean visibles sin necesidad de ninguna alteración psicológica. Son como unas pulsaciones que se dan de vez en cuando a lo largo de la jornada. Tal como vienen, y sin razón aparente, al cabo de unos días desaparecen.

Me gustó esa explicación por ser la más sensata. Además, ya he sufrido otros episodios iguales anteriormente y cuadraban con ese razonamiento, aunque nunca lo había padecido en una ceja. De todos modos, no le di más importancia y me fui a comprar el pan. 

Al cruzar la puerta de casa me dispuse a atravesar el jardín para salir a la calle, y a medio camino la ceja comenzó a danzarme en la cara con insistencia. Tiraba de mí hacia atrás, de forma frenética, por lo que no tuve más remedio que pararme en seco. ¿Qué pretendía esa tira peluda, escapar de mi rostro? Eran unas sacudidas tan fuertes que me hicieron girar en redondo. Entonces vi la puerta de mi casa abierta. Al instante comprendí sus intenciones: la ceja me había alertado ante el descuido de no cerrar la puerta. Volví al porche, la cerré con llave y, ahora sí, no tuve ningún problema para llegar a la panadería.

El local estaba abarrotado, así que pedí tanda y esperé mi turno. Al rato apareció Carlos, el vecino que vive en la casa de la derecha. Es un tipo muy serio, con el que apenas entablo conversación, pero vino a saludarme y, de paso, aprovechó para adelantar puestos en la cola. Me empezó a contar no sé qué problema en el trabajo, con ese tono de cabreo que siempre gasta al hablar, cuando de pronto volvió el temblor involuntario en mi ceja. Para disimularlo intenté mirar al suelo o a cualquier otro lugar que no fueran los ojos de mi vecino, pero eso llamó más su atención y al instante se percató de mi extraño gesto. Yo me estaba poniendo de los nervios, porque el gesto en realidad no era mío, sino de mi ceja, y estaba descontrolado. Otra vez apuntaba hacia atrás con un histérico ajetreo.

Carlos, haciendo caso a lo que a él le pareció una señal, giró el cuello, observó a su alrededor y volvió la vista al frente. No tardó en darme un leve codazo y añadir en voz baja:

— ¡Muy bueno! —al tiempo que soltaba una silenciosa carcajada.

¿Qué o quién había detrás nuestro? Ni idea. Eso se lo tendríais que preguntar a Carlos o a mi ceja, porque ante aquella bochornosa situación fui incapaz de volverme a mirar. Eso sí, el chiste que le contó mi tira velluda debió de ser antológico, porque jamás vi a mi vecino reírse de esa forma. He de admitirlo: mi ceja es más graciosa que yo.

A aquella surrealista escena, le siguió otra no menos extraña. Fue al llegar mi turno en la interminable espera de la panadería. La dependienta, viendo la larga cola que aguardaba a mis espaldas, me preguntó, con apuro, que qué quería. Yo iba totalmente convencido a comprar una barra de cuarto normal y corriente, pero si alguien me mete prisa no tardan en saltarme las dudas. Quizá por eso apunté, con el dedo algo indeciso, hacia el estante donde suelen estar colocadas. La chica dudó un par de segundos y me señaló la barra. Mirándome a la cara me preguntó:

— ¿Esta de aquí?

No tuve tiempo de contestar, porque rápidamente saltó mi ceja a hacer señales con su baile frenético. Esta vez se movía hacia un costado. La mujer, creyendo que le indicaba el estante de al lado, me señaló las barras de medio kilo.

— ¿Esta? —volvió a preguntar la chica.

Pero mi ceja aún no se había cansado de botar, así que la dependienta fue saltando de repisa en repisa y de pan en pan hasta que mi rostro se relajó.

— Entonces... ¿esta? —dijo, ya casi fuera de sus casillas.

Como no contesté, y mi ceja pareció tomarse un descanso, agarró la barra, la envolvió en un papel y la puso sobre el mostrador. Así fue cómo me llevé a casa un pan rústico estupendo. Eso sí, escogido por mi ceja. Pero, ¿por qué me voy a quejar cuando sus elecciones son mejores que las mías? Vale que resulte un poco engorroso estar pendiente de sus tembleques, pero no sabéis la tranquilidad que me da estar bajo su batuta, porque siempre acertaré.

El problema es que ya me he acostumbrado a seguir su ritmo, a tomar decisiones según su criterio, a aceptar sus gustos. El otro día, por ejemplo, me puse a ver la tele. Supongo que estaréis de acuerdo conmigo en lo difícil que resulta encontrar un programa que merezca la pena. Pues yo lo tengo más sencillo, porque confío toda mi suerte a la ceja. Me senté en el sofá, encendí el televisor con el mando a distancia y no paré de apretar el botón de los canales hasta que mi ceja se detuvo. Hacer caso a su pálpito me llevó a encontrar This is Ópera, el mejor programa de la actual parrilla televisiva. 

Pero, desgraciadamente, esa fue su última actuación. Desde entonces no ha vuelto a dar señales de vida propia. Me miro al espejo y echo de menos la expresividad que su cosquilleo aportaba a mi, ahora, triste cara. Y lo peor de todo es que regresaron las dudas. Asco de vida, con lo que yo había sido bajo el yugo de mi ceja...


¿Serán las tirantes cejas del Capitán Kirk la explicación de su buen  juicio?

domingo, 31 de enero de 2016

NO PIENSES



A veces me da por perderme en internet. Entro en una web conocida y, desde allí, pincho un enlace que me llevará a otra web, en la que hallaré otra puerta a una nueva página, y así sucesivamente. También suelo utilizar Google, donde, con poner una sola palabra, se nos ofrecen miles de resultados. Y no digamos  ya si escribimos una frase. Se trata de un vuelo sin motor y sin propósito aparente, únicamente guiado por los vientos de mi curiosidad.

Esta improvisación me ha servido más de una vez para encontrar verdaderos tesoros. Un artículo, un estudio, un relato; hay millones de ideas interesantes esperando ahí fuera. Pero el otro día, no me preguntéis por qué caminos virtuales o atajos digitales porque soy incapaz de recordarlos, fui a parar a una entrevista. Era una página sencilla, posiblemente la de un diario local de vete a saber qué pueblo, donde el entrevistado en cuestión era un escritor. Tampoco me viene a la memoria el nombre de esta persona, pero pude leer que ya llevaba publicados tres o cuatro libros y que impartía clases de creatividad en talleres literarios. 

El periodista quiso ahondar sobre esta última faceta y le preguntó a cerca de las claves para poder escribir y no morir en el intento. No morir de forma figurada, claro, porque no creo que exista en el mundo una actividad con menos riesgo físico que la de sentarse en una silla y teclear letras. Yo creo que el tipo más bien se refería a empezar a escribir y no desesperar, no dejar que se marchiten tus ganas de continuar haciéndolo. Pues el escritor soltó una respuesta, al menos para mí, reveladora.

Explicó lo que les suele contar a sus alumnos, que curiosamente eran las palabras que dijo en otra entrevista otro escritor de renombre: Ray Bradbury. En aquella ocasión, el entrevistador le preguntó por el método que empleaba para escribir aquellos libros tan maravillosos. Y Ray Bradbury contestó que, efectivamente, tenía adquirida una rutina diaria. Primero se sentaba en su escritorio, convenientemente apartado de distracciones y molestias, repasaba sus investigaciones o apuntes y, justo antes de empezar a teclear, leía uno de los post-it enganchado a su mesa en el que rezaba la frase "NO PIENSES". <<¿No pienses?>>, preguntó el entrevistador. "Sí, NO PIENSES. No pensar es la única forma de conectar con el subconsciente, y de ahí surgen las mejores ideas."

Debo confesar que algo muy parecido, pero en sentido contrario, me pasa últimamente cuando me pongo a escribir: que pienso demasiado. Trazo una frase y, al momento, ya me la estoy mirando con recelo. Elimino o cambio el adjetivo, sustituyo el verbo por otro más preciso, en teoría. Luego no me gusta cómo suena y la construyo de forma diferente. Al rato echo la vista atrás y me parece pedante, o insulsa, o dispersa. Entonces vuelvo a reescribir la frase, intentando que resulte más liviana, o más coherente, o con mejor sonoridad. Y luego... luego nada, porque ya han pasado tres horas, me tengo que ir a trabajar y apenas he escrito un párrafo. Es una pelea absurda contra mí mismo que no tiene ningún sentido. Y lo peor de todo es que no me dejo avanzar.

Tras encontrarme con esta entrevista, he vuelto atrás en el blog para releer alguna de sus antiguas entradas y, rememorando algunos escritos, me he dado cuenta que los que más me gustan fueron los que escribí de un tirón. En apenas un par de horas. Sin poner ninguna clase de freno. Pues bien, sirva esta entrada como post-it, como recordatorio perenne, para que jamás vuelva a pensar. No al menos mientras escriba, claro.

domingo, 10 de enero de 2016

El último adiós


Llegué tarde. Toda la semana de viaje y no pude acudir al entierro de mi amigo Anselmo. Esté donde esté, sé que no me lo tendrá en cuenta, porque no existe ni existirá sobre la tierra una persona más comprensiva que él.

Su propio nombre lo dice: Anselmo. Bueno, la verdad es que ese apelativo no guarda simbolismo alguno ni significa gran cosa, pero para mí es sinónimo de tolerancia, de infinita serenidad. 

No hubo circunstancia en el mundo que le hiciera soltar una queja, ni desgracia que no pudiera sobrellevar; y si cualquiera de nosotros, de sus más allegados, necesitaba resolver un contratiempo, no tenía más que conversar con Anselmo un rato para distinguir sin problemas la mejor forma de esquivar, saltar o incluso atravesar ese obstáculo que veíamos insalvable en el camino. 

Jamás se le vio perder la sonrisa ante un desaire o acabar deprimido tras una adversidad. Porque en su mundo, aquel que todos anhelamos, no existían abatimientos ni flaquezas. Para él, todo era relativo. Y desdramatizar, una obligación. Cualquier percance, por peliagudo que fuera, estaba sujeto a una severa revisión de su atenuante prisma.

Su frase más repetida era "todo tiene remedio, excepto la muerte", y quizá esta fuera la única fatalidad a la que se aferraba su insignificante sufrimiento, el Talón de Aquiles que arrojaba una pequeña vulnerabilidad sobre su eterna indulgencia.

Cuentan que una vez, pensando en el día de su deceso, se le vio torcer el gesto. Mentiría si dijera que no doy crédito a esas habladurías, porque no en pocas ocasiones mantuvimos largos y profundos debates sobre ese tema, y sí que pude detectar cierta inquietud en alguna ocasión. No negaré que para mí la muerte es algo terrible, el final más horripilante que uno pueda imaginar. Sin embargo, para él, más que un temor, era una incertidumbre. Una valoración que mantenía suspendida en el limbo por no existir antecedentes con los que formarse una opinión ni testimonios a los que recurrir. 

"Lástima que sólo se pueda morir una vez", protestaba en voz alta, a lo que añadía "Uno debería saber qué se siente al palmarla, así podría escoger el modo, la fecha y el lugar". Por eso, y a pesar de faltarle datos contrastables, siempre dejó clara su predilección por morir en casa, y en íntima compañía, a diñarla en el anonimato de un atronador bullicio. Y me consta que así ocurrió.

Fue recostado en su lecho de muerte cuando preguntó por mí, pues siempre quiso enfrentar ese momento agarrado por un lado a la mano de su hermana y por el otro a la mía, pero se tuvo que conformar con uno de los dos. No obstante, en el preciso momento de abrírsele las puertas del cielo, quiso regalarme un último mensaje. Y aseguró su propósito de un más que probable olvido, pidiendo que fuera cincelado en su lápida.

Pues bien, aquí me encuentro. En el cementerio. Regalando una corona de flores a mi amigo del alma una semana después de su entierro. Y no albergo la más mínima duda de que esas palabras, esas letras doradas que embellecen el sombrío mármol, fueron pronunciadas por él.

"Ahora que estoy delante de la muerte, por fin puedo opinar. Y la verdad, tampoco es para tanto."

Jo, cómo le voy a echar de menos. Genio y figura hasta en su sepultura.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Microrrelato de Navidad

Ya está aquí la navidad. Los pajaritos cantan (villancicos, por supuesto), las nubes se levantan (o eso espero, porque esta noche había una niebla tan espesa que tenido que abrirme paso a golpe de machete) y yo sin un triste cuento que publicar.
Me estoy volviendo un vago. Quiero decir, aún más vago. Pero estas fechas están para procurar ser mejores personas, a ser posible adoptando hábitos relacionados con la bondad. ¿Y hay alguna costumbre mejor que la del reciclaje? Pues seguramente, pero es que esta me viene muy bien para escribir algo. Así que aprovecharé un escrito publicado el año pasado en un blog amigo (LA TERTULIA PEREZOSA) para retorcerlo y darle un giro. Ya lo hice en su momento y me consta que hubo a quien le hizo gracia. Eso sí, desplegando la enorme torpeza que gasto cada vez que intento poner un título, lo he llamado "Milagro bochornoso". Sólo espero no haber estropeado demasiado el original. Que sea leve y ¡feliz navidad!

MILAGRO BOCHORNOSO 
Como cada año, Dios bajó de los cielos para celebrar con sus siervos el día de su nacimiento. Y recorrió aldeas, pueblos y ciudades, en busca de una la familia adecuada a la que ofrecerse, la más devota, siendo esta descubierta en los preliminares de una cena navideña. Bajo rezos silenciosos, suplicaban clemencia por los seres que más han sufrido.
El Creador, conmovido por la escena, quiso recompensar a los creyentes con una muestra de su infinita misericordia, y resucitó al pavo que aguardaba sobre el bufete para ser devorado. Todos los presentes, asombrados, reconocieron en el milagro la gloriosa mano del Señor.
¿Todos?
Todos, no.
El pavo se alzó sobre la bandeja, tan confuso como ruborizado, intentando cubrirse, sin demasiado éxito, muslos y pechugas con sus diminutas alas desplumadas. Una pregunta golpeaba de forma insistente en su cabeza.
<<¿A qué clase de juerga fui a parar en Nochebuena, cuando despierto totalmente desnudo, rodeado de una familia pasmada y con un ramillete de verduras asomando por el culo?>>.


jueves, 3 de diciembre de 2015

No me gusta trabajar


No os lo vais a creer, pero hoy he descubierto que no me gusta trabajar. Yo solo y sin la ayuda de nadie, he conseguido rebatir todos esos profundos (y absurdos) pensamientos que señalaban al trabajo de ejercicio sano, dignificador e identitario. Paparruchas.

¿Que cómo he llegado a esa conclusión?, pues imaginando qué pasaría si, como recomienda prácticamente todo el mundo, consiguiera un trabajo de algo que realmente me gusta hacer. 

Empezaremos por el principio. ¿Qué intereses tengo? ¿A qué me dedico en cuanto consigo un poco de tiempo libre? Pues así, a bote pronto, veo películas, series, leo, escribo y escucho música. También me gustan mucho los video-juegos, aunque actualmente los tengo bastante aparcados. Pero podría valer como afición.

Bien, con este abanico de hobbies, ¿qué trabajo podría desempeñar? Pues, siendo coherentes, el que sea capaz de abarcar a la mayoría de mis aficiones, ¿no? De modo que, sumando mi pasión por las películas, las series y mi incipiente empeño en juntar letras, quizá sería una buena opción la de crítico de cine. Puede que realmente fuese la profesión con la que más disfrutara. Eso, al menos, en teoría, porque llevándola a la práctica no sé yo si acabaría siendo así. 

Para estar seguros, lo primero que debería hacer es analizar, desde mi total ignorancia, el trabajo de un crítico de cine. Pongamos que, como cualquier trabajador común, dispone de más o menos ocho horas para completar su jornada laboral. Si solamente ve películas, a una media de dos horas cada una, podría estar tragándose unas cuatro al día. Pero debemos suponer que necesitará al menos un par de horas para redactar las críticas, así deducimos que ve tres películas diarias y luego escribe sobre ellas. No parece gran cosa. Eso, si me pongo, lo puedo hacer yo en un sábado. 

Pero, ¿dónde están los inconvenientes? El primero que se me ocurre es que no podría escoger las películas a visionar, con la inevitable ingesta de bodrios que conllevaría cumplir dicha misión. De acuerdo que ese riesgo está ahí incluso tratándose de una distracción, siempre al acecho, aún intentando seleccionar cuidadosamente una película. Pero si la empiezo a ver por placer y a los diez minutos me parece un tostón, siempre existe la posibilidad de cambiar de canal o huir de esa sala de cine, cosa que no podría (o al menos no debería) hacer si se tratara de un trabajo. Si haces algo por placer y, por contra, acaba resultando una tortura, puedes dejar de hacerlo y ya está. Pero un trabajo requiere dedicación y compromiso (además de poseer las aptitudes adecuadas para desempeñarlo. Aunque creo que eso acabaría llegando con el tiempo), porque si desistes cada vez que algo no te gusta no encontrarás a nadie que pague por tus servicios. Te debes a quien te contrata, así que has de taparte la nariz y tragar con todas aquellas cosas que no son de tu agrado.

Luego está la más que probable saturación. Yo no digo que no disfrutara los primeros días, pero ver películas semana tras semana y mes tras mes, me parece, más que un placer, un fastidio. 

Otro aspecto que deberíamos tener en cuenta es que, si quiero hacer un trabajo decente, debería adquirir algunos conocimientos técnicos de la industria cinematográfica. El nombre de los diferentes planos, la iluminación, el maquillaje, los efectos especiales... Os confesaré algo: me da absolutamente igual cómo se hacen las películas. Es más, jamás me paro a ver los extras de un DVD o Bluray. Sería como averiguar los trucos de un mago y luego ver su función. Entonces ya no estaría viendo magia, sólo engaños, y es muy probable que desapareciera gran parte de todo aquello que me atrae. A nadie le gusta sentirse engañado. 

¿Y, por cierto, a qué dedican el tiempo libre los críticos de cine? ¿A ir al cine? No, no lo creo. Entonces, ¿debería buscarme otra actividad para mis ratos de ocio? Uff, sólo con pensarlo me entra una pereza...

Bueno, mira, probemos otra cosa. Mi mujer ha encontrado trabajo de contable en una empresa creadora de video-juegos y, como curiosidad, me ha comentado que contratan a gente para que los prueben. No parece un mal plan, ¿no? Ocho horas jugando, probando controles y testeando accesorios. Ahora bien, puede ocurrir lo mismo que con las películas. Exacto, que me pongan delante de un juego insufrible o que acabe aborreciendo los saltitos de un personaje que llevo cuarenta horas manejando. Y eso sólo si no contamos con los sonidos machacones y las melodías que acabaré escuchando hasta la extenuidad. Si me gustan, perfecto, pero si no es así ya puedo prepararme mentalmente para que afecten lo menos posible a mi sistema nervioso.

Tras pensarlo detenidamente, no creo que disfrutara más del trabajo por enfocarlo hacia mis aficiones. Pero no porque realmente no me apasionen, sino porque el mayor gozo, mi mayor pasatiempo, sea muy probablemente el no atarme a una obligación, al cumplimiento de un deber o a satisfacer unas expectativas. Sin poder dispersarme a mi libre albedrío jamás podría ser feliz. Y eso es imposible que me lo dé un trabajo que, precisamente, es lo primero que demanda.

Es más, debería estar agradecido por mantener un trabajo tan insulso y que vela para que mis aficiones no me hastíen. Y siempre me quedará el reto de hacer ese trabajo más divertido. Sí, decididamente, lo mejor es un trabajo aburrido.

P.D.
Hay que ver lo que se tiene que inventar uno para no deprimirse con su trabajo de mierda...

lunes, 16 de noviembre de 2015

La emboscada



Hoy, en el trabajo, hemos acabado la faena antes de lo habitual. Este hecho a propiciado que nos dejáramos llevar por una larga y distendida charla mientras esperábamos la hora de plegar. Y hoy, también, ha sido la primera vez, en casi dos años de temas tratados, que entre los compañeros hemos comentado anécdotas de nuestro servicio militar. Yo apenas he contado nada, pues cuando no tengo un teclado delante soy más dado a escuchar que a relatar, pero he recordado que tengo una entrada pendiente sobre este asunto y en cuanto he llegado a casa me he puesto a redactar. No hay como una buena charla entre amigotes para despertar las ganas de escribir.

Antes que nada, por si alguna persona visita por primera vez estos lares y lee esta entrada, diré que este escrito puede ser considerado como la secuela de "El centinela", otro relato publicado por aquí anteriormente y que, junto con este, conforman la sección "batallitas de la mili" que abrí hace no mucho y que es muy posible que acabe finiquitando hoy. Todo dependerá de si Hollywood me compra los derechos de estas dos y demandan una nueva historieta para completar la trilogía. Pero vamos, que lo dudo mucho.

Como introducción, recordaremos brevemente lo ocurrido en "El centinela". 

Durante el transcurso de unas maniobras militares enfocadas a simular una guerra entre dos bandos, me encomendaron una guardia de dos horas durante la madrugada. Al ser sorprendido, digamos que por fuerzas de la naturaleza totalmente ajenas a mí, y encima agravar la situación con mi habitual idiotez, no fui capaz de realizar un simple relevo a la hora convenida, provocando que el sargento se enfadara conmigo y me premiase con dos días de arresto, a cumplir en cuanto regresáramos al cuartel. A partir de aquí retomaré el relato.
No recuerdo si fueron dos, tres o cuatro días más tarde (tampoco pienso que sea demasiado importante) pero, a pesar de mi probada inutilidad para la guerra, fui requerido para una nueva misión. 

Al sargento de la primera batería (recordemos que yo pertenecía a la segunda), quizá herido en su orgullo de militar por haber sido abatido unos días atrás, se le ocurrió organizar una emboscada para dar caza a unos pocos boinas verdes. Hasta la fecha, nuestra única dedicación había sido la de defender posiciones, con el nefasto resultado de no haber provocado ni una sola baja en el bando contrario y, por contra, de haber sufrido un número considerable en el nuestro.

Sin embargo, el sargento Rodríguez (que así se llamaba) no quería debilitar su campamento seleccionando a una decena de hombres y marchando con ellos a las montañas. Pensad que si dejaba desguarnecida a su tropa y volvían a ser derribados no sólo sería considerado el peor sargento del cuartel (que ya lo era), sino que acabaría siendo el hazmerreír de todo el regimiento. Así que echó mano de su camaradería para hablar con mi sargento y le pidió prestados unos cuantos soldados para, junto con algunos de los suyos, forma un escuadrón con el que poder llevar a cabo la emboscada.

Mi sargento, viendo que ya quedaban pocos días para finalizar la contienda y que sus hombres eran de los pocos que no habían sufrido ni un solo ataque, tampoco es que quisiera arriesgar su condición de invicto. Pero como al parecer le unía una fuerte amistad con Rodríguez, le ofreció cinco hombres; los que, a su entender, eran los peores y no servían para nada. Y entre esos cinco estaba yo, por supuesto.

Como comprenderéis, todo esto tan solo son suposiciones mías, porque, como buen repudiado que era, yo andaba haciendo labores de limpieza por el campamento sin tener la más remota idea de lo que se tramaba en el interior de una tienda de sub-oficiales. Hasta que, nada más terminar de comer, apareció mi sargento para comunicarme que había sido seleccionado, de entre todos los voluntarios presentados, para unirme al grupo del sargento Rodríguez que iba a realizar una emboscada. Y, encima, presionándome para que me personara en menos de diez minutos delante de su tienda, equipado con zapapico y poncho mimetizado, si no quería ganarme otros dos días de arresto.

Yo no recordaba haberme presentado voluntario a ninguna misión, pero ese desconcierto que mostraba no tenía ninguna importancia para mi sargento. En aquel mundo castrense donde tan bien se desenvolvía, todos y cada uno de nosotros, por el simple hecho de permanecer a sus órdenes, éramos voluntarios abnegados a cumplir sus deseos. Y uno de sus mayores anhelos era, sin duda, perderme un rato de vista. Además, mi sargento siempre fue un hombre que destilaba una gran coherencia; no paraba de decirme que sólo servía para estar escondido, así que el permanecer oculto y al acecho seguramente le parecería una tarea ideal para mí.

Me presenté puntual junto a la tienda del sargento Rodríguez y un cabo nos hizo aguardar su llegada en formación, pero fue al observar el aspecto de mis compañeros cuando empecé a sospechar que quizá no iba del todo bien pertrechado para la misión. Los dos utensilios que había mencionado mi sargento era lo único que almacenaba mi mochila. En cambio, el resto de soldados iban bien protegidos del frío con chaquetones y bragas, además de llevar una mochila a la espalda por la que asomaba una recauchutada esterilla y un saco de dormir. 

Sin tener la más mínima oportunidad de aclarar mis dudas con el cabo, el sargento Rodríguez ladeó la lona que cubría su tienda e hizo acto de presencia. Saludó al pelotón con un gesto marcial, nos echó una mirada desafiante y con un escueto <<En marcha>> le dio la orden al cabo para emprender la caminata.

Lo cierto es que aquel hombre imponía. En las pocas semanas que llevaba en el cuartel nunca había cruzado palabra con él, pero su aspecto irradiaba una enorme fiereza. Medía más de metro ochenta, podía atravesarte con su severa mirada y a menudo se mesaba una barba que le procuraba un semblante realmente sanguinario. No es que fuera un gran atleta, pero vestía siempre entallado y bajo su ropa se podían adivinar unos brazos poderosos; incluso puede que estuviera algo pasado de kilos, aunque su figura dibujaba una tripa que lo situaba más cerca de la robustez que de la obesidad. Sin duda alguna pertenecía a esa clase de tipos que no querrías importunar bajo ninguna circunstancia.

Nos pasamos gran parte de la tarde ascendiendo por la montaña en completo silencio, pues el ritmo era tan intenso que a nadie se le ocurrió malgastar ni un ápice de aliento en cháchara intranscendente. 

Al llegar a la cumbre, el anochecer ya empezaba a asomar. El sargento Rodríguez, siendo él quien encabezaba el pelotón y la única persona conocedora del lugar idóneo para la emboscada, detuvo la expedición y nos soltó un discurso que recuerdo muy parecido a este:

— Ceñorez —comenzó su alegato con una ridícula voz nasal—, ezte ez el enclave ezcogido para practicar la embozcada. Como ya ez tarde, lo ciguiente que haremoz cerá comer algo. Abran laz lataz y recuperen fuerzaz, porque laz nececitarán. Traz la cena noz diztribuiremoz por el terreno. Que aproveche.

No, no es que se me haya estropeado la tecla "ese". Yo me quedé igual de sorprendido que vosotros cuando escuché hablar por primera vez al sargento Rodríguez y descubrí que no sabía pronunciar esa letra. Y aquella voz de parecía haber aspirado helio... Puedo asegurar que no soy una persona que disfrute burlándose de la forma de hablar de los demás; de hecho, yo vocalizo de pena y pocas veces se me entiende a la primera. Pero lo que no pude evitar es que aquella imagen de fornido guerrero, aquella estampa de fiero vikingo que había amasado en mi cabeza durante días, se desmoronara ante mis ojos con la primera frase.

La cena no fue más que un tentempié, una ración individual de combate (no hay que olvidar que simulábamos estar en guerra) compuesta por una lata de dos calamarcitos en aceite, otra de medio melocotón en almíbar y un paquete con tres o cuatro galletas. Lo justo para matar el hambre. Llegados a este punto, y viendo lo distendida que fue la cena, ya me pude convencer de que la salida que había supuesto de unas horas se iba a convertir en una acampada nocturna. Y yo sin los enseres adecuados.

Una vez recogidos y guardados los desperdicios (no podíamos dejar sobre el terreno evidencias que alertaran al enemigo de nuestro paso), el sargento Rodríguez nos reunió para explicarnos cómo llevaríamos a cabo la emboscada. Lo primero que hizo fue sacar de su mochila la esterilla, desplegarla en el interior de un pequeño badén y poner el saco de dormir encima. Luego se revistió con el poncho mimetizado y se introdujo en el saco, dejando que los faldones del poncho camuflaran por completo el badén donde estaba metido. La intención era que el cuerpo, a excepción de la encapuchada cabeza, quedara sepultado bajo un manto mimetizado. Y lo cierto es que el resultado era muy convincente; no negaré que un tanto ridículo, pues la cabeza parecía una seta surgida del suelo, pero el cuerpo quedaba totalmente oculto.

Tras la demostración, se puso en pie y continuó con las instrucciones.

— Ezta —dijo señalando el badén— cerá mi ubicación. Ahora ce dezperdigarán en torno a ella, guardando una diztancia mínima de cinco metroz, y camuflarán zu cuerpo igual que he hecho yo.

Todos miramos en derredor durante unos segundos. Nos encontrábamos en la cima de la montaña, bajo una espesa arboleda, pero sobre todo en una planicie donde no existían más agujeros que aquel para ocultarse. Alguien, no recuerdo quién, quiso dejar patente este hecho.

— Mi sargento, no hay más badenes donde esconderse.
— Cierto —dijo el sargento, como si no lo supiera ya— Pero zomoz zoldadoz, y zi el terreno no acompaña a nueztro propócito, lo modificamoz. Azí que cojan loz zapapicoz y conztrúyance zu propio badén.

De esta forma empezamos todos, menos por supuesto el sargento, a cavar.

Por suerte veníamos de unos días en los que una fina lluvia nos había acompañado de forma intermitente. Esto propició un suelo algo más blando de lo normal para que no hiciera falta deslomarse a picazos, aunque igualmente fue una tarea cansada que nos llevó un buen rato y sudamos la gota gorda. Pronto empecé a darme cuenta de que cuanto más hondo hacía el badén, más embarrado lo dejaba. A nadie parecía importarle este pequeño detalle, pero no debemos olvidar que mis compañeros portaban en sus mochilas una esterilla y un saco de dormir que les resguardaría de la humedad, y yo no. Mi preocupación crecía por momentos.

Para cuando acabamos el maldito socavón ya era de noche. El sargento Rodríguez organizó unas guardias muy cortas, de tan solo media hora, pues contaba con tantos soldados que no vio necesario castigar a cuatro de nosotros con dos interminables horas de desvelo. Si repartía el tiempo entre los presentes apenas supondría una pequeña molestia para cada uno. Y la verdad es que todos lo agradecimos.

Ahora mismo no recuerdo haber informado al sargento Rodríguez sobre mi escasez de equipo. Creo que no. De todas formas, si llegué a hacerlo le importó un pimiento, porque acabé en una zanja igual de húmeda que la de mis compañeros. Pero sin esterilla ni saco, claro. Como ya me veía retozando en el fango, se me ocurrió fabricar en su interior un lecho natural con la hojarasca esparcida por el suelo. No fue de mucha ayuda, pero al menos me acosté sobre algo más seco y mullido que aquella argamasa de grava y tierra empapada.

Una vez instalados y camuflados en nuestros respectivos agujeros, el sargento aprovechó para darnos las últimas instrucciones.

— Duerman con zuz fucilez ciempre a mano y, zobre todo, no hagan el menor ruido. El éxito de la mición depende de lo cigilozoz que ceamoz, azí que todoz calladitoz. Uzted, Munuera. —dijo mirando a la cabeza del soldado que sobresalía del suelo a su derecha— Uzted cerá quien efectúe la primera guardia. Dé la alarma ci ve acercarce al enemigo y mantenga a la tropa en completo cilencio. No quiero oír ni una mozca, ¿entendido?
— Sí, mi sargento —contestó Munuera.

Y así estuvimos durante unos instantes, envueltos en un silencio apenas quebrado por los tenues crujidos de los ponchos cada vez que nos acomodábamos. Pero he de admitir que al final, una vez colocados todos en la postura idónea, el ambiente quedó embargado de un mutismo perfecto. Parecía que allí no había nadie.

En menos de cinco minutos comencé a tener frío. Hasta al momento, supongo yo que por haber mantenido mis músculos ocupados con el dichoso badén, no había notado la bajada de temperaturas que trajo consigo la noche, pero en cuanto estuve un rato quieto empezaron los escalofríos. Y encima, para colmo de mis males, empezó a calar la humedad a través de mi nido de hojas.

Tumbado boca arriba, en un ambiente cada vez más fresco, con pantalones y camisa mojados por su parte trasera, miré a mis compañeros y no pude evitar echar de menos a mi acogedora tienda de campaña. Allí había dejado abandonado al saco, la esterilla y una manta de repuesto que, de haber sabido que era una acampada nocturna a ras de cielo, con toda seguridad me hubiera traído a la emboscada. Además, la estampa era surrealista. Ya llevaba días con la sensación de no saber que pintaba yo en el ejército, pero pasar una noche en la cumbre de una montaña, metido en un hoyo y rodeado de cabezas brotando del suelo, no hizo más que incrementar mi desazón.

Otra vez, como ocurriera en "El centinela", volvía a invadirme ese más que deshonroso deseo de querer ser abatido por el enemigo. Sería una muerte simulada, eso por descontado, pero no veía otra forma de acabar con la misión para volver al cobijo de mi tienda.

De pronto, empecé a escuchar una respiración fuerte que, poco a poco, subía en intensidad. Intenté observar a mis compañeros para adivinar de quién provenía ese resuello, pero, entre que la noche era cada vez más cerrada y que todos íbamos encapuchados, no fui capaz de distinguir a los que dormían de los que no. En pocos segundos, la respiración pasó de ser un mero soplido a un ronroneo gutural, que, a su vez, fue transformándose en escandalosos ronquidos. 

A pesar de las incomodidades y el frío, al menos había una persona durmiendo a pierna suelta. Por un lado sentí un poco de envidia, pero pronto recordé las últimas instrucciones del sargento Rodríguez y me alegré de no ser yo quien armara semejante follón. No quería seguir sumando jornadas de arresto en mi casillero, pero si Munuera no conseguía atajar esos ronquidos estaba seguro de que a alguien le acabarían cayendo. Lo cierto es que ya llevaba un rato en marcha la sinfonía y el encargado de mantener el orden aún no había intervenido. Eso me extrañó un poco.

— Mi sargento... —se escuchó susurrar a Munuera.

Por fin, ya era hora. Aunque pensé que, antes de dar aviso, podría haber intentado aplacar ese escándalo despertando al fuelle humano. Chivarse directamente al sargento me pareció una enorme falta de compañerismo.

— Mi sargento... —insistió Munuera con algo más de energía.
— ¿Eing...? grrr, ¿eh...? ¿Qué... qué paza? —contestó despertando de golpe y cortando de esta forma todos los ruidos.

¡La madre que lo parió! ¡El autor de los ronquidos era el propio sargento!

— Mi sargento, está usted roncando. —informó Munuera en voz baja.
— ¿Eh...? ¿Ah, zí? ¿Ceguro?
— Sí. Y lo está haciendo demasiado alto —dijo con mucho tacto, por no soltarle que parecía el motor de una Harley al ralentí.
— Ah, bien, bien. Buen trabajo Munuera, procuraré no volver a hacerlo.

Y, acto seguido, volvió el silencio.

Pero, como era de esperar, no pasaron ni dos minutos cuando volvió a la carga con aquellos resoplidos. De verdad que parecía un caballo encabritado. Y luego afloraron de su garganta los mismos ronquidos que tan bien había demostrado interpretar. Aunque esta vez se escucharon un poco más fuerte.

Vale, aquí ya empecé a preocuparme. Es cierto que no me importaba que el enemigo pudiera deducir nuestra posición con los ojos cerrados. Incluso rezaba porque así fuera. Pero me dio por pensar que, al detectar aquellos acompasados mugidos, podría acercarse un oso, o vete a saber tu qué clase de bestia, creyendo escuchar a una hembra en celo. Y no me hubiera hecho ninguna gracia toparme con un bicho de esos sexualmente frustrado, mientras admiraba el huerto de cabezas que una decena de gilipollas habían plantado en el suelo. Llamadme pesimista, pero no era capaz de imaginar un final feliz para aquella situación.

Por suerte, allí estaba el soldado Munuera para impedirlo.
— Mi sargento...—se escuchó susurrar de nuevo a Munuera.— ¡Mi sargento!
— Grrflg, ¡¿eh?!... ¿Qué... Qué paza? —contestó sobresaltado.
— Otra vez, está roncando otra vez —notificó Munuera.
— ¡Oh!, genial, bien —dijo con un deje de ironía— Entoncez cerá mejor que cambie de poztura, ¿no le parece?
— Sí, mi sargento —convino Munuera— También creo que será lo mejor.

Escuché el crujir de su poncho mientras el sargento Rodríguez se retorcía en el badén, a la búsqueda de una posición que evitara esos gruñidos inhumanos. Pero pronto quedó claro que la única postura adecuada para llevar a cabo tal cometido sería colocarse boca abajo, con la cara enterrada un palmo bajo el suelo y, a ser posible, dejando de respirar. Desgraciadamente, no fue la opción escogida por el sargento, así que, tras dos largos suspiros, volvieron los ronquidos. Y con unos decibelios que ni un grito a garganta pelada podrían superar.

— Mi sargento...
— Grrffgl... ¿Qué? —contestó secamente. Al parecer ahora lo había pillado con el sueño más ligero.
— Nada... —dijo Munuera, algo acobardado— Que continúa roncando.
— ¿Eztá ceguro que zoy yo zolo?, porque aquí zomoz muchoz y no veo que dezpierte a nadie máz...
— Sí, mi sargento, le aseguro que es usted el único que pone en peligro la emboscada.
— Vale, de acuerdo. —zanjó el sargento.

Y volvió el silencio. Al menos durante dos minutos.

Los siguientes ronquidos comenzaron sin previo aviso, como si un Tiranosaurio Rex hubiese despertado con un hambre feroz tras pasar los últimos sesenta y cinco millones de años hibernando. Incluso empezaba a dar miedo. Pero un soldado tan obcecado en su tarea como era Munuera, no iba a dejarse amedrentar por una fiera surgida del inframundo.

— Mi sargento... ¡Mi sargento!
— ¡Oztia puta, Munuera! ¡¿Pero quiere dejar ya de tocarme loz cojonez?! ¡Olvídece de mí!, porque le aceguro que como vuelva a dezpertarme le quito el zaco, el poncho, la ropa y lo mando ladera abajo en pelotaz para darme el placer de ver cómo el enemigo lo fucila. ¡¿Entendido?!

Munuera contestó con un escueto <<Sí, mi sargento>> y no volvimos a escucharlo en toda la noche. Ni a él ni al resto de la tropa. Lo que sí oímos fue al sargento Rodríguez roncando sin parar, como si no existiera un mañana. Y puede que no me creáis, pero lo que le dejó hacer Munuera era tan sólo un aperitivo de sus inabarcables facultades para roncar.

Yo por mi parte no pude pegar ojo en toda la noche. El frío que me atenazaba, junto a la insufrible serenata del sargento, se encargaron de que así fuera. Recuerdo un fragmento en especial, allá sobre las cuatro de la madrugada, donde los ronquidos se acompasaron con el eco que ellos mismos producían sobre las montañas para lograr un sonido estereofónico que jamás he vuelto a experimentar. No, al menos, en un ronquido. Casi estuve a punto de considerar al sargento Rodríguez como un verdadero artista en su faceta de roncador.

No negaré que lo pasara mal, pero creo que lo mío no fue para tanto si lo comparamos con el sufrimiento del sargento. Porque aquella noche entendí que pasar frío y escuchar durante horas a una morsa no es equiparable a conciliar el sueño y ser despertado a los dos minutos. Una y otra vez. Esa es la forma más bestia de freír el cerebro a una persona, digna, sin lugar a dudas, de encabezar los mejores manuales chinos sobre torturas.

Podría haber inventado un giro inesperado para acabar con la narración, pero entonces esta entrada dejaría de ser una anécdota para pasar a ser un cuento, así que no lo he hecho. Pero concluiré aclarando que por allí no apareció nadie. Ni enemigos, ni osos, ni ningún científico chalado confundiendo a nuestro sargento con el Yeti. Eso sí, en mi mente quedó grabada la jornada como una de las noches militares más absurdas que he pasado en mi vida. Quizá a la altura de la Noche Vieja en la que me destinaron a cubrir una serie de guardias dentro de la cárcel militar. Otro de los regalitos que me tenía guardado mi estimado sargento. Y eso que estuvo a punto de mandarme cuatro meses a una isla semi desierta, pero no pudo porque...

Uy, me parece que esto es otra historia. Mejor será que la deje para cuando reciba la llamada de Hollywood.