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domingo, 8 de octubre de 2017

¡Con la iglesia hemos topado!



 
Creo que a nadie se le escapa que vivimos días convulsos. Hay un conflicto por resolver entre regiones y nadie parece estar por la labor del diálogo. Y, como no podía ser de otra forma, los medios informativos se posicionan en según qué bandos ideológicos. Vamos, hasta ahora, nada que no se vea a diario.

Pero hoy quiero hablar de una entrevista. Una de esas conexiones en directo en las que un equipo de reporteros se desplaza a una localidad para que, desde plató, otro grupo de tertulianos pueda desmontar en vivo las reflexiones del entrevistado de turno. ¿Os suena este proceder? Seguro que sí, porque lo vemos a diario en la sobremesa. La gran mayoría de periodistas, al menos en este país, son así: machacan con aseveraciones contundentes, o lo intentan, para echar por tierra cualquier idea que no comulgue con la suya. Y, claro, el ciudadano de a pie no está acostumbrado a ese avasallamiento y acaba por claudicar ante tan apabullante retórica. Pero no siempre sucede, no siempre se encuentran con ese beneplácito. Y este es uno de esos casos.

Para ponernos en situación, esta entrevista ocurrió un martes, tres de octubre, en el programa presentado por Susanna Griso en Antena3 (Espejo Público), dos días después de la torpeza desplegada por las fuerzas del estado en Cataluña. Perdón, quería decir fuerzas desplegadas desde otras Comunidades Autónomas (Guardia Civil y Policía Nacional), porque los Mossos d’Esquadra no se comportaron de ese modo y aún así consiguieron, según los propios datos facilitados por el mismo programa, cerrar más colegios y decomisar más urnas que los otros dos estamentos policiales juntos. Pero ese dato, visto lo visto, carece de interés. 

El programa, en teoría, trataba de cubrir la huelga general (o paro, eso según los gustos) que protagonizaba dicha región. Pero, como ya llevábamos dos días viendo imágenes de guardias civiles y policías nacionales dando palos a todo aquel que tuviera dos patas y se cruzara por su camino, lo que realmente estaba en marcha era una operación propagandística que yo denominaría “lavado de cara para las fuerzas policiales”. Por descontado, sin incluir a los Mossos d’Esquadra, que por no agredir a personas pacíficas y desarmadas habían traicionado y pisoteado los derechos de todos los españoles (¡¿?!). Pero ya he dicho que eso no tiene ninguna importancia, así que vayamos a la cuestión.

El entrevistado era el mossen (capellán) de Pineda de Mar. El hombre estaba situado justo delante de su iglesia, en un lugar donde las cámaras captaban perfectamente su entrada y un cartel, enganchado en su puerta, con la palabra Democràcia! Igualito al que yo he utilizado para ilustrar esta entrada. 

Pero detengamos por un momento la narración y analicemos al detalle la pancarta. Así, a primera vista, se ve dibujado el rostro de una persona con un grueso trazo de color rojo tapando el lugar donde debería estar su boca, y que, al parecer, le impide hablar. Debajo, una única palabra: Democràcia! Algo que, hoy en día, cualquier persona sensata de este país no dudaría en defender. Nada que nos haga pensar en partidismos de “si quiero la independencia” o “no la quiero”. Ni sí ni no; ni en contra ni a favor. Igual es que no veo los mensajes ocultos, pero la democracia, en principio, debería estar dentro de la legalidad. Y, que yo sepa, no existe nada más democrático que ejercer el voto. ¡Si hasta utilizan ese método en las reuniones de mi comunidad de propietarios del parking para ponerse de acuerdo! Y siempre con éxito oiga, a pesar de que por allí deambulan personas de todo el mundo, credos y religiones. Incluso me atrevería a decir que también hay algún extraterrestre. Y todos aceptan ese proceder. En cambio, los periodistas de aquel programa no. Curioso. Pero volvamos al relato.

Haciendo hincapié en el asomo casual del cartel en pantalla (aunque todos sabemos que los planos, en televisión, igual que en el cine, nunca son casuales), le preguntaron al cura si estaba a favor del referéndum ILEGAL (y lo pongo en mayúsculas porque en eso enfatiza cada treinta segundos cualquier programa televisivo, radiofónico o medio escrito que trate sobre este tema), y también si le parecía correcto que se saltaran las leyes para llevarlo a cabo. Y el cura, con ese tono sereno y aburrido de sermón de los domingos, les contestó más o menos esto:

— Miren, yo creo en lo que predica el cristianismo y en los derechos fundamentales del ser humano. Que es el amor al prójimo, la cordialidad, el civismo y la libre expresión.

— Ya, ya —prosiguió el periodista—, pero este referéndum, ILEGAL, está fuera del marco de la constitución española.
— Bueno, lo cierto es que yo he vivido ocho años en Japón, tres en África y uno en Ecuador. Hace tan solo unos meses que he vuelto a donde nací. Pero allá donde estuve me regí siempre por los derechos humanos y las libertades individuales. Si alguien quiere hacer una consulta o referéndum, de forma pacífica y ordenada, está en todo su derecho.

En esos momentos, no sé si de forma intencionada o no, el mossen estaba dejando al periodista como un cateto pueblerino. Pero eso, lejos de amedrentar su voluntad, provocó que continuar en sus trece.
 
— Pero es que esa consulta está fuera de la legalidad —insistía el periodista—. ¿De verdad está de acuerdo en saltarse la legalidad?
— Estoy de acuerdo en salvaguardar los derechos humanos…
— Pero, ¿cómo puede defender algo ILEGAL? —preguntó el periodista, ya desesperado.
— Mire, visto del modo en que usted lo ve, Jesucristo, nuestro Señor, también fue juzgado y condenado a la crucifixión dentro de un marco legal; siguiendo al pie de la letra la legalidad de aquella época. Y, como comprenderá, no puedo estar de acuerdo con aquella sentencia.

Touché. Tocado y hundido. Punto y final.

Lo que yo vi aquel día en directo por la tele me dejó perplejo. Y digo que lo vi en directo porque me ha sido imposible encontrar esta entrevista por internet o en la página web de la propia cadena. Pero es que ni buscando en su programación a la carta. Nada. Aunque, ahora que lo pienso, tampoco es nada excepcional esa desaparición, porque estoy seguro de que carece de importancia. A nadie le interesa esa clase de declaraciones. Y menos aún si trabajas en ese canal televisivo, eso por descontado.

Sin embargo, y como iba diciendo, yo me quedé alucinado. ¿Por qué? Pues quizá por ver como se daban lecciones de derechos fundamentales desde una institución religiosa que se ha caracterizado, en sus algo más de dos mil años de vida, en pisotearlos y alienarse a la más mínima oportunidad con el poder reinante. Y esas lecciones no las recibía cualquiera, no. Iban dirigidas directamente hacia los periodistas, precisamente el gremio alabado en el mundo entero por ser los primeros en denunciar, ya sea con fotos, vídeos o entrevistas, cualquier maltrato o vejación a la ciudadanía de todos los pueblos.


Sí, la verdad es que aún sigo alucinando. Pero eso, como comprenderéis, tampoco tiene ninguna importancia.

martes, 3 de octubre de 2017

Premio

      
      Hace bastante tiempo que no publico nada. ¿Por qué? Pues, para ser sinceros, creo que me he cansado de escribir. Ya no disfruto como antes ni dejo cables sueltos en mi cerebro para que, de un chispazo, se me ocurran chorradas sobre las que contar algo. Además, en cierto modo me he vuelto tan exigente con todo lo que escribo que nada me parece apropiado. ¿Apropiado a qué? Pues ni idea. Aunque tampoco es eso. Es… es… No sé lo que es.

      Tengo como cuatro entradas comenzadas y cinco cuentos a medias, pero soy incapaz de finalizar los escritos… Y no tengo una explicación lógica para lo que me sucede. ¿Tal vez desidia? Podría ser, tal vez.

      Y si tan hastiado estoy, os preguntaréis, ¿qué diablos hago publicando algo? ¡Ah!, malditas encrucijadas del destino...

      Veréis, me ha ocurrido algo del todo inesperado: he ganado un concurso literario con La Conferencia, el último relato que escribí. Ya, yo tampoco me lo explico, pero así ha sido. No tengo por costumbre participar en certámenes de este tipo, pero lo hice una vez en la web de ZonaeReader y me gustó tanto su peculiar funcionamiento que es el único concurso al que asisto siempre que se convoca. Aquí dejo el enlace por si os apetece echarle un vistazo. Para este año he participado con dos cuentos y… en fin, que, sobre un total de treinta y nueve relatos, uno ha ganado y el otro ha quedado noveno. Vamos, algo inaudito.

      Entonces me he preguntado, ¿hago bien en dejar de escribir? Porque es un ejercicio que ya no me seduce como antes, pero también resulta evidente que en algo habrá mejorado mi escritura cuando acaba siendo premiada. Sí, vale, no es un premio prestigioso ni nada que se le parezca, pero por algo se empieza, ¿no?

      El caso es que estoy en un dilema. ¿Finiquito para siempre mi relación con los cuentos (cosa que me pide el cuerpo desde hace un tiempo) o continúo insistiendo ahora que siento la gratificación del reconocimiento? Mínimo, sí, pero al fin y al cabo eso es lo que significa un galardón, ¿verdad?, una declaración pública de que algo estás haciendo bien.


      La verdad, no tengo ni idea de lo que haré en las siguientes semanas. No sé si me esforzaré en dedicar unas horas a la semana a escribir, o si lo dejaré por un tiempo o para siempre. Eso sí, al menos este premio ha servido para que sea capaz de acabar esta entrada, por sencilla que sea.

lunes, 24 de abril de 2017

¿Incomunicado? Ojalá...


Siempre me ha fascinado la comunicación. Eso de transmitir ideas que a uno le rondan por el cerebro, con el simple gesto de abrir la boca y emitir sonidos, es algo digno de admirar. O soltarle una orden a tu perro y que este cumpla exactamente con lo demandado es, probablemente, lo más parecido que hay a la magia. Pero ojo, que también sucede lo contrario cuando un gato maúlla con insistencia hasta ver cómo llenamos de pienso su comedero. Tenemos tanto de transmisores como de receptores, y actuamos según nos llegan o mandamos mensajes.

Aunque no siempre nos comunicamos a viva voz. En nuestro afán por hacernos entender, hemos creado también signos visuales que invaden cada rincón de nuestro entorno. Y no me refiero sólo a la escritura; esta parte de mi reflexión iba más encaminada a las señales de tráfico, diagramas y un largo etcétera. En definitiva, que estamos siendo bombardeados continuamente por un sinfín de información.

Por eso es tan difícil permanecer incomunicado. Y mucho más desde que existe internet y, sobre todo, los teléfonos móviles.

Creo haber comentado en alguna ocasión esa manía que me ha entrado últimamente de no ver la tele. Bueno, siendo más exactos, sólo la enciendo para ver películas, series y algún que otro partido de fútbol. ¡Ah!, y lo único que suena en mi radio es música. ¿Que qué consigo con esta actitud tan radical? Pues, así a vote pronto, la parte liberadora que da el vivir en la más absoluta ignorancia sobre lo que sucede en el resto del mundo. No sabéis lo placentero que resulta escuchar la conversación de varias personas exaltadas por una noticia indignante y de la que no tenéis ni idea.

Y no es que no me interese estar informado, pero, admitámoslo, hace ya unos cuantos años que los telediarios han dejado de lado todo rigor informativo para dedicarse en cuerpo y alma a entretener. De hecho, toda la tele no es más que mero entretenimiento. Con decir que los periodista a los que les doy mayor credibilidad son "los hombres (y mujeres) del tiempo", está todo dicho. Así que pocas veces veo esa clase de programas y muchas menos me los tomo en serio. Prefiero vivir en la paz y el sosiego de la desinformación.

Pero ahí están los móviles para socavar toda mi estrategia. ¡Malditos cacharros! Porque no hace falta encender la tele o escuchar la radio para saber a qué noticias estamos dando relevancia. Basta con tener instalado WhatsApp y pertenecer a un par de grupos con personas activas. Es así cómo me entero de que, por ejemplo, Iñaki Urdangarín y la infanta Elena han declarado en los juzgados. Ponen unos "memes" (por dios, que palabra tan fea. ¡Qué alguien se invente otra ya!) y yo sólo ato cabos. O, gracias a los fotomontajes, de que existe un autobús naranja con frases despreciables escritas en el lateral de su chasis. También visitan mi móvil chistes sobre robos y otros desmanes cada vez que encuentran otro caso de corrupción en la cúpula de algún partido político. Y esto, por desgracia, sucede muy a menudo. Sí, la mezquindad, cual miserable bacteria, aprovecha cualquier defensa baja de mi aislamiento para atacarme. ¿Existirá un antivirus para frenar los mensajes? El primero que invente esa aplicación ganará mi admiración infinita.

Por poner un ejemplo gráfico, así me enteré de que el Atlético de Madrid se cruzaba con el Real Madrid en las semifinales de la Champions.



Por favor, ¡basta ya! ¿Es que voy a tener que lanzar el móvil por la ventana para permanecer incomunicado? Conseguir evadirse, hoy en día, es toda una quimera. Y luego habrá gente por ahí diciendo que se siente sola...




domingo, 2 de abril de 2017

El arte de no amargarse la vida


Una vez escuché decir a un ávido lector (¿o quizá se lo leí?) que hay que leer de todo, incluso libros de autoayuda. Y supongo que remarcó eso último por la mala fama que tienen los de dicho género.

Personalmente, nunca me he sentido atraído por los libros de autoayuda. Primero, porque es incongruente que existan; su denominación no tiene ningún sentido. La definición de autoayuda dice: "Ayuda que una persona se presta a sí misma para superar una situación personal que le afecta psicológicamente". Pero si lo que hacemos es recurrir a un libro, no sé que diferencia puede haber con visitar a un psiquiatra. Para practicar la autoayuda deberíamos hablar con nosotros mismos y punto. Leyendo un libro, lo único que conseguimos es meter la voz de otra persona en nuestra cabeza, por lo que el ejercicio de ayudarse uno mismo queda del todo anulado.

Pero la segunda razón por la que no me interesan es que esa clase de libros tienen una pinta de aburridos que echan para atrás. Si no hallamos trama, ni personajes, ni ningún misterio que resolver, ¿cómo van a ser divertidos? Además, siempre sobrevuela el temor de dar con algún místico inescrutable soltando parrafadas con sentidos ocultos, pero tan ocultos que nadie entienda absolutamente nada. Vamos, como si estuvieras leyendo una Biblia escrita a mano por la indescifrable letra de un médico.

Pero cierto día viendo la tele, hará ya un par de años, me topé con una entrevista muy interesante que hacían a un psicólogo. Y resultó ser interesante, no porque me ayudara de algún modo a ser más feliz, sino porque el dogma que pregonaba se aproximaba sorprendentemente a mi forma de ver la vida. Yo, desde el día en que nací y sin saberlo, había estado poniendo en práctica aquel método que ese hombre explicaba con tanta devoción. Y ese hombre no era otro que Rafael Santandreu. Entonces lo busqué por internet y me di cuenta de que había publicado un par de libros (en estos momentos ya lleva tres). No tardé en preguntarme: ¿existe mejor autor para empezar a leer libros de autoayuda? Y como mi respuesta fue un NO rotundo, en cuanto pude me hice con "El arte de no amargarse la vida", que es el título de su primer libro.

Tampoco esperaba gran cosa. Siempre he creído en lo poco que tienen en común nuestra forma de hablar con nuestra forma de escribir. Tengo la rara impresión de que todo queda más formal cuando utilizamos las letras; aunque me había gustado mucho cómo se había expresado Rafael en la entrevista, no albergaba muchas esperanzas a la hora de abrir el libro. Por suerte me equivocaba. Fue abrir sus páginas y, acto seguido, quedé enganchado. Lo devoré en tres días.

¿Qué tiene ese libro, a parte de acercarse mucho a mi filosofía de vida? Pues, para empezar, un discurso más que asequible. Aquí no encontraremos frases complicadas ni conceptos exóticos. Todo es diáfano y nítido, con lo que logra que cualquier cosa se entienda a la perfección; nadie trata de colarnos tecnicismos ni utiliza supuestas frases bonitas para regalarnos lo oídos (¿o en este caso debería decir los ojos?).

Esta característica diáfana creo que es especialmente importante en un libro de autoayuda, ya que al lector le aporta la impresión de estar ante un discurso honesto, que no se esconde tras frases incomprensibles. Bien por el autor.

Pero, a medida que pasaba sus páginas, lo que realmente me gustó fue ver cómo cada capítulo estaba salpicado con un montón de anécdotas y no pocos minicuentos, algunos de una belleza irrefutable. ¿Por qué son tan importantes los cuentos en esta clase libros? Pues porque un cuento, paradójicamente, no nos cuenta una historia, la muestra. Y ese es el mejor camino para la comprensión: ver con nuestros propios ojos, a través de ejemplos sencillos, las consecuencias de un trastorno mental o la serenidad provocada por una mente sana.

Ni que decir tiene que recomiendo a todo tipo de personas este libro, pero no porque puedan experimentar un cambio radical en sus vidas (para eso es necesario sufrir trastornos mentales de algún tipo), sino porque es ameno, divertido y accesible. Y con esto queda demostrado, al menos para mí, algo muy importante: da igual el tema sobre el que trate un libro. Siempre, sin importar el género, podremos encontrar buenos libros. O películas. O series. O canciones.


domingo, 12 de febrero de 2017

Sentido del humor


Ayer, en el trabajo, nos pusimos a contar chistes. Bueno, más bien fueron mis compañeros quienes no pararon de hacerlo. Pero la conclusión que saqué de aquel carrusel del humor fue que el mío es bastante particular. Vamos, que no me río con cualquier cosa y que mi sentido del humor es, cuanto menos, peculiar.

El otro día, por ejemplo, estaba un chófer de mi empresa descargando unos palets inmensos de garrafas de agua. <<Tened cuidado>>, nos dijo, <<Se mueven un poco>>. Y yo, para hacerme el gracioso, le solté la primera ocurrencia que me vino a la cabeza: <<Ya veo que has podido aguantar las contracciones durante todo el camino y no te has puesto de parto>>. El hombre, que encima es ruso y a veces tiene dificultades para entender los significados del castellano, me miró con cara de no entender nada. Y con toda la razón. Es más, si me lo hubieran dicho a mí lo mismo hubiese acabado con igual cara. ¿Qué mecanismos mentales me llevaron a encontrar esa frase? Pues unos muy rebuscados, desde luego. Pensé que, en el caso de habérsele volcado la mercancía, podría haber roto un montón de garrafas. De romper garrafas a romper aguas va un pequeño paso; y de romper aguas a ponerse de parto, otro paso más. Lo que dije sobre las contracciones hacía referencia al bamboleo de los palets, o sea que eso cuenta como dos pasos. Demasiados pasos.

Está claro que solo un imbécil creería que puede hacer reír a otra persona con esa frase. Lo más probable es que a ese imbécil lo miraran como me miraron a mí: como si estuvieran hablando con un marciano. Y por si no ha quedado bastante claro, el imbécil soy yo.

Pero, volviendo a la sesión de chistes, una cosa me quedó clara: la mayoría de las ocurrencias que tienen mis compañeros son demasiado obvias y repetitivas. Me aburren soberanamente. Aunque no siempre. El lunes, por poner otro ejemplo, apareció por el almacén "El Idiota" (si sois de las pocas personas que han leído todas y cada una de las entradas sabréis de quién estoy hablando; y, si no, aquí pongo el enlace) limpio, afeitado y hasta con acondicionador en su, por un día, igualada y sedosa melena. Viendo las fechas en las que nos encontramos, esto tampoco es de extrañar, pues cada año recibimos la visita de "los alemanes". Son unos teutones que vienen a inspeccionar que nuestras instalaciones no estén hechas unos zorros. Como nos dan mucho trabajo y queremos quedar muy bien con ellos, limpiamos las estanterías, pintamos las rayas del suelo y, ya de paso y gracias a nuestra jefa, también se le intenta dar aspecto humano a esa alimaña que tenemos por compañero. Eso de verlo aseado, con un poco de suerte, ocurre una vez al año; a no ser que hagan como el anterior y sencillamente le den dos días de fiesta. Y digo lo de gracias a nuestra jefa porque es ella misma en persona quien le da veinte euros y lo manda a una peluquería. Supongo que serán diez para el corte de pelo y otros diez para el peluquero/a como plus de peligrosidad, porque hay que ser valiente para meter las manos en ese arbusto. Parece mentira, pero aún nos seguimos sorprendiendo cada año al ver que existe una persona debajo de tanto pelo enmarañado. Incluso un chófer, acostumbrado como está a verlo con ese burka hecho de cabellos, nos preguntó que qué le había pasado. Fue justo en ese instante cuando a uno de mis compañeros le sobrevino un golpe de ingenio: << Es que se arregló para ir a la gala de los Goya>>, comenzó diciendo. <<¿Ha salido en la tele?>>, preguntó el chófer, todo inocente. <<Sí, fue a recoger el premio al mejor actor protagonista, por "Un monstruo viene a verme">>.

Tampoco es que me descojonara, pero he de reconocer que, para tratarse de uno de mis compañeros, la ocurrencia estaba bien hilvanada. Y no llevaba la palabra "polla", "coño", "follar" ni "dar por culo", cosa por otra parte muy meritoria.

Algo que también me quedó claro es que da igual con quién estés, pues en esta clase de reuniones sociales siempre llega un momento en el que, de forma inevitable, se pregunta a cada uno de los presentes por su chiste favorito. Por supuesto, con la clara intención de que lo cuente. Y todos, incluido yo, lo hicimos.

La verdad es que no me gusta contar chistes. Lo haces con la esperanza de hacer reír, pero, si la persona que lo está escuchando ya se lo sabe, como mucho le arrancas una media sonrisa. Sí, los chistes, en cierto modo, tienen fecha de caducidad instantánea. Nunca vuelven a ser lo mismo cuando los escuchas por segunda vez. Prefiero las salidas ingeniosas. Son mucho más frescas.

De todos modos, nadie puede evitar tener un chiste favorito, como tampoco se puede evitar tener un color preferido, una película predilecta o una canción que nos anima. ¿Que cual es el mío?, pues uno muy corto y sencillo. Pero quizá lo que más me guste de él es que es atrevido por incluir sin pudor a personas imperfectas. También me gusta que se resuelva con una especie de justicia divina; y si encima tiene un punto escatológico nada despreciable... pues me parece una delicia.

Entonces... ¿qué hago? ¿Lo cuento? Bueno, venga, va.

Un sordo le dice a un tonto.
— ¿Dos más tres?
Y el tonto responde.
— ¡Cuatro!
A lo que el sordo contesta.
— ¡Por el culo te la hinco!

¿Qué, os ha gustado? ¿No? Igual es porque ya os lo sabíais. Tranquilos, no pasa nada, a mis compañeros de trabajo tampoco les hizo ninguna gracia.


lunes, 16 de enero de 2017

La película de la Navidad



Pueden ser varias las razones para que una película sea considerada "de culto". A veces son películas que, por su mediocridad, han pasado inadvertidas, pero que aún así son idolatradas por un grupo de personas que han visto en ellas algo original, diferente al resto; también existen las que, dejando de lado su probada calidad, fueron tan maltratadas en su difusión y distribución que solo una selecta audiencia pudo deleitarse con sus historias. En ambos casos también pueden ser trabajos crípticos, de difícil valoración, con los que has de exprimirte el cerebro o tener una especial sensibilidad para llegar a entender por completo su confuso significado. Eso sí, si logras conectar con ella te parece el no va más, la obra clarividente de una persona que rezuma su lucidez por cada fotograma.

En definitiva, una película "de culto" adquiere su pomposa etiqueta cuando un público bastante significativo, aunque limitado, le otorga relevancia.

También son "de culto" las películas que, mediante sus trailers, amasaron unas expectativas de cine comercial, de mero entretenimiento, pero que acabaron resultando totalmente diferentes a lo prometido; normalmente mejores de lo que dejaba entrever ese pequeño adelanto, pero que, ante la confusión de unos espectadores que esperaban ver otra cosa, acabó siendo sepultada bajo una montaña de críticas desfavorables. Algo así le ocurrió a "El bosque" de M. Night Shyamalan (todos esperábamos terror y nos ofrecieron un simulacro de sociedad naturista; una impactante fábula utópica). Y puede que acabe sucediéndole lo mismo a "La llegada" de Denis Villeneuve. Aunque con esta última son solo suposiciones mías, pues me consta que ha logrado una buena taquilla.

¿A qué viene esta torpe tesis de por qué una película se gana el apelativo "de culto"?, os preguntaréis. Pues porque es un paralelismo que he encontrado, posiblemente igual de torpe y simple que mi anterior argumento, para explicar de una vez por todas y ya pasadas las fiestas, mis sentimientos hacia la Navidad, el Año Nuevo, el Día de Reyes y a la postre cualquier otro día señalado del calendario.

Pero, para lograr mi cometido, sería aconsejable que nos transformáramos en otra persona. Concretamente en Abed Nadir, que es uno de los protagonistas de la serie Community. Vale, vale, no tenéis ni idea de quién es este personaje, ¿verdad? Pues no os preocupéis, porque yo os lo explico en un santiamén. Abed es un estudiante de universidad pública norteamericana (sí, al parecer eso existe) altamente influenciado por la televisión, pues ha pasado toda su infancia viendo películas y series. Este hecho, sumado a su nula capacidad de empatizar con el resto del mundo, le hace buscar a cada instante una referencia televisiva para poder comunicarse o entender cualquier situación. Y es tal el grado de abducción, que él mismo cree estar viviendo en una serie o en una película; por otra parte, con toda la razón. De hecho, Abed no cuenta el transcurrir del tiempo en años, sino en temporadas. Miradle ahí arriba, en la cabecera de esta entrada, haciéndole un bonito encuadre a la vida.

Confieso que es una serie rara y en ocasiones confusa, pero si logras sintonizar con su propuesta también es genial y divertidísima. ¡Ah!, y no muy conocida; por lo que, teniendo en cuenta los argumentos anteriormente esgrimidos, deberíamos considerarla "de culto".

Pero basta ya de hablar de series y vayamos al lío. Imaginemos que las festividades navideñas son una película que se repite cada año. No creo que sea una tarea muy difícil porque en cierto sentido es así. Pero es una película que, a pesar de conocer sobradamente su argumento, nos la van vendiendo desde el mes de noviembre (o incluso antes) a través de innumerables trailers: con anuncios en televisiones, radios y diarios, calles engalanadas con lucecitas, escaparates convenientemente decorados para la ocasión, loterías extraordinarias, regalos... Todo son imágenes de jolgorio, personas de todas las edades con una inmensa sonrisa incrustada en su boca. Esta antesala a la navidad promete unos días rebosantes de felicidad a todo aquel dispuesto a disfrutarla. Porque sí, porque son días programados para la alegría mundial y punto. Estamos obligados a ser felices.

Ante esta perspectiva yo, que soy una persona razonablemente feliz durante el resto del año pero también altamente maleable ante el incesante bombardeo de buenaventura, espero atravesar el umbral de la Nochebuena embriagado, envuelto en un halo de paz, amor y gozo. Y no es así. Continúo igual de feliz y contento, eso por descontado, pero enturbiado por un amargo sabor a decepción. La Navidad, por sí sola, no ha cumplido con las expectativas.

Por supuesto que es agradable no trabajar, darse atracones con manjares y visitar a familiares queridos; pero no más que en cualquier otra época del año. El simple hecho de ser Navidad no aporta más felicidad a esos actos. No al menos para mí.

Esta entrada no está escrita para despotricar contra unas tradiciones arraigadas, ni tampoco para hacerme el interesante yendo contracorriente. No odio la navidad; nunca me ha hecho nada; aunque quizá sea ese su principal problema. Envidio de forma sana (¿eso es posible?) y profunda a todo aquel que se emocione escuchando un villancico o sienta mariposas en el estómago mientras decora el árbol de navidad. Yo, me veo incapaz.

Para mí, la Navidad es esa película "de culto" que jamás he llegado a comprender del todo. Por mucho que me esfuerce no capto su esencia, no tengo un brillo especial en la mirada cuando escucho las risotadas de Santa Claus ni se me desboca el corazón asistiendo a la cabalgata de los Reyes Magos. Pero lo continuaré intentando. Año tras año. Aunque solo sea por tradición.

martes, 22 de noviembre de 2016

Traducción simultánea


Que en la programación televisiva podemos encontrar una enorme diversidad de canales es algo que todo el mundo sabe. Están los de entretenimiento puro y duro (la gran mayoría de ellos mezquinos) pertenecientes a Mediaset, los supuestamente progresistas (véase La Sexta), los conservadores (Antena3, Nueve, Intereconomía y alguno más), también los autonómicos (centrados cada uno en su región), etc...

Y también existen los canales temáticos, con muy poca carga de adoctrinamiento, donde apenas se aprecian inclinaciones políticas. Algo así como los canales blancos, diría yo. Se centran en su materia y tratan de no herir sensibilidades ni hacer juicios morales, procurando llegar siempre de forma diáfana a los interesados en sus contenidos exclusivos. Aquí podríamos situar a los musicales, los de cocina, los infantiles, los deportivos, etc...

La gran mayoría de estos últimos canales tienen la particularidad de emitirse en varios países, por eso no es de extrañar encontrarnos con documentales doblados o locutores narrando en los diferentes idiomas de cada territorio. Lo importante es que el espectador entienda cuanto sucede en pantalla. Pero, ¿qué pasa cuando, en un territorio como es Cataluña, los espectadores son bilingües? Pues que, en principio, se ha de optar por un idioma. En este caso, y con muy buen criterio, el catalán, que para algo es el idioma oficial de la región.

Partiendo de esta decisión tan lógica, es del todo consecuente que su programación sea en catalán y se doblen, o se subtitulen, todos los documentales y entrevistas en ese idioma. Pero lo que es una práctica habitual y espontánea, jamás debería utilizarse de forma tan estricta como para llevarla hasta límites absurdos, y me explico.

El otro día, zapeando con el mando, fui a parar al canal Barça, justo unos minutos antes de celebrarse la presentación oficial de Rakuten, el nuevo patrocinador para el año que viene. Como nunca había presenciado un acto semejante, me picó la curiosidad y aguanté hasta que dio comienzo.

Primero tomó la palabra el presidente del F.C. Barcelona, Josep Mª Bartomeu, hablando en catalán, para seguidamente hacerlo en inglés y en castellano. Se trataba de una emisión internacional, así que era de lo más sensato expresarse en cuantas más lenguas mejor. Y cuando utilizó el inglés vi muy razonable sobreponer la voz en catalán del traductor simultáneo para que pudiéramos entender lo que decía. Lo que ya no me pareció tan normal fue que emplearan el mismo proceder cuando Bartomeu habló en castellano.

¿Acaso no presumimos los catalanes de bilingüismo?, pues no nos tratemos nosotros mismos de catetos y dejemos escuchar un idioma que dominamos igual de bien que el catalán. Porque una traducción simultánea sólo tiene sentido si ayuda a clarificar el mensaje, y para nada era ese el caso. Es más, entorpecía la fluidez del acto. Pero el disparate fue aún más allá cuando tomó la palabra el Sr. Mikitani, fundador, presidente y consejero delegado de Rakuten.

Dado que Mikitani es japonés, habló, como es lógico, en su idioma natal. El supuesto problema surgió cuando, imagino yo que por falta de soltura con el idioma del club, la traductora simultánea tradujo la perorata del japonés al castellano. Entonces, no sabemos si alentado por unos jefes empecinados en que todo el acto se escuchara en catalán o por voluntad propia, pudimos oír al traductor catalán traducir lo que la traductora había traducido previamente del japonés al castellano, con el consecuente lío de voces y la no menos desconcertante escena. Hubo un momento en el que hablaban tres personas a la vez: Mikitani en japonés, la traductora traduciendo al castellano y el traductor que traducía al catalán lo que había traducido anteriormente la traductora. Y yo no me enteraba de nada con tantas voces pisándose las unas a las otras. O mejor dicho, únicamente comprendí que aquello era un despropósito.

¿Tan difícil era, ya que no hallaron una traductora japonesa que dominara el catalán, dar por buena la traducción castellana? Porque estoy completamente seguro de que, ni aún buscando a conciencia, aparecería en Cataluña un solo espectador que no entendiera el castellano. ¿Era necesario forzar tanto la situación? Me parece a mí que no.

Algunos justificarán ese proceder esgrimiendo el vengativo argumento de que era en defensa del idioma catalán, que también ha sufrido muchas veces este trato para acabar anulado por la cabezonería de traducirlo todo al castellano. ¿En cuántas ocasiones hemos tenido que aguantar los catalanes la innecesaria traducción al castellano de "bon día", "bona tarda" o "bona nit", cuando hasta el más cazurro de los españoles lo entiende?

Que esos desmanes han existido, y que aún hoy en día se observan sus últimos coletazos, es del todo cierto, pero pertenecen a otra época y no creo que se deba volver a esas prácticas represivas, no creo que para defender a un idioma se deba aplastar a otro. La convivencia de los dos idiomas en la tele debería darse de una forma tan natural como la encontramos en nuestras calles. A mí nadie me traduce al catalán (ni mucho menos me reprende) si voy a la panadería y pido una barra de cuarto en castellano, igual que tampoco me traducen al castellano cuando hablo en catalán.

No me gustó para nada el proceder de ese traductor. Y sólo espero que fuese debido a un pequeño desliz, a un malentendido en sus funciones y que nada tenga que ver con absurdas revanchas. Porque ya lo dijo Gandhi en una de sus muchas frases célebres: "La filosofía del ojo por ojo solo puede terminar dejando a todo el mundo ciego".

sábado, 9 de julio de 2016

La muerte es una tómbola


No hace falta recurrir a los antiguos sabios para dar con frases aplastantes como océanos, la erudición se encuentra en los lugares más insospechados. No hay más que recordar lo que pregonaba Marisol, aquella archiconocida tonadillera/filósofa, cada vez que la dejaban berrear: la vida es una tómbola, to, to, tómbola (sí, parece que sufría algún problema de tartamudeo).

Eso es lo que es. Un juego, un mero azar, un imprevisible ciclo lleno de idas y venidas; finiquitado, eso sí, con la llegada de un suceso que para todos es el mismo: la muerte. Por cierto, la muerte también lo es. Todo lo que va ligado a la vida, y la muerte forma parte indiscutible de ella, es una tómbola.

¿A qué viene este intento infructuoso de bonita, a la par que ludópata, introducción?, os preguntaréis. ¿Va a hablar este pesado sobre David Bowie, Bud Spencer o Ramsey Bolton, ilustres famosos fallecidos hace poco? Pues no. Voy a hablar de mi gata, a la que, tristemente, le quedan poco más de dos maullidos.

Pero, espera un momento. Si acabas de asegurar que la vida es una tómbola, o sea, un sorteo impredecible, ¿cómo puedes saber que tu gata está a punto de diñarla? Muy sencillo. Porque, tras unas exhaustivas pruebas veterinarias, el diagnóstico a su pérdida de peso y a los múltiples bultos aparecidos por todo su cuerpo últimamente, ha sido el de, ¡tachán!, un tumor en el páncreas. Es decir, que ya le ha tocado uno de los premios gordos de la tómbola, ahora tan sólo ha de esperar a cobrarlo.

Ya, ya sé que recrearse en temas tan escabrosos puede suponer una falta de respeto para el afectado. A nadie le gusta que aireen sus intimidades. Pero, para mi descargo, diré que hace tiempo hice un pacto sagrado con mi mascota: mientras no dejase de rascarle las orejas siempre que le viniera en gana, podría comentar por aquí cualquier cosa referida a ella. Y, como jamás he faltado a mi promesa, no creo que reciba reprimenda alguna por su parte.

Pero, para honrarla como se merece, intentaré hacer un pequeño retrato de su figura. Su nombre es Puça (Pulga, en catalán), y le viene dado por su eterna enanez (aún siendo ya adulta) y el abundante número de parásitos que habitaba por su cuerpo cuando nos la regalaron. Gasta unos ojos azules como el zafiro, una nariz más negra que la toga de un juez y un pelaje castaño claro prácticamente idéntico al de un gato siamés, aunque el suyo fue tostado en el vientre de su madre un par de tonos más subido, por lo que es seguro que algo de esa raza acabó heredando. No se le conocen aficiones ni hobbys que no sea dormir, comer lácteos (le chifla el yoghurt, la nata y el queso) y dar zarpazos a todo cordel que cruce por delante de su hocico. Quizá también cazar moscas, aunque no hay que ser muy avispado para reconocer que nunca ha gozado del instinto asesino ni de la agilidad que atesoran casi todos los felinos de su especie. Vamos, que para pertenecer a la misma familia que las panteras, más bien es de movimientos torpes y desgarbados.

Y hasta aquí la escueta descripción. No quisiera dispersarme demasiado, así que, volviendo al tema que nos ocupa, Puça se muere, y de forma irremediable. Esto es un problema, porque, como dueño del bicho, estoy en la obligación de escoger el día de su deceso, ya sea esperando pacientemente la extinción de forma natural, o eligiendo un día concreto para suministrarle la fría inyección letal. Para mí, lo más lógico sería que un ser vivo pudiera imponer su última voluntad y nos la comunicara, sin dejar en manos de nadie tan peliaguda elección. Pero mi gata jamás se interesó por los idiomas, así que no tengo más remedio que interpretar esas preferencias fijándome en su estado de ánimo y su aspecto. Y no es sencillo. Todo queda a mi criterio.

¿Que qué criterio tengo? A ver, para empezar guardo el convencimiento, o la ingenua esperanza, de que toda vida ha sido puesta en este mundo con el único propósito de disfrutar cuanto se pueda. Y a mi gata aún se le ve retozar por la alfombra, zarandear sus muñecos y ronronear cuando me exige un masaje de tímpanos. Pero, claro, no sé yo si todo eso compensa el dolor que pueda estar sufriendo.

Sin duda, está débil. Muy débil. Dentro de poco no podrá ni alcanzar la encimera donde siempre ha estado situada su comida. Aunque no es menos cierto que, debido a la extrema delgadez a la que le somete su enfermedad, tampoco ha de hacer un gran esfuerzo para mover el esqueleto. Y prácticamente eso es lo que queda de ella: huesos envueltos en algo de pellejo. Observando detenidamente a mi gata, uno se puede hacer una idea de lo indispensable que resulta para un organismo el perfecto estado del páncreas. Apenas procesa la gran cantidad de alimento que ingiere, porque, lo que se dice comer, come como una loba, pero lo defeca en poco más de dos horas sin haber extraído los nutrientes necesarios para que su cuerpo funcione correctamente. Pero quizá el aspecto más curioso sea lo que sucede con sus células: no se regeneran. O sea, no sana. Así, pues, cualquier pequeño rasguño o herida queda abierta y supura sin descanso. Por suerte, esta fastidiosa circunstancia la hemos podido atajar suministrándole cortisona. Pero lo más alucinante es que, tras pasar dos meses desde las pruebas veterinarias, donde se le esquiló lo justo para extraerle sangre y practicarle una ecografía, y además aprovechamos la anestesia para recortarle las garras, no le ha vuelto a crecer el pelo ni las uñas. ¡Si ni tan siquiera produce cera en las orejas!  Y eso que hace unos meses, si hubiésemos dedicado tiempo y esfuerzo en recolectarla, nos hubiera salido a cirio por día.

He pedido consejo a la gente de mi entorno y todos opinan igual: sacrifícala antes de verla sufrir. Lo siento, pero no comulgo con este pensamiento. Incluso me asusta un poco. Vale que a la gata no le crece el pelo y anda un poco renqueante, pero por lo demás está bien; activa y con buen ánimo. ¿Cómo quieren que sacrifique a un animal si no lo veo en las últimas? Para eso lo matamos al nacer y así le evitamos cualquier dolor.

Ya, ya sé que soy un exagerado, pero, por sus síntomas, no hay manera de saber hasta dónde llega su dolor. Ahora que lo pienso, también a mí hace tiempo me dejó de crecer el pelo (sobre todo por encima de la frente). Sólo espero no torcerme jamás un tobillo, porque como me vean por casa cojeando ¡zas!, palo en la cabeza y sufrimiento resuelto. He de andarme con cuidado.

Delirios esquizofrénicos a parte, un día de estos tendré que tomar una decisión. "Tomar una decisión", cobarde eufemismo para decir que deberé cargármela. Supongo que dependerá de mi juicio, de mi espíritu o de mi coraje. De cómo interprete las señales que me lance el pobre bicho. Y la combinación que nos lleve a inmolarla no será más que otro premio en la tómbola de su vida. El último.

Asco de tómbola...

lunes, 13 de junio de 2016

El prólogo




Todo prólogo que se precie debe ir ligado a un relato, y este no va a ser menos, pero lo he situado en una entrada a parte porque el cuento ya me parece lo bastante largo como para inflarlo con una introducción. Además, qué leches, así relleno el blog con otra entrada, que últimamente anda un poco falto de ellas. Y hasta aquí, y a riesgo de ser redundante, llega el prólogo del prólogo. Lo que viene a continuación va referido exclusivamente al escrito que pondré, tras un último repaso, la semana próxima por aquí.

Hay dos razones por las que no suelo escribir por encargo: la primera es porque no me gusta limitarme a un tema concreto o a una extensión. No me siento cómodo si se me coarta de alguna forma la imaginación. Y la segunda, siendo probablemente la de mayor peso, es porque nunca nadie, con la de buenos escritores que hay por el mundo, ha llegado a la desesperación de fijarse en mi nulo talento para desear alegrarse la vista con uno de mis cuentos. Y bien que hacen.

Así, pues, la única persona que me ha castigado con una petición he sido yo mismo. ¿Por qué?, os preguntaréis (y si no os lo preguntáis, preguntároslo. De esta forma, al leer mi respuesta, todo cobrará más sentido, ya veréis). Pues porque quería flagelarme y no sabía muy bien cómo. No era capaz de plasmar por escrito mis ideas (o al menos de la forma que a mí me gustaría) y me dije: "¡Ah, sí, con que esas tenemos! Pues ahora te voy a dar otra tarea y te meto más presión". Ya veis lo considerado que soy conmigo mismo ¿Que cuando ocurrió eso? Si no recuerdo mal, a principios del mes de febrero, mientras andaba desesperado por acabar tres relatos que no me gustaban nada cómo iban quedando. Por descontado que no los terminé (de hecho, aún les estoy dando vueltas), pero al menos sí que he podido finiquitar este, el de la penitencia, aunque tampoco me convence del todo. Está claro que le vendría muy bien una profunda reescritura, ya que creo no haberle cogido el tono adecuado en ningún momento y, siendo muy benévolo, a lo sumo me convencen dos o tres párrafos y algún que otro diálogo. Pero bueno, como cada uno tendrá su opinión, no dudéis en comentar la vuestra.

Eso ocurrió unos cuatro meses atrás, por eso debo admitir que ya voy un poco tarde, pero no iba a convertir mi represalia en una condena insostenible situando, encima, un plazo de entrega. Se trataba de una mortificación, no de un suicidio. Y puestos a pasarlo mal, que fuese al menos de la mejor forma. Aunque, sí, quizá lo he prolongado demasiado.

Como todo este sarao lo monté, como ya he comentado, a principios de febrero, no encontré materia más cercana sobre la que escribir, ni más apropiada, que la del archiconocido Día de San Valentín. Así que me empeñé en crear un argumento que ilustrara, o por lo menos recogiera la esencia, de esa romántica fecha.

Se trataba de un reto que me tocaba bastante las narices, más que nada porque detesto el hiperromanticismo. Pero un escarmiento auto infligido tiene que molestar, sino pierde todo su sentido. De este modo, mi primer pensamiento me llevó a la época medieval, allí donde príncipes azules y princesas han protagonizado los encuentros más acaramelados. Además, dicen que por aquella época se destilaba mucho sentido del honor, característica más que interesante para un buen relato romántico. Fue entonces cuando, dejándome guiar por esos derroteros mentales, recordé haber perpetrado, hace ya algún tiempo, un cuento enmarcado en ese periodo de la historia, aunque también muy influenciado por el género de la fantasía. Concretamente el titulado El caballero más osado. Así que me decidí a retomar aquellos personajes y crearles una nueva historia.

Para ser sincero, también hay otra circunstancia por la que me animé a idear esta secuela (o precuela, que tanto da). No os lo creeréis, pero existe una persona en el mundo a la que le encantó El caballero más osado (sí, yo tampoco me lo explico). Y no se le ocurrió otra cosa que preguntarme qué sucedía con el dragón, porque en el relato no quedaba nada claro. Yo le contesté que no tenía ni la más remota idea, pues ese personaje fue creado como una amenaza latente y no para que hiciera ninguna aparición. Entonces me contestó que le gustaría leer más, cosa que por una parte me hizo muy feliz, aunque por la otra fue una pequeña desdicha al no tener más material que ofrecer. Pues bien, desde ya puedo anunciar la aparición del dragón en esta nueva entrega, aunque dudo mucho dejar satisfecha a esa persona con mi perturbadora historia. De todas formas, no creo que se pase por aquí para leer el cuento. Pero, de alguna forma simbólica y seguramente enfermiza, queda mi deuda saldada.

Bueno, no me extiendo más, que para eso ya está el cuento. Como suelo desear a todos los visitantes, que sea leve. Lo pongo la semana que viene.

martes, 17 de mayo de 2016

La frase que nunca se dijo


Nunca dejará de sorprenderme esa capacidad innata que tenemos todos para la inventiva. Es más, yo diría innata a la vez que involuntaria. Porque no me refiero a las mentiras que utilizamos, estas sí, para manipular a los demás, sino a los diferentes enfoques, a los diferentes puntos de vista que cada uno presenta a la hora de analizar cualquier situación, aunque muchas veces no sepamos distinguir la fina línea que separa las unas de los otros. Pero no es de extrañar, porque, en cierto modo, nuestro cerebro ha de ir creando continuamente una historia con todos los datos que le van llegando, con todas y cada una de las señales que recibimos de nuestro alrededor. En definitiva, ha de ir interpretando la realidad. Y cada uno lo hacemos a nuestro modo, sin coincidir necesariamente con el resto de personas.Y como cada uno tiene su versión de los hechos, yo me atrevería a decir aún más: a los ojos del prójimo, todos somos unos mentirosos compulsivos. Cierto es que algunas veces lo hacemos adrede y otras sin querer, pero las patrañas se nos presentan tan a la orden del día que acaban solapándose con la realidad para formar parte indisoluble del puzzle mental que es nuestra vida.

Y creo no equivocarme cuando señalo al falso recuerdo como el colmo de nuestro talento para el embuste, ese que se lleva todos los premios habidos y por haber a la mejor mentira. Porque no sólo acabamos engañando a los demás, sino que también logramos burlar a nuestra propia memoria. El quiebro a la realidad que perpetramos es la maniobra más disparatada, y difícil de detectar, de cuantos enredos somos capaces de concebir. Y me parece de lo más lógico que así sea porque, con la mano en el corazón, ¿quién puede creer, con lo mucho que confiamos en su criterio, que nuestro cerebro nos esté traicionando de esa forma? Pero lo hace, ¡vaya si lo hace!

Ahora mismo me vienen a la cabeza tres clases distintas de falsos recuerdos. El primero sería el convencional, el clásico, el que fabrica nuestra mente y logra colocarlo en el disco duro de nuestra memoria para confundirnos con total impunidad.

¿Quién no ha dicho una frase concreta en alguna ocasión y, para nuestro sonrojo, todos nos hacen ver que en realidad dijimos justamente lo contrario? Algo así como llegar a una comida familiar sin repostería cuando todos esperaban que lo trajeras. Entonces, mientras los comensales se dejan las uñas pelando mandarinas, van llegando miradas asesinas sobre nuestra persona. Hasta que alguien, probablemente el más molesto por ser el último en aportar un postre similar en la anterior cita, nos echa en cara la falta de ese hojaldre relleno de nata con el que acostumbramos a cerrar esta clase de veladas. Nosotros, sacando a pasear nuestra mejor cara de inocencia, argumentamos "¿Y quién dijo que era yo el encargado de comprar el postre?", a lo que el resto de presentes replican "Tú. Tú mismo te ofreciste". En ese momento te abres a la posibilidad de albergar un recuerdo defectuoso en tu memoria. Tanta gente llevándote la contraria no es normal. Aunque tu mente, gastando sus últimos cartuchos en pos del engaño, se esfuerce en hacerte rememorar esas mismas palabras en cualquier otra persona que no seas tú para confundirte. Pero lo hace sin mucha convicción, como situando delante de nuestros ojos un espejismo que va y viene. Entonces, escarbando aún más bajo la oscura capa de recuerdos, logramos evocar nuestras propias palabras y las rescatamos de la mohosa y aislada celda que nuestra arpía mente utiliza para retenerlas. Y decimos "¡Ahí va, la hostia!". Bueno, eso lo digo yo porque me vuelvo muy vasco cada vez que me sorprendo. Pero admitimos el error, y lo achacamos a un falso recuerdo. Y fijaos lo puñetero que puede llegar a ser nuestro cerebro, que, aún después de confesar nuestra equivocación, deja en el aire un hilo de sospecha, un tufo de complot. Todo para hacernos creer en la posibilidad de que aquella escena sea una farsa familiar representada por todos para hacernos quedar como unos tacaños, porque nadie puede aportar una sola prueba o grabación de nuestra tan cacareada promesa. Nadie puede demostrar que no tengamos razón.

El segundo falso recuerdo es aún más divertido. No se conforma con quedarse estancado en la mente de una sola persona, sino que viaja de boca en boca, como si fuera un virus transmitido por vía respiratoria, para quedar alojado en la memoria colectiva, que es más grande que la particular y mucho más complicada de rebatir.

Para ilustrarlo me apoyaré en un hecho muy reciente: el fallecimiento de Johann Cruyff. Este hombre, además de ser uno de los mejores futbolistas de la historia y vivir un período exitoso como entrenador, es conocido por engendrar innumerables frases, digamos que pseudofilosóficas, relacionadas con el mundo del fútbol. Según cuenta la leyenda, hubo una final de La Copa de Europa en Wembley, en 1992, disputada entre el F.C.Barcelona y la U.C.Sampdoria. Hasta aquí podemos demostrar la veracidad de esa historia, pues hay imágenes televisivas para certificarlo. Pero lo que ya nadie puede asegurar es que en los vestuarios se dijera la mítica frase que se le atribuye a Johann Cruyff, y que quedó para la posteridad como la síntesis perfecta y definitoria de su filosofía de juego: "Salid y disfrutad".

Yo estaría encantado de que así fuera, pues me parece una arenga la mar de resultona, pero albergo serias dudas sobre su procedencia. Más que nada porque yo no estuve allí. Pero Julio Salinas sí. Y según una entrevista que le escuché semanas atrás, no recordaba haber oído en ningún momento ese "Salid y disfrutad" saliendo de la boca de su entrenador. Pero ni de su boca ni de ninguna otra que se encontrara en aquel vestuario. Así, pues, esas memorables palabras podrían tratarse de un falso recuerdo, de una bula mitificada por todos nosotros, con el fin de incrustar en nuestra memoria unas sencillas palabras que nos remitan a la figura de Johann Cruyff. Pero, una vez más, no tenemos forma humana de saberlo, porque sin pruebas (o sea, grabaciones) no existen evidencias. Y también cabe la posibilidad de que las declaraciones de Julio Salinas provengan de un falso recuerdo suyo, que ahora ha acabado por transmitir a los demás. Eso nunca lo sabremos.

Esta última reflexión me lleva a presentar el tercer falso recuerdo que, siendo igual de colectivo que el anterior, este sí que escapa de todos los cánones precisamente por existir documentación para ser rechazado. Pero no lo hacemos, nos lo guardamos. ¿Por qué no lo hacemos y no acabamos arrojándolo directamente al contenedor del olvido por infame? Pues no tengo ni idea, pero me parece un encadenamiento tan absurdo y surrealista de la mente, tan demencial, que no puedo por más que admirarlo. Me refiero a los falsos recuerdos que mantenemos, contra viento y marea, sobre los personajes de ficción.

¿Alguien no conoce la coletilla "elemental, mi querido Watson"? Con sólo leerla o escucharla nos traslada directamente a la imagen del detective con gorra de cazador y pipa más famoso de todos los tiempos, Sherlock Holmes. Sin embargo, todo aquel que haya leído las aventuras de este personaje, cosa que desgraciadamente yo no he hecho, sabrá que esa frase jamás fue escrita por Arthur Conan Doyle y que, por lo tanto, no aparece en ninguna de las páginas de sus numerosas novelas. Casos como este existen también en otros ámbitos fuera de la narración impresa, como pueda ser la filmada. Si ahora escribo "Tócala otra vez, Sam", me desplazaré por el archivo interno de mi memoria hasta encontrar la carpeta de la mítica película en blanco y negro titulada Casablanca. Aún sabiendo ahora que jamás fue pronunciada por Humphrey Bogart, queda asociada de forma indeleble a su figura. Es algo inevitable. Como también lo es si escribo "No siento las piernas". Entonces, sin moverme del estante dedicado al celuloide, aparecerá en mi imaginario ese ex-combatiente de la guerra del Vietnam llamado John Rambo, interpretado con eficacia por Sylvester Stallone. Pero si un sábado nos animamos a hacer una maratón con sus películas, descubriremos que saltaba como una gacela y que nunca tuvo esos problemas de sensibilidad en sus extremidades inferiores. ¿De dónde salen esos falsos recuerdos? Pues ni lo sé ni me importa. No hago esta reflexión para buscar culpables. Sólo pretendo señalar la insistencia de ese falso recuerdo en nuestra memoria. Su huella imborrable nos acompañará para el resto de nuestros días. Y dará igual las veces que evidenciemos su falsedad, siempre nos evocará esos personajes. Si esto no es de locos, no sé qué otra cosa puede ser.

¿Qué pretendo con toda esta reflexión? Pues ni yo mismo lo sé muy bien. Quizá escarbar un poco en la maravillosa complejidad de la mente. O quizá poner de manifiesto la fragilidad de todas nuestras realidades. Son volubles, cambiantes, veraces al mismo tiempo que falsas. Y aún así nos apoyamos con Fe ciega en nuestras creencias, en nuestras convicciones. Pero quién crea tener la razón absoluta sólo estará absolutamente equivocado.

Creerse en posesión de la verdad... esa sí que sería la más grande de las mentiras...

lunes, 11 de abril de 2016

En busca del placer



Ya llevo unos cuantos meses volcado casi exclusivamente en la búsqueda del placer. Es decir, dedico la mayor parte de mi ocio en intentar disfrutar. Me parece una de las cosas más sensatas que se pueden hacer en esta vida. Y para lograr esa meta no dudo en hacer valer todos mis sentidos.

Los humanos somos, por así decirlo, un compendio orgánico repleto de sensores. Cada parte de nuestro cuerpo, cada órgano, por minúsculo que parezca, está provisto de detectores que nos ayudan a interpretar todo lo que nos rodea. De este modo nos llega información a través del olfato, la vista, el oído, el paladar y el tacto. Luego la mandamos a nuestro cerebro y este se encargará de descodificarla y etiquetarla. Que el contacto de un pie con nuestra espinilla se convierta en patada o en caricia, sólo dependerá del grado de intensidad que le adjudiquemos. Así de sencillo.

Si queréis podemos poner más ejemplos. Una voz puede ser un grito o un susurro, dependiendo del volumen. La claridad podría ser sutil o cegadora, según su luminosidad. Un perfume puede embargarnos hasta hacernos salivar, o avasallarnos con su olor hasta lograr que tosamos. Los casos pueden ser infinitos.

De todas formas, como cada uno de nosotros alberga un cerebro distinto dentro de su cabeza, es muy complicado coincidir con otro individuo en el momento de valorar un estímulo. O sea, que mi paladar clasifique un alimento como salado no significa que para el de otra persona no sea sabroso. Lo que a mí me parece equilibrado en sal, para otro podría ser soso. Reconozco que mis papilas gustativas tienen un nivel muy bajo de tolerancia hacia la sal; o quizá la otra persona lo tenga muy alto, vete tú a saber. Aquí viene la manida frase de "contra gustos no hay nada escrito".

Pero, ¿qué diferencia hay entre ese individuo tan saleroso y yo? Pues, básicamente, el grado de sensibilidad.

Ya se lo oía yo decir a mi madre cuando lo anunciaba a todo aquel que la quisiera escuchar: "este niño es muy sensible". Cosa que no pregonaba de mi hermana, por cierto. Pero, claro, sólo tenía que vernos a los dos en la playa, de críos, para darse cuenta de que, mientras el uno lloraba porque se le impregnaba sobre la piel aquella dichosa arena, la otra la agarraba a puñados y se la metía en la boca como si fueran caramelos. Claramente, dos sensibilidades bien distintas.

 Con esto no me refiero a que estuviera triste a todas horas y me fuera arrastrando por los pasillos como un alma en pena. Esa clase de sensibilidad se la dejaremos a la literatura más hiper-romántica y a sus atormentados personajes. Yo era, por no decir que lo continúo siendo, un niño muy feliz, pero los estímulos externos me afectaban de forma considerable.

Tampoco pienso que sea algo tan excepcional. Seguro que existen en el mundo millones de personas con el mismo grado de sensibilidad; o incluso con otros mucho más acentuados. No me tengo por un genio ni por una persona con super-poderes, pero en ocasiones sorprendo a propios y a extraños detectando alguna cosa que el resto no puede o, quizá, no pone el suficiente interés para lograrlo. Puede que la sensibilidad simplemente sea eso: poner la máxima atención en los instrumentos con los que ha sido dotado nuestro cuerpo para rastrear el entorno. Porque todos tenemos orejas ojos, nariz, manos, y boca, pero parece que no todo el mundo los utiliza de igual forma. Como cuando en el comedor de la guardería, de eso hará ya mil años, se intoxicaron todos los niños menos yo.

Lo recuerdo como si fuera ayer; quizá porque mi madre me lo ha contado tantas veces que yo sólo he tenido que incorporar esos recuerdos a las lagunas mi memoria para evocarlo, aunque el resultado sea el mismo.

Iba a escribir algo sobre el primer plato, pero ahora soy incapaz de recordar qué alimento era. Esto me pasa por alardear de memoria. Lo único que sé con certeza es que nos lo comimos con ansia, y luego, en cuanto nos sirvieron el segundo y vi la carne rebozada, puse cara de asco. Sin embargo, todos a mi alrededor se la comieron como si no hubiera un mañana. Incluso el niño que estaba a mi lado, viendo mi poca apetencia y dejándose llevar por su insaciable estómago, no tardó ni cinco minutos en ofrecerse a vaciar mi plato. Yo le entregué la carne con indiferencia, pues si una cosa tenía clara era que ni la iba a probar.

Cuando por la tarde vinieron nuestras madres a recogernos, todos los niños estaban con vómitos o diarrea. Todos menos yo, claro, que salí al encuentro de la mía más fresco que una rosa bajo el rocío.

Ahora que lo pienso, no sé cómo llegaron a la conclusión de que el causante de aquellos síntomas fuera la carne rebozada. Y tampoco tengo la menor idea del revuelo que causó una intoxicación de esa magnitud en aquella guardería. Con este último olvido he acabado por demostrarme a mí mismo que no poseo tanta retentiva como pensaba. Pues vaya.

De todas formas, lo que sí recuerdo perfectamente es a mí madre, preguntándome, anonadada, por qué no había comido la carne igual que los demás. Mi respuesta fue tan obvia como breve: porque olía mal.

Pero me parece que con tanto ejemplo y anécdotas me estoy desviando del tema. Porque yo quería hablar del placer. Pero no del placer intelectual, sino del placer puramente físico. Del placer que provoca en nuestra cara el sol primaveral, del placer que sentimos al admirar los tonos de colores sonrosados en una puesta de sol, del placer que provoca sobre las papilas gustativas, y también en las olfativas, degustar una buena elaboración culinaria. Pero, sobre todo, del placer por escuchar sonidos como nunca antes los había percibido.

Las personas que me tratan día a día piensan que he cambiado, que me he vuelto una especie de sibarita de la música clásica, y no es cierto. Todo empezó un día cuando, viendo la tele, escuché decir a una jubilada que le hubiese gustado descubrir la música mucho antes. Esa confesión me impactó, pues me pareció raro que no hubiera escuchado música cuando hay tantos medios para poder reproducir en cualquier lugar lo que a uno le venga en gana. Pero luego me di cuenta de que la mujer se refería a escuchar música en directo, concretamente en el Auditori de Barcelona. Ahí tuve que darle la razón, porque siempre he pensado que una pieza musical goza de muchos más matices cuando se escucha sin la encorsetada producción de un estudio. Pero tampoco se refería a eso. Lo que aquella mujer había descubierto era, simplemente, el SONIDO (así, en mayúsculas) de la música. Y esto mismo me ocurrió a mí hará aproximadamente un año, cuando, más que nada por curiosidad, se me ocurrió comprar dos entradas para escuchar un concierto de la Banda Municipal de Barcelona en el Auditori.

Por algún lugar he leído que la sala Pau Casals del Auditori es, en sí, un grandioso instrumento. Y no puedo estar más de acuerdo con esa afirmación. Es un magnífico instrumento ideado como una caja de resonancia perfecta para que, en su interior, otros muchos instrumentos puedan brillar como jamás lo harán en ningún otro sitio. Al menos en ningún otro sitio que yo conozca, claro. Porque, a falta de visitar el gran teatro del Liceo, he estado en el Palau de la Música, y puedo asegurar que no alcanza el grado de excelencia que ofrece la sala Pau Casals. No digo que suene mal; de hecho, la reverberación está muy conseguida para sus ornamentadas paredes. Pero puede que ese sea su gran handicap: el haber sido construido hace demasiados siglos, sin los materiales ni las técnicas adecuadas, hace que su mayor encanto sea ese estilo versallesco que desprende su arquitectura, pero no su sonido. Para mis oídos, los coros parecían densos y los vientos distorsionaban. Nada que ver con la limpieza sonora que se respira en el Auditori. Allí se escucha absolutamente todo. Hasta tal punto, que uno es capaz de oír el delicado crepitar de las partituras cuando los músicos, aún en medio de una sinfonía, se atreven a pasar sus páginas. Alucinante.

¿Quién no querría visitar tantas veces como le fuera posible un lugar así de mágico? Un lugar donde te masajean la trompa de Eustaquio (aunque suene un poco obsceno) mientras  te lanzan vibraciones en forma de notas musicales para provocar cosquillas sobre tus tímpanos. Yo, si pudiera, me quedaría a vivir allí. De igual forma que lo haría en un centro de Spa, o en un cine, o en un buen restaurante. Me encanta sentirme bien tratado.

¿Que no te gusta la música clásica? Sí, eso puede suponer un problema. Porque, hasta la fecha, es el único estilo musical que puede escucharse en el Auditori. Bueno, también programan bandas sonoras y, de vez en cuando, aparece algún/a cantante para interpretar arias operísticas, pero siempre bajo el sonido de la OBC, la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña. Pero, si quieres que te diga la verdad, que toquen música clásica es lo de menos. Ya he comentado que esta actividad no trata de placer intelectual, sino de placer corporal.

Por otra parte, jamás he sido un defensor acérrimo de un estilo musical concreto. No me hace falta escarbar demasiado para encontrar canciones de cualquier estilo que me gusten, y la música clásica no es una excepción. Tener cientos de compositores disponibles, con miles de conciertos para solistas, suites, sonatas, oberturas, sinfonías, y más de trescientos años a sus espaldas, da un fondo de armario suficiente para encontrar un traje a nuestra medida. Esta temporada, por ejemplo, he disfrutado con la 9ª y 5ª Sinfonía de Beethoven, el Concierto de Aranjuez, la Obertura de Las Bodas de Fígaro y la 40ª Sinfonía de Mozart. Y aún tengo pendiente la Suite nº3 para orquesta de Johann Sebastian Bach, la Obertura de Las Hébridas y el Concierto para violín de Mendelssohn, y la 6ª Sinfonía de Chaikovsky. Ya veis que son piezas de lo más famosas y accesibles, nada parecido a complicadas o incomprensibles composiciones. También he gozado con otras muchas menos conocidas y exigentes, aunque sólo fuese sensorialmente. Porque, por muy poco que me guste una pieza, no deja de sonar de forma extraordinaria en el Auditori.

En fin, no insisto más. Sólo os animo a hacer un día una visita. Despojaos de miedos y prejuicios, y probad la experiencia. Se pueden conseguir entradas por diez euros, así que no sirve la excusa de que tienen un precio prohibitivo o de que es música para oídos sibaritas. Cuesta lo mismo que una entrada de cine.

Y si no tenéis la gran suerte de vivir cerca de el Auditori, seguro que existe un recinto similar con una orquesta competente a pocos kilómetros de vuestra casa. Incluso puede que toquen mejor que la OBC y el recinto tenga mejor sonoridad que la sala Pau Casals. Comprobadlo y me contáis.

lunes, 14 de marzo de 2016

Los zapatos de Cenicienta




Supongo que todo el mundo ya se habrá dado cuenta a estas alturas que me encanta la ficción. Veo series, películas y leo novelas siempre que puedo. Disfruto como un enano adentrándome en mundos inventados y parajes exóticos, a ser posibles creados por la mente de un buen narrador. Lugares oníricos donde, con un poco de ingenio, todo es posible.

También alucino en la vida real con la ciencia. Esa rama de los estudios que nos ayuda a comprender mejor el mundo en que vivimos. Sin ella jamás se hubieran producido los extraordinarios avances tecnológicos de los que gozamos. Y buscar respuestas para las cosas inexplicables ha sido, desde siempre, su principal tarea.

Pero lo que más me fascina es juntar las dos vertientes. Unir la ficción con la ciencia sirve para especular con posibles alteraciones de nuestro mundo, aunque muchas de ellas sean meras fantasías.

Ahora bien, ¿qué ocurriría si aplicáramos la ciencia sobre cuentos infantiles y analizáramos cada uno de los sucesos insólitos que en ningún caso se sostendrían en la vida real? Pues que el estudio sería, cuanto menos, inútil. Por no decir absurdo.

Una vez más queda demostrado que el ser humano está creado genéticamente para perder el tiempo en chorradas. Si no, no se entendería el estudio realizado por unos alumnos de la Universidad de Leicester, y publicado por la revista Journal of Physics Special Topics, sobre los zapatos de cristal que lució Cenicienta en su famoso baile con el príncipe. Estos aprendices de científico se han empeñado en demostrar que el tacón alto de ese calzado jamás resistiría el peso de Cenicienta al caminar, y mucho menos si a esta le diera por demostrar sus habilidades danzarinas. O sea, que se harían añicos y, a no ser que la doncella hubiera cultivado habilidades de faquir, desgarrarían su delicada piel.

Bravo. Maravilloso. Nunca se me hubiera ocurrido. Y no porque sea incapaz de ver lo evidente, sino porque siempre había tenido en cuenta una circunstancia que estos estudiantes ni se han parado a pensar. O, si lo hicieron, acabaron sacando esa variable de sus ecuaciones. Los zapatos eran mágicos.

¿Acaso se perdieron la escena en la que el hada convierte las andrajosas prendas de Cenicienta, por arte de su varita, en un vestido de ensueño? ¿O creían que aquellos zapatos fueron confeccionados por un soplador de vidrio? Porque, ya puestos a desvelar incongruencias, también podían haber llegado a la conclusión de que una calabaza, por muy grande que esta sea, no da para tallar un carruaje. O que unos ratones, por mucho que uno los alimente, jamás alcanzaran el tamaño requerido para tirar de Cenicienta hasta palacio.

Incluso también podrían darse una vuelta por otros cuentos infantiles y asegurar que la casa de chocolate de Hansel y Gretel, con tanto insecto y alimaña hambrienta por el bosque, no aguantaría en pie ni dos días.

Es lo que tiene la magia cuando aparece por un relato (hasta el momento, el único lugar donde existe), que sirve para dar sentido a cualquier cosa inexplicable.

domingo, 31 de enero de 2016

NO PIENSES



A veces me da por perderme en internet. Entro en una web conocida y, desde allí, pincho un enlace que me llevará a otra web, en la que hallaré otra puerta a una nueva página, y así sucesivamente. También suelo utilizar Google, donde, con poner una sola palabra, se nos ofrecen miles de resultados. Y no digamos  ya si escribimos una frase. Se trata de un vuelo sin motor y sin propósito aparente, únicamente guiado por los vientos de mi curiosidad.

Esta improvisación me ha servido más de una vez para encontrar verdaderos tesoros. Un artículo, un estudio, un relato; hay millones de ideas interesantes esperando ahí fuera. Pero el otro día, no me preguntéis por qué caminos virtuales o atajos digitales porque soy incapaz de recordarlos, fui a parar a una entrevista. Era una página sencilla, posiblemente la de un diario local de vete a saber qué pueblo, donde el entrevistado en cuestión era un escritor. Tampoco me viene a la memoria el nombre de esta persona, pero pude leer que ya llevaba publicados tres o cuatro libros y que impartía clases de creatividad en talleres literarios. 

El periodista quiso ahondar sobre esta última faceta y le preguntó a cerca de las claves para poder escribir y no morir en el intento. No morir de forma figurada, claro, porque no creo que exista en el mundo una actividad con menos riesgo físico que la de sentarse en una silla y teclear letras. Yo creo que el tipo más bien se refería a empezar a escribir y no desesperar, no dejar que se marchiten tus ganas de continuar haciéndolo. Pues el escritor soltó una respuesta, al menos para mí, reveladora.

Explicó lo que les suele contar a sus alumnos, que curiosamente eran las palabras que dijo en otra entrevista otro escritor de renombre: Ray Bradbury. En aquella ocasión, el entrevistador le preguntó por el método que empleaba para escribir aquellos libros tan maravillosos. Y Ray Bradbury contestó que, efectivamente, tenía adquirida una rutina diaria. Primero se sentaba en su escritorio, convenientemente apartado de distracciones y molestias, repasaba sus investigaciones o apuntes y, justo antes de empezar a teclear, leía uno de los post-it enganchado a su mesa en el que rezaba la frase "NO PIENSES". <<¿No pienses?>>, preguntó el entrevistador. "Sí, NO PIENSES. No pensar es la única forma de conectar con el subconsciente, y de ahí surgen las mejores ideas."

Debo confesar que algo muy parecido, pero en sentido contrario, me pasa últimamente cuando me pongo a escribir: que pienso demasiado. Trazo una frase y, al momento, ya me la estoy mirando con recelo. Elimino o cambio el adjetivo, sustituyo el verbo por otro más preciso, en teoría. Luego no me gusta cómo suena y la construyo de forma diferente. Al rato echo la vista atrás y me parece pedante, o insulsa, o dispersa. Entonces vuelvo a reescribir la frase, intentando que resulte más liviana, o más coherente, o con mejor sonoridad. Y luego... luego nada, porque ya han pasado tres horas, me tengo que ir a trabajar y apenas he escrito un párrafo. Es una pelea absurda contra mí mismo que no tiene ningún sentido. Y lo peor de todo es que no me dejo avanzar.

Tras encontrarme con esta entrevista, he vuelto atrás en el blog para releer alguna de sus antiguas entradas y, rememorando algunos escritos, me he dado cuenta que los que más me gustan fueron los que escribí de un tirón. En apenas un par de horas. Sin poner ninguna clase de freno. Pues bien, sirva esta entrada como post-it, como recordatorio perenne, para que jamás vuelva a pensar. No al menos mientras escriba, claro.