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lunes, 24 de abril de 2017

¿Incomunicado? Ojalá...


Siempre me ha fascinado la comunicación. Eso de transmitir ideas que a uno le rondan por el cerebro, con el simple gesto de abrir la boca y emitir sonidos, es algo digno de admirar. O soltarle una orden a tu perro y que este cumpla exactamente con lo demandado es, probablemente, lo más parecido que hay a la magia. Pero ojo, que también sucede lo contrario cuando un gato maúlla con insistencia hasta ver cómo llenamos de pienso su comedero. Tenemos tanto de transmisores como de receptores, y actuamos según nos llegan o mandamos mensajes.

Aunque no siempre nos comunicamos a viva voz. En nuestro afán por hacernos entender, hemos creado también signos visuales que invaden cada rincón de nuestro entorno. Y no me refiero sólo a la escritura; esta parte de mi reflexión iba más encaminada a las señales de tráfico, diagramas y un largo etcétera. En definitiva, que estamos siendo bombardeados continuamente por un sinfín de información.

Por eso es tan difícil permanecer incomunicado. Y mucho más desde que existe internet y, sobre todo, los teléfonos móviles.

Creo haber comentado en alguna ocasión esa manía que me ha entrado últimamente de no ver la tele. Bueno, siendo más exactos, sólo la enciendo para ver películas, series y algún que otro partido de fútbol. ¡Ah!, y lo único que suena en mi radio es música. ¿Que qué consigo con esta actitud tan radical? Pues, así a vote pronto, la parte liberadora que da el vivir en la más absoluta ignorancia sobre lo que sucede en el resto del mundo. No sabéis lo placentero que resulta escuchar la conversación de varias personas exaltadas por una noticia indignante y de la que no tenéis ni idea.

Y no es que no me interese estar informado, pero, admitámoslo, hace ya unos cuantos años que los telediarios han dejado de lado todo rigor informativo para dedicarse en cuerpo y alma a entretener. De hecho, toda la tele no es más que mero entretenimiento. Con decir que los periodista a los que les doy mayor credibilidad son "los hombres (y mujeres) del tiempo", está todo dicho. Así que pocas veces veo esa clase de programas y muchas menos me los tomo en serio. Prefiero vivir en la paz y el sosiego de la desinformación.

Pero ahí están los móviles para socavar toda mi estrategia. ¡Malditos cacharros! Porque no hace falta encender la tele o escuchar la radio para saber a qué noticias estamos dando relevancia. Basta con tener instalado WhatsApp y pertenecer a un par de grupos con personas activas. Es así cómo me entero de que, por ejemplo, Iñaki Urdangarín y la infanta Elena han declarado en los juzgados. Ponen unos "memes" (por dios, que palabra tan fea. ¡Qué alguien se invente otra ya!) y yo sólo ato cabos. O, gracias a los fotomontajes, de que existe un autobús naranja con frases despreciables escritas en el lateral de su chasis. También visitan mi móvil chistes sobre robos y otros desmanes cada vez que encuentran otro caso de corrupción en la cúpula de algún partido político. Y esto, por desgracia, sucede muy a menudo. Sí, la mezquindad, cual miserable bacteria, aprovecha cualquier defensa baja de mi aislamiento para atacarme. ¿Existirá un antivirus para frenar los mensajes? El primero que invente esa aplicación ganará mi admiración infinita.

Por poner un ejemplo gráfico, así me enteré de que el Atlético de Madrid se cruzaba con el Real Madrid en las semifinales de la Champions.



Por favor, ¡basta ya! ¿Es que voy a tener que lanzar el móvil por la ventana para permanecer incomunicado? Conseguir evadirse, hoy en día, es toda una quimera. Y luego habrá gente por ahí diciendo que se siente sola...




domingo, 31 de julio de 2016

A la caza del agujero negro



De un tiempo a esta parte me he vuelto un telespectador muy selectivo. Si no fuera porque ahora, gracias a los avances tecnológicos aplicados al televisor, se puede ver la emisión por internet o grabar programas en un dispositivo de almacenamiento, no tendría más remedio que tragarme cualquier bodrio emitido durante mis pocas horas libres disponibles. Por suerte, a día de hoy es posible elegir. Y mis gustos, por así decirlo, me han llevado a quedarme prendado con una serie de documentales que tratan sobre el cosmos. Se llama "El Universo inexplicable: misterios sin resolver". ¿Quién en su sano juicio no se lanzaría de cabeza contra la pantalla ante un título tan apasionante? Nah, imposible dejarlo correr.

Lo cierto es que los capítulos no son tan trepidantes como su nombre insinúa. De hecho, si preguntáis a mi mujer os contará lo soberanamente aburridos que pueden resultar para ella, pero eso no quita que yo los disfrute como un enano. Admito la lentitud en la oratoria del narrador, el prestigioso astrofísico Neil deGrasse Tyson, aunque lo que me gusta de él no es su poco dinamismo ni su verborrea de tortuga, sino las preguntas que se hace y deja en el aire, casi todas dignas inspiradoras de posibles relatos de ciencia ficción, los cuales imagino variados y probablemente muy entretenidos. El otro día, por ejemplo, teorizó sobre un primer contacto con seres de otra galaxia y nuestra más que segura incapacidad para comunicarnos con ellos. Y su visión estaba basada en una exposición muy razonable. ¿Cómo podemos ser tan pretenciosos de querer comunicarnos con extraterrestres, cuando si ni tan siquiera somos capaces de mantener una conversación relevante con ningún otro animal de nuestro propio planeta?, se preguntó; además de hacer hincapié en las pocas diferencias genéticas que nos separan de cualquier otro bicho nacido en La Tierra: apenas un uno por ciento. Si echamos la vista atrás en nuestro árbol genealógico, todos los seres vivos hemos evolucionado partiendo de una misma célula. Todos compartimos el mismo antepasado. Entonces, ¿de verdad nos creemos capaces de comunicarnos con otra clase de vida, probablemente con un ADN (si es que lo tiene) tan diferente al nuestro que ni siquiera compartamos órganos sensitivos? Cuestiones como esta son las que me dejan con la boca abierta y dándole vueltas al coco, aunque si os animáis a verlo disfrutaréis de una explicación mucho más extensa y profunda de lo que yo pueda ofreceros.

También hace breves repasos de los descubrimientos astrofísicos que se han dado a lo largo de la historia. Y es aquí, mientras mencionaba a Newton, Einstein o Copérnico, cuando me di cuenta de una cosa muy curiosa: apenas existen mujeres que destaquen en este campo. El hecho, en sí, no es sólo un agravio comparativo, además es un desperdicio imperdonable del valioso prisma femenino. ¿A dónde iremos a parar si no contamos con la mente privilegiada de las mujeres? Porque, no nos engañemos, ellas perciben el espacio y el tiempo de forma diferente a los hombres. Lo que para mí es pasar una eternidad escogiendo modelos y tallas, situándome en la cola del probador y luego en otra más para pasar por caja, para ellas apenas suponen diez minutos de compras. Supongo que de ahí viene la teoría de la relatividad. Todo es relativo.

Pero la mayor prueba de estar en lo cierto me la han proporcionado las mujeres de mi familia. Ellas se resisten a admitirlo, pero en mi cuerpo han encontrado un agujero negro, justo en la espalda. No tan abajo como algunos malpensados sospecháis, sino exactamente entre los dos omoplatos. Al ser descubierto por mi madre cuando yo apenas contaba con catorce años de edad, lo bautizó con el nombre de "punto negro". Pero, dado su incuestionable poder de atracción y lo oculto que se mantiene a la vista (al menos a la mía), para mí que su verdadera naturaleza es la de un agujero negro. En el documental sostienen que es posible crear uno a partir de un choque muy violento de partículas, por lo que no es de extrañar que se originara durante mi adolescencia, cuando en mi organismo andaban todas revolucionadas. Mi hermana también lo llamó "espinilla", pero eso es lo que sucede cuando te hayas ante un fenómeno que va más allá de toda comprensión. El cerebro siempre se decanta por la explicación más sensata.

Pero si alguna vez tuve dudas sobre sus propiedades, todas se esfumaron cuando fui testigo del inmenso poder gravitatorio que ejercía sobre ellas. Con sólo sacarme la camiseta, las dos, mi madre y mi hermana, quedaban atrapadas por su inevitable influjo, siendo arrastradas hacia él de una manera irreversible. También ocurrió el otro día con mi mujer y mi tía en el mismo instante en que se dispusieron a cortarme el pelo. Esto no pasaba con mis amigos cuando íbamos a la piscina o nos duchábamos tras un partido de fútbol. Ellos jamás advirtieron su presencia. En cambio, todas las mujeres de mi entorno han sido atrapadas alguna que otra vez por su descomunal fuerza gravitatoria. Y si hay algo que caracteriza a un agujero negro es, precisamente, la irresistible atracción que ejerce en la materia que orbita a su alrededor, por lo que he llegado a la brillante conclusión de que ellas, y sólo ellas, han desarrollado la habilidad precisa para detectarlo.

Dicen que, cuando un agujero negro te absorbe, la parte de tu cuerpo más cercana a su núcleo se estira, convirtiéndose en una especie de espagueti. Por una parte estoy de acuerdo, aunque más que espaguetis yo diría que son punzones. Al menos es lo que siento cuando las mujeres de mi vida estiran sus dedos hacia mi espalda y acaban clavándolos en el agujero negro. Entonces no dejan de apretarlo con todas sus fuerzas, algo por otra parte totalmente comprensible. Porque, ¿qué van a hacer, sino, en aquella singularidad? Pues dirigir toda su energía hacia un mismo punto para estrujar todo lo posible el espacio y el tiempo.

Justo en el preciso instante en el que se me salta una lágrima, que ha de ser un dolor muy parecido a la cota máxima de compresión aguantada por nuestro universo, el agujero negro expulsa una sustancia blanquecina. Son unas pesadas, pues no paran de gritar que es pus, pero mi réplica es de una lógica aplastante. Yo siempre he dicho que esa misma imagen de erupción, de chorro a presión con materia desperdigándose por el espacio, ya ha sido avistada a través de diversos telescopios cuando apuntan hacia un agujero negro colapsando, así que no van a lograr confundirme. A juzgar por cómo me miran, juraría que ni ellas mismas son conscientes de lo que se traen entre manos.

¿Qué otros grandes misterios podrían desentrañar las mujeres? ¿Descubrirán nuevas leyes de la física? ¿Forjarán nuevas teorías sobre el origen del universo? Eso sólo lo averiguaremos aplicando su peculiar sensibilidad al mundo que nos rodea. Por suerte, cada día hay más paridad entre los científicos para que esto suceda. Aunque aún no sé a quién deberemos recurrir para desvelar ese singular comportamiento, por otra parte tan característico, que lleva a diferenciarnos tanto de las féminas.




viernes, 22 de abril de 2016

Confusión funeraria



La muerte confunde a las personas. Quizá sea así porque casi nunca pensamos en ella ni la esperamos. Es justamente ese momento de ver brillar la hoja de su guadaña y sentir su soplo cercano, el que siempre nos pilla por sorpresa.

Veréis, tenemos un grupo de WhatsUp en el trabajo, donde todo el mundo se anima a reenviar un sinfín de tonterías. Al parecer, a nadie le apetece escribir ningún mensaje que supere ese impersonal gesto de copiar y pegar. Pero el otro día, sin previo aviso, una persona del grupo tecleó esta frase: "No sé si lo sabéis, pero se ha muerto el padre de Joaquín".

A mí me dejó helado, pues es leer o escuchar la palabra muerto en cualquier sitio y ya me entran escalofríos por todo el cuerpo. Además, hay un Joaquín en el grupo, que curiosamente es mi encargado, y casualmente yo estaba con él de visita en casa de sus padres. De modo que no tuve más remedio que poner en cuarentena la veracidad de esa noticia. Todo el mundo sabe de la velocidad a la que se propagan los chismes por las redes sociales, pero recibirlo antes de que el hombre la diñara me pareció de una rapidez excesiva. Aún así, sin tenerlas todas consigo y viendo que su padre se entretenía más de la cuenta en salir del baño, mi encargado fue el primero en interesarse por el tema, escribiendo en su móvil: "¿qué Joaquín?" A lo que el primer escribidor contestó: "Joaquín Sala, el dueño de la empresa"

La respuesta certificando no ser él, junto al sonido de una cisterna vaciándose en el baño, fueron elementos suficientes para que todos respiráramos tranquilos. Sin embargo, y por muy absurdo que parezca, pasamos un mal rato.

Que la muerte confunde a las personas sería una idea descabellada si no hubiera sucedido nada más a parte de esa mera anécdota. Pero sucedió. Porque todos los empleados fuimos al velatorio del padre de Joaquín, el dueño de la empresa. Allí nos encontramos con una marabunta de personas despidiendo al difunto. Se ve que el hombre había tenido una relación larga y fructífera con la humanidad en general, porque nunca vi un lugar tan abarrotado. Además la gente, al parecer muy dada ella a alegrarse el día admirando un cadáver, no paraba de visitar el ataúd. 

En una de esas idas y venidas, se nos acercó una señora que rondaría los setenta años. A mí me da mucho reparo hablar en estos lugares tan truculentos con personas que no conozco de nada, y más cuando se trata de una entrañable abuela con el rímel corrido de tanto llorar. Por eso mismo me esforcé en poner en marcha mi cerebro para buscar una frase de lo más recurrente con la que salir del paso. Me preparé un "no somos nadie", o un "siempre se van los mejores", dependiendo de si era una amistad o un familiar. En definitiva dichos muy comunes, ya que las pintas de la anciana no invitaban a correr riesgos innecesarios tratando de ser creativo.

La mujer, aparcando por un momento los sollozos para sorberse los mocos, se me quedó mirando durante cinco segundos, estática, hasta que me hizo una de las preguntas más inesperadas que me han hecho jamás.

 — Perdone —comenzó a decir con una educación exquisita— ¿me pude decir quién es el difunto?

Me dejó patidifuso. ¡Me estaba hablando con la cara bañada en lágrimas y no sabía por quién lloraba! Pero... ¿qué hacía allí aquella señora? ¿Acaso sufría demencia senil y no recordaba nada del muerto? ¿O quizá se levantó aquel día con ganas de llorar y se fue en busca de un lugar propicio donde hacerlo? Miré a mi alrededor y detecté, a pocos metros, hasta siete personas en su mismo estado. ¿Podría ser una empleada formando parte del atrezzo? Igual que se contratan flores, curas, catering y hasta músicos, cabía la posibilidad de que la funeraria ofreciera personal afectado para regar con lágrimas el sepelio. 

Estaba de lo más desconcertado: sin saber qué contestar, a diez metros de un muerto y aguantando a una abuela extraña. Pero lo peor de todo es que aquella adorable anciana aún esperaba una respuesta a su pregunta. Así que, para que cesara de reclamármela con la mirada, contesté lo primero que me vino a la cabeza.

 — Se trata del padre de Joaquín —dije para que me dejara en paz.

Pero aquella mujer no se conformó con una información tan ambigua. Quería saber más, su mirada inquisidora así me lo transmitía. Y yo, mientras tanto, me estaba poniendo de los nervios.

 — ¿Y quién es Joaquín? —insistió.

Para cuando la abuela formuló aquella pregunta, mi mente ya no daba para más. Igual que sucede con las piernas de un futbolista cuando hacen un sobresfuerzo, mi cerebro sufrió un repentino calambre. Esa es la única explicación que encuentro a la respuesta que, sin ser del todo un embuste, recibió de mí.

 — Este —dije señalando a mi encargado—, este de aquí es Joaquín.

La mujer se giró, pues mi encargado estaba charlando en esos momentos con otra persona y ni se había percatado de la presencia de la anciana, estrechó su mano y, con voz compungida, le dijo:

 — Siento mucho el fallecimiento de su padre.

Luego, sin tan siquiera darle tiempo a una réplica, dio media vuelta y se perdió entre la multitud.

He de confesar que no me apetecía para nada seguir conversando con aquella chalada, así que me quedé más tranquilo en cuanto la vi alejarse. Algo que, por cierto, no sucedió con Joaquín, mi encargado. Pero no me extrañó lo más mínimo, pues era la segunda vez en dos días que alguien le informaba sobre la muerte de su progenitor. 

El pobre hombre, visiblemente perturbado, sacó el móvil de inmediato, buscó algo de intimidad apartándose unos pasos de las conversaciones y llamó a su padre. Juro que no le vi pestañear hasta que le descolgaron el teléfono y pudo hablar con él. 

Sí, la muerte confunde a las personas. O quizá no sea la muerte. Quizá sean las mismas personas las que se empeñan en confundirse unas a otras.

lunes, 22 de febrero de 2016

La ceja caprichosa


Llevo dos días sin salir de casa. Esperando instrucciones, esperando una señal. Siempre he sido una persona muy indecisa, titubeante hasta en las decisiones más triviales. Por poner un ejemplo, a veces, cuando voy a levantarme de la cama, no soy capaz de decidir con qué pie dar el primer paso. Y puedo estar cambiando de opinión más de media hora. El otro día, harto ya de esperar, me lancé al vacío sin tenerlo aún muy claro y me di de bruces contra el suelo. Visto el desastroso resultado, para otra vez que me suceda intentaré empezar con los dos a la vez.

El caso es que me he cansado de seguir las órdenes lanzadas desde mi dubitativo cerebro. Y más cuando he encontrado otra parte de mi cuerpo con un criterio mucho más consistente: mi ceja derecha.

Para todo aquel que no me conozca, poseo un juego de cejas de lo más frondoso, por ese motivo no me extrañaría en absoluto haber desarrollado vida inteligente entre esa maraña de pelos.

Hoy hace una semana de sus primeros movimientos. Al principio me asusté, pues es muy raro ver cómo se te menea una ceja sin tu consentimiento, de modo que busqué por internet las posibles causas, y encontré dos. La primera indagación me llevó a reconocer en ese movimiento un principio de cáncer. Pero ya sabemos que cualquier síntoma buscado en internet, por absurdo que sea, siempre acaba resultando cáncer, así que deseché esa vía. Nunca me creeré el lado más catastrofista de la red.

La otra hablaba de unas oscilaciones espasmódicas de los nervios que se da en ciertas partes del cuerpo (sobre todo en la cara y en los dedos de la mano), producida por un estado de estrés o ansiedad, aunque otras muchas veces sean visibles sin necesidad de ninguna alteración psicológica. Son como unas pulsaciones que se dan de vez en cuando a lo largo de la jornada. Tal como vienen, y sin razón aparente, al cabo de unos días desaparecen.

Me gustó esa explicación por ser la más sensata. Además, ya he sufrido otros episodios iguales anteriormente y cuadraban con ese razonamiento, aunque nunca lo había padecido en una ceja. De todos modos, no le di más importancia y me fui a comprar el pan. 

Al cruzar la puerta de casa me dispuse a atravesar el jardín para salir a la calle, y a medio camino la ceja comenzó a danzarme en la cara con insistencia. Tiraba de mí hacia atrás, de forma frenética, por lo que no tuve más remedio que pararme en seco. ¿Qué pretendía esa tira peluda, escapar de mi rostro? Eran unas sacudidas tan fuertes que me hicieron girar en redondo. Entonces vi la puerta de mi casa abierta. Al instante comprendí sus intenciones: la ceja me había alertado ante el descuido de no cerrar la puerta. Volví al porche, la cerré con llave y, ahora sí, no tuve ningún problema para llegar a la panadería.

El local estaba abarrotado, así que pedí tanda y esperé mi turno. Al rato apareció Carlos, el vecino que vive en la casa de la derecha. Es un tipo muy serio, con el que apenas entablo conversación, pero vino a saludarme y, de paso, aprovechó para adelantar puestos en la cola. Me empezó a contar no sé qué problema en el trabajo, con ese tono de cabreo que siempre gasta al hablar, cuando de pronto volvió el temblor involuntario en mi ceja. Para disimularlo intenté mirar al suelo o a cualquier otro lugar que no fueran los ojos de mi vecino, pero eso llamó más su atención y al instante se percató de mi extraño gesto. Yo me estaba poniendo de los nervios, porque el gesto en realidad no era mío, sino de mi ceja, y estaba descontrolado. Otra vez apuntaba hacia atrás con un histérico ajetreo.

Carlos, haciendo caso a lo que a él le pareció una señal, giró el cuello, observó a su alrededor y volvió la vista al frente. No tardó en darme un leve codazo y añadir en voz baja:

— ¡Muy bueno! —al tiempo que soltaba una silenciosa carcajada.

¿Qué o quién había detrás nuestro? Ni idea. Eso se lo tendríais que preguntar a Carlos o a mi ceja, porque ante aquella bochornosa situación fui incapaz de volverme a mirar. Eso sí, el chiste que le contó mi tira velluda debió de ser antológico, porque jamás vi a mi vecino reírse de esa forma. He de admitirlo: mi ceja es más graciosa que yo.

A aquella surrealista escena, le siguió otra no menos extraña. Fue al llegar mi turno en la interminable espera de la panadería. La dependienta, viendo la larga cola que aguardaba a mis espaldas, me preguntó, con apuro, que qué quería. Yo iba totalmente convencido a comprar una barra de cuarto normal y corriente, pero si alguien me mete prisa no tardan en saltarme las dudas. Quizá por eso apunté, con el dedo algo indeciso, hacia el estante donde suelen estar colocadas. La chica dudó un par de segundos y me señaló la barra. Mirándome a la cara me preguntó:

— ¿Esta de aquí?

No tuve tiempo de contestar, porque rápidamente saltó mi ceja a hacer señales con su baile frenético. Esta vez se movía hacia un costado. La mujer, creyendo que le indicaba el estante de al lado, me señaló las barras de medio kilo.

— ¿Esta? —volvió a preguntar la chica.

Pero mi ceja aún no se había cansado de botar, así que la dependienta fue saltando de repisa en repisa y de pan en pan hasta que mi rostro se relajó.

— Entonces... ¿esta? —dijo, ya casi fuera de sus casillas.

Como no contesté, y mi ceja pareció tomarse un descanso, agarró la barra, la envolvió en un papel y la puso sobre el mostrador. Así fue cómo me llevé a casa un pan rústico estupendo. Eso sí, escogido por mi ceja. Pero, ¿por qué me voy a quejar cuando sus elecciones son mejores que las mías? Vale que resulte un poco engorroso estar pendiente de sus tembleques, pero no sabéis la tranquilidad que me da estar bajo su batuta, porque siempre acertaré.

El problema es que ya me he acostumbrado a seguir su ritmo, a tomar decisiones según su criterio, a aceptar sus gustos. El otro día, por ejemplo, me puse a ver la tele. Supongo que estaréis de acuerdo conmigo en lo difícil que resulta encontrar un programa que merezca la pena. Pues yo lo tengo más sencillo, porque confío toda mi suerte a la ceja. Me senté en el sofá, encendí el televisor con el mando a distancia y no paré de apretar el botón de los canales hasta que mi ceja se detuvo. Hacer caso a su pálpito me llevó a encontrar This is Ópera, el mejor programa de la actual parrilla televisiva. 

Pero, desgraciadamente, esa fue su última actuación. Desde entonces no ha vuelto a dar señales de vida propia. Me miro al espejo y echo de menos la expresividad que su cosquilleo aportaba a mi, ahora, triste cara. Y lo peor de todo es que regresaron las dudas. Asco de vida, con lo que yo había sido bajo el yugo de mi ceja...


¿Serán las tirantes cejas del Capitán Kirk la explicación de su buen  juicio?

sábado, 23 de mayo de 2015

Metamorfosis



No sé qué me pasa. Algo en mí está cambiando. Y lo peor de todo es que es un cambio natural, un acto casi reflejo, muy orgánico, del todo descontrolado y en ningún caso buscado. Sufro el mismo desconcierto que un gusano de seda despertando con alas multicolor, seis patas y una trompa por nariz, tras entregarse a una inocente siesta. Todo muy raro. Sin duda, esto es lo que viene siendo una metamorfosis en toda regla. Pero lo más inquietante es que todo el mundo piense que un cambio de esa magnitud siempre es para mejor. ¿Y si el bicho tenía miedo a volar? ¿Alguien le preguntó al gusano si quería ser mariposa? A mí nadie, desde luego. Y el caso es que yo era muy feliz siendo gusano.

Estoy verdaderamente asustado. No sé qué me deparará el cambio y tampoco sé si será para siempre. Pero espera un momento, intentaré serenarme. Igual, con la cabeza bien fría, soy capaz de analizar las causas que me tienen atrapado en este sin vivir. Y con un poco de suerte, hasta lo puedo revertir.

Vayamos por partes. ¿Cuando y cómo me he dado cuenta de este cambio? Definitivamente, unos días atrás. Aunque ya hace meses que lo vengo sospechando. El primer síntoma apareció hace un año, cuando el Barça perdió La Liga, en el último partido, contra el Atlético de Madrid. Y es muy sencillo de ilustrar: me importó un pimiento. 

Así fue. Además, apenas reparé en esa súbita indiferencia, pues es una estrategia tan recurrente en mi cerebro que ni me preocupé. Siempre que puede echa mano de ella, utilizándola para minimizar casi todos los contratiempos que me afligen en la vida. Algo así como hallarme tras una tapia untada en vaselina, donde toda desdicha que intenta trepar por ella resbala y cae al suelo, impidiendo de esta forma que trascienda a mi estado de ánimo. Pero lo mejor de esta táctica es que, en el mismo momento en que un placer se aproxima, la tapia cede sin ninguna clase de esfuerzo y me dejo invadir por la felicidad más absoluta.

Este proceder, más o menos, es lo que debería haber ocurrido el pasado fin de semana, pero no fue así. Ni tapias, ni leches. No sé si os disteis cuenta, pero el Barça ganó La Liga. Yo casi ni me entero. Desde luego que al recibir la noticia me alegré, pero no llamé a mis amigos ni lo celebré de manera efusiva. No tenía ganas. Y eso que debía estar eufórico por haber conquistado un título; y con la posibilidad, encima, de conseguir Copa y Champions. El soñado triplete, un hito realizado una sola vez. Pero no pude, se apoderó de mí una pereza como nunca antes había sentido siguiendo a mi equipo. Y fue en ese preciso instante, justo en ese intervalo de tiempo donde me volvió a importar otro pimiento, cuando lo supe con certeza. ¡He perdido el interés por el fútbol! Que horror. Y eso que yo pensaba que era para toda la vida, pero parece ser que me equivocaba. Ya he decidido desvincularme del club (soy socio) y dejar libre mi asiento en el Camp Nou a otra persona con más ilusión. Total, ya ni iba a ver los partidos.

Podría darse el caso de que estuviera inmerso en una de esas tristezas profundas. Una pena inmensa que, sin remedio, ahogara todas y cada una de mis alegrías. Nadie, por muy risueño que sea (y yo lo soy mucho), está a salvo de caer bajo el influjo de una depresión. Sin embargo, para añadir más incertidumbre a mi situación y desmintiendo toda supuesta melancolía, aún hay cosas que me motivan. La música clásica, por ejemplo; sin contar con mi evidente afición por la escritura, eso por descontado. Pero la atracción por la música clásica ha ido en aumento desde mi comentada visita al Auditori. Reconozco que jamás he tenido algo en contra de ella, pero tampoco es que me importara demasiado. La escuchaba y la apreciaba, pero no más que cualquier otra música. En cambio, ahora, estuve tres días tarareando la 5ª sinfonía de Beethoven a todas horas. Incluso inventaba variaciones para su melodía. Demencial.

No sé qué hacer. ¿Cómo gestiono este cambio? Porque, estando en el trabajo, ya me han preguntado por cómo veo las finales que nos esperan, y ni tan siquiera he sido capaz de acertar la fecha de los encuentros. Si ya me cuesta memorizar efemérides importantes, ¿cómo voy a recordar las que no me apasionan? Aún no lo he comentado con nadie, pero en mi interior no puedo dejar de pensar en la sinfonía Nº 40 de Mozart, que es el próximo concierto para el que ya he adquirido entradas. Entonces sí que noto un cosquilleo por la tripa. Se me eriza la pelusa del ombligo y mis entrañas palpitan de pura emoción. Pero no lo puedo ir contando por ahí. ¿Qué pensarían si se enteraran mis conocidos, cuando ni yo mismo sé qué pensar? Ahora sólo faltaría que me sintiera atraído por la ópera. O, mucho peor, por el ballet. ¿En qué clase de mojigato me estoy convirtiendo?

Le he dado muchas vueltas y me gustaría saber, por tomar ejemplo, con quién se relaciona una mariposa recién salida de su capullo. Está claro que no conoce a otras mariposas, y que volver a charlar con sus amigos gusanos le resultará una tarea difícil. ¿De qué pueden hablar? ¿De la dificultad que entraña subir a lo alto de una mata? Para la mariposa ya no. Ella se encarama en cuatro batir de alas. ¿Del sabor áspero que provoca una piedra caliza cuando uno se arrastra por ella? ¿Arrastrarse? La mariposa disfruta de unas delicadas patitas con las que apenas nota su tacto rugoso. ¿Del fresco crujir de una hoja verde de morera? ¡Para nada! La mariposa disfruta de una trompa flexible que le permite darse auténticos festines con el dulce néctar floral. Quizá pueda permitirse un pequeño mordisco, pero darse un atracón de follaje seguro que le causaría una inevitable diarrea. En fin, que lo tiene realmente complicado para entenderse con sus amistades.

Puede centrarse en su nueva vida pero, por mucho que disfrute explorando su novedoso estatus, en el fondo sólo le queda una terrible sensación de aislamiento y soledad. Igual que a mí. Ahora que lo pienso, el día que me encuentre con una mariposa rondando por el jardín se lo tengo que preguntar. Porque es innegable que experimento cambios, pero ello no me impide conservar otras muchas tradiciones. Como la descerebrada costumbre de hablar con los animales. ¿De qué os extrañáis? Seguramente no tengáis ni idea, pero es un hábito muy gusanil.

Por suerte, y hasta que llegue esa fecha, aún cuento con la complicidad de mi mujer. Con ella puedo hablar de estos temas, porque le da igual que sea gusano o mariposa. Mi mujer es más... cómo lo diría... más como un saltamontes, o sea que no interviene para nada en el mundo de los gusanos y las mariposas. 

Creo que no voy a profundizar más en las metáforas. Se me están yendo de las manos. En definitiva, no importa que sea gusano o mariposa, porque mi mujer me querrá por... por... Lo cierto es que aún no sé por qué me ha de querer, y menos después de haberla llamado saltamontes, pero lo seguirá haciendo ( o al menos eso espero). Seguramente porque, después de la metamorfosis, ella es la única que sabe ver en mí, ya sea con aspecto de gusano o de mariposa, al mismo atontado de siempre. Y eso me reconforta.

lunes, 2 de marzo de 2015

Trabajo bulímico


Se acercó por la espalda con sigilo, como hubiera hecho con cualquier víctima de madrugada. Posó sus huesudos dedos delicadamente, tabaleando sobre las clavículas de la mujer, al tiempo que aproximaba sus labios a la yugular. Echó el aliento sobre la piel, macerando de ese ancestral modo la tersa capa que separaba la sangre de su paladar y, sin más dilación, hincó los colmillos con ternura.

Chupó el preciado alimento hasta llenar su cavidad bucal, pero justo antes de tragar, justo antes de saciar la sed arrastrada durante milenios, recordó el mandato del juez, y apartó raudo los colmillos para escupir en una probeta el elixir granate de la vida. Pegó la correspondiente etiqueta y pronunció, con tedio de funcionario, las dos palabras que, a la vez, daban por finalizada su faena para dar comienzo otra.

- El siguiente...

Trabajar veinte años para la Seguridad Social había sido su condena. Y aún podía dar gracias, pues tuvo que confesar al inspector de Hacienda que, haciendo cuentas desde el primer día en que se creara ese ministerio, jamás había pagado sus impuestos.

Tras la vista oral quedó claro que debía saldar su deuda con la sociedad a base de trabajos comunitarios. ¿Y qué mayor experiencia podía aportar que no fuera el hecho de haber extraído sangre durante siglos? Por suerte, aún existían personas con miedo a las agujas; necesitadas, por decirlo de algún modo, de un trato más personal. Al principio le costó hacerse a la idea: nuevo horario, nuevo lugar de trabajo y, por primera vez, unos compañeros con los que conversar. Incluso el jefe de enfermeros se había esforzado en proporcionarle una batín color negro tizón para que se sintiera más integrado en el equipo. Con una de esas insulsas prendas blancas jamás podría sentirse a gusto; no sin poder resaltar su extrema palidez. Y, después de todo, ¿dónde podrían encontrarle otra tarea que le dejara tan buen sabor de boca?


sábado, 21 de febrero de 2015

Microrrelato: El pintor más codiciado



El pintor más codiciado

Soy bueno, muy bueno en mi labor; probablemente, el mejor de entre los mejores. Mantengo mis trabajos expuestos al público en los más destacados museos del mundo, donde mi arte es requerido en cuanto encuentro un hueco dentro de mi ajetreada agenda. Mis frescos son observados a diario por miles de personas y, aún así, continúo en el más absoluto anonimato. El Metropolitan, el Louvre, el Guggenheim, todos me ofrecen sus salas para que culmine allí las obras, y son capaces de cerrar alas enteras de sus recintos sólo por verme actuar. Os preguntaréis qué técnica domino, qué estilo me distingue del resto para ser tan solicitado. Pues, a decir verdad, ninguno en concreto; pero me atrevo con todos y cada uno de ellos: el gotelé, el lacado, el estucado... Aunque sospecho que son mis bajos honorarios los que consiguen que mis pinturas sean tan universales.


Aquí, entre el gentío, podéis observar una de mis obras más celebradas. Lograr la textura del mármol con ese color crema ha supuesto, sin ningún tipo de duda, la culminación a mi carrera.

domingo, 11 de enero de 2015

Negocio al alza



Es muy probable que no me recuerden, pero yo fui el accionista mayor de Betamax y, más tarde, uno de los cofundadores del Laser-Disc y Mini-Disc; aunque ya he dejado a un lado la tecnología, a pesar de las insistentes llamadas que recibo para formar parte de ese monopolio sin sentido que son las pantallas táctiles. En fin, ellos sabrán. Aunque ya les he advertido que se van a pegar una hostia morrocotuda.

Con mis antecedentes, está claro que reconozco un negocio lucrativo en cuanto lo veo. Soy, lo que llaman por este mundillo, un gurú de la economía. Puede que no se lo crean, pero no hay más que contemplar detenidamente el mundo para encontrar multitud de campos por explorar. Sin ir más lejos, me gustaría hablarles de la visión que tuve el otro día. O, mejor dicho, la otra madrugada. Porque fue a las cinco de la mañana, sumido aún en la oscuridad de la noche, cuando la revelación salió a mi encuentro.

Ocurrió el domingo, cuando volvía a casa de un viaje de negocios. Mi avión aterrizó de madrugada y, ante la imposibilidad de encontrar despierto a mi chófer, no tuve más remedio que contratar un taxi para que me trasladara a mi domicilio de Barcelona. Fue nada más entrar por la Diagonal, en su confluencia con la plaza Francesc Macià, cuando me topé con ellos. 

Invadían la calzada impunemente, con andares torpes y renqueantes, aunque se les intuía una extraña orientación para mantenerse siempre agrupados. El taxista me informó que siempre sucedía lo mismo a la misma hora: se abrían las puertas de un local situado en los alrededores y salían en desbandada, en todas direcciones y sin destino aparente. Eso sí, el aspecto que presentaban era impecable. Bueno, todo lo impecable que puede resultar la figura de un zombie. Ojos rojos e hinchados, tez pálida como La Luna y una vestimenta tan desmadejada que parecían muñecos de trapo. Algunos, como era de esperar, arrojaban fluidos por la boca de un marrón verdoso repugnante; otros, en cambio, se mostraban más animados, quizá por ello más sudorosos, pero con los mismos movimientos espasmódicos que sus compinches. Desde el interior del vehículo, también pude ver a un par de ellos devorando con fruición una barra de pan que vete tú a saber de dónde la habían sacado.

El taxista, tras completar sin víctimas el improvisado circuito de conos en el que se habían tornado los zombies, protestó, clamando al cielo, para que alguien se hiciera cargo de esa situación tan peligrosa.

Y ahí fue cuando me sobrevino la inspiración.

No hay duda de que, ateniéndome a lo vivido aquella noche, el Apocalipsis está cada vez más cerca. Y supongo que habrá que achacarlo a algún misterioso brebaje que se ha puesto de moda, porque aquel conductor no hacía más que acusar de ese desmán a no sé qué clase de botellón. Pero donde hay una crisis, se gesta una oportunidad. Y yo soy un lince para implantar un mercado en el lugar más insospechado, allí donde parece haber tierra yerma. Sólo hay que ponerse en la piel de los posibles clientes potenciales.

¿Qué es un zombie?

A primera vista, un muerto viviente. Pero si retrocedemos en su ciclo vital, o mejor dicho mortal, vemos que para ser un muerto antes ha debido pertenecer a la especie de los vivos. Y todos los que nos encontramos en ese estado, me refiero al de poseer pulso, sabemos que estamos cargados de anhelos y propósitos por cumplir. ¡Pues ser un resucitado es, mismamente, atesorar una segunda oportunidad para consumar esos deseos! Otra ocasión que nos brinda el destino para, en el caso inevitable de volverla a diñar, irnos en paz.

¿Y qué deseos son esos? Pues, según todas las encuestas, aprender inglés y visitar asiduamente un gimnasio. Y aquí es donde entra en liza mi idea para la franquicia: un gimnasio, exclusivo para zombies, con monitores, o mediante auriculares conectados a las máquinas, que enseñen el idioma de Shakespeare. Incluso ya tengo el nombre patentado. Se llamará The Talking Dead.

Sí, de acuerdo, es posible que tarde unos meses en arrancar. Y he de reconocer que habría que amoldarse a ese horario tan intempestivo en el que insisten en salir a pasear esos zombies. Pero, tal como se avecina el futuro, no me negaréis que se trata de una apuesta a tener muy en cuenta.

domingo, 4 de enero de 2015

El hombre del muro



Hubo una vez un hombre apoyado en un muro. Y digo hubo una vez porque ese hombre ya falleció y, que yo sepa, las personas solo atesoramos una sola vida. Era un hombre normal, con su casa, su trabajo, su familia, sus anhelos y su miedo. Y ahora quiero enfatizar en su miedo, porque solo existía una única cosa que le atemorizara: ser atacado por la espalda. 

Convivió con ese terror durante muchos años, igual que lo hizo con su casa, su trabajo y su familia, hasta que un día, paseando por la ciudad, encontró una vieja fábrica abandonada delimitada por un muro. Sin saber por qué, al instante se sintió atraído por su acogedora fachada. No prestó la más mínima atención a las oficinas, al almacén o a la chimenea que se alzaba decenas de metros. Sencillamente quedó prendado por la robusta pared que los resguardaba. Daba igual que los ladrillos estuvieran roídos y el adobe demacrado, porque lo que le proporcionaba aquella alineación de tochos era una enorme sensación de seguridad, de protección. Tanto era así, que no dudó un segundo en pegar su espalda a los lingotes de arcilla y observar el mundo con la tranquilidad de quien tiene la retaguardia bien cubierta. Y en ese preciso instante, el miedo se esfumó.

Tras pasar la tarde más apacible de su vida, volvió a casa; a su trabajo, a su familia, pero también a ese miedo constante de ser agredido a traición. A partir de ese día, como le fue imposible encontrar un lugar más acogedor, centró sus obsesiones en encontrar la fórmula que le llevara a pasar el mayor tiempo posible con su trasero pegado a esa pared. Vete tú a saber con qué excusa, convenció a toda su familia de la conveniencia de trasladarse al barrio donde continuaba anclada la fábrica. También consiguió, imagino yo que con mucha perseverancia, encontrar un trabajo a tan solo dos manzanas de su preciada pared. Y desde entonces, siempre que sus obligaciones no se lo impidieran, se le vio apoyado en el muro.

Muchos os preguntaréis, al igual que hago yo, qué cojones hacía ese hombre eternamente adherido a un muro. Pues lo cierto es que no lo sé, pero puedo explicar las sensaciones que nos transmitió a las personas que pasábamos de vez en cuando por allí.

Las primeras semanas parecía feliz. No es que fuese una felicidad exultante ni nada parecido, era algo más cercano a la paz interior, a un remanso de tranquilidad que se percibía por cada uno de sus poros. Además de esa plácida mueca de satisfacción que acompañaba, a diario, con una inmutable sonrisa alelada. Todo en él era muy tierno, muy sosegado.

Acabado ese tiempo de gozo interior, empezó a contemplar a los viandantes que por sus narices desfilaban. Al principio con curiosidad, pero, al detectar que andaban con sus incurables temores, no dudó en lanzarles esa mirada arrogante de quien se cree superior a los demás. Sí, la soberbia le pudo. Y no tardó en escupirles a la cara improperios para demostrar que no existía nada ni nadie que le pudiera atemorizar.

Tuvo varias peleas con diferentes personas, pero mantener ese muro a su espalda le dio el arrojo suficiente para encarar los encontronazos con más determinación que cualquiera de sus adversarios. Y todos sabemos lo que puede llegar a intimidar una persona sin miedo a nada. Así que allí estaba, día y noche, con sol o con lluvia, bajo cualquier circunstancia, haciéndonos saber desde su púlpito que jamás volvería a pasar miedo. Que jamás volvería a sentirse débil ni desdichado.

Hasta que llegó un día en que el amanecer trajo consigo vientos huracanados; esa clase de bufidos capaces de arrancar un árbol de cuajo. O sea, unos remolinos de la hostia que espantarían a cualquier persona que anduviera por la calle. A cualquier persona menos al hombre del muro, que permanecía en su enclave favorito con la serenidad del que se mantiene apoltronado en el sillón de su casa. Y así ocurrió lo que ocurrió. Que una ráfaga de viento echó el muro a bajo y lo mató.

Es muy triste saber que en el mundo existen esta clase de tragedias, pero si por algo se me conoce es por intentar sacar siempre algo positivo de todo tipo de sucesos. Precisamente por eso le estuve dando vueltas al incidente del hombre del muro. Y a fuerza de proponérmelo llegué a unas cuantas conclusiones o, como diría mi abuelo, moralejas:

- La primera es que no hay que perder nunca el miedo, pues haría que nos confiáramos en exceso y olvidáramos los posibles peligros que campan a sus anchas por este mundo. 
- La segunda es que, de nuevo, no hay que perder nunca el miedo. Esta vez porque es una característica innata de nuestra especie y hacemos insoportable nuestro trato si nos deshumanizamos y faltamos al respeto.
- Con la tercera me he acercado a la metáfora. He imaginado que el muro era una especie de adoctrinamiento sectario que captó a ese hombre con la promesa de extirparle sus temores. Y, como siempre ocurre en estos casos, la persona acabó engullida por su dogma.
- Aunque, personalmente, me quedo con la cuarta y más visceral, pues he deducido que no existen suficientes muros inestables, en la faz de La Tierra, para tanto gilipollas.

martes, 9 de diciembre de 2014

Se busca pareja


Seguramente este título no me vaya a resultar de gran ayuda, pero es que ya no sé qué hacer para conseguir una mujer. Mira que lo he intentado más de mil veces, pero no hay manera. No dejo de asomar todos los viernes noche por las discotecas y conozco a todas y cada una de las chicas solteras; el problema es que ninguna quiere conocerme a mí. Bailo como un poseso y me contoneo de forma sensual delante de todas ellas, pero creo que ni me ven.

Siendo plenamente consciente de mis problemas para conectar de forma visual con el sexo opuesto, he probado a congeniar con otra clase de chicas, pero empiezo a sospechar sobre la posibilidad de que tampoco sean capaces de escucharme. Todos los domingos salgo de excursión, como guía, con las juventudes de la ONCE y hasta la fecha no he conseguido entablar una sola conversación con ninguna fémina en la que me hicieran el más mínimo caso. Y eso que casi hablo gritando para solapar al resto de conversaciones, pero todas se han confabulado en mi contra y no piensan darme una mísera oportunidad de intimar.

Mi desesperación ha llegado a tal punto que no dejo escapar la más mínima oportunidad de acechar cualquier cosa que se parezca a una mujer. El otro día, por ejemplo. ¿Recordáis la noticia anunciada por todos los medios? Sí hombre, aquella que alertaba de que una terrible vampiresa andaba suelta por la ciudad. Pues hice todo lo posible por atraerla a mi morada. 

Lo sé, soy patético. Pero si no hay mujer que me pueda ver ni escuchar, pensé que al menos una chupasangre me podría oler. Así que no dudé en afeitarme con agua muy fría y una cuchilla desechable, la combinación idónea para infligirme unos buenos tajos en el pescuezo. Luego, antes de que la sangre coagulara, me asomé corriendo al balcón, buscando la orientación adecuada para que el viento acariciara mi cuello y esparciera el aroma de mi globulina entre los edificios. Para mi sorpresa, acabé cautivando a una decena de hembras aladas, aunque no eran de la especie deseada. La ingente cantidad de mosquitos que acudieron a mi llamada me dejaron la tez con el mismo número de forúnculos que cuando contaba con quince años de edad. Y de la vampiresa ni rastro, claro.

¿Será posible que hasta los monstruos del inframundo me huyan? 

Bien pensado, puede que al fin y al cabo haya sido lo mejor. Mira que si me acabo liando con una vampiresa y acaba conservando el mismo nivel intelectual que sus colegas, las mosquitas... Igual la frase "parecía una mosquita muerta" se refiera a las vampiresas. Vete tú a saber.


jueves, 13 de noviembre de 2014

Consuelo de tontos


Hace unos días, charlando con un  compañero de trabajo, me pidió el número de teléfono para mandarme una foto por WhatsApp. Cuando le comenté que no disponía de smartphone me miró como si fuera un bicho raro, pero aún así insistió y me preguntó por mi perfil de Facebook para solicitarme amistad y así poder pasarme la dichosa foto. Nada más decirle que tampoco utilizaba esa red social noté que se molestaba un poco. Él me estaba ofreciendo su amistad (eso sí, virtual) y yo por contra le estaba dando la impresión de rechazarla con una burda mentira, pues al parecer no le entraba en la cabeza que existiese alguien tan ajeno a esa amalgama de comunidades virtuales.

Para intentar resarcirme de la ofensa infligida, hice lo que nunca hago con persona que no son de mi confianza: confesarle que tengo un blog y darle la dirección. Este gesto no ayudaba en forma alguna a su intención de pasarme la foto, que por otra parte tampoco quería para nada, pero al menos sirvió para demostrarle que no despreciaba su camaradería.

La verdad es que no esperaba que entrara en el blog. Siempre lo veo tan ocupado satisfaciendo la incesante atención que le reclama su teléfono con silbidos u otros timbres, que no me lo imaginaba encontrando un rato para perderse por aquí. Pero parece ser que así fue, porque ayer mismo, justo antes de entrar a trabajar, volvió a sacar el tema y me comentó que había leído tres o cuatro entradas.

Aprovechando que tenía a un lector delante de mis narices, me aventuré a preguntarle que qué le parecía este espacio. Me miró de soslayo, con aires de condescendencia, y me soltó que no estaba mal, pero que no había encontrado nada realmente relevante. Que los temas tratados eran insustanciales. Y que, en definitiva, no escribía más que tonterías.

Al principio quedé un tanto abatido, cabizbajo ante la sensación de que tanto esfuerzo a penas servía para nada. Pero, de pronto, vino a mi rescate un sencillo gesto cotidiano que me insufló algo de vida. Fui testigo de cómo mi compañero volvía a fijar la mirada en su incansable móvil y daba réplica a un mensaje, tecleando una caca con ojos seguida de un bufido. En ese preciso instante pude percibir un trocito de amor propio que regresaba a mi encuentro. Ya se sabe que "mal de muchos, consuelo de tontos". Aunque ahora mismo no podría precisar quién de los dos se consoló más.


Nota: Este suceso jamás ha ocurrido, toda coincidencia con la realidad es fruto del azar. Aún así, se han suprimido los nombres de los protagonistas y las localizaciones donde acontecieron los hechos. Para más información, consulte con su farmacéutico. Sobre todo si les interesa la clase de drogas que toma el autor de este escrito.

lunes, 29 de septiembre de 2014

El zoo de papel



Por todos es de sobras conocida mi gran afición por el cine, la música o la lectura. Cuando no estoy visionando una serie o película, ando juntando letras, palabras, líneas y estrofas para enterarme de qué va un relato. También aprovecho cualquier tarea en casa para que me acompañe alguna de mis melodías favoritas. Parece ser que no tengo bastante con mi vida cotidiana y que necesito sentir más emociones para gozar con plenitud de esta fugaz vida.

Porque eso es, precisamente, lo que le pido a una canción, a una secuencia o a un cuento: que sea capaz de emocionarme. Y con esto quiero decir que da igual si se trata de hacer reír, llorar, pasar miedo o frustrarse, siempre y cuando el mensaje sea honesto y no detecte una, por otra parte inevitable, manipulación de los sentimientos.

También es cierto que las expectativas que uno mismo crea sobre un argumento van en contra del factor sorpresa y acaba resultando más complicado llegar a emocionarse. Por poner un ejemplo, si uno sabe que la película es una comedia, seguramente será más exigente con el ingenio de los diálogos o los gags. En cierto modo, esperar de antemano unas risas, hace que pongamos el listón mucho más alto y seamos más severos al valorarla, al menos en el aspecto cómico.

Sin embargo, ocurre todo lo contrario si, como me ha sucedido a mí, te acercas a una historia fantástica (en sus tres acepciones) y sensible esperando un relato de ciencia-ficción. Pero, claro (y aquí está mi enorme equivocación), ¿por qué un cuento de fantasía/ciencia-ficción no puede hacer llorar? Pues hoy, lo que nunca hubiese esperado, me ha sucedido.

Aquí, solo y de madrugada, me ha dado por comenzar a leer, sin saber lo que me esperaba, un relato corto titulado "El zoo de papel" de Ken Liu. Y me ha costado Dios y ayuda acabar sus últimas frases, porque hasta la fecha jamás había tratado de leer con los ojos desbordantes de lágrimas y peleándome con un moco acuoso y esquivo que trataba de darse a la fuga y que, por mucho que mi nariz lo intentara, no se dejaba aspirar.

Pero ahora ya sí, ya puedo irme a dormir, tras escribir estas líneas que han ayudado a serenarme. Gozoso por haber leído algo tan increíblemente bien escrito y aún emocionado por sus palabras. Seguro que esta noche tengo dulces sueños.

martes, 26 de agosto de 2014

Tragicómico


Ayer cometí un inmenso error: intentar escribir una entrada para el blog, en el salón de casa y con el televisor encendido. Era tal la distracción que me resultó imposible. Pero eso no fue lo peor. Vete tú a saber por qué, en la pantalla estaba sintonizada la cadena TeleCinco, emitiendo un programa tan infame que cada vez que intentaba comprenderlo se me suicidaban dos neuronas. Estoy seguro de que ocurrió así porque me iba idiotizando poco a poco y sin remedio. Más tarde, para corroborar mi teoría, encontré en un rincón de mi cerebro unas notas de despedida, escritas por ellas mismas, en las que no cesaban de aparecer la frase "por tu culpa". Y tenían toda la razón.

Pero mi consciencia, seguramente por estar situada en el cráneo, es muy cabezona y continuaba ávida por dar una explicación a ese programa sin sentido.

Por el plató comenzó a desfilar gente que se iba sentando en sillas distribuidas al tuntún, como en un patio de vecinos bajo la refrescante sombra de una morera, dispuestos a departir bajo el atardecer de un día de  verano. Y así discutieron y se esforzaron, todos a la vez y gritando lo máximo posible, para dirimir quien era el que se pavoneaba más y mejor de todos ellos.

Entre el público, alejada unos metros de toda esa algarabía para no contagiarse de tanta memez, permanecía sentada la presentadora/moderadora, dando paso y espoleando a los unos y a los otros para que se escupieran a la cara réplicas supuestamente ingeniosas.

De pronto, como recién salido de una máquina del tiempo, apareció en escena un nuevo concursante (¿?) todo vestido de negro, ataviado con una barba aún más negra y postiza, un cigarrillo en la mano y un vaso de tubo en la otra. Exacto. Se trataba de la viva reencarnación de Eugenio, ese peculiar y difunto humorista que deambulaba por los escenarios de todo el país hace ya casi un par de décadas. 

Esa irrupción podría parecer descabellada, pero creedme si os digo que nadie se sorprendió lo más mínimo cuando escucharon la famosa frase "saben aquel que diu" saliendo por la boca del imitador, demostrando así las disparatadas cotas de surrealismo que podía alcanzar el programa. Por supuesto, poca gente en el plató lo reconoció. No sé si porque eran demasiado jóvenes para haberlo visto alguna vez, o porque sus conocimientos de cultura general no tienen registrados a otros personajes que no formen parte de la farándula en la que andan metidos. El caso es que a mí me sirvió para desconectar un rato de tanto griterío y recordar lo que había significado ese humorista.

La verdad es que, chistes ingeniosos a parte, nunca me hicieron demasiada gracia sus actuaciones. Nada más aparecer en escena, donde muchos espectadores soltaban su primera carcajada, yo sólo veía a un hombre tímido y angustiado ante una muchedumbre hambrienta de diversión. Personalmente, observar cómo sufría para arrancar a hablar y tartamudeaba nada más conseguirlo, no me proporcionaba ninguna satisfacción. Y ver que era incapaz de rebajar esa ansiedad, incluso contando con el atrezo de tabaco, alcohol y unas gafas de sol, tampoco ayudaba a hacerme sentir más feliz. Lo cierto es que nunca he encontrado placer en el sufrimiento ajeno.

Pero es evidente que el hombre triunfaba. Participaba en todos los programas de variedades y hubo una época en que no existía un automóvil que no fuera equipado con un cassette de Eugenio.

Puede que toda esa escenografía formase parte de un personaje ideado por él y que realmente no padeciera tanta angustia. Algo así como la evolución chistosa del clásico payaso circense que siempre andaba por la pista preocupado por el siguiente martillazo en sus zapatones o la próxima tarta que iba a aterrizar sobre su cara. Así es. Ya podían apalear a ese payaso, o pasarle una manada de elefantes por encima, que siempre acababa arrancando una carcajada a esos crueles niños. La tragicomedia de la vida.

Unos gritos insistentes me devolvieron a la realidad, a aquel plató donde aquellos jóvenes no paraban de lanzarse improperios y... ¡Plop!, ¡plop!

¡Hala!, dos neuronas menos.

Ya sé que he dicho que no disfruto con el sufrimiento ajeno, pero si en ese instante se hubiera derrumbado el plató, haciendo callar a esas personas para siempre, tampoco me hubiera entristecido demasiado.

martes, 22 de julio de 2014

Viaje espiritual


Como diría mi abuela, llevo una tontería encima que no hay Dios quien me aguante. Y lo puedo demostrar casi a diario. El otro día, por ejemplo, justo en la entrada del supermercado me topé con dos testigos de Jehová. Lo cierto es que pude esquivarlos y tan sólo escuché parte de una conversación que mantenían con una anciana, pero me bastó para empezar a maquinar una de mis gilipolleces.

La mujer mayor escuchaba con una sonrisa en la boca, gozosa por encontrar a unos chavales dispuestos a departir un rato con ella, y ellos le explicaban algo sobre un viaje espiritual necesario para encontrar a Dios. Pues así, con esos mínimos datos, mientras estrujaba con los pulgares las dos puntas de un melón (aún no sé muy bien para qué), fui capaz de hallar una de mis absurdas epifanías.

Rápidamente vi la conexión del viaje espiritual con el físico, sobre todo cuando observaba los dos maletines que acompañaban a los oradores. En un viaje al uso yo pondría en mi maleta mudas de ropa, una guía del lugar a visitar, complementos de aseo personal y un pequeño botiquín de emergencia; lo normal para estar mínimamente asistido, y respaldado ante una situación imprevista. Pero unos viajeros espirituales como ellos seguramente irían equipados para paliar un indeseable descenso de Fe, tanto suya como de sus oyentes. Así que lo más probable es que cargaran su maletín con una Biblia (indispensable), unos artículos contrastados (o no) sobre los beneficios del cristianismo y, para casos de emergencia, algún que otro milagro documentado o exorcismo, porque nunca viene mal un toque aventurero.

Si viajáramos fuera del círculo de países castellano parlantes, necesitaríamos unas nociones básicas del idioma y una pequeña introducción a sus costumbres para ayudarnos a interpretar alguna situación que nos pudiera parecer extraña. Incluso podríamos tomar unas clases culturales con algún profesor nativo. Esta formación ya les viene dada a los testigos de Jehová, pensé cuando intentaba discernir las diferencias entre un berberecho, una chirla y una almeja (obviamente sin lograrlo), pues tienen como profesores a sus sacerdotes para entender las extrañas demandas que exige su religión o las dispares interpretaciones que pueden encontrarse en una Biblia.

Más tarde, mirando los ojos vidriosos de una lubina (y sin acabar de recordar si esa característica era síntoma de su frescura o de su podredumbre), me vino a la mente algo totalmente indispensable para culminar cualquier viaje: explicarlo a la vuelta. Es indudable que si uno no se sienta con familiares y amigos, aprovecha para enseñar fotos, videos o folletos, y los aderezar con comentarios sobre la experiencia, es como si jamás se hubiera realizado ese viaje. Y que duda cabe que, al menos en ese sentido, también estos creyentes gozan de una larga e insistente tradición.

Para cuando llegué a la cola de caja, ya había desentrañado la esencia del viaje espiritual necesario para encontrar a Dios. Entonces me ocurrió una cosa asombrosa. Allí, embrujado por los colores psicodélicos de un expositor de chicles, tuve un momento de reclusión mental que mucha gente denominaría, y no sin razón, quedarse embobado. Comencé a ver trompetas con los oídos, a escuchar violines con los ojos y a saborear, en mis papilas gustativas, la textura esponjosa del poder supremo. Y, en ese preciso instante, sentí por un momento la presencia de Dios.

Por supuesto que todo quedó en un leve vahído en cuanto me tocó sacar la cartera para pagar, y volví a mi estado agnóstico habitual. Creo que el problema no fue que yo me acercara a Dios y lo rechazara, sino que él me vio a mí y se largó corriendo (o levitando, que queda más esotérico). Pero no me preocupé en exceso, porque ya lo había vaticinado mi abuela: llevo una tontería que no hay Dios quien me aguante.

martes, 8 de abril de 2014

Divagaciones



Hay un ejercicio mental que intento practicar siempre que puedo: divagar. Soy de esa clase de personas que, en cuanto tiene un momento libre, se queda alelado mirando las musarañas y se pierde en sus pensamientos.

No trato de buscar una fórmula deslumbrante para resolver la economía mundial o unir la teoría de la relatividad con la cuántica, tan sólo me dejo llevar por una idea y le doy vueltas para enfocarla desde distintos puntos de vista. Estos pueden ser físicos, morales, temporales; cualquiera que me ayude a disociar esa idea me resulta divertido.

Yo pensaba que esta era una práctica inocua para mi mente, pero hace unos días leí en varios medios, coincidiendo con el 20 de Marzo día mundial de la felicidad, el resultado de un estudio en el que se afirmaba que divagar puede causar infelicidad. Y ahora estoy un poco preocupado. No por mí, lo que escriban los medios me la trae floja, sino porque se tome en serio esa advertencia.

Si no podemos pensar por miedo a ser infelices ¿qué nos queda? Porque dejar de divagar es una invitación a dejar de lado nuestro mundo interior para entregarnos en cuerpo y alma a los estímulos sensoriales que no precisan análisis por parte de nuestra mente. Unos fuegos artificiales, una canción machacona (no nos vayamos a poner a pensar si escuchamos más de tres acordes) o un programa televisivo, de esos en los que da igual el mensaje siempre y cuando lo expresen todos los tertulianos a la vez y gritando.

Pero tengo un problema. Porque los fuegos artificiales, una vez pasada la sorpresa inicial de sus deslumbrantes luces, no dejan nada en qué pensar y me acaban aburriendo. Una canción repetitiva, lejos de tranquilizarme, me provoca dolores de cabeza y me transporta hacia la ansiedad de una obsesión compulsiva. Y, sinceramente, programas televisivos sin un sentido funcional no los entiendo. Y encima, al no entender nada, consiguen que mi curiosidad experimente sensaciones de impotencia, cosa nada recomendable para ser feliz.

No creo que uno sea más o menos feliz por dedicar más o menos tiempo a divagar, porque las personas felices o infelices, normalmente, no existen (a no ser que sufran una enfermedad mental, claro). Son un estado de ánimo inherente a todo ser humano que, por unos breves instantes, puede llegar a sentir cualquiera de las dos sensaciones en diferentes etapas de su vida. Pero la mayoría de veces no somos ni felices ni infelices, sencillamente vivimos en el término medio, en ese sano equilibrio que nos aleja de la euforia más desmesurada o de la depresión más miserable y que nos ayuda a actuar razonando nuestros actos como personas sensatas.

Pero, ahora que lo pienso, puede que tengan razón los científicos del estudio ese y, ante mi desbordante felicidad, emplee la divagación para acercarme a la infelicidad y así a la cordura.

Por hoy voy a dejar de divagar, ahora que aún me siento cabal y en armonía, que ningún abuso es bueno.

martes, 18 de marzo de 2014

Abalorios



Me han regalado un collar anti-parásitos para mi gata. Está caducado, pero si se le ocurre a alguna pulga mirársela con ojos hambrientos, igual puede llegar a verlo y hasta se lo piensa dos veces antes de tomarla como huésped.

Me han dicho que es posible que aún pueda funcionar. No me extrañaría nada, esta fiebre consumista de poner fecha de caducidad a las cosas cada día pierde más credibilidad. En cualquier caso ese collar, a falta de efectividad, siempre se puede utilizar como elemento decorativo, aunque no estoy muy seguro de que mi gata piense lo mismo.

En una ocasión intenté colocarle un collar con cascabel y todo; uno de esos por el cual todo el mundo apostaría estar particularmente ideados para felinos de su tamaño. Pues sólo le faltó darse cabezazos contra la pared para intentar arrancárselo. Empezó a dar brincos de tal forma que, si no supiera lo mucho que le gustan las campanillas al diablo, hubiese jurado que se trataba de una posesión.

Lo cierto es que yo tampoco me lo pondría. Jamás he llevado collares, pendientes, brazaletes o pulseras; ni tan siquiera el anillo de compromiso. Primero no los portaba por no extraviarlos, y ahora no los tolero por falta de costumbre. Me invade como una sensación de ahogo, similar a andar preso por unos grilletes. Soy tan reacio a su contacto con mi piel que no puedo utilizar ni un reloj de pulsera.

Esta tirria que compartimos ha logrado que florezca, en mí, uno de los sentimientos más absurdos de cuantos podemos observar en el comportamiento humano, aunque no por ello deja de ser común. El orgullo paternalista.

Pero mi caso es, si cabe, más surrealista. Primero porque no creo haberle transmitido nada al animal. Y, encaso contrario, no sé cómo uno puede enorgullecerse de traspasar una neura. Segundo porque, hasta el momento, nunca he sido padre; así que no comprendo de qué rincón de mi cerebro proviene ese sentimiento. Y por último, y a riesgo de que un análisis de ADN me contradiga, tampoco soy gato. Por lo que estoy seguro que, a lo que a ella concierne, la relación que mantenemos entre amo y mascota es puramente profesional.

Así he llegado a la coclusión de que es posible que busquemos en el mundo cualquier elemento de complicidad, en otro ser, con el que nos sintamos identificados; puede que para no sentirnos tan extraños, tan solos o, sencillamente, tan incomprendidos.