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viernes, 4 de noviembre de 2016
Cuenta atrás
El otro día fui al cine con mi mujer y vimos Dr. Strange. Es otro calco de esas películas infantiles, basadas en un cómic, a las que, desgraciadamente, tan acostumbrados nos tiene la Marvel. Así que de ningún modo me molestaré en recomendarla; pero he de reconocer que, esta al menos, me resultó bastante más entretenida que todas las anteriores con superhéroe adosado. ¿Por qué?, os preguntaréis; ¿es acaso mejor que Thor, Capitán América o cualquier otra de la factoría? Pues no. Más bien es normalita tirando a floja, sobre todo gracias a un guión que nos lleva por un camino mil veces visto y que alguien (seguramente un productor en busca de que le otorgaran la calificación "para todos los públicos") ha salpicado con un humor soso e infantil. Lo único que la salva de su mediocridad son los caleidoscópicos paisajes (dicen que vale la pena verlos en 3D) y el impresionante plantel de actores (Benedict Cumberbatch, Chiwetel Ejiofor, Rachel McAdams, Mads Mikkelsen, Tilda Swinton...). ¡Ah, sí!, y que los personajes son capaces de dominar el espacio y el tiempo, ahí es nada.
Es aquí donde, al menos para mí, radica lo interesante. Desde el Dr. Who que no había encontrado a un tipo con unos poderes similares. Y no solo es algo que traiga de cabeza a nuestro héroe, sino que también el villano de turno está preocupado por el transcurrir del tiempo. De hecho, su mayor obsesión es situar a nuestro planeta en un universo paralelo donde no existe el factor tiempo, así viviremos todos eternamente.
Esta teoría, en sí, ya es un poco disparatada, porque en un universo donde no existe el tiempo tampoco debería existir el concepto "vida eterna". Hablar de "eterno" (o infinito), quieras que no, solo tiene sentido si hablamos de tiempo, aunque sea de su totalidad. Pero bueno, no me voy a liar con reflexiones filosóficas. En la película, la eternidad queda más bien traducida en el hecho de trasladarnos a una dimensión sin tiempo para hacernos inmortales. Aunque, insisto, poca cosa tenga que ver con la una con la otra. En fin, cada cual que saque sus propias conclusiones.
Lo que ha captado mi interés es que centran gran parte del argumento en una preocupación tan humana y ancestral como es tratar de controlar el tiempo. Con un gancho así de goloso, casi se perdona ese guión plagado de agujeros tan imponentes como el que dejó la bomba atómica en Hiroshima. Porque aprovechar el tiempo es, sin lugar a dudas, la mayor obsesión de la humanidad.
Quizá por eso, desde hace unos años, está el mundo lleno de relojes. Mires a donde mires, te topas con uno. Al parecer, es imprescindible saber en todo momento el rato que nos queda para comenzar con cualquier otra absurda tarea pendiente. Así de previsores somos.
Pero el ser humano, en aras de su desenfrenada evolución, siempre ha querido ir un paso más allá. De eso me di cuenta al salir del cine. Ya no nos conformamos con saber la hora y disponer de ella a nuestro libre antojo, no. Ahora, para saciar nuestra obsesión por el control, necesitamos que nos programen los desplazamientos con una cuenta atrás.
Esto ocurrió cuando íbamos a montarnos en el coche y, automáticamente, saltó un aviso en el móvil de mi mujer. Yo soy un defensor a ultranza de la intimidad personal, pero al ver lo embelesada que se quedaba mirándolo, me atreví a preguntar quién le mandaba aquel mensaje.
— Nadie —me contestó con indiferencia— Es el propio móvil, que ha detectado la proximidad del coche y me dice el tiempo que tardaremos en llegar a casa. ¿Ves?, —dijo, enseñándome la pantalla— tan sólo siete minutos. Siempre hace igual.
Yo me quedé perplejo.
— ¿Y cómo sabe que nos dirigimos a casa? —pregunté extrañado.
— No lo sabe, no hace falta decírselo. Cada vez que montamos en el coche me da esa información, junto con la ruta más rápida.
<<Qué curioso>>, pensé mientras mi mujer arrancaba el coche. <<Ni que fuéramos miedosas fichas de parchís calculando, desde cualquier casilla del tablero/mapa, los movimientos precisos para llegar a casa sanos y salvo>>. Y entonces entendí lo útil que puede resultar, en caso de sufrir cualquier indicio de ansiedad, el saber exactamente cuánto vas a tardar en volver a casa.
Asombrado como estaba por la libertad que se tomaba el teléfono y lo calculados que tenemos los tiempos, llegamos al primer semáforo y miré, casi sin querer, la señal luminosa de los peatones. Estaba en rojo, pero lo que me dejó ensimismado fue una cuenta atrás que indicaba los segundos restantes para que cambiara a verde. Hasta entonces, nunca la había visto. Vale que ese comportamiento se puede encontrar en multitud de semáforos, sobre todo en avenidas anchas, donde es muy conveniente prevenir a las personas del próximo cambio para evitar un posible atropello, pero... ¿estando el semáforo en rojo? Eso era algo nuevo.
¿De qué sirve saber cuándo va a cambiar a verde si, mientras esperamos, no corremos ningún peligro? Esa cuestión me tuvo un rato pensativo. Entonces llegué a la conclusión de que sólo es eficaz en el caso de querer aplacar el estrés que puede causar la simple espera de unos segundos. O el cabreo, para según qué persona inquieta, ocasionado por la infame pérdida de tiempo. Quizá de ese modo se frenen las ansias indomables de quienes se lanzan a la aventura de cruzar en rojo por una calle tan transitada. Con lo obedientes que nos hemos vuelto con la tecnología, prestando toda nuestra atención cuando oímos un timbre o se dispara una alarma, ese sencillo cronómetro podía ser muy persuasivo, y asimismo hacer de la molesta espera un momento algo menos angustioso.
Cansado como estaba ya de darle vueltas al asunto, agarré mi maza imaginaria de subastador y di por bueno adjudicar a mi favor el lote de estos razonamientos para seguir disfrutando del recorrido. Hasta que, unas calles más tarde, vi una parada de autobús.
Era una sencilla marquesina con un banco y un único pasajero a la espera. Pero lo que me volvió a llamar la atención fue otra cuenta atrás, esta vez incrustada en el lateral acristalado, que avisaba al señor de la aparición inminente del siguiente autobús. <<¿Otra vez?>>, pensé. <<¿Tan obsesionados estamos con el tiempo que necesitamos calcularlo todo?>>. Y sí, eso parece.
Entonces miré a ese solitario viajero y sentí lástima por él. No porque estuviera tan pendiente del cronómetro que fuese incapaz de pensar en otra cosa (de hecho, ni tan siquiera lo miraba), sino porque, precisamente, no paraba de matar el tiempo hurgándose la nariz. Y según señalaba la cuenta atrás, faltaban pocos segundos para ver aparecer el siguiente autobús. Si continuaba con ese ejercicio de espeleología, decenas de pasajeros lo iban a pillar con las manos en la masa; verde y viscosa, eso por supuesto. Pero también pude dibujar una sonrisa en mis labios.
Mira tú por dónde, al fin le había encontrado una verdadera utilidad a la cuenta atrás: señalaba el momento exacto para dejar de hacer el guarro.
martes, 18 de octubre de 2016
Amenaza de nueva generación
Todos nacemos con dones, de eso no me cabe la menor duda. Vienen incrustados en nuestros genes y forman parte indisoluble de nuestra personalidad, siendo utilizados de una forma tan natural que muchas veces no nos damos ni cuenta a la hora de emplearlos. Luego, a lo largo de los años y a base de insistir, podemos desarrollar otros talentos bien diferentes, pero nunca los manejaremos con la misma soltura de aquellos con los que nos engendraron.
Buscad, pensad un momento sobre cualquier ejercicio que se os dé mejor que nadie. Yo lo hice el otro día y no tuve la menor dificultad en detectarlo. Mi auténtico don, mi indiscutible talento, es desquiciar a la gente; ponerla muy nerviosa. Y lo manifiesto a través todo mi ser: en el barniz de mi humor ácido y surrealista, tras la inexistente bravura de mi infinita calma, bajo ese timbre de voz agudo y desagradable que emito cuando hablo, en la imperturbable pachorra que desprendo cuando me siento agredido por las situaciones más adversas, con la insistencia inhumana que exhibo cuando algo, de forma irremediable, se me mete entre ceja y ceja... Y así podría estar enumerando aspectos sobre mí carácter hasta agotar vuestra paciencia y conseguir alteraros, porque todo, absolutamente todo, va encaminado a poneros de los nervios.
Como comprenderéis, este don mío, lejos de facilitarme las cosas, ha sido un obstáculo perpetuo en mi noble afán de interactuar con las personas. No sólo me aleja de mis objetivos, sino que también hace que me granjee no pocos sobresaltos en forma de malentendidos, pudiendo llegar al improperio, bramido o cualquier otra forma de desahogo a la que se preste mi interlocutor. Aunque, para ser sinceros, la reacción que más provoco cuando despliego "mis encantos" es la de la amenaza.
Amenazar es un procedimiento de lo más efectivo, aunque algo rudimentario, para hacer llegar al contrario que no estás del todo de acuerdo con su actitud. Pero, para que de una amenaza surja el efecto deseado, debe poner en peligro algo que importe mucho, algo que sea tan necesario para el amenazado como el respirar. Y no siempre se logra.
Como podréis sospechar, a mí me han amenazado de múltiples y variadas formas. Y he de admitir que con casi todas me he sentido enormemente intimidado.
Las primeras me las lanzaron mis padres. Eran amenazas sencillas, sin atentar contra la vida ni ninguna parte indispensable de mi cuerpo. Pero, precisamente por salir de las personas que mejor me conocían, eran las más dolorosas y acertaban sin demasiado esfuerzo en el blanco de mis mayores intereses.
Luego llegaron las de los compañeros del colegio y vecinos del barrio. Para quien no lo sepa, el lugar donde me crié es, sin lugar a dudas, el peor suburbio de Barcelona (por no decir de España o del mundo entero), de modo que si te señalaban con el dedo y te decían que iban a arrancarte la cabeza para echársela de comer a los cerdos (y juro haberlos oído gruñir a través de las finas paredes que separaban nuestros hacinados pisos), te lo creías y procurabas echar un tupido velo sobre cualquier cosa por la que se debatiese.
También recuerdo con cariño las advertencias de mi sargento durante el cumplimiento del servicio militar. Pobre hombre, una noche me gritó tanto que a la mañana siguiente no podía ni mandar a ponernos firmes de lo afónico que estaba. Allí sólo podían apelar a un castigo de ejercicios físicos (cosa que por aquella época podía superar sin problemas) o a la privación de salida. Que iluso. Ni que tuviera algún lugar a dónde ir en una ciudad extraña y sin un maldito duro...
Os contaré dos secretos sobre esta bonita y amedrentadora práctica. Una de las características indispensables para lanzar una buena amenaza, ha de ser la incuestionable viabilidad a la hora de llevarse a cabo. La persona amenazada ha de creer a pies juntillas que ese ultimátum es del todo realizable; si no, no dará resultado. Y el segundo secreto, y quizá el más difícil de creer por chocar frontalmente con el primero, es que las amenazas son lo más parecido que podemos encontrar a los sueños: por más que se griten al viento, rara vez se cumplen.
Pero no quiero andarme por las ramas desentrañando las esencias de una correcta amenaza, ni buscar las pautas perfectas que permitan ejecutarlas con éxito. ¿Quién soy yo para privar a nadie de experimentar con ellas hasta encontrar la excelencia? Así que iré al grano y me centraré en la última que he sufrido.
Para poneros en situación empezaré explicando que trabajo de mozo de almacén ubicando envíos y preparando rutas en una agencia de transportes, de seis de la tarde a dos de la madrugada. O sea, la mitad de mi horario es nocturno. Pues bien, todo comenzó en la empresa, cuando detecté un fallo en un albarán y quise comentarlo con mi encargado. A ciertas horas de la noche, aprovechando que ya no hay jefes para vigilarnos, el hombre desaparece por el almacén y ya no hay forma humana de localizarlo.
Pocos compañeros lo intentan, pues saben de sobras que anda por algún oscuro rincón con los auriculares puestos, jugando o chateando con el móvil. Es de esa clase de personas que si le dieran a escoger entre su teléfono o un paracaídas, acabaría aplastado contra el suelo. Eso sí, se enteraría todo el mundo, porque lograría mandar cientos de WhatsApps con esa velocidad cósmica que imprime a sus dedos, antes de hacerse papilla. No faltaría a la verdad si dijera que a según qué horas ya se le puede dar por perdido en todos los sentidos imaginables. Mejor dicho, se le podría dar por perdido si no existiera en la empresa una persona tan asquerosamente quisquillosa como yo.
Normalmente lo llamo a grito "pelao", como si fuese un pastor tirolés comunicándome con otro rebaño. Pero presiento que no le hace ninguna gracia, porque cada vez se aleja más de nosotros (o se esconde mejor) y ya no me alcanzan los decibelios para doblegar su voluntad. O se hace el sordo, vete tú a saber.
Llegados a este punto, no hubiese estado de más haber comprendido aquel día el poco interés que mostraba en dejarse ver, pero es muy difícil claudicar cuando todas tus moléculas te exigen poner a la gente histérica perdida. En cualquier caso, sentía unas ansias irrefrenables de molestarlo y no había manera. Entonces se me ocurrió una idea: grabaría una nota de voz gritando su nombre y se la mandaría por WhatsApp, así no tendría escapatoria. Además, para eso están las redes sociales, ¿no? Para hacer llegar, vía satélite, los mensajes que las ondas sonoras son incapaces de transmitir por el aire. Pues dicho y hecho.
El tío apareció ante mí a los diez segundos, cabreado como una mona. Al parecer le habría interrumpido una partida memorable, porque jamás le había visto mirarme con esos ojos asesinos. Lo cierto es que asustaba. Se puso a gritarme que lo dejara en paz, que no tenía que jorobarlo con cualquier chorrada a cada momento. Yo, en mi defensa, intenté mostrarle el albarán con el error, pero cuanto más intentaba replicar, más se enfurecía. Hasta que, rozando el punto álgido de su cabreo, pasó a la parte de la amenaza.
Yo esperaba que embistiera recurriendo a una intervención ante los jefes que pusiera en peligro mi empleo (aunque no se cómo iba a justificar esa denuncia cuando lo único que pretendía era hacer bien mi trabajo) o con la típica amenaza física de partirme las piernas. Pero no, él quiso ir más allá: buscó algo de vital importancia, algo que pudiera situar mi orgullo al borde del abismo. Urdió un plan tan maquiavélico como para dejar mi autoestima tirada por los suelos. O eso pensaba...
Me miró fijamente a la cara, entrecerrando los párpados con fuerza, dibujando unas estupendas patas de gallo en la comisura de sus ojos, como si fuera Clint Eastwood en "Sin perdón", y me dijo muy serio: "si no paras, te bloquearé en el WhatsApp"
En medio segundo pase de estar a punto de mearme encima de miedo, a descojonarme de risa. Aunque, por supuesto, no lo hice de forma visible. No iba a tentar la suerte burlándome de su absurda amenaza. Sencillamente, me callé y continué trabajando.
Fue gracioso, a la par que sorprendente, constatar la gran disparidad existente de criterios cuando hablamos de prioridades. Lo que para mí no tenía la menor relevancia, para él resultaba ser del todo indispensable. Quizá por eso deseé con todas mis fuerzas que llevara a cabo su amenaza. A ver cómo se las arreglaba cuando, por ejemplo, tuviera que notificarme el adelantamiento de una hora en nuestro horario laboral.
No le quedaría más remedio que llamarme por teléfono. Y yo, por supuesto, lo dejaría sonar... y sonar... y sonar... hasta contar al menos con tres llamadas perdidas. O hasta que faltasen pocos minutos para entrar a trabajar. Pero no os llevéis a engaño, porque para nada sería una venganza o un juste de cuentas. Tan sólo mi irracional instinto, mi don, ese talento con el que resulta tan difícil convivir, manifestándose en forma de indiferencia y aprovechando la circunstancia para ponerlo del todo histérico.
lunes, 11 de abril de 2016
En busca del placer
Ya llevo unos cuantos meses volcado casi exclusivamente en la búsqueda del placer. Es decir, dedico la mayor parte de mi ocio en intentar disfrutar. Me parece una de las cosas más sensatas que se pueden hacer en esta vida. Y para lograr esa meta no dudo en hacer valer todos mis sentidos.
Los humanos somos, por así decirlo, un compendio orgánico repleto de sensores. Cada parte de nuestro cuerpo, cada órgano, por minúsculo que parezca, está provisto de detectores que nos ayudan a interpretar todo lo que nos rodea. De este modo nos llega información a través del olfato, la vista, el oído, el paladar y el tacto. Luego la mandamos a nuestro cerebro y este se encargará de descodificarla y etiquetarla. Que el contacto de un pie con nuestra espinilla se convierta en patada o en caricia, sólo dependerá del grado de intensidad que le adjudiquemos. Así de sencillo.
Si queréis podemos poner más ejemplos. Una voz puede ser un grito o un susurro, dependiendo del volumen. La claridad podría ser sutil o cegadora, según su luminosidad. Un perfume puede embargarnos hasta hacernos salivar, o avasallarnos con su olor hasta lograr que tosamos. Los casos pueden ser infinitos.
De todas formas, como cada uno de nosotros alberga un cerebro distinto dentro de su cabeza, es muy complicado coincidir con otro individuo en el momento de valorar un estímulo. O sea, que mi paladar clasifique un alimento como salado no significa que para el de otra persona no sea sabroso. Lo que a mí me parece equilibrado en sal, para otro podría ser soso. Reconozco que mis papilas gustativas tienen un nivel muy bajo de tolerancia hacia la sal; o quizá la otra persona lo tenga muy alto, vete tú a saber. Aquí viene la manida frase de "contra gustos no hay nada escrito".
Pero, ¿qué diferencia hay entre ese individuo tan saleroso y yo? Pues, básicamente, el grado de sensibilidad.
Ya se lo oía yo decir a mi madre cuando lo anunciaba a todo aquel que la quisiera escuchar: "este niño es muy sensible". Cosa que no pregonaba de mi hermana, por cierto. Pero, claro, sólo tenía que vernos a los dos en la playa, de críos, para darse cuenta de que, mientras el uno lloraba porque se le impregnaba sobre la piel aquella dichosa arena, la otra la agarraba a puñados y se la metía en la boca como si fueran caramelos. Claramente, dos sensibilidades bien distintas.
Con esto no me refiero a que estuviera triste a todas horas y me fuera arrastrando por los pasillos como un alma en pena. Esa clase de sensibilidad se la dejaremos a la literatura más hiper-romántica y a sus atormentados personajes. Yo era, por no decir que lo continúo siendo, un niño muy feliz, pero los estímulos externos me afectaban de forma considerable.
Tampoco pienso que sea algo tan excepcional. Seguro que existen en el mundo millones de personas con el mismo grado de sensibilidad; o incluso con otros mucho más acentuados. No me tengo por un genio ni por una persona con super-poderes, pero en ocasiones sorprendo a propios y a extraños detectando alguna cosa que el resto no puede o, quizá, no pone el suficiente interés para lograrlo. Puede que la sensibilidad simplemente sea eso: poner la máxima atención en los instrumentos con los que ha sido dotado nuestro cuerpo para rastrear el entorno. Porque todos tenemos orejas ojos, nariz, manos, y boca, pero parece que no todo el mundo los utiliza de igual forma. Como cuando en el comedor de la guardería, de eso hará ya mil años, se intoxicaron todos los niños menos yo.
Lo recuerdo como si fuera ayer; quizá porque mi madre me lo ha contado tantas veces que yo sólo he tenido que incorporar esos recuerdos a las lagunas mi memoria para evocarlo, aunque el resultado sea el mismo.
Iba a escribir algo sobre el primer plato, pero ahora soy incapaz de recordar qué alimento era. Esto me pasa por alardear de memoria. Lo único que sé con certeza es que nos lo comimos con ansia, y luego, en cuanto nos sirvieron el segundo y vi la carne rebozada, puse cara de asco. Sin embargo, todos a mi alrededor se la comieron como si no hubiera un mañana. Incluso el niño que estaba a mi lado, viendo mi poca apetencia y dejándose llevar por su insaciable estómago, no tardó ni cinco minutos en ofrecerse a vaciar mi plato. Yo le entregué la carne con indiferencia, pues si una cosa tenía clara era que ni la iba a probar.
Cuando por la tarde vinieron nuestras madres a recogernos, todos los niños estaban con vómitos o diarrea. Todos menos yo, claro, que salí al encuentro de la mía más fresco que una rosa bajo el rocío.
Ahora que lo pienso, no sé cómo llegaron a la conclusión de que el causante de aquellos síntomas fuera la carne rebozada. Y tampoco tengo la menor idea del revuelo que causó una intoxicación de esa magnitud en aquella guardería. Con este último olvido he acabado por demostrarme a mí mismo que no poseo tanta retentiva como pensaba. Pues vaya.
De todas formas, lo que sí recuerdo perfectamente es a mí madre, preguntándome, anonadada, por qué no había comido la carne igual que los demás. Mi respuesta fue tan obvia como breve: porque olía mal.
Pero me parece que con tanto ejemplo y anécdotas me estoy desviando del tema. Porque yo quería hablar del placer. Pero no del placer intelectual, sino del placer puramente físico. Del placer que provoca en nuestra cara el sol primaveral, del placer que sentimos al admirar los tonos de colores sonrosados en una puesta de sol, del placer que provoca sobre las papilas gustativas, y también en las olfativas, degustar una buena elaboración culinaria. Pero, sobre todo, del placer por escuchar sonidos como nunca antes los había percibido.
Las personas que me tratan día a día piensan que he cambiado, que me he vuelto una especie de sibarita de la música clásica, y no es cierto. Todo empezó un día cuando, viendo la tele, escuché decir a una jubilada que le hubiese gustado descubrir la música mucho antes. Esa confesión me impactó, pues me pareció raro que no hubiera escuchado música cuando hay tantos medios para poder reproducir en cualquier lugar lo que a uno le venga en gana. Pero luego me di cuenta de que la mujer se refería a escuchar música en directo, concretamente en el Auditori de Barcelona. Ahí tuve que darle la razón, porque siempre he pensado que una pieza musical goza de muchos más matices cuando se escucha sin la encorsetada producción de un estudio. Pero tampoco se refería a eso. Lo que aquella mujer había descubierto era, simplemente, el SONIDO (así, en mayúsculas) de la música. Y esto mismo me ocurrió a mí hará aproximadamente un año, cuando, más que nada por curiosidad, se me ocurrió comprar dos entradas para escuchar un concierto de la Banda Municipal de Barcelona en el Auditori.
Por algún lugar he leído que la sala Pau Casals del Auditori es, en sí, un grandioso instrumento. Y no puedo estar más de acuerdo con esa afirmación. Es un magnífico instrumento ideado como una caja de resonancia perfecta para que, en su interior, otros muchos instrumentos puedan brillar como jamás lo harán en ningún otro sitio. Al menos en ningún otro sitio que yo conozca, claro. Porque, a falta de visitar el gran teatro del Liceo, he estado en el Palau de la Música, y puedo asegurar que no alcanza el grado de excelencia que ofrece la sala Pau Casals. No digo que suene mal; de hecho, la reverberación está muy conseguida para sus ornamentadas paredes. Pero puede que ese sea su gran handicap: el haber sido construido hace demasiados siglos, sin los materiales ni las técnicas adecuadas, hace que su mayor encanto sea ese estilo versallesco que desprende su arquitectura, pero no su sonido. Para mis oídos, los coros parecían densos y los vientos distorsionaban. Nada que ver con la limpieza sonora que se respira en el Auditori. Allí se escucha absolutamente todo. Hasta tal punto, que uno es capaz de oír el delicado crepitar de las partituras cuando los músicos, aún en medio de una sinfonía, se atreven a pasar sus páginas. Alucinante.
¿Quién no querría visitar tantas veces como le fuera posible un lugar así de mágico? Un lugar donde te masajean la trompa de Eustaquio (aunque suene un poco obsceno) mientras te lanzan vibraciones en forma de notas musicales para provocar cosquillas sobre tus tímpanos. Yo, si pudiera, me quedaría a vivir allí. De igual forma que lo haría en un centro de Spa, o en un cine, o en un buen restaurante. Me encanta sentirme bien tratado.
¿Que no te gusta la música clásica? Sí, eso puede suponer un problema. Porque, hasta la fecha, es el único estilo musical que puede escucharse en el Auditori. Bueno, también programan bandas sonoras y, de vez en cuando, aparece algún/a cantante para interpretar arias operísticas, pero siempre bajo el sonido de la OBC, la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña. Pero, si quieres que te diga la verdad, que toquen música clásica es lo de menos. Ya he comentado que esta actividad no trata de placer intelectual, sino de placer corporal.
Por otra parte, jamás he sido un defensor acérrimo de un estilo musical concreto. No me hace falta escarbar demasiado para encontrar canciones de cualquier estilo que me gusten, y la música clásica no es una excepción. Tener cientos de compositores disponibles, con miles de conciertos para solistas, suites, sonatas, oberturas, sinfonías, y más de trescientos años a sus espaldas, da un fondo de armario suficiente para encontrar un traje a nuestra medida. Esta temporada, por ejemplo, he disfrutado con la 9ª y 5ª Sinfonía de Beethoven, el Concierto de Aranjuez, la Obertura de Las Bodas de Fígaro y la 40ª Sinfonía de Mozart. Y aún tengo pendiente la Suite nº3 para orquesta de Johann Sebastian Bach, la Obertura de Las Hébridas y el Concierto para violín de Mendelssohn, y la 6ª Sinfonía de Chaikovsky. Ya veis que son piezas de lo más famosas y accesibles, nada parecido a complicadas o incomprensibles composiciones. También he gozado con otras muchas menos conocidas y exigentes, aunque sólo fuese sensorialmente. Porque, por muy poco que me guste una pieza, no deja de sonar de forma extraordinaria en el Auditori.
En fin, no insisto más. Sólo os animo a hacer un día una visita. Despojaos de miedos y prejuicios, y probad la experiencia. Se pueden conseguir entradas por diez euros, así que no sirve la excusa de que tienen un precio prohibitivo o de que es música para oídos sibaritas. Cuesta lo mismo que una entrada de cine.
Y si no tenéis la gran suerte de vivir cerca de el Auditori, seguro que existe un recinto similar con una orquesta competente a pocos kilómetros de vuestra casa. Incluso puede que toquen mejor que la OBC y el recinto tenga mejor sonoridad que la sala Pau Casals. Comprobadlo y me contáis.
lunes, 16 de noviembre de 2015
La emboscada
Hoy, en el trabajo, hemos acabado la faena antes de lo habitual. Este hecho a propiciado que nos dejáramos llevar por una larga y distendida charla mientras esperábamos la hora de plegar. Y hoy, también, ha sido la primera vez, en casi dos años de temas tratados, que entre los compañeros hemos comentado anécdotas de nuestro servicio militar. Yo apenas he contado nada, pues cuando no tengo un teclado delante soy más dado a escuchar que a relatar, pero he recordado que tengo una entrada pendiente sobre este asunto y en cuanto he llegado a casa me he puesto a redactar. No hay como una buena charla entre amigotes para despertar las ganas de escribir.
Antes que nada, por si alguna persona visita por primera vez estos lares y lee esta entrada, diré que este escrito puede ser considerado como la secuela de "El centinela", otro relato publicado por aquí anteriormente y que, junto con este, conforman la sección "batallitas de la mili" que abrí hace no mucho y que es muy posible que acabe finiquitando hoy. Todo dependerá de si Hollywood me compra los derechos de estas dos y demandan una nueva historieta para completar la trilogía. Pero vamos, que lo dudo mucho.
Como introducción, recordaremos brevemente lo ocurrido en "El centinela".
Durante el transcurso de unas maniobras militares enfocadas a simular una guerra entre dos bandos, me encomendaron una guardia de dos horas durante la madrugada. Al ser sorprendido, digamos que por fuerzas de la naturaleza totalmente ajenas a mí, y encima agravar la situación con mi habitual idiotez, no fui capaz de realizar un simple relevo a la hora convenida, provocando que el sargento se enfadara conmigo y me premiase con dos días de arresto, a cumplir en cuanto regresáramos al cuartel. A partir de aquí retomaré el relato.
No recuerdo si fueron dos, tres o cuatro días más tarde (tampoco pienso que sea demasiado importante) pero, a pesar de mi probada inutilidad para la guerra, fui requerido para una nueva misión.
Al sargento de la primera batería (recordemos que yo pertenecía a la segunda), quizá herido en su orgullo de militar por haber sido abatido unos días atrás, se le ocurrió organizar una emboscada para dar caza a unos pocos boinas verdes. Hasta la fecha, nuestra única dedicación había sido la de defender posiciones, con el nefasto resultado de no haber provocado ni una sola baja en el bando contrario y, por contra, de haber sufrido un número considerable en el nuestro.
Sin embargo, el sargento Rodríguez (que así se llamaba) no quería debilitar su campamento seleccionando a una decena de hombres y marchando con ellos a las montañas. Pensad que si dejaba desguarnecida a su tropa y volvían a ser derribados no sólo sería considerado el peor sargento del cuartel (que ya lo era), sino que acabaría siendo el hazmerreír de todo el regimiento. Así que echó mano de su camaradería para hablar con mi sargento y le pidió prestados unos cuantos soldados para, junto con algunos de los suyos, forma un escuadrón con el que poder llevar a cabo la emboscada.
Mi sargento, viendo que ya quedaban pocos días para finalizar la contienda y que sus hombres eran de los pocos que no habían sufrido ni un solo ataque, tampoco es que quisiera arriesgar su condición de invicto. Pero como al parecer le unía una fuerte amistad con Rodríguez, le ofreció cinco hombres; los que, a su entender, eran los peores y no servían para nada. Y entre esos cinco estaba yo, por supuesto.
Como comprenderéis, todo esto tan solo son suposiciones mías, porque, como buen repudiado que era, yo andaba haciendo labores de limpieza por el campamento sin tener la más remota idea de lo que se tramaba en el interior de una tienda de sub-oficiales. Hasta que, nada más terminar de comer, apareció mi sargento para comunicarme que había sido seleccionado, de entre todos los voluntarios presentados, para unirme al grupo del sargento Rodríguez que iba a realizar una emboscada. Y, encima, presionándome para que me personara en menos de diez minutos delante de su tienda, equipado con zapapico y poncho mimetizado, si no quería ganarme otros dos días de arresto.
Yo no recordaba haberme presentado voluntario a ninguna misión, pero ese desconcierto que mostraba no tenía ninguna importancia para mi sargento. En aquel mundo castrense donde tan bien se desenvolvía, todos y cada uno de nosotros, por el simple hecho de permanecer a sus órdenes, éramos voluntarios abnegados a cumplir sus deseos. Y uno de sus mayores anhelos era, sin duda, perderme un rato de vista. Además, mi sargento siempre fue un hombre que destilaba una gran coherencia; no paraba de decirme que sólo servía para estar escondido, así que el permanecer oculto y al acecho seguramente le parecería una tarea ideal para mí.
Me presenté puntual junto a la tienda del sargento Rodríguez y un cabo nos hizo aguardar su llegada en formación, pero fue al observar el aspecto de mis compañeros cuando empecé a sospechar que quizá no iba del todo bien pertrechado para la misión. Los dos utensilios que había mencionado mi sargento era lo único que almacenaba mi mochila. En cambio, el resto de soldados iban bien protegidos del frío con chaquetones y bragas, además de llevar una mochila a la espalda por la que asomaba una recauchutada esterilla y un saco de dormir.
Sin tener la más mínima oportunidad de aclarar mis dudas con el cabo, el sargento Rodríguez ladeó la lona que cubría su tienda e hizo acto de presencia. Saludó al pelotón con un gesto marcial, nos echó una mirada desafiante y con un escueto <<En marcha>> le dio la orden al cabo para emprender la caminata.
Lo cierto es que aquel hombre imponía. En las pocas semanas que llevaba en el cuartel nunca había cruzado palabra con él, pero su aspecto irradiaba una enorme fiereza. Medía más de metro ochenta, podía atravesarte con su severa mirada y a menudo se mesaba una barba que le procuraba un semblante realmente sanguinario. No es que fuera un gran atleta, pero vestía siempre entallado y bajo su ropa se podían adivinar unos brazos poderosos; incluso puede que estuviera algo pasado de kilos, aunque su figura dibujaba una tripa que lo situaba más cerca de la robustez que de la obesidad. Sin duda alguna pertenecía a esa clase de tipos que no querrías importunar bajo ninguna circunstancia.
Nos pasamos gran parte de la tarde ascendiendo por la montaña en completo silencio, pues el ritmo era tan intenso que a nadie se le ocurrió malgastar ni un ápice de aliento en cháchara intranscendente.
Al llegar a la cumbre, el anochecer ya empezaba a asomar. El sargento Rodríguez, siendo él quien encabezaba el pelotón y la única persona conocedora del lugar idóneo para la emboscada, detuvo la expedición y nos soltó un discurso que recuerdo muy parecido a este:
— Ceñorez —comenzó su alegato con una ridícula voz nasal—, ezte ez el enclave ezcogido para practicar la embozcada. Como ya ez tarde, lo ciguiente que haremoz cerá comer algo. Abran laz lataz y recuperen fuerzaz, porque laz nececitarán. Traz la cena noz diztribuiremoz por el terreno. Que aproveche.
No, no es que se me haya estropeado la tecla "ese". Yo me quedé igual de sorprendido que vosotros cuando escuché hablar por primera vez al sargento Rodríguez y descubrí que no sabía pronunciar esa letra. Y aquella voz de parecía haber aspirado helio... Puedo asegurar que no soy una persona que disfrute burlándose de la forma de hablar de los demás; de hecho, yo vocalizo de pena y pocas veces se me entiende a la primera. Pero lo que no pude evitar es que aquella imagen de fornido guerrero, aquella estampa de fiero vikingo que había amasado en mi cabeza durante días, se desmoronara ante mis ojos con la primera frase.
La cena no fue más que un tentempié, una ración individual de combate (no hay que olvidar que simulábamos estar en guerra) compuesta por una lata de dos calamarcitos en aceite, otra de medio melocotón en almíbar y un paquete con tres o cuatro galletas. Lo justo para matar el hambre. Llegados a este punto, y viendo lo distendida que fue la cena, ya me pude convencer de que la salida que había supuesto de unas horas se iba a convertir en una acampada nocturna. Y yo sin los enseres adecuados.
Una vez recogidos y guardados los desperdicios (no podíamos dejar sobre el terreno evidencias que alertaran al enemigo de nuestro paso), el sargento Rodríguez nos reunió para explicarnos cómo llevaríamos a cabo la emboscada. Lo primero que hizo fue sacar de su mochila la esterilla, desplegarla en el interior de un pequeño badén y poner el saco de dormir encima. Luego se revistió con el poncho mimetizado y se introdujo en el saco, dejando que los faldones del poncho camuflaran por completo el badén donde estaba metido. La intención era que el cuerpo, a excepción de la encapuchada cabeza, quedara sepultado bajo un manto mimetizado. Y lo cierto es que el resultado era muy convincente; no negaré que un tanto ridículo, pues la cabeza parecía una seta surgida del suelo, pero el cuerpo quedaba totalmente oculto.
Tras la demostración, se puso en pie y continuó con las instrucciones.
— Ezta —dijo señalando el badén— cerá mi ubicación. Ahora ce dezperdigarán en torno a ella, guardando una diztancia mínima de cinco metroz, y camuflarán zu cuerpo igual que he hecho yo.
Todos miramos en derredor durante unos segundos. Nos encontrábamos en la cima de la montaña, bajo una espesa arboleda, pero sobre todo en una planicie donde no existían más agujeros que aquel para ocultarse. Alguien, no recuerdo quién, quiso dejar patente este hecho.
— Mi sargento, no hay más badenes donde esconderse.
— Cierto —dijo el sargento, como si no lo supiera ya— Pero zomoz zoldadoz, y zi el terreno no acompaña a nueztro propócito, lo modificamoz. Azí que cojan loz zapapicoz y conztrúyance zu propio badén.
De esta forma empezamos todos, menos por supuesto el sargento, a cavar.
Por suerte veníamos de unos días en los que una fina lluvia nos había acompañado de forma intermitente. Esto propició un suelo algo más blando de lo normal para que no hiciera falta deslomarse a picazos, aunque igualmente fue una tarea cansada que nos llevó un buen rato y sudamos la gota gorda. Pronto empecé a darme cuenta de que cuanto más hondo hacía el badén, más embarrado lo dejaba. A nadie parecía importarle este pequeño detalle, pero no debemos olvidar que mis compañeros portaban en sus mochilas una esterilla y un saco de dormir que les resguardaría de la humedad, y yo no. Mi preocupación crecía por momentos.
Para cuando acabamos el maldito socavón ya era de noche. El sargento Rodríguez organizó unas guardias muy cortas, de tan solo media hora, pues contaba con tantos soldados que no vio necesario castigar a cuatro de nosotros con dos interminables horas de desvelo. Si repartía el tiempo entre los presentes apenas supondría una pequeña molestia para cada uno. Y la verdad es que todos lo agradecimos.
Ahora mismo no recuerdo haber informado al sargento Rodríguez sobre mi escasez de equipo. Creo que no. De todas formas, si llegué a hacerlo le importó un pimiento, porque acabé en una zanja igual de húmeda que la de mis compañeros. Pero sin esterilla ni saco, claro. Como ya me veía retozando en el fango, se me ocurrió fabricar en su interior un lecho natural con la hojarasca esparcida por el suelo. No fue de mucha ayuda, pero al menos me acosté sobre algo más seco y mullido que aquella argamasa de grava y tierra empapada.
Una vez instalados y camuflados en nuestros respectivos agujeros, el sargento aprovechó para darnos las últimas instrucciones.
— Duerman con zuz fucilez ciempre a mano y, zobre todo, no hagan el menor ruido. El éxito de la mición depende de lo cigilozoz que ceamoz, azí que todoz calladitoz. Uzted, Munuera. —dijo mirando a la cabeza del soldado que sobresalía del suelo a su derecha— Uzted cerá quien efectúe la primera guardia. Dé la alarma ci ve acercarce al enemigo y mantenga a la tropa en completo cilencio. No quiero oír ni una mozca, ¿entendido?
— Sí, mi sargento —contestó Munuera.
Y así estuvimos durante unos instantes, envueltos en un silencio apenas quebrado por los tenues crujidos de los ponchos cada vez que nos acomodábamos. Pero he de admitir que al final, una vez colocados todos en la postura idónea, el ambiente quedó embargado de un mutismo perfecto. Parecía que allí no había nadie.
En menos de cinco minutos comencé a tener frío. Hasta al momento, supongo yo que por haber mantenido mis músculos ocupados con el dichoso badén, no había notado la bajada de temperaturas que trajo consigo la noche, pero en cuanto estuve un rato quieto empezaron los escalofríos. Y encima, para colmo de mis males, empezó a calar la humedad a través de mi nido de hojas.
Tumbado boca arriba, en un ambiente cada vez más fresco, con pantalones y camisa mojados por su parte trasera, miré a mis compañeros y no pude evitar echar de menos a mi acogedora tienda de campaña. Allí había dejado abandonado al saco, la esterilla y una manta de repuesto que, de haber sabido que era una acampada nocturna a ras de cielo, con toda seguridad me hubiera traído a la emboscada. Además, la estampa era surrealista. Ya llevaba días con la sensación de no saber que pintaba yo en el ejército, pero pasar una noche en la cumbre de una montaña, metido en un hoyo y rodeado de cabezas brotando del suelo, no hizo más que incrementar mi desazón.
Otra vez, como ocurriera en "El centinela", volvía a invadirme ese más que deshonroso deseo de querer ser abatido por el enemigo. Sería una muerte simulada, eso por descontado, pero no veía otra forma de acabar con la misión para volver al cobijo de mi tienda.
De pronto, empecé a escuchar una respiración fuerte que, poco a poco, subía en intensidad. Intenté observar a mis compañeros para adivinar de quién provenía ese resuello, pero, entre que la noche era cada vez más cerrada y que todos íbamos encapuchados, no fui capaz de distinguir a los que dormían de los que no. En pocos segundos, la respiración pasó de ser un mero soplido a un ronroneo gutural, que, a su vez, fue transformándose en escandalosos ronquidos.
A pesar de las incomodidades y el frío, al menos había una persona durmiendo a pierna suelta. Por un lado sentí un poco de envidia, pero pronto recordé las últimas instrucciones del sargento Rodríguez y me alegré de no ser yo quien armara semejante follón. No quería seguir sumando jornadas de arresto en mi casillero, pero si Munuera no conseguía atajar esos ronquidos estaba seguro de que a alguien le acabarían cayendo. Lo cierto es que ya llevaba un rato en marcha la sinfonía y el encargado de mantener el orden aún no había intervenido. Eso me extrañó un poco.
— Mi sargento... —se escuchó susurrar a Munuera.
Por fin, ya era hora. Aunque pensé que, antes de dar aviso, podría haber intentado aplacar ese escándalo despertando al fuelle humano. Chivarse directamente al sargento me pareció una enorme falta de compañerismo.
— Mi sargento... —insistió Munuera con algo más de energía.
— ¿Eing...? grrr, ¿eh...? ¿Qué... qué paza? —contestó despertando de golpe y cortando de esta forma todos los ruidos.
¡La madre que lo parió! ¡El autor de los ronquidos era el propio sargento!
— Mi sargento, está usted roncando. —informó Munuera en voz baja.
— ¿Eh...? ¿Ah, zí? ¿Ceguro?
— Sí. Y lo está haciendo demasiado alto —dijo con mucho tacto, por no soltarle que parecía el motor de una Harley al ralentí.
— Ah, bien, bien. Buen trabajo Munuera, procuraré no volver a hacerlo.
Y, acto seguido, volvió el silencio.
Pero, como era de esperar, no pasaron ni dos minutos cuando volvió a la carga con aquellos resoplidos. De verdad que parecía un caballo encabritado. Y luego afloraron de su garganta los mismos ronquidos que tan bien había demostrado interpretar. Aunque esta vez se escucharon un poco más fuerte.
Vale, aquí ya empecé a preocuparme. Es cierto que no me importaba que el enemigo pudiera deducir nuestra posición con los ojos cerrados. Incluso rezaba porque así fuera. Pero me dio por pensar que, al detectar aquellos acompasados mugidos, podría acercarse un oso, o vete a saber tu qué clase de bestia, creyendo escuchar a una hembra en celo. Y no me hubiera hecho ninguna gracia toparme con un bicho de esos sexualmente frustrado, mientras admiraba el huerto de cabezas que una decena de gilipollas habían plantado en el suelo. Llamadme pesimista, pero no era capaz de imaginar un final feliz para aquella situación.
Por suerte, allí estaba el soldado Munuera para impedirlo.
— Mi sargento...—se escuchó susurrar de nuevo a Munuera.— ¡Mi sargento!
— Grrflg, ¡¿eh?!... ¿Qué... Qué paza? —contestó sobresaltado.
— Otra vez, está roncando otra vez —notificó Munuera.
— ¡Oh!, genial, bien —dijo con un deje de ironía— Entoncez cerá mejor que cambie de poztura, ¿no le parece?
— Sí, mi sargento —convino Munuera— También creo que será lo mejor.
Escuché el crujir de su poncho mientras el sargento Rodríguez se retorcía en el badén, a la búsqueda de una posición que evitara esos gruñidos inhumanos. Pero pronto quedó claro que la única postura adecuada para llevar a cabo tal cometido sería colocarse boca abajo, con la cara enterrada un palmo bajo el suelo y, a ser posible, dejando de respirar. Desgraciadamente, no fue la opción escogida por el sargento, así que, tras dos largos suspiros, volvieron los ronquidos. Y con unos decibelios que ni un grito a garganta pelada podrían superar.
— Mi sargento...
— Grrffgl... ¿Qué? —contestó secamente. Al parecer ahora lo había pillado con el sueño más ligero.
— Nada... —dijo Munuera, algo acobardado— Que continúa roncando.
— ¿Eztá ceguro que zoy yo zolo?, porque aquí zomoz muchoz y no veo que dezpierte a nadie máz...
— Sí, mi sargento, le aseguro que es usted el único que pone en peligro la emboscada.
— Vale, de acuerdo. —zanjó el sargento.
Y volvió el silencio. Al menos durante dos minutos.
Los siguientes ronquidos comenzaron sin previo aviso, como si un Tiranosaurio Rex hubiese despertado con un hambre feroz tras pasar los últimos sesenta y cinco millones de años hibernando. Incluso empezaba a dar miedo. Pero un soldado tan obcecado en su tarea como era Munuera, no iba a dejarse amedrentar por una fiera surgida del inframundo.
— Mi sargento... ¡Mi sargento!
— ¡Oztia puta, Munuera! ¡¿Pero quiere dejar ya de tocarme loz cojonez?! ¡Olvídece de mí!, porque le aceguro que como vuelva a dezpertarme le quito el zaco, el poncho, la ropa y lo mando ladera abajo en pelotaz para darme el placer de ver cómo el enemigo lo fucila. ¡¿Entendido?!
Munuera contestó con un escueto <<Sí, mi sargento>> y no volvimos a escucharlo en toda la noche. Ni a él ni al resto de la tropa. Lo que sí oímos fue al sargento Rodríguez roncando sin parar, como si no existiera un mañana. Y puede que no me creáis, pero lo que le dejó hacer Munuera era tan sólo un aperitivo de sus inabarcables facultades para roncar.
Yo por mi parte no pude pegar ojo en toda la noche. El frío que me atenazaba, junto a la insufrible serenata del sargento, se encargaron de que así fuera. Recuerdo un fragmento en especial, allá sobre las cuatro de la madrugada, donde los ronquidos se acompasaron con el eco que ellos mismos producían sobre las montañas para lograr un sonido estereofónico que jamás he vuelto a experimentar. No, al menos, en un ronquido. Casi estuve a punto de considerar al sargento Rodríguez como un verdadero artista en su faceta de roncador.
No negaré que lo pasara mal, pero creo que lo mío no fue para tanto si lo comparamos con el sufrimiento del sargento. Porque aquella noche entendí que pasar frío y escuchar durante horas a una morsa no es equiparable a conciliar el sueño y ser despertado a los dos minutos. Una y otra vez. Esa es la forma más bestia de freír el cerebro a una persona, digna, sin lugar a dudas, de encabezar los mejores manuales chinos sobre torturas.
Podría haber inventado un giro inesperado para acabar con la narración, pero entonces esta entrada dejaría de ser una anécdota para pasar a ser un cuento, así que no lo he hecho. Pero concluiré aclarando que por allí no apareció nadie. Ni enemigos, ni osos, ni ningún científico chalado confundiendo a nuestro sargento con el Yeti. Eso sí, en mi mente quedó grabada la jornada como una de las noches militares más absurdas que he pasado en mi vida. Quizá a la altura de la Noche Vieja en la que me destinaron a cubrir una serie de guardias dentro de la cárcel militar. Otro de los regalitos que me tenía guardado mi estimado sargento. Y eso que estuvo a punto de mandarme cuatro meses a una isla semi desierta, pero no pudo porque...
Uy, me parece que esto es otra historia. Mejor será que la deje para cuando reciba la llamada de Hollywood.
sábado, 8 de agosto de 2015
El centinela
Hoy me apetece contar una anécdota. Pero no una de esas historias cotidianas que suelen suceder cualquier día de la semana, no. Me refiero a esa clase de episodios que, por algún misterioso proceso químico en el cerebro, quedan grabados en la mente de forma indeleble. Y para eso tengo que escarbar en el pasado, porque, cuanto más antiguo es un hecho, más me gusta contarlo. Seguramente se deba a que disfruto dando forma a todas aquellas partes que no logro rescatar de mi memoria. Igual que un buceo da para lo que uno es capaz de aguantar la respiración, un recuerdo alcanza sólo para lo que ha quedado esculpido en la mente. Aunque, en definitiva, los dos representen un pequeño viaje a las profundidades. Pero mejor me dejo de ilustraciones baratas y me pongo a narrar.
Todo empezó hace veinte años, cuando yo tenía diecinueve. ¿Sabéis cual era la principal preocupación de un chico de mi edad por aquel entonces? Puede que no lo recordéis; incluso es posible, según lo jóvenes que seáis, que no tengáis ni idea. La respuesta es sencilla: estar pendiente de cumplir con el servicio militar obligatorio. O, en caso de ser objetor de conciencia, con los servicios sociales que los sustituían. A mí, como buen pasota que era (y soy), me daba igual hacer una cosa que la otra. Pero como era más pesado rellenar instancias y esperar a que les apeteciera asignarme una labor, decidí presentarme a la llamada a filas y acabar en nueve meses (ocho, si tenemos en cuenta que uno pertenecía a las vacaciones) con todas las obligaciones con y para el estado. Así fue como acabé disfrazado de artillero en un cuartel de Palma de Mallorca, sin saber muy bien qué pintaba allí.
Ya está, pensaréis. Ya llegó ese maldito día en el que este pesado empieza a contar batallitas de la "mili" que aburren, que no tienen gracia alguna y que no interesan a nadie excepto a quienes las protagonizaron. Y, en cierto modo, tendréis razón. Pero, si no tenéis otra cosa mejor que hacer (y haber llegado hasta aquí, leyendo, me hace sospechar que no), dadme una oportunidad para que os cuente esta especie de fábula. No puedo prometeros una historia fantástica, pero lo que sí aseguro es un suceso peculiar. O igual no, ya veremos.
Pues estaba yo en Mallorca, vestido todo de verde e inmerso en unas maniobras militares. ¿Que qué son unas maniobras militares? Muy sencillo: básicamente una excursión. Una acampada de una semana, en el campo o en la playa, donde se intenta hacer ver que estamos en medio de un conflicto bélico. Vamos, lo que se viene denominando "jugar a la guerra". Aunque estas maniobras eran un tanto especiales, pues en ellas participaban todos los cuarteles de la isla. Para que la contienda fuese más realista, se habían creado dos bandos que debían enfrentarse entre sí. Por un lado las COE (Compañía de Operaciones Especiales) o boinas verdes, que son la élite de nuestras fuerzas armadas. Y por el otro el resto, que éramos muchos más, principalmente infantería y artillería, pero en teoría menos preparados. El escenario escogido para la ocasión era el Puig Major, un enclave de alta montaña precioso, con un lago artificial creado por una presa, sobre la que recibimos órdenes específicas de defender día y noche.
Y en una de esas noches me encontraba yo.
Solo.
Haciendo una guardia de tres a cinco de la madrugada.
Si tenemos en cuenta que las guardias se producen entre las once de la noche y las siete del día posterior, y que siempre se alargan durante dos horas, estaremos de acuerdo en que el segundo y tercer turno, que era precisamente el que me traía entre manos, son los más engorrosos. Porque con el primero es, sencillamente, como si trasnocharas, y hacer el cuarto es igual que pegarse un buen madrugón. Pero eso de interrumpir el sueño para salir a pasear un rato, sin hacer nada y volver a acostarse, es uno de los mayores incordios que puede sufrir uno en el servicio militar. Pero era lo que tocaba. Y no me podía quejar.
Observé la hora en las agujas de mi reloj. Las tres y diez, y una aburrida noche por delante. No era mi primera guardia (ni, desgraciadamente, fue la última) y pensé que, mirándolo bien, tenía la suerte de estar al aire libre y no encerrado en un cuartel, que es como suelen hacerse todas las guardias. De toda la vida me he sentido más atraído por la montaña que por el mar y, como ya he comentado antes, el lugar era espectacular. Tres cimas de escasa vegetación y mucha roca suelta rodeaban el lago. Desde mi punto de vista, una a cada lado de la presa y una tercera más atrás, tras la quietud de sus aguas. Todo iluminado por el suave brillo de una luna que parecía situada en el lugar preciso para disfrutar de su reflejo en el estanque. El silencio de la naturaleza lo inundaba todo, quebrado tan solo por el sonido lejano de unos cencerros que colgaban del pescuezo de unas asilvestradas cabras que poblaban los riscos. La temperatura era ideal para la gruesa ropa mimetizada que vestía, y poder disfrutar de la vía láctea sobre mi cabeza era un festín inesperado para un despistado contador de estrellas como yo.
Tras dar un par de paseos taciturnos hacia el centro de la presa y volver, comprobando que no había nada que alterara mi idílica soledad, me senté en el suelo, y me dispuse a disfrutar de la estupenda panorámica mientras esperaba la hora de dar el relevo. La misión consistía en salvaguardar el lado de la presa que yo custodiaba, así que tampoco podía alejarme demasiado de la vera de la montaña.
A decir verdad, me importaba un pimiento la guardia. Por mí como si nos atacaban las COE, los marines americanos o nos invadían los marcianos. Es más, si nos cercaba un batallón enemigo y nos llenaban el campamento de mochilas que simulaban ser bombas, aún gozaríamos de un día de descanso por ser abatidos. Eso mismo era lo que le había ocurrido a la primera batería anti-aérea el día anterior (yo pertenecía a la segunda) y no sufrieron consecuencia alguna. Salvo holgazanear veinticuatro horas. Desear mi propia muerte, durante las maniobras, era una muestra más de la poca implicación que sentía hacia las fuerzas armadas.
Pero aquella noche no pasaba nada.
Nada de nada.
Como ya llevaba un buen rato disfrutando de la más absoluta nadería, se me ocurrió mirar el reloj para saber cuánto más debía resistir el exasperante sopor. Y, sorprendentemente, no pude ver nada. Para ser más exactos diré que distinguí un borrón de plástico oscuro que se mantenía enganchado a mi muñeca izquierda, aunque fui incapaz de hallar las agujas, y mucho menos los números, en esa mancha tan oscura. Pero es que ni colocándola a un palmo de mi nariz.
Por lo pronto me extrañé. ¿Cómo era posible que no viera la hora cuando hacía unos minutos reconocía hasta el segundero? ¿Podían haber sido maldecidos mis ojos, de forma espontánea y por caprichos del universo, con tres o cuatro dioptrías de golpe? Por mucho que me esforzaba, no lo entendía. Hasta que, ya desesperado, alcé la vista al cielo y me percaté de que, ¡ops!, ya no estaba. La diosa de las mareas había desaparecido. Entonces lo vi claro. Bueno, la verdad es que lo veía todo igual de oscuro, pero comprendí que, faltando la Luna en el firmamento, ni mil millones de soles (o estrellas, que tanto da) brillando desde galaxias lejanas darían para alumbrar las manecillas de mi reloj.
¿Y dónde había ido a para la Luna? Porque hacía un momento estaba ahí, enfocando con su luz sobre un cielo raso y estrellado. Mis ojos no daban crédito.
Como podéis comprobar, por aquel entonces yo era un chaval muy inocente. Lo era entonces y lo continúo siendo ahora. Si hay una cualidad en mí que nunca cambiaría es lo ingenuo que puedo llegar a ser. Con esta filosofía consigo que la vida me sorprenda a diario, que me deje maravillado. Aunque en esta ocasión, y vistas las circunstancias del relato, más bien quedé horrorizado.
Imagino que ya sabéis qué misterio lleva a que la Luna desaparezca así, de sopetón y sin avisar. Pero de todas formas, por si, tal como sucedió conmigo hace veinte años, jamás os habéis parado a pensarlo, lo explico en un santiamén. Yo guardaba el convencimiento, adquirido desde mi más tierna infancia, de que la Luna iba tan ligada a la noche como el Sol lo estaba al día, pero realmente no es así. Aquí el único que marca el tempo es el Sol, anunciando el día con su salida y provocando la noche con su ausencia. La Luna, en cambio, pasea por libre, aunque siempre dentro de su calendario, pero no se ciñe al día y la noche para marcharse o aparecer. Tan pronto se puede ver de día como despedirse durante la noche. O al revés. Y, si coincide su salida con la oscuridad, no tiene porqué estar visible hasta que amanezca. Sí, ya sé que se trata de una explicación muy simple e inexacta, pero creo que suficiente para entendernos, porque no voy a liarme con tecnicismos ni ciclos lunares a estas alturas de relato. Así que, medio aclarado el tema, mejor lo retomo por donde lo había dejado.
La Luna se había esfumado, eso seguro. Cansada de que no sucediera nada, como lo estaba yo, decidió marcharse sin tan siquiera despedirse. Por un momento me enfadé. Conmigo mismo por no haber previsto la situación y con ella por traicionarme de esa forma. Sin Luna, sin linterna y sin una mísera cerilla o mechero a mano (jamás he fumado), procuré girar mi muñeca en todas direcciones para encontrar, al menos, algo de luz en la naturaleza. Pero nada. Todo era inútil. Ni una mísera luciérnaga.
Cuando ya pensaba que nada podría empeorar mi guardia, y con la certeza de que acabaría arrestado por no dar el relevo a la hora pactada, ocurrió algo que me desconcertó aún más. No sé si fue por quedarme prácticamente ciego o tuvo algo que ver la desesperación del momento, pero noté una extraña sensación, cómo si de pronto agudizara los sentidos. Y creí percibir, bajo aquellos sonidos de cencerro que no habían dejado de acompañarme durante toda la noche, a uno que destacaba sobre el resto. Me levanté del suelo y me dirigí con cuidado, casi a tientas, hacía el extremo de la presa donde se escuchaba ese tañido. Dejándome guiar más por la curiosidad que por el deber, paré mi andadura a cierta distancia del repecho y miré hacia la cima. Como era de esperar, no vi nada raro. Aunque tampoco nada normal. De hecho, estaba tan oscuro que no veía nada. Apenas la silueta del monte dibujada en el cielo punteado de estrellas. Sobre su manto se cernía la más inmensa de las negruras. Sin embargo, volví a escuchar el sonido del cencerro. Como si un solista quisiera resaltar su melodía por encima del resto de la banda. Esta vez más cerca. Me pareció extraño que se tratara de una cabra abandonando a sus semejantes, pues llevábamos dos días dando vueltas por allí y a ninguna se le había ocurrido acercarse a nosotros.
Otro repiqueteo. Aún más próximo. Sí, ya no había dudas, algo que portaba un cencerro bajaba por la ladera del monte.
En los días anteriores habíamos sido aleccionados sobre los grandes recursos utilizados por nuestro enemigo en el combate. Así que era posible, pensé, que se tratara de un boina verde (o dos, vete tú a saber) haciéndose pasar por una cabra para adentrarse en nuestras líneas. Mi sargento había insistido en que las COE eran capaces de hacer cualquier cosa para culminar una misión, así que camuflarse entre un rebaño de cabras silvestres se me antojó que podría tratarse de una buena táctica. Puede que un poco rara, sí, pero al fin y al cabo ingeniosa.
Entonces se me ocurrió una idea. Podría librarme del arresto, ese que me caería por no dar el relevo a la hora convenida, con una captura. Tampoco tenía que pelearme con nadie, con dar el alto y descubrir la treta del enemigo sería suficiente para que se entregara. O al menos eso era lo pactado al principio de las maniobras.
Decidí acercarme sin hacer ruido. Paso a paso, con cautela, como el que pisa un puente a punto de desmoronarse. Yo no podía ver nada, pero era igual de cierto que mi enemigo tampoco podía verme a mí. Con la jugada desvelada tenía la ventaja de conocer su posición en todo momento gracias a su estridente cencerro, así que me planté justo delante de la trayectoria que seguía el sonido y me quedé muy quieto, al acecho de mi presa.
Una sombra difusa se dirigía hacia a mí sin vacilar, con la determinación de quien sabe exactamente a donde va. No podía calcular si era una persona, dos o un elefante, pero me daba igual. Lo tenía controlado. Tan pronto lo tuve a diez metros le di el alto y esperé su rendición.
Nada. Ni caso. Seguía avanzando de forma inapelable.
Llegados a este punto, me asusté. ¿Y si no era una persona y se trataba de un animal? No podía distinguir nada, pero la sombra seguía creciendo a medida que el bicho, o lo que fuera, se aproximaba. No podía concretar su forma, aunque su volumen iba en aumento. Unos segundos más tarde, su tamaño era ya monstruoso. Y el cencerro sonando, como un tren de mercancías avisando de que no iba a parar.
Juro que lo tenía a tres metros y su velocidad era la misma. No había frenado ni un ápice su marcha, como una apisonadora. Era inmenso, inabarcable. No era una persona, ¡no podía ser una persona! Y se me echaba encima.
El pánico se apoderó de mí y me paralizó.
La negrura de ese ser estaba tan cerca que lo llenaba todo. Si no se detenía me iba a atravesar. Me tragaría en su oscuridad y desaparecería para siempre. El cencerro sonaba tan fuerte que me dejaba sin aliento, como si unas campanas doblaran por mi trágico final.
De golpe, cuando ya me encontraba caído de culo y sólo cabía esperar la muerte, todo terminó. Aunque, más que de golpe, fue por el golpe.
Ese ser, que resultó ser una cabra, se espachurró contra la verja que cercaba la presa y salió en estampida por donde había venido, hacia la cima. Una verja, por cierto, que ni ella ni yo habíamos visto pese a estar situada a escasos centímetros de mi cara. ¿Qué sentido tenía, a parte de para darme un susto de muerte, que esa cabra bajara de la montaña para tragarse la valla ante mis narices? Ninguno. Sólo fue un hecho más, como tantos otros sucesos extraños que acontecen a lo largo de una vida.
Yo estaba en el suelo, con los ojos fuera de las órbitas y el corazón desbocado. Tardé al menos medio minuto en reponerme. Cuando fui capaz de incorporarme me dirigí sin pensarlo hacia el puesto de relevos, y me daba igual la hora que fuese. Para mí, la guardia había terminado. Demasiados sobresaltos para una noche.
Al llegar no hizo falta despertar al nuevo centinela ni al sargento. Llevaban quince minutos esperándome y ya se temían lo peor. O sea, que me hubiese fulminado el enemigo y que toda la presa estuviera infestada de bombas. Sólo les expliqué el problema que tuve con mi reloj, guardándome para mí, y ahora para vosotros, la cita a ciegas que protagonicé con la cabra. Así fue como me gané una reprimenda y los dos primeros días de arresto, de un total de seis, que cumplí al finalizar las maniobras. Nada que no me esperara.
Lo cierto es que fueron unas maniobras muy movidas. También recuerdo cuando fui reclutado, dos días después, para realizar la emboscada más surrealista que os podáis imaginar. Pero... espera un momento. Esto ya es otra historia. ¿Será posible? Aquí está la prueba irrefutable de que, cuando un hombre empieza a contar batallitas de la mili, luego ya no hay quien lo pare. Así que, si os parece bien, mejor lo dejamos para otro día. Siempre y cuando os haya gustado esta, claro.
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