domingo, 12 de julio de 2015

El hallazgo



     Hacía dos días que el paleontólogo Charles Zhickarius, la mayor eminencia  sobre el Paleolítico superior, había regresado a su laboratorio de Londres para practicar unas pruebas al estómago del hombre momificado desenterrado en Somalia, la cuna del Homo Sapiens. Sobre los primeros análisis efectuados a pie de excavación no se albergaban dudas: existían trazas de ADN humano entre los alimentos digeridos. Sólo con aparatos más sofisticados se podría determinar a qué zonas del cuerpo pertenecían esos restos.

     Como buen científico, Charles ya había publicado una teoría que, aún sin su consentimiento, fue divulgada en revistas especializadas y traducida a quince idiomas. No le importaba. En cuanto aparecieran los resultados podría completar su tesis y acabaría dando por buena esa conjetura que acusaba a nuestros antepasados de caníbales. Hipótesis que él mismo había defendido en multitud de convenciones.

     95%...

     98%...

     100%

     El Dr. Zhickarius clavó la vista sobre los datos aparecidos en la pantalla de su ordenador. Durante un buen rato.

      — Y bien, Doctor —interrumpió, al fin, su ayudante.

     Charles lo miró de soslayo, sin decir palabra, con el ceño fruncido, pensando hasta qué punto se podría considerar canibalismo, o una broma pesada perpetrada entre aborígenes ancestrales, el aderezar la comida con mocos.


jueves, 2 de julio de 2015

El Idiota


Hoy, tras año y medio formando parte de una empresa donde trabajo ocho horas diarias todos los días laborables, me apetece hablar de mis compañeros. Más bien de uno en concreto que, por mantenerlo en el anonimato, lo denominaré "El Idiota". Así, en mayúsculas, como si fuera su verdadero nombre o un título nobiliario. Bueno, lo haré por mantener la incógnita y porque, sinceramente, creo que llamarlo idiota le define con exactitud.

Yo ya lo venía sospechando desde hace tiempo, pero soy una persona tan escéptica con los prejuicios hacia los demás que no me he atrevido a asegurarlo hasta pasado más de un año. Siempre pienso que existe, de alguna forma, una razón coherente para que alguien se comporte de un modo tan irracional. Por eso mismo nunca afirmo que alguien sea idiota y pienso que es más correcto decir que una persona "parece idiota" o "se hace el idiota". Yo mismo puedo parecerlo en algún momento. De hecho, todos podemos ser confundidos por uno a lo largo de nuestra vida, pero asegurar que es una característica innata que te retrata... eso sólo lo ha logrado El Idiota de mi trabajo. Y lo digo sin acritud, consciente de poder sumarle otros descalificativos que aliviaran mi supuesta ira, pero que no utilizaré, sencillamente, porque no estoy cabreado con él. Como mucho comentaré que, al igual que mencionamos los signos del zodiaco diciendo que una persona puede ser Piscis ascendente de Escorpio para especificar su carácter, ilustraré su gilipollez asegurando que este hombre es Idiota ascendente de Imbécil. Y no me extenderé más.

Aunque ya que estamos metidos en faena, y para poneos en situación, no me privaré de enumerar las diferentes "virtudes" que hacen de este hombre ser quien es.

Para empezar, puede que el abandono que destila este individuo sea el más andrajoso que hayan visto jamás mis ojos. Hace catorce meses, cuando yo entré a trabajar en la empresa, vi al Idiota con el pelo corto y recién afeitado. Desde entonces, aún sigo esperando a que se deje trasquilar. Así que su aspecto anda ahora mismo entre un Jesucristo pordiosero y Casimiro, ese personaje de dibujos animados que en mis tardes de televisión infantil mandaba lavarse los dientes antes de acostarse.



En una ocasión pregunté a mis compañeros que para qué fechas, según las costumbres del Idiota, se esperaba la época de poda. Y me respondieron que para nunca. Yo protesté porque, como he comentado antes, recordaba haber tenido la discutible suerte de ver a ese hombre mínimamente acicalado. Ahí tuvieron que darme la razón, pero me aclararon que no fue por voluntad propia, sino por intervención de la jefa, que bajó de la oficina expresamente para pedirle, por favor, que se arreglara ante la visita anual de un importante cliente. Para este año, y muy a nuestro pesar, sencillamente han solucionado el tema dándole un día de fiesta. Lástima.

A mí no me importaría para nada su pinta de Neanderthal si al menos se duchara de vez en cuando. Con esa falta de higiene logra que no nos acercamos mucho a su puesto de trabajo... Bueno, a decir verdad ni nosotros ni ninguna alimaña que pueda habitar por los alrededores del recinto. Pero es muy triste observar ese frasco de ambientador que mantienen encima de la mesa las chicas de la oficina. Sólo lo utilizan para tratar de enmascarar los efluvios corporales que desprende El Idiota cada vez que entra a pedir unas etiquetas. Y creedme cuando os digo que no les sirve de mucho.

Una noche, durante los primeros meses porque ahora no me atrevería, coincidimos en el horario de salida y me ofrecí, ingenuo de mí, para llevarle a casa. Puede que no me creáis, pero no tuve más remedio que conducir los diez minutos de trayecto con las ventanillas bajadas. Y eso que yo también llevo un eficiente y discreto ambientador colgando del retrovisor. Pero creo recordar que aquella noche acabé escuchándolo sollozar, seguramente de impotencia, ante semejante hedor.

Porque esa es otra. El muy Idiota viene andando todos los días al trabajo. Doce kilómetros de ida y otros doce de vuelta. Lo sé porque miré el cuenta kilómetros la noche que lo acerqué a su casa. Dicen que un humano alcanza, de promedio, los cinco kilómetros por hora andando. O sea que le calculo, entre ida y vuelta, unas cinco horas de viaje. Si a eso sumamos su incomprensible manía (porque hay toros y carretillas eléctricas para evitarlo) de patearse el almacén de arriba a abajo durante las ocho horas de trabajo... Pues no sé cual será el resultado, pero seguro que supera con creces cualquier jornada maratoniana que haya protagonizado Forrest Gump.

¿Pero ser un guarro, un dejado y un amante de los paseos largos te convierte necesariamente en un idiota? Por supuesto que no. Por eso añadiré, a todo este dechado de miserias, otras prácticas que le hacen alcanzar tal honor.

Por lo pronto mencionaré su falta total de educación. Pasaré por alto que nunca salude o se despida; al fin y al cabo no necesito que me diga cuando llega o cuando se va. Con verlo o no verlo me basta, y hasta agradezco que no me dirija la palabra. Lo que sí que le exigiría es un mínimo de respeto, porque jamás abre la boca a no ser que hagas algo de manera que él considere inadecuada. En esos casos te grita que eres un inútil o un incompetente (por decirlo con suavidad) y te manda a freír pimientos sin tan siquiera decirte cómo le hubiera gustado que lo hicieras. Aunque lo más tonto, lo más absurdo de todo, es esa tremenda habilidad que atesora para ponerse en contra a todo ser vivo que trabaje allí. Hasta hace unas semanas sólo había un encargado que lo tolerara. Y os puedo asegurar que no se trataba de una relación demasiado estrecha, solamente lo ignoraba y le dejaba hacer y deshacer lo que quisiera. Pues también logró sacarlo de sus casillas. Y es que no hay persona en el mundo que se resista al mal humor del Idiota. Tiene ese don.

Me pregunto si habrá un personaje similar en cada trabajo. Por el bien de la humanidad, espero que no. Aunque yo apostaría a que podríamos encontrar en cada empresa, al menos a un trabajador que ocupe ese rol de persona menos valorada por sus compañeros. No a la altura de nuestro Idiota, eso por supuesto, pero sí como cuerpo extraño que no encaja en la convivencia. Incluso podríamos ser cualquiera de nosotros.

Yo ya les tengo dicho a mis compañeros que el día que me comporte de forma parecida me digan a la cara, porque a lo mejor no me estoy dando cuenta, que soy un idiota. Uno siempre está a tiempo de rectificar. Puede que sea eso lo que le sucede al Idiota, que nadie le ha dicho que lo es. No sé, igual me animo y se lo comento en su próxima ofensa.

lunes, 22 de junio de 2015

Matar a una persona


Hay una pregunta que todos, algunos más veces que otros, nos hemos hecho durante esa etapa de observación y aprendizaje que es nuestra niñez: ¿cómo se saca provecho a la vida? Lógicamente, lo principal sería tratar de mantenerse vivo cuantos más años mejor. A partir de aquí, es indudable que se vive a través de las experiencias, y el dilema está en que existen tantas formas de afrontarlas como personas hay en el mundo. 

Hoy, sacando a relucir esa ingenua ignorancia que me caracteriza, seré osado y, por simplificar, colocaré a todo el mundo en dos grandes grupos. Por un lado los que se esfuerzan en acumular el mayor número de vivencias; y por otro los que no se preocupan por la cantidad y se dedican a exprimir unas pocas. Puede que lo más coherente, como casi todo en esta vida, fuese alcanzar un grado de equilibrio entre las dos opciones. Pero igual que sabemos que los seres humanos somos capaces de tomar multitud de caminos, hemos de admitir que pocos de ellos tienen algo que ver con la coherencia. Por si os interesa, creo que yo soy más de centrarme en unas pocas vivencias que no de ir por el mundo queriendo hacer de todo. Más que nada porque no pienso que cualquier práctica me sirva.

Esta reflexión me viene dada por una entrevista que vi hace unos días en la televisión, donde un periodista pululaba por un pueblo del interior de Cataluña. Era esa clase de pueblos donde da la sensación que jamás fueron tocados por el progreso y que, a pesar de ello, desprenden sabiduría desde cualquier mínima grieta de su adoquinadas y retorcidas calles. El reportero en cuestión, asaltando a sus habitantes con un tono más grosero que gracioso, se topó con un abuelo al que quiso acribillarle a preguntas supuestamente existenciales. Viendo que se trataba de una persona muy mayor, se atrevió a soltarle que qué le quedaba por hacer en esta vida. El abuelo, con toda la tranquilidad del mundo, le dijo que precisamente había estado pensando sobre ello en estos últimos días, y que había llegado a la conclusión que le gustaría, antes de acabar su existencia, saber qué se siente al matar a alguien. Lo más sorprendente de esta declaración es que fue dicha, siempre que el abuelo dijera la verdad, tras haber sido profundamente meditada. Sin dejarse llevar por instintos animales ni sentimientos de odio o venganza que aboquen a la violencia.

Ni que decir tiene que al entrevistador se le esfumó de la cara esa sonrisa medio burlona que utilizaba para menospreciar al respetable, y lo primero que hizo fue asegurarse de que el abuelo no llevara en sus manos algún arma o cualquier otro utensilio con el que consumar su deseo. Por suerte para él, el episodio acabó en el mero chascarrillo. Pero no quedó del todo claro si fue víctima de una broma o si realmente hablaba en serio ese hombre.

¿De verdad que alguien sería capaz de liquidar a otra persona sólo por acumular esa experiencia? Si todos hiciéramos lo mismo acabaría por extinguirse la humanidad... ¿Pero vale tan poco una vida humana como para finiquitarla por curiosidad? Puede que así sea, porque tampoco es que les prestemos demasiada atención. El otro día, sin ir más lejos, me quedé atónito cuando escuché la noticia de que una avanzadilla del Estado Islámico había tomado una ciudad, poniendo en peligro unos importantes monumentos que son patrimonio de la humanidad. Y ni una triste mención sobre las personas que permanecían bajo el fuego cruzado de una guerra. No importaban. Tiene más valor una piedra puesta ahí hace siglos que la vida de un niño. 

Quizá son esa la clase de mercenarios que juegan a la guerra. Gente que quiere saber qué se siente al matar a una persona y marchan a un escenario ideal para cumplir su deseo. Sí, puede que se planifiquen contiendas con ese único fin. O puede que no, no lo sé. Sólo trato de encontrarle coherencia a matar a una persona, cosa que, por mucho que me esfuerce, no logro encontrarla.

lunes, 15 de junio de 2015

Micro cuento "Llamada privada"


Como últimamente me cuesta un mundo encontrar un rato para escribir y publicar por aquí, voy a hacerlo muy rápido, con un micro cuento que me acaba de golpear el cerebro. Así, sin apenas repasarlo ni nada. ¡Ahí va!



Llamada privada
Presionó sobre la aplicación y encargó una pizza con la que completar la cena. Entró en una red social y se hizo pasar por una adolescente para conseguir videos lascivos. Visitó un foro y escupió unos insultos sobre una mujer negra. Propagó un correo electrónico que prometía un trabajo para timar unos euros a los más desvalidos. 

Todo desde su smartphone, todo en cinco minutos.

A los seis minutos, seis segundos y seis décimas, recibió una llamada desde un número privado. Descolgó. Una voz de ultratumba le dedicó cuatro palabras:
 — Tu alma es mía.


lunes, 8 de junio de 2015

Cerezas perfectas



Esta mañana me he levantado, he conectado la tele y no he podido más que indignarme. ¿Habéis visto cómo está el mundo? Seguro que no, porque de ser así llevaríais por las entrañas el mismo cabreo que me consume por dentro. Ya, ya sé que debería estar acostumbrado a que únicamente se cuenten desgracias en los noticieros, pero es que la de hoy ha caído como una ficha más del dominó que mandará al garete todo el sentido que tiene nuestra miserable vida humana.

¿Sabéis ya de qué se trata? Si pensáis que hablo de la crisis, de política, de los recortes, de algún atentado o de una guerra, ya os lo podéis ir quitando de la cabeza. Estamos en mi blog, donde esos temas tan serios no tienen cabida. Aquí se rinde pleitesía a lo pequeño, a lo nimio, a lo insignificante, y si alguien busca una opinión sobre esos asuntos tan relevantes, lo lleva crudo.

Una vez aclarados los contenidos de este intrascendente lugar, vayamos por faena. La bomba informativa la ha soltado un agricultor que estaba siendo entrevistado. El hombre en cuestión, con una sonrisa tan amplia que lograba unir las mejillas a las patas de gallo, explicaba a la audiencia las bondades de una máquina que acababa de adquirir. Al parecer la utiliza para seleccionar los diferentes tipos de cerezas que, una vez recolectada y desde una cuba, vuelca en su interior. Hasta aquí me ha parecido todo muy interesante, pues seguro que el artilugio es capaz de distinguir en milésimas de segundo las diferentes variables que ofrece una fruta. Lo que ya no me ha gustado tanto han sido los parámetros elegidos para escoger a las que, en teoría, son las más apetitosas. Según este energúmeno, únicamente da como buenas a las de circunferencia exacta, que no estén dañadas y que posean un color rojo intenso, como bolas decorativas de un abeto navideño. El resto, las deshecha. Y así nos va.

Por culpa de gente como esta soy incapaz de encontrar cerezas maduras. Las busco negras como el café; oscuras a la vez que brillantes, igual que un cielo nocturno y despejado; tersas y delicadas, con un jugo dulzón que pringue mis manos a la más leve presión. Pero nada, son imposibles de ver. Para mi que se extinguieron junto con la vergüenza de los agricultores, porque tratar de hacernos creer que las rojizas son las cerezas ideales es un ejercicio de cinismo puro.

No soy una persona de campo, pero he tenido la suficiente relación con la huerta para saber cuándo una cereza está madura. Y por supuesto que los agricultores también. Entonces, ¿por qué se recolectan antes de tiempo? Sospecho que porque así soportan mejor los golpes y pueden estar en cámaras durante mucho más tiempo antes de pudrirse. Porque no sólo ocurre con las cerezas, también vemos el mismo proceder con los nísperos, plátanos o melocotones.

La principal diferencia entre la vida que llevamos nosotros y el resto de seres, es nuestra constante búsqueda de placer en las funciones vitales. Nos gusta tomar el sol porque nos relaja y nos acuna en una sensación placentera. Pero, de forma parecida a las plantas, su luz hace que procesemos las vitaminas necesarias para nuestra buena salud, por eso nos bronceamos. Mantenemos relaciones sexuales instintivamente, sí, pero siempre jugando, estimulando nuestros sentidos para gozar más. Porque si no, haríamos como los perros, un "aquí te pillo, aquí te mato", con la única intención de perpetuar los genes. Y freímos un huevo, acompañado con patatas fritas y pan, para buscar la mejor combinación de sabores. ¿O acaso asaltamos nidos y nos los comemos crudos? Personalmente, no estoy dispuesto a sobrevivir a base de fruta que no haya sido previamente cocinada a fuego lento solar. 

Si nos resignamos a la acidez que desprende la fruta verde, si consentimos el beneficio económico de unos pocos mientras se pone en entredicho el disfrute de todos, seremos ninguneados por unos fruteros desalmados que les da igual nuestro bienestar. Vender fruta que no está madura es un paso más hacia la deshumanización. Conducta, por cierto, demasiado habitual en estos días que corren.

Y aquí termina mi denuncia; que al final, no sé cómo ni por qué, acabo siempre hablando de fruta. Vamos, ni que yo fuera un fan de Los Fruittis...

sábado, 23 de mayo de 2015

Metamorfosis



No sé qué me pasa. Algo en mí está cambiando. Y lo peor de todo es que es un cambio natural, un acto casi reflejo, muy orgánico, del todo descontrolado y en ningún caso buscado. Sufro el mismo desconcierto que un gusano de seda despertando con alas multicolor, seis patas y una trompa por nariz, tras entregarse a una inocente siesta. Todo muy raro. Sin duda, esto es lo que viene siendo una metamorfosis en toda regla. Pero lo más inquietante es que todo el mundo piense que un cambio de esa magnitud siempre es para mejor. ¿Y si el bicho tenía miedo a volar? ¿Alguien le preguntó al gusano si quería ser mariposa? A mí nadie, desde luego. Y el caso es que yo era muy feliz siendo gusano.

Estoy verdaderamente asustado. No sé qué me deparará el cambio y tampoco sé si será para siempre. Pero espera un momento, intentaré serenarme. Igual, con la cabeza bien fría, soy capaz de analizar las causas que me tienen atrapado en este sin vivir. Y con un poco de suerte, hasta lo puedo revertir.

Vayamos por partes. ¿Cuando y cómo me he dado cuenta de este cambio? Definitivamente, unos días atrás. Aunque ya hace meses que lo vengo sospechando. El primer síntoma apareció hace un año, cuando el Barça perdió La Liga, en el último partido, contra el Atlético de Madrid. Y es muy sencillo de ilustrar: me importó un pimiento. 

Así fue. Además, apenas reparé en esa súbita indiferencia, pues es una estrategia tan recurrente en mi cerebro que ni me preocupé. Siempre que puede echa mano de ella, utilizándola para minimizar casi todos los contratiempos que me afligen en la vida. Algo así como hallarme tras una tapia untada en vaselina, donde toda desdicha que intenta trepar por ella resbala y cae al suelo, impidiendo de esta forma que trascienda a mi estado de ánimo. Pero lo mejor de esta táctica es que, en el mismo momento en que un placer se aproxima, la tapia cede sin ninguna clase de esfuerzo y me dejo invadir por la felicidad más absoluta.

Este proceder, más o menos, es lo que debería haber ocurrido el pasado fin de semana, pero no fue así. Ni tapias, ni leches. No sé si os disteis cuenta, pero el Barça ganó La Liga. Yo casi ni me entero. Desde luego que al recibir la noticia me alegré, pero no llamé a mis amigos ni lo celebré de manera efusiva. No tenía ganas. Y eso que debía estar eufórico por haber conquistado un título; y con la posibilidad, encima, de conseguir Copa y Champions. El soñado triplete, un hito realizado una sola vez. Pero no pude, se apoderó de mí una pereza como nunca antes había sentido siguiendo a mi equipo. Y fue en ese preciso instante, justo en ese intervalo de tiempo donde me volvió a importar otro pimiento, cuando lo supe con certeza. ¡He perdido el interés por el fútbol! Que horror. Y eso que yo pensaba que era para toda la vida, pero parece ser que me equivocaba. Ya he decidido desvincularme del club (soy socio) y dejar libre mi asiento en el Camp Nou a otra persona con más ilusión. Total, ya ni iba a ver los partidos.

Podría darse el caso de que estuviera inmerso en una de esas tristezas profundas. Una pena inmensa que, sin remedio, ahogara todas y cada una de mis alegrías. Nadie, por muy risueño que sea (y yo lo soy mucho), está a salvo de caer bajo el influjo de una depresión. Sin embargo, para añadir más incertidumbre a mi situación y desmintiendo toda supuesta melancolía, aún hay cosas que me motivan. La música clásica, por ejemplo; sin contar con mi evidente afición por la escritura, eso por descontado. Pero la atracción por la música clásica ha ido en aumento desde mi comentada visita al Auditori. Reconozco que jamás he tenido algo en contra de ella, pero tampoco es que me importara demasiado. La escuchaba y la apreciaba, pero no más que cualquier otra música. En cambio, ahora, estuve tres días tarareando la 5ª sinfonía de Beethoven a todas horas. Incluso inventaba variaciones para su melodía. Demencial.

No sé qué hacer. ¿Cómo gestiono este cambio? Porque, estando en el trabajo, ya me han preguntado por cómo veo las finales que nos esperan, y ni tan siquiera he sido capaz de acertar la fecha de los encuentros. Si ya me cuesta memorizar efemérides importantes, ¿cómo voy a recordar las que no me apasionan? Aún no lo he comentado con nadie, pero en mi interior no puedo dejar de pensar en la sinfonía Nº 40 de Mozart, que es el próximo concierto para el que ya he adquirido entradas. Entonces sí que noto un cosquilleo por la tripa. Se me eriza la pelusa del ombligo y mis entrañas palpitan de pura emoción. Pero no lo puedo ir contando por ahí. ¿Qué pensarían si se enteraran mis conocidos, cuando ni yo mismo sé qué pensar? Ahora sólo faltaría que me sintiera atraído por la ópera. O, mucho peor, por el ballet. ¿En qué clase de mojigato me estoy convirtiendo?

Le he dado muchas vueltas y me gustaría saber, por tomar ejemplo, con quién se relaciona una mariposa recién salida de su capullo. Está claro que no conoce a otras mariposas, y que volver a charlar con sus amigos gusanos le resultará una tarea difícil. ¿De qué pueden hablar? ¿De la dificultad que entraña subir a lo alto de una mata? Para la mariposa ya no. Ella se encarama en cuatro batir de alas. ¿Del sabor áspero que provoca una piedra caliza cuando uno se arrastra por ella? ¿Arrastrarse? La mariposa disfruta de unas delicadas patitas con las que apenas nota su tacto rugoso. ¿Del fresco crujir de una hoja verde de morera? ¡Para nada! La mariposa disfruta de una trompa flexible que le permite darse auténticos festines con el dulce néctar floral. Quizá pueda permitirse un pequeño mordisco, pero darse un atracón de follaje seguro que le causaría una inevitable diarrea. En fin, que lo tiene realmente complicado para entenderse con sus amistades.

Puede centrarse en su nueva vida pero, por mucho que disfrute explorando su novedoso estatus, en el fondo sólo le queda una terrible sensación de aislamiento y soledad. Igual que a mí. Ahora que lo pienso, el día que me encuentre con una mariposa rondando por el jardín se lo tengo que preguntar. Porque es innegable que experimento cambios, pero ello no me impide conservar otras muchas tradiciones. Como la descerebrada costumbre de hablar con los animales. ¿De qué os extrañáis? Seguramente no tengáis ni idea, pero es un hábito muy gusanil.

Por suerte, y hasta que llegue esa fecha, aún cuento con la complicidad de mi mujer. Con ella puedo hablar de estos temas, porque le da igual que sea gusano o mariposa. Mi mujer es más... cómo lo diría... más como un saltamontes, o sea que no interviene para nada en el mundo de los gusanos y las mariposas. 

Creo que no voy a profundizar más en las metáforas. Se me están yendo de las manos. En definitiva, no importa que sea gusano o mariposa, porque mi mujer me querrá por... por... Lo cierto es que aún no sé por qué me ha de querer, y menos después de haberla llamado saltamontes, pero lo seguirá haciendo ( o al menos eso espero). Seguramente porque, después de la metamorfosis, ella es la única que sabe ver en mí, ya sea con aspecto de gusano o de mariposa, al mismo atontado de siempre. Y eso me reconforta.

sábado, 9 de mayo de 2015

Visita a l' Auditori


Admitámoslo, todos los seres humanos arrastramos nuestras obsesiones. Probablemente sea una de las derivaciones del pensamiento que más nos define como especie. Algunas de ellas nos vienen atormentando casi desde que nacemos. Yo mismo, de pequeño, estaba totalmente hechizado por el sonido. Si mi madre se asomara por aquí, podría dar Fe de cómo deambulaba por la casa profiriendo chillidos, con la única intención de encontrar las diferentes resonancias que albergaba cada estancia. El pasillo, la habitación de mis padres, el cuarto de baño, cada una me devolvía el sonido con un eco diferente. Acababa ensimismado, perdiendo la noción del tiempo, intentando discernir las variaciones que ofrecía cada uno de los tonos que por allí hacía rebotar. Hasta que mi madre, harta de escuchar alaridos, soltaba un intimidatorio <<¡¡Cállate ya!!>> con tanta intensidad que lograba solapar mis voces y, de paso, mis ganas de continuar berreando.

Pero si hay algo que las obsesiones requieren de nosotros es que les prestemos atención, que las mimemos, que les dediquemos más tiempo del aconsejable para una mente sana. Si no nos ofuscáramos en ellas hasta rozar lo enfermizo, dejarían de ser obsesiones. 

Por suerte o por desgracia soy un gran cultivador de las mías, y la semana pasada ocupé parte de mi tiempo libre en atender a esa obsesión por el sonido tal y como se merece. Dado que aún soy relativamente joven y que todavía no padezco vestigio alguno de sordera, pensé que era un buen momento para hacerle un regalo a mis oídos. Y, ya puestos, me convencí de que no existe forma más bella de tratar al sonido que con música. Así fue cómo me decidí a comprar dos entradas que daban acceso a uno de los enclaves con mejor sonoridad de mi ciudad: el Auditori. Concretamente para la sala Pau Casals, donde la Banda Municipal de Barcelona interpretaba, dirigida por el maestro francés François Boulanger, seis de las piezas clásicas más famosas del país galo. Aunque todas, de alguna forma (o al menos eso indicaba el folleto del programa), inspiradas en España. Lo cierto es que, para saciar mis ansias obsesivas, no tenía demasiada importancia las melodías que fueran a sonar. Con disponer de unos músicos profesionales bajo un techo, eso sí, especialmente ideado para la ocasión, donde atrapar sus notas, me bastaba. Además, siempre he sentido una curiosa fascinación por los instrumentos que no precisan ser enchufados. Serán cosas mías, pero su sonido me resulta más genuino, más puro.

Como nunca había estado en un recinto de estas características, decidí escoger un palco. Vale que coincidía con ser la entrada más barata, pero también me proporcionaba un plano cenital del escenario, adecuado para poder observar en todo momento a cualquier músico. ¿Y cómo podía rechazar la ocasión de sentirme, por un momento, en la piel de un Marqués? Lástima que olvidara en casa la peluca y los binoculares. Bromas a parte, ahora, habiendo disfrutado del concierto, pienso que acerté con la elección.

Pero lo primero que debería mencionar es el curioso ritual que siguieron los intérpretes para comparecer en el escenario. Primero aparecieron los músicos y tomaron asiento. A los pocos segundos hizo acto de presencia el que creo que era el director nominal de la banda. Agarró su instrumento (juraría que era un fagot) y con él ejecutó una especie de llamamiento al orden para ir captando la atención de los músicos. Cuando parecían estar preparados, todos juntos efectuaron unas notas, sostenidas durante unos instantes, para convocar en la sala al director invitado. Entonces se abrieron de par en par las puertas de un lateral del escenario y apareció entre aplausos, y acompañado por un áurea de estrella, François Boulanger. La secuencia me hizo mucha gracia, pues me dio la impresión de que, sin esas notas inconexas de la banda, jamás hubiera podido manifestarse ante nuestros ojos. Como si se tratara de un ente divino y esas estridencias fueran las necesarias para invocarlo.

Tras dos o tres reverencias dirigidas al público, se hizo el silencio. Tomó la batuta, nos dio la espalda, se atenuaron las luces y, al mismo tiempo que alzaba los brazos, la música comenzó a sonar.

Para ser sinceros, no me enteré demasiado de la primera melodía. Yo estaba a lo mío, concentrado en apreciar las reverberaciones que por allí pululaban. Y lo primero que me llamó la atención fue la forma tan delicada en que nos acariciaban las notas. Imagino que, como casi todo hijo de vecino, estoy acostumbrado a percibir la música por medio de amplificadores. Pues bien, hasta este día no había sido consciente de lo molesto que resulta ser golpeado por el sonido. Me he dado cuenta de que es así como nos trata un altavoz, con desconsideración. Puede que en gran parte se pueda culpar a la electricidad estática que genera (o pude que no, vete tú a saber), porque la sensación de bombardeo es continua. Nos agrede de tal forma que muchas veces llega a invadir nuestra caja torácica, haciendo que sintamos los bajos retumbar en nuestro interior.

Sin embargo, en el Auditori, con una banda delante, esto no sucedía. Y me parecía raro, porque una veintena de instrumentos sonando a la vez han de hacerse notar. Pero el sonido era sorprendentemente limpio, suave, amable. Y daba igual el volumen o la percusión que emplearan. Otra cosa que me dejó asombrado fue que, por muy conjuntadas que sonaran las notas, se podían distinguir con claridad las diferentes fuentes de las que procedían. Aunque es posible que esta apreciación sólo se pueda lograr en una sala como aquella, donde cada instrumento parecía encontrar su espacio sin emborronar al otro. Para cuando acabó la primera canción ya colgaba de mi rostro una evidente cara de pasmado.

Que no lograra centrarme en la melodía que abrió el concierto (que por cierto fue "Alborada del gracioso" (1918), de Maurice Ravel), no quiere decir que me sucediera lo mismo con la siguiente ("L'aprenent de bruixot" (1897), de Paul Dukas). Es más, siento haber dejado escapar la oportunidad de emocionarme con la primera, pero uno da para lo que da, y el frescor de la atmósfera pudo con el detalle musical. Creo que tampoco ayudó el hecho de no ser capaz de reconocer la pieza, cosa que, por suerte, no ocurrió con la segunda. Fue dejar sonar cuatro compases y producirse una asociación inmediata hacia una famosa película: "Fantasía", de Walt Disney. A aquella escena en que Mickey hechiza una escoba para que le ayude a transportar agua y el encantamiento se le acaba yendo de las manos. Pero poder apreciar su estructura sin tener delante de los morros unos dibujos animados reclamando mi continua atención, consiguió que la valorara de forma diferente. Así que me gustó mucho más cuando pude escucharla sin interferencias visuales. Y eso que yo soy de los que disfruta como un enano mirando dibujitos, pero abstraerse de todo lo que no sea la armonía, junto con la perfección sonora del recinto, hace que no puedas dejar pasar la maravillosa composición. Fue uno de los momentos más juguetones de la función, donde descubrí el retozar de un arpa dinámico, vigoroso, impregnando de onirismo el ambiente. Vamos, con decir que se me erizó el bello de la nuca en varias ocasiones, ya está todo dicho.

Para acabar el primer acto, fuimos obsequiados con "Ikiru Yorokobi" (1987), de Roger Boutry. Una melodía bastante más contemporánea, muy cinematográfica, y con toques claramente orientales. Desde luego que resultó ser la más extraña de todas, pues poco tenía que ver con el repertorio; y más cuando el folleto hacía especial hincapié en que todas eran de inspiración española. En fin, que fue la que menos me gustó, aunque he de reconocer que sonó igual de bien que las otras.

Luego disfrutamos de una pausa de veinte minutos, durante la cual ni me levanté. Llamadme holgazán si queréis, pero yo me siento en una butaca y no hay quien me mueva. Pensad que estoy acostumbrado a las salas de cine; y a las de Barcelona, donde no existen intermedios. Yo fui capaz de entrar a ver El Señor de los Anillos, meándome, y no salir hasta que acabó la peli. Eso sí, ese día casi me explota la vejiga. Además, no hubiese podido espiar cómo afinaban el arpa durante el descanso; y sin aparato que marcara el tono ni nada, todo de oído.

La segunda parte del concierto empezó con "España" (1883), de Emmanuel Chabrier. Esta sí, de evidente carácter español. No tuve que devanarme mucho los sesos para recordar esta melodía, aunque no podría concretar imagen alguna que me evocara. No sé dónde la habré oído antes. ¿En una película?, ¿en un documental?, ¿en la cabecera de un programa televisivo? Estando como está el mundo, tan repleto de música a todas horas, vete tú a saber de dónde me suena. Pinchad sobre el título de la canción y escuchadla vosotros mismos, a ver si la reconocéis y tenéis más suerte que yo. 

Por cierto, en el transcurso de pieza ocurrió una anécdota muy peculiar. Si le habéis echado un ojo al video, os habréis dado cuenta de que se trata de una melodía con mucho ritmo, acompañada de platos, panderetas y castañuelas. Pues en una tonada de estas, curiosamente cuando más brío alcanzaba la canción, se escuchó un <<¡Plafh!>> de más y descompasado. Muy similar al que hacían sonar los platos. Dado que estábamos ante unos músicos profesionales, a mí me extrañó mucho ese fallo, aunque mantuve una Fe inalterable en mis oídos y estaba completamente seguro de que no me habían engañado. Cuando ya empezaba a mirar con mala cara al percusionista de la banda, observé cómo un hombre, en primera fila, se agachaba para recoger algo del suelo. Sólo entonces pude entender lo que había sucedido: se le habían caído las llaves. Cuento este incidente para que os deis cuenta de la increíble reverberación del auditorio, capaz de trasladar cualquier sonido a todos los rincones de la sala.

Para el siguiente tema ("Pavane, op. 50" (1887), de Gabriel Fauré) ocurrió en el escenario algo inesperado. Se levantaron prácticamente la mitad de los músicos y lo abandonaron. Los que quedaron se reunieron en una especie de corro, buscando un ambiente algo más intimista, como si fueran a encender una fogata. Y, a la señal del director, sonó la música. ¡Y qué música! El arpa, cómo no, comenzó a arpegiar. Y la flauta travesera, el fagot , los clarinetes y las trompas nos embelesaron con una de las interpretaciones más bellas que he escuchado jamás. Hasta se me entumecieron los ojos. Y eso que creo no haber escuchado nunca antes este tema, pero me pareció de una hermosura embriagadora, por muy cursi que os suene. Para mí, sin duda, la mejor parte del concierto.

Pero, tras quedarme extasiado, aún faltaba el plato fuerte de la tarde; la pieza por la que la mayoría de los asistentes había pagado su asiento: "Bolero" (1928), de Maurice Ravel. Más comúnmente conocido como "El bolero de Ravel". ¿Qué más podría decir sobre la cadencia de esta melodía que vosotros no sepáis ya? Pues nada, que las obras maestras son maestras precisamente porque les gusta a todo el mundo. Y que resultó ser un colofón impecable para una víspera alucinante.

Pero que fuera alucinante no quiere decir que me pareciera perfecta. ¿Qué clase de obsesión sería la mía si no exigiera una perfección absoluta, si no quisiera sobrepasar los límites de la excelencia? Pues una con muy poca credibilidad, claro. Así que voy a enumerar los aspectos de la aventura que no me acabaron de convencer.

Primero empezaré por la sala Pau Casals. Un lugar precioso, toda de madera y, como ya he dicho, de una acústica increíble, pero con una capacidad para 2340 espectadores. Demasiados para mi gusto. Aunque realmente no me molestarían si todos adoptaran un riguroso silencio durante las actuaciones. No es que hablaran, no. No es eso. Es que no dejaban de toser. Señores y, sobre todo (porque eran mayoría), señoras, de casa se viene uno tosido. Y más cuando el espectáculo consiste, precisamente, en escuchar. Si todo el mundo se hubiera interesado en leer el folleto del programa, allí podrían haber encontrado una gran recomendación que decía lo siguiente: en caso de no poder evitar la tos, lo ideal es colocarse un pañuelo sobre la boca, ya que este gesto reduce notablemente el ruido (sin olvidar lo molesto que resulta que la persona de atrás te llene el cogote de babillas, añado yo). Aunque si por mí fuera, visto el caso que hacen a los avisos, sería más explícito en las sugerencias. Hubiese empezado por cortar la cabeza a la persona que lanzó el primer tosido. Sobre el escenario, delante de todos y, a ser posible, salpicando de sangre la primera fila. Ya veríais cómo, a partir de entonces, el resto se tragaba los pollos y no decía ni mu. 

Lo siento, quizá me haya encendido un poco. No sé, igual con invitarla a salir de la sala se lograba, de un modo más cívico, el mismo resultado, aunque lo dudo.

Por otro lado, debo recordar que la formación musical que nos deleitó era la Banda Municipal de Barcelona. Tocaron de fábula y, a mi poco entender, de forma inmejorable. Además las piezas, al estar instrumentadas para la ocasión, en ningún momento se resintieron. Pero la diferencia entre una Banda y una Orquesta es una que, para mi obsesión, cobra mucha importancia: la primera no cuenta con instrumentos de cuerda. Es cierto que fueron acompañados magistralmente por un arpa, un piano (¿el piano es instrumento de cuerda o de percusión?) y dos contrabajos, pero al no tener la oportunidad de escuchar violas, violines o violonchelos, es un sonido que tendré que dejar pendiente para otra ocasión.

Y poco más. Quizá mencionar que mi acompañante fue mi mujer, y eso que el evento no le apetecía en absoluto. La entiendo perfectamente. Una cosa es que compartamos cama, comida y vida en general, y otra bien distinta es que tenga que prestarse a mis obsesiones, que para eso cada uno tiene las suyas, digo yo. De todas formas, ella sabe que fue mi primera opción para asistir al concierto, la cual declinó con su habitual cortesía. Después busqué apoyo en mi amigo Manel, del que sospecho que le reconcome una obsesión, si no idéntica, muy similar a la mía. Pero dos días antes de la actuación ingresaron a su madre de urgencias en el hospital. Ya, ya sé que esta frase parece una de esas patéticas invenciones mías que utilizo para dramatizar una historia. Y ojalá lo hubiera sido porque, desgraciadamente, su madre falleció al día siguiente. Así que, por respeto, no añadiré más sobre este tema.

Sólo que ya ando en busca de otra fecha para repetir la experiencia, esta vez con mi amigo Manel. Y que mi mujer quedó tan encantada que es muy probable que nos acompañe.

sábado, 18 de abril de 2015

Adiós a Dios


Estoy convencido de que, hasta hace más o menos dos semanas, Dios existía. Para que nadie se ofenda, que yo lo llame Dios no quiere decir que realmente lo sea. Bien podría tratarse de un ser divino totalmente ajeno a la creación y que yo estuviera confundido. Eso sí, sin duda alguna, por encima de nuestros dones y capacidades. ¿Que qué pruebas tengo de su existencia? Pues unas que son irrefutables: yo me comunicaba con él. 

No, no estoy loco ni he perdido el juicio. ¿O acaso pensáis que escuchaba voces grandilocuentes en mi interior, dictándome actos que debía llevar a cabo, con el fin de inaugurar una nueva era de esplendor celestial que daría paso a un renovado mesías? De eso nada. Esa clase de afirmaciones se las dejo a profetas de pacotilla. Mi relación era mucho más directa, más simple: yo deseaba la muerte de un ser vivo y él la llevaba a cabo. Así de sencillo.

La primera vez que me di cuenta de su presencia no tendría más de seis años. Lo recuerdo porque también supuso la primera ocasión en que vi morir a un animal en directo.

Mi abuela tenía dos periquitos, uno azul y otro amarillo. El amarillo era más dócil que un caracol anestesiado. Lo podías coger, acariciar o besar, que él se estaba tan quieto como si fuese de porcelana. En cambio el azul era un demonio emplumado. Sólo con mirarlo ya se ponía como loco y se lanzaba contra los barrotes de la jaula para tratar de intimidarnos. ¡Y vaya si lo conseguía! Pero aquel día me empeñé en ofrecerle una hoja de lechuga, con mis propias manos, para intentar domar a la bestia. En mi inocente pensamiento sostenía la teoría de que todo su mal humor, todo su rencor, estaba provocado por la poco apetecible dieta de alpiste a la que le sometía mi abuela. Y allí estaba yo, con una suculenta hoja verde entre los dedos para convencerlo de mi abnegada amistad. Al principio, por cómo picoteaba la hortaliza, pareció gustarle el trato, pero en cuanto se percató de la cercanía de mis deditos no tardó ni medio segundo en abalanzarse sobre ellos. Aguanté estoicamente unos segundos, tras la inamovible certeza de que, más temprano que tarde, caería en la cuenta de que los periquitos no son carnívoros. Pero viendo el baño de sangre que se estaba dando con mis falanges, no tuve más remedio que soltar la lechuga y sacar la mano a toda prisa de la jaula. En ese momento, todavía con los ojos llorosos, deseé con toda mi alma la muerte de ese maldito pajarraco. Y, de forma diligente, Dios cumplió mi deseo. El periquito cayó fulminado, como habitualmente pasa en estos casos, patas arriba.

La conexión había aparecido. Un soplido de una grandeza abrumadora se había paseado por la habitación para llevarse los latidos de un ser vivo. Ese al que yo había señalado. Noté en el aire el aplomo, el peso de algo inconcebible haciendo gala de un poder fuera de nuestro alcance, sin duda descomunal. Sí, había sentido la mano de Dios.

Podría parecer que todo fuera producto de mi imaginación. Que una sugestión creada por haber visto de cerca la muerte de ese pajarillo me hubiera hecho perder la cabeza. O que mi abuela se dejara una ventana abierta y que de allí surgiera la brisa que atravesó la estancia haciéndome estremecer. Qué sé yo, con tal de explicar lo inexplicable cualquier argumento esgrimido aparenta ser bueno. Pero lo dejará de aparentar en cuanto os cuente mi segundo encuentro con Dios.

Ocurrió un par de años después del mencionado incidente. Esta vez la víctima fue el perro de caza de mi amigo Juanan, aunque después de este episodio dejamos la amistad de lado para pasar a ser simples vecinos. Todas las tardes paseaba con su Beagle por el barrio, deleitándonos con demostraciones fugaces de su talentoso don para la persecución de presas, pero en aquella ocasión nadie le hacía caso. El centro de atención era una pelota de cuero que me habían regalado para mi cumpleaños y con la que manteníamos un disputado partido de fútbol. Como le repateaba el estómago pasar desapercibido, aprovechó un chute potente y desviado para mandar a su perro en busca del balón, sin tener en cuenta el instinto cazador que atesoraba. El Beagle no tardó en interceptar el cuero, pero tampoco dudó un segundo en clavarle los colmillos y zarandearlo hasta deshacerlo en jirones, igual que si deshojara una margarita. Mi amigo Juanan, viendo la salvajada que había cometido su perro, no tuvo reparos en pedirme disculpas delante de todos los presentes y me aseguró que aquella misma tarde se acercaría a la tienda de deportes para comprarme un balón idéntico. O al menos eso hubiera sido lo correcto, porque cuando apareció por mi casa, una hora más tarde y ya sin testigos, me intentó endosar una pelota de plástico que no valdría ni diez euros. Como era de esperar, pillé un rebote terrible. Otra vez volvieron los sentimientos de odio profundo. Aunque esta vez enfocados hacia el perro, ya que deseé su muerte para que Juanan supiera lo mal que se pasa al perder un ser querido. Por supuesto que no se puede comparar la vida de un animal con la de una pelota, pero ya he dicho que yo sólo era un crío y a esa edad no tenía aún los valores bien definidos, porque para mí era igual la estima que mantenía con su perro que la que poseía yo hacia mi balón. El caso es que de nuevo volví a ser testigo de la mano poderosa de Dios. Unos nubarrones negros crecieron por el firmamento y el día se oscureció. De repente, comenzaron a descender una serie de relámpagos aterradores, yendo a caer tan cerca que el estruendo que los siguió por poco nos deja sordos y con el corazón en un puño. Pero lo más sorprendente de la tormenta eléctrica fue que, con la misma celeridad con que se formó, desapareció sin dejar rastro.

Fue al día siguiente cuando me enteré que los cinco rayos caídos del cielo fueron a parar todos a un mismo punto: el patio de la casa de Juanan. ¿Y sabéis quién andaba por allí a esas horas? Pues el Beagle, del que se cuenta que no quedó más que un montón de pelo chamuscado.

Esa fue la fecha en que me convencí del estrecho vínculo que guardaba con Dios y de las terribles consecuencias que podía traer mi furia. Por eso mismo procuré no enfadarme jamás con ningún ser humano. Pero la adolescencia se me echó encima, y con ella su descontrolada lluvia de hormonas.

La tercera visita divina estuvo precedida por una discusión en el colegio. Sucedió a la hora del recreo. En esa fracción de tiempo dedicado a jugar y, sobre todo, a procurarnos el aprecio de nuestros compañeros con dosis de pericia. Recuerdo que por aquel entonces estaba muy valorado el hecho de acertar sobre cualquier cosa con un escupitajo. Había un grupo en mi clase con una habilidad innata para impregnar de babas el objetivo que se propusieran; siempre y cuando no estuviera a una distancia mayor de cinco metros. Por supuesto que yo carecía completamente de semejante tino, pero si hay algo que nos caracteriza a esa complicada edad, no es otra cosa que intentar emular las prácticas que, intuimos, aportan grandeza a los compañeros que gozan de mayor popularidad. Por muy idiotas que estas sean. Así que toda mi preocupación era expulsar saliva con la misma precisión que Raul, el líder de la pandilla más prestigiosa. Como muestra de su supremacía, se agenciaban una pertenencia de algún alumno despistado y se dedicaban a bombardearla con salivazos durante el recreo. Aquel día fui invitado a incurrir en el mencionado acto vandálico contra un libro de texto, algo a lo que no podía negarme con tal de conseguir el anhelado respeto de la banda. Pero la sorpresa vino después, cuando, tras haber ejecutado el asqueroso procedimiento, me acercaron el libro a los morros para comprobar que, efectivamente, era el mío. No sólo habían ninguneado mi deseo de pertenecer a un clan, sino que habían logrado que yo mismo escupiera sobre mi propio libro, con la humillación que aquello representaba.

Hasta ese día había hecho todo lo posible por mantener a raya mi cólera, pero la frustración me pudo. Y más cuando Raul no dejaba de burlarse. De nuevo volví a sentir una llama en mi interior que prendía con la rapidez de la pólvora. Nada pude hacer para que el ansia incontrolable de su defunción cayera sobre mí. Esta vez no hubo ni brisa viciada ni nubarrones amenazantes, tan sólo un espesor en la atmósfera. Pero de tal densidad, con tanto peso sobre mis hombros, que daba la impresión de haberse detenido el tiempo. Eso ocurrió durante lo que me parecieron ser unos diez segundos, porque al instante todo volvió a la normalidad, como si nada hubiera sucedido. Yo quedé petrificado, pues sin duda era la presencia de Dios lo que allí se había manifestado, aunque, sorprendentemente, sin ninguna consecuencia aparente hacia Raul. Por un momento respiré aliviado al observar cómo una persona podía salir ilesa de mi ira, aunque, con la vejación todavía fresca, no pude disimular un pequeño remanente de decepción. Al parecer, Dios no cumplía a rajatabla con todas mis condenas. 

Me equivocaba. Ni al día siguiente, ni ningún otro día, volvió a aparecer Raul por la escuela. Nunca pude averiguar exactamente qué es lo que le sucedió. Unos cuentan que enfermó hasta fallecer. Otros, que sus padres se mudaron de la ciudad y se lo llevaron con él. Si me hubieran preguntado a mí les habría dicho que, teniendo en cuenta los antecedentes, me inclinaba más por la primera opción.

Desde entonces, la concentración que he empleado para controlar mi vehemencia ha sido máxima. Nunca he vuelto a dejar que el odio se apodere de mí. Nunca hasta hace dos semanas.

En realidad todo empezó hará más o menos un mes, cuando acompañé a mi madre al médico porque sufría unos insistentes dolores de cabeza. El doctor no le encontró nada anormal, pero aún así la derivó al especialista con la intención de que fuese examinada mediante un TAC. Como en la seguridad social le daban cita para tres meses después, llamamos sin pensarlo a la clínica donde tiene la mutua privada mi madre. Nunca acude allí, pues sostiene que nadie la conoce tan bien como su médico de toda la vida. Pero ante la necesidad de ser visitada por un neurólogo, dio su brazo a torcer. Además, digo yo que para algo paga. Pues a los tres días ya fuimos a que le hicieran la prueba, y a los quince visitamos al especialista para conocer los resultados. Todo un récord. Aunque, visto el desenlace, daba igual lo que hubiésemos corrido. Que la enfermera quisiera hablar conmigo a solas debería haberme dado suficientes pistas sobre la gravedad del asunto, aunque jamás hubiese estado dispuesto a actuar a espaldas de mi madre. El diagnóstico fue un tumor cerebral inoperable, y en un estado tan avanzado que no dudaron en añadir que estaba en fase terminal.

La noticia fue un golpe tremendo, los dos nos vinimos abajo. Dicen que existen cinco etapas a la hora de afrontar un proceso de duelo. Estas son negación, ira, negociación, depresión y aceptación; y esas fueron, más o menos, las reacciones de mi madre. En mi caso, quizá por haber reprimido durante tanto tiempo ese sentimiento, pasé por alto la negación y me abracé en todo su esplendor a la ira, a la furia ciega, ardiente, que me había embargado desde el mismo instante en que nos anunciaran la tragedia. Y el objetivo de mi cólera no fue otro que el planeta entero; la injusticia reinante, la caprichosa inmoralidad que campa a sus anchas y que permite que mi madre muera sin remedio, sin la oportunidad de luchar por su vida. Deseaba que ardiera el mundo, incluido yo, por ser incapaz de ofrecerle un remedio. Ni más ni menos. Sin embargo, a un sólo paso de alcanzar la franja más elevada de mi furor, justo antes de llegar al cenit de mi rabia, tuve un repentino destello de lucidez. Fui consciente del Apocalipsis que podía desencadenar si deseaba la extinción de la humanidad. ¿ Y cómo iba yo a escribir estas líneas, y vosotros a leerlas, si hubiésemos dejado de existir? Así que desvié todo mi interés, todo mi rencor, hacia quien nos había creado tal y como somos. Según dicen, a su imagen y semejanza. Dios.

Por una vez, no pude precisar con qué fenómeno atmosférico nos obsequió Dios en el momento de consumar mi encargo, porque tras sentir todo su poder abalanzarse sobre mí, sencillamente, me desmayé. Por suerte me encontraba en un hospital, donde raro sería no encontrar alguna enfermera que se interesara por una persona a la que le había dado un soponcio. Por lo que, pasados unos minutos, desperté tumbado en una camilla, con un aparatoso vendaje envolviendo mi frente tras haberme golpeado con el pico de la mesa durante el vahído. Luego nos fuimos a casa, con la extraña sensación de que algo grande, algo que escapaba a mi entendimiento, había sucedido.

La enfermedad de mi madre avanzó sin descanso durante los días posteriores. Ver cómo se consumía, cómo se apagaba la energía que la mantenía con vida, me desesperó. Y no sólo fue que sus movimientos se aletargaran con el transcurso de las horas, sino que los dolores de cabeza iban aumentando, progresivamente, en número y en intensidad. Nada podía hacer por ella. Nada, excepto esperar su muerte.

Pero esta tarde, hablando de sus sensaciones, me confesó que, si pudiera, acabaría ahora mismo con su tortura. Me lo dijo con los párpados cansados, como quien mira a la muerte con ganas de dejarse llevar. Entendí que ya no podía más. Las últimas horas se le estaban haciendo eternas.

De repente, me asaltó una idea. Podría valerme de esa conexión divina, que tantos estropicios había causado en el pasado, para que abandonara con más celeridad este ingrato mundo al que ya no quería pertenecer. Encender con tanta intensidad mi odio que a Dios no le quedara más remedio que finiquitar su sufrimiento. Sí, sería lo último que haría por ella, aunque para lograrlo tuviese que empeñarme, por un momento, en odiarla. Así que, sin más, me puse manos a la obra.

Primero empecé recordando todos aquellos castigos injustos a los que mi madre me había sometido de pequeño. Luego todas las decepciones que me había llevado de ella siendo adolescente para, más tarde, ahondar en los prejuicios injustificados que tuvo contra mi forma de vivir la vida al alcanzar la mayoría de edad. No hizo falta haber padecido una relación desdichada para sacar del olvido nuestras desavenencias. De hecho, tuve una infancia muy feliz. Pero es que nadie es perfecto. Y cuando se trata de criar niños, menos aún. Así que no tuve más que rascar un poco en la convivencia para sacar a relucir molestas rencillas y numerosos desacuerdos. Con eso, y con un toque de dramatismo exacerbado, ya tenía el cóctel necesario para enfurecerme.

Un calor intenso volvía a gestarse en mi interior. De nuevo fluía la adrenalina y se desataba en mí una furia aletargada. El cabreo fue tan monumental que dudo mucho lograr desquiciarme otra vez de ese modo. Pero no es de extrañar, pues yo por mi madre hago todo lo que esté en mi mano. O en este caso en mis tripas, porque el sofoco que me sobrevino lo retuve durante tanto rato que casi me hace vomitar.

Mi insistencia no obtuvo premio. No volvió a visitarme divinidad alguna y tampoco percibí en el ambiente cambio significativo. Dios me había abandonado. Así que no podré ayudar a mi madre.

Seguramente pensaréis que el Todo Poderoso se ha hartado de acudir a mis llamadas asesinas. Que siendo quien es, es probable que tenga mejores cosas que hacer. O que, en un gesto inequívoco de su pregonada benevolencia, ha evitado que cometiera un parricidio. Puede ser, no me atrevo a descartar ninguna hipótesis. Pero si queréis saber mi opinión, y guiándome por el presentimiento que mantengo desde su última visita, juraría que Dios ha muerto. Estoy convencido de su inmolación el día en que nos comunicaron la nefasta noticia en el hospital y deseé su muerte. 

Sí, yo lo maté. 

Y es la única muerte de la que, tras desvanecerse el enfado, no me arrepiento en absoluto. 

Lo merecía.


viernes, 3 de abril de 2015

Mi música



Una mudanza acaba convirtiéndose, más allá del traslado de enseres, en un encontronazo con gran parte de nuestro pasado. Así, sin anestesia, nos topamos con recuerdos bonitos o amargos, objetos arrinconados y en ocasiones, como ha sucedido en este caso, hasta con objetos que ya habíamos dado por perdidos. El elemento en concreto es un CD. Pero no un CD cualquiera, sino uno grabado por mi amigo Manel que contiene multitud de cancioncillas, tonadas y probaturas diversas que realicé hace muchos años con mi sintetizador. Y aquí es donde haré un paréntesis para explicarme mejor.

Siempre he sentido atracción por los dos únicos movimientos artísticos que realmente han logrado transmitirme emociones. Y estos no son otros que la música y la literatura. Curiosamente, los dos pueden plasmarse de forma similar: escuchándolos (la música con diferentes instrumentos y la literatura con diferentes voces), escribiéndolos (cada una con sus variados signos y sus peculiares normas ortográficas) o leyéndolos (desde una partitura o un texto).

Por la forma que tengo de concebir mis delirios, música y literatura tienen tantas cosas en común que muchas veces llegan a confundirse en mi cabeza. Así de perjudicado estoy. Imagino que esto me sucede porque, al fin y al cabo, los dos son idiomas igual de válidos para explicar una historia, una sensación o una ocurrencia.

Todo el que se acerque por aquí sabe que, de vez en cuando, intento hacer mis pinitos literarios, perpetrando algún relato de ínfima calidad que no alcanza para mucho más que no sea castigar los benévolos ojos del personal. Aunque espero, eso sí, ser capaz al menos de distraerlos.

Pues unos cuantos años atrás, cuando mi atrevimiento era aún mayor de lo que es ahora, empujado por mi afición a la música, adquirí un sintetizador con el propósito de extraer esas melodías que sonaban en mi cabeza. He de reconocer que sin demasiado acierto.

Ni que decir tengo que jamás cursé estudios de música más allá de la educación primaria y que mis pocas intuiciones melódicas fueron adquiridas de forma autodidacta. Vamos, igual que hago con la escritura. Aún así, lo digo y lo remarco, no vaya a pensar alguien que me dispongo a ofrecer algo memorable o de lo que pueda sentirme orgulloso. Estas cancioncillas fueron creadas con idéntico cariño y esfuerzo que dedico a mis relatos, pero también con una torpeza similar. En cambio, mi amigo Manel sí que asistió a clases de piano durante un par de años, y eso se nota. Lo reconoceréis al instante, ya que él es el intérprete de dos de las melodías que he seleccionado y que además compusimos juntos. Sí, sin duda son las que mejor suenan, seguramente porque entre dos cabezas pensantes salen ideas más decentes.

De hecho, si las rescato del roñoso CD encontrado en la mudanza es, precisamente, para colocarlas en un rincón donde no se extravíen y al que pueda acudir cada vez que me apetezca escucharlas. Además, estoy completamente convencido de que "la nube de internet" es el lugar más alto al que nunca llegarán.

Así que, tras hacer una dolorosa criba en mi amplio catálogo de despropósitos sonoros, con el único fin de proteger vuestros oídos de daños irreparables, y con los mofletes ligeramente sonrojados, aquí las dejo. Que sea leve.