sábado, 21 de febrero de 2015

Microrrelato: El pintor más codiciado



El pintor más codiciado

Soy bueno, muy bueno en mi labor; probablemente, el mejor de entre los mejores. Mantengo mis trabajos expuestos al público en los más destacados museos del mundo, donde mi arte es requerido en cuanto encuentro un hueco dentro de mi ajetreada agenda. Mis frescos son observados a diario por miles de personas y, aún así, continúo en el más absoluto anonimato. El Metropolitan, el Louvre, el Guggenheim, todos me ofrecen sus salas para que culmine allí las obras, y son capaces de cerrar alas enteras de sus recintos sólo por verme actuar. Os preguntaréis qué técnica domino, qué estilo me distingue del resto para ser tan solicitado. Pues, a decir verdad, ninguno en concreto; pero me atrevo con todos y cada uno de ellos: el gotelé, el lacado, el estucado... Aunque sospecho que son mis bajos honorarios los que consiguen que mis pinturas sean tan universales.


Aquí, entre el gentío, podéis observar una de mis obras más celebradas. Lograr la textura del mármol con ese color crema ha supuesto, sin ningún tipo de duda, la culminación a mi carrera.

domingo, 15 de febrero de 2015

Tratamiento contra la ansiedad



Javier desabrochó su reloj de pulsera y se lo acercó a la oreja para escuchar el pálpito del segundero. Lo depositó con mimo en el suelo y, acto seguido, lo aplastó con fuerza, notando el crujir de los mecanismos bajo el tacón de sus camperas. En su día, había significado un apreciado obsequio de aniversario que le regalara su ex-mujer, pero ahora sólo eran escombros esparcidos, pasto del tratamiento contra la ansiedad que le habían recomendado. 

Sorprendentemente, se sintió mejor.

Al acercarse a la cocina para ir a buscar unos utensilios con los que adecentar el estropicio, se percató de un sutil tic-tac que provenía de la pared situada frente a la campana extractora. Allí, colgado de una alcayata,  permanecía impasible el reloj, en forma de trébol con cuatro hojas, que su madre le comprara en el todo a cien para decorar la fría sala. Lo descolgó.

Una vez en el comedor, y tras recoger los desperdicios de su anterior víctima, situó el nuevo cronómetro en la misma baldosa que el anterior y volvió a estrujarlo violentamente con su talón.

Esta vez, la carcasa no cedió. Para su madre era fundamental, por tradición familiar, adquirir objetos que duraran para toda la vida, y ese artefacto era una prueba más del buen ojo que atesoraba la mujer en el momento de escogerlos. Pero en Javier, lejos de amilanarlo, supuso un incentivo suficiente como para animarse a inaugurar la caja de herramientas que jamás había tocado. Sacó una maza de aspecto contundente y se lió a porrazos, hasta que dejó de percibir su compás y logró hacer añicos el simulacro de amuleto silvestre.

Maravillado, y sin saber por qué, se sintió aún mejor.

Hechizado por el cóctel de adrenalina y endorfinas que corría por sus venas, esprintó hasta dormitorio y, de un zarpazo, agarró el despertador que le había acompañado en cada uno de sus reposos. Se había hecho con él el mismo día en que le contrataran para su primer trabajo. En su imaginario le reservaba un lugar mítico, infalible, casi mágico, pues jamás había dejado de sonar a la hora demandada. Aún así, no dudó un segundo en intentar proporcionarle el mismo destino que al resto de relojes.

Apartó de un manotazo las hojas, ya mustias, del trébol y se dispuso a ocupar su lugar con el nuevo mártir. Pero la visión de una pequeña grieta ante sus ojos lo detuvo en seco: el arrebato protagonizado con la maza había erosionado, de forma involuntaria, la cerámica del suelo. Y no estaba dispuesto a consentir daños colaterales por cumplir con el procedimiento.

Cinco segundos destinó Javier en encontrar la solución. Aferró con fuerza el despertador y se dirigió al balcón.

En el exterior esperaba un frío atardecer de enero, envuelto en un cielo de nubes tan plomizas que, estrujándose las unas contra las otras, lograban licuar una tenue lluvia que mantenía las calles encharcadas. Javier se asomó al vacío, observó la acera y se cercioró de que no pasara nadie en ese momento. Como la inhóspita tarde ayudaba a que se cumplieran sus deseos, no tardó en dejar caer el despertador y verlo estallar en pedazos sobre el indolente asfalto.

En esta ocasión, pese a no cogerle desprevenido, quedó aún más embriagado. Con una franca sonrisa, volvió al interior de su piso y se sentó en el sofá, disfrutando del inesperado gozo que le estaba reportando la práctica.

<<Cuanta razón llevaba Carlos>>, pensó. Y recordó el estado de ansiedad en el que le había encontrado su amigo cuando quedaron, hacía apenas media hora, para tomar un café.

No puedo más —le había confesado nada más verle— Me duele el pecho, tengo nauseas y sufro de convulsiones. Desde que se fue Inés que no levanto cabeza. Estoy en casa y me invade una sensación de aplastamiento, como si las paredes fueran a venírseme encima en cualquier momento.

Carlos le había mirado con las pestañas a media asta, con la indiferencia de quien transmite su sabiduría en total calma.

Mira, chico, es normal —replicó Carlos— pasas demasiados ratos a solas y no haces más que darle vueltas al asunto. Tienes que buscarte una actividad, un paréntesis donde poder evadirte. Yo, si fuera tú, probaría a matar el tiempo.

Javier permanecía en el sofá, rememorando las palabras de Carlos. Si no había más remedio, bajaría al chino de la esquina y compraría unos cuantos relojes para ser destruidos por la fuerza de la gravedad. Estaba dispuesto a acabar con el tiempo que fuera necesario para mitigar su malestar.

Un angustioso escalofrío le recorrió la espina dorsal. Volvía a invadirle la imperiosa necesidad de matar. A la hora en punto, y como si se tratara de un sacrificio presto a apaciguar sus ansias, reclamó su atención el cuco que habitaba en el reloj de pared que perteneciera a su abuela. Si alguna vez había pensado ese pajarillo en emprender el vuelo, estaba de suerte. Había llegado ese día.

domingo, 8 de febrero de 2015

Seguidor del Diablo



No hace mucho, comenté algo sobre mi carácter pacífico (que no pacificador, aunque no me agrade ninguna manifestación de violencia), pero me gustaría apuntar que, más que mi pachorra (que la atesoro, y en grandes cantidades), lo que mejor me define podría ser mi tendencia a esquivar las confrontaciones. Pelearse o discutir de forma visceral no me parece la mejor opción para resolver discrepancias. Es más, en muchas ocasiones sólo sirve para instalarse un muro mental, de pura cabezonería, que nos impermeabiliza de la tolerancia necesaria para comprender otros puntos de vista. Mi estilo siempre ha sido el de buscar la complicidad con el prójimo, los lazos en común; jamás el de la grosería de querer imponer mi parecer a base de bramidos y menosprecios. En mi trabajo, quieras que no, ya me tienen calado. 

Pero la mayoría de mis compañeros son expertos en provocar follones. No es que sean malas personas ni nada parecido, pero están acostumbrados a relacionarse de una forma muy burra, lanzándose entre ellos puyas y gritos continuamente. A veces parece que cuantas más barbaridades se dicen, mejor se lo pasan. Y por ahí, en medio, ando yo, claro.

Ya hace tiempo que se dieron cuenta de mi extrema timidez, pero, una vez superado el tiempo de adaptación imprescindible para comunicarme con soltura y unirme a sus, demasiado a menudo, salvajes conversaciones, les resulta extraño que, ante sus provocaciones (por decirlo suavemente), no me revuelva de forma vehemente, como hacen ellos.

¿Pensáis que estoy exagerando o que soy una persona demasiado sensible? Quizá, pero mejor pongo un ejemplo y juzgáis vosotros mismos.

El otro día escuché como discutían, de esa forma tan amigable a la vez que belicosa, un compañero que es de los más cafres, con otro de religión musulmana. Bueno, pues yo no sé que le habría dicho el musulmán (seguro que nada bonito, porque este hombre también se las trae), pero la contestación del otro fue: "tú cállate, que sólo sirves para barrer y pegar tiros en Francia". ¡Eh!, y el musulmán ni se ofendió. Es más, los dos se rieron al unísono.

Pero bueno, sobre esta pandilla de energúmenos ya hablaré otro día, porque mi intención era escribir algo sobre teología.

Pues andaba yo paseando por el almacén con un palet vacío en mi transpaleta eléctrica, cuando, en un achaque de compañerismo, se me ocurrió ofrecer ese soporte de madera a un hombre que se encontraba separando género, a sabiendas que le podría servir de gran ayuda.

El compañero me miró de soslayo, con una clara intención de lanzarme un desaire. Y, supongo yo que por no traicionar a su gesto, me dijo:

- Yo, de ti, no quiero nada.

A lo que contesté:

- Pues había pensado en darte, junto con el palet, 50 euros. Pero, si te pones así, mejor me los guardo.

El debate no fue más allá, pero puedo decir que la contestación le hizo bastante gracia.

Ya he comentado anteriormente que no soy de los que replican a un desprecio de forma ofensiva, más bien intento crear algo de complicidad (como se puede comprobar, tampoco demasiado ingeniosa) y, a ser posible, provocar una sonrisa en mi interlocutor. Porque llevo ya unos cuantos meses tratando con ellos y soy consciente de que sus palabras no tienen mala intención. Pero lo más curioso vino después, cuando otro compañero que había observado la escena me preguntó si yo era Testigo de Jehová o algo parecido, pues se había dado cuenta que no suelo entrar al trapo ni decir las mismas barbaridades que los demás.

Esa primera apreciación me sorprendió, a la vez que me indignó un poco. ¿Por qué, por intentar ser cordial, educado y no caer en lo soez, he de poseer creencias religiosas? ¿Es más amable un creyente que un ateo o un agnóstico?

Tampoco es que me importara demasiado ser confundido con un feligrés, pero, aún así, quise aclarar el malentendido comentándole que guardo tan poca relación con la iglesia que ni tan siquiera he sido bautizado. Y a continuación me dijo:

- ¡Ah! Entonces, si no crees en Dios, es que eres seguidor del diablo.

Y se quedó tan pancho.

Pero vamos a ver, hombre de Dios (porque sé de buena tinta que es cristiano). Si te estoy diciendo que no creo en una entidad todopoderosa, que destila pureza, sabiduría y amor por todos sus poros (en el caso de tener poros, claro), ¿por qué razón debería creer en su figura antagónica? O sea, en un ser maligno, depravado y mezquino, que, casualmente, busca que ignoremos la palabra de Dios. Si hay alguien aquí que puede acabar adorando al demonio, ese eres tú. Porque si a algo se dedica en cuerpo y alma ese diablo, allí, en el mundo imaginario donde te has (o te han) montado una lucha entre el bien y el mal para dar sentido a la creación, es a tentar personas como tú, devotas de Dios.

Pero, claro, es más fácil decir que todos somos hijos de Dios, y que los que negamos su existencia es por haber sucumbido al influjo del maligno. Las religiones son expertas en argumentar de tal forma que se acabe reafirmando su doctrina, desvirtuando así cualquier otra vía de pensamiento. Pues no. Y huelga decir que esa postura me parece una enorme falta de respeto a quien no cree en divinidades. Pese a quien pese, yo soy hijo de mi padre y de mi madre, y no hay nadie más que pinte algo en este asunto. Así que coges a tu Dios, a tu diablo y a tu mentalidad corta de miras, y te los guardas en el mundo de fantasía y fanatismo que habéis creado para dar sentido a nuestra nimia existencia. Y a ver si sois capaces de parar la búsqueda de enemigos contra los que luchar y tenéis la decencia de dejar a cada uno creer (o no creer) en lo que le venga en gana. Porque estoy hasta los cojones de que se maten personas en nombre de, no ya hombres de paja, sino seres etéreos con los que os masturbáis la mente.

Desde luego que todo este pensamiento no lo expresé en voz alta, pues por todos es sabida mi propensión a no molestar.

domingo, 25 de enero de 2015

Silencio



Hoy quiero confesar que estoy enamo... Perdón. Ya se me ha vuelto a cruzar la letra de esa famosa copla por la cabeza...

Hoy quiero confesar que cada día veo menos la tele. Yo, que de pequeño estaba tan unido a ella que en mi casa se me consideraba como una extensión más de ese electrodoméstico. Mi abuela llegó a estar del todo convencida que era imposible ver los canales si no me mantenía en contacto con el sintonizador. Incluso podría jurar que fueron mis padres, preocupados como estaban por mí, los que inventaron el mando a distancia para lograr despegarme de ella y así evitar que me quedara ciego. Divina inconsciencia.

Lo cierto es que, una de dos, o me he vuelto extremadamente selectivo con su programación o es que ha bajado mucho la calidad de sus propuestas. Probablemente sea una suma de los dos factores, aunque he de reconocer que aún sigue interesándome algún que otro programa. Eso sí, casi todos pertenecientes a la mejor corporación de radiotelecomunicación que haya existido nunca en este país: TV3. Aunque, bien mirado, tampoco era tan difícil superar al resto.

Ya, ya sé lo que estaréis pensando: otro catalán agilipollado que se deja comer el coco por la cadena autonómica. Pues vais muy equivocados. Bueno, a medias, porque lo de agilipollado es evidente que resulta ser cierto. Pero, más allá de la ideología del canal (que la tiene, como cualquier otro medio), hay una parrilla repleta de programas originales que gozan de una calidad sorprendente. Y hoy, corriendo el riesgo de ser etiquetado como sibarita o snob, voy a hablar de uno que, encima, resulta ser de los menos vistos, y menos mencionado, en Cataluña. Se llama Òpera en texans (Ópera en vaqueros). Y trata de divulgar la música clásica en general y, como su propio nombre indica, la ópera en particular.

Seguro que el sentir general será "¿Un programa que habla de ópera? ¡Vaya tostón!" Pues otra vez iréis errados. Y esta vez del todo, porque su mayor baza no es la materia a tratar, sino su presentador, Ramón Gener; sin olvidar al estupendo equipo de creativos que le arropa en la sombra y le ayuda a transmitir su pasión por este arte. La verdad es que no han despertado en mí una afición oculta por la ópera, más allá de su genial música, ni un arrebato irrefrenable por ir a ver funciones, pero han logrado divertirme viendo la tele, que no es poco. Porque este hombre es un comunicador nato, un entusiasta de su trabajo que sabe contagiar su amor por la ópera como nadie. Y lo hace a base de pedagogía, huyendo de tecnicismos y despojándola de todo prejuicio. Acercando esas partituras, en principio solo para sibaritas, a nuestras orejas, como el que ofrece una golosina al paladar. Su forma de actuar es, a priori, muy sencilla: normalmente desgrana un libreto y nos lo muestra jugando con nuestra percepción e indicándonos dónde, cuando y cómo hay que escuchar. Nos lo pone tan fácil que es imposible no quedar prendados con las obras de arte que nos brinda. Vamos, que este programa es una delicia de media hora que nadie debería perderse.

El otro día, sin ir más lejos, me quedé alucinado con una emisión donde hablaba de los silencios. Postulaba que una de las características que diferencia a la ópera clásica de la contemporánea, son los silencios que se emplean en estas últimas como parte de la partitura. Ramón Gener defendía que los silencios son incómodos, molestos, tensos, y que esa era una de las razones por las que un minuto de silencio jamás se llega a cumplir por completo en un campo de fútbol. Al parecer nos incomoda tanto que no somos capaces de soportarlo.

Como paradigma de la importancia que ha cobrado el silencio en la música actual, también nos descubrió una obra compuesta únicamente por un silencio muy largo. El autor, por no llamarle directamente "el jeta", es John Cage y su obra se titula 4'33, que son precisamente los minutos y segundos de mutismo que la componen. Me pregunto si este hombre cobrará derechos de autor cada vez que cualquier emisora calle durante cuatro minutos y treinta y tres segundos. Seguro que sí.

Pero lo que más me fascinó es cómo ese silencio, que en realidad no es nada (¿o sería más correcto decir que es la ausencia total de sonido?), puede tener presencia ante nosotros. Y la tiene porque le adjudicamos un lugar concreto. ¿Que dónde está ese lugar? Pues en el tiempo, en esos cuatro minutos y treinta y tres segundos. Y es precisamente gracias a su finitud, que podemos situarlo. Si fuera un silencio infinito no tendría razón de ser. Porque así es cómo concebimos nuestro universo, partiendo siempre desde el espacio y el tiempo. Es decir, todo lo que ocupe un lugar, ya sea en el espacio o en el tiempo (o en los dos conceptos a la vez) será algo tangible, algo determinado; una cosa, una realidad para nosotros.

Muchos os preguntaréis, ¿se le ha ido la olla? Pues seguramente, pero fue debido a que la interesante reflexión de Ramón Gener me hizo pensar. Hizo que cambiara mi punto de vista y me hiciera poner en duda la realidad cotidiana. Y tener la ocasión de disfrutar con un programa que atesora esa capacidad, no tiene precio.

Por cierto, hace unos meses supe de un nuevo proyecto que andaban preparando para TVE, titulado This is Opera y, hasta la fecha, no sé nada de él. ¿Llegará a estrenarse? Pues aún no lo sé. Y es una lástima, porque programas de esta índole, de los que estimulan mi mente, no se dan muy a menudo. Aunque siempre podemos ir a buscar Òpera en texans a la web de TV3

O esperar a que estrenen nueva temporada.

domingo, 11 de enero de 2015

Negocio al alza



Es muy probable que no me recuerden, pero yo fui el accionista mayor de Betamax y, más tarde, uno de los cofundadores del Laser-Disc y Mini-Disc; aunque ya he dejado a un lado la tecnología, a pesar de las insistentes llamadas que recibo para formar parte de ese monopolio sin sentido que son las pantallas táctiles. En fin, ellos sabrán. Aunque ya les he advertido que se van a pegar una hostia morrocotuda.

Con mis antecedentes, está claro que reconozco un negocio lucrativo en cuanto lo veo. Soy, lo que llaman por este mundillo, un gurú de la economía. Puede que no se lo crean, pero no hay más que contemplar detenidamente el mundo para encontrar multitud de campos por explorar. Sin ir más lejos, me gustaría hablarles de la visión que tuve el otro día. O, mejor dicho, la otra madrugada. Porque fue a las cinco de la mañana, sumido aún en la oscuridad de la noche, cuando la revelación salió a mi encuentro.

Ocurrió el domingo, cuando volvía a casa de un viaje de negocios. Mi avión aterrizó de madrugada y, ante la imposibilidad de encontrar despierto a mi chófer, no tuve más remedio que contratar un taxi para que me trasladara a mi domicilio de Barcelona. Fue nada más entrar por la Diagonal, en su confluencia con la plaza Francesc Macià, cuando me topé con ellos. 

Invadían la calzada impunemente, con andares torpes y renqueantes, aunque se les intuía una extraña orientación para mantenerse siempre agrupados. El taxista me informó que siempre sucedía lo mismo a la misma hora: se abrían las puertas de un local situado en los alrededores y salían en desbandada, en todas direcciones y sin destino aparente. Eso sí, el aspecto que presentaban era impecable. Bueno, todo lo impecable que puede resultar la figura de un zombie. Ojos rojos e hinchados, tez pálida como La Luna y una vestimenta tan desmadejada que parecían muñecos de trapo. Algunos, como era de esperar, arrojaban fluidos por la boca de un marrón verdoso repugnante; otros, en cambio, se mostraban más animados, quizá por ello más sudorosos, pero con los mismos movimientos espasmódicos que sus compinches. Desde el interior del vehículo, también pude ver a un par de ellos devorando con fruición una barra de pan que vete tú a saber de dónde la habían sacado.

El taxista, tras completar sin víctimas el improvisado circuito de conos en el que se habían tornado los zombies, protestó, clamando al cielo, para que alguien se hiciera cargo de esa situación tan peligrosa.

Y ahí fue cuando me sobrevino la inspiración.

No hay duda de que, ateniéndome a lo vivido aquella noche, el Apocalipsis está cada vez más cerca. Y supongo que habrá que achacarlo a algún misterioso brebaje que se ha puesto de moda, porque aquel conductor no hacía más que acusar de ese desmán a no sé qué clase de botellón. Pero donde hay una crisis, se gesta una oportunidad. Y yo soy un lince para implantar un mercado en el lugar más insospechado, allí donde parece haber tierra yerma. Sólo hay que ponerse en la piel de los posibles clientes potenciales.

¿Qué es un zombie?

A primera vista, un muerto viviente. Pero si retrocedemos en su ciclo vital, o mejor dicho mortal, vemos que para ser un muerto antes ha debido pertenecer a la especie de los vivos. Y todos los que nos encontramos en ese estado, me refiero al de poseer pulso, sabemos que estamos cargados de anhelos y propósitos por cumplir. ¡Pues ser un resucitado es, mismamente, atesorar una segunda oportunidad para consumar esos deseos! Otra ocasión que nos brinda el destino para, en el caso inevitable de volverla a diñar, irnos en paz.

¿Y qué deseos son esos? Pues, según todas las encuestas, aprender inglés y visitar asiduamente un gimnasio. Y aquí es donde entra en liza mi idea para la franquicia: un gimnasio, exclusivo para zombies, con monitores, o mediante auriculares conectados a las máquinas, que enseñen el idioma de Shakespeare. Incluso ya tengo el nombre patentado. Se llamará The Talking Dead.

Sí, de acuerdo, es posible que tarde unos meses en arrancar. Y he de reconocer que habría que amoldarse a ese horario tan intempestivo en el que insisten en salir a pasear esos zombies. Pero, tal como se avecina el futuro, no me negaréis que se trata de una apuesta a tener muy en cuenta.

miércoles, 7 de enero de 2015

Microrrelato de Reyes

No tenía pensado publicar nada especial para este día, pero, sin entender aún por qué, he regresado del trabajo de buen humor. Y es el estado de ánimo perfecto para que se me ocurran chorradas. Como siempre, solo espero que sean leves.



El regalo de Carlitos
Carlitos despertó excitado, con unas prisas horrorosas por ver su regalo de Reyes. Apesar de su extrema gordura, saltó con agilidad de la cama, apartó a su hermano de un empujón y se abalanzó sobre el paquete que llevaba inscrito su nombre. Lo encontró junto a la infame ofrenda que había dispuesto para sus majestades: un vaso de leche agriada y un chusco de pan duro.
Desgarró el envoltorio y apareció, como no podía ser de otra forma, un saco de carbón. Todos, su hermano, sus padres y sus abuelos, se lo habían advertido el día anterior. <<Si no te comes la verdura hervida, los Reyes te traerán carbón>>. 
Una pícara sonrisa afloró en los labios de Carlitos. Ya no habría excusas por parte de su padre. Aquellas piedras negruzcas eran el combustible necesario para estrenar la barbacoa. Así serían felices y, tras las chistorras y las morcillas, comerían perdices.

domingo, 4 de enero de 2015

El hombre del muro



Hubo una vez un hombre apoyado en un muro. Y digo hubo una vez porque ese hombre ya falleció y, que yo sepa, las personas solo atesoramos una sola vida. Era un hombre normal, con su casa, su trabajo, su familia, sus anhelos y su miedo. Y ahora quiero enfatizar en su miedo, porque solo existía una única cosa que le atemorizara: ser atacado por la espalda. 

Convivió con ese terror durante muchos años, igual que lo hizo con su casa, su trabajo y su familia, hasta que un día, paseando por la ciudad, encontró una vieja fábrica abandonada delimitada por un muro. Sin saber por qué, al instante se sintió atraído por su acogedora fachada. No prestó la más mínima atención a las oficinas, al almacén o a la chimenea que se alzaba decenas de metros. Sencillamente quedó prendado por la robusta pared que los resguardaba. Daba igual que los ladrillos estuvieran roídos y el adobe demacrado, porque lo que le proporcionaba aquella alineación de tochos era una enorme sensación de seguridad, de protección. Tanto era así, que no dudó un segundo en pegar su espalda a los lingotes de arcilla y observar el mundo con la tranquilidad de quien tiene la retaguardia bien cubierta. Y en ese preciso instante, el miedo se esfumó.

Tras pasar la tarde más apacible de su vida, volvió a casa; a su trabajo, a su familia, pero también a ese miedo constante de ser agredido a traición. A partir de ese día, como le fue imposible encontrar un lugar más acogedor, centró sus obsesiones en encontrar la fórmula que le llevara a pasar el mayor tiempo posible con su trasero pegado a esa pared. Vete tú a saber con qué excusa, convenció a toda su familia de la conveniencia de trasladarse al barrio donde continuaba anclada la fábrica. También consiguió, imagino yo que con mucha perseverancia, encontrar un trabajo a tan solo dos manzanas de su preciada pared. Y desde entonces, siempre que sus obligaciones no se lo impidieran, se le vio apoyado en el muro.

Muchos os preguntaréis, al igual que hago yo, qué cojones hacía ese hombre eternamente adherido a un muro. Pues lo cierto es que no lo sé, pero puedo explicar las sensaciones que nos transmitió a las personas que pasábamos de vez en cuando por allí.

Las primeras semanas parecía feliz. No es que fuese una felicidad exultante ni nada parecido, era algo más cercano a la paz interior, a un remanso de tranquilidad que se percibía por cada uno de sus poros. Además de esa plácida mueca de satisfacción que acompañaba, a diario, con una inmutable sonrisa alelada. Todo en él era muy tierno, muy sosegado.

Acabado ese tiempo de gozo interior, empezó a contemplar a los viandantes que por sus narices desfilaban. Al principio con curiosidad, pero, al detectar que andaban con sus incurables temores, no dudó en lanzarles esa mirada arrogante de quien se cree superior a los demás. Sí, la soberbia le pudo. Y no tardó en escupirles a la cara improperios para demostrar que no existía nada ni nadie que le pudiera atemorizar.

Tuvo varias peleas con diferentes personas, pero mantener ese muro a su espalda le dio el arrojo suficiente para encarar los encontronazos con más determinación que cualquiera de sus adversarios. Y todos sabemos lo que puede llegar a intimidar una persona sin miedo a nada. Así que allí estaba, día y noche, con sol o con lluvia, bajo cualquier circunstancia, haciéndonos saber desde su púlpito que jamás volvería a pasar miedo. Que jamás volvería a sentirse débil ni desdichado.

Hasta que llegó un día en que el amanecer trajo consigo vientos huracanados; esa clase de bufidos capaces de arrancar un árbol de cuajo. O sea, unos remolinos de la hostia que espantarían a cualquier persona que anduviera por la calle. A cualquier persona menos al hombre del muro, que permanecía en su enclave favorito con la serenidad del que se mantiene apoltronado en el sillón de su casa. Y así ocurrió lo que ocurrió. Que una ráfaga de viento echó el muro a bajo y lo mató.

Es muy triste saber que en el mundo existen esta clase de tragedias, pero si por algo se me conoce es por intentar sacar siempre algo positivo de todo tipo de sucesos. Precisamente por eso le estuve dando vueltas al incidente del hombre del muro. Y a fuerza de proponérmelo llegué a unas cuantas conclusiones o, como diría mi abuelo, moralejas:

- La primera es que no hay que perder nunca el miedo, pues haría que nos confiáramos en exceso y olvidáramos los posibles peligros que campan a sus anchas por este mundo. 
- La segunda es que, de nuevo, no hay que perder nunca el miedo. Esta vez porque es una característica innata de nuestra especie y hacemos insoportable nuestro trato si nos deshumanizamos y faltamos al respeto.
- Con la tercera me he acercado a la metáfora. He imaginado que el muro era una especie de adoctrinamiento sectario que captó a ese hombre con la promesa de extirparle sus temores. Y, como siempre ocurre en estos casos, la persona acabó engullida por su dogma.
- Aunque, personalmente, me quedo con la cuarta y más visceral, pues he deducido que no existen suficientes muros inestables, en la faz de La Tierra, para tanto gilipollas.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Tradiciones bajo sospecha



En estos días tan navideños he empezado a pensar en las eternas tradiciones que, de forma tan natural, repetimos año tras año. Y me ha dado, sin saber muy bien cómo, por poner bajo sospecha a una de ellas en concreto. Seguramente pensaréis que, dada la cantidad de desordenes que se producen en estas fiestas (comidas copiosas, abuso del alcohol, consumismo desenfrenado, y un largo etcétera), una sola inquietud puede resultar incluso escasa, pero es que atesoro en mi interior una enorme fuerza inconsciente que arrastra mi mente a un estado de ánimo de la más ingenua despreocupación, y no deja que mi cerebro se altere por casi nada. Por más desasosiegos que encuentre, uno es lo máximo que puede llegar a perturbarme.

Los más optimistas opinarán que, puestos a analizar tradiciones, mejor dedicarse a ver los lados positivos de esas entrañables costumbres y dejar arrinconadas las prácticas que no me convencen; que por algo son festivos estos días, para intentar disfrutarlos. Pues no. Y mucha culpa de mi negatividad seguramente la tenga el inmenso trancazo que arrastro desde hace una semana. Ahora que lo pienso, es posible que la inevitable visita de los microbios también la podamos colocar en la lista de acontecimientos navideños habituales. Aunque lo de este año no es normal. El otro día, sin ir más lejos, mantuve una batalla feroz por el dominio de mi cuerpo que un poco más y doy por perdida ante el envite de los gérmenes. A esos cabroncetes, no contentos con hacerme moquear, estornudar y toser, se les ocurrió activar en mi organismo todos esos síntomas a la vez y sumarle, además, un ataque de hipo. Hasta un compañero de trabajo me preguntó si me encontraba bien al ver la cantidad de movimientos espasmódicos y sonidos extraños que proyectaba en todas direcciones. Pero tranquilos, porque le contesté, así como quien no sufre por nada, que seguramente andaba un poco resfriado, pues no sólo soy una persona despreocupada, sino que también me gusta compartir con el resto de la humanidad mi facilidad de quitar importancia a los problemas y procuro no traspasar mi desazón a nadie. Aunque, ahora que estamos en confianza, he de confesar que casi me rindo ante la invasión del virus y que a punto estuve de abandonar mi cuerpo a su suerte. El problema hubiese venido después, cuando, desvalido, tuviera serias dificultades en encontrar otra fachada donde refugiarme. Seguramente por eso resistí, claro.

Pero bueno, no os voy a aburrir más con mis luchas interiores y vamos al tema en cuestión. 

Hay una tradición muy catalana llamada fer cagar el Tió. ¿Que no sabéis en qué consiste? Pues yo os lo explico, que casualmente me habéis pillado con ganas de escribir sobre este asunto y no me cuesta nada.

El rito es muy sencillo. Nada más tenéis que haceos con un tronco de madera (el tamaño va a gustos), acondicionarlo más o menos como la muestra que he puesto en la imagen de cabecera y hacer la pantomima de darle de comer para, más tarde, golpearlo con un palo hasta lograr, al menos en apariencia, que el leño defeque chucherías y regalos. No tiene más secretos. Se podría decir, si nos asomáramos al chiste fácil y estereotipado, que es como una piñata pero a la catalana: dado que el tronco no se rompe (a no ser que en lugar de niños criéis orangutanes), puede ser reutilizado cada navidad, con el consecuente ahorro que eso conlleva.

Aquí una banda de niños moliendo a palos un indefenso Tió


Pues, aún así, lo encuentro bárbaro.

Supongo que los conocedores de mi extremo carácter pacifista ya se habrán dado cuenta de qué es lo que no me gusta de esta práctica. Exacto, el apaleamiento indiscriminado que sufre el indefenso madero; del que no podemos olvidar que ha sido caracterizado con un nombre, nariz, boca, ojos y gorro para dotarlo de cierta personalidad. ¿Es así como queremos educar a nuestros hijos? ¿En el convencimiento de ser premiados con comida y regalos si apaleamos a otro ser vivo? O, dicho de otra manera, aleccionándoles en el arte de zurrar a otro animal hasta que, literalmente, se cague de miedo y nos reporte unos buenos beneficios en forma de golosinas y juguetes.

Mira que yo soy de los que aplaudí cuando eliminaron las sangrientas corridas de toros en el ámbito catalán, pero también pienso que deberíamos mirar hacia liturgias donde la violencia injustificada no es tan explícita pero continúa en esencia. Y no hay mejor modo que empezar por la educación, porque no creo que aporrear con un palo sea la forma más civilizada de enseñar a nuestros niños a demandar sus anhelos.

También es posible que toda esta reflexión venga propiciada por lo sensibilizado que se encuentra uno cuando anda un poco enfermo (véase cómo, aún al borde de la muerte, continúo con mis inexplicables ansias de quitar hierro al padecimiento). Porque mis convicciones son tan volubles que no me extrañaría nada cambiar de opinión en unos días y empezar a asegurar que la práctica del caga Tió está enfocada como metáfora del esfuerzo y la lucha diaria que hay que mantener para sacar adelante nuestras aspiraciones en el día a día.

Y, si me lo propongo, soy capaz de sacarle una tercera o cuarta lectura al tema, como que es un desestresante para niños hiperactivos o que se trata de una vieja ceremonia que nuestros ancestros utilizaban para espantar malos espíritus del bosque a base de su tam-tam. Es lo que tiene poseer unas ideologías tan endebles. Pero será otro día, porque ahora voy a sonarme los mocos.


jueves, 18 de diciembre de 2014

Clavada en el corazón

Pues ya estamos de vuelta. Con un nuevo piso, una nueva línea, pero la misma tontería de siempre. Y, como ejemplo, aquí va uno de esos relatos que florecen de vez en cuando en mi mente enfermiza. Sólo espero que sea leve.



Clavada en el corazón
Adrián miró al besugo postrado en el plato sin saber qué decir, como quien se topa con un amigo de la infancia, veinte años después, y no sabe muy bien cómo saludar. 

Observó su piel, torrada por la fritura infligida, y se relamió. Si el sabor era tal y como lo recordaba se daría un buen festín, ansiado durante mucho, mucho tiempo. De hecho, ese tiempo era exactamente el que llevaba casado con María y sin probar un pez: veinte años. Cuando al cura se le escuchó recitar la liturgia del matrimonio, no tuvo reparos al enfatizar: "en la pobreza y en la riqueza, en la salud y en la enfermedad", olvidándose de incluir "para la carne y no para el pescado", siendo además esta frase la única veraz. También recordó cómo Joaquín, su amigo del alma, en un arrebato de sinceridad ocurrido el día anterior a su boda, le había advertido de los sinsabores aparecidos en la convivencia de su, por aquel entonces, corto matrimonio. Lo que Adrián jamás pensó es que ese vaticinio lo acabase sufriendo de forma tan literal. Aunque no se podía quejar. Eliminar de su dieta el pescado jamás había sido una imposición, sino una sensatez adoptada voluntariamente tras conocer la profunda animadversión que su amada profesaba a ese viscoso animal. Y lo asumió con gusto y disciplina, sabedor de que esa ínfima renuncia le acercaría más al cariño de María.

Se distrajo con el brillo de la lampara del comedor reflejado en el cuchillo de pescado. Después de tanto tiempo, ¿aún sabría manejar ese cubierto? Lo agarró con su mano derecha y lo alzó a la altura de los ojos. El metal de la paleta le devolvió la imagen de un grueso rostro perfilado sobre una prominente papada, cuarteado por el sol tras innumerables horas de trabajo en la obra y avejentado por el paso de los años. Si hubiera utilizado más a menudo ese instrumento que sostenía entre los dedos, seguramente se encontraría mucho más estilizado, como en su época de soltero. Pero el amor es ciego, y esa falta de visión le indujo a pasar por alto todas aquellas suculentas recetas que se anunciaban en el menú de cualquier restaurante que visitara. Dorada al horno, bacalao al pil pil, sardinas en escabeche, exquisitos platos que ni se paraba a leer; y mucho menos a probar. Jamás se hubiera perdonado que, al regresar a casa, su mujer le robara un furtivo beso en los labios con sabor a lenguado.

Pero María ya no estaba allí, se había marchado. En el piso quedaba solo Adrián, con el besugo a la plancha y un susurrante murmullo de fondo proveniente del televisor. Ella le había abandonado, por otro hombre más joven. Un surfista australiano llamado Lou Beehna, diez años menor que ella, que dedicaba su tiempo a recorrer el mundo en busca de olas perfectas. 

Adrián, al principio, no se lo podía creer. ¿María acampando día y noche a la vera del mar, justo en el lugar de donde procedían todas sus pesadillas?, ¿compartiendo cama con un hombre que desprendía olor a salitre y sudor? ¡Si hasta su nombre sonaba como el de un pez! No, no podía ser cierto. Lo dejaría en cuanto se diera cuenta de su inmenso error. <<Siempre ha sido muy impulsiva>>, se intentó convencer. <<Volverá a casa, a su verdadero hogar>>.

Pero ya había pasado casi un año y no daba muestra alguna de recapacitar. Ni tan siquiera señales de vida.

Dos días antes, apenas despertarse, miró a su alrededor y se sintió como un extraño viviendo en casa ajena. Una colcha rosa, con multitud de flecos espigados, abrigaba la cama donde dormía. Contempló, absorto, un póster enmarcado que decoraba la estancia. Allí se encontraban dos osos amorosos con la clara intención de besarse bajo la sombra de un inmenso corazón. Giró la vista hacia la cómoda y se sorprendió al verla invadida por cremas revitalizadoras. De golpe, le sobrevino la incómoda sensación de no entender qué pintaban allí; ni aquellos potingues ni él. Unos segundos más tarde abrió el armario vestidor y comprobó que su ropa a penas ocupaba una sexta parte del mismo. Se dio cuenta que los estantes estaban repletos de bolsos, zapatos, blusas y faldas, aguardando prestos de ser utilizados por una dueña que jamás iba a regresar. Se dirigió al servicio y le abrumó la cantidad de champús, acondicionadores y productos de cosmética que allí acechaban. Costó dar con su patético gel del Carrefour entre tanto recipiente glamoroso. Tras terminar con una decepcionante ducha que en nada ayudó a tranquilizarle, se encaminó hacia el comedor, pasando por el pasillo que albergaba la enorme estantería sobre la que María había estado recopilando durante años frascos de perfumes conceptuales; todos ellos surgidos de la mente de sus modistas más admirados. Era como si atravesara un túnel del terror diseñado expresamente por ella para ser por siempre recordada. Y desembocar en el salón tampoco le ayudó a levantar el ánimo. Aquella lámpara exclusiva de formas imposibles, aquel mantel estampado con frutas de colores... Todo, absolutamente todo, había sido dispuesto al gusto de su mujer.

Desde aquel día no estaba muy seguro de si María le había abandonado a él o a todos sus enseres. Aunque no descartaba la posibilidad de que él mismo representara para su esposa una propiedad más. Un objeto, entre tantos, del que se había desprendido. Esa imagen de desamparo había dejado un enorme socavón en su autoestima. Pero el tiempo ayuda a ver las cosas con diferente perspectiva. Y al tocar fondo, en ese mismo agujero originado en su amor propio, fue a plantar la semilla de la que emergiera su dignidad. La indiscutible decisión que le llevaría a terminar, de una vez por todas, con los lazos que le unían a su mujer. Aunque no se iba a precipitar. Planeó para el fin de semana el momento idóneo donde descargar toda su frustración. Ahora lo veía claro: volvería a ser el que era. Y allí estaba, en ese sábado largamente planeado, con el alimento prohibido que ni en sueños se hubiera atrevido a degustar de continuar María a su lado. 

Adrián se levantó de la mesa con el pescado aún intacto, se abalanzó sobre el mueble del comedor y, del primer cajón, extrajo los papeles del divorcio que le habían llegado seis meses atrás. Se había prometido no firmarlos nunca, pues ese gesto representaba perder toda esperanza de regreso a su antigua vida; pero nunca, es demasiado tiempo para cualquier persona. Y donde antes hubo promesa ahora sólo quedaba rencor. Rencor por haber sido traicionado, por no ser más que una marioneta en sus manos y, finalmente, por haber sido repudiado con calculada frialdad, desde más de siete mil kilómetros de distancia y por correo, a través del contrato de nulidad que mantenía en sus manos. Ahora notaba cómo todo ese resentimiento le ardía en el estómago. Y odiaba sentirse así. 

De un tirón, arrancó la capucha de la pluma y estampó su firma en el papel que le desligaba de su mujer. Pero intuía, sabía, que eso no sería suficiente. En ese preciso instante le sobrevino el tremendo impulso de empezar a olvidarla. Y cuanto antes, mejor. Estaba listo. 

Agarró con fuerza la estilográfica y la lanzó contra la absurda lámpara que decoraba el salón. La pluma impactó sobre su campana, originando un sonoro "gong" que fue la señal de salida para dar rienda suelta a su furia contenida. Arremetió contra el besugo clavando sus dedos en el jugoso lomo y propinándole dentelladas rabiosas, sin guardar el más mínimo decoro. Estaba fuera de sí, y la mayor parte de sus arrebatos los estaba sufriendo el indefenso besugo. Pretendía devorar el pasado con la misma celeridad que engullía el pescado, enterrando veinte años de recuerdos bajo su delicioso sabor.

De pronto, Adrián sintió una punzada en el tórax, como si una flecha le atravesara el pecho. Se convulsionó en un espasmo incontrolado y cayó a plomo sobre los restos del besugo. Mientras se le vidriaba la mirada aún tuvo tiempo para un último pensamiento. Una repentina certeza, oculta en amargo lamento, emergió de su mente. <<Esto jamás hubiera sucedido con María a mi lado>>. Y tras su última reflexión, expiró.

El lunes había amanecido envuelto en una borrasca, bajo una lluvia persistente que parecía llorar todas las lágrimas que Joaquín echaba en falta en el velatorio de Adrián. Aunque tampoco suponía una gran sorpresa, pues sabía muy bien que carecía de familiares cercanos a los que consolar. Por eso mismo era el propio Joaquín quien se encargaba de dar la bienvenida a las puertas de la funeraria. Ocuparse del entierro suponía el último favor hacia su querido amigo, prestándose con gusto a ello.

A media mañana encontró un corrillo donde descansar de tanto ajetreo. Un grupo formado por compañeros del trabajo de Adrián con los que ya había coincidido en alguna que otra ocasión.

- ¿Cómo andamos Joaquín? -saludó Carlos- Menudo marrón en el que te has metido ¿no?
- Desgraciadamente, es lo que toca -contestó resignado.
- ¿Pudiste dar con María? -preguntó mirando a su alrededor- No la he visto entre los presentes.
- ¿Su mujer? Sí, me devolvió las llamadas de madrugada. Al parecer se encontraba en Melbourne. No vendrá -añadió secamente- Al principio parecía afectada, pero en cuanto le comenté que Adrián había rubricado el divorcio justo antes de morir, cambió el tono de voz y me dijo que nada se le había perdido por aquí. Por lo que me dio a entender, su mayor pérdida será no recibir la pensión de viudez.
- Pobre Adrián -lamentó Carlos- Incluso muerto lo continúan exprimiendo.

Todo el grupo recibió la frase con un asentimiento de cabeza.

- Por cierto, ¿ya se sabe qué le pasó? -preguntó Javier, quizá el más aprensivo de todos ellos- Que yo sepa no estaba enfermo ni nada.
- Pues algo me ha comentado la policía. Se ve que le han encontrado un cuerpo extraño atravesando el ventrículo superior derecho. Algo parecido a una espina. Aunque me han asegurado que no pertenecía al pescado que cenaba ni saben muy bien cómo llegó allí. <<Misterios del corazón>> diagnosticó el forense.

Todos volvieron a asentir.

martes, 9 de diciembre de 2014

Se busca pareja


Seguramente este título no me vaya a resultar de gran ayuda, pero es que ya no sé qué hacer para conseguir una mujer. Mira que lo he intentado más de mil veces, pero no hay manera. No dejo de asomar todos los viernes noche por las discotecas y conozco a todas y cada una de las chicas solteras; el problema es que ninguna quiere conocerme a mí. Bailo como un poseso y me contoneo de forma sensual delante de todas ellas, pero creo que ni me ven.

Siendo plenamente consciente de mis problemas para conectar de forma visual con el sexo opuesto, he probado a congeniar con otra clase de chicas, pero empiezo a sospechar sobre la posibilidad de que tampoco sean capaces de escucharme. Todos los domingos salgo de excursión, como guía, con las juventudes de la ONCE y hasta la fecha no he conseguido entablar una sola conversación con ninguna fémina en la que me hicieran el más mínimo caso. Y eso que casi hablo gritando para solapar al resto de conversaciones, pero todas se han confabulado en mi contra y no piensan darme una mísera oportunidad de intimar.

Mi desesperación ha llegado a tal punto que no dejo escapar la más mínima oportunidad de acechar cualquier cosa que se parezca a una mujer. El otro día, por ejemplo. ¿Recordáis la noticia anunciada por todos los medios? Sí hombre, aquella que alertaba de que una terrible vampiresa andaba suelta por la ciudad. Pues hice todo lo posible por atraerla a mi morada. 

Lo sé, soy patético. Pero si no hay mujer que me pueda ver ni escuchar, pensé que al menos una chupasangre me podría oler. Así que no dudé en afeitarme con agua muy fría y una cuchilla desechable, la combinación idónea para infligirme unos buenos tajos en el pescuezo. Luego, antes de que la sangre coagulara, me asomé corriendo al balcón, buscando la orientación adecuada para que el viento acariciara mi cuello y esparciera el aroma de mi globulina entre los edificios. Para mi sorpresa, acabé cautivando a una decena de hembras aladas, aunque no eran de la especie deseada. La ingente cantidad de mosquitos que acudieron a mi llamada me dejaron la tez con el mismo número de forúnculos que cuando contaba con quince años de edad. Y de la vampiresa ni rastro, claro.

¿Será posible que hasta los monstruos del inframundo me huyan? 

Bien pensado, puede que al fin y al cabo haya sido lo mejor. Mira que si me acabo liando con una vampiresa y acaba conservando el mismo nivel intelectual que sus colegas, las mosquitas... Igual la frase "parecía una mosquita muerta" se refiera a las vampiresas. Vete tú a saber.