domingo, 25 de enero de 2015

Silencio



Hoy quiero confesar que estoy enamo... Perdón. Ya se me ha vuelto a cruzar la letra de esa famosa copla por la cabeza...

Hoy quiero confesar que cada día veo menos la tele. Yo, que de pequeño estaba tan unido a ella que en mi casa se me consideraba como una extensión más de ese electrodoméstico. Mi abuela llegó a estar del todo convencida que era imposible ver los canales si no me mantenía en contacto con el sintonizador. Incluso podría jurar que fueron mis padres, preocupados como estaban por mí, los que inventaron el mando a distancia para lograr despegarme de ella y así evitar que me quedara ciego. Divina inconsciencia.

Lo cierto es que, una de dos, o me he vuelto extremadamente selectivo con su programación o es que ha bajado mucho la calidad de sus propuestas. Probablemente sea una suma de los dos factores, aunque he de reconocer que aún sigue interesándome algún que otro programa. Eso sí, casi todos pertenecientes a la mejor corporación de radiotelecomunicación que haya existido nunca en este país: TV3. Aunque, bien mirado, tampoco era tan difícil superar al resto.

Ya, ya sé lo que estaréis pensando: otro catalán agilipollado que se deja comer el coco por la cadena autonómica. Pues vais muy equivocados. Bueno, a medias, porque lo de agilipollado es evidente que resulta ser cierto. Pero, más allá de la ideología del canal (que la tiene, como cualquier otro medio), hay una parrilla repleta de programas originales que gozan de una calidad sorprendente. Y hoy, corriendo el riesgo de ser etiquetado como sibarita o snob, voy a hablar de uno que, encima, resulta ser de los menos vistos, y menos mencionado, en Cataluña. Se llama Òpera en texans (Ópera en vaqueros). Y trata de divulgar la música clásica en general y, como su propio nombre indica, la ópera en particular.

Seguro que el sentir general será "¿Un programa que habla de ópera? ¡Vaya tostón!" Pues otra vez iréis errados. Y esta vez del todo, porque su mayor baza no es la materia a tratar, sino su presentador, Ramón Gener; sin olvidar al estupendo equipo de creativos que le arropa en la sombra y le ayuda a transmitir su pasión por este arte. La verdad es que no han despertado en mí una afición oculta por la ópera, más allá de su genial música, ni un arrebato irrefrenable por ir a ver funciones, pero han logrado divertirme viendo la tele, que no es poco. Porque este hombre es un comunicador nato, un entusiasta de su trabajo que sabe contagiar su amor por la ópera como nadie. Y lo hace a base de pedagogía, huyendo de tecnicismos y despojándola de todo prejuicio. Acercando esas partituras, en principio solo para sibaritas, a nuestras orejas, como el que ofrece una golosina al paladar. Su forma de actuar es, a priori, muy sencilla: normalmente desgrana un libreto y nos lo muestra jugando con nuestra percepción e indicándonos dónde, cuando y cómo hay que escuchar. Nos lo pone tan fácil que es imposible no quedar prendados con las obras de arte que nos brinda. Vamos, que este programa es una delicia de media hora que nadie debería perderse.

El otro día, sin ir más lejos, me quedé alucinado con una emisión donde hablaba de los silencios. Postulaba que una de las características que diferencia a la ópera clásica de la contemporánea, son los silencios que se emplean en estas últimas como parte de la partitura. Ramón Gener defendía que los silencios son incómodos, molestos, tensos, y que esa era una de las razones por las que un minuto de silencio jamás se llega a cumplir por completo en un campo de fútbol. Al parecer nos incomoda tanto que no somos capaces de soportarlo.

Como paradigma de la importancia que ha cobrado el silencio en la música actual, también nos descubrió una obra compuesta únicamente por un silencio muy largo. El autor, por no llamarle directamente "el jeta", es John Cage y su obra se titula 4'33, que son precisamente los minutos y segundos de mutismo que la componen. Me pregunto si este hombre cobrará derechos de autor cada vez que cualquier emisora calle durante cuatro minutos y treinta y tres segundos. Seguro que sí.

Pero lo que más me fascinó es cómo ese silencio, que en realidad no es nada (¿o sería más correcto decir que es la ausencia total de sonido?), puede tener presencia ante nosotros. Y la tiene porque le adjudicamos un lugar concreto. ¿Que dónde está ese lugar? Pues en el tiempo, en esos cuatro minutos y treinta y tres segundos. Y es precisamente gracias a su finitud, que podemos situarlo. Si fuera un silencio infinito no tendría razón de ser. Porque así es cómo concebimos nuestro universo, partiendo siempre desde el espacio y el tiempo. Es decir, todo lo que ocupe un lugar, ya sea en el espacio o en el tiempo (o en los dos conceptos a la vez) será algo tangible, algo determinado; una cosa, una realidad para nosotros.

Muchos os preguntaréis, ¿se le ha ido la olla? Pues seguramente, pero fue debido a que la interesante reflexión de Ramón Gener me hizo pensar. Hizo que cambiara mi punto de vista y me hiciera poner en duda la realidad cotidiana. Y tener la ocasión de disfrutar con un programa que atesora esa capacidad, no tiene precio.

Por cierto, hace unos meses supe de un nuevo proyecto que andaban preparando para TVE, titulado This is Opera y, hasta la fecha, no sé nada de él. ¿Llegará a estrenarse? Pues aún no lo sé. Y es una lástima, porque programas de esta índole, de los que estimulan mi mente, no se dan muy a menudo. Aunque siempre podemos ir a buscar Òpera en texans a la web de TV3

O esperar a que estrenen nueva temporada.

domingo, 11 de enero de 2015

Negocio al alza



Es muy probable que no me recuerden, pero yo fui el accionista mayor de Betamax y, más tarde, uno de los cofundadores del Laser-Disc y Mini-Disc; aunque ya he dejado a un lado la tecnología, a pesar de las insistentes llamadas que recibo para formar parte de ese monopolio sin sentido que son las pantallas táctiles. En fin, ellos sabrán. Aunque ya les he advertido que se van a pegar una hostia morrocotuda.

Con mis antecedentes, está claro que reconozco un negocio lucrativo en cuanto lo veo. Soy, lo que llaman por este mundillo, un gurú de la economía. Puede que no se lo crean, pero no hay más que contemplar detenidamente el mundo para encontrar multitud de campos por explorar. Sin ir más lejos, me gustaría hablarles de la visión que tuve el otro día. O, mejor dicho, la otra madrugada. Porque fue a las cinco de la mañana, sumido aún en la oscuridad de la noche, cuando la revelación salió a mi encuentro.

Ocurrió el domingo, cuando volvía a casa de un viaje de negocios. Mi avión aterrizó de madrugada y, ante la imposibilidad de encontrar despierto a mi chófer, no tuve más remedio que contratar un taxi para que me trasladara a mi domicilio de Barcelona. Fue nada más entrar por la Diagonal, en su confluencia con la plaza Francesc Macià, cuando me topé con ellos. 

Invadían la calzada impunemente, con andares torpes y renqueantes, aunque se les intuía una extraña orientación para mantenerse siempre agrupados. El taxista me informó que siempre sucedía lo mismo a la misma hora: se abrían las puertas de un local situado en los alrededores y salían en desbandada, en todas direcciones y sin destino aparente. Eso sí, el aspecto que presentaban era impecable. Bueno, todo lo impecable que puede resultar la figura de un zombie. Ojos rojos e hinchados, tez pálida como La Luna y una vestimenta tan desmadejada que parecían muñecos de trapo. Algunos, como era de esperar, arrojaban fluidos por la boca de un marrón verdoso repugnante; otros, en cambio, se mostraban más animados, quizá por ello más sudorosos, pero con los mismos movimientos espasmódicos que sus compinches. Desde el interior del vehículo, también pude ver a un par de ellos devorando con fruición una barra de pan que vete tú a saber de dónde la habían sacado.

El taxista, tras completar sin víctimas el improvisado circuito de conos en el que se habían tornado los zombies, protestó, clamando al cielo, para que alguien se hiciera cargo de esa situación tan peligrosa.

Y ahí fue cuando me sobrevino la inspiración.

No hay duda de que, ateniéndome a lo vivido aquella noche, el Apocalipsis está cada vez más cerca. Y supongo que habrá que achacarlo a algún misterioso brebaje que se ha puesto de moda, porque aquel conductor no hacía más que acusar de ese desmán a no sé qué clase de botellón. Pero donde hay una crisis, se gesta una oportunidad. Y yo soy un lince para implantar un mercado en el lugar más insospechado, allí donde parece haber tierra yerma. Sólo hay que ponerse en la piel de los posibles clientes potenciales.

¿Qué es un zombie?

A primera vista, un muerto viviente. Pero si retrocedemos en su ciclo vital, o mejor dicho mortal, vemos que para ser un muerto antes ha debido pertenecer a la especie de los vivos. Y todos los que nos encontramos en ese estado, me refiero al de poseer pulso, sabemos que estamos cargados de anhelos y propósitos por cumplir. ¡Pues ser un resucitado es, mismamente, atesorar una segunda oportunidad para consumar esos deseos! Otra ocasión que nos brinda el destino para, en el caso inevitable de volverla a diñar, irnos en paz.

¿Y qué deseos son esos? Pues, según todas las encuestas, aprender inglés y visitar asiduamente un gimnasio. Y aquí es donde entra en liza mi idea para la franquicia: un gimnasio, exclusivo para zombies, con monitores, o mediante auriculares conectados a las máquinas, que enseñen el idioma de Shakespeare. Incluso ya tengo el nombre patentado. Se llamará The Talking Dead.

Sí, de acuerdo, es posible que tarde unos meses en arrancar. Y he de reconocer que habría que amoldarse a ese horario tan intempestivo en el que insisten en salir a pasear esos zombies. Pero, tal como se avecina el futuro, no me negaréis que se trata de una apuesta a tener muy en cuenta.

miércoles, 7 de enero de 2015

Microrrelato de Reyes

No tenía pensado publicar nada especial para este día, pero, sin entender aún por qué, he regresado del trabajo de buen humor. Y es el estado de ánimo perfecto para que se me ocurran chorradas. Como siempre, solo espero que sean leves.



El regalo de Carlitos
Carlitos despertó excitado, con unas prisas horrorosas por ver su regalo de Reyes. Apesar de su extrema gordura, saltó con agilidad de la cama, apartó a su hermano de un empujón y se abalanzó sobre el paquete que llevaba inscrito su nombre. Lo encontró junto a la infame ofrenda que había dispuesto para sus majestades: un vaso de leche agriada y un chusco de pan duro.
Desgarró el envoltorio y apareció, como no podía ser de otra forma, un saco de carbón. Todos, su hermano, sus padres y sus abuelos, se lo habían advertido el día anterior. <<Si no te comes la verdura hervida, los Reyes te traerán carbón>>. 
Una pícara sonrisa afloró en los labios de Carlitos. Ya no habría excusas por parte de su padre. Aquellas piedras negruzcas eran el combustible necesario para estrenar la barbacoa. Así serían felices y, tras las chistorras y las morcillas, comerían perdices.

domingo, 4 de enero de 2015

El hombre del muro



Hubo una vez un hombre apoyado en un muro. Y digo hubo una vez porque ese hombre ya falleció y, que yo sepa, las personas solo atesoramos una sola vida. Era un hombre normal, con su casa, su trabajo, su familia, sus anhelos y su miedo. Y ahora quiero enfatizar en su miedo, porque solo existía una única cosa que le atemorizara: ser atacado por la espalda. 

Convivió con ese terror durante muchos años, igual que lo hizo con su casa, su trabajo y su familia, hasta que un día, paseando por la ciudad, encontró una vieja fábrica abandonada delimitada por un muro. Sin saber por qué, al instante se sintió atraído por su acogedora fachada. No prestó la más mínima atención a las oficinas, al almacén o a la chimenea que se alzaba decenas de metros. Sencillamente quedó prendado por la robusta pared que los resguardaba. Daba igual que los ladrillos estuvieran roídos y el adobe demacrado, porque lo que le proporcionaba aquella alineación de tochos era una enorme sensación de seguridad, de protección. Tanto era así, que no dudó un segundo en pegar su espalda a los lingotes de arcilla y observar el mundo con la tranquilidad de quien tiene la retaguardia bien cubierta. Y en ese preciso instante, el miedo se esfumó.

Tras pasar la tarde más apacible de su vida, volvió a casa; a su trabajo, a su familia, pero también a ese miedo constante de ser agredido a traición. A partir de ese día, como le fue imposible encontrar un lugar más acogedor, centró sus obsesiones en encontrar la fórmula que le llevara a pasar el mayor tiempo posible con su trasero pegado a esa pared. Vete tú a saber con qué excusa, convenció a toda su familia de la conveniencia de trasladarse al barrio donde continuaba anclada la fábrica. También consiguió, imagino yo que con mucha perseverancia, encontrar un trabajo a tan solo dos manzanas de su preciada pared. Y desde entonces, siempre que sus obligaciones no se lo impidieran, se le vio apoyado en el muro.

Muchos os preguntaréis, al igual que hago yo, qué cojones hacía ese hombre eternamente adherido a un muro. Pues lo cierto es que no lo sé, pero puedo explicar las sensaciones que nos transmitió a las personas que pasábamos de vez en cuando por allí.

Las primeras semanas parecía feliz. No es que fuese una felicidad exultante ni nada parecido, era algo más cercano a la paz interior, a un remanso de tranquilidad que se percibía por cada uno de sus poros. Además de esa plácida mueca de satisfacción que acompañaba, a diario, con una inmutable sonrisa alelada. Todo en él era muy tierno, muy sosegado.

Acabado ese tiempo de gozo interior, empezó a contemplar a los viandantes que por sus narices desfilaban. Al principio con curiosidad, pero, al detectar que andaban con sus incurables temores, no dudó en lanzarles esa mirada arrogante de quien se cree superior a los demás. Sí, la soberbia le pudo. Y no tardó en escupirles a la cara improperios para demostrar que no existía nada ni nadie que le pudiera atemorizar.

Tuvo varias peleas con diferentes personas, pero mantener ese muro a su espalda le dio el arrojo suficiente para encarar los encontronazos con más determinación que cualquiera de sus adversarios. Y todos sabemos lo que puede llegar a intimidar una persona sin miedo a nada. Así que allí estaba, día y noche, con sol o con lluvia, bajo cualquier circunstancia, haciéndonos saber desde su púlpito que jamás volvería a pasar miedo. Que jamás volvería a sentirse débil ni desdichado.

Hasta que llegó un día en que el amanecer trajo consigo vientos huracanados; esa clase de bufidos capaces de arrancar un árbol de cuajo. O sea, unos remolinos de la hostia que espantarían a cualquier persona que anduviera por la calle. A cualquier persona menos al hombre del muro, que permanecía en su enclave favorito con la serenidad del que se mantiene apoltronado en el sillón de su casa. Y así ocurrió lo que ocurrió. Que una ráfaga de viento echó el muro a bajo y lo mató.

Es muy triste saber que en el mundo existen esta clase de tragedias, pero si por algo se me conoce es por intentar sacar siempre algo positivo de todo tipo de sucesos. Precisamente por eso le estuve dando vueltas al incidente del hombre del muro. Y a fuerza de proponérmelo llegué a unas cuantas conclusiones o, como diría mi abuelo, moralejas:

- La primera es que no hay que perder nunca el miedo, pues haría que nos confiáramos en exceso y olvidáramos los posibles peligros que campan a sus anchas por este mundo. 
- La segunda es que, de nuevo, no hay que perder nunca el miedo. Esta vez porque es una característica innata de nuestra especie y hacemos insoportable nuestro trato si nos deshumanizamos y faltamos al respeto.
- Con la tercera me he acercado a la metáfora. He imaginado que el muro era una especie de adoctrinamiento sectario que captó a ese hombre con la promesa de extirparle sus temores. Y, como siempre ocurre en estos casos, la persona acabó engullida por su dogma.
- Aunque, personalmente, me quedo con la cuarta y más visceral, pues he deducido que no existen suficientes muros inestables, en la faz de La Tierra, para tanto gilipollas.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Tradiciones bajo sospecha



En estos días tan navideños he empezado a pensar en las eternas tradiciones que, de forma tan natural, repetimos año tras año. Y me ha dado, sin saber muy bien cómo, por poner bajo sospecha a una de ellas en concreto. Seguramente pensaréis que, dada la cantidad de desordenes que se producen en estas fiestas (comidas copiosas, abuso del alcohol, consumismo desenfrenado, y un largo etcétera), una sola inquietud puede resultar incluso escasa, pero es que atesoro en mi interior una enorme fuerza inconsciente que arrastra mi mente a un estado de ánimo de la más ingenua despreocupación, y no deja que mi cerebro se altere por casi nada. Por más desasosiegos que encuentre, uno es lo máximo que puede llegar a perturbarme.

Los más optimistas opinarán que, puestos a analizar tradiciones, mejor dedicarse a ver los lados positivos de esas entrañables costumbres y dejar arrinconadas las prácticas que no me convencen; que por algo son festivos estos días, para intentar disfrutarlos. Pues no. Y mucha culpa de mi negatividad seguramente la tenga el inmenso trancazo que arrastro desde hace una semana. Ahora que lo pienso, es posible que la inevitable visita de los microbios también la podamos colocar en la lista de acontecimientos navideños habituales. Aunque lo de este año no es normal. El otro día, sin ir más lejos, mantuve una batalla feroz por el dominio de mi cuerpo que un poco más y doy por perdida ante el envite de los gérmenes. A esos cabroncetes, no contentos con hacerme moquear, estornudar y toser, se les ocurrió activar en mi organismo todos esos síntomas a la vez y sumarle, además, un ataque de hipo. Hasta un compañero de trabajo me preguntó si me encontraba bien al ver la cantidad de movimientos espasmódicos y sonidos extraños que proyectaba en todas direcciones. Pero tranquilos, porque le contesté, así como quien no sufre por nada, que seguramente andaba un poco resfriado, pues no sólo soy una persona despreocupada, sino que también me gusta compartir con el resto de la humanidad mi facilidad de quitar importancia a los problemas y procuro no traspasar mi desazón a nadie. Aunque, ahora que estamos en confianza, he de confesar que casi me rindo ante la invasión del virus y que a punto estuve de abandonar mi cuerpo a su suerte. El problema hubiese venido después, cuando, desvalido, tuviera serias dificultades en encontrar otra fachada donde refugiarme. Seguramente por eso resistí, claro.

Pero bueno, no os voy a aburrir más con mis luchas interiores y vamos al tema en cuestión. 

Hay una tradición muy catalana llamada fer cagar el Tió. ¿Que no sabéis en qué consiste? Pues yo os lo explico, que casualmente me habéis pillado con ganas de escribir sobre este asunto y no me cuesta nada.

El rito es muy sencillo. Nada más tenéis que haceos con un tronco de madera (el tamaño va a gustos), acondicionarlo más o menos como la muestra que he puesto en la imagen de cabecera y hacer la pantomima de darle de comer para, más tarde, golpearlo con un palo hasta lograr, al menos en apariencia, que el leño defeque chucherías y regalos. No tiene más secretos. Se podría decir, si nos asomáramos al chiste fácil y estereotipado, que es como una piñata pero a la catalana: dado que el tronco no se rompe (a no ser que en lugar de niños criéis orangutanes), puede ser reutilizado cada navidad, con el consecuente ahorro que eso conlleva.

Aquí una banda de niños moliendo a palos un indefenso Tió


Pues, aún así, lo encuentro bárbaro.

Supongo que los conocedores de mi extremo carácter pacifista ya se habrán dado cuenta de qué es lo que no me gusta de esta práctica. Exacto, el apaleamiento indiscriminado que sufre el indefenso madero; del que no podemos olvidar que ha sido caracterizado con un nombre, nariz, boca, ojos y gorro para dotarlo de cierta personalidad. ¿Es así como queremos educar a nuestros hijos? ¿En el convencimiento de ser premiados con comida y regalos si apaleamos a otro ser vivo? O, dicho de otra manera, aleccionándoles en el arte de zurrar a otro animal hasta que, literalmente, se cague de miedo y nos reporte unos buenos beneficios en forma de golosinas y juguetes.

Mira que yo soy de los que aplaudí cuando eliminaron las sangrientas corridas de toros en el ámbito catalán, pero también pienso que deberíamos mirar hacia liturgias donde la violencia injustificada no es tan explícita pero continúa en esencia. Y no hay mejor modo que empezar por la educación, porque no creo que aporrear con un palo sea la forma más civilizada de enseñar a nuestros niños a demandar sus anhelos.

También es posible que toda esta reflexión venga propiciada por lo sensibilizado que se encuentra uno cuando anda un poco enfermo (véase cómo, aún al borde de la muerte, continúo con mis inexplicables ansias de quitar hierro al padecimiento). Porque mis convicciones son tan volubles que no me extrañaría nada cambiar de opinión en unos días y empezar a asegurar que la práctica del caga Tió está enfocada como metáfora del esfuerzo y la lucha diaria que hay que mantener para sacar adelante nuestras aspiraciones en el día a día.

Y, si me lo propongo, soy capaz de sacarle una tercera o cuarta lectura al tema, como que es un desestresante para niños hiperactivos o que se trata de una vieja ceremonia que nuestros ancestros utilizaban para espantar malos espíritus del bosque a base de su tam-tam. Es lo que tiene poseer unas ideologías tan endebles. Pero será otro día, porque ahora voy a sonarme los mocos.


jueves, 18 de diciembre de 2014

Clavada en el corazón

Pues ya estamos de vuelta. Con un nuevo piso, una nueva línea, pero la misma tontería de siempre. Y, como ejemplo, aquí va uno de esos relatos que florecen de vez en cuando en mi mente enfermiza. Sólo espero que sea leve.



Clavada en el corazón
Adrián miró al besugo postrado en el plato sin saber qué decir, como quien se topa con un amigo de la infancia, veinte años después, y no sabe muy bien cómo saludar. 

Observó su piel, torrada por la fritura infligida, y se relamió. Si el sabor era tal y como lo recordaba se daría un buen festín, ansiado durante mucho, mucho tiempo. De hecho, ese tiempo era exactamente el que llevaba casado con María y sin probar un pez: veinte años. Cuando al cura se le escuchó recitar la liturgia del matrimonio, no tuvo reparos al enfatizar: "en la pobreza y en la riqueza, en la salud y en la enfermedad", olvidándose de incluir "para la carne y no para el pescado", siendo además esta frase la única veraz. También recordó cómo Joaquín, su amigo del alma, en un arrebato de sinceridad ocurrido el día anterior a su boda, le había advertido de los sinsabores aparecidos en la convivencia de su, por aquel entonces, corto matrimonio. Lo que Adrián jamás pensó es que ese vaticinio lo acabase sufriendo de forma tan literal. Aunque no se podía quejar. Eliminar de su dieta el pescado jamás había sido una imposición, sino una sensatez adoptada voluntariamente tras conocer la profunda animadversión que su amada profesaba a ese viscoso animal. Y lo asumió con gusto y disciplina, sabedor de que esa ínfima renuncia le acercaría más al cariño de María.

Se distrajo con el brillo de la lampara del comedor reflejado en el cuchillo de pescado. Después de tanto tiempo, ¿aún sabría manejar ese cubierto? Lo agarró con su mano derecha y lo alzó a la altura de los ojos. El metal de la paleta le devolvió la imagen de un grueso rostro perfilado sobre una prominente papada, cuarteado por el sol tras innumerables horas de trabajo en la obra y avejentado por el paso de los años. Si hubiera utilizado más a menudo ese instrumento que sostenía entre los dedos, seguramente se encontraría mucho más estilizado, como en su época de soltero. Pero el amor es ciego, y esa falta de visión le indujo a pasar por alto todas aquellas suculentas recetas que se anunciaban en el menú de cualquier restaurante que visitara. Dorada al horno, bacalao al pil pil, sardinas en escabeche, exquisitos platos que ni se paraba a leer; y mucho menos a probar. Jamás se hubiera perdonado que, al regresar a casa, su mujer le robara un furtivo beso en los labios con sabor a lenguado.

Pero María ya no estaba allí, se había marchado. En el piso quedaba solo Adrián, con el besugo a la plancha y un susurrante murmullo de fondo proveniente del televisor. Ella le había abandonado, por otro hombre más joven. Un surfista australiano llamado Lou Beehna, diez años menor que ella, que dedicaba su tiempo a recorrer el mundo en busca de olas perfectas. 

Adrián, al principio, no se lo podía creer. ¿María acampando día y noche a la vera del mar, justo en el lugar de donde procedían todas sus pesadillas?, ¿compartiendo cama con un hombre que desprendía olor a salitre y sudor? ¡Si hasta su nombre sonaba como el de un pez! No, no podía ser cierto. Lo dejaría en cuanto se diera cuenta de su inmenso error. <<Siempre ha sido muy impulsiva>>, se intentó convencer. <<Volverá a casa, a su verdadero hogar>>.

Pero ya había pasado casi un año y no daba muestra alguna de recapacitar. Ni tan siquiera señales de vida.

Dos días antes, apenas despertarse, miró a su alrededor y se sintió como un extraño viviendo en casa ajena. Una colcha rosa, con multitud de flecos espigados, abrigaba la cama donde dormía. Contempló, absorto, un póster enmarcado que decoraba la estancia. Allí se encontraban dos osos amorosos con la clara intención de besarse bajo la sombra de un inmenso corazón. Giró la vista hacia la cómoda y se sorprendió al verla invadida por cremas revitalizadoras. De golpe, le sobrevino la incómoda sensación de no entender qué pintaban allí; ni aquellos potingues ni él. Unos segundos más tarde abrió el armario vestidor y comprobó que su ropa a penas ocupaba una sexta parte del mismo. Se dio cuenta que los estantes estaban repletos de bolsos, zapatos, blusas y faldas, aguardando prestos de ser utilizados por una dueña que jamás iba a regresar. Se dirigió al servicio y le abrumó la cantidad de champús, acondicionadores y productos de cosmética que allí acechaban. Costó dar con su patético gel del Carrefour entre tanto recipiente glamoroso. Tras terminar con una decepcionante ducha que en nada ayudó a tranquilizarle, se encaminó hacia el comedor, pasando por el pasillo que albergaba la enorme estantería sobre la que María había estado recopilando durante años frascos de perfumes conceptuales; todos ellos surgidos de la mente de sus modistas más admirados. Era como si atravesara un túnel del terror diseñado expresamente por ella para ser por siempre recordada. Y desembocar en el salón tampoco le ayudó a levantar el ánimo. Aquella lámpara exclusiva de formas imposibles, aquel mantel estampado con frutas de colores... Todo, absolutamente todo, había sido dispuesto al gusto de su mujer.

Desde aquel día no estaba muy seguro de si María le había abandonado a él o a todos sus enseres. Aunque no descartaba la posibilidad de que él mismo representara para su esposa una propiedad más. Un objeto, entre tantos, del que se había desprendido. Esa imagen de desamparo había dejado un enorme socavón en su autoestima. Pero el tiempo ayuda a ver las cosas con diferente perspectiva. Y al tocar fondo, en ese mismo agujero originado en su amor propio, fue a plantar la semilla de la que emergiera su dignidad. La indiscutible decisión que le llevaría a terminar, de una vez por todas, con los lazos que le unían a su mujer. Aunque no se iba a precipitar. Planeó para el fin de semana el momento idóneo donde descargar toda su frustración. Ahora lo veía claro: volvería a ser el que era. Y allí estaba, en ese sábado largamente planeado, con el alimento prohibido que ni en sueños se hubiera atrevido a degustar de continuar María a su lado. 

Adrián se levantó de la mesa con el pescado aún intacto, se abalanzó sobre el mueble del comedor y, del primer cajón, extrajo los papeles del divorcio que le habían llegado seis meses atrás. Se había prometido no firmarlos nunca, pues ese gesto representaba perder toda esperanza de regreso a su antigua vida; pero nunca, es demasiado tiempo para cualquier persona. Y donde antes hubo promesa ahora sólo quedaba rencor. Rencor por haber sido traicionado, por no ser más que una marioneta en sus manos y, finalmente, por haber sido repudiado con calculada frialdad, desde más de siete mil kilómetros de distancia y por correo, a través del contrato de nulidad que mantenía en sus manos. Ahora notaba cómo todo ese resentimiento le ardía en el estómago. Y odiaba sentirse así. 

De un tirón, arrancó la capucha de la pluma y estampó su firma en el papel que le desligaba de su mujer. Pero intuía, sabía, que eso no sería suficiente. En ese preciso instante le sobrevino el tremendo impulso de empezar a olvidarla. Y cuanto antes, mejor. Estaba listo. 

Agarró con fuerza la estilográfica y la lanzó contra la absurda lámpara que decoraba el salón. La pluma impactó sobre su campana, originando un sonoro "gong" que fue la señal de salida para dar rienda suelta a su furia contenida. Arremetió contra el besugo clavando sus dedos en el jugoso lomo y propinándole dentelladas rabiosas, sin guardar el más mínimo decoro. Estaba fuera de sí, y la mayor parte de sus arrebatos los estaba sufriendo el indefenso besugo. Pretendía devorar el pasado con la misma celeridad que engullía el pescado, enterrando veinte años de recuerdos bajo su delicioso sabor.

De pronto, Adrián sintió una punzada en el tórax, como si una flecha le atravesara el pecho. Se convulsionó en un espasmo incontrolado y cayó a plomo sobre los restos del besugo. Mientras se le vidriaba la mirada aún tuvo tiempo para un último pensamiento. Una repentina certeza, oculta en amargo lamento, emergió de su mente. <<Esto jamás hubiera sucedido con María a mi lado>>. Y tras su última reflexión, expiró.

El lunes había amanecido envuelto en una borrasca, bajo una lluvia persistente que parecía llorar todas las lágrimas que Joaquín echaba en falta en el velatorio de Adrián. Aunque tampoco suponía una gran sorpresa, pues sabía muy bien que carecía de familiares cercanos a los que consolar. Por eso mismo era el propio Joaquín quien se encargaba de dar la bienvenida a las puertas de la funeraria. Ocuparse del entierro suponía el último favor hacia su querido amigo, prestándose con gusto a ello.

A media mañana encontró un corrillo donde descansar de tanto ajetreo. Un grupo formado por compañeros del trabajo de Adrián con los que ya había coincidido en alguna que otra ocasión.

- ¿Cómo andamos Joaquín? -saludó Carlos- Menudo marrón en el que te has metido ¿no?
- Desgraciadamente, es lo que toca -contestó resignado.
- ¿Pudiste dar con María? -preguntó mirando a su alrededor- No la he visto entre los presentes.
- ¿Su mujer? Sí, me devolvió las llamadas de madrugada. Al parecer se encontraba en Melbourne. No vendrá -añadió secamente- Al principio parecía afectada, pero en cuanto le comenté que Adrián había rubricado el divorcio justo antes de morir, cambió el tono de voz y me dijo que nada se le había perdido por aquí. Por lo que me dio a entender, su mayor pérdida será no recibir la pensión de viudez.
- Pobre Adrián -lamentó Carlos- Incluso muerto lo continúan exprimiendo.

Todo el grupo recibió la frase con un asentimiento de cabeza.

- Por cierto, ¿ya se sabe qué le pasó? -preguntó Javier, quizá el más aprensivo de todos ellos- Que yo sepa no estaba enfermo ni nada.
- Pues algo me ha comentado la policía. Se ve que le han encontrado un cuerpo extraño atravesando el ventrículo superior derecho. Algo parecido a una espina. Aunque me han asegurado que no pertenecía al pescado que cenaba ni saben muy bien cómo llegó allí. <<Misterios del corazón>> diagnosticó el forense.

Todos volvieron a asentir.

martes, 9 de diciembre de 2014

Se busca pareja


Seguramente este título no me vaya a resultar de gran ayuda, pero es que ya no sé qué hacer para conseguir una mujer. Mira que lo he intentado más de mil veces, pero no hay manera. No dejo de asomar todos los viernes noche por las discotecas y conozco a todas y cada una de las chicas solteras; el problema es que ninguna quiere conocerme a mí. Bailo como un poseso y me contoneo de forma sensual delante de todas ellas, pero creo que ni me ven.

Siendo plenamente consciente de mis problemas para conectar de forma visual con el sexo opuesto, he probado a congeniar con otra clase de chicas, pero empiezo a sospechar sobre la posibilidad de que tampoco sean capaces de escucharme. Todos los domingos salgo de excursión, como guía, con las juventudes de la ONCE y hasta la fecha no he conseguido entablar una sola conversación con ninguna fémina en la que me hicieran el más mínimo caso. Y eso que casi hablo gritando para solapar al resto de conversaciones, pero todas se han confabulado en mi contra y no piensan darme una mísera oportunidad de intimar.

Mi desesperación ha llegado a tal punto que no dejo escapar la más mínima oportunidad de acechar cualquier cosa que se parezca a una mujer. El otro día, por ejemplo. ¿Recordáis la noticia anunciada por todos los medios? Sí hombre, aquella que alertaba de que una terrible vampiresa andaba suelta por la ciudad. Pues hice todo lo posible por atraerla a mi morada. 

Lo sé, soy patético. Pero si no hay mujer que me pueda ver ni escuchar, pensé que al menos una chupasangre me podría oler. Así que no dudé en afeitarme con agua muy fría y una cuchilla desechable, la combinación idónea para infligirme unos buenos tajos en el pescuezo. Luego, antes de que la sangre coagulara, me asomé corriendo al balcón, buscando la orientación adecuada para que el viento acariciara mi cuello y esparciera el aroma de mi globulina entre los edificios. Para mi sorpresa, acabé cautivando a una decena de hembras aladas, aunque no eran de la especie deseada. La ingente cantidad de mosquitos que acudieron a mi llamada me dejaron la tez con el mismo número de forúnculos que cuando contaba con quince años de edad. Y de la vampiresa ni rastro, claro.

¿Será posible que hasta los monstruos del inframundo me huyan? 

Bien pensado, puede que al fin y al cabo haya sido lo mejor. Mira que si me acabo liando con una vampiresa y acaba conservando el mismo nivel intelectual que sus colegas, las mosquitas... Igual la frase "parecía una mosquita muerta" se refiera a las vampiresas. Vete tú a saber.


domingo, 23 de noviembre de 2014

Traslado de línea


Siempre he pensado que si la humanidad ha llegado al estatus donde nos encontramos es, en gran medida, gracias a nuestra capacidad innata de comunicarnos. Bueno, no siempre. Más bien desde que leí un artículo de no recuerdo qué científico, que sostenía la tesis, no sé si del todo cierta, de que el Homo Sapiens se impuso al Neandertal por poseer unas cuerdas vocales mejor desarrolladas con las que poder transmitir conocimientos entre sus congéneres. Sin embargo, tras miles de años depurando esta forma tan curiosa de comunicarnos (porque no me negareis que, el hecho de hacer pasar viento por el esófago para emitir ondas sonoras que acaban siendo descifradas por dos caracolas de carne que cuelgan a ambos lados de nuestra cabeza, no deja de ser como mínimo inquietante), aún ocurren sucesos que zarandean sin piedad cualquier ilustre estudio basado en nuestra forma de hacernos entender, llevándonos a pensar en que esos prodigios evolutivos que nos impulsaron, primero a bajar de los árboles para luego salir de las cuevas, fueron fruto del simple azar. Aunque mejor os pongo en situación.

Todo aquel que pase a menudo por aquí será consciente que andamos ocupados, mi mujer y yo, en llevar a cabo una mudanza inminente. Pero de lo que ya no estoy tan seguro es de que seáis realmente conscientes de todo lo que ello implica. A la ya manida operación de cargar con todos los bártulos sobre un vehículo y transportarlos al nuevo domicilio, hay que sumar el traslado metafórico de internet y línea fija de telefonía. Y digo metafórico porque no aparece un señor por casa, arranca el cableado y lo instala en el piso nuevo. Sencillamente vienen siendo dos trámites en uno: primero cortar la señal antigua para, seguidamente, dar de alta la nueva, respetando, eso sí, el contrato en vigor. O quizá no sea tan sencillo como parece.

Seguramente penséis que fue por culpa de mi habitual torpeza a la hora de expresarme verbalmente, pero no fue así. Juro que no fue así. Porque el primer paso lo dio mi mujer, y la sublime eficiencia que destila en estos casos es del todo intachable. Pero mejor empiezo por el principio.

Se nos ocurrió, por aquello de ir adelantando faena, ponernos en contacto con nuestro operador de telefonía, un mes antes, con la intención de comunicarles el próximo traslado. Supusimos que avisando con mucha antelación lograríamos evitar los posibles contratiempos y que, aún en el caso de suceder, al disponer de una gran reserva de días por delante, podríamos evitar quedarnos sin línea. Pues ya no estoy tan seguro de que sea así.

En principio, las instrucciones que dio mi mujer eran bien sencillas: mantener nuestra actual línea hasta el nueve de diciembre y dar de alta la nueva conexión, en el nuevo piso, a partir del quince del mismo mes. Así, a primera vista, no parecen ser unas demandas descabelladas, pero la inoperancia del ser humano puede complicar mucho las cosas. Pero mucho, mucho.

Para empezar nos llamó al día siguiente una chica alentándonos para que volviéramos a explicarle, de viva voz, lo mismo que había escrito mi mujer en el e-mail, asegurando que no había ningún problema y que procedía a poner en marcha el proceso. Pero el primer inconveniente apareció a los dos días, cuando nos llegó un SMS indicándonos que nos cortarían la señal en siete días y que disponíamos de otros tantos para devolver el equipo (módem y demás). Mi mujer, alertada por la premura del mensaje, llamó de nuevo a nuestro operador para intentar aclarar el malentendido. No consiguió hablar con la chica que le había atendido dos días atrás, pero aún así logró que otra chica le abriera una incidencia donde se solicitaba un alta de línea temporal, pues al parecer, la baja que acontecería a los siete días resultaba irrevocable. Con esta gestión, y recordándole de nuevo a la joven nuestra intención de realizar el traslado de línea, dimos el tema por zanjado, esperando que cumplan con su palabra y no nos quedemos incomunicados. El primer paso parecía estar resulto. Al menos aparentemente.

A la mañana siguiente, estando yo recién levantado, recibí una llamada en el teléfono fijo de casa que me dejó perplejo. Se trataba de un instalador que pretendía concertar conmigo una hora determinada para colocarme el módem en el piso nuevo. Le dije que no podía ser y rápidamente quiso quedar para el día siguiente. Así que no tuve más remedio que explicarle las enormes dificultades con que nos íbamos a encontrar si tratábamos de entrar en un piso que ni es mío, ni tengo las llaves y que, además, carece de electricidad. Parece ser que al final se convenció, pero aún así quiso que le proporcionara una fecha aproximada para poder llevar a cabo su tarea sin la necesidad de delinquir. A lo que respondí dándole una información idéntica a la de las dos chicas anteriores: a partir del quince de diciembre. El chico me respondió que lo dejaba apuntado y se despidió amablemente.

Pasado un cuarto de hora, y cuando ya me disponía a dar mi primer bocado sobre la habitual tostada matutina, volvió a sonar el teléfono. Esta vez era una chica, una operadora, la que insistía en poder concertar una hora conmigo para mandarme un instalador al piso nuevo. Ya un poco harto, le comenté que acababa de hablar con el instalador y le repetí todo lo que le había dicho a este, añadiendo además, que el joven me había asegurado dejarlo todo por escrito. La chica, algo ruborizada, me confirmó que el instalador había puesto en el apartado para comentarios "llamar en 15", aunque no tardó en disculparse al resultar ser todo un malentendido, pues ella había interpretado "llamar en quince minutos". Luego me garantizó que tomaba nota de lo sucedido y, sin más, se despidió.

La mañana transcurrió tranquila, sin más sobresaltos. Pude dedicarme a mis cosas hasta que llegó la hora de comer. Entonces, sobre las tres de la tarde, cuando sólo me restaba plantar los cubiertos sobre la mesa, sonó de nuevo la melodía de llamada entrante en mi teléfono. A estas alturas no me esperaba que fueron ellos otra vez, pero me equivocaba. Yo no sé que clase de nota habría dejado escrita la última chica con la que hablé, porque el objetivo continuaba siendo el mismo: concertar una hora para que el instalador pasara por el piso nuevo a colocarme el módem. Volví a recalcar con una dicción sublime, pues es lo que tiene cuando dedicas horas y horas a perfeccionar las mismas frases, todo lo que ya habíamos comentado anteriormente, preguntándome si quedaría alguien en esa empresa de comunicaciones que no conociera aún nuestro caso (si es así, por favor que me llame, porque no tengo ningún inconveniente en repetírselo). Al parecer, en esta ocasión la chica había confundido el día con la hora, por eso mismo me llamaba a partir de las quince horas.

Desde entonces no he vuelto a recibir más noticias sobre mi operador de telefonía y, para ser sincero, casi que los echo de menos. Han dejado un vacío en mi casa, concretamente sobre mi línea telefónica, difícil de sustituir. Aunque sospecho que no tardaré mucho en saber de ellos. Podría ser que corten la señal en pocos días. O que la próxima chica en asomarse a nuestra incidencia interprete que ha de llamarnos a partir del 2015 y tarden más de la cuenta en dar señales de vida. O tal vez, y sólo tal vez, se pongan en contacto conmigo el quince de diciembre y consigamos poner en práctica el anhelado plan que acabe por colocarme el dichoso módem en el piso nuevo. Aunque, vistos los antecedentes, lo dudo mucho.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Consuelo de tontos


Hace unos días, charlando con un  compañero de trabajo, me pidió el número de teléfono para mandarme una foto por WhatsApp. Cuando le comenté que no disponía de smartphone me miró como si fuera un bicho raro, pero aún así insistió y me preguntó por mi perfil de Facebook para solicitarme amistad y así poder pasarme la dichosa foto. Nada más decirle que tampoco utilizaba esa red social noté que se molestaba un poco. Él me estaba ofreciendo su amistad (eso sí, virtual) y yo por contra le estaba dando la impresión de rechazarla con una burda mentira, pues al parecer no le entraba en la cabeza que existiese alguien tan ajeno a esa amalgama de comunidades virtuales.

Para intentar resarcirme de la ofensa infligida, hice lo que nunca hago con persona que no son de mi confianza: confesarle que tengo un blog y darle la dirección. Este gesto no ayudaba en forma alguna a su intención de pasarme la foto, que por otra parte tampoco quería para nada, pero al menos sirvió para demostrarle que no despreciaba su camaradería.

La verdad es que no esperaba que entrara en el blog. Siempre lo veo tan ocupado satisfaciendo la incesante atención que le reclama su teléfono con silbidos u otros timbres, que no me lo imaginaba encontrando un rato para perderse por aquí. Pero parece ser que así fue, porque ayer mismo, justo antes de entrar a trabajar, volvió a sacar el tema y me comentó que había leído tres o cuatro entradas.

Aprovechando que tenía a un lector delante de mis narices, me aventuré a preguntarle que qué le parecía este espacio. Me miró de soslayo, con aires de condescendencia, y me soltó que no estaba mal, pero que no había encontrado nada realmente relevante. Que los temas tratados eran insustanciales. Y que, en definitiva, no escribía más que tonterías.

Al principio quedé un tanto abatido, cabizbajo ante la sensación de que tanto esfuerzo a penas servía para nada. Pero, de pronto, vino a mi rescate un sencillo gesto cotidiano que me insufló algo de vida. Fui testigo de cómo mi compañero volvía a fijar la mirada en su incansable móvil y daba réplica a un mensaje, tecleando una caca con ojos seguida de un bufido. En ese preciso instante pude percibir un trocito de amor propio que regresaba a mi encuentro. Ya se sabe que "mal de muchos, consuelo de tontos". Aunque ahora mismo no podría precisar quién de los dos se consoló más.


Nota: Este suceso jamás ha ocurrido, toda coincidencia con la realidad es fruto del azar. Aún así, se han suprimido los nombres de los protagonistas y las localizaciones donde acontecieron los hechos. Para más información, consulte con su farmacéutico. Sobre todo si les interesa la clase de drogas que toma el autor de este escrito.

martes, 4 de noviembre de 2014

Mi juego mental favorito

Creo que en alguna ocasión me he parado a explicar en qué consiste mi juego mental favorito. Pero si no es así, lo aclaro en un par de lineas.

Sencillamente es recoger una idea o una frase y distorsionarla de todas las formas que se me ocurran para intentar rehacerla en algo ingenioso. Naturalmente que no siempre resultan ser grandes hallazgos (uno da para lo que da), pero ese ejercicio de retorcer algo, darle más de una vuelta de tuerca o verlo desde otro punto de vista, lo encuentro muy estimulante. Otras personas, en cambio, no valorarán para nada este concepto y sencillamente llamarán a este juego "pensar en tonterías". Y no seré yo quien les lleve la contraria, pues no andarán mal encaminados.

Pero para que veáis un ejemplo de que esa tontería, al menos en mí, es infinita, he rescatado el título de mi anterior entrada para darle dos enfoques diferentes: uno en forma de relato corto y otro como microrrelato, que hacía tiempo que no me lanzaba a componer uno. Al menos nadie podrá acusarme de no reciclar.



El estrés de una mudanza (relato)

Ismael sólo disponía de un pequeño furgón que un amigo le había prestado. Más que suficiente, pensó, para completar la mudanza en los quince días que tenía de plazo antes de abandonar su actual piso.

Ese mismo mediodía emprendió su primer viaje cargando con sus objetos más preciados: fotos familiares, lienzos pincelados en interminables horas de trabajo sobre el caballete y cuatro sillas y una mesa que su padre había tallado para él justo antes de fallecer. Durante la tarde se dedicó a colocar y esparcir sus pertenencias por todas las estancias, impregnando así de su singular estilo al futuro hogar. Al anochecer volvió a su antiguo nido y no pudo regresar con una nueva remesa en cinco días.

Esta vez transportó los enseres necesarios para hacer habitable el lugar; lavadora, nevera y armarios que lograron entrar, no sin un gran esfuerzo, en el estrecho vehículo. Pero al abrir la puerta del apartamento quedó atónito. Nada de lo que había traído en su anterior viaje se hallaba en el lugar. La vivienda había sido desvalijada por manos expertas, pues ni la policía, tras unas concienzudas pesquisas, pudo dar con una huella que diera una explicación lógica a tan insólito suceso. Ni tan siquiera con las suyas. "Parece obra de espíritus", bromeó un agente chismoso.

Ismael, haciendo uso de las enseñanzas paternas, compró una nueva cerradura para la puerta y la sustituyó por la antigua, aún sin estar esta forzada, imaginando que los causantes de la tropelía podían haber sido los anteriores inquilinos al no haberse desprendido del juego de llaves. Tras el ejercicio de bricolaje descargó el furgón, se aseguró de cerrar bien puertas y ventanas, y volvió a su actual piso, donde le aguardaba su cama, para olvidar con un sueño reparador ese bochornoso día.

No supo explicar si fue por culpa de la desaparición acontecida el día anterior en el nuevo piso o por el desafortunado comentario del policía, pero esa noche durmió fatal. Fue atormentado por un sin fin de pesadillas en las que espíritus y fantasmas le despojaban de sus ropas y atravesaban su cuerpo en busca de su alma. Despertó sintiéndose preso bajo una sábana empapada en sudor, con la sensación de que algo malo había sucedido. Se vistió, empaquetó sus últimas pertenencias, agarró a Milú, su gato, y se plantó en menos de media hora bajo el umbral de su nueva morada.

Intentó abrir la puerta, pero el bombín instalado a penas unas horas antes ya no estaba allí. Por suerte, aún mantenía en el llavero el anterior juego de llaves y, tras unos instantes de confusión, se percató de que alguien había vuelto a colocar la anterior cerradura. Al poder hacer girar la llave y entrar en el domicilio descubrió, con gran asombro, que el lugar estaba tan vacío como el primer día.

Ya nada quedaba de sus pertenencias, ni en aquel ni en su anterior piso, a excepción del colchón que trajo consigo en el último viaje y la compañía de Milú. Dejó a los dos en el piso, y se encaminó a comisaría para dar parte del nuevo robo.

Diez minutos más tarde apareció junto con una patrulla policial, abrieron la puerta y esta vez quedó petrificado. Ya no estaba ni su colchón ni su gato, y el piso volvía a estar tan vacío como cada vez que lo visitaba. Pero lo más sorprendente, y que hasta ese momento no se había percatado, fue que volvía a cubrir la estancia la misma capa de polvo que él había limpiado el primer día. Era como si nadie hubiese dejado allí ningún objeto en mucho tiempo.

Los agentes, viendo en el informe que jamás habían existido indicios de haberse producido tal mudanza, se excusaron cordialmente y le advirtieron que, si volvía a molestar, la próxima visita sería la que consiguiera llevarle calabozo. Luego, sin más, se marcharon, dejando a Ismael con una enorme sensación de impotencia y una inconsolable tristeza.

Lo había perdido todo: sus trabajos, sus cuadros, su intimidad; los trofeos y recuerdos de treinta años; y a Milú. Sin ellos no era nada. Su vida se había vaciado, en dos semanas, sin que lo pudiera evitar.

Aún aturdido, cerró las persianas, apagó la luz y se estiró en el mismo lugar donde depositara, a penas una hora antes, su desaparecido colchón. Bajo el silencio de las tinieblas pretendía, necesitaba, sentir la reconfortante presencia de sus enseres. Abrazarlos era lo único que anhelaba su alma. Allí donde ellos estuvieran, sería su hogar.

Por eso no opuso ninguna resistencia cuando aquellos extraños seres  incorpóreos le hicieron levitar y se lo llevaron en volandas. Sólo cerró los ojos y esperó, deseando reencontrar su existencia, su extraviada esencia.

Y el piso volvió a quedar tan vacío como el primer día.



El estrés de una mudanza (micro)

Despertó con la casa derrumbada sobre su cabeza, probablemente por culpa de un enorme meteorito que fue a estrellarse contra ella. Malherido y desorientado, logró despojarse de los cascotes que le oprimían para arrastrarse por el jardín, en busca de un lugar que le resguardara del sol abrasador que tan cruelmente le deshidrataba. Alcanzó lo que a lo lejos parecía una charca, pero que, estando ahora  tan cerca, había resultado ser un lodazal ensombrecido por un arbusto. Aturdido y sin fuerzas, se desplomó entre el barro y perdió el conocimiento. Al anochecer fue despertado por el agradable frescor de la bruma y divisó, entre la maleza, un nuevo hogar donde rehacer su vida. Un estrecho apartamento, de un marcado carácter Mediterráneo, con aroma a salitre y mar. Tras aquella estresante mudanza, anunció a sus amigos que dejaba de llamarse caracol para pasar a ser caracola.