miércoles, 29 de octubre de 2014

El estrés de una mudanza





Jamás he pretendido que este espacio se convierta en un diario personal. Sin embargo, y visto que alguna vez lo he utilizado de esta despresurizadora forma, creo que ha llegado el momento de abrir un nuevo capítulo en la historia reciente de mi vida que, ocasionalmente, comencé a escribir por aquí.
Si no recuerdo mal, lo dejamos cuando aproveché una entrada para comunicar al mundo el feliz hallazgo de un nuevo trabajo tras varios meses en paro. Pero de eso hace ya medio año, así que mi contrato expiró hace unos pocos días. Aunque no me voy a preocupar, al menos de momento, de este hecho consumado, ya que me renovaron por tres meses más.
El cambio más significativo en esta carrera, aparentemente sin fin, que supone la vida, ha sido que hemos logrado vender nuestro duplex. Y, lógicamente, nos tendremos que marchar en pocos días a otro lugar. Será a un piso más pequeño y que está situado en otra localidad, pero lo realmente traumático, farragoso y cansado será la inevitable mudanza que nos espera.
Una mudanza, con el cambio de hábitat que conlleva, es una situación que, según la psiquiatra de mi mujer, supone un alto grado de estrés. Y en parte estoy de acuerdo con ella. Es cierto que vaciar cajones, estanterías y armarios es como derrumbar el castillo donde guardas tu esencia. Rincones íntimos que han servido para acumular trastos capaces de evocar las vivencias de los años transcurridos. Con cada objeto que aparece, la memoria te devuelve un destello de cada pequeño paso que has andado para construir el personal mundo que supone tu hogar; y también, claro está, algunas de las desgracias y alegrías que te curtieron como persona. Meter la mano en esa especie de nichos y, por ejemplo, sacar un álbum de fotos, consigue conectarte con más fantasmas de lo que sería capaz una sesión de diez horas con una Ouija.
Además, a toda esa avalancha de emociones, hemos de sumar el desasosiego de ir a parar a otro barrio donde nadie puede garantizar que nuestra vida siga igual de apacible. Y es precisamente ese cambio hacia lo desconocido lo que más nos asusta.
Pero, ¿por qué he dicho que estoy sólo en parte de acuerdo con el discurso de la psiquiatra? Pues porque, como todo en esta vida, ese grado de incertidumbre depende de las circunstancias y de la forma de ser de cada uno.
Quien conozca algo sobre mi vida sabrá que esta no será mi primera mudanza. Ni la segunda, ni la tercera. De hecho, será la sexta. Y esta circunstancia, quieras que no, me proporciona algo de bagaje con el que afrontarla. Cosa, por otra parte, poco común en una sociedad que normalmente busca estabilidad física y emocional. Y esa es la principal razón de que para mi mujer suponga tan sólo su tercera mudanza.
Doblar en mudanzas a mi esposa hace que me las tome, con respecto a ella, de una forma más sosegada; consciente de que será dura, pero completamente convencido de que, tras un tiempo de adaptación, todo volverá a la normalidad. Y es que, si el ser humano ha logrado dominar el mundo, ha sido por la innata capacidad de adaptarse a cualquier sitio. Y nosotros no vamos a ser menos. O eso espero.

martes, 21 de octubre de 2014

El mejor abrazo del mundo



Tengo el extraño convencimiento de que cada uno de nosotros posee alguna aptitud en la que resulta ser un maestro, un sabio, un erudito o, como diría ese famoso entrenador de fútbol, el puto amo. Lo que ya resulta más difícil es encontrar esa cualidad que desempeñas mejor que nadie y sacarle el máximo partido para poder vivir de ella. Aunque, desde hace una semana, esa posibilidad cada vez la veo más real. Ahora sólo faltaría identificar la mía, claro.
Lo que me ha abierto los ojos ha sido la curiosa visita que se ha producido esta semana en mi pueblo. Cinco días antes de su llegada, ya fuimos avisados del acontecimiento por la prohibición de estacionar vehículos en los aledaños del pabellón olímpico que atesoramos en mi localidad, señal inequívoca de la importancia de esa personalidad. A dos días de su aterrizaje llegó la invasión de furgonetas, caravanas y otra clase artefactos utilizados para trasladarse y pernoctar, venidos de Francia en forma de séquito. Y en la víspera del evento, fui testigo de cómo se descargaban dos camiones de gran tonelaje para montar una infraestructura digna de la celebridad. Todo estaba preparado y dispuesto.
Como persona curiosa que soy, a la vez que despistada, le pregunté a mi mujer el por qué de tanto ajetreo. Y ella me explicó con parsimonia, seguramente por conocer de sobras mi habitual tendencia a no enterarme de nada, que se trataba de la mujer espiritual conocida mundialmente por el apodo de Amma. "Vaya, una mística", le dije. Pero mi mujer, escuchando mi pobre deducción y viendo que no acababa de comprender la magnitud de su obra, me aclaró que esa mujer no sólo era famosa por su discurso de paz y confraternidad, sino también por ir repartiendo su amor por el mundo a base de abrazos. "¡Ah!", dije elocuentemente para dejar zanjado el tema; pero luego pensé: "pues oye, tienen que ser unos abrazos cojonudos".
También me llamó la atención el peculiar aspecto de los seguidores que por allí se congregaban: personas, más bien jóvenes, tapadas con largas túnicas hindúes y sin demasiada afición al aseo personal. Vamos, lo que se viene denominando como Hippies. Pero lo que más me impactó era que estaban todos haciendo cola para recibir su abrazo correspondiente, sin darse cuenta de que, para recibir uno, no tenían más que pedírselo a la persona de al lado, que precisamente estaba allí esperando para recibir y dar esa muestra de afecto. Pero no, todos buscaban los brazos de ella, Amma. El mejor abrazo del mundo.
Y no me sorprende, pues abrazar a desconocidos es, seguramente, un ejercicio que requiere de una destreza fuera de lo común. Primero has de ejercer la presión perfecta para lograr hacerte sentir sin asfixiar a la otra persona. También has de escoger, en décimas de segundo, si pasas los brazos por debajo de los sobacos o por encima de los hombros, siempre calculando la altura del receptor y la tuya propia. Incluso alguna vez he visto a gente muy loca, seguramente amante de los deportes de riesgo, que se atreve a combinar posturas y es capaz pasar un brazo junto a la oreja y otro rozando las costillas. Un día se harán daño. Aunque lo más importante es elegir correctamente en qué lugar de la espalda vas a depositar tus manos para no crear una situación incómoda. Todos sabemos que si acaban en los hombros puedes hacer sentir a esa persona el agobio de una presa, y que si se deslizan más abajo de la cintura puede suponer una connotación sexual poco deseable. Además, ¿qué hacemos con la cabeza? ¿Apoyamos la barbilla en hombro ajeno? ¿Juntamos las mejillas o las mantenemos a una distancia prudencial? Una vez soñé que me abrazaba con una persona y que, al acercar las cabezas, se producía un efecto ventosa entre mi oreja y la suya y nos quedábamos pegados, compartiendo así el cerumen. Fue una pesadilla horrible.
No, por descontado que no es nada fácil dar un buen abrazo.
Además, si eres persona poco dada al contacto físico (como es mi caso), tampoco te hará demasiada gracia prestarte a unos abrazos con cualquiera que te lo proponga, por mucho que resulten ser los mejores del mundo. No sólo se abraza porque sea un gesto placentero, también ha de llevar implícito algo de cariño y complicidad. Vamos, que yo no me dejo palpar ni invadir el espacio vital sin antes tener algún trato con esa persona. Acabaría, más que agradecido, molesto. Así que primero que me presenten a esa tal Amma y, en caso de coincidir con estar realmente interesada en abrazarme y caerme bien, podría ser que llegáramos a ese momento tan violento que supone, al menos para mí, un abrazo con un extraño. O extraña, que tanto da.
Por otra parte, y tras reflexionar un momento, es posible que esa larga cola se formara porque, precisamente esa gente, no tiene con quien compartir un buen abrazo. Y entonces me he sentido un tanto desolado. Pensar que toda esa multitud deambula hacia una señora que les ofrece algo de cariño, porque no tienen dónde encontrarlo, me ha dejado con un pequeño nudo en la garganta.

martes, 7 de octubre de 2014

El caballero más osado



De vez en cuando, seguramente más a menudo de lo que me gustaría admitir, me vienen a la cabeza tonterías que más tarde, si me apetece y tengo tiempo, intento plasmar por escrito. Hasta no hace mucho me las ventilaba en unas pocas líneas, pero últimamente encuentro un extraño placer al perderme en los detalles y en intentar dotar de más personalidad a los personajes, por supuesto, sin obtener grandes resultados. En cualquier caso, sólo aspiro a distraer un rato y a no cansar demasiado a mis pocos y sufridos merodeadores.



El caballero más osado


Pietrus III despertó plácidamente y alargó la mano, como hacía cada mañana, para estirar de la cuerda trenzada y carmesí que colgaba en el lateral de su ornamentada cama real. Las campanillas tintinearon en todas las estancias. Las cocinas, los salones, las caballerizas y, aún con más fuerza, en la habitación contigua al dormitorio. Allí aguardaban varios de los sirvientes, atentos a la señal que exigía al ballet de palacio comenzar a danzar. Todo el mundo debía estar preparado para cumplir los deseos del soberano.

  Al instante, giró el picaporte y apareció la cabeza rasurada de Doryos, el exótico mayordomo real con piel de ébano, siete engarces en cada oreja y pantalones abombados. Ejecutó una insuperable reverencia y dirigió las primeras palabras de la jornada al gobernante del reino.

  ― Buenos días alteza, ¿tostadas y leche?
  ― Desde luego ―contestó el rey con voz pastosa.

El sirviente avanzó hasta situarse sobre el velludo reposapiés en forma de tigre de bengala y destapó, con un sutil tirón de sábanas, el torso maduro de su amo.

  ― Si su alteza no encuentra inconveniente ―añadió Doryos― le acompañará en el refrigerio uno de los consejeros reales, Ser Jodryck Alastor. Al parecer tienen algo urgente que comunicarle.

El rey gruñó algo, concediendo así su aprobación, y agitó levemente el brazo, dando a entender que se podía retirar. Siempre le había agradado escuchar las buenas nuevas tras el desayuno, por lo que adelantar las noticias a su mesa no parecía ser el mejor de los presagios para comenzar un nuevo día.

Asistido por tres sirvientes, se vistió, se acicaló y apareció por el salón principal. Mientras cruzaba el umbral fue presentado por la voz ceremoniosa del maestresala, acompañado por un golpe seco de su báculo en el piso; sonido que transmitía a sus vasallos la imperiosa necesidad de recibirlo en pie. Pietrus paseó por la estancia con aire altivo, imitando las poses que sus antepasados hicieran retratar a su semejanza sobre los talentosos frescos que decoraban el salón. Alcanzó el lado opuesto de la sala y tomó asiento para encabezar la sobremesa. A su lado se dejó caer Ser Jodryck, capitán de la guardia real y comandante mayor de sus ejércitos.

  ― Buenos días estimado ―saludó Pietrus― Podría asegurar, sin temor a equívocos, que si os halláis ante mi presencia no es por el mero placer de degustar estas horrendas hogazas quemadas ―dijo mientras revolvía la fuente con la mano en busca del panecillo menos tostado― Así que, aún a riesgo de parecer grosero, desembuchad.

Cualquier persona que hubiera visto cómo se derrumbaba Ser Jodryck en su asiento estaría de acuerdo en que ese desplome tan sólo podía vaticinar una tragedia. Sin más preámbulos se alzó con decisión, dedicó medio segundo en proferir un desolado suspiro y, seguidamente, sacó fuerzas de su más que probado arrojo para comunicar la nefasta noticia.

  ― Majestad, ha vuelto a suceder... ―dijo con voz abatida.
  ― ¿Ha vuelto a suceder el qué? ―inquirió el rey, llevándose una tostada a la boca.
  ― El dragón, otra vez ha vuelto a atacar. La víctima ha sido Lady Zenwyck. Según todos los testigos, la niña paseaba por los jardines interiores de la fortaleza del condado de Hampsey cuando apareció ese diablo alado y la raptó entre sus garras. Creemos que ha sido devorada, como todas las demás.

Pietrus quedó estupefacto, tan boquiabierto que la tostada escapó de sus fauces y fue a estrellarse boca abajo contra el suelo, escurriéndose la mermelada entre las baldosas. Desde luego que ese no era el mejor modo de encarar un nuevo y próspero día.

Aprovechando la proximidad de Doryos, que trataba de recoger el desaguisado, el monarca inclinó la cabeza hacia su solícito mayordomo y preguntó entre susurros:

  ― ¿Lady Zenwyck? ¿Quién es ella?

El sirviente, dando una lección de aplomo y profesionalidad, se entretuvo más de lo necesario en dejar el suelo impoluto e hizo valer ese lapsus de tiempo para proporcionar, en voz baja y gesto discreto, una aclaración a su amo.

  ― Lady Zenwyck era una de sus hijas bastardas. Aquella que reconoció concebir su majestad, hará casi diez años, con la Duquesa de Zenth.
  ― ¡Ah! Cierto, cierto... ahora recuerdo... ―mintió el rey entre susurros.

De un salto se levantó del asiento, como impulsado por una energía heredada de sus ilustres ancestros. Recompuso una postura solemne y, engolando la voz para enfatizar su cólera, añadió:

  ― ¡Ya está bien!, ¡hasta aquí podíamos llegar! Ocho... o... ¿o eran nueve? ―calculó pensativo―... Bueno, da igual. ¡Ocho hijas mías se ha merendado ya ese maldito dragón! ¿Y vos, Ser Jodryck? ―acusó con el dedo― ¿Que habéis hecho vos al respecto? Yo os lo diré: nada. ¡Absolutamente nada!

El caballero aguantó la reprimenda cabizbajo. Hasta los dioses podían asegurar que esa afirmación no era del todo cierta. Si fueran preguntados podrían relatar cómo había intentado acabar con ese demonio en multitud de ocasiones. Con una lluvia de flechas, impregnando con aceite su cueva e incendiándola, atacando con un batallón, con catapultas; pero nada parecía causar daño a esa sabandija. Sólo quedaba una estratagema por probar, la más arriesgada de todas: el enfrentamiento directo con la bestia. El todo o nada. Si la derrotaba, todos los juglares del reino compondrían canciones en su honor. Pero si fallecía en el intento, pasaría a los escritos como un caballero más que sucumbió ante la mayor amenaza del reino. En cualquier caso, la gloria eterna era bien merecedora de tal riesgo.

― Majestad, sé que os he fallado ―se disculpó Ser Jodryck― Pero dadme una última oportunidad y enmendaré mis errores. Yo mismo me colaré en la guarida de ese engendro y lo degollaré con mis propias manos. Tened por seguro que mañana, al amanecer, vuestro salón será decorado con la cabeza de esa alimaña ensartada en una pica.

El rey respiró hondo y se tranquilizó. No estaba acostumbrado a tales alteraciones matutinas y no le agradaba la idea de dejar en su comandante la imagen de un monarca fuera de sí.

  ― Está bien ―aceptó― Pero esta vez, antes de volver a meter la pata, iremos en busca de los sabios consejos del vidente Morguer. Quiero que me asegure que vos sois el caballero adecuado para una misión tan audaz.
  ― ¿Morguer "El Cerdo"? ―preguntó un sorprendido Ser Jodryck. Nadie en la corte guardaba demasiada consideración por ese calamitoso mago.
  ― Así es ―confirmó el rey.
  ― Pero... Majestad ―intentó replicar el caballero, algo molesto porque alguien tan desastroso tuviera voz sobre ese asunto― He sido el ganador del torneo del Rey durante los últimos cinco años. Vos sabéis que soy imbatible en las justas.
― Sí, si tenéis toda la razón ―admitió el Rey― No debéis preocupaos, tan sólo será una formalidad. Además, hace meses que no visito la Torre del Hechicero y me gustaría saber qué demonios hace ahí ese hombre. En la corte se escuchan habladurías que afirman haberle visto alimentarse únicamente de chocolate y vino; y que sus visiones resultan ser tan intensas que de su portón no cesan de escucharse bramidos y bufidos. No se hable más, ahora mismo iremos a visitarlo. Y vos me acompañareis.

Doryos, diestro conocedor de los deseos de su amo, efectuó tres gráciles palmadas. En menos de un suspiro aparecieron dos fornidos criados con una réplica exacta del trono, convenientemente fabricada en materiales más livianos para poder ser transportado sin dificultad, donde se encaramó el rey. Puede que los demás no tuvieran inconveniente en subir a pie los trescientos cincuenta escalones que albergaba el sombrío torreón, aunque tampoco se iba a molestar en preguntarlo, pero Pietrus no estaba dispuesto a perder el resuello en el intento.

La comitiva formada por Doryos, Ser Jodryck, los sirvientes porteadores del trono y, algo más elevado, su majestad, abandonaron el salón principal y se dirigieron al torreón atravesando el jardín de las orquídeas salvajes. El enclave que separaba las edificaciones era obra de la prodigiosa magia de Morguer; un curioso encargo para conmemorar el nacimiento de Pietrus III. Su padre, Zikaros IV, le mando crear un lugar excepcional, asombroso, jamás visto hasta la fecha. Un rincón donde poder maravillarse. Y a Morguer no se le ocurrió otra cosa que unir en un encantamiento la belleza de las orquídeas, que tanto mimaba su reina, con la fiereza de los lobos, que tanto admiraba su rey. La torpeza del sortilegio no convenció a los monarcas. A la reina le horrorizó encontrar colmillos en sus delicados pétalos, mientras que al rey le pareció una broma de mal gusto tener que aguantar los incesantes aullidos nocturnos de unas plantas bajo su ventana. Desde entonces fue recluido en la Torre del Hechicero. Sólo el joven príncipe Pietrus quedó encantado con el regalo.

Tras su paso escucharon dentelladas propinadas al aire cada vez que una flor detectaba la presencia de carne fresca. Castañeteo que a Pietrus ponía de buen humor, pues le recordaba las horas vividas en su niñez, cuando torturaba a cualquier alimaña que encontrara despistada por el jardín.

Nada más cruzar el foso del torreón iniciaron la ardua ascensión por la enorme escalera de caracol. A los veinte minutos alcanzaron la cúspide, donde se detuvieron a tomar aliento en el descansillo que servía de antesala a los aposentos de Morguer. Desde allí pudieron estremecerse con los horrendos jadeos que resonaban en su interior. Rugidos capaces de ahuyentar al animal más feroz.

  ― Ser Jodryck ―llamó el rey, algo inquieto― Pasad a las estancias del mago y cercioraos de que todo esté en orden. No quisiera aparecer en mal momento ni interrumpir una diatriba de ese hombre con el mismísimo Belcebú.
  ― Como gustéis majestad ―aceptó con orgullo el caballero.

Desenvainó la espada, ladeó el lúgubre portón y, con los cinco sentidos alertados, se dispuso a averiguar qué clase de horrores podía albergar aquel siniestro lugar.

Por lo pronto, de nada le sirvieron los ojos, pues la estancia apenas quedaba iluminada por un rayo de sol mortecino que filtraba una claraboya instalada en lo alto de la cúpula. Insuficiente, a su vez, para iluminar algo más que no fuera el techado. El primer indicio sensorial, si obviamos los insistentes rugidos que continuaban amedrentando sus oídos, le sobrevino gracias a sus fosas nasales. El hedor rancio a vino barato que desprendía el piso puso en alerta al valeroso caballero y tensó su figura, convencido de que tal olor viciado, junto a la viscosidad que se impregnaba a sus pies paso a paso, sólo podía pertenecer a un ser de ultratumba.

Por suerte para el mago, Ser Jodryck tardó algo más de tres segundos en encontrar una posición adecuada desde la que blandir su espada. Tiempo más que suficiente a que sus pupilas dilataran y reconociesen en la penumbra la oronda silueta del vidente, dormido en su butaca y con un charco de babas bajo sus pies. El comandante, haciendo gala de su habitual tacto castrense, propinó un puntapié en la espinilla a la masa sebosa que dormitaba y le anunció la visita de su majestad.

  ― ¡Morguer, despierta! El rey está aquí.

La escandalosa sinfonía de ronquidos cesó al instante, se incorporó con la premura de quien recuerda haber dejado una pócima en el fuego y soltó, en un cajón y como si le quemara en los dedos, los restos fundidos de una tableta de chocolate.

  ― Pasad, pasad ―invitó dirigiéndose a la puerta― Os... Os estaba esperando.

El mago chasqueó los dedos y, por arte de su magia, prendieron las siete antorchas destinadas a iluminar una desastrosa sala donde la mugre y los cachivaches campaban a sus anchas. Entre pequeños saltos se abrió paso Doryos, siempre intentando aterrizar en las escasas baldosas aún por corromper del hediondo suelo; y a escasos tres pasos lo siguió su majestad.

  ― ¡Dioses! ―exclamó el mayordomo, mientras tapaba su boca y nariz con un pañuelo perfumado― Esto es una pocilga. ¿Existe razón alguna por la que deba mantenerse este lugar en semejantes condiciones?
  ― Yo pensaba que el sobrenombre de "El Cerdo" era debido a vuestra oronda figura y achatada nariz -aportó Ser Jodryck al reproche― pero permitidme decíos que empiezo a dudarlo seriamente.

La relación del rey con el mago provenía de su más tierna infancia, profesándole un respeto que lindaba con su enorme admiración. Lo cierto es que nadie conocía la verdadera edad de Morguer, pues su eterna gordura jamás había permitido que las arrugas marcaran su cuerpo ni propiciaran vestigio alguno de su decrepitud. Pero de lo único que podían estar seguros era de que llevaba infinidad de lustros anclado allí, complaciendo a su majestad. Desde que Pietrus albergara conciencia había tenido la posibilidad de verlo siempre que había querido, quedando maravillado ante sus acertijos y trucos en cada una de sus visitas. Por eso mismo no demoró ni un minuto en defender a su apreciado vidente.

  ― Dejad de importunar al mago ―ordenó― Ya explicó en su momento que resultaría imposible pactar con seres malignos si la habitación olía a rosas, ¿no es así?
  ― Envidio la memoria de su majestad ―aduló Morguer, sumando una reverencia a sus palabras.
  ― ¿Podríais deleitarnos con una demostración de vuestros poderes? ―se le antojó al rey― Sólo así conseguiremos acallar las bocas de estos incautos. Seguro que podéis decirnos, sin daos pista alguna, a qué se debe nuestra presencia.

Morguer entrecerró los ojos un par de segundos. Alzó la cabeza, se masajeó las sienes con los pulgares y, tras pronunciar unas onomatopeyas sin sentido, añadió:

  ― Sí... Sí... Ya me llegan. No hay duda, las voces del más allá han hablado: ¡Habéis venido a verme a mí!

La cara del Rey se iluminó con una entusiasta sonrisa.

  ― ¡Lo habéis adivinado! ¿Puede alguien dudar ahora de los poderes de Morguer? ―preguntó a Doryos y Ser Jodryck.

Estos se miraron desconcertados, sin saber qué pensar. Y menos qué responder.

  ― Pero pasad, pasad y sentaos a mi mesa ―intervino el mago con rapidez― Allí podremos tratar mejor los temas que os inquietan.

Un enorme tablero de madera ovalada, coronado con una peana, presidía la estancia. Se acomodaron alrededor, a la vez que su majestad argumentaba el motivo de la visita.

  ― Veréis, como bien sabréis, si hemos decidido venir a vuestro encuentro es con el propósito de preguntaos sobre la conveniencia de mandar a Ser Jodryck a matar al dragón. Aunque lo cierto es que ya lo ha intentado varias veces y nunca ha logrado su cometido ―dijo el rey con un tono puntilloso.
  ― Y no dudéis que esta vez será la definitiva, tenedlo por seguro majestad ―anunció Ser Jodryck, intentando zanjar la polémica.
  ― Eso espero ―replicó el Rey con un hálito de impaciencia― Pero, decidnos mago, ¿es realmente Ser Jodryck el hombre más valeroso del reino? ¿El caballero más osado?

El vidente ladeó el aterciopelado mantel que cubría la mesa y extrajo, de los pies de la misma, una esfera cristalina que fue a depositar sobre la peana.

  ― Pues no esperemos ni un minuto más y preguntémosle a la bola de cristal ―susurró el mago mientras la rodeaba con sus manos― ¡Oh!, bola de cristal... ―comenzó a recitar― Tú, que todo lo sabes... dinos: ¿es Ser Jodryck el hombre más valeroso del reino?

De pronto, la luz de las antorchas se entumecieron, el aire se espesó y las sombras parecieron alargarse de forma inusitada. La oscura magia del hechicero hacía acto de presencia. Manoseó la bola durante un intenso minuto de profunda meditación. Hasta que por fin, ante la mirada impaciente del Rey, se decidió a hablar.

  ― Negro... negrísimo lo veo... la oscuridad más absoluta se cierne sobre nosotros. Jamás hubiera pensado que aconteciera el día en que la bola no quisiera hablar, pero sin duda ha llegado. Ha sido inundada por las tinieblas más espesas -proclamó el mago, con cara de circunstancias.

Doryos, atento siempre a cualquier detalle, se acercó a la oreja de Morguer y le susurró:

  ― Mago, con todo el respeto y sin albergar el más mínimo conocimiento sobre vuestros poderes. Yo probaría, dada mi larga trayectoria en el campo de la pulcritud, a limpiarme de las manos ese chocolate espeso antes de magrear cualquier elemento en el que esperéis ver algo más que no sea la capa de chorretones que estáis esparciendo.
  ― ¡Ops!, disculpad ―aportó Morguer a la apreciación.

Seguidamente salivó durante cinco segundos y profirió tal escupitajo que acabó impregnando de espumarajos la práctica totalidad de la esfera. Pero no le bastó con el riego de babas. También frotó la bola con el antebrazo de su andrajoso jubón hasta despojarla de cualquier resto de cacao que pudiera haber resistido a la improvisada ducha.

  ― Así está mejor ―anunció el mago, ante la duda razonable de todos los presentes― Bien, ¿por dónde íbamos...? ¡Ah!, sí... ¡Oh!, bola mágica... decidnos, ¿quién es el caballero más osado del reino?

Los ojos de Morguer se clavaron en el curvo cristal y centellearon, ahora sí, vislumbrando la respuesta a su pregunta. Parpadeó dos veces, indeciso. Levantó la vista y, con semblante desconcertado, miró a sus acompañantes.

  ― No... No puede ser...

El rey, Ser Jodryck y Doryos cruzaron sus miradas, sin acabar de entender qué sucedía.

  ― No me aparece Ser Jodryck como el caballero más osado ―desveló el mago― Existe otro, un caballero que se halla en la posada de Los Cuatro Robles, a más de quince millas de distancia. Y se llama Dorotheo Walsh, Theo para los amigos.
  ― No puede ser cierto ―protestó Ser Jodryck― Jamás oí hablar de él.
  ― ¿Estáis seguro de vuestra afirmación? ―preguntó el rey a Morguer.
  ― Segurísimo, majestad. La bola de cristal no engaña, es un fiel reflejo de vuestros dominios. No hay duda de que ese tal Theo es el caballero más osado.
  ― Pero... majestad... ―dijo un desconcertado Ser Jodryck― ¿pondréis en manos de ese hombre, de ese desconocido ―remarcó― el futuro de vuestro reino?
  ― ¿Por quién me tomáis? ―contestó el rey, ofendido ante la duda. Aunque no tuvo reparos en añadir― Pero vistas las circunstancias, y constatando que existe un caballero más osado que vos, mañana mismo iréis en su busca y lo reclutaréis para la misión. A ver si entre los dos sois capaces de satisfacer mis deseos.

Y el mandato quedó dispuesto.

Así fue como el capitán de la guardia real, a la vez que comandante de los ejércitos, partió al alba, a lomos de su corcel blanco, con una escolta de seis soldados. Cabalgaron el día entero en dirección Sur, atravesando los peligrosos caminos del Bosque Sombrío y las tierras desoladas de la Ciénaga del Coyote, sin apenas toparse con alma alguna. Y los tres o cuatro peregrinos que divisaron su estandarte hicieron lo posible por evitarlo, pues no tenían más que ver la garra del halcón estampada sobre la sábana para comprender que se cruzaban con el legendario Ser Jodryck, el protegido de su majestad.

Ya anochecía sobre la comarca de Los Cuatro Robles a la arribada del pequeño batallón. Aunque el cielo, aún teñido de carmesí, desprendía el suficiente brillo para que los aldeanos observaran las lustrosas armaduras de los guerreros al galope. Ver la mítica estela de Ser Jodryck había causado un revuelo del todo inesperado en el lugar. Descabalgaron a toda prisa e irrumpieron en la posada, con la misión encomendada fijada en la mente. Tal premura hizo que sus moradores adoptaran un tenso silencio, alertas ante la posibilidad de que fueran en su búsqueda para ser ajusticiados. Pero el caballero, concentrado como estaba en su tarea, ni se inmutó; y fue a la caza de su hombre con determinación.

  ― Yo, Ser Jodryck Alastor de la casa Alastor, reclamo la presencia de Dorotheo Walsh ―exclamó con voz cavernosa― En nombre del Rey, llevadme ante su presencia.
― ¿A Theo? ―contestó quebrando el silencio un incrédulo vejestorio que, tras la barra, servía jarras de hidromiel.
  ― El mismo, ¿está por aquí?
  ― Por favor, acompañadme ―invitó el posadero con un ademán.

Salieron por la puerta trasera del caserón y se dirigieron directamente a los establos.

  ― Lo cierto es que ya debería haber salido a vuestro encuentro ―explicó el dueño de la finca― pero ese chico es tan tímido y reservado que le cuesta un mundo hacer bien su trabajo de mozo de cuadras.

¿Un mozo de cuadras? A Ser Jodryck no le encajaba esa descripción con la de un valeroso caballero. Aunque era posible que ni el mismo Dorotheo supiera de su potencial para la lucha; algo así como un diamante por pulir.

  ― ¿Theo? ―llamó el hospedero― ¿puedes salir, por favor? Aquí hay un hombre molesto porque no has recogido sus monturas. No se lo tenga en cuenta ―comentó al caballero― Es que le dan un poco de miedo los caballos, pero poco a poco lo va superando.

¿Temor a los caballos? ¿El hombre más osado del reino tenía miedo a los caballos? ¿Cómo podría enfrentarse a un dragón si le asustaba la sola presencia de un potranco? Todas esas preguntas abrumaban la mente de Ser Jodryck, hasta que apareció el hombre buscado ante sus ojos y pudo aclarar todas las dudas en el preciso instante en que fue testigo de su aspecto.

Se trataba de un chico corpulento y pesado, con un cabello negro y espeso que le empezaba a brotar prácticamente donde terminaban las cejas. La parte baja del rostro no tenía nada que envidiar a la superior, pues una frondosa barba enraizaba en el pecho y se encaramaba más allá de sus pómulos, dejando tan sólo al descubierto la nariz y los ojos. Aunque, más que nariz, podría jurarse que era un hocico. Y simplemente observando sus antebrazos uno podía deducir la ingente cantidad de pelo que poblaba su cuerpo. Para rematar, estaban esas uñas negras y endurecidas, capaces de desgarrar de un zarpazo la corteza de un abeto.

Sí, ya no cabía duda. Era la persona más parecida a un oso que Ser Jodryck había visto jamás. <<El caballero más osado>>, pensó mientras reprimía unos intensos deseos de estrangular a Morguer.

Ya no existía otra alternativa. Sería él, y sólo él, quien emprendiera la audaz misión de matar al dragón.

lunes, 29 de septiembre de 2014

El zoo de papel



Por todos es de sobras conocida mi gran afición por el cine, la música o la lectura. Cuando no estoy visionando una serie o película, ando juntando letras, palabras, líneas y estrofas para enterarme de qué va un relato. También aprovecho cualquier tarea en casa para que me acompañe alguna de mis melodías favoritas. Parece ser que no tengo bastante con mi vida cotidiana y que necesito sentir más emociones para gozar con plenitud de esta fugaz vida.

Porque eso es, precisamente, lo que le pido a una canción, a una secuencia o a un cuento: que sea capaz de emocionarme. Y con esto quiero decir que da igual si se trata de hacer reír, llorar, pasar miedo o frustrarse, siempre y cuando el mensaje sea honesto y no detecte una, por otra parte inevitable, manipulación de los sentimientos.

También es cierto que las expectativas que uno mismo crea sobre un argumento van en contra del factor sorpresa y acaba resultando más complicado llegar a emocionarse. Por poner un ejemplo, si uno sabe que la película es una comedia, seguramente será más exigente con el ingenio de los diálogos o los gags. En cierto modo, esperar de antemano unas risas, hace que pongamos el listón mucho más alto y seamos más severos al valorarla, al menos en el aspecto cómico.

Sin embargo, ocurre todo lo contrario si, como me ha sucedido a mí, te acercas a una historia fantástica (en sus tres acepciones) y sensible esperando un relato de ciencia-ficción. Pero, claro (y aquí está mi enorme equivocación), ¿por qué un cuento de fantasía/ciencia-ficción no puede hacer llorar? Pues hoy, lo que nunca hubiese esperado, me ha sucedido.

Aquí, solo y de madrugada, me ha dado por comenzar a leer, sin saber lo que me esperaba, un relato corto titulado "El zoo de papel" de Ken Liu. Y me ha costado Dios y ayuda acabar sus últimas frases, porque hasta la fecha jamás había tratado de leer con los ojos desbordantes de lágrimas y peleándome con un moco acuoso y esquivo que trataba de darse a la fuga y que, por mucho que mi nariz lo intentara, no se dejaba aspirar.

Pero ahora ya sí, ya puedo irme a dormir, tras escribir estas líneas que han ayudado a serenarme. Gozoso por haber leído algo tan increíblemente bien escrito y aún emocionado por sus palabras. Seguro que esta noche tengo dulces sueños.

martes, 23 de septiembre de 2014

Música para mis oídos


Si hay algo que tengo muy claro es que todo en esta vida es subjetivo. O sea, una misma cosa puede verse de tantas formas diferentes como sujetos la observen. Y todo dependerá de los gustos, inquietudes o valores de cada uno. Hay un dicho popular que define este hecho: "sobre gustos, no hay nada escrito".

Pero yo, como persona puntillosa que disfruta rizando el rizo, no me contento con esa frase y la adapto a mi manera de ver el mundo para afirmar que "sobre gustos, está todo escrito". Ya veis como hasta un refrán puede entenderse desde diferentes prismas.

Supongo que estaréis de acuerdo conmigo en que, hoy en día, se maneja una ingente cantidad de opiniones que sobrevuelan internet, revistas, diarios y televisiones, de aquí para allá, criticando y valorando prácticamente todo el ocio audiovisual que engullimos. Podéis llamarme desconfiado, pero siempre he sospechado que la mayoría de ese tráfico está generado por las propias productoras; en principio, con la honorable intención de vender sus artículos. Cuando les interesa pueden llegar a ser realmente pesados con sus campañas mediáticas. Pero no me extraña que bombardeen al respetable con trailers, entrevistas o cualquier otra clase de promoción, pues parece ser que cuanto más nos los restriegan por las narices, más compramos sus productos. A veces tengo la sensación de que cada vez queremos pensar menos en nuestros gustos y nos dejamos llevar por lo primero que nos plantan delante de los ojos.

Aunque, de un tiempo para acá, me he dado cuenta de la progresiva desaparición mediática de los nuevos discos de música que se publican. Es verdad que aún quedan revistas especializadas, pero es ciertamente difícil, quitando a diez o doce intérpretes que ponen más empeño en exhibir su cuerpo serrano que en cantar, saber algo de tus grupos favoritos. ¿Por qué no nos informan cuando lanzan un nuevo álbum al mercado? Muy sencillo, porque ya no se venden discos y, en definitiva, toda esta industria está montada para ganar dinero. No hay negocio, no hay cantantes. Y es lógico, pues nadie con dos dedos de frente va a gastarse un euro en promocionar algo que no va a vender.

Mejor voy a intentar montar un dique que retenga mis divagaciones, porque me estoy desviando del tema y, si me pongo a analizar la industria musical, acabaré alargando más de lo debido esta entrada. Además, tampoco creo que pueda aportar nada nuevo a ese debate.

Volviendo a la frase "sobre gustos, está todo escrito", me di cuenta de que, para acercarla a la realidad, debería escribir algo sobre mis gustos personales, pues no hacerlo es una carencia casi imperdonable que cualquier blogero ha de intentar enmendar si no quiere ser abucheado en este mundillo. O, al menos, esa es mi impresión. Así que escribiré cuatro pinceladas de la música que me reconforta. Esas canciones que consiguen cambiar mi estado de ánimo con tan sólo escuchar sus primeros acordes. Pero, sobre todo, aquella música a la que, pasen los años que pasen, vuelvo sin sentir vergüenza ajena ni la sensación de estar escuchando algo totalmente anacrónico.

Sin embargo, antes que nada, voy a exponer una de mis, seguramente absurdas, teorías sobre cómo escojo el material que guardo en mi discoteca personal. Tengo la delirante convicción de que, por muy paradójico que parezca, rara vez se publica un disco redondo. Y me refiero a que un disco puede albergar tres o cuatro buenas canciones (a lo sumo seis o siete si ha estado muy inspirado el autor/a), pero el resto son melodías que pasarán a la historia sin pena ni gloria. Así que siempre intento hacerme primero con una antología del grupo o artista en cuestión para, más adelante, si realmente me fascina y me quedó con ganas de más, sumergirme en el resto de su obra.

Pero no voy a dilatar más esta entrada  con mis tonterías y pasaremos a lo verdaderamente importante: la música. Para esta ocasión he escogido cuatro discos de tres intérpretes diferentes. Ya sé que no salen las cuentas si presento una antología de cada uno, pero esperad un poco, que todo tiene su explicación.

Primero me gustaría hablar de la maravillosa, increíble y adorable (ya me parezco a José Luís Moreno) Suzanne Vega, y de su disco recopilatorio, como no podía ser de otra manera, Retrospective - The Best Of Suzanne Vega.

Probablemente este sea el álbum que más aprecio de toda mi discoteca. Jamás me harto de escucharlo. Para mí es, sencillamente, perfecto. Escuchar a esta mujer es uno de mis placeres, al menos hasta hoy, secretos. Soy consciente que se trata de una artista eternamente etiquetada como canta-autora, pero yo no tengo ni idea de inglés y, al contrario de lo que me ocurre con Bob Dylan, por poner un ejemplo, soy capaz de disfrutarla como el que más. También es posible que sus canciones no sean todo lo accesibles que cabría esperar para el gran público, y seguramente nunca lo ha buscado, pero si te dejas invadir por sus hipnóticas melodías, su cantar susurrante y su embriagadora personalidad... pues acabarás como yo, siendo un fan incondicional.

Pero como la mejor explicación casi siempre suele ser un ejemplo, y aprovechando que hoy en día tenemos al alcance de la mano herramientas como Youtube, os pondré por aquí unos vídeos para que entendáis mejor mis palabras.


El primero es "Luka", quizá su canción más convencional y, sin duda, la más famosa.




Esta canción se titula "Caramel", no voy a decir que sea una de mis canciones favoritas porque realmente lo son todas en este disco, pero sí que me parece de las más elegantes.



Para ir acabando y no correr el riesgo de ser demasiado pesado, porque si por mí fuera pegaba el disco entero, podéis escuchar, si os apetece, "Penitent". Sencillamente, deliciosa.




Y sin más dilación, pasaré a comentar el disco recopilatorio de Chris Isaak, que lleva inscrito en su cabezera el original título de "Best of Chris Isaak".



Este polifacético artista (tan pronto actúa en películas y series, como compone música, como presenta un programa de televisión) ha logrado captar mi interés por el singular gusto que destilan sus canciones. Yo las definiría como un estilo que juguetea entre el Elvis Presley más rockero y el Roy Orbison más meloso, aunando lo mejor de cada uno. O sea, un sonido muy norteamericano. Sin duda, sus melodías son mucho más afables que las de Suzzane Vega, pero no por ello carecen de un talento similar. También podría destacar su voz, aterciopelada en las baladas y robusta cuando la ocasión lo requiere, que siempre consigue desplegar de forma elegante.



Pero mejor vamos con la selección de canciones para que os podáis hacer una mejor idea. Comenzaremos con la, de sobras conocida, "Wicked game".




Otra que también os puede sonar por haber aparecido en el último film del malogrado Stanley Kubrick, es "Baby did a bad, bad thing".



Y para acabar, porque no me queda más remedio, cierro este repertorio con "Somebody's crying"



Llegados a este punto, os habréis dado cuenta que he hablado sobre dos artistas que, sin ser totalmente desconocidos, no han gozado de demasiada repercusión mediática (al menos en nuestro país). Pero como tengo un criterio camaleónico, ahora me gustaría brindar la ocasión de poder escuchar a una de las bandas de rock más legendarias de la historia: Queen.

He de reconocer que mi aprecio por este grupo no llegó como un flechazo. Para mi descargo, sólo puedo decir que las primeras veces que escuché su música era demasiado pequeño y sus canciones resultaban ser demasiado barrocas para mi comprensión y, más que deleitarme, me abrumaban. Por suerte, con el tiempo maduré mi sensibilidad musical y pude apreciar su calidad sonora. No quiero decir con esto que piense que todo aquel que no le guste Queen sea un ignorante. Creo que ya he dejado claro que cada uno tiene sus gustos y todos son respetables, pero mi reflexión iba más por el camino de que los gustos, igual que las personas con ellos, evolucionan. Bueno, no me lío más y paso a los discos, porque en este caso, dada la larga y exitosa trayectoria del grupo, son dos los que recogen sus mejores canciones: "Greatest Hits I" (1973-1981) y "Greatest Hits II" (1981-1991). 



Es cierto que también llegó a aparecer un tercer disco de antologías llamado "Greatest Hits III", pero creo que sólo es recomendable para seguidores acérrimos del grupo por contener rarezas, colaboraciones y canciones aparecidas en el único disco en solitario de Freddie Mercury.


Su discografía es tan elogiada y divulgada que resultaría casi imposible proponer para vuestros oídos algo que no hayáis escuchado ya. Así que, sencillamente, me guiaré por dos de las canciones (aunque hay muchas más), una de cada disco, que son capaces de alegrarme un día con tan sólo escucharlas: "Don't stop me now" y " I Want It All".






Y aquí termino con esta pesadilla en forma de entrada, sobre todo para el que haya sido capaz de superar la fatiga que supone visionar, o en este caso escuchar, tanto vídeo. Puede que alguno haya disfrutado, puede que alguno se haya interesado, o incluso es muy posible que otros estén detestando esta entrada por no coincidir con sus gustos musicales. En cualquier caso, pensad que mis inclinaciones son volátiles y que en cualquier momento me puedo sentir atraído por las de cualquier otra persona. Sin embargo, con el paso del tiempo, me he dado cuenta de una cosa muy curiosa: puedo incorporar, para mi deleite, los gustos de los demás y no sentir que traiciono a los míos. Esto no sé si es bueno o es malo, pero es lo que hay.

martes, 9 de septiembre de 2014

Hacerse mayor



Hace mucho, muchísimo tiempo, en una galaxia muy, muy lejana... Espera, voy a empezar de nuevo porque creo que me he confundido de historia, ya que esto ocurrió aquí al lado.

Hace mucho, muchísimo tiempo, cuando yo a penas era un renacuajo, sufría de vez en cuando la recurrente pregunta que todo niño ha escuchado alguna vez: ¿qué quieres ser de mayor?

En esos momentos de aprieto, miraba a mi alrededor y observaba a los adultos, sin estar muy seguro de poder alcanzar tan longeva edad. Y sólo se me ocurrían dos respuestas posibles. Por un lado contestaba que quería ser rico; y por el otro, sin decirlo en voz alta, pensaba que no me gustaría para nada ser mayor. Y no es que sospechara que era un niño demasiado guapo (que lo era) para crecer y que unos genes descarriados moldearían mi cuerpo hasta dejarme en un adulto del montón (que lo soy). Lo que realmente buscaban mis ojos era la felicidad que les provocaba, a esas personas, el sentirse mayores; y la verdad, eran pocas las ocasiones en las que se les veía sonreír.

Pero si quería ser rico no era porque anhelara un yate, una mansión o un cohete para ir a la Luna. Mi única ambición consistía en tener el suficiente dinero para vivir aceptablemente y no tener que preocuparme de dónde conseguirlo. Porque en mi entorno percibía esa cuestión como si fuera el mayor quebradero de cabeza para los adultos. Y yo, lo que realmente quería, era vivir sin esa angustia, como había hecho hasta entonces.

Puede que, en cierto modo, esa sea gran parte de la verdadera esencia de un niño. La despreocupación en, prácticamente, todos los aspectos de la vida. O al menos del niño que mejor he conocido. O sea, yo.

Sin embargo, y para que mi plan de vida pudiera salir adelante, necesitaba encontrar a los compinches adecuados. No podía juntarme con niños transgresores ni rebeldes que pudieran llegar a meterme en un lío; pero tampoco con críos asustadizos que cualquier pequeño percance les provocara un ataque de ansiedad. Así que el grupo de amigos en el que siempre me encontraba más cómodo era en el de los pasotas. O así era, al menos, cómo nos llamaban los profesores.

Nunca he entendido por qué los adultos tienen tanta prisa en que los niños dejen de comportarse como tal. No les bastaba con que asistiéramos al colegio, aprobáramos las asignaturas y, más o menos, nos valiéramos por nosotros mismos. Además, debíamos preocuparnos de que así fuera. Y si te llamaban pasota con un tono peyorativo, era precisamente para alentarte a cambiar esa condición porque, según ellos, no te preocupabas lo suficiente. Pues, a juzgar por el agriado carácter que destilaba alguno, opino que no les hubiese ido nada mal si hubieran intentado ser un poco más pasota.

Que fuésemos despreocupados no nos convertía en unos pasotas, pues nunca dejábamos correr las horas sin jugar a algo o echar unas risas. Entendería como persona pasota a la que viera continuamente apática, apagada y sin ganas de hacer nada. Pero buscar siempre, bajo cualquier circunstancia, la mejor manera de divertirse, no creo que sea de persona pasiva.

Irremediablemente, los niños que fuimos, poco a poco nos hicimos mayores. Aunque siempre manteniendo intacta nuestra despreocupación, por más que nos independizáramos o asumiéramos responsabilidades. Porque sí, somos capaces de funcionar como personas; incluso damos el pego como adultos. Y si no que se lo digan a todos los chavales que se dirigen a mí con la palabra "señor" por delante.

Pero últimamente, dentro de mi habitual inconsciencia, ando un poco intranquilo. El caso es que tengo un amigo de la infancia, uno de estos que bien podríamos ubicar en el grupo de los pasotas, que desde hace más o menos cinco años no hace más que preocuparse por todo. Y cada vez va a peor. Ayer mismo le llamé por teléfono y me contó que se encontraba mal, que el estrés no le dejaba dormir y que la ansiedad se le había agravado con ardores de estómago y estreñimiento. Estaba angustiado por la política, la situación económica del país, los juicios y demandas que tiene pendientes contra su empresa, las obligaciones de ser enlace sindical y, por si todo esto fuera poco, con las atenciones que requiere un bebé que tuvo hace un año.

Yo le escuchaba e intentaba darle apoyo moral, y algún que otro consejo, para que se lo tomara con más calma, pero sospecho que no era precisamente lo que esperaba oír. Rápidamente, al darse cuenta de que mis réplicas eran de carácter sosegado e intranscendente, decidió que no valía la pena continuar con la conversación si yo no era capaz de ponerme a la altura de sus preocupaciones y no les daba toda envergadura que, según él, solicitaban. Antes de despedirnos intenté quedar con él para hacer alguna actividad divertida y así poder olvidar un rato todas sus preocupaciones, pero se me excusó/escabulló alegando que no tenía tiempo y que ya me llamaría cuando encontrase un hueco.

Cuando colgué, aún un poco aturdido por ver como mi amigo dejaba escapar una oportunidad de pasarlo bien, únicamente cruzó un pensamiento por mi cabeza: "madre mía, que mayor se ha hecho."

Pero lo que realmente me inquieta, a parte de la salud de mi amigo, es que, si de golpe, hará unos cinco años, pudo transformarse en adulto, también podría sucederme a mí. Y en cualquier momento.

Probablemente jamás logre detener la madurez física (ni lo busco), pero en estos momentos, a mis casi cuarenta años, sigo manteniendo intacta mi pueril despreocupación. Por suerte, aún soy una persona despreocupada a la que sólo le preocupa que llegue un día en que todo le preocupe.

A ver cuanto aguanto.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Tarde de fútbol



Hace un par de semanas me levanté con una ocurrencia en la cabeza. Más bien se trataba de un recuerdo de mi infancia, cuando no paraba ni un momento de jugar a fútbol. Luego me fui a trabajar y le estuve dando vueltas a la idea durante todo el día. Hasta que volví a casa y me puse a escribir este cuento de una sentada. Ahora lo presento habiéndolo corregido un par de veces pero, aún así, no me acaba de convencer el título. Se aceptan sugerencias.


Tarde de fútbol

Este verano me ha tocado cuidar de mis nietos: Daniel, de diez años, y Javier, de doce. Tal y como están las cosas no me he podido negar. Sus padres trabajan todo el día en la tienda y este año no han facturado lo suficiente como para poder contratar a un par de empleados que los sustituyan. Así que aquí están, en mi casa, todo el día dale que te pego a las maquinitas. Yo no entiendo a los chiquillos de hoy en día, nunca salen a la calle. Cuando no están acariciando la tablet, andan toqueteando el ordenador; y si no aporrean los mandos de la consola, se quedan igualmente embobados en el televisor, mirando el canal Disney. ¿Cuando juegan? ¿En qué momento dejan de bombardear su mente con imágenes y sonido? Y, lo más importante, ¿alguna vez tratan de hacer cosquillas a la imaginación?

Por lo menos ayer por la tarde pude captar un rato su atención. Ocurrió justo en el momento en que Javier pausaba la consola para ir al lavabo y Daniel levantaba la vista de la tablet, imagino yo que para averiguar por qué ya no se escuchaban gritos y disparos en la tele. Aproveché ese pequeño intervalo de tiempo para dirigirme a ellos muy seriamente. En fin, lo más serio que puede ponerse un abuelo al que se le cae la baba cada vez que sus nietos le hacen un poco de caso. Pero les dije que, para variar, podrían salir un rato al parque que hay debajo de mi casa y jugar con otros niños a fútbol.

Parece ser que a Javier se le despertó la curiosidad, porque tal como volvía a sentarse en el sofá me preguntó si, de pequeño, yo había jugado alguna vez a fútbol. Así que no tuve más remedio que contarles la increíble historia de mi amigo Luisito.



Luisito y yo éramos inseparables. Lo hacíamos todo juntos. Por las mañanas yo iba a su casa, o él venía a la mía, y desayunábamos un vaso de leche que daba igual en qué lugar se calentara porque la fórmula era siempre la misma: dos cucharadas de azúcar y tres de Cola Cao. Luego partíamos juntos hacia el colegio y nos sentábamos en el mismo pupitre, donde tomábamos apuntes sin parar, cuando no era él, le relevaba yo, para que ninguna explicación se nos escapara. Más tarde salíamos al patio y almorzábamos la mitad de un mismo bocadillo que, el día que no lo hacía su madre, lo preparaba la mía. Y al finalizar las clases volvíamos a casa, si no a la mía, a la suya, y completábamos los deberes a la par. Todo juntos, siempre juntos. Todos los días juntos menos los Viernes. 

Para ser más exactos, los Viernes por la tarde. Esa era la hora y el día señalados, en el calendario de clase, para la educación física.

Si nos llevábamos como uña y carne era por lo bien que nos complementábamos. Luisito siempre hacía lo que le decían los mayores. Sin excepciones. Si su madre le pedía que esperara, él esperaba. Y se tomaba tan en serio la orden que no movía un dedo hasta que no recibía otra. En cambio yo, era como un cervatillo desbocado. No es que no hiciera caso a mi madre, es que, sencillamente, ni escuchaba lo que me decía. Así que para él, suponía una constante aventura permanecer a mi lado; mientras que para mí, su sola presencia significaba una tabla de salvación a la que agarrarme para no estar eternamente castigado. Pero los Viernes por la tarde, muy a nuestro pesar, siempre acabábamos separados.

Toda la culpa la tenía Don Anselmo, el profesor de gimnasia. Don Anselmo era un gran aficionado al fútbol. Perdón, voy a repetirlo porque creo que me quedo corto y puede que no captéis bien a qué me refiero. Don Anselmo era un fanático, un enfermo, un hooligan. Uno de esos locos que sólo vive por y para el fútbol. De hecho, cada trimestre convocaba en una reunión a la directiva del colegio, con el único propósito de cambiarle el nombre a la clase de educación física por "clase de fútbol". Sí, creo que ahora ha quedado más claro.

Como iba diciendo, la culpa de nuestro distanciamiento la tenía Don Anselmo, pues siempre aprovechaba esa hora para concertar duelos futbolísticos contra otros colegios. Cada año, a principios de Septiembre, nuestro lunático profesor nos hacía pasar unas pruebas de preselección para escoger a los mejores futbolistas de la clase. Ni que decir tiene que yo las superaba sin problemas, pues, sin ser un virtuoso del balón, siempre lo dejaba maravillado con mi desenfrenado ritmo. Pero todo lo contrario ocurría con Luisito, al que no tardaba ni un minuto en descartar durante el calentamiento con tan sólo verlo trotar.

La verdad es que eran partidos desiguales. Mientras que los profesores de otros colegios rotaban en el campo a todos los alumnos de su clase, Don Anselmo sólo hacía jugar a los mejores y al resto ni los convocaba. De esta manera, tarde o temprano acabábamos enfrentándonos contra los alumnos más torpes y nos distanciábamos en el marcador. Era así de sencillo, sólo había que esperar. Y precisamente eso era lo que hacía Don Anselmo: sentarse en el banquillo cruzado de brazos y esperar con una leve sonrisa en sus labios. Jamás le escuché darnos ninguna indicación ni táctica a seguir. Jamás hasta ese Viernes de principios de Noviembre.

No querría dármelas de vidente, pero yo ya lo vi venir la víspera del Jueves. Aunque creo que realmente todo empezó el Martes. Antoñito, el chaval que siempre se sentaba en la última fila, llegó a clase con los ojos hinchados, como de no haber dormido. La catarata de mocos que bajaba por su nariz tampoco era un buen presagio, pero lo que me acabó de convencer fueron los insistentes estornudos que no pararon de sonar, allá a lo lejos, durante todo el día. El Miércoles, todos los niños de la fila trasera tenían el mismo aspecto, pero realmente fue el Jueves cuando más me alarmé. Aquellos estornudos que días atrás había escuchado en la lejanía, se acercaban de forma amenazante hacia la primera fila, que era donde nos encontrábamos. La oleada del virus era implacable. Y suerte tuvimos de que llegara el Viernes, porque, durante todo ese día, estuvimos escuchando detrás de la oreja el constante trompeteo de las narices al sonarse. Era como si los microbios se anunciaran con sus cornetas de guerra justo antes del inevitable asalto.

A todo esto, Don Anselmo no tenía ni idea de lo que pasaba puertas adentro del colegio y continuaba feliz, impartiendo clases en el gimnasio. Estoy seguro de que, en su retorcida mente, se deleitaba imaginando otra humillante derrota para sus adversarios. Hasta que nos vio llegar. Bueno, me vio a mí, porque el resto del equipo se había marchado a casa con permiso del Director, que curiosamente también atesoraba el título de enfermero.

Creo que en mi vida he vuelto a ver una cara de pánico como esa. Si a Don Anselmo le hubieran sacado una foto en ese preciso instante, y me la enseñaran días más tarde, jamás hubiese reconocido a nuestro profesor en ese rostro desfigurado. Parecía que se iba a desmontar. La careta desencajada que antes había sido Don Anselmo, corrió hacia el interior del colegio para tratar de evitar la catástrofe, pues en su férrea moral no existía mayor deshonra que la rendición. Al llegar al patio, que era el lugar donde iban a parar sus alumnos repudiados, buscó de forma desenfrenada a los que aún quedaban sanos para lograr configurar un equipo de fútbol con el que, al menos, poder comparecer. Y, entre ellos, estaba Luisito.

Así acabamos jugando juntos a fútbol, un Viernes por la tarde, en el colegio, por primera y última vez.

Sobre el resultado del partido no hay mucho que contar. La primera parte aguantamos de puro milagro el empate a cero, pero lo extraordinario de esta historia llegó en la segunda mitad. 

A Don Anselmo se le veía respirar cada vez con más dificultad. A cada minuto que pasaba sus mofletes más se encendían, y su calva acumulaba un brillo inusual a causa del sudor frío que la empapaba, aunque no llegaba a abandonar su asiento en el banquillo ni su impertérrita postura de brazos cruzados. Pero en cuanto encajamos los tres primeros goles explotó. Se levantó como impulsado por un resorte y empezó a gritarnos instrucciones sin sentido.

 - ¡Venga, venga! ¡Hay que echarle cojones...! -escuché al vuelo, en una ocasión que subía por la banda.

Para ser sinceros, nadie le hacía caso. Estábamos tan ocupados corriendo detrás del balón, que sus palabras quedaban difuminadas entre el griterío eufórico de los seguidores del equipo contrario. Nadie menos Luisito. Que al ver a una persona mayor y, encima, con la autoridad añadida que le proporcionaba ser su entrenador y profesor a la vez, corrió hacia la banda, aprovechando un corner, para pedirle que le repitiera las instrucciones.

Don Anselmo, histérico perdido como estaba, agarró por los hombros a Luisito y lo zarandeó, al tiempo que añadía:

 - ¡Pon huevos, chaval! ¡¡Pon huevos!!

Pues el corner no se llegó a lanzar.

Luisito, así como era él, se bajó los pantalones en el punto de penalty, se encorvó hasta quedar en cuclillas y,  seguidamente, comenzó a apretar y a empujar, ante la pasmada mirada de todos los presentes. Y volvió a apretar más. Y, cerrando los ojos y estrujando los dientes, empujó un poco más fuerte. Así hasta que puso el huevo más blanco y ahuevado jamás visto en un campo de fútbol.

Todos nos quedamos petrificados y, a día de hoy, aún nadie ha podido explicar cómo lo hizo.



Cinco segundos después de acabar la anécdota, Javier soltó un despectivo "¡Bah!", volvió a agarrar el mando de la consola y continuó matando zombies por donde lo había dejado. Yo por mi parte, poco acostumbrado a narrar historias que contaran con la atención de mis nietos, me dirigí a la cocina para servirme un vaso de agua que refrescara mi maltrecha garganta. Cuando volví al salón aún pude encontrar a Daniel, con la boca abierta, esperando mi presencia para lanzarme unas dudas que le rondaban por su cabecita.

Me preguntó si ese tal Luisito era el Señor Luís, el vecino de abajo que había fallecido este mismo Invierno y al que fuimos a llevarle unas flores al velatorio. Y le confirmé que sí, que él era el Luisito de la historia. También quiso saber con que edad contábamos cuando jugamos ese partido. A lo que respondí que, más o menos, la suya actual.

Daniel me miró con semblante retador, muy parecido al que sesenta años atrás pusiera Luisito al escuchar las directrices de Don Anselmo, y añadió muy serio:

 - Abuelo, ¿sabes qué? Si ese vejestorio pudo poner un huevo, yo también puedo.

Y así estuvo toda la tarde. Apretando y empujando. 

Y volviendo a apretar.

Y puede que no os lo creáis, pero ayer, gracias a Daniel, cenamos tortilla. Aún no me lo explico.

martes, 26 de agosto de 2014

Tragicómico


Ayer cometí un inmenso error: intentar escribir una entrada para el blog, en el salón de casa y con el televisor encendido. Era tal la distracción que me resultó imposible. Pero eso no fue lo peor. Vete tú a saber por qué, en la pantalla estaba sintonizada la cadena TeleCinco, emitiendo un programa tan infame que cada vez que intentaba comprenderlo se me suicidaban dos neuronas. Estoy seguro de que ocurrió así porque me iba idiotizando poco a poco y sin remedio. Más tarde, para corroborar mi teoría, encontré en un rincón de mi cerebro unas notas de despedida, escritas por ellas mismas, en las que no cesaban de aparecer la frase "por tu culpa". Y tenían toda la razón.

Pero mi consciencia, seguramente por estar situada en el cráneo, es muy cabezona y continuaba ávida por dar una explicación a ese programa sin sentido.

Por el plató comenzó a desfilar gente que se iba sentando en sillas distribuidas al tuntún, como en un patio de vecinos bajo la refrescante sombra de una morera, dispuestos a departir bajo el atardecer de un día de  verano. Y así discutieron y se esforzaron, todos a la vez y gritando lo máximo posible, para dirimir quien era el que se pavoneaba más y mejor de todos ellos.

Entre el público, alejada unos metros de toda esa algarabía para no contagiarse de tanta memez, permanecía sentada la presentadora/moderadora, dando paso y espoleando a los unos y a los otros para que se escupieran a la cara réplicas supuestamente ingeniosas.

De pronto, como recién salido de una máquina del tiempo, apareció en escena un nuevo concursante (¿?) todo vestido de negro, ataviado con una barba aún más negra y postiza, un cigarrillo en la mano y un vaso de tubo en la otra. Exacto. Se trataba de la viva reencarnación de Eugenio, ese peculiar y difunto humorista que deambulaba por los escenarios de todo el país hace ya casi un par de décadas. 

Esa irrupción podría parecer descabellada, pero creedme si os digo que nadie se sorprendió lo más mínimo cuando escucharon la famosa frase "saben aquel que diu" saliendo por la boca del imitador, demostrando así las disparatadas cotas de surrealismo que podía alcanzar el programa. Por supuesto, poca gente en el plató lo reconoció. No sé si porque eran demasiado jóvenes para haberlo visto alguna vez, o porque sus conocimientos de cultura general no tienen registrados a otros personajes que no formen parte de la farándula en la que andan metidos. El caso es que a mí me sirvió para desconectar un rato de tanto griterío y recordar lo que había significado ese humorista.

La verdad es que, chistes ingeniosos a parte, nunca me hicieron demasiada gracia sus actuaciones. Nada más aparecer en escena, donde muchos espectadores soltaban su primera carcajada, yo sólo veía a un hombre tímido y angustiado ante una muchedumbre hambrienta de diversión. Personalmente, observar cómo sufría para arrancar a hablar y tartamudeaba nada más conseguirlo, no me proporcionaba ninguna satisfacción. Y ver que era incapaz de rebajar esa ansiedad, incluso contando con el atrezo de tabaco, alcohol y unas gafas de sol, tampoco ayudaba a hacerme sentir más feliz. Lo cierto es que nunca he encontrado placer en el sufrimiento ajeno.

Pero es evidente que el hombre triunfaba. Participaba en todos los programas de variedades y hubo una época en que no existía un automóvil que no fuera equipado con un cassette de Eugenio.

Puede que toda esa escenografía formase parte de un personaje ideado por él y que realmente no padeciera tanta angustia. Algo así como la evolución chistosa del clásico payaso circense que siempre andaba por la pista preocupado por el siguiente martillazo en sus zapatones o la próxima tarta que iba a aterrizar sobre su cara. Así es. Ya podían apalear a ese payaso, o pasarle una manada de elefantes por encima, que siempre acababa arrancando una carcajada a esos crueles niños. La tragicomedia de la vida.

Unos gritos insistentes me devolvieron a la realidad, a aquel plató donde aquellos jóvenes no paraban de lanzarse improperios y... ¡Plop!, ¡plop!

¡Hala!, dos neuronas menos.

Ya sé que he dicho que no disfruto con el sufrimiento ajeno, pero si en ese instante se hubiera derrumbado el plató, haciendo callar a esas personas para siempre, tampoco me hubiera entristecido demasiado.

martes, 12 de agosto de 2014

Encadenados a la máquina del tiempo


Es curiosos cómo, de vez en cuando, tenemos sentimientos encontrados con los tiempos que nos han tocado vivir. En general, estoy bastante contento con haber nacido en la segunda mitad del siglo veinte. Esto me ha llevado a ser testigo de la revolución tecnológica y digital que supone el estar rodeado de maquinitas electrónicas. Son fascinantes las cosas que con ellas se pueden lograr y, a poco que estén decentemente diseñadas, poseen unas lucecitas y unos sonidos con una innegable atracción hipnótica. Pero si de algo he de estar eternamente agradecido es, sin duda, al empeño que ponen de señalar la hora en todo momento.

Da igual que sea un teléfono, un ordenador, un frigorífico o un horno microondas. Tampoco importará si nos encontramos fuera de casa, porque bastará con levantar la vista hacia el escaparate de una tienda, el salpicadero del coche o cualquier cartel publicitario interactivo, para saber la hora. Nuestro mundo está abarrotado de relojes que se nos presentan en infinidad de tamaños y formatos.

¿Cómo es posible que este hecho sea, para mí, una bendición?, se preguntarán los que hayan llegado a este párrafo. Pues muy sencillo, porque detesto acarrear con un reloj de pulsera. De hecho odio cualquier tipo de aderezos, ya sean pulseras, collares o incluso anillos, que hagan presión sobre mi piel. Si llevo puesto uno de esos complementos me siento incómodo hasta el punto de agobiarme, como un animal encadenado. Para que os hagáis una idea, es tal mi aversión que jamás me veréis portando ni la alianza de matrimonio.

La verdad es que no estoy seguro de haber encontrado una explicación lógica a esta manía. Los más budistas pensaran que en otra vida fui un esclavo, un preso o un condenado a galeras (ahora que lo pienso, todo viene siendo lo mismo); o quizá una dama de alta alcurnia que estaba obligada, día y noche, a llevar un ajustadísimo corsé (también, vete tú a saber lo que piensa un místico de esos), aunque yo prefiero basar mis argumentos en sucesos de esta vida.

No quisiera pecar de psicoanalista, pero me parece que todo empezó el día en que nací. Según cuenta mi madre, fue un parto largo y doloroso. Llegó al hospital con contracciones, la reconocieron unas enfermeras y, como según ellas aún no estaba para dar a luz, la dejaron tumbada en una cama unas nueve o diez horas. Hasta que apareció por su habitación, seguramente alertada por los insistentes alaridos de mi madre, una comadrona con dos dedos de frente y se la llevó a la sala de partos.

Así nací yo, tras una larga lucha interior que dio como resultado al bebé más hinchado y amoratado que habían visto por esos lares. Y para corroborarlo sólo tengo que transcribir las primeras declaraciones de mi padre al verme: "¡Joder!, que niño más feo".

Luego me fui desinflando poco a poco y... Bueno, no sé si mi aspecto mejoró mucho, pero al menos quedé como una persona normal. Sí, con un trauma y una sensación de ahogo cuando algo me oprime las carnes, de por vida, pero al fin y al cabo normal.

En definitiva, que por una parte estoy muy agradecido a quien colocó esa multitud de relojes repartidos por el mundo para que yo no tuviera que sufrir la sensación de una correa estrujando mi muñeca. Pero sólo por una parte: la física. Porque, por la parte psicológica, no creo que hagan ningún bien a la humanidad.

No voy a ser yo quien reniegue del afán humano por controlar el espacio y el tiempo. Para ser animales, hemos logrado grandes avances a la hora de medirlos y calcularlos, y esto nos ha llevado a prosperar como nunca antes había sucedido. Supongo que todos sabréis que hablo del calendario, las fases lunares o de que el día está compuesto por veinticuatro horas. Logros aparentemente sencillos, pero de un valor innegable.

Pero una cosa es entender y dominar nuestro entorno, y otra muy distinta es obsesionarse con el tiempo de tal modo que acabemos dominados por él. Me refiero a esa clase de personas que, nada más levantarse, se empeñan en organizar su jornada para no desaprovechar ni un sólo minuto de su tiempo. Personas que viven bajo el yugo del tic-tac y que se sienten perdidas si no saben qué hora es, porque desayunan a una hora, mean a otra y tienen un tiempo exacto para hacer cada una de esas acciones. En definitiva, personas que no pueden improvisar, que por muy a gusto que se encuentren en un sofá, no tendrán más remedio que levantarse porque ya acabó su tiempo de descanso preestablecido.

Personalmente, no soy feliz siguiendo el ritmo que señalan las horas. Para eso tenemos nuestro propio reloj biológico, para comer cuando tenemos hambre, dormir cuando nos sentimos agotados y cagar cuando viene el apretón. El compás que marca mi cuerpo es el que realmente deseo escuchar, por mucho que se empeñen en ponerme relojes delante de las narices.

Así que sí, creo que esto es un sentimiento encontrado: por una parte me alegro de no tener la necesidad de llevar un reloj y por otra me cabrea tener a la vista centenares de cronómetros, siempre atentos a marcarme los tiempos.

Pero, espera. Creo que me está sobreviniendo el peso de otra sensación muy parecida. Porque por un lado pienso que he abierto mi alma y he mostrado un trocito de mi yo interior, pero por el otro estoy seguro de haber escrito un tocho denso y obtuso y que, además, difícilmente podrá interesar a alguien. Lo dicho, sentimientos encontrados.

martes, 5 de agosto de 2014

El palillo pe(r)dido



Por todos es bien sabido de las intenciones intrascendentes que mantiene este blog. Desde luego que toda la culpa es mía, pues soy una de esas raras personas que disfruta dándole vueltas a las cosas que no tienen la menor importancia. Pero, como si no tuviera ya bastante con sumergirme entre mis desvaríos, ahora va mi tía y me lanza una petición para que hable de los suyos. Aquí, en este sagrado espacio personal e intransferible. Y, francamente, demasiada tontería corre ya por mi cabeza como para tener ganas de asomarme a la de los demás. Así que no, me niego, no me entregaré a su paranoia.

Y eso que intentó convencerme el otro día, mientras celebrábamos una comida familiar en un restaurante, cuando me explicó la extraña teoría que sostiene. Pero insisto, no me dejaré llevar por sus delirios y tan sólo dedicaré unas palabras para que sepáis de lo que hablo. Según ella, existe una laguna mental, en torno a los palillos, en todos y cada uno de los camareros que sirven mesas. Incluso se prestó a una demostración, en directo, para dar veracidad a sus palabras. Justo en el momento en que la camarera nos acercaba el postre, mi tía le dio a entender, amablemente, la necesidad imperiosa que sentía por sostener un palillo entre sus dedos. Y la respuesta por parte de la camarera, algo escueta pero igualmente cordial, fue "ahora mismo".

Aproximadamente siete minutos después, volvió a aparecer la misma camarera, papel y boli en mano, para tomar nota de los cafés que cerrarían la sobremesa. Por supuesto, sin dar la más mínima señal de traer consigo el demandado palillo.

No es que yo prestara demasiada atención a la escena, pues soy persona de férreas convicciones y cuando algo no me interesa, es que no me interesa. Pero recibir un codazo en los riñones por parte de mi tía fue suficiente acicate para darme cuenta del olvido de la camarera.

No contenta con la demostración, y aprovechando que la muchacha aún sostenía sus enseres de escribiente, mi tía volvió a insistir, con la vana esperanza de que esta vez apuntara en la comanda su ansiado palillo.

 - Mira, mira -dijo mientras me lanzaba otros dos codazos que esta vez acertaron en el páncreas- Seguro que, tal y como se da la vuelta, lo vuelve a olvidar.

Y así fue.

Para cuando regresó la camarera con la retahíla de cafés, yo ya me cubría el costado derecho del tronco con el antebrazo, tratando de bloquear, aunque sin conseguirlo, la punta del codo de mi tía que fue a acomodarse en mi hígado.

 - ¡Ves! -añadió con el porrazo- ¡Otra vez, lo ha vuelto a olvidar! Deberías escribir algo sobre este fenómeno paranormal que ocurre en todos los restaurantes.

Este era el momento preciso para que, suponiendo que realmente estuviera dispuesto a escribir algo, me detuviera un instante a divagar. Pero, sinceramente, esta vez estaba más a favor de la camarera que de mi tía, y tan sólo ansiaba unirme cuanto antes al gremio de hostelería para poder olvidar también al dichoso palillo.

No es que yo quiera dar una explicación lógica a lo sucedido, pues ya he dejado bien claro que aquí se escribe lo que a mí me da la gana y no me rebajaré a ser el muñeco ventrílocuo de nadie. Pero, ¿acaso no sabe mi tía que el palillo habita en los restaurantes únicamente por tradición? Es como el agua bendita que encontramos en todas las iglesias. Es posible que, siglos atrás, sirviera para refrescar la garganta de los fatigados caminantes que llegaban por los, por aquel entonces, polvorientos caminos. Pero estoy seguro que, hoy en día, a nadie se le ocurrirá entrará en ese sagrado templo y amorrarse a la pila para beber, por mucho que la mejor agua bendita acabe siendo la que sacia nuestra sed. No sería muy recatado por nuestra parte. Pues ocurre exactamente lo mismo con el palillo. Sí, ahí están, ambientando miles de restaurantes con su sola presencia, pero no habrá un camarero que nos ofrezca uno. A no ser que le apetezca que en su local se practique una asquerosa extracción de restos putrefactos ante todos los comensales.

Es muy posible que no veáis la relación del agua bendita con el palillo, no todo el mundo goza de una mente tan perjudicada como la mía. Pero esperad, esperad unos cuantos lustros y os daréis cuenta en qué degenera la tradición del palillo. Llegará el día en que, igual que ningún cristiano abandona la iglesia sin olvidar la superstición de santiguarse la frente con agua bendita, no habrá comensal que no reciba unos palillazos en el rostro como colofón a un gran banquete y para desearle, por parte de los camareros, una buena digestión. Incluso habrá madres que practiquen ese mismo ritual con sus hijos, para evitar el corte de digestión, una vez les hayan dado de comer en la playa.

En fin, que no. No pienso que se trate de algo inexplicable, sino de intentar conservar algo de dignidad en su negocio. Vamos, igual que los curas. Aunque estos últimos tengan unos niveles tan altos de recato que preferirían dejar morir de sed a una persona antes de permitir que sus sacrílegos labios profanen un roñoso fregadero, de vete tu a saber cuantos años, y al que yo no me acercaría a menos de cinco metros por temor de pillar el tifus.

Pero bueno, chorradas como estas serían las que saldrían de mi cabeza si no tuviera esta personalidad tan determinante que impide que me convierta en el títere de mi tía. Porque eso no va a suceder. Jamás.