lunes, 29 de septiembre de 2014

El zoo de papel



Por todos es de sobras conocida mi gran afición por el cine, la música o la lectura. Cuando no estoy visionando una serie o película, ando juntando letras, palabras, líneas y estrofas para enterarme de qué va un relato. También aprovecho cualquier tarea en casa para que me acompañe alguna de mis melodías favoritas. Parece ser que no tengo bastante con mi vida cotidiana y que necesito sentir más emociones para gozar con plenitud de esta fugaz vida.

Porque eso es, precisamente, lo que le pido a una canción, a una secuencia o a un cuento: que sea capaz de emocionarme. Y con esto quiero decir que da igual si se trata de hacer reír, llorar, pasar miedo o frustrarse, siempre y cuando el mensaje sea honesto y no detecte una, por otra parte inevitable, manipulación de los sentimientos.

También es cierto que las expectativas que uno mismo crea sobre un argumento van en contra del factor sorpresa y acaba resultando más complicado llegar a emocionarse. Por poner un ejemplo, si uno sabe que la película es una comedia, seguramente será más exigente con el ingenio de los diálogos o los gags. En cierto modo, esperar de antemano unas risas, hace que pongamos el listón mucho más alto y seamos más severos al valorarla, al menos en el aspecto cómico.

Sin embargo, ocurre todo lo contrario si, como me ha sucedido a mí, te acercas a una historia fantástica (en sus tres acepciones) y sensible esperando un relato de ciencia-ficción. Pero, claro (y aquí está mi enorme equivocación), ¿por qué un cuento de fantasía/ciencia-ficción no puede hacer llorar? Pues hoy, lo que nunca hubiese esperado, me ha sucedido.

Aquí, solo y de madrugada, me ha dado por comenzar a leer, sin saber lo que me esperaba, un relato corto titulado "El zoo de papel" de Ken Liu. Y me ha costado Dios y ayuda acabar sus últimas frases, porque hasta la fecha jamás había tratado de leer con los ojos desbordantes de lágrimas y peleándome con un moco acuoso y esquivo que trataba de darse a la fuga y que, por mucho que mi nariz lo intentara, no se dejaba aspirar.

Pero ahora ya sí, ya puedo irme a dormir, tras escribir estas líneas que han ayudado a serenarme. Gozoso por haber leído algo tan increíblemente bien escrito y aún emocionado por sus palabras. Seguro que esta noche tengo dulces sueños.

martes, 23 de septiembre de 2014

Música para mis oídos


Si hay algo que tengo muy claro es que todo en esta vida es subjetivo. O sea, una misma cosa puede verse de tantas formas diferentes como sujetos la observen. Y todo dependerá de los gustos, inquietudes o valores de cada uno. Hay un dicho popular que define este hecho: "sobre gustos, no hay nada escrito".

Pero yo, como persona puntillosa que disfruta rizando el rizo, no me contento con esa frase y la adapto a mi manera de ver el mundo para afirmar que "sobre gustos, está todo escrito". Ya veis como hasta un refrán puede entenderse desde diferentes prismas.

Supongo que estaréis de acuerdo conmigo en que, hoy en día, se maneja una ingente cantidad de opiniones que sobrevuelan internet, revistas, diarios y televisiones, de aquí para allá, criticando y valorando prácticamente todo el ocio audiovisual que engullimos. Podéis llamarme desconfiado, pero siempre he sospechado que la mayoría de ese tráfico está generado por las propias productoras; en principio, con la honorable intención de vender sus artículos. Cuando les interesa pueden llegar a ser realmente pesados con sus campañas mediáticas. Pero no me extraña que bombardeen al respetable con trailers, entrevistas o cualquier otra clase de promoción, pues parece ser que cuanto más nos los restriegan por las narices, más compramos sus productos. A veces tengo la sensación de que cada vez queremos pensar menos en nuestros gustos y nos dejamos llevar por lo primero que nos plantan delante de los ojos.

Aunque, de un tiempo para acá, me he dado cuenta de la progresiva desaparición mediática de los nuevos discos de música que se publican. Es verdad que aún quedan revistas especializadas, pero es ciertamente difícil, quitando a diez o doce intérpretes que ponen más empeño en exhibir su cuerpo serrano que en cantar, saber algo de tus grupos favoritos. ¿Por qué no nos informan cuando lanzan un nuevo álbum al mercado? Muy sencillo, porque ya no se venden discos y, en definitiva, toda esta industria está montada para ganar dinero. No hay negocio, no hay cantantes. Y es lógico, pues nadie con dos dedos de frente va a gastarse un euro en promocionar algo que no va a vender.

Mejor voy a intentar montar un dique que retenga mis divagaciones, porque me estoy desviando del tema y, si me pongo a analizar la industria musical, acabaré alargando más de lo debido esta entrada. Además, tampoco creo que pueda aportar nada nuevo a ese debate.

Volviendo a la frase "sobre gustos, está todo escrito", me di cuenta de que, para acercarla a la realidad, debería escribir algo sobre mis gustos personales, pues no hacerlo es una carencia casi imperdonable que cualquier blogero ha de intentar enmendar si no quiere ser abucheado en este mundillo. O, al menos, esa es mi impresión. Así que escribiré cuatro pinceladas de la música que me reconforta. Esas canciones que consiguen cambiar mi estado de ánimo con tan sólo escuchar sus primeros acordes. Pero, sobre todo, aquella música a la que, pasen los años que pasen, vuelvo sin sentir vergüenza ajena ni la sensación de estar escuchando algo totalmente anacrónico.

Sin embargo, antes que nada, voy a exponer una de mis, seguramente absurdas, teorías sobre cómo escojo el material que guardo en mi discoteca personal. Tengo la delirante convicción de que, por muy paradójico que parezca, rara vez se publica un disco redondo. Y me refiero a que un disco puede albergar tres o cuatro buenas canciones (a lo sumo seis o siete si ha estado muy inspirado el autor/a), pero el resto son melodías que pasarán a la historia sin pena ni gloria. Así que siempre intento hacerme primero con una antología del grupo o artista en cuestión para, más adelante, si realmente me fascina y me quedó con ganas de más, sumergirme en el resto de su obra.

Pero no voy a dilatar más esta entrada  con mis tonterías y pasaremos a lo verdaderamente importante: la música. Para esta ocasión he escogido cuatro discos de tres intérpretes diferentes. Ya sé que no salen las cuentas si presento una antología de cada uno, pero esperad un poco, que todo tiene su explicación.

Primero me gustaría hablar de la maravillosa, increíble y adorable (ya me parezco a José Luís Moreno) Suzanne Vega, y de su disco recopilatorio, como no podía ser de otra manera, Retrospective - The Best Of Suzanne Vega.

Probablemente este sea el álbum que más aprecio de toda mi discoteca. Jamás me harto de escucharlo. Para mí es, sencillamente, perfecto. Escuchar a esta mujer es uno de mis placeres, al menos hasta hoy, secretos. Soy consciente que se trata de una artista eternamente etiquetada como canta-autora, pero yo no tengo ni idea de inglés y, al contrario de lo que me ocurre con Bob Dylan, por poner un ejemplo, soy capaz de disfrutarla como el que más. También es posible que sus canciones no sean todo lo accesibles que cabría esperar para el gran público, y seguramente nunca lo ha buscado, pero si te dejas invadir por sus hipnóticas melodías, su cantar susurrante y su embriagadora personalidad... pues acabarás como yo, siendo un fan incondicional.

Pero como la mejor explicación casi siempre suele ser un ejemplo, y aprovechando que hoy en día tenemos al alcance de la mano herramientas como Youtube, os pondré por aquí unos vídeos para que entendáis mejor mis palabras.


El primero es "Luka", quizá su canción más convencional y, sin duda, la más famosa.




Esta canción se titula "Caramel", no voy a decir que sea una de mis canciones favoritas porque realmente lo son todas en este disco, pero sí que me parece de las más elegantes.



Para ir acabando y no correr el riesgo de ser demasiado pesado, porque si por mí fuera pegaba el disco entero, podéis escuchar, si os apetece, "Penitent". Sencillamente, deliciosa.




Y sin más dilación, pasaré a comentar el disco recopilatorio de Chris Isaak, que lleva inscrito en su cabezera el original título de "Best of Chris Isaak".



Este polifacético artista (tan pronto actúa en películas y series, como compone música, como presenta un programa de televisión) ha logrado captar mi interés por el singular gusto que destilan sus canciones. Yo las definiría como un estilo que juguetea entre el Elvis Presley más rockero y el Roy Orbison más meloso, aunando lo mejor de cada uno. O sea, un sonido muy norteamericano. Sin duda, sus melodías son mucho más afables que las de Suzzane Vega, pero no por ello carecen de un talento similar. También podría destacar su voz, aterciopelada en las baladas y robusta cuando la ocasión lo requiere, que siempre consigue desplegar de forma elegante.



Pero mejor vamos con la selección de canciones para que os podáis hacer una mejor idea. Comenzaremos con la, de sobras conocida, "Wicked game".




Otra que también os puede sonar por haber aparecido en el último film del malogrado Stanley Kubrick, es "Baby did a bad, bad thing".



Y para acabar, porque no me queda más remedio, cierro este repertorio con "Somebody's crying"



Llegados a este punto, os habréis dado cuenta que he hablado sobre dos artistas que, sin ser totalmente desconocidos, no han gozado de demasiada repercusión mediática (al menos en nuestro país). Pero como tengo un criterio camaleónico, ahora me gustaría brindar la ocasión de poder escuchar a una de las bandas de rock más legendarias de la historia: Queen.

He de reconocer que mi aprecio por este grupo no llegó como un flechazo. Para mi descargo, sólo puedo decir que las primeras veces que escuché su música era demasiado pequeño y sus canciones resultaban ser demasiado barrocas para mi comprensión y, más que deleitarme, me abrumaban. Por suerte, con el tiempo maduré mi sensibilidad musical y pude apreciar su calidad sonora. No quiero decir con esto que piense que todo aquel que no le guste Queen sea un ignorante. Creo que ya he dejado claro que cada uno tiene sus gustos y todos son respetables, pero mi reflexión iba más por el camino de que los gustos, igual que las personas con ellos, evolucionan. Bueno, no me lío más y paso a los discos, porque en este caso, dada la larga y exitosa trayectoria del grupo, son dos los que recogen sus mejores canciones: "Greatest Hits I" (1973-1981) y "Greatest Hits II" (1981-1991). 



Es cierto que también llegó a aparecer un tercer disco de antologías llamado "Greatest Hits III", pero creo que sólo es recomendable para seguidores acérrimos del grupo por contener rarezas, colaboraciones y canciones aparecidas en el único disco en solitario de Freddie Mercury.


Su discografía es tan elogiada y divulgada que resultaría casi imposible proponer para vuestros oídos algo que no hayáis escuchado ya. Así que, sencillamente, me guiaré por dos de las canciones (aunque hay muchas más), una de cada disco, que son capaces de alegrarme un día con tan sólo escucharlas: "Don't stop me now" y " I Want It All".






Y aquí termino con esta pesadilla en forma de entrada, sobre todo para el que haya sido capaz de superar la fatiga que supone visionar, o en este caso escuchar, tanto vídeo. Puede que alguno haya disfrutado, puede que alguno se haya interesado, o incluso es muy posible que otros estén detestando esta entrada por no coincidir con sus gustos musicales. En cualquier caso, pensad que mis inclinaciones son volátiles y que en cualquier momento me puedo sentir atraído por las de cualquier otra persona. Sin embargo, con el paso del tiempo, me he dado cuenta de una cosa muy curiosa: puedo incorporar, para mi deleite, los gustos de los demás y no sentir que traiciono a los míos. Esto no sé si es bueno o es malo, pero es lo que hay.

martes, 9 de septiembre de 2014

Hacerse mayor



Hace mucho, muchísimo tiempo, en una galaxia muy, muy lejana... Espera, voy a empezar de nuevo porque creo que me he confundido de historia, ya que esto ocurrió aquí al lado.

Hace mucho, muchísimo tiempo, cuando yo a penas era un renacuajo, sufría de vez en cuando la recurrente pregunta que todo niño ha escuchado alguna vez: ¿qué quieres ser de mayor?

En esos momentos de aprieto, miraba a mi alrededor y observaba a los adultos, sin estar muy seguro de poder alcanzar tan longeva edad. Y sólo se me ocurrían dos respuestas posibles. Por un lado contestaba que quería ser rico; y por el otro, sin decirlo en voz alta, pensaba que no me gustaría para nada ser mayor. Y no es que sospechara que era un niño demasiado guapo (que lo era) para crecer y que unos genes descarriados moldearían mi cuerpo hasta dejarme en un adulto del montón (que lo soy). Lo que realmente buscaban mis ojos era la felicidad que les provocaba, a esas personas, el sentirse mayores; y la verdad, eran pocas las ocasiones en las que se les veía sonreír.

Pero si quería ser rico no era porque anhelara un yate, una mansión o un cohete para ir a la Luna. Mi única ambición consistía en tener el suficiente dinero para vivir aceptablemente y no tener que preocuparme de dónde conseguirlo. Porque en mi entorno percibía esa cuestión como si fuera el mayor quebradero de cabeza para los adultos. Y yo, lo que realmente quería, era vivir sin esa angustia, como había hecho hasta entonces.

Puede que, en cierto modo, esa sea gran parte de la verdadera esencia de un niño. La despreocupación en, prácticamente, todos los aspectos de la vida. O al menos del niño que mejor he conocido. O sea, yo.

Sin embargo, y para que mi plan de vida pudiera salir adelante, necesitaba encontrar a los compinches adecuados. No podía juntarme con niños transgresores ni rebeldes que pudieran llegar a meterme en un lío; pero tampoco con críos asustadizos que cualquier pequeño percance les provocara un ataque de ansiedad. Así que el grupo de amigos en el que siempre me encontraba más cómodo era en el de los pasotas. O así era, al menos, cómo nos llamaban los profesores.

Nunca he entendido por qué los adultos tienen tanta prisa en que los niños dejen de comportarse como tal. No les bastaba con que asistiéramos al colegio, aprobáramos las asignaturas y, más o menos, nos valiéramos por nosotros mismos. Además, debíamos preocuparnos de que así fuera. Y si te llamaban pasota con un tono peyorativo, era precisamente para alentarte a cambiar esa condición porque, según ellos, no te preocupabas lo suficiente. Pues, a juzgar por el agriado carácter que destilaba alguno, opino que no les hubiese ido nada mal si hubieran intentado ser un poco más pasota.

Que fuésemos despreocupados no nos convertía en unos pasotas, pues nunca dejábamos correr las horas sin jugar a algo o echar unas risas. Entendería como persona pasota a la que viera continuamente apática, apagada y sin ganas de hacer nada. Pero buscar siempre, bajo cualquier circunstancia, la mejor manera de divertirse, no creo que sea de persona pasiva.

Irremediablemente, los niños que fuimos, poco a poco nos hicimos mayores. Aunque siempre manteniendo intacta nuestra despreocupación, por más que nos independizáramos o asumiéramos responsabilidades. Porque sí, somos capaces de funcionar como personas; incluso damos el pego como adultos. Y si no que se lo digan a todos los chavales que se dirigen a mí con la palabra "señor" por delante.

Pero últimamente, dentro de mi habitual inconsciencia, ando un poco intranquilo. El caso es que tengo un amigo de la infancia, uno de estos que bien podríamos ubicar en el grupo de los pasotas, que desde hace más o menos cinco años no hace más que preocuparse por todo. Y cada vez va a peor. Ayer mismo le llamé por teléfono y me contó que se encontraba mal, que el estrés no le dejaba dormir y que la ansiedad se le había agravado con ardores de estómago y estreñimiento. Estaba angustiado por la política, la situación económica del país, los juicios y demandas que tiene pendientes contra su empresa, las obligaciones de ser enlace sindical y, por si todo esto fuera poco, con las atenciones que requiere un bebé que tuvo hace un año.

Yo le escuchaba e intentaba darle apoyo moral, y algún que otro consejo, para que se lo tomara con más calma, pero sospecho que no era precisamente lo que esperaba oír. Rápidamente, al darse cuenta de que mis réplicas eran de carácter sosegado e intranscendente, decidió que no valía la pena continuar con la conversación si yo no era capaz de ponerme a la altura de sus preocupaciones y no les daba toda envergadura que, según él, solicitaban. Antes de despedirnos intenté quedar con él para hacer alguna actividad divertida y así poder olvidar un rato todas sus preocupaciones, pero se me excusó/escabulló alegando que no tenía tiempo y que ya me llamaría cuando encontrase un hueco.

Cuando colgué, aún un poco aturdido por ver como mi amigo dejaba escapar una oportunidad de pasarlo bien, únicamente cruzó un pensamiento por mi cabeza: "madre mía, que mayor se ha hecho."

Pero lo que realmente me inquieta, a parte de la salud de mi amigo, es que, si de golpe, hará unos cinco años, pudo transformarse en adulto, también podría sucederme a mí. Y en cualquier momento.

Probablemente jamás logre detener la madurez física (ni lo busco), pero en estos momentos, a mis casi cuarenta años, sigo manteniendo intacta mi pueril despreocupación. Por suerte, aún soy una persona despreocupada a la que sólo le preocupa que llegue un día en que todo le preocupe.

A ver cuanto aguanto.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Tarde de fútbol



Hace un par de semanas me levanté con una ocurrencia en la cabeza. Más bien se trataba de un recuerdo de mi infancia, cuando no paraba ni un momento de jugar a fútbol. Luego me fui a trabajar y le estuve dando vueltas a la idea durante todo el día. Hasta que volví a casa y me puse a escribir este cuento de una sentada. Ahora lo presento habiéndolo corregido un par de veces pero, aún así, no me acaba de convencer el título. Se aceptan sugerencias.


Tarde de fútbol

Este verano me ha tocado cuidar de mis nietos: Daniel, de diez años, y Javier, de doce. Tal y como están las cosas no me he podido negar. Sus padres trabajan todo el día en la tienda y este año no han facturado lo suficiente como para poder contratar a un par de empleados que los sustituyan. Así que aquí están, en mi casa, todo el día dale que te pego a las maquinitas. Yo no entiendo a los chiquillos de hoy en día, nunca salen a la calle. Cuando no están acariciando la tablet, andan toqueteando el ordenador; y si no aporrean los mandos de la consola, se quedan igualmente embobados en el televisor, mirando el canal Disney. ¿Cuando juegan? ¿En qué momento dejan de bombardear su mente con imágenes y sonido? Y, lo más importante, ¿alguna vez tratan de hacer cosquillas a la imaginación?

Por lo menos ayer por la tarde pude captar un rato su atención. Ocurrió justo en el momento en que Javier pausaba la consola para ir al lavabo y Daniel levantaba la vista de la tablet, imagino yo que para averiguar por qué ya no se escuchaban gritos y disparos en la tele. Aproveché ese pequeño intervalo de tiempo para dirigirme a ellos muy seriamente. En fin, lo más serio que puede ponerse un abuelo al que se le cae la baba cada vez que sus nietos le hacen un poco de caso. Pero les dije que, para variar, podrían salir un rato al parque que hay debajo de mi casa y jugar con otros niños a fútbol.

Parece ser que a Javier se le despertó la curiosidad, porque tal como volvía a sentarse en el sofá me preguntó si, de pequeño, yo había jugado alguna vez a fútbol. Así que no tuve más remedio que contarles la increíble historia de mi amigo Luisito.



Luisito y yo éramos inseparables. Lo hacíamos todo juntos. Por las mañanas yo iba a su casa, o él venía a la mía, y desayunábamos un vaso de leche que daba igual en qué lugar se calentara porque la fórmula era siempre la misma: dos cucharadas de azúcar y tres de Cola Cao. Luego partíamos juntos hacia el colegio y nos sentábamos en el mismo pupitre, donde tomábamos apuntes sin parar, cuando no era él, le relevaba yo, para que ninguna explicación se nos escapara. Más tarde salíamos al patio y almorzábamos la mitad de un mismo bocadillo que, el día que no lo hacía su madre, lo preparaba la mía. Y al finalizar las clases volvíamos a casa, si no a la mía, a la suya, y completábamos los deberes a la par. Todo juntos, siempre juntos. Todos los días juntos menos los Viernes. 

Para ser más exactos, los Viernes por la tarde. Esa era la hora y el día señalados, en el calendario de clase, para la educación física.

Si nos llevábamos como uña y carne era por lo bien que nos complementábamos. Luisito siempre hacía lo que le decían los mayores. Sin excepciones. Si su madre le pedía que esperara, él esperaba. Y se tomaba tan en serio la orden que no movía un dedo hasta que no recibía otra. En cambio yo, era como un cervatillo desbocado. No es que no hiciera caso a mi madre, es que, sencillamente, ni escuchaba lo que me decía. Así que para él, suponía una constante aventura permanecer a mi lado; mientras que para mí, su sola presencia significaba una tabla de salvación a la que agarrarme para no estar eternamente castigado. Pero los Viernes por la tarde, muy a nuestro pesar, siempre acabábamos separados.

Toda la culpa la tenía Don Anselmo, el profesor de gimnasia. Don Anselmo era un gran aficionado al fútbol. Perdón, voy a repetirlo porque creo que me quedo corto y puede que no captéis bien a qué me refiero. Don Anselmo era un fanático, un enfermo, un hooligan. Uno de esos locos que sólo vive por y para el fútbol. De hecho, cada trimestre convocaba en una reunión a la directiva del colegio, con el único propósito de cambiarle el nombre a la clase de educación física por "clase de fútbol". Sí, creo que ahora ha quedado más claro.

Como iba diciendo, la culpa de nuestro distanciamiento la tenía Don Anselmo, pues siempre aprovechaba esa hora para concertar duelos futbolísticos contra otros colegios. Cada año, a principios de Septiembre, nuestro lunático profesor nos hacía pasar unas pruebas de preselección para escoger a los mejores futbolistas de la clase. Ni que decir tiene que yo las superaba sin problemas, pues, sin ser un virtuoso del balón, siempre lo dejaba maravillado con mi desenfrenado ritmo. Pero todo lo contrario ocurría con Luisito, al que no tardaba ni un minuto en descartar durante el calentamiento con tan sólo verlo trotar.

La verdad es que eran partidos desiguales. Mientras que los profesores de otros colegios rotaban en el campo a todos los alumnos de su clase, Don Anselmo sólo hacía jugar a los mejores y al resto ni los convocaba. De esta manera, tarde o temprano acabábamos enfrentándonos contra los alumnos más torpes y nos distanciábamos en el marcador. Era así de sencillo, sólo había que esperar. Y precisamente eso era lo que hacía Don Anselmo: sentarse en el banquillo cruzado de brazos y esperar con una leve sonrisa en sus labios. Jamás le escuché darnos ninguna indicación ni táctica a seguir. Jamás hasta ese Viernes de principios de Noviembre.

No querría dármelas de vidente, pero yo ya lo vi venir la víspera del Jueves. Aunque creo que realmente todo empezó el Martes. Antoñito, el chaval que siempre se sentaba en la última fila, llegó a clase con los ojos hinchados, como de no haber dormido. La catarata de mocos que bajaba por su nariz tampoco era un buen presagio, pero lo que me acabó de convencer fueron los insistentes estornudos que no pararon de sonar, allá a lo lejos, durante todo el día. El Miércoles, todos los niños de la fila trasera tenían el mismo aspecto, pero realmente fue el Jueves cuando más me alarmé. Aquellos estornudos que días atrás había escuchado en la lejanía, se acercaban de forma amenazante hacia la primera fila, que era donde nos encontrábamos. La oleada del virus era implacable. Y suerte tuvimos de que llegara el Viernes, porque, durante todo ese día, estuvimos escuchando detrás de la oreja el constante trompeteo de las narices al sonarse. Era como si los microbios se anunciaran con sus cornetas de guerra justo antes del inevitable asalto.

A todo esto, Don Anselmo no tenía ni idea de lo que pasaba puertas adentro del colegio y continuaba feliz, impartiendo clases en el gimnasio. Estoy seguro de que, en su retorcida mente, se deleitaba imaginando otra humillante derrota para sus adversarios. Hasta que nos vio llegar. Bueno, me vio a mí, porque el resto del equipo se había marchado a casa con permiso del Director, que curiosamente también atesoraba el título de enfermero.

Creo que en mi vida he vuelto a ver una cara de pánico como esa. Si a Don Anselmo le hubieran sacado una foto en ese preciso instante, y me la enseñaran días más tarde, jamás hubiese reconocido a nuestro profesor en ese rostro desfigurado. Parecía que se iba a desmontar. La careta desencajada que antes había sido Don Anselmo, corrió hacia el interior del colegio para tratar de evitar la catástrofe, pues en su férrea moral no existía mayor deshonra que la rendición. Al llegar al patio, que era el lugar donde iban a parar sus alumnos repudiados, buscó de forma desenfrenada a los que aún quedaban sanos para lograr configurar un equipo de fútbol con el que, al menos, poder comparecer. Y, entre ellos, estaba Luisito.

Así acabamos jugando juntos a fútbol, un Viernes por la tarde, en el colegio, por primera y última vez.

Sobre el resultado del partido no hay mucho que contar. La primera parte aguantamos de puro milagro el empate a cero, pero lo extraordinario de esta historia llegó en la segunda mitad. 

A Don Anselmo se le veía respirar cada vez con más dificultad. A cada minuto que pasaba sus mofletes más se encendían, y su calva acumulaba un brillo inusual a causa del sudor frío que la empapaba, aunque no llegaba a abandonar su asiento en el banquillo ni su impertérrita postura de brazos cruzados. Pero en cuanto encajamos los tres primeros goles explotó. Se levantó como impulsado por un resorte y empezó a gritarnos instrucciones sin sentido.

 - ¡Venga, venga! ¡Hay que echarle cojones...! -escuché al vuelo, en una ocasión que subía por la banda.

Para ser sinceros, nadie le hacía caso. Estábamos tan ocupados corriendo detrás del balón, que sus palabras quedaban difuminadas entre el griterío eufórico de los seguidores del equipo contrario. Nadie menos Luisito. Que al ver a una persona mayor y, encima, con la autoridad añadida que le proporcionaba ser su entrenador y profesor a la vez, corrió hacia la banda, aprovechando un corner, para pedirle que le repitiera las instrucciones.

Don Anselmo, histérico perdido como estaba, agarró por los hombros a Luisito y lo zarandeó, al tiempo que añadía:

 - ¡Pon huevos, chaval! ¡¡Pon huevos!!

Pues el corner no se llegó a lanzar.

Luisito, así como era él, se bajó los pantalones en el punto de penalty, se encorvó hasta quedar en cuclillas y,  seguidamente, comenzó a apretar y a empujar, ante la pasmada mirada de todos los presentes. Y volvió a apretar más. Y, cerrando los ojos y estrujando los dientes, empujó un poco más fuerte. Así hasta que puso el huevo más blanco y ahuevado jamás visto en un campo de fútbol.

Todos nos quedamos petrificados y, a día de hoy, aún nadie ha podido explicar cómo lo hizo.



Cinco segundos después de acabar la anécdota, Javier soltó un despectivo "¡Bah!", volvió a agarrar el mando de la consola y continuó matando zombies por donde lo había dejado. Yo por mi parte, poco acostumbrado a narrar historias que contaran con la atención de mis nietos, me dirigí a la cocina para servirme un vaso de agua que refrescara mi maltrecha garganta. Cuando volví al salón aún pude encontrar a Daniel, con la boca abierta, esperando mi presencia para lanzarme unas dudas que le rondaban por su cabecita.

Me preguntó si ese tal Luisito era el Señor Luís, el vecino de abajo que había fallecido este mismo Invierno y al que fuimos a llevarle unas flores al velatorio. Y le confirmé que sí, que él era el Luisito de la historia. También quiso saber con que edad contábamos cuando jugamos ese partido. A lo que respondí que, más o menos, la suya actual.

Daniel me miró con semblante retador, muy parecido al que sesenta años atrás pusiera Luisito al escuchar las directrices de Don Anselmo, y añadió muy serio:

 - Abuelo, ¿sabes qué? Si ese vejestorio pudo poner un huevo, yo también puedo.

Y así estuvo toda la tarde. Apretando y empujando. 

Y volviendo a apretar.

Y puede que no os lo creáis, pero ayer, gracias a Daniel, cenamos tortilla. Aún no me lo explico.

martes, 26 de agosto de 2014

Tragicómico


Ayer cometí un inmenso error: intentar escribir una entrada para el blog, en el salón de casa y con el televisor encendido. Era tal la distracción que me resultó imposible. Pero eso no fue lo peor. Vete tú a saber por qué, en la pantalla estaba sintonizada la cadena TeleCinco, emitiendo un programa tan infame que cada vez que intentaba comprenderlo se me suicidaban dos neuronas. Estoy seguro de que ocurrió así porque me iba idiotizando poco a poco y sin remedio. Más tarde, para corroborar mi teoría, encontré en un rincón de mi cerebro unas notas de despedida, escritas por ellas mismas, en las que no cesaban de aparecer la frase "por tu culpa". Y tenían toda la razón.

Pero mi consciencia, seguramente por estar situada en el cráneo, es muy cabezona y continuaba ávida por dar una explicación a ese programa sin sentido.

Por el plató comenzó a desfilar gente que se iba sentando en sillas distribuidas al tuntún, como en un patio de vecinos bajo la refrescante sombra de una morera, dispuestos a departir bajo el atardecer de un día de  verano. Y así discutieron y se esforzaron, todos a la vez y gritando lo máximo posible, para dirimir quien era el que se pavoneaba más y mejor de todos ellos.

Entre el público, alejada unos metros de toda esa algarabía para no contagiarse de tanta memez, permanecía sentada la presentadora/moderadora, dando paso y espoleando a los unos y a los otros para que se escupieran a la cara réplicas supuestamente ingeniosas.

De pronto, como recién salido de una máquina del tiempo, apareció en escena un nuevo concursante (¿?) todo vestido de negro, ataviado con una barba aún más negra y postiza, un cigarrillo en la mano y un vaso de tubo en la otra. Exacto. Se trataba de la viva reencarnación de Eugenio, ese peculiar y difunto humorista que deambulaba por los escenarios de todo el país hace ya casi un par de décadas. 

Esa irrupción podría parecer descabellada, pero creedme si os digo que nadie se sorprendió lo más mínimo cuando escucharon la famosa frase "saben aquel que diu" saliendo por la boca del imitador, demostrando así las disparatadas cotas de surrealismo que podía alcanzar el programa. Por supuesto, poca gente en el plató lo reconoció. No sé si porque eran demasiado jóvenes para haberlo visto alguna vez, o porque sus conocimientos de cultura general no tienen registrados a otros personajes que no formen parte de la farándula en la que andan metidos. El caso es que a mí me sirvió para desconectar un rato de tanto griterío y recordar lo que había significado ese humorista.

La verdad es que, chistes ingeniosos a parte, nunca me hicieron demasiada gracia sus actuaciones. Nada más aparecer en escena, donde muchos espectadores soltaban su primera carcajada, yo sólo veía a un hombre tímido y angustiado ante una muchedumbre hambrienta de diversión. Personalmente, observar cómo sufría para arrancar a hablar y tartamudeaba nada más conseguirlo, no me proporcionaba ninguna satisfacción. Y ver que era incapaz de rebajar esa ansiedad, incluso contando con el atrezo de tabaco, alcohol y unas gafas de sol, tampoco ayudaba a hacerme sentir más feliz. Lo cierto es que nunca he encontrado placer en el sufrimiento ajeno.

Pero es evidente que el hombre triunfaba. Participaba en todos los programas de variedades y hubo una época en que no existía un automóvil que no fuera equipado con un cassette de Eugenio.

Puede que toda esa escenografía formase parte de un personaje ideado por él y que realmente no padeciera tanta angustia. Algo así como la evolución chistosa del clásico payaso circense que siempre andaba por la pista preocupado por el siguiente martillazo en sus zapatones o la próxima tarta que iba a aterrizar sobre su cara. Así es. Ya podían apalear a ese payaso, o pasarle una manada de elefantes por encima, que siempre acababa arrancando una carcajada a esos crueles niños. La tragicomedia de la vida.

Unos gritos insistentes me devolvieron a la realidad, a aquel plató donde aquellos jóvenes no paraban de lanzarse improperios y... ¡Plop!, ¡plop!

¡Hala!, dos neuronas menos.

Ya sé que he dicho que no disfruto con el sufrimiento ajeno, pero si en ese instante se hubiera derrumbado el plató, haciendo callar a esas personas para siempre, tampoco me hubiera entristecido demasiado.

martes, 12 de agosto de 2014

Encadenados a la máquina del tiempo


Es curiosos cómo, de vez en cuando, tenemos sentimientos encontrados con los tiempos que nos han tocado vivir. En general, estoy bastante contento con haber nacido en la segunda mitad del siglo veinte. Esto me ha llevado a ser testigo de la revolución tecnológica y digital que supone el estar rodeado de maquinitas electrónicas. Son fascinantes las cosas que con ellas se pueden lograr y, a poco que estén decentemente diseñadas, poseen unas lucecitas y unos sonidos con una innegable atracción hipnótica. Pero si de algo he de estar eternamente agradecido es, sin duda, al empeño que ponen de señalar la hora en todo momento.

Da igual que sea un teléfono, un ordenador, un frigorífico o un horno microondas. Tampoco importará si nos encontramos fuera de casa, porque bastará con levantar la vista hacia el escaparate de una tienda, el salpicadero del coche o cualquier cartel publicitario interactivo, para saber la hora. Nuestro mundo está abarrotado de relojes que se nos presentan en infinidad de tamaños y formatos.

¿Cómo es posible que este hecho sea, para mí, una bendición?, se preguntarán los que hayan llegado a este párrafo. Pues muy sencillo, porque detesto acarrear con un reloj de pulsera. De hecho odio cualquier tipo de aderezos, ya sean pulseras, collares o incluso anillos, que hagan presión sobre mi piel. Si llevo puesto uno de esos complementos me siento incómodo hasta el punto de agobiarme, como un animal encadenado. Para que os hagáis una idea, es tal mi aversión que jamás me veréis portando ni la alianza de matrimonio.

La verdad es que no estoy seguro de haber encontrado una explicación lógica a esta manía. Los más budistas pensaran que en otra vida fui un esclavo, un preso o un condenado a galeras (ahora que lo pienso, todo viene siendo lo mismo); o quizá una dama de alta alcurnia que estaba obligada, día y noche, a llevar un ajustadísimo corsé (también, vete tú a saber lo que piensa un místico de esos), aunque yo prefiero basar mis argumentos en sucesos de esta vida.

No quisiera pecar de psicoanalista, pero me parece que todo empezó el día en que nací. Según cuenta mi madre, fue un parto largo y doloroso. Llegó al hospital con contracciones, la reconocieron unas enfermeras y, como según ellas aún no estaba para dar a luz, la dejaron tumbada en una cama unas nueve o diez horas. Hasta que apareció por su habitación, seguramente alertada por los insistentes alaridos de mi madre, una comadrona con dos dedos de frente y se la llevó a la sala de partos.

Así nací yo, tras una larga lucha interior que dio como resultado al bebé más hinchado y amoratado que habían visto por esos lares. Y para corroborarlo sólo tengo que transcribir las primeras declaraciones de mi padre al verme: "¡Joder!, que niño más feo".

Luego me fui desinflando poco a poco y... Bueno, no sé si mi aspecto mejoró mucho, pero al menos quedé como una persona normal. Sí, con un trauma y una sensación de ahogo cuando algo me oprime las carnes, de por vida, pero al fin y al cabo normal.

En definitiva, que por una parte estoy muy agradecido a quien colocó esa multitud de relojes repartidos por el mundo para que yo no tuviera que sufrir la sensación de una correa estrujando mi muñeca. Pero sólo por una parte: la física. Porque, por la parte psicológica, no creo que hagan ningún bien a la humanidad.

No voy a ser yo quien reniegue del afán humano por controlar el espacio y el tiempo. Para ser animales, hemos logrado grandes avances a la hora de medirlos y calcularlos, y esto nos ha llevado a prosperar como nunca antes había sucedido. Supongo que todos sabréis que hablo del calendario, las fases lunares o de que el día está compuesto por veinticuatro horas. Logros aparentemente sencillos, pero de un valor innegable.

Pero una cosa es entender y dominar nuestro entorno, y otra muy distinta es obsesionarse con el tiempo de tal modo que acabemos dominados por él. Me refiero a esa clase de personas que, nada más levantarse, se empeñan en organizar su jornada para no desaprovechar ni un sólo minuto de su tiempo. Personas que viven bajo el yugo del tic-tac y que se sienten perdidas si no saben qué hora es, porque desayunan a una hora, mean a otra y tienen un tiempo exacto para hacer cada una de esas acciones. En definitiva, personas que no pueden improvisar, que por muy a gusto que se encuentren en un sofá, no tendrán más remedio que levantarse porque ya acabó su tiempo de descanso preestablecido.

Personalmente, no soy feliz siguiendo el ritmo que señalan las horas. Para eso tenemos nuestro propio reloj biológico, para comer cuando tenemos hambre, dormir cuando nos sentimos agotados y cagar cuando viene el apretón. El compás que marca mi cuerpo es el que realmente deseo escuchar, por mucho que se empeñen en ponerme relojes delante de las narices.

Así que sí, creo que esto es un sentimiento encontrado: por una parte me alegro de no tener la necesidad de llevar un reloj y por otra me cabrea tener a la vista centenares de cronómetros, siempre atentos a marcarme los tiempos.

Pero, espera. Creo que me está sobreviniendo el peso de otra sensación muy parecida. Porque por un lado pienso que he abierto mi alma y he mostrado un trocito de mi yo interior, pero por el otro estoy seguro de haber escrito un tocho denso y obtuso y que, además, difícilmente podrá interesar a alguien. Lo dicho, sentimientos encontrados.

martes, 5 de agosto de 2014

El palillo pe(r)dido



Por todos es bien sabido de las intenciones intrascendentes que mantiene este blog. Desde luego que toda la culpa es mía, pues soy una de esas raras personas que disfruta dándole vueltas a las cosas que no tienen la menor importancia. Pero, como si no tuviera ya bastante con sumergirme entre mis desvaríos, ahora va mi tía y me lanza una petición para que hable de los suyos. Aquí, en este sagrado espacio personal e intransferible. Y, francamente, demasiada tontería corre ya por mi cabeza como para tener ganas de asomarme a la de los demás. Así que no, me niego, no me entregaré a su paranoia.

Y eso que intentó convencerme el otro día, mientras celebrábamos una comida familiar en un restaurante, cuando me explicó la extraña teoría que sostiene. Pero insisto, no me dejaré llevar por sus delirios y tan sólo dedicaré unas palabras para que sepáis de lo que hablo. Según ella, existe una laguna mental, en torno a los palillos, en todos y cada uno de los camareros que sirven mesas. Incluso se prestó a una demostración, en directo, para dar veracidad a sus palabras. Justo en el momento en que la camarera nos acercaba el postre, mi tía le dio a entender, amablemente, la necesidad imperiosa que sentía por sostener un palillo entre sus dedos. Y la respuesta por parte de la camarera, algo escueta pero igualmente cordial, fue "ahora mismo".

Aproximadamente siete minutos después, volvió a aparecer la misma camarera, papel y boli en mano, para tomar nota de los cafés que cerrarían la sobremesa. Por supuesto, sin dar la más mínima señal de traer consigo el demandado palillo.

No es que yo prestara demasiada atención a la escena, pues soy persona de férreas convicciones y cuando algo no me interesa, es que no me interesa. Pero recibir un codazo en los riñones por parte de mi tía fue suficiente acicate para darme cuenta del olvido de la camarera.

No contenta con la demostración, y aprovechando que la muchacha aún sostenía sus enseres de escribiente, mi tía volvió a insistir, con la vana esperanza de que esta vez apuntara en la comanda su ansiado palillo.

 - Mira, mira -dijo mientras me lanzaba otros dos codazos que esta vez acertaron en el páncreas- Seguro que, tal y como se da la vuelta, lo vuelve a olvidar.

Y así fue.

Para cuando regresó la camarera con la retahíla de cafés, yo ya me cubría el costado derecho del tronco con el antebrazo, tratando de bloquear, aunque sin conseguirlo, la punta del codo de mi tía que fue a acomodarse en mi hígado.

 - ¡Ves! -añadió con el porrazo- ¡Otra vez, lo ha vuelto a olvidar! Deberías escribir algo sobre este fenómeno paranormal que ocurre en todos los restaurantes.

Este era el momento preciso para que, suponiendo que realmente estuviera dispuesto a escribir algo, me detuviera un instante a divagar. Pero, sinceramente, esta vez estaba más a favor de la camarera que de mi tía, y tan sólo ansiaba unirme cuanto antes al gremio de hostelería para poder olvidar también al dichoso palillo.

No es que yo quiera dar una explicación lógica a lo sucedido, pues ya he dejado bien claro que aquí se escribe lo que a mí me da la gana y no me rebajaré a ser el muñeco ventrílocuo de nadie. Pero, ¿acaso no sabe mi tía que el palillo habita en los restaurantes únicamente por tradición? Es como el agua bendita que encontramos en todas las iglesias. Es posible que, siglos atrás, sirviera para refrescar la garganta de los fatigados caminantes que llegaban por los, por aquel entonces, polvorientos caminos. Pero estoy seguro que, hoy en día, a nadie se le ocurrirá entrará en ese sagrado templo y amorrarse a la pila para beber, por mucho que la mejor agua bendita acabe siendo la que sacia nuestra sed. No sería muy recatado por nuestra parte. Pues ocurre exactamente lo mismo con el palillo. Sí, ahí están, ambientando miles de restaurantes con su sola presencia, pero no habrá un camarero que nos ofrezca uno. A no ser que le apetezca que en su local se practique una asquerosa extracción de restos putrefactos ante todos los comensales.

Es muy posible que no veáis la relación del agua bendita con el palillo, no todo el mundo goza de una mente tan perjudicada como la mía. Pero esperad, esperad unos cuantos lustros y os daréis cuenta en qué degenera la tradición del palillo. Llegará el día en que, igual que ningún cristiano abandona la iglesia sin olvidar la superstición de santiguarse la frente con agua bendita, no habrá comensal que no reciba unos palillazos en el rostro como colofón a un gran banquete y para desearle, por parte de los camareros, una buena digestión. Incluso habrá madres que practiquen ese mismo ritual con sus hijos, para evitar el corte de digestión, una vez les hayan dado de comer en la playa.

En fin, que no. No pienso que se trate de algo inexplicable, sino de intentar conservar algo de dignidad en su negocio. Vamos, igual que los curas. Aunque estos últimos tengan unos niveles tan altos de recato que preferirían dejar morir de sed a una persona antes de permitir que sus sacrílegos labios profanen un roñoso fregadero, de vete tu a saber cuantos años, y al que yo no me acercaría a menos de cinco metros por temor de pillar el tifus.

Pero bueno, chorradas como estas serían las que saldrían de mi cabeza si no tuviera esta personalidad tan determinante que impide que me convierta en el títere de mi tía. Porque eso no va a suceder. Jamás.

martes, 29 de julio de 2014

Club Bilderberg



 - ¡Mamá, mamá! ¡Mira que pelota tan grande he moldeado!
 - Si, ya lo veo Zikus. Anda, deja ya de jugar y ven a comer tus jugos proteicos, antes de que se enfríen.

Tal y como había sido designado en el calendario del astrocrucero Escarg, la temperatura en el patio de entrenamiento oscilaba en torno a unos gélidos veinte grados. Los niños debían aprender las diferentes estaciones y cambios térmicos que les esperaban en el nuevo mundo.

Zikus desenganchó la bola de sus astas con las dos patas delanteras, la depositó sobre un nido de mugre y, valiéndose de las otras cuatro extremidades, se dirigió hacia su madre hasta que pudo acariciar su gran caparazón con las pequeñas antenas. Siempre era el último en llegar a la balsa de comida y a su madre le ponía enferma esa despreocupación por su alimentación, aunque era tan cariñoso con ella que pocas veces le reñía.

 - Zikus, deja de intentar masticar la comida y traga. Si no te olvidas de esa tonta manía acabarás con un corte de digestión.
 - Sí, mamá -dijo obediente.

El silencio se rompió por un siseo de electricidad estática que invadió los altavoces. Sonó un pequeño tintineo y la voz de la secretaria del comandante irrumpió en la sala.

 - Mr. Bilderberg, acuda al centro de intercomunicación. Mr. Bilderberg -repitió con más énfasis- acuda al centro de intercomunicación.

Zikus levantó la cabeza hacia el techo de la nave y sus dieciséis ojos negros brillaron de alegría.

 - ¡La cúpula, mamá! ¡Se está abriendo!
 - Así es -dijo su madre sin molestarse a mirar- Como cada año por estas fechas.

La nave rotó hasta encarar La Tierra, lista para la transmisión de datos, dejando a la vista de los pasajeros una preciosa estampa azul y brillante. Zikus no podía apartar la mirada del que pronto sería su nuevo hogar. De pronto, observando un oscuro gajo del planeta que aún no llegaba a iluminar el Sol, le pareció ver unos destellos blancos de luminosidad.

 - Mamá, ¿está habitado este lugar? -dijo señalando al cielo con una de sus patas.
 - Ya sabes que sí -dijo su madre, algo cansada de contestar siempre a las mismas preguntas- Por animales, plantas y esos bípedos semi-inteligentes que lo explotan. Todo está lleno de organismos putrefactos ideales para nuestras bolas de heces, aunque su atmosfera es algo hostil. Pero no hay por qué preocuparse, Mr. Bilderberg lleva tiempo mandándoles directrices a esos seres y pronto, en menos de cien años, ya no existirá la capa de ozono y el nivel de oxígeno será tan insignificante que podremos pasear sobre la superficie sin peligro.

Zikus se quedó maravillado ante la cercanía del inminente aterrizaje.

 - Esos bípedos tienen que ser muy generosos cuando adaptan su planeta a nuestras condiciones de vida ¿no?
 - Bueno -apuntó su madre- algo a cambio si que nos han pedido.
 - ¿El qué? -dijo Zikus sin quitar ojo a su preciada bola de excrementos.
 - ¡Oh!, nada. Continuar gobernando.
 - ¡¿Que?! Pero... pero si gobernar es el mayor castigo de nuestras leyes. Responsabilizar a alguien del bienestar del resto es lo más cansado y aburrido que hay.
 - Bueno, no creas que lo del bien común se lo toman muy en serio ahí arriba. Parece ser que sólo el hecho de someter al resto del planeta esta muy valorado por esos mamíferos, y que sus decisiones beneficien a la gran mayoría, o no, resulta ser lo de menos.

Zikus bajó la cabeza hacia la balsa, pensativo, y continuó engullendo. Tras unos minutos volvió a levantar la cabeza y miró a su madre.

 - Mamá, ya sé por qué gobernar es el mayor deseo de esos seres -dijo orgulloso.
 - Ah, ¿sí? ¿Por qué? -preguntó su madre con la boca llena.
 - Porque nunca han tenido la oportunidad de jugar con una enorme bola de mierda -sentenció.
 - ¡Eso, por supuesto! -exclamó su madre mientras retorcía las antenas para lograr una carantoña.

Y los dos rieron al unísono.



martes, 22 de julio de 2014

Viaje espiritual


Como diría mi abuela, llevo una tontería encima que no hay Dios quien me aguante. Y lo puedo demostrar casi a diario. El otro día, por ejemplo, justo en la entrada del supermercado me topé con dos testigos de Jehová. Lo cierto es que pude esquivarlos y tan sólo escuché parte de una conversación que mantenían con una anciana, pero me bastó para empezar a maquinar una de mis gilipolleces.

La mujer mayor escuchaba con una sonrisa en la boca, gozosa por encontrar a unos chavales dispuestos a departir un rato con ella, y ellos le explicaban algo sobre un viaje espiritual necesario para encontrar a Dios. Pues así, con esos mínimos datos, mientras estrujaba con los pulgares las dos puntas de un melón (aún no sé muy bien para qué), fui capaz de hallar una de mis absurdas epifanías.

Rápidamente vi la conexión del viaje espiritual con el físico, sobre todo cuando observaba los dos maletines que acompañaban a los oradores. En un viaje al uso yo pondría en mi maleta mudas de ropa, una guía del lugar a visitar, complementos de aseo personal y un pequeño botiquín de emergencia; lo normal para estar mínimamente asistido, y respaldado ante una situación imprevista. Pero unos viajeros espirituales como ellos seguramente irían equipados para paliar un indeseable descenso de Fe, tanto suya como de sus oyentes. Así que lo más probable es que cargaran su maletín con una Biblia (indispensable), unos artículos contrastados (o no) sobre los beneficios del cristianismo y, para casos de emergencia, algún que otro milagro documentado o exorcismo, porque nunca viene mal un toque aventurero.

Si viajáramos fuera del círculo de países castellano parlantes, necesitaríamos unas nociones básicas del idioma y una pequeña introducción a sus costumbres para ayudarnos a interpretar alguna situación que nos pudiera parecer extraña. Incluso podríamos tomar unas clases culturales con algún profesor nativo. Esta formación ya les viene dada a los testigos de Jehová, pensé cuando intentaba discernir las diferencias entre un berberecho, una chirla y una almeja (obviamente sin lograrlo), pues tienen como profesores a sus sacerdotes para entender las extrañas demandas que exige su religión o las dispares interpretaciones que pueden encontrarse en una Biblia.

Más tarde, mirando los ojos vidriosos de una lubina (y sin acabar de recordar si esa característica era síntoma de su frescura o de su podredumbre), me vino a la mente algo totalmente indispensable para culminar cualquier viaje: explicarlo a la vuelta. Es indudable que si uno no se sienta con familiares y amigos, aprovecha para enseñar fotos, videos o folletos, y los aderezar con comentarios sobre la experiencia, es como si jamás se hubiera realizado ese viaje. Y que duda cabe que, al menos en ese sentido, también estos creyentes gozan de una larga e insistente tradición.

Para cuando llegué a la cola de caja, ya había desentrañado la esencia del viaje espiritual necesario para encontrar a Dios. Entonces me ocurrió una cosa asombrosa. Allí, embrujado por los colores psicodélicos de un expositor de chicles, tuve un momento de reclusión mental que mucha gente denominaría, y no sin razón, quedarse embobado. Comencé a ver trompetas con los oídos, a escuchar violines con los ojos y a saborear, en mis papilas gustativas, la textura esponjosa del poder supremo. Y, en ese preciso instante, sentí por un momento la presencia de Dios.

Por supuesto que todo quedó en un leve vahído en cuanto me tocó sacar la cartera para pagar, y volví a mi estado agnóstico habitual. Creo que el problema no fue que yo me acercara a Dios y lo rechazara, sino que él me vio a mí y se largó corriendo (o levitando, que queda más esotérico). Pero no me preocupé en exceso, porque ya lo había vaticinado mi abuela: llevo una tontería que no hay Dios quien me aguante.

martes, 15 de julio de 2014

Poder atrofiado



¿Alguna vez habéis pensado en las películas de super-héroes? Si os fijáis, prácticamente en todas ellas se repite la misma escena: en un momento dado el protagonista pierde sus poderes. Pues a mí me sucedió lo mismo ayer, mientras paseaba por la calle con mi mujer.

Pero tranquilos, no he nacido en otro planeta ni me ha mordido un bicho radioactivo. El don que atesoro me viene otorgado por dedicar una cantidad ingente de horas en buscar direcciones, así que no es exclusivo de mi propiedad. He de suponer que todo aquel que haya trabajado más de diez años repartiendo paquetería lo posee; se trata del sentido de la orientación.

Mucha gente cree poder realizar las mismas proezas que nosotros, con lo que apenas se reconoce esta virtud como algo excepcional. Pues yo digo que es mentira. Es más, la gran mayoría, seguramente ante la envidia que les corroe por dentro, simularán tener la misma facilidad para indicar cómo llegar a los sitios. Porque no hay más que parase en un lugar concurrido, para preguntar a cualquier viandante la situación de una calle poco conocida o, si me apuráis, de un pueblo pequeño, y ser víctima propicia de su embuste. Puede que nos encontremos con alguna persona honesta que reconozca su incompetencia y no esté dispuesta a engañarnos con pistas falsas, pero otras muchas os contestarán con tal aplomo y seguridad que os será imposible detectar el fraude. Incluso puede suceder que sigáis sus instrucciones y, al no encontrar la dirección, penséis que la culpa es vuestra por no atender bien a las directrices. Nada más lejos de la realidad. Sólo tenéis que toparos con un tipo como yo para notar la gran diferencia con esos malditos farsantes.

Pensad que tenemos el sentido de la orientación tan desarrollado que podemos trazar varias rutas alternativas para llegar a una misma dirección en el menor tiempo posible; y cada día será diferente dependiendo de las variables. Procesamos tanta información en nuestro cerebro que ese camino será modificado según el día de la semana, franja horaria, condiciones climatológicas, huelgas o manifestaciones; en ocasiones estamos tan concentrados en el fluir del tráfico, que sabemos con total precisión cuantos segundos tarda en cambiar cualquier semáforo de la ciudad y qué calles están reguladas por los que han sido coordinados para que no sea necesario frenar hasta recorrerla por completo. Con nuestro poder, optimizamos los desplazamientos y diseccionando las arterias de comunicación para transitar de la manera más eficiente. ¿Parece una locura?, pues puede llegar a serlo. Con sólo decir que la visión que Neo tenía de Matrix (esas líneas que barrían la pantalla de arriba a abajo con ceros y unos) esta basada en la que despliega un transportista por la ciudad, está todo dicho.

El caso es que paseábamos por las afueras del casco urbano, se paró un coche a nuestro lado y, desde el asiento del copiloto y con un GPS en la mano, una chica nos preguntó por un parque acuático para perros que han inaugurado hace poco cerca de mi pueblo.

Los GPS, otro maldito sucedáneo de nuestros poderes que jamás nos llegarán ni a la altura del callo que guardo en mi pie izquierdo como recompensa de tanto apretar el embrague. Hay personas que han acabado extraviadas, con las cuatro ruedas de su vehículo dentro de una riera o brincando en una pista montañosa, por obedecer de forma abnegada a las indicaciones de ese abominable cacharro. Un consejo: deshaceos de ese engendro y conseguid un mapa de carreteras.

También sé que me encuentro ante una encrucijada, pues esta es una ocasión claramente idónea para profundizar en mis teorías sobre la idiotez humana, pero voy a dejar para otro momento lo del parque acuático para canes y no me desviaré de la anécdota.

Primero querría aclarar una cosa. En mi matrimonio, como pareja bien avenida que somos, tenemos los roles muy bien definidos y normalmente, por culpa de mi extrema timidez y la mundialmente conocida dificultad que arrastro a la hora de comunicarme, se hubiera encargado mi mujer de responder a la pregunta. Pero en esta ocasión el entuerto demandaba a un verdadero gurú del tráfico terrestre. Y la gran responsabilidad que ataña este poder no me dejaba otra opción que no fuera tomar la iniciativa. Así que me adelante un par de pasos y comencé con la detallada explicación.

 - Sí, por supuesto que sé donde está -dije con arrogancia- Seguís para allá... eh, cuando lleguéis a la carretera, a la derecha... eh, segunda salida y ahí es.

¿Para allá?, ¿carretera, qué carretera?, ¿acaso no se encontraban ya en una carretera?, ¿segunda salida y ya está? ¡¿Pero que mierda estaba diciendo?! ¡Si esas explicaciones no las comprendía ni yo!

Por un momento me quedé atónito. Y las caras de no entender nada que me lanzaron desde el interior del coche tampoco me ayudaron a salir del estupor. No podía ser, debía intentar de nuevo extraer de mi interior unas indicaciones lógicas, apoyadas en referencias visuales... un cartel, un árbol, una fábrica... algo que evidenciase que mi don estaba ahí, que no me había abandonado...

 - Eh, para allá... -volví a señalar con el dedo- eh, llegaréis a la carretera... eh...

¡Otra vez!, ¡lo estaba haciendo otra vez! El desconcierto se apoderaba de mí. Estaba siendo arrastrado por unas indicaciones sin sentido y mi cerebro se ahogaba bajo la espesa niebla en que se había convertido mi orientación. No podía percibir mi don, se había esfumado. Una parte de mí había desaparecido, dejando en su lugar una extraña sensación de orfandad difícil de explicar.

Por suerte, mi mujer, viéndome en un aprieto, terció en mi absurdo discurso justo antes de que sucumbiera a la desesperación.

 - Continuáis por esta misma carretera -dijo dando dos pasos al frente- pasáis el centro comercial y llegaréis a una rotonda. La primera salida os llevará a la ronda que tenéis que coger en dirección Barcelona. Salís en la segunda salida y preguntáis en la gasolinera.

 - Gracias -contestaron los excursionistas, con un semblante algo más tranquilo. Se incorporaron a la carretera y se marcharon.

La intervención de mi mujer fue sobria. Funcional. Sin llegar al nivel excelso que atesoramos los profesionales del ramo, había dado las indicaciones justas y precisas para guiar eficientemente a esas personas. Incluso me sentí orgulloso de ella.

Entonces, sucedió algo asombroso: mis poderes retornaron. Fue como un cosquilleo que comenzó en la palma de las manos y que no tardó en extenderse por todo el cuerpo. La niebla se disipó. Ahora podía ver con claridad.

Por defecto profesional, repasé instintivamente los puntos de referencia elegidos por mi mujer. Había indicado un centro comercial, aunque, de haber estado en plenas facultades, yo hubiera sido más concreto y hubiera señalado directamente al McDonalds por su inconfundible letrero; pero el suyo tampoco había sido un mal consejo. También podía haber sido más precisa con la rotonda y, para evitar equívocos, comentar que había que incorporarse a la ronda que la cruzaba de forma elevada. Y en la segunda salida podría haber complementado la información con su número o con el nombre que indica el cartel. En la gasolinera... ¿Gasolinera?

 - ¿Les has dicho que preguntaran en la gasolinera? -dije girando la cabeza hacia mi mujer.
 - Sí -contestó ella, totalmente despreocupada.
 - No hay ninguna gasolinera en esa salida. La gasolinera está en la anterior -apunté.
 - ¡Ah!, ¿sí? -dijo encogiéndose de hombros. Y continuó paseando, sin darle la mayor importancia al dato.

Qué queréis que os diga, después del mal rato que había pasado, sólo me invadió un sentimiento profundo de admiración hacia mi mujer: al menos ella pudo fingir.