jueves, 26 de septiembre de 2013
Chorizo para comer
Había una necesidad vital que Seth tenía que satisfacer, cada día, de la forma más honrosa. Comer. Para ello solo tenía que acercarse al lugar de racionamiento donde podría escoger un solo chorizo de entre la escasa variedad que ofrecía el sistema. Recordaba otra época en que el menú, aún siendo la mayoría producto del cerdo, era más diverso. Bacon, chuleta, jamón, morro y otras variantes del animal acompañado, siempre, con algo de verduras y pan para hacerlo más digestivo. Pero ya no. Ya no quedaba suficiente pan para tanto chorizo.
Envidiaba al resto de planetas de la Via Lactea, donde las personas eran la especie dominante y podían alimentarse más equilibradamente; pero en el suyo gobernaba una raza de cerdos que habían evolucionado de forma extraordinaria llamados Ocir, los hacedores del sistema y su constitución. La mayor diferencia entre un Ocir y el cerdo común consistía en que los primeros llegaban a este mundo por via rectal. No poseían una inteligencia demasiado superior a la humana ni una fuerza descomunal que amenazara al resto de la fauna, pero su inquebrantable tenacidad, ansias de poder y autoridad aplastante los habían llevado a la cima del poder. Solo existían dos clases sociales; o eras un Ocir o formabas parte del resto. Los Erbop.
Para mantener el orden y la sumisión se valían de una simple táctica: controlar los medios de comunicación para hacer creer que, sin la rectitud del sistema, sería la hecatombe; nada sobreviviría sin su supervisión. Para aparentar que no todo estaba bajo el control del régimen, y que algo se podía cambiar, celebraban unas inocuas votaciones donde todos los habitantes debían elegir el color (rojo o azul) del chorizo que predominaría en las comidas. Esto daba la oportunidad de variar, cada cuatro años, la imagen del alimento y proporcionaba a la población la falsa sensación de ser dueños de su destino. Hacía algo más de un año que la mayoría de los medios habían apostado por el azul; la frase que lanzó la campaña rezaba así: "Vota por el azul, el nuevo rojo", aunque Seth sabía que era una elección ficticia. El sabor y, sobre todo, la mala digestión siempre sería igual.
Alguna vez había pensado en emigrar a otro mundo, pero debería adaptarse a otra atmósfera y fuerzas gravitatorias y, sobre todo, abandonar a parte de su familia y amigos. No lo quería hacer. Aún guardaba esperanzas de que los Ocir fueran desbancados del poder. ¿Por qué no? De hecho ya había sucedido en otras civilizaciones. Lo sabía por astronet, la red interplanetaria de comunicaciones. Recordaba el famoso lema, concebido en el planeta Tierra, con el que habían derrocado a una estirpe similar: "A todo cerdo le llega su San Martín"
jueves, 19 de septiembre de 2013
Un palo
Creo que no soy muy exigente con mi ocio. Cualquier cosa que me haga jugar con la mente me vale. El problema viene cuando intento ver la televisión; los programas que proyectan en ella parecen estar pensados para que olvidemos que existe nuestra masa encefálica y, claro, no me sirven de mucho. Por suerte siempre me quedan esos ingeniosos chispazos creativos llamados anuncios.
Últimamente hay uno que me tiene enganchado por lo ingenioso que resulta. Me fascina porque nos enseña algo tan sencillo como el entusiasmo de un niño (por cierto, muy bien interpretado) al abrir su regalo de cumpleaños. Esto, por sí solo, ya es una reacción difícil de encontrar a día de hoy en cualquier crío harto de ver colmados sus deseos casi al instante, pero es más sorprendente cuando el obsequio se trata de un palo.
Estoy al tanto, y no creo ser el único, de que los anuncios pretenden, más que promocionar productos, transmitir sensaciones al espectador para que asociemos ese sentimiento a la marca en cuestión. Supongo que no todos consiguen su cometido; de hecho no puedo recordar, así a bote pronto, el objeto anunciado, pero sí el concepto. También he de suponer que no siempre se logra, a no ser que la idea sea muy explícita, transmitir el mismo mensaje a todo el mundo.
Mientras que unos pueden creer que el niño es muy tonto por alegrarse de poseer un palo, yo me inclino por todo lo contrario. Pienso en la suerte que tiene ese crío al saber apreciar un juguete tan sencillo y que tanto juego puede proporcionar, sobre todo si ejercita la imaginación (que es lo primero que hace, creo, al tenerlo entre sus dedos).
Esto hace que, gracias a lo que me contaron, mi mente inquieta haga una doble regresión generacional. No hablo de la mía, sino de la de mis padres y de su infancia. Mi madre nació en una chabola, y mi padre vino, con mi abuela, desde Murcia cuando apenas contaba con unos meses. Era, por supuesto, la época de la posguerra, y no existían parques ni columpios donde recrearse, al menos en sus humildes barrios. Si mi padre quería jugar a fútbol no utilizaba una pelota, creaba un aglomerado con bolsas y papeles para simular un balón de reglamento, y los postes de la portería bien podían ser dos palos. Los juguetes los veían en la televisión de la casa del vecino más adinerado, donde se reunía toda la niñería para observar ese sorprendente electrodoméstico que enseñaba otros mundos en blanco y negro.
Pero, curiosamente, los tiempos han cambiado. Lo que cincuenta años atrás era tan difícil de ver rodar por las calles, una pelota, hoy no paramos de esquivar. Y es que, con estos parques tan esterilizados que vemos en las ciudades, es muy complicado encontrar un palo. A ver si va a ser esa la razón de tanto entusiasmo...
sábado, 14 de septiembre de 2013
Mala baba
Todos tenemos absurdos traumas infantiles que arrastraremos hasta el fin de nuestros días. Es así, creo que si no los superaste en su momento no hay vuelta atrás para volver a intentarlo. Y no volverás a esforzarte en dominarlos porque son totalmente irrelevantes y sería hacer una insensata regresión a la niñez.
Que yo recuerde ahora mismo cuento con dos espinas clavadas en ese trozo de cerebro que guardo para recordar mi pueril existencia. La primera es hacer girar una peonza, de forma correcta, más de tres segundos. Nunca fui capaz y acabé harto de ser humillado por mis congéneres. Y la segunda, y razón de esta entrada, es mi famosa inutilidad a la hora de escupir.
Si, envidiaba a esas llamas humanas que podían llenar un dedal a cuatro metros de distancia. Nunca comprenderé qué características hacían falta para manejar ese fluido corporal con tal maestría. ¿Quizás una lengua viperina? ¿Unos dientes espaciados para tener la vía de escape perfecta? ¿O una densidad salivar a la altura del cemento? Se me escapan las peculiaridades de tan húmedo arte.
Intenté por todos los medios empaparme con las enseñanzas de mis compañeros. Y, de alguna forma, lo conseguí. Cada vez que procuraba proyectar un salivazo a la estratosfera acababa bañado, por mi propia torpeza, entre la barbilla y algún punto inconcreto no más allá de mis pies. Puede que atesore una baba miedosa del mundo, incapaz de romper los lazos/hilillos con su progenitor. Aunque los continuos intentos de fuga, que protagoniza cada vez que echo la siesta, me hace sospechar que su trastorno se acerca más al pánico a volar.
A veces intento imaginar qué hubiera sido de mi vida si poseyera ese don. Podría espantar abejas a una distancia segura, sin el riesgo de ser atacado como cuando lo hago con la mano. Y, quien sabe; poder apagar unas velas con dos certeros escupitajos, tras una cena romántica, bien podría impresionar a cualquier chica. Aunque ahora dudo si ese destello de genialidad jugaría a mi favor o en mi contra.
No quiero acabar este homenaje a mi incapacidad sin aclarar que la admiración va dirigida única y exclusivamente al escupitajo, y no al gargajo. Mientras que el primero es un alarde de técnica y control, el segundo es tan solo una expectoración asquerosa de flemas. Hay una diferencia de peso, literalmente.
sábado, 7 de septiembre de 2013
Pesadilla malsana
Como me gusta variar, voy a intentar divagar sobre algo triste. Va a costarme una barbaridad porque mi forma de ser me empuja a desdramatizar cualquier situación, pero intentaré provocarme una pequeña crisis para ver si así soy capaz de expulsar mis demonios. Igual hasta echo mano de alguna canción de reggaeton para martirizarme mientras escribo.
Hace días que no duermo como debería, y eso es raro en mí. Soy de esa clase de personas que, cuando se acuesta, tarda menos de un minuto en perder el conocimiento (el poco que retengo). Pero no descanso bien y tengo pesadillas. Siempre la misma, aunque con alguna variante. En mis sueños suelo conducir diferentes clases de vehículos, alguno tan extraño que aún está por inventar (lo dibujaré en algún papel por si me reservo la patente), y los acabo estrellando tras dar varias vueltas de campana.
Solo se me ocurren dos interpretaciones posibles.
La primera podría ser que, como he dejado el trabajo de transportista para engrosar las estadísticas de paro, mi mente se desahogue de forma visceral con lo que nunca ha podido hacer; es decir, que estampe los furgones, motos y coches que he conducido (o no, ya he dicho que algunos son inventados) en mi vida para romper con el hábito de ejercer la profesión. Esto sería una visión bastante positiva de la pesadilla, pues es lo que pretendo al dejar el trabajo, pero viendo que no puedo descansar correctamente me inclinaré por la segunda.
La otra alternativa me lleva a analizar el suceso de una forma menos alegre. Puede que el conjunto sea una imagen de mi situación actual. O sea, que he perdido la estabilidad laboral de casi veinte años trabajando ininterrumpidamente y sea consciente de que he elegido la peor época en la historia para intentar cambiar de sector. Toda esta negatividad ha de llevarme, irremediablemente, a estrellarme y quedarme tirado en cualquier cuneta. Como el intento de cambio es voluntario puede que represente de esta forma una especie de suicidio laboral.
Aunque esta última noche algo ha cambiado.
Estaba yo en mi sueño repartiendo unos paquetes por Barcelona con un viejo vehículo de empresa (esta vez no era mío) y solo me quedaban dos entregas para acabar la jornada. Paré delante del comercio, bajé de la furgoneta (creo recordar que era una SEAT trans) y entregué la mercancía. Esta maniobra, de tanto repetirla, soy capaz de ejecutarla en pocos segundos, pero al darme la vuelta el furgón había desaparecido; robado, seguramente.
Esta pesadilla si que creo interpretarla correctamente, porque ayer estuve en el INEM apuntándome al paro y me informaron que no voy a percibir un euro de prestación (una de las muchas razones por las que quiero cambiar de faena). El caso es que hace un año se anunció por los medios de comunicación, según me explicó la propia funcionaria, que el gobierno cambiaba la ley para que los autónomos pudieran cobrar la ayuda al quedar desempleados; pero como yo no había pagado un suplemento para cubrir ese gasto (que ya podrían haber mandado una carta o algo para avisarnos), no me lo podían dar.
Así que habré cotizado un porrón de años (como autónomo, claro) y continuaré sin haber percibido una prestación en la vida (igual si la palmo le queda una pensión de viudez a mi esposa, aunque siendo autónomo... no sé yo...). Por lo que deduzco que ese sentimiento de impotencia y desamparo que he experimentado en mi último sueño pueda ser debido a mi reciente visita gubernamental.
Bueno, como los sueños, sueños son, intentaré manipular mi cerebro para, justo en el momento del accidente o robo, cambiarme por la banda de reggaeton que estoy escuchando en estos momentos. Me he dado cuenta que esta clase de música no me pone triste, aunque creo que es capaz de corromper mi estado de ánimo hasta el punto de convertirme en un homicida de cuidado. Con un poco de suerte acaben estrellados o raptados y la pesadilla mute a sueño placentero.
domingo, 1 de septiembre de 2013
Esto trae cola
Hay sitios mágicos en el mundo. Lugares donde no se explican las leyes de la física y suceden cosas extraordinarias. Por poner un par de ejemplos podríamos hablar del Triángulo de las Bermudas, donde sucedieron desapariciones misteriosas; o de las Pirámides de Egipto, que su sola construcción ya supone un enigma. Pero me centraré en escribir sobre un lugar donde ocurren cosas inimaginables. Un sitio que se puede crear, por la comunión entre seres humanos, en cualquier parte. Me refiero a esa ristra de personas, esperando su turno, denominada cola.
Quiero creer que se inventaron para atender a la gente de forma civilizada aunque, asombrosamente, acaben siendo uno de los lugares más hostiles de cuantos conozco. Uno supone que puede estar tranquilo al ocupar su sitio en la hilera, pero no es así. Todas las personas que se sitúen detrás tuyo intentarán, irremediablemente, colarse. Y no escatimarán en trucos, brujería y hechizos para lograrlo.
Siempre intento situarme en el último lugar porque tengo miedo de que algún loco me mande un sicario, pero mi preocupación aumenta cuando las colas avanzan y, sin proponérmelo, acabo escalando posiciones. Así que, normalmente, acabo sufriendo algún ataque indeseado.
Ayer mismo andaba con mi mujer en la cola de un super. Empecé a mirar a izquierda y derecha por encima del hombro, pues ya llegaba nuestro turno y me esperaba lo peor, cuando a una dependienta, que volvía al trabajo tras el almuerzo, se le ocurrió abrir una caja y pedir a los clientes que pasaran por orden de cola. Di un paso hacia la cajera y tuvimos la suerte de dudar un segundo, porque aparecieron volando, a la altura de la cabeza, cinco barras de cuarto que habían sido proyectadas desde la sección de frutería. Si llega a ser mi esposa la que hubiera dado esa zancada le habrían arrancado un pendiente de la oreja.
Pero el lanzamiento certero, que hizo aterrizar el pan sin un solo rasguño sobre la cinta transportadora, no fue lo mas extraordinario. Tras ellas se acercaba una mujer octogenaria, con una velocidad de movimientos que ya la querría para él un jugador de ping pong. Nos esquivó con el cuerpo cual banderillero y, en lugar de clavar dardos, depositó sobre el soporte mecánico dos paquetes de galletas.
¡Maravilloso!, ¡excepcional!, ¡sobresaliente! Aún no sé como pude reprimir las ganas de aplaudir. Y pensar que, tan solo unos minutos antes, tuve que ayudar a esa abuela porque le era imposible alcanzar las obleas. Tampoco me mortifiqué, pues entiendo que cualquier anciana jubilada debe tener muchos quehaceres pendientes un Sábado a las diez de la mañana y sus prisas son totalmente justificadas, pero ¿alguien puede dudar del poder curativo de una cola? Yo no, desde luego. Es más, cuando Jesucristo obró su famoso milagro de hacer caminar a un tullido, estoy seguro que la frase completa fue "levántate y anda, hasta el principio de la cola".
Unas horas más tarde me encontraba, nuevamente, formando parte de una construcción humana en forma de espagueti, cuando fui testigo de otro prodigio. En esta ocasión ocupaba mi lugar favorito en la cola de un restaurante de comida rápida. Pues no sé cómo, ni cuándo, ni porqué, pero creo que me desmaterialicé. Si, como leéis, dejé de existir durante unos segundos. Y la prueba me la dio una chica que se instaló a pocos centímetros de mi espalda de la que pude escuchar, sintiendo su aliento en mi oreja, cómo preguntaba por el último de la fila al chico situado delante mío. En ese momento, al no ser consciente de mi cambio de estado, me extrañé. Aunque al mencionarle que la persona a la que se refería era yo, pude reaparecer, ante ella, como un fantasma escapado del averno, a juzgar por su cara de sorpresa. Pero no acabó ahí la magia.
Ya habíamos consumido veinte minutos de espera en la hilera, cosa curiosa tratándose de un local que anuncia "comida rápida", cuando caí en la cuenta de que la cola se dividía en varios ramales. Si ya suelo sufrir en una sola hilera, imaginaos cuando uno puede ser atacado desde tantos frentes. Hice acopio de toda mi valentía y escogí, al azar, una línea para continuar con la procesión, volviendo a estrenar mi condición de última persona. Pues volvió a suceder; y con la misma muchacha. Pero esta vez desaparecimos la totalidad de la cola, a excepción del primer individuo. Al parecer el fenómeno se manifestaba con mayor intensidad al aproximarnos al mostrador.
La joven preguntó, de la forma en que tradicionalmente lo hacía, al único, según su parecer, ocupante del lugar. Quise interceder en la conversación, por mi experiencia recientemente adquirida en romper encantamientos, y le comenté a la chica que, a no ser que esta fuera la única cola en el planeta que se orientara en sentido inverso, continuaba siendo yo el último.
Por suerte no tuve que exponerme a un nuevo suplicio y pudimos volver a casa sanos y salvos porque, si llego a protagonizar una nueva contienda, me hubiese sentido totalmente superado por tanto fenómeno inexplicable en un solo día.
viernes, 23 de agosto de 2013
Visita extraterrestre
Nº 1759 INFORME DE POSESIÓN TERRESTRE
Una vez más nos encontramos, bajo su consentimiento y complicidad , en el interior de la conciencia de un ser humano terrestre para, durante un día, estudiar y analizar el comportamiento, formas de comunicación y características culturales de esta civilización. A continuación relatamos las experiencias más destacables:
6:30 am - El Ser que poseemos se levanta, orina, se viste, desayuna y sale por la puerta dispuesto a empezar una nueva jornada laboral. Nos comenta que aún no es persona, pero su mente le capacita para montar en el furgón y conducir, según él, con el piloto automático.
7:22 am - Llegamos al almacén donde ha de cargar la mercancía y acula el vehículo en el muelle asignado. Nos presentamos en la oficina para recibir la faena. Continua sin ser persona, pero su cerebro es capaz de mandar una orden para que su boca esboce un, apenas perceptible, "buenas". Algunos Seres contestan al saludo y otros no. Detectamos enfado por parte de nuestro colaborador hacia las entidades que no respondieron.
7:25 am - Tras repasar concienzudamente las entregas, y evaluar el tiempo estimado para cada una, el Ser que poseemos nos explica que ya conoce el 95% de los clientes, pero hay una entrega en concreto que le ha llamado poderosamente la atención. Se trata de un pequeño paquete, de 2 kg de peso y remitido desde una ciudad llamada Sevilla, donde se puede leer lo siguiente:
Destino: Paco El Alpinista
Dirección: Calle Caldes de Montbui 17
Población: Mollet del Vallés, Barcelona
Le sorprende el hecho de que en el apartado del destinatario aparezca el nombre de una persona, incluyendo su mote, y no el de un comercio, pero hasta que no llegue al destino no podrá aclarar el misterio.
8:03 am - Abandonamos el almacén y nos dirigimos hacia un recinto donde poder almorzar. El Ser que poseemos ha de alimentarse frecuentemente para poder trabajar durante el día sin desfallecer. Durante el trayecto nos informa de los aparatos de comunicación empleados para agilizar la tarea: teléfono móvil y radio emisora en frecuencia corta de un alcance aproximado de 50 Km.
8:09 am - Entramos en un comercio donde venden alimentos basados en masa de trigo horneada. Nuestro anfitrión selecciona un alimento en forma de rulo que su cartel denomina "caña de crema". Tras el primer bocado detecta que el relleno es "cabello de ángel" y rechaza continuar con el sustento. No puede devolver la ración porque ya ha sido contaminada con su saliva, pero odia tanto ese sabor que solo es capaz de roer, con una increíble destreza, la parte externa del hojaldre y desecha el resto. Curiosamente nadie cambia la información del rótulo, con lo que suponemos que los siguientes clientes que decidan alimentarse con el mismo refrigerio también caerán en el engaño.
11:46 am - Entregamos paquetes por los pueblos hasta que llegamos a la dirección de la entrega que tanta curiosidad ha despertado anteriormente. Investiga por los alrededores durante unos segundos y empieza a reír. Parece ser que, nuevamente, ha habido un error. En la dirección indicada hay un comercio llamado Racó de l'Alquimista que, según nuestro compañero, es donde se debe entregar el bulto. Nos cuenta que el equívoco se produjo, seguramente, al copiar el nombre del comercio por teléfono ya que el dictador hablaba en un idioma y el receptor apuntó, en otro dialecto, Paco El Alpinista.
01:22 pm - Volvemos al almacén para descargar la mercancía recogida y entramos en el comedor para abastecer al cuerpo con nuevos alimentos. Nos acercamos a un armario plastificado llamado "máquina expendedora" para extraer un recipiente metálico y cilíndrico que contenga un líquido denominado Coca-Cola Zero. Al hundir el correspondiente pulsador el ingenio nos estafa con Fanta Limón. Esta vez parece haber sido un error del reponedor de bebidas.
02:45 pm - Regresamos al vehículo para proseguir, esta vez, con las órdenes de recogida que nos hacen llegar vía mensaje de texto a través del teléfono móvil de empresa. Este tiene la peculiaridad de ser solo receptor y no poder transmitir a otros números que no pertenezcan a la compañía para la que trabaja el Ser.
04:53 pm - A través de los ojos de nuestro amigo podemos leer un mensaje curioso que llega a su teléfono móvil que pasamos a reproducir:
Hola José, te echo de menos. Lo que me hiciste ayer con la boca lo voy a repetir sobre tu verga en cuanto nos veamos. Mis padres han salido a comprar. Si vienes ahora mismo tenemos unas 2 horas para que puedas encularme a gusto. No tardes. David.
Por la sorpresa y carcajadas que realiza y, también, por no coincidir ni el nombre ni la inclinación sexual de nuestro guía, deducimos que es otro equívoco. Mientras nuestro cicerone nos explica que se trata de un error común en estos aparatos de comunicación nos interrumpe un nuevo escrito del mismo remitente que pasamos a transcribir:
Hola, soy David. El mismo del anterior mensaje. Perdona, pero no era para ti. Te pido disculpas.
Ahora, el Ser que poseemos, ha de estacionar el vehículo para no tener un accidente dado que no puede controlar los espasmos que le produce su cuerpo al troncharse de risa. Cuando logra recomponerse nos enseña, para demostrar lo habitual que son esta clase de meteduras de pata, otro mensaje perdido de otro Ser que copiamos:
Cari, soy yo. Saca al perro y ve a comprar pan ¡¡YA!!
Notamos como nuestro asesor sonríe, mentalmente, pensando en las posibles consecuencias que le trajo el extraviado mensaje al destinatario original del mismo.
05:31 pm - Durante el transcurso de la jornada no paramos de escuchar constantes comunicaciones entre los trabajadores por medio de la emisora en onda corta, pero queremos escenificar la producida en este momento al no encontrarle ningún sentido:
- Base a móvil 3, base a móvil 3. ¿me recibes?, cambio.
- Aqui movil 3, dime. Cambio.
- ¿Dónde estás movil 3?, cambio.
- En el camión, dime. Cambio.
- Pero, ¿por dónde vas?, cambio.
- Por la carretera. ¡Dime! ¡Cambio!
- Pero... ¿Como lo llevas?, cambio.
- Pues con una mano en el volante y la otra en el cambio de marcha. ¡¡¿Qué cojones te dará como lo lleve si me vas a dar la faena igual?!! ¡¡CAMBIO!!
- .... Vale, apunta...
06:47 pm - Al acabar la jornada laboral hemos regresado al hogar del Ser que poseemos y se reúne con su familia bajo el mismo techo, se asea y mira un programa deportivo en el televisor del comedor. Su hijo está en su cuarto delante de otro aparato receptor que se conecta a una red virtual y su mujer en la cocina viendo un estridente programa televisivo.
08:56 pm - Llamada al vástago mediante una aplicación del teléfono, aún estando a pocos metros de él, y toma de energía todos juntos, en silencio, sin apartar la mirada del televisor.
10:23 pm - Traslado corporal de la cocina al comedor donde se prosigue con el visionado del televisor por parte de los adultos mientras el descendiente vuelve a su habitáculo. Apenas hemos percibido unas pocas frases articuladas entre los componentes del hogar en estas 4 horas. Nuestro sherpa nos explica que este bajo rendimiento en la intercomunicación se debe a una costumbre humana llamada rutina.
11:33 pm - El Ser que poseemos se despide de nosotros y nos cuenta que descansará unas 7 horas antes de comenzar un nuevo día.
Conclusiones
Sin duda, y comparando esta visita con la realizada hace 3000 años terrestres, nos percatamos rápidamente de la evolución tecnológica en casi todos los campos que dominan. La mayor paradoja que encontramos es certificar que una gran variedad de aparatos de comunicación no implica, necesariamente, un mejor entendimiento, aunque reconocemos que poseen una paciencia infinita y una tolerancia al error desmesurada.
jueves, 22 de agosto de 2013
Atropellada declaración de principios
Al parecer soy un tipo solvente, de momento. O eso es lo que me hace creer el banco al ofrecerme un apartamento en la costa por menos de 60.000€ (como si los tuviese). ¿Acaso piensan que no tenemos suficiente con las letras de la hipoteca que ya pagamos cada mes?¿piensan que lo hicimos por afición a las deudas?. Pues, con el empuje que me da este anonimato, les voy a contestar de forma más o menos visceral.
No me mandeis más cartas, ni más e-mails, ni más SMS; no me interesa un crédito, ni unas acciones en la bolsa, ni otra hipoteca. Mi filosofía es esa que dice que no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Y, sobre todo, no quiero más preocupaciones añadidas. Lo que deberíais hacer es dejar de ser bancos zombies y empezar a poner en circulación el dinero. Dar crédito o lineas de descuento a las pequeñas y medianas empresas para que puedan ofrecer trabajo. Y.... Bah! me callo y dejo de escribir evidencias, que me desvío del tema.
No anhelo un coche más bonito, ni más grande, ni más potente; de momento no lo necesito para captar mozas, ni para vivir en él, ni para hacer carreras con nadie. No deseo casas ni apartamentos como segunda vivienda. Puede que no lo creáis pero no los puedo pagar y, aunque así fuera, solo me traería más comunidad de vecinos con los que discutir, más impuestos que pagar y me privaría de poder viajar a cualquier parte del mundo al tener la obligación moral de aprovechar los días festivos para, forzosamente, visitar y hacerme cargo de esa morada. Y eso sin contar con los gastos en impuestos, comunidad, reparaciones o mobiliario que me demandaría cada año, pudiéndolo invertir en viajes en hoteles de cinco estrellas donde no tendría que cocinar ni limpiar.
Bueno, ya está. Ya me desahogué.
Pero hasta yo me doy cuenta que esta declaración de principios se podría esfumar si, por algún equívoco del destino, llegara a alcanzar un gran éxito y triplicase mi actual y mísero sueldo o fuese premiado con el Gordo de La Primitiva. Para cuando llegue ese día me he guardado una última bala; un retén de moralidad; un Pepito Grillo en forma de *canción* para no perder la identidad. Aunque, llegada la coyuntura, no creo que le hiciera demasiado caso. Pero dicen que la música alimenta el alma y, seguramente (y tras venderla), sería la única parte de mi cuerpo necesitada de nutrientes.
No me mandeis más cartas, ni más e-mails, ni más SMS; no me interesa un crédito, ni unas acciones en la bolsa, ni otra hipoteca. Mi filosofía es esa que dice que no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Y, sobre todo, no quiero más preocupaciones añadidas. Lo que deberíais hacer es dejar de ser bancos zombies y empezar a poner en circulación el dinero. Dar crédito o lineas de descuento a las pequeñas y medianas empresas para que puedan ofrecer trabajo. Y.... Bah! me callo y dejo de escribir evidencias, que me desvío del tema.
No anhelo un coche más bonito, ni más grande, ni más potente; de momento no lo necesito para captar mozas, ni para vivir en él, ni para hacer carreras con nadie. No deseo casas ni apartamentos como segunda vivienda. Puede que no lo creáis pero no los puedo pagar y, aunque así fuera, solo me traería más comunidad de vecinos con los que discutir, más impuestos que pagar y me privaría de poder viajar a cualquier parte del mundo al tener la obligación moral de aprovechar los días festivos para, forzosamente, visitar y hacerme cargo de esa morada. Y eso sin contar con los gastos en impuestos, comunidad, reparaciones o mobiliario que me demandaría cada año, pudiéndolo invertir en viajes en hoteles de cinco estrellas donde no tendría que cocinar ni limpiar.
Bueno, ya está. Ya me desahogué.
Pero hasta yo me doy cuenta que esta declaración de principios se podría esfumar si, por algún equívoco del destino, llegara a alcanzar un gran éxito y triplicase mi actual y mísero sueldo o fuese premiado con el Gordo de La Primitiva. Para cuando llegue ese día me he guardado una última bala; un retén de moralidad; un Pepito Grillo en forma de *canción* para no perder la identidad. Aunque, llegada la coyuntura, no creo que le hiciera demasiado caso. Pero dicen que la música alimenta el alma y, seguramente (y tras venderla), sería la única parte de mi cuerpo necesitada de nutrientes.
sábado, 17 de agosto de 2013
Ser hormiga (o los versos más infames jamás escritos)
Ando de vacaciones en la casa del pueblo
y quiero evadirme de preocupaciones, responsabilidades y ajetreos.
Y el mejor modo que encuentro es realizar los mismos actos que cuando era un niño,
ese niño inconsciente que no sabía nada sobre la existencia de esos martirios.
Y me he puesto a rememorar el día a día de ese dulce mocoso
que se quedaba embobado con cualquier nimiedad del grosor de un piojo.
Y no hay mejor forma que analizar el suelo del patio
para, ¡Oh, sorpresa!, encontrar una hilera de hormigas al raso.
Y acerco mi enorme cabeza para enfocar, con bizca mirada,
una pequeña porción de esa fila tan bien delineada.
Y me doy cuenta que posee dos sentidos, uno de ida y otro de vuelta,
perfectamente trazados para salvar el montículo que conduce a la vivienda.
Y veo como entrechocan antenas e intercambian información.
Y reciben y dan órdenes, y nadie se aventura fuera del pelotón.
Y me recuerda a los automatismos de una empresa, al vaivén de un cambio de turno,
al cuchicheo entre trabajadores y a la monotonía del ir y volver diurno.
Y me pregunto si, dentro del hormiguero, habrán veraneantes descansando de esa incesante circulación,
y si también les llegan los rumores que sus atareadas compañeras propagan con tanta decisión.
Y pienso en mí a la hora de la siesta tragándome el circo de los, mal llamados, rumores rosas.
Y es que rosa es sinónimo de buen olor, y para mí todo esto apesta de forma horrorosa.
Y me doy cuenta que el TDT nos contamina con esa desinformación
a la misma velocidad con la que son capaces las hormigas de comunicar su situación,
aunque estoy seguro que ellas utilizan ese medio de comunicación para ser más productivas.
Y se me ocurre que los gobiernos también, que nos atontan con su programación y nos timan.
Y nos anestesian la conciencia con programas estridentes,
fútbol o alguna trama política mientras ensobran los billetes.
Y es deprimente.
Y, sin dejarme abandonar, vuelvo a fijar mi mente en el hormiguero.
Y vislumbro una mota de rebeldía, un cuerpecito de seis patas que rompe el sendero.
Y, como dijo el poeta, se hace camino al andar.
Y va, sin dudarlo, a un pedazo de pan.
Y puede que sea una visionaria en su comunidad o una rompedora de normas,
pero no engaña y se mueve por los mismos anhelos que el resto, alimento en cualquier forma.
Y cuando detecta el manjar vuelve tras sus pasos para acabar acariciando las antenas de sus congéneres.
Y la tropa se detiene un segundo, lo suficiente para hacer llegar las noticias hasta el último de sus seres.
Y, con movimiento marcial, se encaminan hacia el objetivo fijado
para dar buena cuenta del panecillo hallado.
Y es posible que premien a la astuta hormiga, con unas cortas vacaciones, por cuidar de la comunidad
y que, en próximas salidas, encabece la expedición para que sus dotes olfativas se puedan aprovechar.
Y procuro recordar gestos tan generosos que alguna persona haya protagonizado a lo largo de algún espacio temporal.
Y recuerdo muy pocos, mientras imagino que en esta comuna tienen, al menos, a una heroína diaria. Y eso para ellas es normal.
Y pienso que nunca seremos hormigas. Y dejo de mirar insectos al no ser capaz de fantasear
porque la madurez me acaba invadiendo y no me deja soñar.
Y me deprimo aún más.
lunes, 12 de agosto de 2013
Cruce en el camino
Lo reconozco, en el trabajo puedo ser una pesadilla. No para mis compañeros o jefes, no. Para ellos soy un buen trabajador (supongo). Me gusta fastidiar a los cohabitantes de mi lugar de tránsito; o sea, al resto de conductores. Por cierto, trabajo de transportista. Y no lo hago por ser intrínsecamente malvado, solo que, a veces, me aburro y me distraigo tocando las narices. Aunque siempre intento que sea de la forma más sutil, como si no supiera lo que hago.
Suelo hacerlo casi siempre en ciudad porque el ritmo de estrés es más alto y los coches y motos circulan con esa clase de agonía que tanto juego da. Pero centro mis víctimas, básicamente, en ciclomotores y taxis, aunque no hago ascos a algún chaval que piensa que la calle es suya y el resto sobramos. Bueno, y en general contra todo al que detecte faltando al respeto y avasallando al personal.
Y aquí voy a hacer un inciso. Quiero avisar, a los posibles merodeadores que lean esto, que esta afición es muy peligrosa y explicaré el porqué. Todos sabemos que, normalmente, las personas que depositan sus posaderas en el asiento del conductor se tornan irremediablemente inestables. Yo mismo he pasado por esa fase y era un auténtico psicópata. Misteriosamente no afecta a los niveles de adrenalina ni de agresividad si te equivocas de sitio y acabas en el sillín del copiloto, pero estas incongruencias las dejo para otro día. Por eso, si se os ocurre gracias a este escrito molestar a algún insensato, que sepáis que no tendré cargo de conciencia si se baja el loco al volante y os pega dos hachazos en la yugular. Avisados estáis.
Pues como iba diciendo, para lograr mi arriesgado cometido utilizo cualquier truco o ventaja a mi alcance. Hace unos años poseía un vehículo que tenía mal orientado el pitorro del limpia parabrisas. Vamos, que no disparaba hacia el cristal. El surtidor dibujaba una parábola perfecta, hacia delante y a la izquierda, para acertar en el casco (o en la cabeza si el motorista era un inconsciente) del incauto que parase su ciclomotor a mi lado. Recuerdo que todos miraban al cielo pensando que llovía o que una paloma había defecado sobre ellos (cosa muy probable en Barcelona) y, por supuesto, nunca fui culpado.
Normalmente tengo una visión privilegiada dado a que mi posición al volante es considerablemente más alta que la del resto de conductores. Esto me proporciona la virtud de poder adelantar movimientos para bloquear a taxistas contra coches en doble fila o vetar el paso a ciclomotores propensos a la maniobra del zig-zag. Pero hay extrañas ocasiones en las que no hace falta tramar argucias para mosquear a alguien.
El otro día, bajando tranquilamente por una urbanización situada en la montaña, me topé de cara con una mujer que subía con su utilitario en dirección contraria a la mía. Esta clase de calles, además de tener desniveles importantes, suelen ser bastante estrechas y esta no era una excepción. Agravaba el problema el hecho de que hubieran coches estacionados a los dos lados de la vía, con lo que parecía físicamente imposible pasar los dos a la vez. Hice señas a la muchacha para que pasara ella primero ya que estaba convencido que, aún a duras penas, podría colarse entre mi furgón y los coches estacionados, pero estaba paralizada y no me hacía caso. Más de tres minutos intentando hacer ver a la conductora que lo que yo conducía no era un tanque ni lo suyo una fragata. Entonces, para desatascar la situación, decidí adelantarme unos metros y no dar más opción, a la chica, que dar marcha atrás.
Irremediablemente hizo lo esperado, pero cuando me crucé, con la ventanilla bajada para agradecerle el gesto, escuché un grito reproducido con las siguientes palabras:
- ¡¡Mecagontuputamadrecabronhijodelagranputa!!
No sé si fui yo, al dar un pequeño volantazo, o la onda expansiva del alarido, pero puedo jurar que el camión llegó a balancearse. Lo cierto es que esta clase de reacciones no me molestan lo más mínimo. Estoy tan acostumbrado que, como ya he comentado, hasta me hacen gracia. Pero esta vez me pilló totalmente desprevenido, al tratarse de una apacible urbanización, y el susto sí me lo llevé. No me quiero imaginar a esta pobre mujer despotricando a diestro y siniestro mientras intenta callejear entre la jauría humana de la capital, capaz de explotarle la cabeza.
martes, 6 de agosto de 2013
Entrevista grupal
Ya lo tenía decidido. Nadie de mi empresa confiaba en mis características innatas para el análisis. Quería cambiar de trabajo y, con esa idea, me hallaba en la entrevista grupal. Éramos cuatro candidatos, sentados en semicírculo, disputándonos un puesto de esa manera que tan de moda está en las grandes empresas. Pep, el coordinador de recursos humanos, ya nos había informado de las condiciones laborales y, tras ver como las aceptábamos obedientemente, propuso un juego mental.
La prueba consistía en sumergirse en la piel de una persona que volvía a su casa, en el Pirineo, y se encontraba con unos guardias forestales delante de su morada para advertir sobre una posible riada que podía destruir el pueblo. Por ese motivo teníamos que salvar, de la ficticia vivienda, un objeto de la siguiente lista: una radio, unas fotos de la infancia, las notas académicas, una guitarra eléctrica o unos archivos administrativos de una organización ecológica. Una vez seleccionado debíamos presentarnos al resto de aspirantes y argumentar la razón de la elección. Pep, para dotar de más realismo al ejercicio, dio el mismo tiempo que tendríamos si realmente se avecinara el desastre: cinco minutos.
Solo necesité tres segundos para tomar la decisión y dediqué el resto del tiempo en examinar, con mis maestras dotes de observación, al resto de contrincantes y, de paso, la sala donde nos encontrábamos. Era acogedora y sencilla, pero lo más llamativo fue ver la serigrafía y los colores de la corporación en cada objeto del cuarto; desde las sillas hasta un simple post-it eran verdes y, todos y cada uno de ellos, portaban el nombre de la empresa marcados del derecho o del revés. Incluso la corbata del entrevistador iba a juego con el mobiliario, demostrando la dedicación incondicional que profesaba a la empresa. De mis compañeros solo pude intuir una edad parecida a la mía y una concentración máxima en la tarea. Nada extraordinario.
Pep levantó la vista de la pantalla del portátil y dio por terminado el proceso de reflexión. Esperó a que nos asentáramos en las sillas y, con un gesto de su mano, nos invitó a inaugurar el debate.
- Me llamo Marcel y, con vuestro permiso, me gustaría ser el primero. -dijo mientras nos miraba de soslayo. Creo que todos respiramos aliviados cuando, con su iniciativa, nos robó el dudoso honor de abrir la pugna. - Mi elección ha sido muy sencilla dado que, como todos podéis ver, soy Rocker. No podría vivir sin la música de mi guitarra eléctrica y, además, siempre podría vender ese valioso instrumento en caso de perder todas mis pertenencias en la catástrofe.
No me entraba en la cabeza que mis sentidos no hubieran captado que, por llevar coleta, barba de siete días y botas camperas, tuviéramos que deducir su tribu urbana. Pero los improvisados aplausos de mis compañeros, que me pillaron por sorpresa, me sacaron de mi asombro y me uní con celeridad a la calurosa celebración para no desmarcarme del grupo.
- Hola, me llamo David -dijo el siguiente chico- y, como ya habréis deducido al verme, soy Hippie. Mi elección es, sin duda, los documentos administrativos de la organización ecológica. De hecho pertenezco a una y he supuesto que mis compañeros confiarían en la seguridad de mi casa para guardar esos documentos tan valiosos y, claro, no podría defraudarlos.
¿Vestir con un pañuelo palestino le tenía que transformar, a nuestros ojos, en Hippie?. Porque era lo único que, vagamente, podía dar una pista de su clase social. Esta vez estaba preparado y pude aplaudir como si perteneciera a una secta o me ganara un bocadillo en un programa de televisión.
- Me toca. -se apresuró a decir el tercer hombre- Me llamo Juan y, obviamente por mi aspecto, soy un Nerd.
Venga ya. No me lo podía creer. ¿Peinarse con la raya al lado y llevar gafas de pasta te convierte en Nerd?. Y yo sin saberlo. Si es así, también Superman pertenecía a ese clan.- Y mi elección son las notas académicas. Uno es lo que sabe y si no puedes demostrarlo no eres nadie. Así que, sin esas pruebas, jamás podría lograr un trabajo acorde con mis estudios.
Volvimos a repetir la absurda y efusiva tradición palmera, pero esta vez, al acabar, me acomodé en la silla y afiné la garganta con un carraspeo. Llegaba mi turno y pensé, mientras repasaba mi vestimenta, en qué decir para estar a la altura de mis rivales. Esto propició, de forma totalmente involuntaria, un silencio dramático que ayudó a espolear mis nervios, pero algo tenía que decir.
- Buenas, me llamo Carlos. -comencé a recitar- Y es posible que, por embutirme en esta ajustada camiseta rosa que hace de lienzo a este arco iris -dije señalando mi pecho- penséis que soy gay. Lo cierto es que me importa un pito lo que creáis aunque para que no me tratéis como a un "rarito" y, por no faltar a la verdad, confesaré que esta prenda me la regaló mi mujer; por lo que soy heterosexual. Mi elección ha sido muy sencilla. Antes que empezar a coger cualquier mierda absurda de mi casa saldría corriendo como alma que lleva el diablo. ¿Ganaría algo si me engancha el tsunami, recogiendo cualquier porquería inútil, y acabo perdiendo la vida?
Por supuesto nadie contestó. Solo un incómodo silencio. Interrumpido a los diez segundos por un caritativo intento de apoyo que constó de dos tristes palmadas, a cargo de David el Hippie, que nadie secundó pero que agradecí con una cómplice mirada. Tras esa última intervención acabó la entrevista grupal y nos acompañaron a la salida, no sin antes informarnos que, en menos de cuatro días, llamarían al aspirante elegido para la vacante.
No supe más de esa gran empresa y, la verdad, no sé si hice algo mal en la entrevista. Mi nivel de conocimientos y experiencia era similar a la del resto de competidores, pero es posible que no convencieran mis respuestas en el examen psicológico. Puede que, al salir corriendo, pensaran que era demasiado cobarde. O es posible que me etiquetaran como rebelde al no haber seleccionado ninguna de las opciones del ejercicio. Vete tu a saber.
Aunque lo que mi sagaz olfato detectivesco me indicaba es que, probablemente, Pep fuera un homófobo.
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