miércoles, 2 de septiembre de 2015

La familia




Hay días como hoy que, por alguna inexplicable combinación, me invade cierta melancolía y tengo ganas de escribir. Y es raro, porque normalmente me pongo a hilvanar palabras cuando estoy de buen humor. Así, no es de extrañar que lo primero que se me pase por la cabeza sea el último funeral al que asistí, el de la madre de mi amigo Manel. Y como mi extrema vagancia me impide desechar ese primer pensamiento para dar caza a un segundo, me centraré en lo que más me impactó de aquel día.

Ocurrió en la puerta del tanatorio, tras abandonar el sepelio, justo en ese incómodo momento en que los asistentes, si cabe aún más sensibles y aturdidos por culpa de la ceremonia, se ponen de acuerdo para montarse en los coches que les acercarán al cementerio. No sé si ocurre igual en todos los lugares, pero sí al menos en una gran ciudad como es Barcelona.

Yo no tenía intención de estar presente mientras daban sepultura a la fallecida. Pienso que es un momento muy íntimo, en el que solo deberían comparecer las personas más allegadas. Así que me dispuse a despedirme de los familiares y, uno a uno, fui dándoles el pésame.

Al llegar a una de las hermanas de mi amigo (y, por consecuencia, una de las hijas de la fallecida) rompió a llorar y, en un arranque de sinceridad, me confesó lo desamparada que se sentía al tener a sus padres fallecidos. Sin ellos, el núcleo familiar había dejado de existir. Era como si su familia se hubiera disuelto. Luego, al ver que su marido la observaba de forma peculiar, rectificó su discurso y se/lo intentó consolar asegurando que ya sólo le quedaba su esposo. Hubiera dado igual lo que hubiese dicho, porque juraría que ese hombre ni se inmutó. Además, gasta esa extraña mirada de no enterarse de nada, y a la vez sentirse ofendido, en todo momento. Y, conociéndolo como lo conozco, apostaría más por la primera sensación de cabeza hueca que por la segunda de enfado. Pero lo que me impactó no fue la cara de alelado de su marido, sino la desoladora indefensión, sumada a la sensación de abandono, que me transmitió esa mujer. 

¿Cuándo deja uno de pertenecer a la familia de sus padres para formar una propia? ¿En qué momento emergemos de su ala protectora para enfrentarnos al mundo cara a cara? ¿Es necesario esperar a que mueran para convertirte en eje familiar? Son preguntas que me hago. Y seguro que cada cual tendrá una respuesta a su medida.

Por suerte, aún no he sufrido la muerte de ninguno de mis padres. Pero quizá tenga razón Paquita (así se llama la hermana de mi amigo). Quizá mi familia deje de existir cuando mis padres mueran.

Por supuesto que considero a mi mujer como de la familia, pero hay un lazo eterno entre mis padres y yo que nadie, ni tan siquiera ella, podrá obtener nunca. Porque con mi mujer cabe la posibilidad de que, algún día, acabe nuestra unión con un divorcio; aún sin quererlo ni desearlo. Pero de mis padres no podría desvincularme ni queriendo. Es una relación para siempre. Mientras estemos vivos, claro.

Esta deducción me ha llevado así, por casualidad, a dejar de pensar en el entierro y comenzar a valorar ese concepto de familia que mantengo para toda la vida con mis padres.

Empezaré aclarando que mis padres están felizmente divorciados desde que yo tenía doce años. No entiendo a los matrimonios que no se aguantan pero que continúan juntos por el bien de sus hijos. Es absurdo. Lo que quiere un hijo, lo que necesita, es ver felices a sus padres. A los dos. Y si no puede ser viviendo bajo el mismo techo, pues mejor cada uno por su lado. Supongo que para ellos no fue fácil romper con su matrimonio. Incluso hubo varios intentos de reconciliación, aunque ninguno fructificó. Hace veinticinco años, ser hijo en una familia desestructurada era sinónimo de ser un niño problemático, de estar emocionalmente perturbado. Para nada. Mucho más traumático es vivir con unos padres amargados que se hacen la vida imposible. 

Así pues, desde hace más o menos un cuarto de siglo, el trato con mis padres en realidad son dos relaciones: la que mantengo con mi madre, con la que conviví hasta emanciparme, y la de mi padre. Además de sus respectivas parejas, claro. Porque esta circunstancia ha dado pie a la insólita situación de haber asistido a las dos nuevas bodas de mis padres. Pocas personas pueden decir esto. Una vez divorciados, mi madre se casó con otro hombre, mi padre con otra mujer, y yo fui invitado a las dos ceremonias siendo ya mayor de edad.

Pero quería hablar de relaciones, no de curiosidades. Así que, vayamos al lío.

Mi padre es mi padre, de eso no hay duda. El parecido físico lo delata. De lo que ya no estoy tan seguro es de que se involucrara, para hacer de mí lo que soy, con algo más que no fuesen sus propios genes. Ya he comentado que mis padres se separaron entrando yo en la pubertad, pero tampoco es que pasara mucho tiempo por casa durante los años anteriores. Si tuviera que valorar su labor como padre no sabría muy bien qué nota ponerle. Quizá dejaría su casilla en blanco, por incomparecencia. Hubo una época, durante mi adolescencia, en la que pareció interesarse por mí y trató de hacer actividades juntos para vernos más a menudo. No lo hizo porque pensara que necesitaba ayuda o apoyo paternal, sino porque intuía que ya podía hacer conmigo todas esas cosas con las que él disfrutaba: ir de pesca, apuntarnos juntos a un gimnasio, jugar a fútbol, salir de marcha... Eso estaba muy bien, pero yo hubiese preferido, además, compartir otras cosas. Que me hubiese enseñado a afeitarme cuando surgió bajo mi nariz aquel desaliñado felpudo. Que se interesara por mis aficiones aunque no coincidieran con las suyas. Que me advirtiera de que, por mucho que nos esforcemos, no hay quien entienda a las mujeres... Vamos, todas esas cosas que se esperan de un padre y he tenido que aprender solo. Pero no. En lugar de un padre tuve un colega. Y no por mucho tiempo. 

Tampoco me voy a quejar. Seguro que hay personas que sufrieron una infancia terrible por culpa de su padre. Otras, en cambio, disfrutarían de uno genial. Ninguno de los dos es mi caso, porque, sencillamente, mi padre no se presentó a esa responsabilidad, a ese trabajo que consiste en hacer de padre.

Desde que nos casamos (cada uno con nuestras respectivas esposas, que no juntos) apenas hemos vuelto a vernos. Sólo coincidíamos en fechas señaladas (comidas navideñas, cumpleaños, etc...) pero desde que murió mi abuela (o sea, su madre), y acabó peleado con sus hermanos, creo que nos hemos visto una sola vez. O ninguna, porque no recuerdo dónde pudo ser. Pero nuestra relación es así. Nos vemos si nos encontramos y, en esas raras ocasiones, tampoco solemos hablar demasiado. Eso sí, nos echamos unas risas, porque el hombre tiene unas salidas la mar de ingeniosas. Se puede decir que nuestra relación es similar a encontrarse cada cinco años con el cachondo del barrio, hablar de fútbol, o de cualquier otro tema igual de banal, y acabar muerto de risa con las paridas que suelta. No hay más. Y, a estas alturas, tampoco se le espera.

Con mi madre es diferente. Ella siempre ha estado ahí, criándonos primero y más tarde ayudándonos como mejor supo. Dedicó gran parte de su juventud en preocuparse por nuestras necesidades (hablo en plural porque también tengo una hermana). Unas veces acertando más y otras menos, pero siempre buscándonos la mejor posición desde la que afrontar la vida.

Hubo un punto de inflexión en el grado de comunicación con mi madre. Siempre he podido hablar con ella de todo, pero cuando me fui de casa, aún viviendo a tan solo quinientos metros de distancia, dejamos de vernos a diario. Este hecho propició, de forma comprensible, que la relación se enfriara. Imagino que ver a tus hijos independizados ayuda a que el nivel de preocupación por tus retoños descienda considerablemente. Ya no hay que estar pendiente de que coman, se vistan o se duchen. Uno puede, de alguna forma, retomar su vida donde la dejó cuando cambió sus prioridades por cuidar a unos mocosos.

Hace más o menos un año, y por circunstancias de la vida, mi madre y su marido se fueron a vivir a Tenerife. No penséis que hemos perdido el contacto. De hecho, en febrero estuve una semana de vacaciones en su piso insular y nos llamamos al menos un par de veces al mes. Quizá más de lo que lo hacíamos cuando vivíamos uno al lado del otro. Aunque nunca hemos sido grandes aficionados a tertulias telefónicas. Pero cada vez que hablamos noto en sus palabras un suspiro de melancolía. Como si parte de su lejanía la considerara un pequeño exilio. De ser así sería totalmente auto impuesto, eso por descontado, pero no deja de aparecer por el auricular con una voz ligeramente rasgada. O igual son imaginaciones mías, vete tú a saber.

Como se puede comprobar, mi familia está bastante dispersada. Aunque esta circunstancia no afecta para nada a que continúe siendo mi familia para toda la vida. Ese sentimiento es innegociable. Y es curioso porque, volviendo a Paquita, la hermana de mi amigo, no dejo de pensar en lo unida que estaba a sus padres. Bueno, sé que su padre murió viviendo ella aún en su casa, pero cuando se emancipó lo hizo para trasladarse, con su marido, a un piso más arriba del de su madre y en la misma escalera. Cada día la veía. Si no era en su piso, era en el suyo. Y si no en el trabajo, pues es verdulera en el mercado que queda al lado de su casa, donde su madre solía ir a comprar.

Para ella, el contacto familiar era intenso, firme, constante. Como la relación que mantiene la yema con la clara en un huevo duro. En cambio, la mía está deslavazada, es poco frecuente y resulta esporádica. Como el contacto que mantiene la yema con la clara en unos huevos revueltos. 

Bien mirado, las dos son recetas válidas para que una familia se relacione. Y estoy seguro de que, según cómo se cocinen, las dos pueden salir igual de buenas. 

Vaya símil culinario más raro me ha salido. ¿Será que me ha entrado hambre?

sábado, 8 de agosto de 2015

El centinela


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     Hoy me apetece contar una anécdota. Pero no una de esas historias cotidianas que suelen suceder cualquier día de la semana, no. Me refiero a esa clase de episodios que, por algún misterioso proceso químico en el cerebro, quedan grabados en la mente de forma indeleble. Y para eso tengo que escarbar en el pasado, porque, cuanto más antiguo es un hecho, más me gusta contarlo. Seguramente se deba a que disfruto dando forma a todas aquellas partes que no logro rescatar de mi memoria. Igual que un buceo da para lo que uno es capaz de aguantar la respiración, un recuerdo alcanza sólo para lo que ha quedado esculpido en la mente. Aunque, en definitiva, los dos representen un pequeño viaje a las profundidades. Pero mejor me dejo de ilustraciones baratas y me pongo a narrar.

     Todo empezó hace veinte años, cuando yo tenía diecinueve. ¿Sabéis cual era la principal preocupación de un chico de mi edad por aquel entonces? Puede que no lo recordéis; incluso es posible, según lo jóvenes que seáis, que no tengáis ni idea. La respuesta es sencilla: estar pendiente de cumplir con el servicio militar obligatorio. O, en caso de ser objetor de conciencia, con los servicios sociales que los sustituían. A mí, como buen pasota que era (y soy), me daba igual hacer una cosa que la otra. Pero como era más pesado rellenar instancias y esperar a que les apeteciera asignarme una labor, decidí presentarme a la llamada a filas y acabar en nueve meses (ocho, si tenemos en cuenta que uno pertenecía a las vacaciones) con todas las obligaciones con y para el estado. Así fue como acabé disfrazado de artillero en un cuartel de Palma de Mallorca, sin saber muy bien qué pintaba allí. 

     Ya está, pensaréis. Ya llegó ese maldito día en el que este pesado empieza a contar batallitas de la "mili" que aburren, que no tienen gracia alguna y que no interesan a nadie excepto a quienes las protagonizaron. Y, en cierto modo, tendréis razón. Pero, si no tenéis otra cosa mejor que hacer (y haber llegado hasta aquí, leyendo, me hace sospechar que no), dadme una oportunidad para que os cuente esta especie de fábula. No puedo prometeros una historia fantástica, pero lo que sí aseguro es un suceso peculiar. O igual no, ya veremos.

     Pues estaba yo en Mallorca, vestido todo de verde e inmerso en unas maniobras militares. ¿Que qué son unas maniobras militares? Muy sencillo: básicamente una excursión. Una acampada de una semana, en el campo o en la playa, donde se intenta hacer ver que estamos en medio de un conflicto bélico. Vamos, lo que se viene denominando "jugar a la guerra". Aunque estas maniobras eran un tanto especiales, pues en ellas participaban todos los cuarteles de la isla. Para que la contienda fuese más realista, se habían creado dos bandos que debían enfrentarse entre sí. Por un lado las COE (Compañía de Operaciones Especiales) o boinas verdes, que son la élite de nuestras fuerzas armadas. Y por el otro el resto, que éramos muchos más, principalmente infantería y artillería, pero en teoría menos preparados. El escenario escogido para la ocasión era el Puig Major, un enclave de alta montaña precioso, con un lago artificial creado por una presa, sobre la que recibimos órdenes específicas de defender día y noche.

     Y en una de esas noches me encontraba yo. 

     Solo. 

     Haciendo una guardia de tres a cinco de la madrugada. 

     Si tenemos en cuenta que las guardias se producen entre las once de la noche y las siete del día posterior, y que siempre se alargan durante dos horas, estaremos de acuerdo en que el segundo y tercer turno, que era precisamente el que me traía entre manos, son los más engorrosos. Porque con el primero es, sencillamente, como si trasnocharas, y hacer el cuarto es igual que pegarse un buen madrugón. Pero eso de interrumpir el sueño para salir a pasear un rato, sin hacer nada y volver a acostarse, es uno de los mayores incordios que puede sufrir uno en el servicio militar. Pero era lo que tocaba. Y no me podía quejar.

     Observé la hora en las agujas de mi reloj. Las tres y diez, y una aburrida noche por delante. No era mi primera guardia (ni, desgraciadamente, fue la última) y pensé que, mirándolo bien, tenía la suerte de estar al aire libre y no encerrado en un cuartel, que es como suelen hacerse todas las guardias. De toda la vida me he sentido más atraído por la montaña que por el mar y, como ya he comentado antes, el lugar era espectacular. Tres cimas de escasa vegetación y mucha roca suelta rodeaban el lago. Desde mi punto de vista, una a cada lado de la presa y una tercera más atrás, tras la quietud de sus aguas. Todo iluminado por el suave brillo de una luna que parecía situada en el lugar preciso para disfrutar de su reflejo en el estanque. El silencio de la naturaleza lo inundaba todo, quebrado tan solo por el sonido lejano de unos cencerros que colgaban del pescuezo de unas asilvestradas cabras que poblaban los riscos. La temperatura era ideal para la gruesa ropa mimetizada que vestía, y poder disfrutar de la vía láctea sobre mi cabeza era un festín inesperado para un despistado contador de estrellas como yo. 

     Tras dar un par de paseos taciturnos hacia el centro de la presa y volver, comprobando que no había nada que alterara mi idílica soledad, me senté en el suelo, y me dispuse a disfrutar de la estupenda panorámica mientras esperaba la hora de dar el relevo. La misión consistía en salvaguardar el lado de la presa que yo custodiaba, así que tampoco podía alejarme demasiado de la vera de la montaña.

     A decir verdad, me importaba un pimiento la guardia. Por mí como si nos atacaban las COE, los marines americanos o nos invadían los marcianos. Es más, si nos cercaba un batallón enemigo y nos llenaban el campamento de mochilas que simulaban ser bombas, aún gozaríamos de un día de descanso por ser abatidos. Eso mismo era lo que le había ocurrido a la primera batería anti-aérea el día anterior (yo pertenecía a la segunda) y no sufrieron consecuencia alguna. Salvo holgazanear veinticuatro horas. Desear mi propia muerte, durante las maniobras, era una muestra más de la poca implicación que sentía hacia las fuerzas armadas.

     Pero aquella noche no pasaba nada. 

     Nada de nada.

     Como ya llevaba un buen rato disfrutando de la más absoluta nadería, se me ocurrió mirar el reloj para saber cuánto más debía resistir el exasperante sopor. Y, sorprendentemente, no pude ver nada. Para ser más exactos diré que distinguí un borrón de plástico oscuro que se mantenía enganchado a mi muñeca izquierda, aunque fui incapaz de hallar las agujas, y mucho menos los números, en esa mancha tan oscura. Pero es que ni colocándola a un palmo de mi nariz.

     Por lo pronto me extrañé. ¿Cómo era posible que no viera la hora cuando hacía unos minutos reconocía hasta el segundero? ¿Podían haber sido maldecidos mis ojos, de forma espontánea y por caprichos del universo, con tres o cuatro dioptrías de golpe? Por mucho que me esforzaba, no lo entendía. Hasta que, ya desesperado, alcé la vista al cielo y me percaté de que, ¡ops!, ya no estaba. La diosa de las mareas había desaparecido. Entonces lo vi claro. Bueno, la verdad es que lo veía todo igual de oscuro, pero comprendí que, faltando la Luna en el firmamento, ni mil millones de soles (o estrellas, que tanto da) brillando desde galaxias lejanas darían para alumbrar las manecillas de mi reloj.

     ¿Y dónde había ido a para la Luna? Porque hacía un momento estaba ahí, enfocando con su luz sobre un cielo raso y estrellado. Mis ojos no daban crédito.

     Como podéis comprobar, por aquel entonces yo era un chaval muy inocente. Lo era entonces y lo continúo siendo ahora. Si hay una cualidad en mí que nunca cambiaría es lo ingenuo que puedo llegar a ser. Con esta filosofía consigo que la vida me sorprenda a diario, que me deje maravillado. Aunque en esta ocasión, y vistas las circunstancias del relato, más bien quedé horrorizado.

     Imagino que ya sabéis qué misterio lleva a que la Luna desaparezca así, de sopetón y sin avisar. Pero de todas formas, por si, tal como sucedió conmigo hace veinte años, jamás os habéis parado a pensarlo, lo explico en un santiamén. Yo guardaba el convencimiento, adquirido desde mi más tierna infancia, de que la Luna iba tan ligada a la noche como el Sol lo estaba al día, pero realmente no es así. Aquí el único que marca el tempo es el Sol, anunciando el día con su salida y provocando la noche con su ausencia. La Luna, en cambio, pasea por libre, aunque siempre dentro de su calendario, pero no se ciñe al día y la noche para marcharse o aparecer. Tan pronto se puede ver de día como despedirse durante la noche. O al revés. Y, si coincide su salida con la oscuridad, no tiene porqué estar visible hasta que amanezca. Sí, ya sé que se trata de una explicación muy simple e inexacta, pero creo que suficiente para entendernos, porque no voy a liarme con tecnicismos ni ciclos lunares a estas alturas de relato. Así que, medio aclarado el tema, mejor lo retomo por donde lo había dejado.

     La Luna se había esfumado, eso seguro. Cansada de que no sucediera nada, como lo estaba yo, decidió marcharse sin tan siquiera despedirse. Por un momento me enfadé. Conmigo mismo por no haber previsto la situación y con ella por traicionarme de esa forma. Sin Luna, sin linterna y sin una mísera cerilla o mechero a mano (jamás he fumado), procuré girar mi muñeca en todas direcciones para encontrar, al menos, algo de luz en la naturaleza. Pero nada. Todo era inútil. Ni una mísera luciérnaga.

     Cuando ya pensaba que nada podría empeorar mi guardia, y con la certeza de que acabaría arrestado por no dar el relevo a la hora pactada, ocurrió algo que me desconcertó aún más. No sé si fue por quedarme prácticamente ciego o tuvo algo que ver la desesperación del momento, pero noté una extraña sensación, cómo si de pronto agudizara los sentidos. Y creí percibir, bajo aquellos sonidos de cencerro que no habían dejado de acompañarme durante toda la noche, a uno que destacaba sobre el resto. Me levanté del suelo y me dirigí con cuidado, casi a tientas, hacía el extremo de la presa donde se escuchaba ese tañido. Dejándome guiar más por la curiosidad que por el deber, paré mi andadura a cierta distancia del repecho y miré hacia la cima. Como era de esperar, no vi nada raro. Aunque tampoco nada normal. De hecho, estaba tan oscuro que no veía nada. Apenas la silueta del monte dibujada en el cielo punteado de estrellas. Sobre su manto se cernía la más inmensa de las negruras. Sin embargo, volví a escuchar el sonido del cencerro. Como si un solista quisiera resaltar su melodía por encima del resto de la banda. Esta vez más cerca. Me pareció extraño que se tratara de una cabra abandonando a sus semejantes, pues llevábamos dos días dando vueltas por allí y a ninguna se le había ocurrido acercarse a nosotros.

     Otro repiqueteo. Aún más próximo. Sí, ya no había dudas, algo que portaba un cencerro bajaba por la ladera del monte. 

     En los días anteriores habíamos sido aleccionados sobre los grandes recursos utilizados por nuestro enemigo en el combate. Así que era posible, pensé, que se tratara de un boina verde (o dos, vete tú a saber) haciéndose pasar por una cabra para adentrarse en nuestras líneas. Mi sargento había insistido en que las COE eran capaces de hacer cualquier cosa para culminar una misión, así que camuflarse entre un rebaño de cabras silvestres se me antojó que podría tratarse de una buena táctica. Puede que un poco rara, sí, pero al fin y al cabo ingeniosa.

     Entonces se me ocurrió una idea. Podría librarme del arresto, ese que me caería por no dar el relevo a la hora convenida, con una captura. Tampoco tenía que pelearme con nadie, con dar el alto y descubrir la treta del enemigo sería suficiente para que se entregara. O al menos eso era lo pactado al principio de las maniobras.

     Decidí acercarme sin hacer ruido. Paso a paso, con cautela, como el que pisa un puente a punto de desmoronarse. Yo no podía ver nada, pero era igual de cierto que mi enemigo tampoco podía verme a mí. Con la jugada desvelada tenía la ventaja de conocer su posición en todo momento gracias a su estridente cencerro, así que me planté justo delante de la trayectoria que seguía el sonido y me quedé muy quieto, al acecho de mi presa.

     Una sombra difusa se dirigía hacia a mí sin vacilar, con la determinación de quien sabe exactamente a donde va. No podía calcular si era una persona, dos o un elefante, pero me daba igual. Lo tenía controlado. Tan pronto lo tuve a diez metros le di el alto y esperé su rendición.

     Nada. Ni caso. Seguía avanzando de forma inapelable.

     Llegados a este punto, me asusté. ¿Y si no era una persona y se trataba de un animal? No podía distinguir nada, pero la sombra seguía creciendo a medida que el bicho, o lo que fuera, se aproximaba. No podía concretar su forma, aunque su volumen iba en aumento. Unos segundos más tarde, su tamaño era ya monstruoso. Y el cencerro sonando, como un tren de mercancías avisando de que no iba a parar.

     Juro que lo tenía a tres metros y su velocidad era la misma. No había frenado ni un ápice su marcha, como una apisonadora. Era inmenso, inabarcable. No era una persona, ¡no podía ser una persona! Y se me echaba encima.

     El pánico se apoderó de mí y me paralizó. 

     La negrura de ese ser estaba tan cerca que lo llenaba todo. Si no se detenía me iba a atravesar. Me tragaría en su oscuridad y desaparecería para siempre. El cencerro sonaba tan fuerte que me dejaba sin aliento, como si unas campanas doblaran por mi trágico final.

     De golpe, cuando ya me encontraba caído de culo y sólo cabía esperar la muerte, todo terminó. Aunque, más que de golpe, fue por el golpe.

     Ese ser, que resultó ser una cabra, se espachurró contra la verja que cercaba la presa y salió en estampida por donde había venido, hacia la cima. Una verja, por cierto, que ni ella ni yo habíamos visto pese a estar situada a escasos centímetros de mi cara. ¿Qué sentido tenía, a parte de para darme un susto de muerte, que esa cabra bajara de la montaña para tragarse la valla ante mis narices? Ninguno. Sólo fue un hecho más, como tantos otros sucesos extraños que acontecen a lo largo de una vida.

     Yo estaba en el suelo, con los ojos fuera de las órbitas y el corazón desbocado. Tardé al menos medio minuto en reponerme. Cuando fui capaz de incorporarme me dirigí sin pensarlo hacia el puesto de relevos, y me daba igual la hora que fuese. Para mí, la guardia había terminado. Demasiados sobresaltos para una noche.

     Al llegar no hizo falta despertar al nuevo centinela ni al sargento. Llevaban quince minutos esperándome y ya se temían lo peor. O sea, que me hubiese fulminado el enemigo y que toda la presa estuviera infestada de bombas. Sólo les expliqué el problema que tuve con mi reloj, guardándome para mí, y ahora para vosotros, la cita a ciegas que protagonicé con la cabra. Así fue como me gané una reprimenda y los dos primeros días de arresto, de un total de seis, que cumplí al finalizar las maniobras. Nada que no me esperara.

     Lo cierto es que fueron unas maniobras muy movidas. También recuerdo cuando fui reclutado, dos días después, para realizar la emboscada más surrealista que os podáis imaginar. Pero... espera un momento. Esto ya es otra historia. ¿Será posible? Aquí está la prueba irrefutable de que, cuando un hombre empieza a contar batallitas de la mili, luego ya no hay quien lo pare. Así que, si os parece bien, mejor lo dejamos para otro día. Siempre y cuando os haya gustado esta, claro.

domingo, 12 de julio de 2015

El hallazgo



     Hacía dos días que el paleontólogo Charles Zhickarius, la mayor eminencia  sobre el Paleolítico superior, había regresado a su laboratorio de Londres para practicar unas pruebas al estómago del hombre momificado desenterrado en Somalia, la cuna del Homo Sapiens. Sobre los primeros análisis efectuados a pie de excavación no se albergaban dudas: existían trazas de ADN humano entre los alimentos digeridos. Sólo con aparatos más sofisticados se podría determinar a qué zonas del cuerpo pertenecían esos restos.

     Como buen científico, Charles ya había publicado una teoría que, aún sin su consentimiento, fue divulgada en revistas especializadas y traducida a quince idiomas. No le importaba. En cuanto aparecieran los resultados podría completar su tesis y acabaría dando por buena esa conjetura que acusaba a nuestros antepasados de caníbales. Hipótesis que él mismo había defendido en multitud de convenciones.

     95%...

     98%...

     100%

     El Dr. Zhickarius clavó la vista sobre los datos aparecidos en la pantalla de su ordenador. Durante un buen rato.

      — Y bien, Doctor —interrumpió, al fin, su ayudante.

     Charles lo miró de soslayo, sin decir palabra, con el ceño fruncido, pensando hasta qué punto se podría considerar canibalismo, o una broma pesada perpetrada entre aborígenes ancestrales, el aderezar la comida con mocos.


jueves, 2 de julio de 2015

El Idiota


Hoy, tras año y medio formando parte de una empresa donde trabajo ocho horas diarias todos los días laborables, me apetece hablar de mis compañeros. Más bien de uno en concreto que, por mantenerlo en el anonimato, lo denominaré "El Idiota". Así, en mayúsculas, como si fuera su verdadero nombre o un título nobiliario. Bueno, lo haré por mantener la incógnita y porque, sinceramente, creo que llamarlo idiota le define con exactitud.

Yo ya lo venía sospechando desde hace tiempo, pero soy una persona tan escéptica con los prejuicios hacia los demás que no me he atrevido a asegurarlo hasta pasado más de un año. Siempre pienso que existe, de alguna forma, una razón coherente para que alguien se comporte de un modo tan irracional. Por eso mismo nunca afirmo que alguien sea idiota y pienso que es más correcto decir que una persona "parece idiota" o "se hace el idiota". Yo mismo puedo parecerlo en algún momento. De hecho, todos podemos ser confundidos por uno a lo largo de nuestra vida, pero asegurar que es una característica innata que te retrata... eso sólo lo ha logrado El Idiota de mi trabajo. Y lo digo sin acritud, consciente de poder sumarle otros descalificativos que aliviaran mi supuesta ira, pero que no utilizaré, sencillamente, porque no estoy cabreado con él. Como mucho comentaré que, al igual que mencionamos los signos del zodiaco diciendo que una persona puede ser Piscis ascendente de Escorpio para especificar su carácter, ilustraré su gilipollez asegurando que este hombre es Idiota ascendente de Imbécil. Y no me extenderé más.

Aunque ya que estamos metidos en faena, y para poneos en situación, no me privaré de enumerar las diferentes "virtudes" que hacen de este hombre ser quien es.

Para empezar, puede que el abandono que destila este individuo sea el más andrajoso que hayan visto jamás mis ojos. Hace catorce meses, cuando yo entré a trabajar en la empresa, vi al Idiota con el pelo corto y recién afeitado. Desde entonces, aún sigo esperando a que se deje trasquilar. Así que su aspecto anda ahora mismo entre un Jesucristo pordiosero y Casimiro, ese personaje de dibujos animados que en mis tardes de televisión infantil mandaba lavarse los dientes antes de acostarse.



En una ocasión pregunté a mis compañeros que para qué fechas, según las costumbres del Idiota, se esperaba la época de poda. Y me respondieron que para nunca. Yo protesté porque, como he comentado antes, recordaba haber tenido la discutible suerte de ver a ese hombre mínimamente acicalado. Ahí tuvieron que darme la razón, pero me aclararon que no fue por voluntad propia, sino por intervención de la jefa, que bajó de la oficina expresamente para pedirle, por favor, que se arreglara ante la visita anual de un importante cliente. Para este año, y muy a nuestro pesar, sencillamente han solucionado el tema dándole un día de fiesta. Lástima.

A mí no me importaría para nada su pinta de Neanderthal si al menos se duchara de vez en cuando. Con esa falta de higiene logra que no nos acercamos mucho a su puesto de trabajo... Bueno, a decir verdad ni nosotros ni ninguna alimaña que pueda habitar por los alrededores del recinto. Pero es muy triste observar ese frasco de ambientador que mantienen encima de la mesa las chicas de la oficina. Sólo lo utilizan para tratar de enmascarar los efluvios corporales que desprende El Idiota cada vez que entra a pedir unas etiquetas. Y creedme cuando os digo que no les sirve de mucho.

Una noche, durante los primeros meses porque ahora no me atrevería, coincidimos en el horario de salida y me ofrecí, ingenuo de mí, para llevarle a casa. Puede que no me creáis, pero no tuve más remedio que conducir los diez minutos de trayecto con las ventanillas bajadas. Y eso que yo también llevo un eficiente y discreto ambientador colgando del retrovisor. Pero creo recordar que aquella noche acabé escuchándolo sollozar, seguramente de impotencia, ante semejante hedor.

Porque esa es otra. El muy Idiota viene andando todos los días al trabajo. Doce kilómetros de ida y otros doce de vuelta. Lo sé porque miré el cuenta kilómetros la noche que lo acerqué a su casa. Dicen que un humano alcanza, de promedio, los cinco kilómetros por hora andando. O sea que le calculo, entre ida y vuelta, unas cinco horas de viaje. Si a eso sumamos su incomprensible manía (porque hay toros y carretillas eléctricas para evitarlo) de patearse el almacén de arriba a abajo durante las ocho horas de trabajo... Pues no sé cual será el resultado, pero seguro que supera con creces cualquier jornada maratoniana que haya protagonizado Forrest Gump.

¿Pero ser un guarro, un dejado y un amante de los paseos largos te convierte necesariamente en un idiota? Por supuesto que no. Por eso añadiré, a todo este dechado de miserias, otras prácticas que le hacen alcanzar tal honor.

Por lo pronto mencionaré su falta total de educación. Pasaré por alto que nunca salude o se despida; al fin y al cabo no necesito que me diga cuando llega o cuando se va. Con verlo o no verlo me basta, y hasta agradezco que no me dirija la palabra. Lo que sí que le exigiría es un mínimo de respeto, porque jamás abre la boca a no ser que hagas algo de manera que él considere inadecuada. En esos casos te grita que eres un inútil o un incompetente (por decirlo con suavidad) y te manda a freír pimientos sin tan siquiera decirte cómo le hubiera gustado que lo hicieras. Aunque lo más tonto, lo más absurdo de todo, es esa tremenda habilidad que atesora para ponerse en contra a todo ser vivo que trabaje allí. Hasta hace unas semanas sólo había un encargado que lo tolerara. Y os puedo asegurar que no se trataba de una relación demasiado estrecha, solamente lo ignoraba y le dejaba hacer y deshacer lo que quisiera. Pues también logró sacarlo de sus casillas. Y es que no hay persona en el mundo que se resista al mal humor del Idiota. Tiene ese don.

Me pregunto si habrá un personaje similar en cada trabajo. Por el bien de la humanidad, espero que no. Aunque yo apostaría a que podríamos encontrar en cada empresa, al menos a un trabajador que ocupe ese rol de persona menos valorada por sus compañeros. No a la altura de nuestro Idiota, eso por supuesto, pero sí como cuerpo extraño que no encaja en la convivencia. Incluso podríamos ser cualquiera de nosotros.

Yo ya les tengo dicho a mis compañeros que el día que me comporte de forma parecida me digan a la cara, porque a lo mejor no me estoy dando cuenta, que soy un idiota. Uno siempre está a tiempo de rectificar. Puede que sea eso lo que le sucede al Idiota, que nadie le ha dicho que lo es. No sé, igual me animo y se lo comento en su próxima ofensa.

lunes, 22 de junio de 2015

Matar a una persona


Hay una pregunta que todos, algunos más veces que otros, nos hemos hecho durante esa etapa de observación y aprendizaje que es nuestra niñez: ¿cómo se saca provecho a la vida? Lógicamente, lo principal sería tratar de mantenerse vivo cuantos más años mejor. A partir de aquí, es indudable que se vive a través de las experiencias, y el dilema está en que existen tantas formas de afrontarlas como personas hay en el mundo. 

Hoy, sacando a relucir esa ingenua ignorancia que me caracteriza, seré osado y, por simplificar, colocaré a todo el mundo en dos grandes grupos. Por un lado los que se esfuerzan en acumular el mayor número de vivencias; y por otro los que no se preocupan por la cantidad y se dedican a exprimir unas pocas. Puede que lo más coherente, como casi todo en esta vida, fuese alcanzar un grado de equilibrio entre las dos opciones. Pero igual que sabemos que los seres humanos somos capaces de tomar multitud de caminos, hemos de admitir que pocos de ellos tienen algo que ver con la coherencia. Por si os interesa, creo que yo soy más de centrarme en unas pocas vivencias que no de ir por el mundo queriendo hacer de todo. Más que nada porque no pienso que cualquier práctica me sirva.

Esta reflexión me viene dada por una entrevista que vi hace unos días en la televisión, donde un periodista pululaba por un pueblo del interior de Cataluña. Era esa clase de pueblos donde da la sensación que jamás fueron tocados por el progreso y que, a pesar de ello, desprenden sabiduría desde cualquier mínima grieta de su adoquinadas y retorcidas calles. El reportero en cuestión, asaltando a sus habitantes con un tono más grosero que gracioso, se topó con un abuelo al que quiso acribillarle a preguntas supuestamente existenciales. Viendo que se trataba de una persona muy mayor, se atrevió a soltarle que qué le quedaba por hacer en esta vida. El abuelo, con toda la tranquilidad del mundo, le dijo que precisamente había estado pensando sobre ello en estos últimos días, y que había llegado a la conclusión que le gustaría, antes de acabar su existencia, saber qué se siente al matar a alguien. Lo más sorprendente de esta declaración es que fue dicha, siempre que el abuelo dijera la verdad, tras haber sido profundamente meditada. Sin dejarse llevar por instintos animales ni sentimientos de odio o venganza que aboquen a la violencia.

Ni que decir tiene que al entrevistador se le esfumó de la cara esa sonrisa medio burlona que utilizaba para menospreciar al respetable, y lo primero que hizo fue asegurarse de que el abuelo no llevara en sus manos algún arma o cualquier otro utensilio con el que consumar su deseo. Por suerte para él, el episodio acabó en el mero chascarrillo. Pero no quedó del todo claro si fue víctima de una broma o si realmente hablaba en serio ese hombre.

¿De verdad que alguien sería capaz de liquidar a otra persona sólo por acumular esa experiencia? Si todos hiciéramos lo mismo acabaría por extinguirse la humanidad... ¿Pero vale tan poco una vida humana como para finiquitarla por curiosidad? Puede que así sea, porque tampoco es que les prestemos demasiada atención. El otro día, sin ir más lejos, me quedé atónito cuando escuché la noticia de que una avanzadilla del Estado Islámico había tomado una ciudad, poniendo en peligro unos importantes monumentos que son patrimonio de la humanidad. Y ni una triste mención sobre las personas que permanecían bajo el fuego cruzado de una guerra. No importaban. Tiene más valor una piedra puesta ahí hace siglos que la vida de un niño. 

Quizá son esa la clase de mercenarios que juegan a la guerra. Gente que quiere saber qué se siente al matar a una persona y marchan a un escenario ideal para cumplir su deseo. Sí, puede que se planifiquen contiendas con ese único fin. O puede que no, no lo sé. Sólo trato de encontrarle coherencia a matar a una persona, cosa que, por mucho que me esfuerce, no logro encontrarla.

lunes, 15 de junio de 2015

Micro cuento "Llamada privada"


Como últimamente me cuesta un mundo encontrar un rato para escribir y publicar por aquí, voy a hacerlo muy rápido, con un micro cuento que me acaba de golpear el cerebro. Así, sin apenas repasarlo ni nada. ¡Ahí va!



Llamada privada
Presionó sobre la aplicación y encargó una pizza con la que completar la cena. Entró en una red social y se hizo pasar por una adolescente para conseguir videos lascivos. Visitó un foro y escupió unos insultos sobre una mujer negra. Propagó un correo electrónico que prometía un trabajo para timar unos euros a los más desvalidos. 

Todo desde su smartphone, todo en cinco minutos.

A los seis minutos, seis segundos y seis décimas, recibió una llamada desde un número privado. Descolgó. Una voz de ultratumba le dedicó cuatro palabras:
 — Tu alma es mía.


lunes, 8 de junio de 2015

Cerezas perfectas



Esta mañana me he levantado, he conectado la tele y no he podido más que indignarme. ¿Habéis visto cómo está el mundo? Seguro que no, porque de ser así llevaríais por las entrañas el mismo cabreo que me consume por dentro. Ya, ya sé que debería estar acostumbrado a que únicamente se cuenten desgracias en los noticieros, pero es que la de hoy ha caído como una ficha más del dominó que mandará al garete todo el sentido que tiene nuestra miserable vida humana.

¿Sabéis ya de qué se trata? Si pensáis que hablo de la crisis, de política, de los recortes, de algún atentado o de una guerra, ya os lo podéis ir quitando de la cabeza. Estamos en mi blog, donde esos temas tan serios no tienen cabida. Aquí se rinde pleitesía a lo pequeño, a lo nimio, a lo insignificante, y si alguien busca una opinión sobre esos asuntos tan relevantes, lo lleva crudo.

Una vez aclarados los contenidos de este intrascendente lugar, vayamos por faena. La bomba informativa la ha soltado un agricultor que estaba siendo entrevistado. El hombre en cuestión, con una sonrisa tan amplia que lograba unir las mejillas a las patas de gallo, explicaba a la audiencia las bondades de una máquina que acababa de adquirir. Al parecer la utiliza para seleccionar los diferentes tipos de cerezas que, una vez recolectada y desde una cuba, vuelca en su interior. Hasta aquí me ha parecido todo muy interesante, pues seguro que el artilugio es capaz de distinguir en milésimas de segundo las diferentes variables que ofrece una fruta. Lo que ya no me ha gustado tanto han sido los parámetros elegidos para escoger a las que, en teoría, son las más apetitosas. Según este energúmeno, únicamente da como buenas a las de circunferencia exacta, que no estén dañadas y que posean un color rojo intenso, como bolas decorativas de un abeto navideño. El resto, las deshecha. Y así nos va.

Por culpa de gente como esta soy incapaz de encontrar cerezas maduras. Las busco negras como el café; oscuras a la vez que brillantes, igual que un cielo nocturno y despejado; tersas y delicadas, con un jugo dulzón que pringue mis manos a la más leve presión. Pero nada, son imposibles de ver. Para mi que se extinguieron junto con la vergüenza de los agricultores, porque tratar de hacernos creer que las rojizas son las cerezas ideales es un ejercicio de cinismo puro.

No soy una persona de campo, pero he tenido la suficiente relación con la huerta para saber cuándo una cereza está madura. Y por supuesto que los agricultores también. Entonces, ¿por qué se recolectan antes de tiempo? Sospecho que porque así soportan mejor los golpes y pueden estar en cámaras durante mucho más tiempo antes de pudrirse. Porque no sólo ocurre con las cerezas, también vemos el mismo proceder con los nísperos, plátanos o melocotones.

La principal diferencia entre la vida que llevamos nosotros y el resto de seres, es nuestra constante búsqueda de placer en las funciones vitales. Nos gusta tomar el sol porque nos relaja y nos acuna en una sensación placentera. Pero, de forma parecida a las plantas, su luz hace que procesemos las vitaminas necesarias para nuestra buena salud, por eso nos bronceamos. Mantenemos relaciones sexuales instintivamente, sí, pero siempre jugando, estimulando nuestros sentidos para gozar más. Porque si no, haríamos como los perros, un "aquí te pillo, aquí te mato", con la única intención de perpetuar los genes. Y freímos un huevo, acompañado con patatas fritas y pan, para buscar la mejor combinación de sabores. ¿O acaso asaltamos nidos y nos los comemos crudos? Personalmente, no estoy dispuesto a sobrevivir a base de fruta que no haya sido previamente cocinada a fuego lento solar. 

Si nos resignamos a la acidez que desprende la fruta verde, si consentimos el beneficio económico de unos pocos mientras se pone en entredicho el disfrute de todos, seremos ninguneados por unos fruteros desalmados que les da igual nuestro bienestar. Vender fruta que no está madura es un paso más hacia la deshumanización. Conducta, por cierto, demasiado habitual en estos días que corren.

Y aquí termina mi denuncia; que al final, no sé cómo ni por qué, acabo siempre hablando de fruta. Vamos, ni que yo fuera un fan de Los Fruittis...

sábado, 23 de mayo de 2015

Metamorfosis



No sé qué me pasa. Algo en mí está cambiando. Y lo peor de todo es que es un cambio natural, un acto casi reflejo, muy orgánico, del todo descontrolado y en ningún caso buscado. Sufro el mismo desconcierto que un gusano de seda despertando con alas multicolor, seis patas y una trompa por nariz, tras entregarse a una inocente siesta. Todo muy raro. Sin duda, esto es lo que viene siendo una metamorfosis en toda regla. Pero lo más inquietante es que todo el mundo piense que un cambio de esa magnitud siempre es para mejor. ¿Y si el bicho tenía miedo a volar? ¿Alguien le preguntó al gusano si quería ser mariposa? A mí nadie, desde luego. Y el caso es que yo era muy feliz siendo gusano.

Estoy verdaderamente asustado. No sé qué me deparará el cambio y tampoco sé si será para siempre. Pero espera un momento, intentaré serenarme. Igual, con la cabeza bien fría, soy capaz de analizar las causas que me tienen atrapado en este sin vivir. Y con un poco de suerte, hasta lo puedo revertir.

Vayamos por partes. ¿Cuando y cómo me he dado cuenta de este cambio? Definitivamente, unos días atrás. Aunque ya hace meses que lo vengo sospechando. El primer síntoma apareció hace un año, cuando el Barça perdió La Liga, en el último partido, contra el Atlético de Madrid. Y es muy sencillo de ilustrar: me importó un pimiento. 

Así fue. Además, apenas reparé en esa súbita indiferencia, pues es una estrategia tan recurrente en mi cerebro que ni me preocupé. Siempre que puede echa mano de ella, utilizándola para minimizar casi todos los contratiempos que me afligen en la vida. Algo así como hallarme tras una tapia untada en vaselina, donde toda desdicha que intenta trepar por ella resbala y cae al suelo, impidiendo de esta forma que trascienda a mi estado de ánimo. Pero lo mejor de esta táctica es que, en el mismo momento en que un placer se aproxima, la tapia cede sin ninguna clase de esfuerzo y me dejo invadir por la felicidad más absoluta.

Este proceder, más o menos, es lo que debería haber ocurrido el pasado fin de semana, pero no fue así. Ni tapias, ni leches. No sé si os disteis cuenta, pero el Barça ganó La Liga. Yo casi ni me entero. Desde luego que al recibir la noticia me alegré, pero no llamé a mis amigos ni lo celebré de manera efusiva. No tenía ganas. Y eso que debía estar eufórico por haber conquistado un título; y con la posibilidad, encima, de conseguir Copa y Champions. El soñado triplete, un hito realizado una sola vez. Pero no pude, se apoderó de mí una pereza como nunca antes había sentido siguiendo a mi equipo. Y fue en ese preciso instante, justo en ese intervalo de tiempo donde me volvió a importar otro pimiento, cuando lo supe con certeza. ¡He perdido el interés por el fútbol! Que horror. Y eso que yo pensaba que era para toda la vida, pero parece ser que me equivocaba. Ya he decidido desvincularme del club (soy socio) y dejar libre mi asiento en el Camp Nou a otra persona con más ilusión. Total, ya ni iba a ver los partidos.

Podría darse el caso de que estuviera inmerso en una de esas tristezas profundas. Una pena inmensa que, sin remedio, ahogara todas y cada una de mis alegrías. Nadie, por muy risueño que sea (y yo lo soy mucho), está a salvo de caer bajo el influjo de una depresión. Sin embargo, para añadir más incertidumbre a mi situación y desmintiendo toda supuesta melancolía, aún hay cosas que me motivan. La música clásica, por ejemplo; sin contar con mi evidente afición por la escritura, eso por descontado. Pero la atracción por la música clásica ha ido en aumento desde mi comentada visita al Auditori. Reconozco que jamás he tenido algo en contra de ella, pero tampoco es que me importara demasiado. La escuchaba y la apreciaba, pero no más que cualquier otra música. En cambio, ahora, estuve tres días tarareando la 5ª sinfonía de Beethoven a todas horas. Incluso inventaba variaciones para su melodía. Demencial.

No sé qué hacer. ¿Cómo gestiono este cambio? Porque, estando en el trabajo, ya me han preguntado por cómo veo las finales que nos esperan, y ni tan siquiera he sido capaz de acertar la fecha de los encuentros. Si ya me cuesta memorizar efemérides importantes, ¿cómo voy a recordar las que no me apasionan? Aún no lo he comentado con nadie, pero en mi interior no puedo dejar de pensar en la sinfonía Nº 40 de Mozart, que es el próximo concierto para el que ya he adquirido entradas. Entonces sí que noto un cosquilleo por la tripa. Se me eriza la pelusa del ombligo y mis entrañas palpitan de pura emoción. Pero no lo puedo ir contando por ahí. ¿Qué pensarían si se enteraran mis conocidos, cuando ni yo mismo sé qué pensar? Ahora sólo faltaría que me sintiera atraído por la ópera. O, mucho peor, por el ballet. ¿En qué clase de mojigato me estoy convirtiendo?

Le he dado muchas vueltas y me gustaría saber, por tomar ejemplo, con quién se relaciona una mariposa recién salida de su capullo. Está claro que no conoce a otras mariposas, y que volver a charlar con sus amigos gusanos le resultará una tarea difícil. ¿De qué pueden hablar? ¿De la dificultad que entraña subir a lo alto de una mata? Para la mariposa ya no. Ella se encarama en cuatro batir de alas. ¿Del sabor áspero que provoca una piedra caliza cuando uno se arrastra por ella? ¿Arrastrarse? La mariposa disfruta de unas delicadas patitas con las que apenas nota su tacto rugoso. ¿Del fresco crujir de una hoja verde de morera? ¡Para nada! La mariposa disfruta de una trompa flexible que le permite darse auténticos festines con el dulce néctar floral. Quizá pueda permitirse un pequeño mordisco, pero darse un atracón de follaje seguro que le causaría una inevitable diarrea. En fin, que lo tiene realmente complicado para entenderse con sus amistades.

Puede centrarse en su nueva vida pero, por mucho que disfrute explorando su novedoso estatus, en el fondo sólo le queda una terrible sensación de aislamiento y soledad. Igual que a mí. Ahora que lo pienso, el día que me encuentre con una mariposa rondando por el jardín se lo tengo que preguntar. Porque es innegable que experimento cambios, pero ello no me impide conservar otras muchas tradiciones. Como la descerebrada costumbre de hablar con los animales. ¿De qué os extrañáis? Seguramente no tengáis ni idea, pero es un hábito muy gusanil.

Por suerte, y hasta que llegue esa fecha, aún cuento con la complicidad de mi mujer. Con ella puedo hablar de estos temas, porque le da igual que sea gusano o mariposa. Mi mujer es más... cómo lo diría... más como un saltamontes, o sea que no interviene para nada en el mundo de los gusanos y las mariposas. 

Creo que no voy a profundizar más en las metáforas. Se me están yendo de las manos. En definitiva, no importa que sea gusano o mariposa, porque mi mujer me querrá por... por... Lo cierto es que aún no sé por qué me ha de querer, y menos después de haberla llamado saltamontes, pero lo seguirá haciendo ( o al menos eso espero). Seguramente porque, después de la metamorfosis, ella es la única que sabe ver en mí, ya sea con aspecto de gusano o de mariposa, al mismo atontado de siempre. Y eso me reconforta.

sábado, 9 de mayo de 2015

Visita a l' Auditori


Admitámoslo, todos los seres humanos arrastramos nuestras obsesiones. Probablemente sea una de las derivaciones del pensamiento que más nos define como especie. Algunas de ellas nos vienen atormentando casi desde que nacemos. Yo mismo, de pequeño, estaba totalmente hechizado por el sonido. Si mi madre se asomara por aquí, podría dar Fe de cómo deambulaba por la casa profiriendo chillidos, con la única intención de encontrar las diferentes resonancias que albergaba cada estancia. El pasillo, la habitación de mis padres, el cuarto de baño, cada una me devolvía el sonido con un eco diferente. Acababa ensimismado, perdiendo la noción del tiempo, intentando discernir las variaciones que ofrecía cada uno de los tonos que por allí hacía rebotar. Hasta que mi madre, harta de escuchar alaridos, soltaba un intimidatorio <<¡¡Cállate ya!!>> con tanta intensidad que lograba solapar mis voces y, de paso, mis ganas de continuar berreando.

Pero si hay algo que las obsesiones requieren de nosotros es que les prestemos atención, que las mimemos, que les dediquemos más tiempo del aconsejable para una mente sana. Si no nos ofuscáramos en ellas hasta rozar lo enfermizo, dejarían de ser obsesiones. 

Por suerte o por desgracia soy un gran cultivador de las mías, y la semana pasada ocupé parte de mi tiempo libre en atender a esa obsesión por el sonido tal y como se merece. Dado que aún soy relativamente joven y que todavía no padezco vestigio alguno de sordera, pensé que era un buen momento para hacerle un regalo a mis oídos. Y, ya puestos, me convencí de que no existe forma más bella de tratar al sonido que con música. Así fue cómo me decidí a comprar dos entradas que daban acceso a uno de los enclaves con mejor sonoridad de mi ciudad: el Auditori. Concretamente para la sala Pau Casals, donde la Banda Municipal de Barcelona interpretaba, dirigida por el maestro francés François Boulanger, seis de las piezas clásicas más famosas del país galo. Aunque todas, de alguna forma (o al menos eso indicaba el folleto del programa), inspiradas en España. Lo cierto es que, para saciar mis ansias obsesivas, no tenía demasiada importancia las melodías que fueran a sonar. Con disponer de unos músicos profesionales bajo un techo, eso sí, especialmente ideado para la ocasión, donde atrapar sus notas, me bastaba. Además, siempre he sentido una curiosa fascinación por los instrumentos que no precisan ser enchufados. Serán cosas mías, pero su sonido me resulta más genuino, más puro.

Como nunca había estado en un recinto de estas características, decidí escoger un palco. Vale que coincidía con ser la entrada más barata, pero también me proporcionaba un plano cenital del escenario, adecuado para poder observar en todo momento a cualquier músico. ¿Y cómo podía rechazar la ocasión de sentirme, por un momento, en la piel de un Marqués? Lástima que olvidara en casa la peluca y los binoculares. Bromas a parte, ahora, habiendo disfrutado del concierto, pienso que acerté con la elección.

Pero lo primero que debería mencionar es el curioso ritual que siguieron los intérpretes para comparecer en el escenario. Primero aparecieron los músicos y tomaron asiento. A los pocos segundos hizo acto de presencia el que creo que era el director nominal de la banda. Agarró su instrumento (juraría que era un fagot) y con él ejecutó una especie de llamamiento al orden para ir captando la atención de los músicos. Cuando parecían estar preparados, todos juntos efectuaron unas notas, sostenidas durante unos instantes, para convocar en la sala al director invitado. Entonces se abrieron de par en par las puertas de un lateral del escenario y apareció entre aplausos, y acompañado por un áurea de estrella, François Boulanger. La secuencia me hizo mucha gracia, pues me dio la impresión de que, sin esas notas inconexas de la banda, jamás hubiera podido manifestarse ante nuestros ojos. Como si se tratara de un ente divino y esas estridencias fueran las necesarias para invocarlo.

Tras dos o tres reverencias dirigidas al público, se hizo el silencio. Tomó la batuta, nos dio la espalda, se atenuaron las luces y, al mismo tiempo que alzaba los brazos, la música comenzó a sonar.

Para ser sinceros, no me enteré demasiado de la primera melodía. Yo estaba a lo mío, concentrado en apreciar las reverberaciones que por allí pululaban. Y lo primero que me llamó la atención fue la forma tan delicada en que nos acariciaban las notas. Imagino que, como casi todo hijo de vecino, estoy acostumbrado a percibir la música por medio de amplificadores. Pues bien, hasta este día no había sido consciente de lo molesto que resulta ser golpeado por el sonido. Me he dado cuenta de que es así como nos trata un altavoz, con desconsideración. Puede que en gran parte se pueda culpar a la electricidad estática que genera (o pude que no, vete tú a saber), porque la sensación de bombardeo es continua. Nos agrede de tal forma que muchas veces llega a invadir nuestra caja torácica, haciendo que sintamos los bajos retumbar en nuestro interior.

Sin embargo, en el Auditori, con una banda delante, esto no sucedía. Y me parecía raro, porque una veintena de instrumentos sonando a la vez han de hacerse notar. Pero el sonido era sorprendentemente limpio, suave, amable. Y daba igual el volumen o la percusión que emplearan. Otra cosa que me dejó asombrado fue que, por muy conjuntadas que sonaran las notas, se podían distinguir con claridad las diferentes fuentes de las que procedían. Aunque es posible que esta apreciación sólo se pueda lograr en una sala como aquella, donde cada instrumento parecía encontrar su espacio sin emborronar al otro. Para cuando acabó la primera canción ya colgaba de mi rostro una evidente cara de pasmado.

Que no lograra centrarme en la melodía que abrió el concierto (que por cierto fue "Alborada del gracioso" (1918), de Maurice Ravel), no quiere decir que me sucediera lo mismo con la siguiente ("L'aprenent de bruixot" (1897), de Paul Dukas). Es más, siento haber dejado escapar la oportunidad de emocionarme con la primera, pero uno da para lo que da, y el frescor de la atmósfera pudo con el detalle musical. Creo que tampoco ayudó el hecho de no ser capaz de reconocer la pieza, cosa que, por suerte, no ocurrió con la segunda. Fue dejar sonar cuatro compases y producirse una asociación inmediata hacia una famosa película: "Fantasía", de Walt Disney. A aquella escena en que Mickey hechiza una escoba para que le ayude a transportar agua y el encantamiento se le acaba yendo de las manos. Pero poder apreciar su estructura sin tener delante de los morros unos dibujos animados reclamando mi continua atención, consiguió que la valorara de forma diferente. Así que me gustó mucho más cuando pude escucharla sin interferencias visuales. Y eso que yo soy de los que disfruta como un enano mirando dibujitos, pero abstraerse de todo lo que no sea la armonía, junto con la perfección sonora del recinto, hace que no puedas dejar pasar la maravillosa composición. Fue uno de los momentos más juguetones de la función, donde descubrí el retozar de un arpa dinámico, vigoroso, impregnando de onirismo el ambiente. Vamos, con decir que se me erizó el bello de la nuca en varias ocasiones, ya está todo dicho.

Para acabar el primer acto, fuimos obsequiados con "Ikiru Yorokobi" (1987), de Roger Boutry. Una melodía bastante más contemporánea, muy cinematográfica, y con toques claramente orientales. Desde luego que resultó ser la más extraña de todas, pues poco tenía que ver con el repertorio; y más cuando el folleto hacía especial hincapié en que todas eran de inspiración española. En fin, que fue la que menos me gustó, aunque he de reconocer que sonó igual de bien que las otras.

Luego disfrutamos de una pausa de veinte minutos, durante la cual ni me levanté. Llamadme holgazán si queréis, pero yo me siento en una butaca y no hay quien me mueva. Pensad que estoy acostumbrado a las salas de cine; y a las de Barcelona, donde no existen intermedios. Yo fui capaz de entrar a ver El Señor de los Anillos, meándome, y no salir hasta que acabó la peli. Eso sí, ese día casi me explota la vejiga. Además, no hubiese podido espiar cómo afinaban el arpa durante el descanso; y sin aparato que marcara el tono ni nada, todo de oído.

La segunda parte del concierto empezó con "España" (1883), de Emmanuel Chabrier. Esta sí, de evidente carácter español. No tuve que devanarme mucho los sesos para recordar esta melodía, aunque no podría concretar imagen alguna que me evocara. No sé dónde la habré oído antes. ¿En una película?, ¿en un documental?, ¿en la cabecera de un programa televisivo? Estando como está el mundo, tan repleto de música a todas horas, vete tú a saber de dónde me suena. Pinchad sobre el título de la canción y escuchadla vosotros mismos, a ver si la reconocéis y tenéis más suerte que yo. 

Por cierto, en el transcurso de pieza ocurrió una anécdota muy peculiar. Si le habéis echado un ojo al video, os habréis dado cuenta de que se trata de una melodía con mucho ritmo, acompañada de platos, panderetas y castañuelas. Pues en una tonada de estas, curiosamente cuando más brío alcanzaba la canción, se escuchó un <<¡Plafh!>> de más y descompasado. Muy similar al que hacían sonar los platos. Dado que estábamos ante unos músicos profesionales, a mí me extrañó mucho ese fallo, aunque mantuve una Fe inalterable en mis oídos y estaba completamente seguro de que no me habían engañado. Cuando ya empezaba a mirar con mala cara al percusionista de la banda, observé cómo un hombre, en primera fila, se agachaba para recoger algo del suelo. Sólo entonces pude entender lo que había sucedido: se le habían caído las llaves. Cuento este incidente para que os deis cuenta de la increíble reverberación del auditorio, capaz de trasladar cualquier sonido a todos los rincones de la sala.

Para el siguiente tema ("Pavane, op. 50" (1887), de Gabriel Fauré) ocurrió en el escenario algo inesperado. Se levantaron prácticamente la mitad de los músicos y lo abandonaron. Los que quedaron se reunieron en una especie de corro, buscando un ambiente algo más intimista, como si fueran a encender una fogata. Y, a la señal del director, sonó la música. ¡Y qué música! El arpa, cómo no, comenzó a arpegiar. Y la flauta travesera, el fagot , los clarinetes y las trompas nos embelesaron con una de las interpretaciones más bellas que he escuchado jamás. Hasta se me entumecieron los ojos. Y eso que creo no haber escuchado nunca antes este tema, pero me pareció de una hermosura embriagadora, por muy cursi que os suene. Para mí, sin duda, la mejor parte del concierto.

Pero, tras quedarme extasiado, aún faltaba el plato fuerte de la tarde; la pieza por la que la mayoría de los asistentes había pagado su asiento: "Bolero" (1928), de Maurice Ravel. Más comúnmente conocido como "El bolero de Ravel". ¿Qué más podría decir sobre la cadencia de esta melodía que vosotros no sepáis ya? Pues nada, que las obras maestras son maestras precisamente porque les gusta a todo el mundo. Y que resultó ser un colofón impecable para una víspera alucinante.

Pero que fuera alucinante no quiere decir que me pareciera perfecta. ¿Qué clase de obsesión sería la mía si no exigiera una perfección absoluta, si no quisiera sobrepasar los límites de la excelencia? Pues una con muy poca credibilidad, claro. Así que voy a enumerar los aspectos de la aventura que no me acabaron de convencer.

Primero empezaré por la sala Pau Casals. Un lugar precioso, toda de madera y, como ya he dicho, de una acústica increíble, pero con una capacidad para 2340 espectadores. Demasiados para mi gusto. Aunque realmente no me molestarían si todos adoptaran un riguroso silencio durante las actuaciones. No es que hablaran, no. No es eso. Es que no dejaban de toser. Señores y, sobre todo (porque eran mayoría), señoras, de casa se viene uno tosido. Y más cuando el espectáculo consiste, precisamente, en escuchar. Si todo el mundo se hubiera interesado en leer el folleto del programa, allí podrían haber encontrado una gran recomendación que decía lo siguiente: en caso de no poder evitar la tos, lo ideal es colocarse un pañuelo sobre la boca, ya que este gesto reduce notablemente el ruido (sin olvidar lo molesto que resulta que la persona de atrás te llene el cogote de babillas, añado yo). Aunque si por mí fuera, visto el caso que hacen a los avisos, sería más explícito en las sugerencias. Hubiese empezado por cortar la cabeza a la persona que lanzó el primer tosido. Sobre el escenario, delante de todos y, a ser posible, salpicando de sangre la primera fila. Ya veríais cómo, a partir de entonces, el resto se tragaba los pollos y no decía ni mu. 

Lo siento, quizá me haya encendido un poco. No sé, igual con invitarla a salir de la sala se lograba, de un modo más cívico, el mismo resultado, aunque lo dudo.

Por otro lado, debo recordar que la formación musical que nos deleitó era la Banda Municipal de Barcelona. Tocaron de fábula y, a mi poco entender, de forma inmejorable. Además las piezas, al estar instrumentadas para la ocasión, en ningún momento se resintieron. Pero la diferencia entre una Banda y una Orquesta es una que, para mi obsesión, cobra mucha importancia: la primera no cuenta con instrumentos de cuerda. Es cierto que fueron acompañados magistralmente por un arpa, un piano (¿el piano es instrumento de cuerda o de percusión?) y dos contrabajos, pero al no tener la oportunidad de escuchar violas, violines o violonchelos, es un sonido que tendré que dejar pendiente para otra ocasión.

Y poco más. Quizá mencionar que mi acompañante fue mi mujer, y eso que el evento no le apetecía en absoluto. La entiendo perfectamente. Una cosa es que compartamos cama, comida y vida en general, y otra bien distinta es que tenga que prestarse a mis obsesiones, que para eso cada uno tiene las suyas, digo yo. De todas formas, ella sabe que fue mi primera opción para asistir al concierto, la cual declinó con su habitual cortesía. Después busqué apoyo en mi amigo Manel, del que sospecho que le reconcome una obsesión, si no idéntica, muy similar a la mía. Pero dos días antes de la actuación ingresaron a su madre de urgencias en el hospital. Ya, ya sé que esta frase parece una de esas patéticas invenciones mías que utilizo para dramatizar una historia. Y ojalá lo hubiera sido porque, desgraciadamente, su madre falleció al día siguiente. Así que, por respeto, no añadiré más sobre este tema.

Sólo que ya ando en busca de otra fecha para repetir la experiencia, esta vez con mi amigo Manel. Y que mi mujer quedó tan encantada que es muy probable que nos acompañe.