martes, 5 de agosto de 2014

El palillo pe(r)dido



Por todos es bien sabido de las intenciones intrascendentes que mantiene este blog. Desde luego que toda la culpa es mía, pues soy una de esas raras personas que disfruta dándole vueltas a las cosas que no tienen la menor importancia. Pero, como si no tuviera ya bastante con sumergirme entre mis desvaríos, ahora va mi tía y me lanza una petición para que hable de los suyos. Aquí, en este sagrado espacio personal e intransferible. Y, francamente, demasiada tontería corre ya por mi cabeza como para tener ganas de asomarme a la de los demás. Así que no, me niego, no me entregaré a su paranoia.

Y eso que intentó convencerme el otro día, mientras celebrábamos una comida familiar en un restaurante, cuando me explicó la extraña teoría que sostiene. Pero insisto, no me dejaré llevar por sus delirios y tan sólo dedicaré unas palabras para que sepáis de lo que hablo. Según ella, existe una laguna mental, en torno a los palillos, en todos y cada uno de los camareros que sirven mesas. Incluso se prestó a una demostración, en directo, para dar veracidad a sus palabras. Justo en el momento en que la camarera nos acercaba el postre, mi tía le dio a entender, amablemente, la necesidad imperiosa que sentía por sostener un palillo entre sus dedos. Y la respuesta por parte de la camarera, algo escueta pero igualmente cordial, fue "ahora mismo".

Aproximadamente siete minutos después, volvió a aparecer la misma camarera, papel y boli en mano, para tomar nota de los cafés que cerrarían la sobremesa. Por supuesto, sin dar la más mínima señal de traer consigo el demandado palillo.

No es que yo prestara demasiada atención a la escena, pues soy persona de férreas convicciones y cuando algo no me interesa, es que no me interesa. Pero recibir un codazo en los riñones por parte de mi tía fue suficiente acicate para darme cuenta del olvido de la camarera.

No contenta con la demostración, y aprovechando que la muchacha aún sostenía sus enseres de escribiente, mi tía volvió a insistir, con la vana esperanza de que esta vez apuntara en la comanda su ansiado palillo.

 - Mira, mira -dijo mientras me lanzaba otros dos codazos que esta vez acertaron en el páncreas- Seguro que, tal y como se da la vuelta, lo vuelve a olvidar.

Y así fue.

Para cuando regresó la camarera con la retahíla de cafés, yo ya me cubría el costado derecho del tronco con el antebrazo, tratando de bloquear, aunque sin conseguirlo, la punta del codo de mi tía que fue a acomodarse en mi hígado.

 - ¡Ves! -añadió con el porrazo- ¡Otra vez, lo ha vuelto a olvidar! Deberías escribir algo sobre este fenómeno paranormal que ocurre en todos los restaurantes.

Este era el momento preciso para que, suponiendo que realmente estuviera dispuesto a escribir algo, me detuviera un instante a divagar. Pero, sinceramente, esta vez estaba más a favor de la camarera que de mi tía, y tan sólo ansiaba unirme cuanto antes al gremio de hostelería para poder olvidar también al dichoso palillo.

No es que yo quiera dar una explicación lógica a lo sucedido, pues ya he dejado bien claro que aquí se escribe lo que a mí me da la gana y no me rebajaré a ser el muñeco ventrílocuo de nadie. Pero, ¿acaso no sabe mi tía que el palillo habita en los restaurantes únicamente por tradición? Es como el agua bendita que encontramos en todas las iglesias. Es posible que, siglos atrás, sirviera para refrescar la garganta de los fatigados caminantes que llegaban por los, por aquel entonces, polvorientos caminos. Pero estoy seguro que, hoy en día, a nadie se le ocurrirá entrará en ese sagrado templo y amorrarse a la pila para beber, por mucho que la mejor agua bendita acabe siendo la que sacia nuestra sed. No sería muy recatado por nuestra parte. Pues ocurre exactamente lo mismo con el palillo. Sí, ahí están, ambientando miles de restaurantes con su sola presencia, pero no habrá un camarero que nos ofrezca uno. A no ser que le apetezca que en su local se practique una asquerosa extracción de restos putrefactos ante todos los comensales.

Es muy posible que no veáis la relación del agua bendita con el palillo, no todo el mundo goza de una mente tan perjudicada como la mía. Pero esperad, esperad unos cuantos lustros y os daréis cuenta en qué degenera la tradición del palillo. Llegará el día en que, igual que ningún cristiano abandona la iglesia sin olvidar la superstición de santiguarse la frente con agua bendita, no habrá comensal que no reciba unos palillazos en el rostro como colofón a un gran banquete y para desearle, por parte de los camareros, una buena digestión. Incluso habrá madres que practiquen ese mismo ritual con sus hijos, para evitar el corte de digestión, una vez les hayan dado de comer en la playa.

En fin, que no. No pienso que se trate de algo inexplicable, sino de intentar conservar algo de dignidad en su negocio. Vamos, igual que los curas. Aunque estos últimos tengan unos niveles tan altos de recato que preferirían dejar morir de sed a una persona antes de permitir que sus sacrílegos labios profanen un roñoso fregadero, de vete tu a saber cuantos años, y al que yo no me acercaría a menos de cinco metros por temor de pillar el tifus.

Pero bueno, chorradas como estas serían las que saldrían de mi cabeza si no tuviera esta personalidad tan determinante que impide que me convierta en el títere de mi tía. Porque eso no va a suceder. Jamás.

martes, 29 de julio de 2014

Club Bilderberg



 - ¡Mamá, mamá! ¡Mira que pelota tan grande he moldeado!
 - Si, ya lo veo Zikus. Anda, deja ya de jugar y ven a comer tus jugos proteicos, antes de que se enfríen.

Tal y como había sido designado en el calendario del astrocrucero Escarg, la temperatura en el patio de entrenamiento oscilaba en torno a unos gélidos veinte grados. Los niños debían aprender las diferentes estaciones y cambios térmicos que les esperaban en el nuevo mundo.

Zikus desenganchó la bola de sus astas con las dos patas delanteras, la depositó sobre un nido de mugre y, valiéndose de las otras cuatro extremidades, se dirigió hacia su madre hasta que pudo acariciar su gran caparazón con las pequeñas antenas. Siempre era el último en llegar a la balsa de comida y a su madre le ponía enferma esa despreocupación por su alimentación, aunque era tan cariñoso con ella que pocas veces le reñía.

 - Zikus, deja de intentar masticar la comida y traga. Si no te olvidas de esa tonta manía acabarás con un corte de digestión.
 - Sí, mamá -dijo obediente.

El silencio se rompió por un siseo de electricidad estática que invadió los altavoces. Sonó un pequeño tintineo y la voz de la secretaria del comandante irrumpió en la sala.

 - Mr. Bilderberg, acuda al centro de intercomunicación. Mr. Bilderberg -repitió con más énfasis- acuda al centro de intercomunicación.

Zikus levantó la cabeza hacia el techo de la nave y sus dieciséis ojos negros brillaron de alegría.

 - ¡La cúpula, mamá! ¡Se está abriendo!
 - Así es -dijo su madre sin molestarse a mirar- Como cada año por estas fechas.

La nave rotó hasta encarar La Tierra, lista para la transmisión de datos, dejando a la vista de los pasajeros una preciosa estampa azul y brillante. Zikus no podía apartar la mirada del que pronto sería su nuevo hogar. De pronto, observando un oscuro gajo del planeta que aún no llegaba a iluminar el Sol, le pareció ver unos destellos blancos de luminosidad.

 - Mamá, ¿está habitado este lugar? -dijo señalando al cielo con una de sus patas.
 - Ya sabes que sí -dijo su madre, algo cansada de contestar siempre a las mismas preguntas- Por animales, plantas y esos bípedos semi-inteligentes que lo explotan. Todo está lleno de organismos putrefactos ideales para nuestras bolas de heces, aunque su atmosfera es algo hostil. Pero no hay por qué preocuparse, Mr. Bilderberg lleva tiempo mandándoles directrices a esos seres y pronto, en menos de cien años, ya no existirá la capa de ozono y el nivel de oxígeno será tan insignificante que podremos pasear sobre la superficie sin peligro.

Zikus se quedó maravillado ante la cercanía del inminente aterrizaje.

 - Esos bípedos tienen que ser muy generosos cuando adaptan su planeta a nuestras condiciones de vida ¿no?
 - Bueno -apuntó su madre- algo a cambio si que nos han pedido.
 - ¿El qué? -dijo Zikus sin quitar ojo a su preciada bola de excrementos.
 - ¡Oh!, nada. Continuar gobernando.
 - ¡¿Que?! Pero... pero si gobernar es el mayor castigo de nuestras leyes. Responsabilizar a alguien del bienestar del resto es lo más cansado y aburrido que hay.
 - Bueno, no creas que lo del bien común se lo toman muy en serio ahí arriba. Parece ser que sólo el hecho de someter al resto del planeta esta muy valorado por esos mamíferos, y que sus decisiones beneficien a la gran mayoría, o no, resulta ser lo de menos.

Zikus bajó la cabeza hacia la balsa, pensativo, y continuó engullendo. Tras unos minutos volvió a levantar la cabeza y miró a su madre.

 - Mamá, ya sé por qué gobernar es el mayor deseo de esos seres -dijo orgulloso.
 - Ah, ¿sí? ¿Por qué? -preguntó su madre con la boca llena.
 - Porque nunca han tenido la oportunidad de jugar con una enorme bola de mierda -sentenció.
 - ¡Eso, por supuesto! -exclamó su madre mientras retorcía las antenas para lograr una carantoña.

Y los dos rieron al unísono.



martes, 22 de julio de 2014

Viaje espiritual


Como diría mi abuela, llevo una tontería encima que no hay Dios quien me aguante. Y lo puedo demostrar casi a diario. El otro día, por ejemplo, justo en la entrada del supermercado me topé con dos testigos de Jehová. Lo cierto es que pude esquivarlos y tan sólo escuché parte de una conversación que mantenían con una anciana, pero me bastó para empezar a maquinar una de mis gilipolleces.

La mujer mayor escuchaba con una sonrisa en la boca, gozosa por encontrar a unos chavales dispuestos a departir un rato con ella, y ellos le explicaban algo sobre un viaje espiritual necesario para encontrar a Dios. Pues así, con esos mínimos datos, mientras estrujaba con los pulgares las dos puntas de un melón (aún no sé muy bien para qué), fui capaz de hallar una de mis absurdas epifanías.

Rápidamente vi la conexión del viaje espiritual con el físico, sobre todo cuando observaba los dos maletines que acompañaban a los oradores. En un viaje al uso yo pondría en mi maleta mudas de ropa, una guía del lugar a visitar, complementos de aseo personal y un pequeño botiquín de emergencia; lo normal para estar mínimamente asistido, y respaldado ante una situación imprevista. Pero unos viajeros espirituales como ellos seguramente irían equipados para paliar un indeseable descenso de Fe, tanto suya como de sus oyentes. Así que lo más probable es que cargaran su maletín con una Biblia (indispensable), unos artículos contrastados (o no) sobre los beneficios del cristianismo y, para casos de emergencia, algún que otro milagro documentado o exorcismo, porque nunca viene mal un toque aventurero.

Si viajáramos fuera del círculo de países castellano parlantes, necesitaríamos unas nociones básicas del idioma y una pequeña introducción a sus costumbres para ayudarnos a interpretar alguna situación que nos pudiera parecer extraña. Incluso podríamos tomar unas clases culturales con algún profesor nativo. Esta formación ya les viene dada a los testigos de Jehová, pensé cuando intentaba discernir las diferencias entre un berberecho, una chirla y una almeja (obviamente sin lograrlo), pues tienen como profesores a sus sacerdotes para entender las extrañas demandas que exige su religión o las dispares interpretaciones que pueden encontrarse en una Biblia.

Más tarde, mirando los ojos vidriosos de una lubina (y sin acabar de recordar si esa característica era síntoma de su frescura o de su podredumbre), me vino a la mente algo totalmente indispensable para culminar cualquier viaje: explicarlo a la vuelta. Es indudable que si uno no se sienta con familiares y amigos, aprovecha para enseñar fotos, videos o folletos, y los aderezar con comentarios sobre la experiencia, es como si jamás se hubiera realizado ese viaje. Y que duda cabe que, al menos en ese sentido, también estos creyentes gozan de una larga e insistente tradición.

Para cuando llegué a la cola de caja, ya había desentrañado la esencia del viaje espiritual necesario para encontrar a Dios. Entonces me ocurrió una cosa asombrosa. Allí, embrujado por los colores psicodélicos de un expositor de chicles, tuve un momento de reclusión mental que mucha gente denominaría, y no sin razón, quedarse embobado. Comencé a ver trompetas con los oídos, a escuchar violines con los ojos y a saborear, en mis papilas gustativas, la textura esponjosa del poder supremo. Y, en ese preciso instante, sentí por un momento la presencia de Dios.

Por supuesto que todo quedó en un leve vahído en cuanto me tocó sacar la cartera para pagar, y volví a mi estado agnóstico habitual. Creo que el problema no fue que yo me acercara a Dios y lo rechazara, sino que él me vio a mí y se largó corriendo (o levitando, que queda más esotérico). Pero no me preocupé en exceso, porque ya lo había vaticinado mi abuela: llevo una tontería que no hay Dios quien me aguante.

martes, 15 de julio de 2014

Poder atrofiado



¿Alguna vez habéis pensado en las películas de super-héroes? Si os fijáis, prácticamente en todas ellas se repite la misma escena: en un momento dado el protagonista pierde sus poderes. Pues a mí me sucedió lo mismo ayer, mientras paseaba por la calle con mi mujer.

Pero tranquilos, no he nacido en otro planeta ni me ha mordido un bicho radioactivo. El don que atesoro me viene otorgado por dedicar una cantidad ingente de horas en buscar direcciones, así que no es exclusivo de mi propiedad. He de suponer que todo aquel que haya trabajado más de diez años repartiendo paquetería lo posee; se trata del sentido de la orientación.

Mucha gente cree poder realizar las mismas proezas que nosotros, con lo que apenas se reconoce esta virtud como algo excepcional. Pues yo digo que es mentira. Es más, la gran mayoría, seguramente ante la envidia que les corroe por dentro, simularán tener la misma facilidad para indicar cómo llegar a los sitios. Porque no hay más que parase en un lugar concurrido, para preguntar a cualquier viandante la situación de una calle poco conocida o, si me apuráis, de un pueblo pequeño, y ser víctima propicia de su embuste. Puede que nos encontremos con alguna persona honesta que reconozca su incompetencia y no esté dispuesta a engañarnos con pistas falsas, pero otras muchas os contestarán con tal aplomo y seguridad que os será imposible detectar el fraude. Incluso puede suceder que sigáis sus instrucciones y, al no encontrar la dirección, penséis que la culpa es vuestra por no atender bien a las directrices. Nada más lejos de la realidad. Sólo tenéis que toparos con un tipo como yo para notar la gran diferencia con esos malditos farsantes.

Pensad que tenemos el sentido de la orientación tan desarrollado que podemos trazar varias rutas alternativas para llegar a una misma dirección en el menor tiempo posible; y cada día será diferente dependiendo de las variables. Procesamos tanta información en nuestro cerebro que ese camino será modificado según el día de la semana, franja horaria, condiciones climatológicas, huelgas o manifestaciones; en ocasiones estamos tan concentrados en el fluir del tráfico, que sabemos con total precisión cuantos segundos tarda en cambiar cualquier semáforo de la ciudad y qué calles están reguladas por los que han sido coordinados para que no sea necesario frenar hasta recorrerla por completo. Con nuestro poder, optimizamos los desplazamientos y diseccionando las arterias de comunicación para transitar de la manera más eficiente. ¿Parece una locura?, pues puede llegar a serlo. Con sólo decir que la visión que Neo tenía de Matrix (esas líneas que barrían la pantalla de arriba a abajo con ceros y unos) esta basada en la que despliega un transportista por la ciudad, está todo dicho.

El caso es que paseábamos por las afueras del casco urbano, se paró un coche a nuestro lado y, desde el asiento del copiloto y con un GPS en la mano, una chica nos preguntó por un parque acuático para perros que han inaugurado hace poco cerca de mi pueblo.

Los GPS, otro maldito sucedáneo de nuestros poderes que jamás nos llegarán ni a la altura del callo que guardo en mi pie izquierdo como recompensa de tanto apretar el embrague. Hay personas que han acabado extraviadas, con las cuatro ruedas de su vehículo dentro de una riera o brincando en una pista montañosa, por obedecer de forma abnegada a las indicaciones de ese abominable cacharro. Un consejo: deshaceos de ese engendro y conseguid un mapa de carreteras.

También sé que me encuentro ante una encrucijada, pues esta es una ocasión claramente idónea para profundizar en mis teorías sobre la idiotez humana, pero voy a dejar para otro momento lo del parque acuático para canes y no me desviaré de la anécdota.

Primero querría aclarar una cosa. En mi matrimonio, como pareja bien avenida que somos, tenemos los roles muy bien definidos y normalmente, por culpa de mi extrema timidez y la mundialmente conocida dificultad que arrastro a la hora de comunicarme, se hubiera encargado mi mujer de responder a la pregunta. Pero en esta ocasión el entuerto demandaba a un verdadero gurú del tráfico terrestre. Y la gran responsabilidad que ataña este poder no me dejaba otra opción que no fuera tomar la iniciativa. Así que me adelante un par de pasos y comencé con la detallada explicación.

 - Sí, por supuesto que sé donde está -dije con arrogancia- Seguís para allá... eh, cuando lleguéis a la carretera, a la derecha... eh, segunda salida y ahí es.

¿Para allá?, ¿carretera, qué carretera?, ¿acaso no se encontraban ya en una carretera?, ¿segunda salida y ya está? ¡¿Pero que mierda estaba diciendo?! ¡Si esas explicaciones no las comprendía ni yo!

Por un momento me quedé atónito. Y las caras de no entender nada que me lanzaron desde el interior del coche tampoco me ayudaron a salir del estupor. No podía ser, debía intentar de nuevo extraer de mi interior unas indicaciones lógicas, apoyadas en referencias visuales... un cartel, un árbol, una fábrica... algo que evidenciase que mi don estaba ahí, que no me había abandonado...

 - Eh, para allá... -volví a señalar con el dedo- eh, llegaréis a la carretera... eh...

¡Otra vez!, ¡lo estaba haciendo otra vez! El desconcierto se apoderaba de mí. Estaba siendo arrastrado por unas indicaciones sin sentido y mi cerebro se ahogaba bajo la espesa niebla en que se había convertido mi orientación. No podía percibir mi don, se había esfumado. Una parte de mí había desaparecido, dejando en su lugar una extraña sensación de orfandad difícil de explicar.

Por suerte, mi mujer, viéndome en un aprieto, terció en mi absurdo discurso justo antes de que sucumbiera a la desesperación.

 - Continuáis por esta misma carretera -dijo dando dos pasos al frente- pasáis el centro comercial y llegaréis a una rotonda. La primera salida os llevará a la ronda que tenéis que coger en dirección Barcelona. Salís en la segunda salida y preguntáis en la gasolinera.

 - Gracias -contestaron los excursionistas, con un semblante algo más tranquilo. Se incorporaron a la carretera y se marcharon.

La intervención de mi mujer fue sobria. Funcional. Sin llegar al nivel excelso que atesoramos los profesionales del ramo, había dado las indicaciones justas y precisas para guiar eficientemente a esas personas. Incluso me sentí orgulloso de ella.

Entonces, sucedió algo asombroso: mis poderes retornaron. Fue como un cosquilleo que comenzó en la palma de las manos y que no tardó en extenderse por todo el cuerpo. La niebla se disipó. Ahora podía ver con claridad.

Por defecto profesional, repasé instintivamente los puntos de referencia elegidos por mi mujer. Había indicado un centro comercial, aunque, de haber estado en plenas facultades, yo hubiera sido más concreto y hubiera señalado directamente al McDonalds por su inconfundible letrero; pero el suyo tampoco había sido un mal consejo. También podía haber sido más precisa con la rotonda y, para evitar equívocos, comentar que había que incorporarse a la ronda que la cruzaba de forma elevada. Y en la segunda salida podría haber complementado la información con su número o con el nombre que indica el cartel. En la gasolinera... ¿Gasolinera?

 - ¿Les has dicho que preguntaran en la gasolinera? -dije girando la cabeza hacia mi mujer.
 - Sí -contestó ella, totalmente despreocupada.
 - No hay ninguna gasolinera en esa salida. La gasolinera está en la anterior -apunté.
 - ¡Ah!, ¿sí? -dijo encogiéndose de hombros. Y continuó paseando, sin darle la mayor importancia al dato.

Qué queréis que os diga, después del mal rato que había pasado, sólo me invadió un sentimiento profundo de admiración hacia mi mujer: al menos ella pudo fingir.




domingo, 6 de julio de 2014

Poesía callejera



Javier llevaba tres cuartos de hora asomado a la ventana del comedor. Vivir en un tercer piso le proporcionaba una panorámica inmejorable del parque que colindaba con el edificio donde residía.

De pronto, por uno de los costados, apareció el grupo de chavales que cada tarde acostumbraba a poblar alguno de los rincones menos transitado del jardín. Para Javier sólo se trataba de una ristra indeterminada de niños y niñas sin el menor interés, pues su mirada no podía ver más allá de Julia, la chica que encabezaba la comitiva y que le tenía encandilado con su deslumbrante belleza.

Cerró la ventana, se atusó el flequillo ante el espejo y salió disparado por la puerta.

Mientras bajaba de tres en tres los escalones, iba ensayando mentalmente los versos que pensaba recitar ante Julia. Había sido testigo de cómo un niño de su misma edad la deslumbró, tres días antes, interpretando un grotesco Rap ante todo el grupo. Y Javier estaba convencido de poder mejorar esa actuación. Cambiaría esas rimas soeces por los mejores versos de algún prestigioso poeta; el baile simiesco por una sobria y grácil representación; el tono de yonki por una voz aterciopelada. Y, sobre todo, el vestuario desgarbado por una camisa blanca, planchada y abrochada hasta el último botón. Decidirse sobre qué talla de pantalones enfundarse le había costado más. Recordó la imagen del chico rapero y a su descarado culo asomando sobre unos tejanos deliberadamente caídos y no le pareció muy elegante. Sin embargo, Javier no estaba seguro de que enseñar los cachetes no fuese el equivalente masculino a unos senos bien escotados: al fin y al cabo se mostraba un mismo canalillo. Pero, tras media hora de probaturas con ropa de su padre y trastabillarse en un par de ocasiones, desechó la idea por temor a quedar en ridículo ante una inoportuna caída. La función tenía que salir perfecta.

Javier llegó frente al distraído grupo de adolescentes, se tomó cinco segundos para recuperar el aliento y se dirigió a la niña de sus ojos.

 - Hola Julia. ¿Puedo enseñarte una cosa? -dijo excitado.
 - Sí, claro -concedió Julia sin hacerle demasiado caso.

Equilibró los pies en el suelo, irguió la espalda y, tal y como había estado ensayando durante unos días, entonó el poema.

A trabajos forzados me condena
mi corazón, del que te di la llave.
No quiero yo tormento que se acabe,
y de acero reclamo mi cadena.

Ni concibe mi mente mayor pena
que libertad sin beso que la trabe,
ni castigo concibe menos grave
que una celda de amor contigo llena.

No creo en más infierno que tu ausencia.
Paraíso sin ti, yo lo rechazo.
Que ningún juez declare mi inocencia,

porque, en este proceso a largo plazo
buscaré solamente la sentencia
a cadena perpetua de tu abrazo.

Y acabó la última frase con los brazos abiertos, esperando la ansiada cadena de su abrazo.

El grupo, que durante el transcurso de su interpretación fue poco a poco enmudeciendo su algarabía, se fue girando progresivamente con cara de asombro. Para cuando hubo acabado de recitar, el silencio era absoluto y todos los ojos estaban clavados sobre él.

De pronto, dos niñas que flanqueaban a Julia, con la parsimonia de quien sufre un hechizo, se adelantaron hasta quedar a unos centímetros de sus brazos. Javier estaba confundido. ¿Era posible que la magia de su interpretación hubiera embelesado, sin pretenderlo, a esas dos chicas?

Con la rapidez de un rayo, y sin que Javier lo viera venir, recibió un puntapié en la espinilla por parte de la niña situada a su izquierda. La de la derecha, aprovechando la cercanía de su cara al doblarse de dolor, le lanzó un escupitajo que fue a parar, con precisión milimétrica, entre ceja y ceja. Y el silencio se desvaneció en el aire con el estallido de unas sonoras carcajadas.

Javier se quedó aturdido por un instante, con una mano agarrando su dolorida espinilla y con la otra limpiando su cara de babas. Ya nadie le observaba. Julia le había dado la espalda y charlaba alegremente con las dos arpías que le agredieron.

Decidió irse para casa. Se dio la vuelta y arrastró los pies, dejando a cada paso un trocito de su autoestima. En cierto modo ya se lo había advertido su hermano mayor, el día anterior, mientras le observaba ensayar: "la poesía está muerta", le dijo. Ahora lo había comprobado. Y aferrarse a ella era acabar devorado por la muerte.

martes, 1 de julio de 2014

La derrota del conquistador


David era todo un seductor. Poseía el increíble don de susurrar al oído las palabras precisas para que cualquier mujer cayera rendida a sus pies. Muchas veces se había encontrado con chicas recelosas por tener la extraña sensación de haber sido espiadas en su intimidad, pero volvía a utilizar su embriagadora prosa para encauzar el entuerto y todo acababa en un malentendido que le hacía parecer aún más encantador. Aunque, en cierto modo, sí que las investigaba antes de dirigirles la palabra. Desde la distancia, observando su estado de ánimo y su lenguaje corporal. Con eso le bastaba.

Para que su mente pudiera procesar las señales que mandaban las chicas y se concentrara en idear las frases que esperaban oírle, necesitaba una sangre fría y un aplomo que sólo alcanzaba cuando se desprendía totalmente de sentimiento alguno. No podía sentir miedo, vergüenza, ni cariño; no si quería encontrar las palabras adecuadas para cada situación.

Sabía perfectamente que el hábitat idóneo para explotar esa característica era, sin duda, un lugar sosegado. Por eso mismo jamás iba a una discoteca, un concierto, o cualquier otro sitio que el sonido ambiental solapara su voz. Aunque vetar unos cuantos espacios urbanos no le suponía un gran problema, pues quedaban otros tantos perfectos para desplegar su cautivadora magia.

Había logrado conocer a cuantas mujeres quería. La gran mayoría guapas, todas simpáticas y algunas con sentido del humor, pero ninguna dispuesta a abandonarle tras experimentar su embrujo. Sin embargo, no solamente lo utilizaba para encontrar pareja, también podía abandonarla en el momento que le viniera en gana con la misma facilidad. Todos sabemos lo complicado que resulta poner fin a una relación sin una discusión o, al menos, una decepción que no acabe deteriorando el mutuo aprecio; todos menos David. Su labia estaba tan perfeccionada que cada vez que se empeñaba en romper con su novia acababa por convencerla de ser la mejor opción para ella, convirtiéndose a partir de ese momento en uno de sus mejores y más íntimos amigos.

Jamás había alargado un noviazgo más allá de seis meses y nunca había sentido la necesidad de convivir con su pareja. Pero lo que David no sabía es que "nunca" es un término demasiado largo para cualquier persona, por muy excepcional que se creyera. Y todo cambió el día en que conoció a Isabel.

La primera vez que la vio no pasó nada especial, nada destacable. Se cruzaron en la biblioteca de la universidad, la observó para trazar su estratagema y, unos instantes después, comenzaron a cuchichear sobre el libro que ella ojeaba. Más tarde salieron a tomar un refresco y, casi sin proponérselo, acabaron besuqueándose en la parada del autobús.

Isabel no era ni más bella ni más lista que la mayoría de las chicas con las que se le había visto relacionarse. Y el esfuerzo había sido el mismo, si no menos, que el utilizado con cualquier otra para que cayera rendida en sus brazos. Así que, con la despreocupación que irradiaba gracias a la enorme seguridad en sus artimañas, programó una segunda cita para el día siguiente.

Esta vez se encontraron a las puertas del Parque de la Ciudadela. Por cómo Isabel leía aquel libro el día anterior, David había deducido que se trataba de su poeta favorito. Así que apareció con un ejemplar idéntico y, haciéndolo pasar por suyo para que Isabel viera lo mucho que tenían en común, se ofreció a leerle unos versos mientras retozaban en el césped. La idea, como era de esperar, no pudo ser mejor recibida, pues sus metódicos planes nunca incluían fisura alguna que entorpeciera su galantería. Y esta vez no iba a ser una excepción.

Así pasaron dos semanas, citándose un par de horas diarias para que David la deleitara con su interminable abanico de frases, presentes y adorables planes.

Pero el decimoquinto día de su relación todo se vino abajo.

Habían pasado el día en la playa bañándose, tomando el sol y regalándose caricias. Cada cosa en su momento exacto para que resultaran la mar de placenteras, sobre todo para Isabel. Pero a media tarde David se quedó dormido, momento que aprovechó Isabel para sofocar su calor con un baño. David se despertó con el aturdimiento clásico de quien alarga sin necesidad la siesta, buscó con la mirada a su chica y la encontró en la orilla, saliendo del agua.

En ese preciso instante, aún nadie sabe bien cómo ni por qué, su percepción del Universo cambió.

Isabel tenía el rostro iluminado por la luz celestial que desprendían sus encendidas mejillas. El pelo, terso y mojado, se le pagaba a la espalda como si le cubriera los hombros el manto de una Virgen, evacuando el agua sobrante entre surcos de un manantial dorado. Cada huella que dejaba en la arena, cada pisada, estaba perfectamente acompasada para que sus caderas se contonearan simulando una sensual danza del vientre. Incluso a David le llegó a invadir la absurda certeza de estar observando cómo el mar lanzaba sus oleajes con el único propósito de acariciar los tobillos de Isabel.

Naturalmente, lo que sufrió fue, sin ningún tipo de dudas, lo que cualquier sociólogo denominaría flechazo de amor.

Isabel se sentó en su toalla, al lado de David, esperando escuchar la perfecta ocurrencia que le animara la tarde, pero él no pudo contentarla. Quiso hacerlo, pues era evidente lo que Isabel demandaba, pero sintió tanto miedo en defraudarla que no consiguió articular palabra. De pronto, comenzó a presentir una vaga posibilidad de ser rechazado si no le proporcionaba en el acto lo que ella quería y, dejándose llevar por un pánico irracional, le confesó su inconmensurable amor; así, sin meditarlo, sin darse unos segundos para sopesar la mejor opción. El problema fue que lo hizo con un estado de ánimo que reunía el temor, el afecto y la inseguridad en una misma mueca. Vamos, como lo haríamos cualquiera de nosotros declarándonos a la pareja de la que estuviéramos enamorados, pero como nunca lo hubiera acometido David de estar lúcido.

Isabel frunció el ceño con cara de estupor, pues no reconoció en esos gestos al chico que llevaba dos semanas encandilándola. Incluso llegó a pensar que se trataba de una broma de muy mal gusto y se enfureció al sospechar que le tomaban el pelo.

Cuanto más se disgustaba Isabel, más aterrorizado se mostraba David, llegando al punto surrealista de implorar misericordia igual que haría un condenado a muerte ante su verdugo. La escena que montó fue tan bochornosa que Isabel no tuvo más remedio que huir por la ardiente arena sin tan siquiera calzarse las chanclas. El guiñapo humano en el que se había convertido su apuesto amante no le hizo ninguna gracia, y se conjuró para no volver a saber nada más de él.

David regresó a casa solo, encomendándose a todas las redes sociales instaladas en su móvil para enmendar su torpeza con Isabel. Haciéndole saber cuanto la amaba, cuanto la quería y cuanto la necesitaba. Palabras leídas que jamás fueron contestadas.

Tras dos meses y ochenta mensajes sin respuesta, David perdió toda esperanza de recuperarla y aceptó la irremediable pérdida. Se dio cuenta de que engañar a una mujer era engañarse a uno mismo. Podía manipular los designios de una relación regalando todo lo que quisiera su pareja, pero sólo podría ser realmente feliz con una pareja que cuanto quisiera fuera a una persona como él.

Por supuesto que no dejaría de utilizar el poderoso hechizo oral que tanto dominaba, pero lo emplearía únicamente para romper el hielo en situaciones contadas y, nada más conseguirlo, se dejaría llevar por sus sensaciones. Así, si sus sentimientos no eran correspondidos, al menos no se traicionaría a sí mismo. Era consciente de dejar escapar muchas oportunidades si se abandonaba a sus sensaciones, pero en esos momentos de incertidumbre recordaba el dolor que había experimentado cuando, tras perder el control, se mostró tal y como era, y rápidamente volvía al refugio de su tesis con la esperanza de que no volviera a suceder tamaño desastre. Si le abandonaban sería porque él no era el hombre que andaban buscando; y no por simular ser todo lo que ellas anhelaban de un hombre.

martes, 24 de junio de 2014

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Sé que cualquier día de estos acabaré con una extravagancia que cada vez comparto con menos gente: no tengo smartphone. Y no disponer de un móvil de última generación es igual a no estar conectado a redes sociales. Ni Facebook, ni Twitter, ni What's up, ni Instagram. Es probable que a más de uno le pueda dar un patatús con tan sólo pensar en la posibilidad de encontrarse en mi misma situación, pero creedme cuando digo que no es para tanto.

El otro día, mirando la televisión, me quedé embobado mirando la esquina izquierda superior de la pantalla. Normalmente vuelco todos mis sentidos en la programación emitida, pero se trataba de telecinco y casi nunca transmiten nada que capte mi atención. Así que, como persona dispersa que soy, me distraje con ese pequeño enlace a Twitter que suele aparecer en casi todos los programas. Supuse que ese galimatías servía para interconectar a todos sus usuarios, con el fin de compartir ocurrencias o ideas sobre lo que estaban viendo y escuchando en ese mismo momento. Entonces pensé, ¿para qué sirve Twitter y por qué debería incorporarlo a mi vida?

Sobre la primera pregunta llegué a tres conclusiones, aunque es muy posible que existan muchas más, pero uno da para lo que da.

La primera conclusión es obvia: para conectar a multitud de personas que están disfrutando de un evento (ya sea televisivo o de forma presencial) y hacer que todas las ideas, opiniones o diferentes puntos de vista se propaguen entre sus usuarios. No sé a quién le puede interesar esto, pero desde luego que a mí no. Cuando veo un programa, una película, un encuentro deportivo o un concierto, no me gusta ser molestado. Soy una persona meticulosa, que le gusta disfrutar de los gestos corporales en un debate, de un plano secuencia rodado para una serie o película, del momento en que un deportista anticipa sus movimientos para ganarle la partida al contrario o del modular de una nota en un punteo improvisado de guitarra. Para mí, son en esos minúsculos detalles donde reside la magia de lo excepcional. Y todo eso corro el riesgo de perdérmelo si tengo que estar atento a los silbidos que anuncian un nuevo tweet en mi móvil. Quizá sea una persona rara, pero prefiero centrarme en un mensaje especialmente pensado para el espectador y paladearlo, que tragar con varios avisos intrascendentes a la vez que trato de leerlos a toda prisa. Además, entrando en la página web de un programa y observando lo que se twitea, tampoco me pierdo gran cosa.

La segunda conclusión es también de sobras conocida: hacerme seguidor de gente y lograr que otros me sigan a mí.

Esta búsqueda de aprecio virtual nunca me ha interesado demasiado. Hay gente muy enganchada al "chute" efímero de endorfinas que proporciona un "me gusta" o un comentario cursi en su muro de Facebook. Y no los culpo por ello, a todo el mundo nos agrada sentirnos queridos, pero soy demasiado reflexivo para dejarme llevar por palabras o gestos banales. Veis, ya estoy desprestigiándolas con sólo pensar en ellas. A veces me gustaría ser más impulsivo y alocado, menos consciente, para dejarme embriagar por frases pueriles. Pero uno es como es y hay que aguantarse.

Tampoco pienso que sea muy sano para mi estado de ánimo estar continuamente esperando una aprobación, en su mayor parte de desconocidos, sobre mis palabras. Porque unos comentarios positivos pueden hacer que te sientas eufórico, pero también corres el peligro de hundirte en la miseria si todo el mundo se empeña en criticarte. Y una montaña rusa de sentimientos puede acabar por desquiciarte.

Definitivamente no, conseguir seguidores en Twitter jamás se convertirá en el objetivo de mi vida.

Ser seguidor de personas tampoco me interesa demasiado. Sí, puede que encuentre gente que twitee cosas interesantes pero, para ser sinceros, elaborar una idea en ciento cuarenta caracteres es muy complicado y siempre se suele twuitear de forma impulsiva e inmediata, lo que suele acabar resultando un aborto de idea.

Precisamente el otro día vi por la tele una entrevista al escritor Sergi Pàmies que dijo una frase con la que concuerdo sobre este tema: "Hay que tener muchos huevos para poner una idea en Twitter porque, probablemente, será una mierda de idea. Y, hasta la fecha, las ideas de mierda se quedaban dentro de uno, rebotando, hasta que el organismo las desechaba."

En definitiva, que no llegué a vislumbrar ninguna utilidad que me convenciera y dejé que mis principios se impusieran ante la imposibilidad de encontrar algo plausible que diera sentido a esa aplicación.

Pero mis principios son muy volátiles y, en esta vida, todo principio tiene su final; incluso los éticos. Así que, al día siguiente, volví a interesarme por el tema y me puse a investigar.

Por lo pronto encontré que esta aplicación cuenta con la friolera de... no sé, un porrón de cientos de millones, porque fui incapaz de encontrar una cifra actualizada de sus consumidores. Una cosa es que me ponga a indagar, y otra muy distinta es que atesore las mismas capacidades resolutivas que Sherlock Holmes. En fin, que hay muchos, muchísimos; demasiados usuarios, diría yo. Entonces también me percaté de una cosa muy curiosa: hay un enorme número de cuentas que no están asociadas a una persona en concreto, sino que representan a una organización o un objeto. Y quedé prendado.

Así pude ver cómo twuiteaba con gran ternura Brazuca, la pelota del mundial de fútbol, unas horas antes del estreno de la selección Argentina en la competición: "El mundo entero tiene la mirada puesta sobre Messi, pero él sólo tiene ojos para mí"

O cómo estrenaba su cuenta la CIA con esta frase tan enigmática: "No podemos ni confirmar ni desmentir que este sea nuestro primer tweet"

Y aquí llegó mi tercera conclusión: Twitter también sirve para insuflar de alma a objetos y sedes. Y ese concepto me fascinó. Así que no os extrañe que, el día que posea un smartphone, me haga seguidor de los más ridículos y peculiares objetos o entidades que encuentre por la red.

Puede que penséis que soy un tipo raro y huraño que no quiere saber nada de las personas, pero no creo que sea exactamente así. Detrás de cada una de esas cuentas singulares hay un ser humano que le da vida con su ingenio, con sus maneras diferentes de ver el mundo, y esas son la clase de personas que realmente me despiertan curiosidad.

martes, 17 de junio de 2014

Sexo olvidado



Se trataba de la pareja de amigos más extravagante que se hallaba en El Pub. De hecho no eran ni amigos, tan sólo compañeros de oficina que rara vez se habían dirigido la palabra. La juventud de James, su desparpajo y su atractivo, chocaban frontalmente con la decrepitud, la fealdad y la timidez que exhibía Jenaro. Aún así, allí estaban. Compartiendo una ronda de cervezas que, amablemente, se había ofrecido a pagar Jenaro.

 - Bueno, colega -dijo James, tras acabar de un trago la caña- Tú dirás para qué me has traído a este tugurio.
 - Verás, es que yo... no sé muy bien cómo decirlo...
 -  ¿Te importa si voy pidiendo otra ronda? -interrumpió James- Me parece que la voy a necesitar para oír lo que me vas a soltar.

Soltó una risotada, le propinó una palmada en el hombro y, sin esperar respuesta, se volvió hacia el interior de la barra para solicitar la demanda.

 - Sí, claro -concedió, ya sin necesidad alguna.

A Jenaro se le notaba atenazado. Una persona tan retraída como él jamás se podría sentir cómoda en un sitio tan estridente y concurrido como era aquel, pero su intención había sido buscar la complicidad de un James que, por contra, parecía encontrarse en su salsa. Y no se le había ocurrido un lugar mejor para revelar una confidencia, aunque tenía la oscura sensación de que el ajetreo del local interrumpía sus pensamientos y no le ayudaba a encontrar las palabras adecuadas.

Miró a James de soslayo y quedó embelesado, admirando las dotes de seductor que su inusual compañero proyectaba a quien le estuviera observando. Por un momento envidió su sofisticación, su esbelta figura, ese espíritu aventurero que le había llevado a residir en Londres, Nueva York o Sidney a sus escasos veintiocho años. Y ahora se encontraba junto a él, dispuesto a compartir su experiencia vital.

James hizo lo propio con Jenaro. Echó un vistazo al adefesio con el que compartía barra y se sorprendió de que, tras cinco cañas, continuara con su impertérrito semblante. Pero lo que más le fastidiaba era constatar lo mucho que se había echado a perder un hombre de cuarenta y tantos años que aparentaba llevar vivo muchos más. Cierto que la genética no le acompañaba, pues daba la impresión que todo lo que sus genes ahorraron en belleza se lo habían otorgado en tolerancia al alcohol, pero James pensaba que ese no era suficiente motivo para dejar al cuerpo atrofiarse a su libre albedrío. Con un poco de ejercicio y una alimentación sana podría alcanzar unos niveles estéticos aceptables, pensó.

 - Mira, iré al grano -dijo por fin Jenaro- Quería hablar contigo porque esta noche tengo una cita y necesito un par de consejos.

James abrió exageradamente los ojos y, sin pestañear ni desviar la mirada de su colega, dio un largo sorbo a su cerveza.

 - Vale, cuenta.
 - La verdad es que nunca he mantenido una relación, digamos estable, con una mujer. Y soy conocedor, por lo que se comenta en la oficina, de tu larga trayectoria como conquistador de féminas.
 - Sí, follo a menudo. Si es a eso a lo que te refieres -dijo James de la forma más sutil que supo.
 - Pues sí, exactamente a eso. Y te agradecería unos consejos...
 - Espera, espera -cortó James- Entonces... -se acercó a su oreja y susurró- ¿Eres virgen?
 - Bueno, no exactamente. Creo haber practicado sexo con una amiga cuando era un adolescente, pero todo ocurrió en un cuarto oscuro y, la verdad, no sé muy bien qué hice. La experiencia fue tan desagradable que nunca más me volvió a interesar ese asunto.
 - Ya -espetó un incrédulo James.
 - Pero hace unos meses, entablando conversaciones en un chat de internet, encontré a mi alma gemela. La mujer más maravillosa del mundo. Un ser capaz de obrar milagros.
 - Sí, claro. Ese efecto siempre lo causa una buena jamelga -subrayó James.

Pero Jenaro estaba tan ensimismado en su amada que no escuchaba nada.

 - Visitamos juntos las mismas tiendas de ropa, de electrónica y, una vez por semana, nos dejamos caer por el Museo del Prado. Lo cierto es que es una guía increíble, siempre me lleva a los rincones menos transitados del lugar y...
 - Vale, vale. No me cuentes más. Os tocáis y hacéis manitas en sitios públicos ¿no?

Jenaro se echó hacia atrás y cambió su inescrutable gesto por otro de profunda repulsión.

 - Pero... ¿de qué guarradas me hablas? -dijo indignado- Nuestros encuentros son siempre virtuales. Quedamos en una web y comentamos su contenido vía Skype. ¿Pero qué bicho raro te crees que soy?
 - No el que yo pensaba -susurró James para sí mismo- Perdona, continúa por favor.

Tras unos segundos de duda, Jenaro volvió a su posición original mientras se aclaraba la garganta con un trago.

 - El problema es que ayer recibí en casa un paquete con una camiseta de los Power Rangers que habíamos visto juntos la semana pasada, acompañada de una nota que decía: ¡A metamorfearse!
 - Ajá -soltó James sin comprender nada.
 - También me citaba en persona, hoy a las nueve en punto, para ver cómo me quedaba puesta -dijo mientras se desabrochaba la camisa para dejar entrever la camiseta- No sé, sospecho que me imaginó vestido así y acabó por excitarse.

James miró la psicodélica prenda y repaso de arriba a abajo a su compañero.

 - Sí, bueno. Yo tampoco me lo explico -apuntó.
 - Tienes que ayudarme James -rogó Jenaro- Estoy casi seguro de que querrá practicar sexo y no estaré a la altura de sus expectativas...
 - Pero, vamos a ver. Me acabas de decir que tú ya has tenido alguna experiencia -rememoró James.
 - Ehh... sí -titubeó Jenaro.
 - Pues no te preocupes por nada. Tú propio cuerpo lo recordará. Piensa que es como montar en bicicleta.
 - ¿Estas seguro de eso? -preguntó Jenaro, algo más tranquilo.
 - Por supuesto. Escucha, no te lo digo por decir. Te hablo desde mi más profunda experiencia, que no es poca.


Jenaro gozó de una velada estupenda junto a su novia. Aunque se le hizo corta, muy corta. Cuanto más se acercaba el momento de quedarse a solas con ella en su casa, más nervioso estaba. Seguramente por eso le enseñó el barrio durante dos horas y luego su piso, incluido parking y trastero, en el transcurso de una más.

Por fin, en la intimidad de su dormitorio, se desnudaron, se acurrucaron bajo las sábanas y se empezaron a besar. Tras un rato de magreo preliminar, Jenaro supuso que tenía que pasar a la acción. Su cuerpo se lo pedía, aunque no sabía exactamente el qué. Entonces, como retumbando en su cabeza, recordó las indicaciones de James.

Entre caricias y jadeos, Jenaro aprovechó para separar, con suma dulzura, el largo cabello de su amada en dos perfectas coletas. Las asió con fuerza, se montó encima y pedaleó... y pedaleó... y pedaleó...

martes, 10 de junio de 2014

Política decepcionante


El otro día, tras depositar mi voto en una urna, tuve una charla conmigo mismo y me pregunté por qué me parecía tan vano ese gesto. Siendo un niño, me enseñaron que es de mala educación no hacer caso a una pregunta, así que me esforcé en no quedarme en vilo y busqué una respuesta razonable. No querría ser impertinente con nadie y menos conmigo mismo, por lo que esa determinación me llevó, inevitablemente, a poner mi máxima atención en la respuesta.

Esta clase de conversaciones las tengo muy a menudo y seguramente son un síntoma de algún desequilibrio psíquico grave. Pero no os preocupéis por mí, siempre las mantengo en voz baja y apenas gesticulo para que nadie se dé cuenta. Así evito que me encierren tras los muros de alguna institución especializada en trastornos mentales.

Sin embargo, para obtener una respuesta con una pizca de criterio sobre un tema tan peliagudo, mi mayor problema suele ser conseguir recordar algo que en alguna ocasión me haya molestado o entristecido. Veréis, mi mente utiliza un mecanismo de defensa muy peculiar que consigue eliminar los malos ratos vividos para que no pueda volver a pensar en ellos. Sé que es una forma extraña de evadirse de las malas experiencias, pero se trata de un pedazo de cerebro totalmente autónomo que escapa a mi control. Imagino que así logra que jamás me pueda deprimir, pero realmente me cuesta horrores recordar algo malo o echar algo en cara a la gente cuando es necesario. En cualquier caso, si me esfuerzo lo suficiente, acabo por rememorar esos malos tragos.

Pero creo que estoy diluyendo esta reflexión en mi enorme tontería mental, así que dejaré a un lado las divagaciones y procuraré ir al grano.

Pues, como iba diciendo, tras pensarlo detenidamente, llegué a la conclusión de que es probable que la forma de ver el mundo, y seguramente muchos de nuestros traumas, provengan del periodo infantil y adolescente de cada uno. Y, en cierto modo,  parece lógico que así sea, pues es en esa época donde tenemos la primera toma de contacto con los diferentes aspectos funcionales de la vida, en general, y de la sociedad, en particular.

Mi primer acercamiento a la política, si por acercamiento damos por válido sencillamente una atenta observación, ocurrió a la edad de catorce años. Recuerdo que ese día me encontraba enfermo y no pude acudir a la escuela como era de costumbre. Este simple hecho, unido a mi enorme aburrimiento y no menos enorme curiosidad, propició que acabara cautivado por la retransmisión desde el congreso de los diputados de un debate, de no recuerdo qué ley, que se prolongaba durante todo el día.

Pensé que podía resultar fascinante ver cómo se desenvolvían, enfrentándose con tesis y argumentos, las mejores mentes de nuestro país para, entre todos, crear una ley que ayudara a evolucionar la sociedad. O eso era lo que me habían explicado de la esplendorosa democracia. Qué queréis que os diga, mis conocimientos no daban para más.

De pronto, me turbó la emocionante idea de estar presenciando algo vetado a los menores. Como si realmente estuviera invadiendo la intimidad de los adultos cuando mi sitio debería estar en la escuela y no mirando unos discursos que, sin duda alguna, no iban dirigidos a mí. Incluso me sobrevoló el temor de no estar intelectualmente a la altura de esos, tan trascendentales como desconocidos para mí, temas de mayores que acabarían desplegándose a lo largo de la jornada. Pero, aún así, me arremoliné en el sofá y me dispuse a volcar todos los sentidos en intentar comprender lo que allí se cocía.

Si no recuerdo mal, los primeros minutos fueron cedidos al partido del gobierno (por aquellas fechas el PSOE) para que pudieran presentar las nuevas normas que se iban a implantar en caso de prosperar las votaciones de forma favorable. Fue una exposición sencilla, casi pueril, sin profundizar en los pros y los contras ni en las consecuencias que acarrea una decisión de este tipo a toda una sociedad. Unos preliminares planteados con una jerga deliberadamente (o eso imaginaba yo) poco exigente para facilitar la percepción de los espectadores. Y, sorprendentemente, lo había entendido todo, aunque tampoco había mucho que entender.

Bien, ahora le tocaba el turno al partido de la oposición. En este caso, como ha pasado siempre y pasará toda la vida, no estaban de acuerdo con la aprobación de la ley. No me sorprendió demasiado, pues era una de las dos posibilidades lógicas existentes, aunque lo que realmente me dejó perplejo fueron las razones que mostraron para disentir: ninguna. El grueso del discurso estuvo enfocado a un ataque personal contra el presidente del gobierno con la famosa frase "márchese, señor Gonzalez, márchese", junto a alguna que otra descalificación de mal gusto. Bueno, pensé en ese momento, igual es alguna rencilla personal que tienen entre ellos, pero seguro que, en cuanto se aclare, se ponen manos a la obra con la nueva ley, que es a lo que han venido hoy aquí.

Me equivocaba. Lo que vino después fue un desfile, durante ocho horas, de cabezas de partidos políticos que pasaban por el atril insultándose, amenazándose y soltando puyas para intentar desprestigiarse los unos a los otros. Pero lo único que conseguían era perder, aparición tras aparición, toda la credibilidad ante mis atónitos ojos. Creo que no se salvó ni aquella mujer, situada a pocos metros del estrado, que no paraba de teclear los improperios que salían de todas y cada una de sus bocas.

Bueno, para ser justos y no caer en prejuicios, mencionaré a un político que habló un rato sobre la ley que se iba a votar y razonó, sin mucho entusiasmo, el por qué se debía desestimar: Miquel Roca. Aunque sospecho que lo hizo más por vergüenza ajena que por convicción.

Y así acabó el día. Sin sorpresa final ni frase antológica que me hiciera remontar el ánimo tras la gran decepción sufrida. ¿Esto era todo lo que podían ofrecer los cargos electos en una sesión parlamentaria? Nada de lo que había visto se acercaba a lo que me habían contado sobre la democracia. Fui inculcado con la idea de llegar a acuerdos entre las personas a base de razonamientos, no de violencia verbal. Pero lo más inquietante no fue el triste espectáculo que ofrecieron unos energúmenos, lo peor fue pensar en las sandeces que se dirían, en la intimidad, a tenor de las chiquilladas que habían perpetrado, sin pestañear, delante de todo el país.

Todo esto me sucedió a mí, a una persona común, por primera vez, en un día cualquiera a principio de los noventa. Y seguramente me volverá a ocurrir porque, en unos minutos, eliminaré de mi memoria todo rastro de ese trauma. Y es que me han comentado que, cada cierto tiempo, vuelven a reunirse políticos en el congreso de los diputados, insultándose, lanzándose desagravios y haciendo, más o menos, lo mismo que hicieran en aquel lejano día. Así que, si os interesa y ponéis un mínimo de atención, aún podéis llevaos ese bonito chasco. Claro que, yo de vosotros, y dando por sentado que os acompaña una mente sana y equilibrada que todo lo recuerda, no estaría tan seguro de exponerme a tamaña frustración.

martes, 3 de junio de 2014

El hombre invernadero



Querido diario, ¿cómo va tu encuadernada existencia? Sé que llevo unos meses sin escribirte, y espero que no me lo tengas en cuenta, pero hoy me he levantado temprano, sin saber qué hacer, y he sentido el impulso de manosear tus hojas para trasladar los grandes cambios sucedidos últimamente en mi vida.

Sí, ya tengo un año más de edad. Veinticinco. Y, como habrás podido comprobar por los estratos de polvo acumulados en tu lomo, ahora vivo solo. Si revisas tus páginas con atención, podrás encontrar numerosas referencias a las intenciones de mis padres de instalarse en la casa del pueblo una vez se hubieran jubilado. Pues bien, hace dos meses cumplieron con su amenaza y me abandonaron a mi suerte. Así que no me he emancipado, me han emancipado.

Pero, ¿he dicho que me han dejado solo? Lo siento, no quería mentir y perder tu confianza en nuestro esperado reencuentro. Porque, ahora que lo pienso, no ha sido realmente así.

Ya te he contado alguna vez las contradicciones que muestra mi madre con respecto a la incapacidad de manejarme con soltura en las tareas domésticas. Por un lado me echa en cara mi inutilidad con una escoba, mientras que, por el otro, nunca deja que agarre una y aprenda como es debido porque lo único que consigo es desperdigar la suciedad por el piso y le doy doble faena. No, lo suyo no es la pedagogía. Y todo es culpa mía, claro, por pasar el día holgazaneando.

Por si no tuviera bastante con hacerme cargo del piso, los bancos, la comunidad y mi trabajo de becario, se le ocurrió regalarme un perro para que supiera qué sacrificios acarrea responsabilizarse de otro ser. Y para que, dicho con sus palabras, me hiciera madurar. En cuanto se lo conté a mis amigos no tardaron ni medio segundo en re-bautizar al chucho con el mote de perro invernadero.

Se llama Toby. Seguramente ya le tendrás echado el ojo a su hocico, porque lleva más de dos meses olisqueando todos y cada uno de los objetos que hay en esta casa. Sí, esa cosa marrón y peluda que pasea con un plumero por cola.

Al principio nos costó un poco hacernos a la nueva situación porque no sé si mi madre olvidó dármelas, pero el perro no traía instrucciones. Para él, mi piso se trataba de un lugar intrigante y exótico, a punto para ser explorado; en cambio, mi novedad fue tener que esquivar y recoger tres veces al día una boñiga del suelo, a punto de ser aplastada.

Pronto se habituó al desorden implantado desde que se fueron mis padres, apropiándose de los lugares más acolchados de nuestra morada. Camas y sofá son los rincones donde puedo hallarlo cuando desaparece de mi vista. Pero, en general, se comporta y cumple escrupulosamente con su tarea de centinela, avisando con unos frenéticos ladridos, sin importar que estos se produzcan de madrugada, cada vez que alguien cruza por nuestro rellano. Imagino que este acuerdo lo pactó con mi madre, porque a mí nadie me preguntó nada.

Pero, hace aproximadamente un mes, he notado unos cambios en la actitud de mi mascota que me hacen recelar sobre su conducta. Sin embargo, es posible que todo sea perfectamente normal, al fin y al cabo nunca he tenido perro y jamás me ha interesado estudiar nada sobre ellos. Aunque la afirmación más cercana a la realidad sería, sencillamente, que jamás me ha dado por estudiar.

Todo empezó el día en que me despertó para ir a pasear. De hecho, lo que me sobresaltó fue el portazo que dio cuando salió a la calle por su cuenta. Es cierto que tampoco le hice demasiado caso y continué durmiendo apaciblemente. Sin embargo, al final tuve que levantarme, pasada media hora, cuando no dejaba de apretar el timbre con el morro. Bueno, reconozco que quizá tardé un poco en alcanzar la puerta, pero todo el mundo sabe del pequeño problema que arrastro cada vez que he de abandonar una posición cómoda para ir a realizar cualquier acción. Y creo que Toby también captó esa deficiencia en mí, porque al día siguiente se llevó las llaves de casa y no me molestó.

Desde luego que no siempre pasea solo. En ocasiones espera a que me desperece y me acerca la correa para que se la ate al cuello, aunque ya no recorremos el barrio igual que antes. Ahora noto enérgicos tirones en mi mano cada vez que a Toby le apetece cambiar de dirección. Incluso me llega a gruñir y me enseña los dientes si me opongo a su voluntad. Pero, ya me conoces, por no discutir acato cualquier sugerencia con mi condescendencia habitual.

Durante los primeros días coincidimos en el interés por las comidas, llegando a ser buenos compañeros de sobremesa. Yo me sentaba a la mesa para dar buena cuenta de los alimentos, mientras él fijaba sus ojos en mí y recogía las migajas que caían al suelo. Deduje que esta forma de mantener limpio el parquet era una de las utilidades que aportaba un perro a la vivienda, aunque ahora ya no estoy tan seguro de que sea así. Es cierto que no ha dejado de tragar los restos de comida desperdigada que encuentra por el piso, pero me he dado cuenta que complementa su dieta, tres veces al día, con unas poco apetecibles bolitas marrones que extrae de un saco situado en la despensa. No sé, igual no tenía suficiente con los mendrugos y sobras que encontraba. Él sabrá lo que se lleva a la boca.

Otro de los cambios que ha experimentado estos últimos días tiene mucho que ver con sus momentos de ocio. Nunca puse demasiado interés en esos juegos tontos que proponía. Me acercaba una pelota o un muñeco y esperaba que hiciera algo con ellos. Aún no sé el qué. Tras varias semanas probando estratagemas para que interactuase con sus juguetes, se dio por vencido y optó por acomodarse a mis hábitos de distracción: ver la tele.

Se apoltrona en el sillón de mi padre, se adueña del mando a distancia y cada tarde hay que ver, como mínimo, un par de capítulos de el encantador de perros, sino no hay quien le aguante. Además, intuyo que allí, ocupando el sitio de mi padre, percibe una sensación de amo de la casa que ningún otro lugar puede proporcionarle. O puede que sean imaginaciones mías, no sé. Pero todos estos cambios en su comportamiento me están dando qué pensar.

La verdad es que nunca imaginé que un perro fuera tan autosuficiente. Cada día que pasa lo noto más seguro, más predispuesto a afrontar los problemas de la casa para hacer nuestra vida más agradable. Y sobre todo a cuidar de mí, a preocuparse de mis necesidades y a que no me falte de nada. Creo que ahora empiezo a entender esa famosa frase de que el perro es el mejor amigo del hombre. Y es curioso, porque parece que todo lo ha aprendido solo, sin haberle prestado apenas atención.

Bueno, ha sido un placer descargar mis pensamientos en tus páginas, y esperemos que el abandono no me pueda para volver pronto por aquí, pero tengo que marcharme al comedor. Acabo de escuchar a Toby zarandeando la caja de los cereales y ese sonido es señal inequívoca de que tiene a punto mi desayuno. Y si se me enfría la leche puede que se enfade y no me saque a pasear.