martes, 22 de abril de 2014

¿Me lo prometes?



Alguna vez he escuchado decir que los niños viven en una burbuja, una región mental segura, donde nada ni nadie les puede hacer daño. Luego hay un día en que salen de su zona de confort, o rompen el cascarón, o cualquier otro eufemismo que les dé a entender la hostilidad que campa por el mundo, y acaban perdiendo la tan cacareada inocencia infantil. Bueno, no sucede en un sólo día, supongo que son una suma de situaciones que te asaltan por sorpresa, haciendo que identifiquemos los imprevistos de los que está plagada la vida y que nos demos cuenta del poco control que ejercemos sobre ella.

Creo que estos sucesos, en algunos casos, pueden resultar traumáticos y crear un sentimiento de desamparo, pues rompen esquemas a los que estábamos muy aferrados, aunque hay que reconocer que todos son reveladores y ayudan a madurar la mente de un niño. Pero lo más curioso es que ese muro de protección suelen construirlo los padres, sin ser conscientes del grado de decepción que provocará al infante el día en que caiga. Sin embargo, su estructura es tan frágil y se tiene que enfrentar a tantos retos diarios que un sólo paso en falso puede derrumbar esos cimientos, que tantos años dedicaron a consolidar, para acabar demostrando que no existe nada en esta vida que no se nos pueda escapar de las manos. Como le sucedió a un padre con su hijo el otro día en las butacas de un cine.

Nos encontrábamos viendo una película de superhéroes, la cual no voy a poner título para no desvelar su argumento, cuando uno de los protagonistas cayó al vacío precipitadamente y no pudo ser rescatado a tiempo. En ese instante de pausa dramática y silenciosa en que el superhéroe va a verificar si su compañera todavía continúa con vida, pude escuchar, cuatro butacas a mi derecha, la corta conversación que mantuvieron mis camaradas de carne y hueso.

 - Papá, ¿le ha pasado algo malo? -preguntó un angustiado niño.
 - No te preocupes, no es nada. Seguro que está bien.
 - Pero seguro que no ha muerto ¿no? -insistió el chaval, sin estar muy convencido.
 - No, no. Ahora se levantará.
 - ¿Me lo prometes? -exigió con voz piadosa.
 - Sí, te lo prometo -sentenció el padre.

Acto seguido, el plano se fundió en negro y abrió la siguiente escena una suave panorámica de una multitud reunida en un cementerio para despedir a la difunta protagonista.

Si yo fuera ese niño se me habría caído la venda de los ojos al instante. Dejaría de pensar que mi padre lo sabe todo, lo controla todo y es infalible.

No sé qué pretendía el hombre al mentir tan descaradamente a su hijo en la cara. ¿Posponer tres segundos el sufrimiento del niño a costa de su credibilidad? Porque no creo que consiguiera nada más. Al menos podía haberle dicho que no sabía la respuesta.

La trama prosiguió, haciendo gala del habitual sonido atronador en las películas de este género, y no pude escuchar si el padre inventó alguna mala excusa para lo que acababan de ver, pero no creo que ese niño vuelva a confiar ciegamente en la palabra de su padre. No, al menos, en la próxima película de la saga.

martes, 15 de abril de 2014

Microrrelato ¡click!


Pues aquí perpetro uno de esos microrrelatos que no sé muy bien de dónde sale, pero que parece expresamente escrito, aunque se concibiera hace meses, para las vacaciones de Semana Santa.

Por cierto, y aprovechando este espacio en forma de diario personal, informo al mundo que, desde ayer, ya estoy trabajando. No sé los meses que estaré en activo o si me renovarán el contrato, pero al menos he dejado de engrosar las listas del paro. Y, a juzgar por mi desfondada forma física de desempleado sedentario, se han quitado un gran peso de encima.



¡Click!

Miró la pantalla sin saber qué hacer. Y el teclado no le andaba a la zaga.

 - Perdone, no sé como funciona.
 - ¿En serio? Clique con el ratón sobre las ciudades y podrá visitarlas virtualmente.
 - ¿Ratón?

Tras tres minutos de aprendizaje...

¡Click!, Roma. Tráfico, El Coliseo, multitudes, El Vaticano.
¡Click!, Madrid. Tráfico, El Retiro, multitudes, Puerta de Alcalá.
¡Click!, París. Tráfico, Torre Eiffel, multitudes, Museo Louvre.
¡Click!, Barcelona. Tráfico, Sagrada Familia, multitudes, La Rambla.

<<Europa, que maravilla>>, pensó.

Y volvió a pasear por su solitaria isla filipina. Envuelto en el rumor de sus olas infinitas, en sus atardeceres subidos de ocres, en su exasperante tranquilidad. Deseando poder pisar esas tierras extrañas avistadas desde aquella pantalla. Esperando la llegada de turistas con sobrepeso, ansiosos por encerrarse tras sus barrotes de coral. Adoradores de cocos y langostas que no saben apreciar los prodigios de su ciudad. Gente estresada, esclavos de la tecnología, huyendo de ese dichoso ¡click!


martes, 8 de abril de 2014

Divagaciones



Hay un ejercicio mental que intento practicar siempre que puedo: divagar. Soy de esa clase de personas que, en cuanto tiene un momento libre, se queda alelado mirando las musarañas y se pierde en sus pensamientos.

No trato de buscar una fórmula deslumbrante para resolver la economía mundial o unir la teoría de la relatividad con la cuántica, tan sólo me dejo llevar por una idea y le doy vueltas para enfocarla desde distintos puntos de vista. Estos pueden ser físicos, morales, temporales; cualquiera que me ayude a disociar esa idea me resulta divertido.

Yo pensaba que esta era una práctica inocua para mi mente, pero hace unos días leí en varios medios, coincidiendo con el 20 de Marzo día mundial de la felicidad, el resultado de un estudio en el que se afirmaba que divagar puede causar infelicidad. Y ahora estoy un poco preocupado. No por mí, lo que escriban los medios me la trae floja, sino porque se tome en serio esa advertencia.

Si no podemos pensar por miedo a ser infelices ¿qué nos queda? Porque dejar de divagar es una invitación a dejar de lado nuestro mundo interior para entregarnos en cuerpo y alma a los estímulos sensoriales que no precisan análisis por parte de nuestra mente. Unos fuegos artificiales, una canción machacona (no nos vayamos a poner a pensar si escuchamos más de tres acordes) o un programa televisivo, de esos en los que da igual el mensaje siempre y cuando lo expresen todos los tertulianos a la vez y gritando.

Pero tengo un problema. Porque los fuegos artificiales, una vez pasada la sorpresa inicial de sus deslumbrantes luces, no dejan nada en qué pensar y me acaban aburriendo. Una canción repetitiva, lejos de tranquilizarme, me provoca dolores de cabeza y me transporta hacia la ansiedad de una obsesión compulsiva. Y, sinceramente, programas televisivos sin un sentido funcional no los entiendo. Y encima, al no entender nada, consiguen que mi curiosidad experimente sensaciones de impotencia, cosa nada recomendable para ser feliz.

No creo que uno sea más o menos feliz por dedicar más o menos tiempo a divagar, porque las personas felices o infelices, normalmente, no existen (a no ser que sufran una enfermedad mental, claro). Son un estado de ánimo inherente a todo ser humano que, por unos breves instantes, puede llegar a sentir cualquiera de las dos sensaciones en diferentes etapas de su vida. Pero la mayoría de veces no somos ni felices ni infelices, sencillamente vivimos en el término medio, en ese sano equilibrio que nos aleja de la euforia más desmesurada o de la depresión más miserable y que nos ayuda a actuar razonando nuestros actos como personas sensatas.

Pero, ahora que lo pienso, puede que tengan razón los científicos del estudio ese y, ante mi desbordante felicidad, emplee la divagación para acercarme a la infelicidad y así a la cordura.

Por hoy voy a dejar de divagar, ahora que aún me siento cabal y en armonía, que ningún abuso es bueno.

martes, 1 de abril de 2014

La insensatez de la cigüeña

       

          Pablo cenaba un cuarto de tortilla de patatas, porción más que suficiente para colmar el hambre a un niño de siete años. Jugueteaba con un mendrugo de pan mientras observaba, fascinado, como su padre seccionaba el bistec con la precisión de un cirujano. Pablo, ayudado por el candor de un alma ingenua, pensaba que él también sería capaz de manejar con destreza ese cuchillo de metal afilado. El suyo, de plástico duro, apenas servía para ensartar trozos de fruta madura; ejercicio que frustraba notablemente a Pablo, pues sostenía la esperanza de, algún día, dejar de ser un aprendiz para distinguirse entre uno de los más aclamados ninjas.

          Pablo soltó un suspiro y miró hacia el otro extremo de la mesa. Allí, apoltronada en su sillita, su hermana balbuceaba sonidos ininteligibles mientras su madre se esforzaba en introducirle una cuchara llena de papilla en la boca.

          - Mamá -dijo Pablo con tono suplicante- ¿puedo coger un cuchillo como el de Papá?
          - Ya sabes que no -contestó sin desviar la mirada de la rebelde boca de su hermana.
          - ¡Jo! ¿Por qué no?
          - Porque aún eres muy pequeño y te puedes cortar.

          Pablo se enfurruñó en su asiento y se cruzó de brazos para que sus padres fueran testigos de la enorme indignación que supuraba todo su ser.

          - Pues no seré tan pequeño cuando la Abuela ya me ha explicado de donde vienen los niños -dijo orgulloso.

          Poco a poco, los padres de Pablo fueron congelando sus movimientos como si se trataran de androides faltos de energía. Se miraron a los ojos intentando adivinar, cada uno en la mirada del otro, qué le habría contado la anciana mujer a su inocente niño. Pero encontrarse cada uno con la misma cara de pánico que el otro, lejos de apaciguar su inquietud, hizo que se animaran a preguntar al crío por las enseñanzas de la Abuela.

          - La Abuela... -dijo el padre de Pablo volviendo a la vida- ¿Qué te ha contado la Abuela? Si se puede saber, claro...
          - Bueno, supongo que vosotros ya lo sabéis -comentó Pablo sin demasiado interés- Lo de la cigüeña... y eso que vienen de París...
          - Claro, claro -interrumpió su madre soltando un suspiro de alivio- Lo de la cigüeña.

          Y volvió a la dificultosa tarea de acertar con una cuchara en el interior de la boca del bebé.

          - Pero aún hay algo que no... no entiendo... -volvió a insistir Pablo- ¿Cómo puede ser que no os importara, cuando era un bebe, que me trajeran a un montón de altura, envuelto en un simple pañuelo y sujeto en el pico de un pájaro flacucho, y ahora os preocupe mi seguridad por un cuchillo?, a no ser que eso de la cigüeña sea una trola y viniera por otro sitio...

          Esta vez la congelación fue instantánea.

          Sin más dilación, su padre se levantó  del asiento, se dirigió a la cocina y comenzó a manosear cubiertos en un cajón. Pasados unos segundos reapareció por el salón con el cuchillo de punta redonda, agarrado en la mano, más mellado de la casa.

          Retiró el cuchillo de plástico, dejó al alcance de su hijo el metálico cubierto y se sentó, dispuesto a dar buena cuenta del yogur para finalizar la sobremesa con el nutritivo postre.

martes, 25 de marzo de 2014

La chica de sus sueños




James tuvo un despertar convulso: abrió los ojos de golpe mientras exhalaba un gemido obsceno. Apartó de un manotazo las sábanas empapadas en sudor y tragó saliva. Mientras, intentó que sus pulsaciones volvieran a la normalidad, a un ritmo que le dejaran aliento para respirar.

Había vuelto a suceder. Otra vez el mismo sueño, la misma chica, la misma excitación, el mismo despertar. Encendió la tenue luz de su mesita y observó la nueva mancha en sus calzoncillos. Como cada noche, desde hacía una semana, había eyaculado en sueños.

El sueño variaba, según el día, entre dos escenarios, pero la chica era siempre la misma. Su nombre era Sarah, o al menos así susurraba él nada más verla. Una amazona de piel morena y melena caoba, con el cuerpo más esbelto y curvilíneo que podía imaginar. Le lanzaba miradas coquetas desde una cara angelical no falta de picardía, con una caída de ojos capaz de derretir la coraza del más frígido mortal. Él se le acercaba hasta rodearla con los brazos, la besaba en los labios apasionadamente y le daba la vuelta para sentir la curva de su trasero y cintura restregándose en su torso. Ese era el momento en que aprovechaba para envolver con sus manos los enormes y perfectos pechos y... y despertaba.

Miró a su izquierda y encontró, como siempre, el cuerpo de su mujer dormitando apaciblemente.

Ophelia contaba con treinta y dos años de edad, tres menos que James. A ella no le gustaba hacer deporte, aún así poseía un cuerpo proporcionado y grácil, capaz de atraer a cualquier hombre. No obstante, y sin tener sobrepeso, cada vez se amontonaban más pliegues sobre su tripa, frutos de una vida sedentaria. Su cabello, teñido de rubio, dejaba asomar unas raíces con más canas de lo que, a su edad, se supondría normal.

James se levantó de la cama y, silencioso, abrió el cajón de la cómoda para extraer unos calzoncillos limpios. Con ellos en la mano, se encaminó hacia el lavabo, aseó sus partes bajas con agua, jabón y una esponja y, tras secarse con una toalla, se enfundó el tapa rabos. Volvió al dormitorio con la misma sutileza que lo había abandonado, dispuesto a proseguir con su descanso.

Antes de apagar la luz volvió a contemplar a su esposa, tan ajena a sus pensamientos como a su desvelo.

James sabía que jamás podría equiparar la belleza exótica de la chica de sus sueños con la de su mujer. Acercó la mano a su cara y acarició con ternura su mejilla. La suavidad de su tez le devolvió a la realidad.

En ese preciso instante, Ophelia abrió los ojos con delicadeza, como si no quisiera romper el silencio con el sonido de sus largas pestañas. Fijó la mirada en James, durante medio segundo, y le regaló una sonrisa de afecto y confianza que ninguna otra mujer le podría ofrecer. Acto seguido giró ciento ochenta grados a su izquierda y continuó durmiendo, en posición fetal, dando la espalda a su marido.

James obtuvo todas las respuestas en ese gesto. Apagó la luz de la mesita, se hizo un ovillo, abrazó a su esposa y posó su cuerpo para notar el mayor contacto con la superficie de su piel. Acoplado como una sombra, pensó en que, si le dieran a elegir, jamás cambiaría a Ophelia por Sarah; jamás cambiaría una mirada cómplice y comprensiva por una lasciva y prometedora. Jamás cambiaría a su chica real por la chica de sus sueños.

Jamás durante esa noche.

martes, 18 de marzo de 2014

Abalorios



Me han regalado un collar anti-parásitos para mi gata. Está caducado, pero si se le ocurre a alguna pulga mirársela con ojos hambrientos, igual puede llegar a verlo y hasta se lo piensa dos veces antes de tomarla como huésped.

Me han dicho que es posible que aún pueda funcionar. No me extrañaría nada, esta fiebre consumista de poner fecha de caducidad a las cosas cada día pierde más credibilidad. En cualquier caso ese collar, a falta de efectividad, siempre se puede utilizar como elemento decorativo, aunque no estoy muy seguro de que mi gata piense lo mismo.

En una ocasión intenté colocarle un collar con cascabel y todo; uno de esos por el cual todo el mundo apostaría estar particularmente ideados para felinos de su tamaño. Pues sólo le faltó darse cabezazos contra la pared para intentar arrancárselo. Empezó a dar brincos de tal forma que, si no supiera lo mucho que le gustan las campanillas al diablo, hubiese jurado que se trataba de una posesión.

Lo cierto es que yo tampoco me lo pondría. Jamás he llevado collares, pendientes, brazaletes o pulseras; ni tan siquiera el anillo de compromiso. Primero no los portaba por no extraviarlos, y ahora no los tolero por falta de costumbre. Me invade como una sensación de ahogo, similar a andar preso por unos grilletes. Soy tan reacio a su contacto con mi piel que no puedo utilizar ni un reloj de pulsera.

Esta tirria que compartimos ha logrado que florezca, en mí, uno de los sentimientos más absurdos de cuantos podemos observar en el comportamiento humano, aunque no por ello deja de ser común. El orgullo paternalista.

Pero mi caso es, si cabe, más surrealista. Primero porque no creo haberle transmitido nada al animal. Y, encaso contrario, no sé cómo uno puede enorgullecerse de traspasar una neura. Segundo porque, hasta el momento, nunca he sido padre; así que no comprendo de qué rincón de mi cerebro proviene ese sentimiento. Y por último, y a riesgo de que un análisis de ADN me contradiga, tampoco soy gato. Por lo que estoy seguro que, a lo que a ella concierne, la relación que mantenemos entre amo y mascota es puramente profesional.

Así he llegado a la coclusión de que es posible que busquemos en el mundo cualquier elemento de complicidad, en otro ser, con el que nos sintamos identificados; puede que para no sentirnos tan extraños, tan solos o, sencillamente, tan incomprendidos.

martes, 11 de marzo de 2014

El regalo

"De vez en cuando la vida
nos gasta una broma
y nos despertamos
sin saber qué pasa,
chupando un palo sentados
sobre una calabaza."

Estos versos, pertenecientes a una famosa (al menos para mí) canción de Juan Manuel Serrat, vienen a decir, entre otras interpretaciones posibles, que sin venir a cuento hay días en que vives una experiencia nueva o sorprendente. Un regalo que es entregado sin desearlo ni pedirlo y sin tan siquiera saber si será de tu agrado.

Creo que algo parecido es lo que me ha pasado hoy en la consulta de una psiquiatra. Empezaré por el principio, que es por donde se debe empezar toda anécdota.

Acompañaba a mi mujer a su visita semanal o quincenal (según marque la terapia) para tratarse de un problema de ansiedad que ha sufrido durante los últimos meses. Siempre acudía sola, pero esta vez, por petición expresa de la Doctora, tenía que acompañarla algún familiar. Así que era la primera vez que me presentaba por allí.

No querría aburrir con un diálogo interminable, así que no describiré con pelos y señales la conversación que mantuvimos los tres durante una hora. Tan sólo expusimos nuestros puntos de vista sobre nuestra relación como pareja, y cómo nos afectaban esas ansiedades y obsesiones que arrastra mi mujer. Vamos, imagino que más o menos lo que todo el mundo comenta con un psiquiatra.

La Doctora, sin parar de escribir notas en todo momento, acabó su batería de preguntas y nos pidió cinco minutos de receso para ir a beber agua y aclarar ideas. No me consta que esta práctica sea habitual en el ámbito psicológico, sin embargo es la primera vez que entro en una consulta; y este hecho indica que no soy el más indicado para opinar. Pero me sorprendió.

Pasados los cinco minutos regresó a la habitación y nos desveló lo que había ideado para inaugurar la terapia. Pero antes, me preguntó si guardaba las llaves y la cartera en un bolso o bolsa de mano cuando salía de casa. Le contesté que no, siempre llevo mis pertenencias en la chaqueta o, en caso de encontrarme con clima caluroso, en los bolsillos del pantalón. Le pareció perfecto. Acto seguido se dirigió a mi mujer y le impuso, como primer ejercicio de su recuperación, ir de compras con mi suegro para, entre los dos, escoger una bolsa de mano, cartera o complemento que decidiéramos y regalármelo a mí.

Nos quedamos de piedra; con la boca abierta y la mandíbula colgando.

Mi mujer, conociéndome como me conoce, tomó la palabra por los dos. Pues si ya es legendaria mi dificultad para expresarme oralmente en circunstancias normales, no queráis ni imaginar como me las arreglaría con una mandíbula en ese estado.

Así que preguntó lo que cualquiera de los dos (por no decir cualquiera en este mundo) necesitaba saber tras recibir tan surrealista instrucción. ¿Qué motivo había para tener que regalarme una bolsa de mano? A lo que la Doctora contestó que no necesitábamos saber el motivo. Tras estas enigmáticas palabras dio por finalizada la sesión y nos citó, de nuevo a los dos, para la próxima semana.

Puede que se trate del tan manido protocolo básico, denominado "Regala un Bolso" (en los países con menos recursos, "Regala un Capazo"), utilizado y enseñado en todas las facultades universitarias del planeta para comenzar cualquier tratamiento psiquiátrico. Vete tú a saber. Nuestro desconcierto ante los sucesos diarios lo causa, muchas veces, el vivir en la ignorancia.

Porque desde entonces ando con la incertidumbre de, sin comerlo ni beberlo, recibir en cualquier momento un regalo que cambiará, por prescripción médica, la forma de llevar mis enseres.

Todo sea por la pronta recuperación de mi mujer.

martes, 4 de marzo de 2014

Impulso incontrolable



Siempre me he considerado una persona extremadamente reflexiva. Antes de intentar resolver un problema pienso infinidad de veces en cómo abordarlo; lo miro desde diferentes puntos de vista, estudio las posibles consecuencias, preveo obstáculos y acabo sopesando si es una buena idea, o no, llevarlo a cabo de tal forma. Confío tanto en mi dogma que lo practico sobre cualquier gesto cotidiano; empleándolo en mi día a día para analizar absolutamente todo. Se podría decir que soy la antítesis de una persona impulsiva.

En ocasiones, tanta planificación, acaba resultando contraproducente. Pero no puedo evitarlo, soy así. Dedicar más tiempo en calcular una acción de lo que se tarda en ejecutarla, me lleva muchas veces a que ya no sea necesaria por quedar obsoleta en el tiempo.

Algunas personas aseguran que, esta parsimoniosa forma de enfrentarme al mundo, es una táctica utilizada por mi vagancia para esquivar el fatídico momento en que tenga que malgastar esfuerzos. Nada más lejos de la realidad. Puede que no llegue a tiempo de poner en práctica la mayoría de ideas, pero cuando arranco lo hago con tal convencimiento y decisión que no hay quien pare mi embestida.

Además, nunca he entendido a las personas que no paran de moverse sin antes analizar, obligadas a rectificar desmanes provocados por algún anticipado movimiento erróneo. Precipitarse sin tener todos los datos me parece absurdo; así no se adelanta nada.

Pero hoy me he dado cuenta de que, por más que uno intente no dar un paso en falso, el cuerpo humano tiene sus propios impulsos irrefrenables.

El caso es que me encontraba en el tren, de vuelta a casa, portando en la mano una bolsa de plástico con una gran caja de cartón en su interior. Se trataba de uno de esos bonitos estuches preparado en una perfumería; contenía colonia, desodorante, gel de baño, espuma de afeitar y loción para después del afeitado (me niego a escribir after shave. Sin embargo, ahora lo he escrito. Mierda). Como podéis imaginar, el estuche, poseía unas dimensiones más que considerables para poder almacenar tanto producto, incluso sobresalía de la bolsa.

Pues con esa bomba de relojería en las manos me bajé del tren, totalmente ajeno al peligro que me acechaba. Era de noche, así que nada más pisar el andén pensé, haciendo uso de mi raciocinio habitual, en sacar el gorro de lana de mi bolsillo para encasquetármelo en la cabeza a fin de no perder sensibilidad en las orejas, como habría sucedido en caso de dejarlas friccionar impunemente contra el aire congelado que se respiraba. Al menos a mí, sinceramente, me pareció una buena idea. Sin embargo, y de forma inexplicable (razonamiento totalmente contradictorio, porque acabaré explicándolo), terminó en desastre.

Saqué el preciado gorro del bolsillo, lo giré en mis manos para que la etiqueta acabara en la parte trasera del cogote, todo esto sin detener el paso y con la bolsa colgando de mi muñeca, y comencé a elevar los brazos. A medio camino ya me sobrevino una duda razonable de no estar efectuando la maniobra desde una posición adecuada. Sostener la bolsa con mi brazo izquierdo, mientras lo alzaba, no parecía lo más cómodo. Aún así, mis extremidades no cesaron en su empeño.

Cuando los dedos se aproximaban a mi cara, mi mente empezó a ser invadida por una vaga sospecha de peligro inminente, siendo capaz de detener el movimiento por unos instantes, pues la caja de cartón que avanzaba anclada en mi muñeca tenía todos los números, según mis cálculos, para colisionar en mi rostro.

No sé exactamente qué pasó, pero un impulso superior a mí ninguneó mi fuerza de voluntad para conseguir que me autolesionara como si fuera una marioneta. Quizá mis orejas sufrían tal martirio que tomaron vida propia para ordenar al cerebro acabar el movimiento. También es posible que las neuronas, obstinadas como ellas solas, no se dejaran influenciar por mi buen juicio y optaran por no transmitir los impulsos nerviosos que portaban implícito el mensaje de "abortar operación".

El caso es que sí, acabé enfundándome el gorro. Aunque a punto estuve de sacarme un ojo con el pico de la caja que impactó en mi cara. Pero tranquilos, no es nada grave. Si me aplico durante quince días un colirio y , tres veces al día, me unto los alrededores de mi deteriorada pestaña con pomada antiinflamatoria, conseguiré abrir el ojo en pocos días y recuperaré la visión bifocal.

Eso sí, tras darle muchas vueltas (como no podía ser de otra forma), he llegado a una conclusión: da igual si eres un ser muy calculador o eres muy impulsivo, todos atesoramos la misma capacidad para comportarnos como unos auténticos idiotas.

lunes, 24 de febrero de 2014

El catador



Hoy estoy contento porque ha llegado, a través de correo ordinario, un libro que encargó mi mujer para regalármelo en mi 38 cumpleaños. Se trata de El Ladrón de Nubes, escrito por Leoncio López Álvarez; uno de los pocos merodeadores que, semanalmente, es capaz de leer cada una de las entradas de este blog sin, aparentemente, cansarse de mis tonterías (sí, yo tampoco me lo explico). Incluso acaba comentando con alguna frase que logra alegrarme el día.
Como aún no me he leído el libro ni sé cuando lo voy a poder empezar, quería hacer un homenaje (por llamarlo de alguna forma) a su anterior publicación, Los Trabajos de Heracles. Este caso es diferente, pues pude (y puedo) disfrutar de su libro enormemente; eso sí, tras una ardua tarea de investigación hasta llegar a encontrarlo. 
El homenaje en sí es este cuento, escrito hace ya varios meses y corregido hasta la saciedad, que aquí os presento. Está fuertemente inspirado en el entorno y en los personajes de su libro, pero no os quiero engañar. Yo no soy escritor ni tengo el ingenio, ni mucho menos los recursos, de Leoncio. Sólo aspiro a arrancar una sonrisa de los lectores y a no mancillar el recuerdo de Heracles, que en paz descanse.


El catador


Si alguna vez, paseando, os habéis encontrado a las seis en punto frente al edificio donde trabajo, habréis sido testigos de algo excepcional. Incluso hay jubilados que esperan con impaciencia, siempre a una distancia prudencial para no ser arrollados, ver ese mágico momento donde nadie es más que nadie y no hay distinción de razas ni sexo. Para estos observadores es como ver un documental de National Geographic.
Todos somos uno. O, mejor dicho, una. Una marea humana que huye en forma de estampida colapsando ascensores, escaleras y salidas de emergencia. Tres minutos exactos, de un bello sincronismo, es lo que tardamos en desalojar a casi doscientas personas del bloque acristalado; siempre rezo para que, si alguna vez llega a haber un incendio, coincida con esa hora. Y digo casi doscientas porque siempre faltamos a ese ejercicio mi amigo Tomás y yo. Con esta incomparecencia conseguimos dos cosas: quedar, a los ojos de nuestro jefe, como unos currantes aplicados y celebrar, sin el temor de ser juzgados, nuestro ritual diario de tomarnos unas cañas en el bar más cercano.
Allí acechamos un espacio a la vera del camarero, desahogamos nuestros bolsillos depositando los móviles sobre la barra y, en lo alto de un taburete giratorio, nos disponemos a charlar sobre nuestras más íntimas pasiones.

 - ¿Has probado alguna vez la cerveza Damm Inedit? -dije, tras volver del servicio- Cualquier cervecero que se precie ha de tener en su haber el recuerdo de tan exquisito elixir.
 - Ya -dijo Tomás con indiferencia- ¿Y realmente puedes distinguir, tras cuatro cañas, todos sus aromas y sensaciones?
 - No -contesté desarmado.
 - Pues a eso me refiero, después de tres cervezas todas saben igual.

Tenía toda la razón. De hecho casi siempre la tiene, pero no me dejé intimidar. Hay una norma no escrita que dice: <<Todo aquel que sale de copas con un compañero sabe que tiene unos segundos de rigor para contrarrestar, con una ingeniosa réplica, la afirmación de su oponente. Una vez pasado esos segundos se dará por vencido en la disputa>>. Y, tras un breve instante de meditación, encontré quien defendiera mi honor.

 - ¡Un sumiller! -apunté con presteza- Seguro que podría.
 - No me gustan los sumilleres. No se tragan el vino y eso no me da confianza.

Y comenzó a ingerir un largo sorbo de su jarra, demostrando no pertenecer a ese gremio.

 - ¿No te fías? -dije curioso- Pues tu amigo Jaime hizo un curso de enología  y siempre presume de ello.

Tomás llevaba tres segundos tragando líquido cuando prosiguió, sin prestarme la más mínima atención.

 - Tampoco hablan mal de un vino y, esa forma de actuar, no me parece normal -dijo frunciendo el ceño- Puede que lo hagan porque, en definitiva, son más vendedores que catadores, pero alguno malo ha de haber. Podrían tomar ejemplo de los publicistas que contratan los bancos, aunque seguro que estos pagan mucho más por un marketing tan bien planteado; sin incluir ayudas gubernamentales, claro. Ahora han creado un banco malo, como cabeza de turco, para que nuestra mente crea que el resto de sedes bancarias son buenas. Vamos, que...

Dejé de percibir su conspiradora teoría y me dediqué a escenificar, estirando disimuladamente el brazo, el robo de unos frutos secos situados dentro del espacio vital de una absorta bebedora de Gin Tonic que atendía a una amiga, cuando fui violentamente sorprendido.

 - ¡¿Me estás escuchando?! -dijo Tomás zarandeando mi hombro.
 - ¡Eh! Sí, claro. -mentí, y disimulando repliqué- ¿Y qué tiene que ver eso con Jaime?
 - ¿Jaime?¿Qué Jaime?
 - Tu amigo Jaime, el enólogo del que hablábamos. -comenté para hacerle ver que era él quien no prestaba atención. Aunque, como siempre hace en estos casos, no se dio por aludido.
 - ¡Ah!, ese Jaime. No, ya no somos amigos.
 - ¿Y eso? -pregunté, llevándome un cacahuete a la boca.
 - Nada, que le gasté una broma inofensiva y me decepcionó.

Me puse a temblar. El adjetivo inofensiva detrás de la palabra broma significaba, para Tomás, que no hubo cadáveres por medio. Aún guardo la escayola que me gané en su última broma inofensiva que padecí. Se le ocurrió rellenar un balón de fútbol, pinchado, con piedras y dejarlo a una distancia prudencial para pedirme un buen centro; a sabiendas que, para un deportista como yo, es imposible resistirse a un buen chute y... bueno, el resultado fueron cuatro de los cinco dedos del pie derecho rotos.

 - Hay gente sin sentido del humor -dije con ironía- Pero... ¿Qué le hiciste?
 - ¡Bah!, nada. ¿Sabes que hizo un cursillo de enología?
 - Si, algo he oído -dije haciéndome el despistado. Y certificando, de paso, que casi nunca me escuchaba.
 - Pues, como no paraba de dar la lata con sus conocimientos sobre el olor, color y sabor del vino, le invité a cenar a casa para hacerle una novatada.
 - ¿Y qué pasó? Porque erais muy amigos ¿no?
 - Tú lo has dicho, éramos -dio un largo trago de zumo de cebada y prosiguió rememorando- Pues llegó a casa a eso de las nueve. Tarde para el vermut, pero con ganas de demostrar sus enseñanzas. Le conté que me habían regalado un vino rosado en una pequeña bodega del pueblo de Haro que, según me relataron, era excepcional. La única pega resultaba ser que, al intentar descorcharlo, se había roto el tapón, quedando este dentro de la botella y a la deriva.
 - ¿Y no le gustó?
 - No puso inconveniente, incluso le fue al dedillo para comenzar su lección. Me contó que esto suele pasar cuando colocas un corcho sintético. No son tan elásticos ni flexibles como los naturales y, además, su permeabilidad deja mucho que desear. Luego se sirvió una pequeña cantidad en una gran copa y comenzó el ritual de remover y olisquear, remover y olisquear...
 - Si, puede llegar a ser bastante pedante -dije para acelerar la trama- Pero, ¿dónde está la gracia?
 - ¿Pues no va el tío y empieza a relatar la sensación de peso del vino por cómo resbalaban las gotas en la copa? Y yo que siempre he pensado que las cosas caen hacia abajo por la fuerza de la gravedad... -dijo con tono burlón- Pero no quedó ahí la cosa. Se puso a olfatear y me soltó que detectaba aromas frutales. ¡Vaya sorpresa! ¿Será porque el vino proviene de una fruta llamada uva? Vamos, digo yo.
 - Pero eso era lo que se esperaba que dijera ¿no? -repliqué sin entender.
 - Pues no. Porque, anteriormente, había vertido en la botella la suficiente orina como para aparentar que el tinto que cataba era un rosado. Y no comentó nada de los inconfundibles aromas a espárragos trigueros con los que había contaminado el vino.

Me dejó boquiabierto. Pero aún pudo sorprenderme de nuevo.

 - También tallé, e introduje con mis propias manos, una boñiga seca de mi perro para lograr el efecto del corcho flotante. Y, al degustarlo, tampoco interpretó ningún dejo en boca sobre el pienso Royal Canin, para perros castrados menores de diez kilos, con el que se suele alimentar mi mascota.

Esta vez se unieron, a la gran abertura de la boca, mis ojos.

 - ¡Dios, que asco! -dije con la tripa revuelta- No me extraña que ya no seáis amigos.
 - Me alegra que me apoyes en esta decisión, a mi también me dio mucho asco -comentó con aire altivo- Porque el muy glotón, tras excusarme yo por ardor de estómago, se hincó entre pecho y espalda la botella entera durante la cena. ¿Puedes encontrar en el mundo a una persona más mentirosa y egoísta? Yo no, desde luego. Y personas así no las quiero en mi vida -sentenció.

Si no dilaté otro orificio de mi cuerpo fue porque, conscientemente, ya no me quedaban más. Incluso tuve que apartar el bol de frutos secos para intentar atajar las náuseas.

 - ¿No fuiste un poco cruel con el pobre Jaime? -comenté, apenado, tras reponerme.
 - ¡Que va! Esa clase de gente no se merece nada. Y lo volvería a hacer  si con ello consigo desenmascarar a otro farsante. Venga, termina esa cerveza que ya es hora de irse.

Miré el pequeño poso que aún quedaba en el fondo de la jarra y no pude dejar de imaginar algún cuerpo extraño en permanente bamboleo. ¿Y a que se refería con lo de "desenmascarar farsantes"? Si todos sabemos que Tomás apenas tiene amigos...

Y en ese instante tuve una eclosión mental de incertidumbre o, lo que viene siendo lo mismo, me acojoné. Recordé haber ido al servicio durante el acalorado debate cervecil que tuvimos y, al volver, me pareció observar que tanto el posavasos como mi jarra estaban en posición distinta a la que los dejé. Y me quedé helado.

Clavé una mirada desvalida en mi compañero y, con un hilo de voz imperceptible, pregunté, deseando escuchar una respuesta misericordiosa.

 - Tomás... Tú y yo... somos amigos, ¿verdad?

Extendió una mano hacia el camarero, ofreciéndole un billete de veinte euros. Me miró de soslayo, levantó una ceja y rotundamente inquirió.

 - ¿Acaso lo dudas?

Nunca sabré si fue mi imaginación o si realmente llegó a manipular mi bebida, aunque no fuera capaz de encontrar ningún sabor fuera de lo común. Pero, claro, era mi cuarta copa y todos sabemos que a partir de la tercera estamos vendidos. Sin embargo, y sorprendentemente, no me mortifiqué lo más mínimo. Lo único que me importaba es que, al salir por la puerta, continuásemos quedando cada día al salir del trabajo, en algún bar, para hablar de lo que se terciara. 

 - ¡No, no! -me apresuré a decir, a tiempo de disipar cualquier desconfianza.

Y, tras apurar de un trago la cerveza, le dediqué mi mejor sonrisa.


martes, 18 de febrero de 2014

Día de San Valentín

       

          Gabriel bajó al bar a desayunar, como venía haciendo desde que trabajaba en la oficina, a las once en punto. Allí se encontraba cada día con Andrés, un laboralista que regentaba un despacho al otro extremo de la calle. Se citaban siempre en el mismo establecimiento, a medio camino de sus trabajos para, como decía Andrés jocosamente, poder dialogar en terreno neutral. Gabriel estuvo de acuerdo,  incluyendo en el tratado que todo lo mencionado bajo los efectos de aguas internacionales (cerveza, whisky, vodka, etc...) no sería tomado en cuenta ante jurisprudencia alguna. Así bromeaban los dos abogados. Aunque la verdadera razón siempre habían sido las estupendas tapas que allí elaboraban.

          Al atravesar la puerta Gabriel localizó a su compinche, distraído con un diario pero sentado en la mesa de siempre, y decidió abalanzarse sobre la barra para encargar media tortilla, un plato de gambas y dos pintas de restauradora cerveza, antes de ir a sentarse.

     - ¡Buenos días, Andrés! - dijo Gabriel con una inmensa sonrisa.
     - Buenos días, aunque parece que son mejores para algunos que para otros -repuso Andrés.
     - ¿Tan cambiado me encuentras? -dijo sin dejar de sonreír.
     - Vamos, se te nota a la legua. Hoy has entrado con una energía, con un brillo en los ojos que hacía tiempo no veía en ti. No, al menos, antes de la segunda cerveza.
     - Pues sí. Para qué te voy a engañar.
     - ¿Y se puede saber a qué debemos tanta felicidad? Porque, que yo recuerde, ayer te fuiste abatido a casa. Pronosticando uno de los días más monótonos de tu existencia.
     - Sí, claro. Es que ayer fue San Valentín. Y ya sabes lo que pienso de esos días socialmente preestablecidos para programar, sí o sí, la felicidad de las personas. Odio que me señalen el día en que he de hacerle un regalo a mi mujer y decirle cuanto la quiero.
     - Lo sé, lo sé. Me lo contaste ayer. ¿Cómo te proclamaste?, ¿el desobediente de los días consumistas?
     - Rebelde, rebelde me gusta más -puntualizó Gabriel- Me parece más romántico.
     - Ya -dijo Andrés con escepticismo- ¿Y le pareció a tu mujer igual de romántico no recibir un regalo?

          En ese instante apareció Pedro el camarero, portando la comanda sobre la bandeja que sostenía con una sola mano, y depositó el pedido entre los dos amigos.

     - De eso, precisamente, quería hablarte. Ayer mi mujer me hizo el mejor de los regalos.
     - ¿Te dio con la puerta en las narices al ver que no le regalabas nada? - dijo Andrés con sorna.

          Gabriel tenía muy claro qué tipo de amistad los unía. Andrés se dedicaba a lanzarle puyas sarcásticas y Gabriel a esquivarlas con elegancia. Sin embargo, esta vez se había excedido. Y así se lo quiso hacer saber.

     - Andrés, no seas bruto -dijo muy serio- Ella conoce mis excentricidades y las respeta. ¿Entendido?
     - Y no es la única -susurró mientras observaba a Gabriel sacarle los ojos con un palillo a una gamba, para evitar su mirada cuando se la comiera- Escucha, perdóname si te he ofendido.
     - No pasa nada -concedió Gabriel- Pero desde ya, te digo que fue idea de ella no celebrar el dichoso día.
     - ¿Hablas en serio? -dijo un incrédulo Andrés.
     - Como oyes. Me llamó al trabajo media hora antes de salir para decirme que no le comprara nada, que por una vez, y como siempre había deseado yo, no celebraríamos San Valentín.
     - ¿Y tú que hiciste? -preguntó Andrés con ojos como platos.
     - Pues mira, me aventuré a correr el riesgo de creer lo que me contaba. Porque ya conocemos la desconcertante manía que tienen las mujeres en decirte una cosa, mientras esperan que hagas la contraria.
     - Desde luego -afirmó Andrés mientras se llevaba un pedazo de tortilla a la boca.
     - Pero al llegar a casa cenamos, vimos un rato la tele y nos acostamos sin tan siquiera mencionar el tema. Mi día de San Valentín fue como siempre lo había soñado, un día cualquiera. Por eso estoy tan feliz, porque mi mujer me demostró cuanto me quería haciendo un gran esfuerzo por mí. O, lo que es lo mismo, ignorando el Día de San Valentín.

          Gabriel, tras finalizar su discurso, alzó la media jarra de cerveza que aún le quedaba, hizo un brindis al aire y la engulló de un sólo trago en señal de celebración. Volvió a levantar el recipiente vacío, busco a Pedro con la mirada y se lo enseñó para que trajera otra ronda.

          Andrés no dijo nada. Se quedó hipnotizado, mirando por encima del hombro de Gabriel, con la vista perdida en el infinito mientras masticaba una rebanada de pan con tomate y aceite.

          Ese ingrato silencio inquietó a Gabriel.

     - Andrés, ¿en qué piensas?
     - No, nada -comentó con voz apenada- Que me parece que nunca aprenderé a interpretar las maniobras de las mujeres.
     - ¿A qué viene eso? -dijo Gabriel con el ceño fruncido.
     - ¿Quieres que te lo cuente?
     - Por supuesto -insistió Gabriel, agarrando la segunda jarra de la bandeja de Pedro.
     - Pues que, por un momento, he pensado en la posibilidad de que tu mujer no quisiera celebrar San Valentín porque ya no siente esa estima hacia ti. Porque se ha hartado de tus tonterías y ha buscado a otro que comparta sus ilusiones. Incluso porque, antes de que llegaras a casa, ya lo había celebrado con su amante y no quería arruinar ese recuerdo interpretando una pantomima contigo. Y he sentido tristeza. Pero vamos -dijo Andrés haciendo un esfuerzo por animar la voz- , que yo no conozco a tu mujer ni he estado nunca casado. Así que, seguramente, será como tú lo cuentas ¿no?
     - Sí... claro... -balbuceó Gabriel.

          Sin nada que añadir, intentó analizar los posibles indicios que pudiera haber pasado por alto la noche anterior.

          Y en esta ocasión los dos a la vez, perdidos en sus pensamientos, bajaron mecánicamente la mano para coger alimento del plato y, sin dejar de mirar al infinito, llevárselos a la boca. Gabriel comenzó a chupetear e intentar succionar una porción de tortilla de patatas; mientras, Andrés pinchó con el tenedor, sin saberlo, una cabeza de gamba y la masticó con decisión.