martes, 25 de marzo de 2014

La chica de sus sueños




James tuvo un despertar convulso: abrió los ojos de golpe mientras exhalaba un gemido obsceno. Apartó de un manotazo las sábanas empapadas en sudor y tragó saliva. Mientras, intentó que sus pulsaciones volvieran a la normalidad, a un ritmo que le dejaran aliento para respirar.

Había vuelto a suceder. Otra vez el mismo sueño, la misma chica, la misma excitación, el mismo despertar. Encendió la tenue luz de su mesita y observó la nueva mancha en sus calzoncillos. Como cada noche, desde hacía una semana, había eyaculado en sueños.

El sueño variaba, según el día, entre dos escenarios, pero la chica era siempre la misma. Su nombre era Sarah, o al menos así susurraba él nada más verla. Una amazona de piel morena y melena caoba, con el cuerpo más esbelto y curvilíneo que podía imaginar. Le lanzaba miradas coquetas desde una cara angelical no falta de picardía, con una caída de ojos capaz de derretir la coraza del más frígido mortal. Él se le acercaba hasta rodearla con los brazos, la besaba en los labios apasionadamente y le daba la vuelta para sentir la curva de su trasero y cintura restregándose en su torso. Ese era el momento en que aprovechaba para envolver con sus manos los enormes y perfectos pechos y... y despertaba.

Miró a su izquierda y encontró, como siempre, el cuerpo de su mujer dormitando apaciblemente.

Ophelia contaba con treinta y dos años de edad, tres menos que James. A ella no le gustaba hacer deporte, aún así poseía un cuerpo proporcionado y grácil, capaz de atraer a cualquier hombre. No obstante, y sin tener sobrepeso, cada vez se amontonaban más pliegues sobre su tripa, frutos de una vida sedentaria. Su cabello, teñido de rubio, dejaba asomar unas raíces con más canas de lo que, a su edad, se supondría normal.

James se levantó de la cama y, silencioso, abrió el cajón de la cómoda para extraer unos calzoncillos limpios. Con ellos en la mano, se encaminó hacia el lavabo, aseó sus partes bajas con agua, jabón y una esponja y, tras secarse con una toalla, se enfundó el tapa rabos. Volvió al dormitorio con la misma sutileza que lo había abandonado, dispuesto a proseguir con su descanso.

Antes de apagar la luz volvió a contemplar a su esposa, tan ajena a sus pensamientos como a su desvelo.

James sabía que jamás podría equiparar la belleza exótica de la chica de sus sueños con la de su mujer. Acercó la mano a su cara y acarició con ternura su mejilla. La suavidad de su tez le devolvió a la realidad.

En ese preciso instante, Ophelia abrió los ojos con delicadeza, como si no quisiera romper el silencio con el sonido de sus largas pestañas. Fijó la mirada en James, durante medio segundo, y le regaló una sonrisa de afecto y confianza que ninguna otra mujer le podría ofrecer. Acto seguido giró ciento ochenta grados a su izquierda y continuó durmiendo, en posición fetal, dando la espalda a su marido.

James obtuvo todas las respuestas en ese gesto. Apagó la luz de la mesita, se hizo un ovillo, abrazó a su esposa y posó su cuerpo para notar el mayor contacto con la superficie de su piel. Acoplado como una sombra, pensó en que, si le dieran a elegir, jamás cambiaría a Ophelia por Sarah; jamás cambiaría una mirada cómplice y comprensiva por una lasciva y prometedora. Jamás cambiaría a su chica real por la chica de sus sueños.

Jamás durante esa noche.

martes, 18 de marzo de 2014

Abalorios



Me han regalado un collar anti-parásitos para mi gata. Está caducado, pero si se le ocurre a alguna pulga mirársela con ojos hambrientos, igual puede llegar a verlo y hasta se lo piensa dos veces antes de tomarla como huésped.

Me han dicho que es posible que aún pueda funcionar. No me extrañaría nada, esta fiebre consumista de poner fecha de caducidad a las cosas cada día pierde más credibilidad. En cualquier caso ese collar, a falta de efectividad, siempre se puede utilizar como elemento decorativo, aunque no estoy muy seguro de que mi gata piense lo mismo.

En una ocasión intenté colocarle un collar con cascabel y todo; uno de esos por el cual todo el mundo apostaría estar particularmente ideados para felinos de su tamaño. Pues sólo le faltó darse cabezazos contra la pared para intentar arrancárselo. Empezó a dar brincos de tal forma que, si no supiera lo mucho que le gustan las campanillas al diablo, hubiese jurado que se trataba de una posesión.

Lo cierto es que yo tampoco me lo pondría. Jamás he llevado collares, pendientes, brazaletes o pulseras; ni tan siquiera el anillo de compromiso. Primero no los portaba por no extraviarlos, y ahora no los tolero por falta de costumbre. Me invade como una sensación de ahogo, similar a andar preso por unos grilletes. Soy tan reacio a su contacto con mi piel que no puedo utilizar ni un reloj de pulsera.

Esta tirria que compartimos ha logrado que florezca, en mí, uno de los sentimientos más absurdos de cuantos podemos observar en el comportamiento humano, aunque no por ello deja de ser común. El orgullo paternalista.

Pero mi caso es, si cabe, más surrealista. Primero porque no creo haberle transmitido nada al animal. Y, encaso contrario, no sé cómo uno puede enorgullecerse de traspasar una neura. Segundo porque, hasta el momento, nunca he sido padre; así que no comprendo de qué rincón de mi cerebro proviene ese sentimiento. Y por último, y a riesgo de que un análisis de ADN me contradiga, tampoco soy gato. Por lo que estoy seguro que, a lo que a ella concierne, la relación que mantenemos entre amo y mascota es puramente profesional.

Así he llegado a la coclusión de que es posible que busquemos en el mundo cualquier elemento de complicidad, en otro ser, con el que nos sintamos identificados; puede que para no sentirnos tan extraños, tan solos o, sencillamente, tan incomprendidos.

martes, 11 de marzo de 2014

El regalo

"De vez en cuando la vida
nos gasta una broma
y nos despertamos
sin saber qué pasa,
chupando un palo sentados
sobre una calabaza."

Estos versos, pertenecientes a una famosa (al menos para mí) canción de Juan Manuel Serrat, vienen a decir, entre otras interpretaciones posibles, que sin venir a cuento hay días en que vives una experiencia nueva o sorprendente. Un regalo que es entregado sin desearlo ni pedirlo y sin tan siquiera saber si será de tu agrado.

Creo que algo parecido es lo que me ha pasado hoy en la consulta de una psiquiatra. Empezaré por el principio, que es por donde se debe empezar toda anécdota.

Acompañaba a mi mujer a su visita semanal o quincenal (según marque la terapia) para tratarse de un problema de ansiedad que ha sufrido durante los últimos meses. Siempre acudía sola, pero esta vez, por petición expresa de la Doctora, tenía que acompañarla algún familiar. Así que era la primera vez que me presentaba por allí.

No querría aburrir con un diálogo interminable, así que no describiré con pelos y señales la conversación que mantuvimos los tres durante una hora. Tan sólo expusimos nuestros puntos de vista sobre nuestra relación como pareja, y cómo nos afectaban esas ansiedades y obsesiones que arrastra mi mujer. Vamos, imagino que más o menos lo que todo el mundo comenta con un psiquiatra.

La Doctora, sin parar de escribir notas en todo momento, acabó su batería de preguntas y nos pidió cinco minutos de receso para ir a beber agua y aclarar ideas. No me consta que esta práctica sea habitual en el ámbito psicológico, sin embargo es la primera vez que entro en una consulta; y este hecho indica que no soy el más indicado para opinar. Pero me sorprendió.

Pasados los cinco minutos regresó a la habitación y nos desveló lo que había ideado para inaugurar la terapia. Pero antes, me preguntó si guardaba las llaves y la cartera en un bolso o bolsa de mano cuando salía de casa. Le contesté que no, siempre llevo mis pertenencias en la chaqueta o, en caso de encontrarme con clima caluroso, en los bolsillos del pantalón. Le pareció perfecto. Acto seguido se dirigió a mi mujer y le impuso, como primer ejercicio de su recuperación, ir de compras con mi suegro para, entre los dos, escoger una bolsa de mano, cartera o complemento que decidiéramos y regalármelo a mí.

Nos quedamos de piedra; con la boca abierta y la mandíbula colgando.

Mi mujer, conociéndome como me conoce, tomó la palabra por los dos. Pues si ya es legendaria mi dificultad para expresarme oralmente en circunstancias normales, no queráis ni imaginar como me las arreglaría con una mandíbula en ese estado.

Así que preguntó lo que cualquiera de los dos (por no decir cualquiera en este mundo) necesitaba saber tras recibir tan surrealista instrucción. ¿Qué motivo había para tener que regalarme una bolsa de mano? A lo que la Doctora contestó que no necesitábamos saber el motivo. Tras estas enigmáticas palabras dio por finalizada la sesión y nos citó, de nuevo a los dos, para la próxima semana.

Puede que se trate del tan manido protocolo básico, denominado "Regala un Bolso" (en los países con menos recursos, "Regala un Capazo"), utilizado y enseñado en todas las facultades universitarias del planeta para comenzar cualquier tratamiento psiquiátrico. Vete tú a saber. Nuestro desconcierto ante los sucesos diarios lo causa, muchas veces, el vivir en la ignorancia.

Porque desde entonces ando con la incertidumbre de, sin comerlo ni beberlo, recibir en cualquier momento un regalo que cambiará, por prescripción médica, la forma de llevar mis enseres.

Todo sea por la pronta recuperación de mi mujer.

martes, 4 de marzo de 2014

Impulso incontrolable



Siempre me he considerado una persona extremadamente reflexiva. Antes de intentar resolver un problema pienso infinidad de veces en cómo abordarlo; lo miro desde diferentes puntos de vista, estudio las posibles consecuencias, preveo obstáculos y acabo sopesando si es una buena idea, o no, llevarlo a cabo de tal forma. Confío tanto en mi dogma que lo practico sobre cualquier gesto cotidiano; empleándolo en mi día a día para analizar absolutamente todo. Se podría decir que soy la antítesis de una persona impulsiva.

En ocasiones, tanta planificación, acaba resultando contraproducente. Pero no puedo evitarlo, soy así. Dedicar más tiempo en calcular una acción de lo que se tarda en ejecutarla, me lleva muchas veces a que ya no sea necesaria por quedar obsoleta en el tiempo.

Algunas personas aseguran que, esta parsimoniosa forma de enfrentarme al mundo, es una táctica utilizada por mi vagancia para esquivar el fatídico momento en que tenga que malgastar esfuerzos. Nada más lejos de la realidad. Puede que no llegue a tiempo de poner en práctica la mayoría de ideas, pero cuando arranco lo hago con tal convencimiento y decisión que no hay quien pare mi embestida.

Además, nunca he entendido a las personas que no paran de moverse sin antes analizar, obligadas a rectificar desmanes provocados por algún anticipado movimiento erróneo. Precipitarse sin tener todos los datos me parece absurdo; así no se adelanta nada.

Pero hoy me he dado cuenta de que, por más que uno intente no dar un paso en falso, el cuerpo humano tiene sus propios impulsos irrefrenables.

El caso es que me encontraba en el tren, de vuelta a casa, portando en la mano una bolsa de plástico con una gran caja de cartón en su interior. Se trataba de uno de esos bonitos estuches preparado en una perfumería; contenía colonia, desodorante, gel de baño, espuma de afeitar y loción para después del afeitado (me niego a escribir after shave. Sin embargo, ahora lo he escrito. Mierda). Como podéis imaginar, el estuche, poseía unas dimensiones más que considerables para poder almacenar tanto producto, incluso sobresalía de la bolsa.

Pues con esa bomba de relojería en las manos me bajé del tren, totalmente ajeno al peligro que me acechaba. Era de noche, así que nada más pisar el andén pensé, haciendo uso de mi raciocinio habitual, en sacar el gorro de lana de mi bolsillo para encasquetármelo en la cabeza a fin de no perder sensibilidad en las orejas, como habría sucedido en caso de dejarlas friccionar impunemente contra el aire congelado que se respiraba. Al menos a mí, sinceramente, me pareció una buena idea. Sin embargo, y de forma inexplicable (razonamiento totalmente contradictorio, porque acabaré explicándolo), terminó en desastre.

Saqué el preciado gorro del bolsillo, lo giré en mis manos para que la etiqueta acabara en la parte trasera del cogote, todo esto sin detener el paso y con la bolsa colgando de mi muñeca, y comencé a elevar los brazos. A medio camino ya me sobrevino una duda razonable de no estar efectuando la maniobra desde una posición adecuada. Sostener la bolsa con mi brazo izquierdo, mientras lo alzaba, no parecía lo más cómodo. Aún así, mis extremidades no cesaron en su empeño.

Cuando los dedos se aproximaban a mi cara, mi mente empezó a ser invadida por una vaga sospecha de peligro inminente, siendo capaz de detener el movimiento por unos instantes, pues la caja de cartón que avanzaba anclada en mi muñeca tenía todos los números, según mis cálculos, para colisionar en mi rostro.

No sé exactamente qué pasó, pero un impulso superior a mí ninguneó mi fuerza de voluntad para conseguir que me autolesionara como si fuera una marioneta. Quizá mis orejas sufrían tal martirio que tomaron vida propia para ordenar al cerebro acabar el movimiento. También es posible que las neuronas, obstinadas como ellas solas, no se dejaran influenciar por mi buen juicio y optaran por no transmitir los impulsos nerviosos que portaban implícito el mensaje de "abortar operación".

El caso es que sí, acabé enfundándome el gorro. Aunque a punto estuve de sacarme un ojo con el pico de la caja que impactó en mi cara. Pero tranquilos, no es nada grave. Si me aplico durante quince días un colirio y , tres veces al día, me unto los alrededores de mi deteriorada pestaña con pomada antiinflamatoria, conseguiré abrir el ojo en pocos días y recuperaré la visión bifocal.

Eso sí, tras darle muchas vueltas (como no podía ser de otra forma), he llegado a una conclusión: da igual si eres un ser muy calculador o eres muy impulsivo, todos atesoramos la misma capacidad para comportarnos como unos auténticos idiotas.

lunes, 24 de febrero de 2014

El catador



Hoy estoy contento porque ha llegado, a través de correo ordinario, un libro que encargó mi mujer para regalármelo en mi 38 cumpleaños. Se trata de El Ladrón de Nubes, escrito por Leoncio López Álvarez; uno de los pocos merodeadores que, semanalmente, es capaz de leer cada una de las entradas de este blog sin, aparentemente, cansarse de mis tonterías (sí, yo tampoco me lo explico). Incluso acaba comentando con alguna frase que logra alegrarme el día.
Como aún no me he leído el libro ni sé cuando lo voy a poder empezar, quería hacer un homenaje (por llamarlo de alguna forma) a su anterior publicación, Los Trabajos de Heracles. Este caso es diferente, pues pude (y puedo) disfrutar de su libro enormemente; eso sí, tras una ardua tarea de investigación hasta llegar a encontrarlo. 
El homenaje en sí es este cuento, escrito hace ya varios meses y corregido hasta la saciedad, que aquí os presento. Está fuertemente inspirado en el entorno y en los personajes de su libro, pero no os quiero engañar. Yo no soy escritor ni tengo el ingenio, ni mucho menos los recursos, de Leoncio. Sólo aspiro a arrancar una sonrisa de los lectores y a no mancillar el recuerdo de Heracles, que en paz descanse.


El catador


Si alguna vez, paseando, os habéis encontrado a las seis en punto frente al edificio donde trabajo, habréis sido testigos de algo excepcional. Incluso hay jubilados que esperan con impaciencia, siempre a una distancia prudencial para no ser arrollados, ver ese mágico momento donde nadie es más que nadie y no hay distinción de razas ni sexo. Para estos observadores es como ver un documental de National Geographic.
Todos somos uno. O, mejor dicho, una. Una marea humana que huye en forma de estampida colapsando ascensores, escaleras y salidas de emergencia. Tres minutos exactos, de un bello sincronismo, es lo que tardamos en desalojar a casi doscientas personas del bloque acristalado; siempre rezo para que, si alguna vez llega a haber un incendio, coincida con esa hora. Y digo casi doscientas porque siempre faltamos a ese ejercicio mi amigo Tomás y yo. Con esta incomparecencia conseguimos dos cosas: quedar, a los ojos de nuestro jefe, como unos currantes aplicados y celebrar, sin el temor de ser juzgados, nuestro ritual diario de tomarnos unas cañas en el bar más cercano.
Allí acechamos un espacio a la vera del camarero, desahogamos nuestros bolsillos depositando los móviles sobre la barra y, en lo alto de un taburete giratorio, nos disponemos a charlar sobre nuestras más íntimas pasiones.

 - ¿Has probado alguna vez la cerveza Damm Inedit? -dije, tras volver del servicio- Cualquier cervecero que se precie ha de tener en su haber el recuerdo de tan exquisito elixir.
 - Ya -dijo Tomás con indiferencia- ¿Y realmente puedes distinguir, tras cuatro cañas, todos sus aromas y sensaciones?
 - No -contesté desarmado.
 - Pues a eso me refiero, después de tres cervezas todas saben igual.

Tenía toda la razón. De hecho casi siempre la tiene, pero no me dejé intimidar. Hay una norma no escrita que dice: <<Todo aquel que sale de copas con un compañero sabe que tiene unos segundos de rigor para contrarrestar, con una ingeniosa réplica, la afirmación de su oponente. Una vez pasado esos segundos se dará por vencido en la disputa>>. Y, tras un breve instante de meditación, encontré quien defendiera mi honor.

 - ¡Un sumiller! -apunté con presteza- Seguro que podría.
 - No me gustan los sumilleres. No se tragan el vino y eso no me da confianza.

Y comenzó a ingerir un largo sorbo de su jarra, demostrando no pertenecer a ese gremio.

 - ¿No te fías? -dije curioso- Pues tu amigo Jaime hizo un curso de enología  y siempre presume de ello.

Tomás llevaba tres segundos tragando líquido cuando prosiguió, sin prestarme la más mínima atención.

 - Tampoco hablan mal de un vino y, esa forma de actuar, no me parece normal -dijo frunciendo el ceño- Puede que lo hagan porque, en definitiva, son más vendedores que catadores, pero alguno malo ha de haber. Podrían tomar ejemplo de los publicistas que contratan los bancos, aunque seguro que estos pagan mucho más por un marketing tan bien planteado; sin incluir ayudas gubernamentales, claro. Ahora han creado un banco malo, como cabeza de turco, para que nuestra mente crea que el resto de sedes bancarias son buenas. Vamos, que...

Dejé de percibir su conspiradora teoría y me dediqué a escenificar, estirando disimuladamente el brazo, el robo de unos frutos secos situados dentro del espacio vital de una absorta bebedora de Gin Tonic que atendía a una amiga, cuando fui violentamente sorprendido.

 - ¡¿Me estás escuchando?! -dijo Tomás zarandeando mi hombro.
 - ¡Eh! Sí, claro. -mentí, y disimulando repliqué- ¿Y qué tiene que ver eso con Jaime?
 - ¿Jaime?¿Qué Jaime?
 - Tu amigo Jaime, el enólogo del que hablábamos. -comenté para hacerle ver que era él quien no prestaba atención. Aunque, como siempre hace en estos casos, no se dio por aludido.
 - ¡Ah!, ese Jaime. No, ya no somos amigos.
 - ¿Y eso? -pregunté, llevándome un cacahuete a la boca.
 - Nada, que le gasté una broma inofensiva y me decepcionó.

Me puse a temblar. El adjetivo inofensiva detrás de la palabra broma significaba, para Tomás, que no hubo cadáveres por medio. Aún guardo la escayola que me gané en su última broma inofensiva que padecí. Se le ocurrió rellenar un balón de fútbol, pinchado, con piedras y dejarlo a una distancia prudencial para pedirme un buen centro; a sabiendas que, para un deportista como yo, es imposible resistirse a un buen chute y... bueno, el resultado fueron cuatro de los cinco dedos del pie derecho rotos.

 - Hay gente sin sentido del humor -dije con ironía- Pero... ¿Qué le hiciste?
 - ¡Bah!, nada. ¿Sabes que hizo un cursillo de enología?
 - Si, algo he oído -dije haciéndome el despistado. Y certificando, de paso, que casi nunca me escuchaba.
 - Pues, como no paraba de dar la lata con sus conocimientos sobre el olor, color y sabor del vino, le invité a cenar a casa para hacerle una novatada.
 - ¿Y qué pasó? Porque erais muy amigos ¿no?
 - Tú lo has dicho, éramos -dio un largo trago de zumo de cebada y prosiguió rememorando- Pues llegó a casa a eso de las nueve. Tarde para el vermut, pero con ganas de demostrar sus enseñanzas. Le conté que me habían regalado un vino rosado en una pequeña bodega del pueblo de Haro que, según me relataron, era excepcional. La única pega resultaba ser que, al intentar descorcharlo, se había roto el tapón, quedando este dentro de la botella y a la deriva.
 - ¿Y no le gustó?
 - No puso inconveniente, incluso le fue al dedillo para comenzar su lección. Me contó que esto suele pasar cuando colocas un corcho sintético. No son tan elásticos ni flexibles como los naturales y, además, su permeabilidad deja mucho que desear. Luego se sirvió una pequeña cantidad en una gran copa y comenzó el ritual de remover y olisquear, remover y olisquear...
 - Si, puede llegar a ser bastante pedante -dije para acelerar la trama- Pero, ¿dónde está la gracia?
 - ¿Pues no va el tío y empieza a relatar la sensación de peso del vino por cómo resbalaban las gotas en la copa? Y yo que siempre he pensado que las cosas caen hacia abajo por la fuerza de la gravedad... -dijo con tono burlón- Pero no quedó ahí la cosa. Se puso a olfatear y me soltó que detectaba aromas frutales. ¡Vaya sorpresa! ¿Será porque el vino proviene de una fruta llamada uva? Vamos, digo yo.
 - Pero eso era lo que se esperaba que dijera ¿no? -repliqué sin entender.
 - Pues no. Porque, anteriormente, había vertido en la botella la suficiente orina como para aparentar que el tinto que cataba era un rosado. Y no comentó nada de los inconfundibles aromas a espárragos trigueros con los que había contaminado el vino.

Me dejó boquiabierto. Pero aún pudo sorprenderme de nuevo.

 - También tallé, e introduje con mis propias manos, una boñiga seca de mi perro para lograr el efecto del corcho flotante. Y, al degustarlo, tampoco interpretó ningún dejo en boca sobre el pienso Royal Canin, para perros castrados menores de diez kilos, con el que se suele alimentar mi mascota.

Esta vez se unieron, a la gran abertura de la boca, mis ojos.

 - ¡Dios, que asco! -dije con la tripa revuelta- No me extraña que ya no seáis amigos.
 - Me alegra que me apoyes en esta decisión, a mi también me dio mucho asco -comentó con aire altivo- Porque el muy glotón, tras excusarme yo por ardor de estómago, se hincó entre pecho y espalda la botella entera durante la cena. ¿Puedes encontrar en el mundo a una persona más mentirosa y egoísta? Yo no, desde luego. Y personas así no las quiero en mi vida -sentenció.

Si no dilaté otro orificio de mi cuerpo fue porque, conscientemente, ya no me quedaban más. Incluso tuve que apartar el bol de frutos secos para intentar atajar las náuseas.

 - ¿No fuiste un poco cruel con el pobre Jaime? -comenté, apenado, tras reponerme.
 - ¡Que va! Esa clase de gente no se merece nada. Y lo volvería a hacer  si con ello consigo desenmascarar a otro farsante. Venga, termina esa cerveza que ya es hora de irse.

Miré el pequeño poso que aún quedaba en el fondo de la jarra y no pude dejar de imaginar algún cuerpo extraño en permanente bamboleo. ¿Y a que se refería con lo de "desenmascarar farsantes"? Si todos sabemos que Tomás apenas tiene amigos...

Y en ese instante tuve una eclosión mental de incertidumbre o, lo que viene siendo lo mismo, me acojoné. Recordé haber ido al servicio durante el acalorado debate cervecil que tuvimos y, al volver, me pareció observar que tanto el posavasos como mi jarra estaban en posición distinta a la que los dejé. Y me quedé helado.

Clavé una mirada desvalida en mi compañero y, con un hilo de voz imperceptible, pregunté, deseando escuchar una respuesta misericordiosa.

 - Tomás... Tú y yo... somos amigos, ¿verdad?

Extendió una mano hacia el camarero, ofreciéndole un billete de veinte euros. Me miró de soslayo, levantó una ceja y rotundamente inquirió.

 - ¿Acaso lo dudas?

Nunca sabré si fue mi imaginación o si realmente llegó a manipular mi bebida, aunque no fuera capaz de encontrar ningún sabor fuera de lo común. Pero, claro, era mi cuarta copa y todos sabemos que a partir de la tercera estamos vendidos. Sin embargo, y sorprendentemente, no me mortifiqué lo más mínimo. Lo único que me importaba es que, al salir por la puerta, continuásemos quedando cada día al salir del trabajo, en algún bar, para hablar de lo que se terciara. 

 - ¡No, no! -me apresuré a decir, a tiempo de disipar cualquier desconfianza.

Y, tras apurar de un trago la cerveza, le dediqué mi mejor sonrisa.


martes, 18 de febrero de 2014

Día de San Valentín

       

          Gabriel bajó al bar a desayunar, como venía haciendo desde que trabajaba en la oficina, a las once en punto. Allí se encontraba cada día con Andrés, un laboralista que regentaba un despacho al otro extremo de la calle. Se citaban siempre en el mismo establecimiento, a medio camino de sus trabajos para, como decía Andrés jocosamente, poder dialogar en terreno neutral. Gabriel estuvo de acuerdo,  incluyendo en el tratado que todo lo mencionado bajo los efectos de aguas internacionales (cerveza, whisky, vodka, etc...) no sería tomado en cuenta ante jurisprudencia alguna. Así bromeaban los dos abogados. Aunque la verdadera razón siempre habían sido las estupendas tapas que allí elaboraban.

          Al atravesar la puerta Gabriel localizó a su compinche, distraído con un diario pero sentado en la mesa de siempre, y decidió abalanzarse sobre la barra para encargar media tortilla, un plato de gambas y dos pintas de restauradora cerveza, antes de ir a sentarse.

     - ¡Buenos días, Andrés! - dijo Gabriel con una inmensa sonrisa.
     - Buenos días, aunque parece que son mejores para algunos que para otros -repuso Andrés.
     - ¿Tan cambiado me encuentras? -dijo sin dejar de sonreír.
     - Vamos, se te nota a la legua. Hoy has entrado con una energía, con un brillo en los ojos que hacía tiempo no veía en ti. No, al menos, antes de la segunda cerveza.
     - Pues sí. Para qué te voy a engañar.
     - ¿Y se puede saber a qué debemos tanta felicidad? Porque, que yo recuerde, ayer te fuiste abatido a casa. Pronosticando uno de los días más monótonos de tu existencia.
     - Sí, claro. Es que ayer fue San Valentín. Y ya sabes lo que pienso de esos días socialmente preestablecidos para programar, sí o sí, la felicidad de las personas. Odio que me señalen el día en que he de hacerle un regalo a mi mujer y decirle cuanto la quiero.
     - Lo sé, lo sé. Me lo contaste ayer. ¿Cómo te proclamaste?, ¿el desobediente de los días consumistas?
     - Rebelde, rebelde me gusta más -puntualizó Gabriel- Me parece más romántico.
     - Ya -dijo Andrés con escepticismo- ¿Y le pareció a tu mujer igual de romántico no recibir un regalo?

          En ese instante apareció Pedro el camarero, portando la comanda sobre la bandeja que sostenía con una sola mano, y depositó el pedido entre los dos amigos.

     - De eso, precisamente, quería hablarte. Ayer mi mujer me hizo el mejor de los regalos.
     - ¿Te dio con la puerta en las narices al ver que no le regalabas nada? - dijo Andrés con sorna.

          Gabriel tenía muy claro qué tipo de amistad los unía. Andrés se dedicaba a lanzarle puyas sarcásticas y Gabriel a esquivarlas con elegancia. Sin embargo, esta vez se había excedido. Y así se lo quiso hacer saber.

     - Andrés, no seas bruto -dijo muy serio- Ella conoce mis excentricidades y las respeta. ¿Entendido?
     - Y no es la única -susurró mientras observaba a Gabriel sacarle los ojos con un palillo a una gamba, para evitar su mirada cuando se la comiera- Escucha, perdóname si te he ofendido.
     - No pasa nada -concedió Gabriel- Pero desde ya, te digo que fue idea de ella no celebrar el dichoso día.
     - ¿Hablas en serio? -dijo un incrédulo Andrés.
     - Como oyes. Me llamó al trabajo media hora antes de salir para decirme que no le comprara nada, que por una vez, y como siempre había deseado yo, no celebraríamos San Valentín.
     - ¿Y tú que hiciste? -preguntó Andrés con ojos como platos.
     - Pues mira, me aventuré a correr el riesgo de creer lo que me contaba. Porque ya conocemos la desconcertante manía que tienen las mujeres en decirte una cosa, mientras esperan que hagas la contraria.
     - Desde luego -afirmó Andrés mientras se llevaba un pedazo de tortilla a la boca.
     - Pero al llegar a casa cenamos, vimos un rato la tele y nos acostamos sin tan siquiera mencionar el tema. Mi día de San Valentín fue como siempre lo había soñado, un día cualquiera. Por eso estoy tan feliz, porque mi mujer me demostró cuanto me quería haciendo un gran esfuerzo por mí. O, lo que es lo mismo, ignorando el Día de San Valentín.

          Gabriel, tras finalizar su discurso, alzó la media jarra de cerveza que aún le quedaba, hizo un brindis al aire y la engulló de un sólo trago en señal de celebración. Volvió a levantar el recipiente vacío, busco a Pedro con la mirada y se lo enseñó para que trajera otra ronda.

          Andrés no dijo nada. Se quedó hipnotizado, mirando por encima del hombro de Gabriel, con la vista perdida en el infinito mientras masticaba una rebanada de pan con tomate y aceite.

          Ese ingrato silencio inquietó a Gabriel.

     - Andrés, ¿en qué piensas?
     - No, nada -comentó con voz apenada- Que me parece que nunca aprenderé a interpretar las maniobras de las mujeres.
     - ¿A qué viene eso? -dijo Gabriel con el ceño fruncido.
     - ¿Quieres que te lo cuente?
     - Por supuesto -insistió Gabriel, agarrando la segunda jarra de la bandeja de Pedro.
     - Pues que, por un momento, he pensado en la posibilidad de que tu mujer no quisiera celebrar San Valentín porque ya no siente esa estima hacia ti. Porque se ha hartado de tus tonterías y ha buscado a otro que comparta sus ilusiones. Incluso porque, antes de que llegaras a casa, ya lo había celebrado con su amante y no quería arruinar ese recuerdo interpretando una pantomima contigo. Y he sentido tristeza. Pero vamos -dijo Andrés haciendo un esfuerzo por animar la voz- , que yo no conozco a tu mujer ni he estado nunca casado. Así que, seguramente, será como tú lo cuentas ¿no?
     - Sí... claro... -balbuceó Gabriel.

          Sin nada que añadir, intentó analizar los posibles indicios que pudiera haber pasado por alto la noche anterior.

          Y en esta ocasión los dos a la vez, perdidos en sus pensamientos, bajaron mecánicamente la mano para coger alimento del plato y, sin dejar de mirar al infinito, llevárselos a la boca. Gabriel comenzó a chupetear e intentar succionar una porción de tortilla de patatas; mientras, Andrés pinchó con el tenedor, sin saberlo, una cabeza de gamba y la masticó con decisión.

martes, 11 de febrero de 2014

Microrrelato Futuro cercano



El otro día estaba sentado en el sofá de mi casa viendo la tele de madrugada cuando, repentinamente, me apeteció visionar una de mis películas favoritas por, al menos, decimonovena vez. Pues a los diez minutos, y sin saber porqué, tuve que poner la pausa para escribir esta tontería que me vino a la cabeza. Como tardé un buen rato y se me hizo tarde ya no pude continuar con el largometraje. Pero, oye, que así ya tengo una entrada lista para el blog.




Futuro cercano

El joven salió del edificio sintiéndose estafado. Jamás volvería a depositar sus esperanzas en una predicción. No había vislumbrado ningún gran poder en esa pitonisa, tan sólo ideas confusas y frases ambiguas. Seguramente despachaba a todo el mundo con la misma monserga.

Enfurecido, giró a la derecha en el primer cruce y se detuvo en seco.

Vio coches planeando sobre su cabeza a una velocidad de vértigo, señoras vestidas con trikini y grilletes de oro decorando sus muñecas. Notó que le faltaban las fuerzas y su respiración se tornó débil, insegura. Quiso apoyarse en la pared pero tropezó con un escaparate. Miró el cristal y el reflejo le devolvió la imagen de su cuerpo harapiento y decrépito.

Pero lo que más le desconcertó, lo que más le indignó, lo que más le avergonzó, fue que la vidente estaba en lo cierto: el futuro estaba a la vuelta de la esquina.


martes, 4 de febrero de 2014

El club de los suicidas



En un local del centro cívico se reunía, en secreto, un grupo de hombres y mujeres que habían perdido toda esperanza. Bajo la fachada del taller solidario "La cocina para gente sin cocina", se escondía la oscura intención de llevar a cabo un suicidio en masa.

 - ¿A qué hemos venido? -preguntó Julián.
 - A morir -contestaron casi todos.
 - ¡¿A qué hemos venido?! -volvió a preguntar, eufórico.
 - ¡A morir! -gritaron esta vez todos.

Hizo una pausa para que se hiciera el silencio y, subido en el estrado, continuó el discurso.

 - Bien, ya llevamos dos meses debatiendo la mejor forma de perder la vida y parece ser que ya se llegó a un acuerdo. ¿Javier, estás por aquí?

Salió del tumulto un pequeño hombre delgado, con gafas pequeñas y una incipiente calva en la coronilla. Subió al escenario y probó a bajar el micrófono, pero el hierro extensible no cedió. Así que optó por encaramarse a un taburete y comenzar a leer el papel que llevaba en la mano.

 - A ver... -dijo mientras intentaba aguantar el equilibrio- Sí, aquí. Primero empezaré por las acciones descartadas. Un tiro en la cabeza: desechamos la idea por la necesidad de comprar armamento y munición para todos. Si estamos aquí es por la crisis y, lógicamente, no tenemos un euro para ese gran desembolso. También se sopesó la idea de morir ahorcados, pero, como podéis comprobar si alzáis la vista -dijo mirando el techo- no tenemos vigas ni estructuras que aguanten el peso de una veintena de personas. Por lo que se ha llegado a la conclusión de que lo más acertado es la ingesta masiva de veneno.

Javier dobló la hoja de papel, bajó de la peana y volvió junto a sus compañeros.

 - Gracias por tu intervención, Javier -dijo Julián, reconociéndole el esfuerzo y volviendo a su puesto de orador- Ahora, si no hay nadie que tenga algo que objetar, se procederá a la ejecución voluntaria.

Cuando estaba a punto de bajar del escenario, apareció una mano levantada entre la multitud. Julián frenó en seco y volvió al centro del escenario.

 - Avanza, por favor. Marta, ¿verdad?

La chica asintió mientras subía por la escalerilla y, con timidez, acercó la boca al micrófono.

 - Sí, hola a todos -dijo ruborizada- Sólo quería decir que yo vine aquí con una profunda depresión, sin motivos para aferrarme a la vida; pero encontré una persona, Raúl -saludó con la mano-, de la que me enamoré perdidamente. Y quiero aprovechar esta ocasión para pedirle que se case conmigo.

Todos pusieron los ojos como platos. En especial Julián, que era el propulsor de la idea original.

 - ¡Sí, quiero! -se oyó una voz al fondo de la sala.

A Marta se le iluminó la cara y, de un salto, bajó del escenario para reunirse con Raúl.

 - Eh, bueno... -empezó a decir Julián- entonces... no contamos con vosotros ¿no?

Pero la pareja no escuchaba nada más que no fuera el latido de su corazón y, sin apartarse la mirada de los ojos, salieron por la puerta.

 - Eh... en fin. Tampoco es que tengamos unas dosis boyantes de arsénico -dijo forzando una sonrisa- Hasta nos viene bien a todos, así tocamos a más.

Otro brazo se levantó entre el gentío y, sin esperar el permiso de Julián, el dueño de la extremidad se encaminó hacia el estrado. El gigantesco chaval subió de un salto y agarró el soporte del micrófono con la intención de alargarlo. Como le fue imposible, lo dejó donde lo había encontrado y, medio encogido, empezó a hablar.

 - Hola, ya me conocéis. Soy el chico sin amigos que fracasa en todo lo que se propone. Pero llegué a esta comunidad y me recibieron con los brazos abiertos, sin importarles mi negatividad. También sabéis que, unos pocos de nosotros,  formamos un equipo de fútbol y que cada Domingo participamos en el campeonato del distrito; alguna vez os he visto por el campo. Pues bien, este fin de semana hemos ganado nuestro décimo partido y llevamos una ventaja de seis puntos respecto al segundo clasificado. Ya sé que íbamos a matarnos y eso, pero es que nos viene muy mal ahora mismo. Y pienso que morir sería dar demasiadas facilidades al resto de conjuntos. Por eso, como portavoz del equipo, os informo que hemos decidido aplazarlo para más adelante. Gracias.

Pasó por delante de un atónito Julián y se reunió en la platea con el resto de jugadores.

 - ¿Alguien... ah... -balbuceó un desconcertado Julián- alguna intervención más?

El grupo que quedaba de la tercera edad subió al escenario con su habitual parsimonia y se agenciaron el aparato amplificador.

 - Nosotros tampoco nos suicidaremos hoy -dijo un anciano.

Julián se encontraba sentado en el suelo del escenario, con los brazos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en el infinito. Escuchaba, derrotado, lo que la facción más anciana tenía que decir.

 - Sólo queríamos decir que somos nosotros quienes hemos preparado los bocadillos de foie gras untados con el veneno, así que mejor coger los de nocilla. Gracias.

Julián hundió la cabeza entre las rodillas al darse cuenta de que ya no se suicidaría nadie ni por casualidad.

Pero, de pronto, recordó algo que necesitaba compartir urgentemente con Javier, su fiel escudero. Levantó la cabeza, clavó la mirada en su amigo y le hizo señas para que se sentara a su lado.

 - Mira Julián, esto no es lo acordado. Ya sabes que yo siempre estaré a tu lado, pero...
 - Sí, sí -interrumpió Julián- pero hazme un favor: cierra las puertas. De aquí no se va ni Dios sin antes pagar lo que se debe del alquiler del local. ¿O qué se piensan, que escoger vivir les va a salir gratis?

martes, 28 de enero de 2014

El gato que perdió el alma



Las mascotas siempre han sido bien recibidas en casa. Es cierto que mi madre nunca les hizo demasiado caso, pero, resignándose, nos dejaba adoptar cualquier animalillo desvalido que encontráramos por la calle. Así es como hemos llegado a convivir con perros, gatos, periquitos, peces y hasta un pato. Los niños y los animales se llevan muy bien, son unos excelentes compañeros de juegos.

El nombre del gato protagonista de esta historia lo tengo escondido en algún rincón de mi memoria pueril al que soy incapaz de llegar. Y como no me apetece mancillar más su recuerdo con un mote absurdo (ya me parece suficiente deshonra mi olvido repentino), lo denominaré, sencillamente, gato; o algo equivalente.

Lo encontramos una fría mañana de invierno. Una de esas mañanas en las que, si no parpadeas a menudo, se te congela hasta el lagrimal. Tomando el camino que nos llevaba al colegio escuchamos, al atravesar un descampado cercano a nuestra casa, unos lejanos maullidos que aparentemente provenían de un coche abandonado. Al acercarnos al siniestrado vehículo, conseguimos agudizar el oído para poder localizar al gatito sobre una de las ruedas delanteras. Débil, hambriento y cubierto de grasa, parecía que sólo le quedaban fuerzas para maullar al viento su desesperada situación. Mi hermana y yo, sensibles como éramos a las desgracias ajenas, convencimos a nuestra consentidora madre para agarrar al minino y desandar unos centenares de metros, lo justo hasta alcanzarle abrigo bajo el techo de nuestro piso. Desde entonces formaría parte de nuestra familia.

Gracias a un amor incondicional por los animales he tenido el gran privilegio de gozar con la compañía de numerosos gatos, la gran mayoría de ellos callejeros, y puedo asegurar que todos y cada uno han demostrado poseer un carácter bien diferenciado. Este gato en cuestión resultaba ser, a ratos, tan dócil como salvaje; pero relataré, como ejemplo, alguna de sus proezas.

Nos deleitaba con un instinto cazador excelente, pensareis que, por otro lado, normal en cualquier felino de su especie. Pero lo extraordinario de su comportamiento consistía en que le daba igual el tamaño de su pieza, por muy amenazante que pareciese. Esto nos incluía a nosotros, sus amos, con lo que nadie andaba a salvo cuando era poseído por los arrebatos de su juguetón impulso. Recuerdo como acechaba cuando la manada (o sea, nosotros) pacía mansamente (alelados, mirando el televisor) en su hábitat natural (estirados en el colchón-sofá). Únicamente si uno estaba muy alerta podía disfrutar de su sigiloso avance: primero veías asomar su cabeza entre el marco del pasillo y la cortina de macramé; en un pestañeo ya estaba situado a menos de un metro, tras la máquina de coser, a la espera de su oportunidad; y, cuando menos te lo esperabas, notabas sus fauces desgarrando tu despreocupado pie. El despiadado ataque nunca se prolongaba más de dos segundos; no dejando, así, margen a una posible represalia. Ya os hablé de su insensatez y osadía, pero nunca dije que fuera gilipollas.

En otras ocasiones se comportaba de forma tan apacible que mi hermana lo paseaba como si se tratara de un perro, literalmente. Se agenciaba un hilo de nylon, de los enseres de pesca de mi padre, y se lo ataba al cuello para simular un collar y una correa. Recuerdo el día en que este juego en concreto propició, por culpa de la inconsciencia de mi hermana, que el gato flirteara con la muerte. Se le ocurrió subirlo a la tabla de planchar y atarlo al soporte mientras ella se ausentaba un momento. El gato, indiferente a las consecuencias que puede acarrear tener el gaznate rodeado por una soga de medio metro, saltó al suelo. Tuvo suerte de que yo apareciera por allí, casualmente, para salvarle la vida, porque ya empezaba a asomarle la lengua por el costado de la boca mientras se columpiaba del cuello de una forma un tanto preocupante.

Dicen que los gatos tienen siete vidas; puedo asegurar que ese día perdió, al menos, la mitad de una.

Esta clase de accidentes son los que hacen sospechar del infortunio que acompañaba a nuestro querido gato. Pero esto lo pienso ahora que ya conozco el desenlace de esta historia, claro. Todo sucedió una tarde lluviosa de primavera, como en cualquier relato dramático del montón. Aunque, en esta ocasión, que lloviera no es un recurso narrativo que utilice para enfatizar una tragedia, sino causa directa del desafortunado incidente. Mi madre andaba por la cocina, imagino que preparando la cena, cuando, vete tú a saber por qué, se le ocurrió abrir la ventana que da al patio interior del edificio. Nuestro gato, que resultaba ser tan valiente como curioso, saltó al alféizar de la ventana, como en tantas otras ocasiones, con la particularidad de encontrarse éste mojado. El resbalón, la caída libre y la consecuente estampada fue inevitable.

Mi madre, al oír el tremendo trompazo, se asomó al respiradero y contempló, con consternación, a nuestro gato, inmóvil sobre el techado del patio y aparentemente fallecido. Aún afectada, cogió el ascensor y bajó las ocho plantas que separaban nuestra casa del suelo para recoger el cuerpo de nuestra mascota. Al llegar abajo se dio cuenta que no podría alcanzarlo desde el suelo, así que subió al primer piso y llamó a una puerta para que le dejaran pasar por el tragaluz. Una vez inspeccionado el maltrecho animal, se sorprendió al ver que aún respiraba (a pesar de sangrar por nariz, boca y orejas) y lo subió a casa para procurarle atención.

Todavía recuerdo la incesante llorera al ver nuestro gato despachurrado y con dificultades para respirar.

Como nadie esperaba que sobreviviera, lo dejamos descansando sobre una manta y esperamos, respetuosamente, el momento en que su corazón dejara de latir. Pero ese momento no llegaba, así que nos fuimos a dormir con la certeza de encontrar un cadáver felino al despertar.

No sabemos si fue porque el gato era muy fuerte o por pura suerte de no dañarse algún órgano vital, el caso es que no murió. Al cabo de dos agonizantes días se levantó y, tambaleándose, se acercó al cuenco de agua para saciar su sed. Al día siguiente fue capaz incluso de llevarse algo de comida a la boca. Y así, día tras día, fue recobrando fuerzas. Pero el alma de ese vivaracho gato, que tantas hazañas lograba, jamás consiguió regresar.

Es muy posible que la explicación fuera tan sencilla como que le quedaron secuelas neurológicas tras el accidente, pero no se me iba de la cabeza la altura de la que cayó al vacío. Se precipitó desde un octavo; pero el techo del patio hizo que el vuelo resultara ser, finalmente, desde un séptimo. Y la tan manida frase de que los gatos atesoran siete vidas, empezó a cobrar sentido para mí. Siete eran los pisos de altura, uno por vida.

Desde entonces el gato pasó a ser un fantasma. Un animal sin motivaciones que sólo vivía para comer, cagar y dormir. Ya no cazaba, no sentía curiosidad por nada y, si alguna vez se nos ocurría intentar jugar con él, no reaccionaba. Puede que ni tan sólo nos reconociera; aunque parecía ausente, como si no estuviera en este mundo.

Cuando lo encontramos razonablemente repuesto, lo llevamos a la torre de mi abuela para que el aire del campo ayudara en su rehabilitación. Ahora pienso que fue un error. No sabemos si se desorientó o le ocurrió alguna desgracia, pero un día, sin avisar, salió de paseo y nunca más volvió. Allí perdimos a nuestro gato por segunda vez. La primera fue en espíritu; la segunda físicamente. Aunque no descarto que, faltándole vidas de repuesto, se buscara otra familia menos peligrosa donde poder agotar en paz sus contemplativos días; vamos, digo yo.

lunes, 20 de enero de 2014

Un año funesto



El 2013 ha supuesto, sin duda, el peor año de mi vida.

Intentaré enumerar mis desgracias por meses, aunque no sería de extrañar que, por abatimiento, no llegara a acabar la descripción.

En Febrero perdí el trabajo. Sí, tras un mes de Enero infernal donde no llegamos a cobrar el sueldo, la empresa hizo suspensión de pagos y los dueños desaparecieron sin molestarse a dar una explicación. Luchamos por mantener nuestro puesto laboral, pero fue una tarea inútil. Las deudas a la administración resultaron ser tan abultadas que fue el propio gobierno quien embargó y desalojó la fábrica, con la inestimable ayuda de los antidisturbios. Y pensar que un año antes yo mismo deposité, en forma de voto, mi confianza sobre el actual gobierno para que pudieran arreglar el país...

Llegó Marzo y con él las vacaciones de Semana Santa; para mi mujer, claro. Cogió al loro y a las niñas y se marcharon a la casa del pueblo, dejándome sólo en el piso con la abuela, pues la mujer estaba demasiado mayor para un viaje tan largo. Algo de razón tenía. Fue durante la mañana de Domingo de Resurrección cuando, irónicamente, la encontré fallecida en su mecedora. Al llegar mi mujer no tuvo reparos en echarme en cara que era incapaz de cuidar de una anciana y no me volvió a dirigir una palabra amable en dos meses. Suerte que era mi madre y no la suya, sino no quiero ni imaginar lo que el rencor le hubiera llevado a hacerme.

Abril y Mayo fueron una tortura. Las discusiones en casa y los insultos eran el pan de cada día. Hasta que, al finalizar Junio, mi mujer me confesó que tenía un amante. Me suplicó que la perdonara, que iba a dejar la relación con ese hombre y que yo era el amor de su vida (estas eran las palabras amables que mencioné anteriormente). Y así fue. Al menos durante dos meses más. Porque a principios de Septiembre desapareció una mañana con las niñas y se fueron a vivir con el mencionado galán. Sospecho que aprovecharon esas calurosas tardes veraniegas para tramar su futuro, porque a los dos días me llegó una citación del juzgado sobre una demanda por no pagar la pensión de mis hijas.

Octubre y Noviembre los recuerdo como unos meses en los que me sentí deprimido y envuelto en oscuridad. Posiblemente debido a que la compañía de la luz me había cortado el suministro por impago y que el maldito loro, al no tener más humanos a los que dirigirse, no hacía más que amedrentar mi moral cada dos minutos con insultos que las niñas le habían enseñado.

Pero, al menos durante Diciembre, pude dormir caliente. En el albergue de acogida me recibieron muy bien. Y, tras el desahucio, me pareció un buen sitio donde poder planificar mi vida. Mi mayor preocupación era encontrar un trabajo para pagar la pensión a mi mujer y, con lo que sobrara, vivir lo más dignamente posible.

Con esa esperanza me llegó el 2014.

Y, que queréis que os diga, parece que se presenta mucho mejor, porque me han quitado un peso enorme de encima. Atesoro la suficiente cantidad de dinero para no volver a preocuparme de mi situación económica en la vida; y mis hijas tendrán un buen pellizco en breve. ¿Que cómo lo hice? Pues muy fácil, visité al médico.

Allí me diagnosticaron una cáncer que acabará conmigo en menos de un mes y mi mujer podrá cobrar una buena cantidad del seguro de vida. Y lo cierto es que, para veinte días, aún me llega el sustento.