lunes, 24 de febrero de 2014

El catador



Hoy estoy contento porque ha llegado, a través de correo ordinario, un libro que encargó mi mujer para regalármelo en mi 38 cumpleaños. Se trata de El Ladrón de Nubes, escrito por Leoncio López Álvarez; uno de los pocos merodeadores que, semanalmente, es capaz de leer cada una de las entradas de este blog sin, aparentemente, cansarse de mis tonterías (sí, yo tampoco me lo explico). Incluso acaba comentando con alguna frase que logra alegrarme el día.
Como aún no me he leído el libro ni sé cuando lo voy a poder empezar, quería hacer un homenaje (por llamarlo de alguna forma) a su anterior publicación, Los Trabajos de Heracles. Este caso es diferente, pues pude (y puedo) disfrutar de su libro enormemente; eso sí, tras una ardua tarea de investigación hasta llegar a encontrarlo. 
El homenaje en sí es este cuento, escrito hace ya varios meses y corregido hasta la saciedad, que aquí os presento. Está fuertemente inspirado en el entorno y en los personajes de su libro, pero no os quiero engañar. Yo no soy escritor ni tengo el ingenio, ni mucho menos los recursos, de Leoncio. Sólo aspiro a arrancar una sonrisa de los lectores y a no mancillar el recuerdo de Heracles, que en paz descanse.


El catador


Si alguna vez, paseando, os habéis encontrado a las seis en punto frente al edificio donde trabajo, habréis sido testigos de algo excepcional. Incluso hay jubilados que esperan con impaciencia, siempre a una distancia prudencial para no ser arrollados, ver ese mágico momento donde nadie es más que nadie y no hay distinción de razas ni sexo. Para estos observadores es como ver un documental de National Geographic.
Todos somos uno. O, mejor dicho, una. Una marea humana que huye en forma de estampida colapsando ascensores, escaleras y salidas de emergencia. Tres minutos exactos, de un bello sincronismo, es lo que tardamos en desalojar a casi doscientas personas del bloque acristalado; siempre rezo para que, si alguna vez llega a haber un incendio, coincida con esa hora. Y digo casi doscientas porque siempre faltamos a ese ejercicio mi amigo Tomás y yo. Con esta incomparecencia conseguimos dos cosas: quedar, a los ojos de nuestro jefe, como unos currantes aplicados y celebrar, sin el temor de ser juzgados, nuestro ritual diario de tomarnos unas cañas en el bar más cercano.
Allí acechamos un espacio a la vera del camarero, desahogamos nuestros bolsillos depositando los móviles sobre la barra y, en lo alto de un taburete giratorio, nos disponemos a charlar sobre nuestras más íntimas pasiones.

 - ¿Has probado alguna vez la cerveza Damm Inedit? -dije, tras volver del servicio- Cualquier cervecero que se precie ha de tener en su haber el recuerdo de tan exquisito elixir.
 - Ya -dijo Tomás con indiferencia- ¿Y realmente puedes distinguir, tras cuatro cañas, todos sus aromas y sensaciones?
 - No -contesté desarmado.
 - Pues a eso me refiero, después de tres cervezas todas saben igual.

Tenía toda la razón. De hecho casi siempre la tiene, pero no me dejé intimidar. Hay una norma no escrita que dice: <<Todo aquel que sale de copas con un compañero sabe que tiene unos segundos de rigor para contrarrestar, con una ingeniosa réplica, la afirmación de su oponente. Una vez pasado esos segundos se dará por vencido en la disputa>>. Y, tras un breve instante de meditación, encontré quien defendiera mi honor.

 - ¡Un sumiller! -apunté con presteza- Seguro que podría.
 - No me gustan los sumilleres. No se tragan el vino y eso no me da confianza.

Y comenzó a ingerir un largo sorbo de su jarra, demostrando no pertenecer a ese gremio.

 - ¿No te fías? -dije curioso- Pues tu amigo Jaime hizo un curso de enología  y siempre presume de ello.

Tomás llevaba tres segundos tragando líquido cuando prosiguió, sin prestarme la más mínima atención.

 - Tampoco hablan mal de un vino y, esa forma de actuar, no me parece normal -dijo frunciendo el ceño- Puede que lo hagan porque, en definitiva, son más vendedores que catadores, pero alguno malo ha de haber. Podrían tomar ejemplo de los publicistas que contratan los bancos, aunque seguro que estos pagan mucho más por un marketing tan bien planteado; sin incluir ayudas gubernamentales, claro. Ahora han creado un banco malo, como cabeza de turco, para que nuestra mente crea que el resto de sedes bancarias son buenas. Vamos, que...

Dejé de percibir su conspiradora teoría y me dediqué a escenificar, estirando disimuladamente el brazo, el robo de unos frutos secos situados dentro del espacio vital de una absorta bebedora de Gin Tonic que atendía a una amiga, cuando fui violentamente sorprendido.

 - ¡¿Me estás escuchando?! -dijo Tomás zarandeando mi hombro.
 - ¡Eh! Sí, claro. -mentí, y disimulando repliqué- ¿Y qué tiene que ver eso con Jaime?
 - ¿Jaime?¿Qué Jaime?
 - Tu amigo Jaime, el enólogo del que hablábamos. -comenté para hacerle ver que era él quien no prestaba atención. Aunque, como siempre hace en estos casos, no se dio por aludido.
 - ¡Ah!, ese Jaime. No, ya no somos amigos.
 - ¿Y eso? -pregunté, llevándome un cacahuete a la boca.
 - Nada, que le gasté una broma inofensiva y me decepcionó.

Me puse a temblar. El adjetivo inofensiva detrás de la palabra broma significaba, para Tomás, que no hubo cadáveres por medio. Aún guardo la escayola que me gané en su última broma inofensiva que padecí. Se le ocurrió rellenar un balón de fútbol, pinchado, con piedras y dejarlo a una distancia prudencial para pedirme un buen centro; a sabiendas que, para un deportista como yo, es imposible resistirse a un buen chute y... bueno, el resultado fueron cuatro de los cinco dedos del pie derecho rotos.

 - Hay gente sin sentido del humor -dije con ironía- Pero... ¿Qué le hiciste?
 - ¡Bah!, nada. ¿Sabes que hizo un cursillo de enología?
 - Si, algo he oído -dije haciéndome el despistado. Y certificando, de paso, que casi nunca me escuchaba.
 - Pues, como no paraba de dar la lata con sus conocimientos sobre el olor, color y sabor del vino, le invité a cenar a casa para hacerle una novatada.
 - ¿Y qué pasó? Porque erais muy amigos ¿no?
 - Tú lo has dicho, éramos -dio un largo trago de zumo de cebada y prosiguió rememorando- Pues llegó a casa a eso de las nueve. Tarde para el vermut, pero con ganas de demostrar sus enseñanzas. Le conté que me habían regalado un vino rosado en una pequeña bodega del pueblo de Haro que, según me relataron, era excepcional. La única pega resultaba ser que, al intentar descorcharlo, se había roto el tapón, quedando este dentro de la botella y a la deriva.
 - ¿Y no le gustó?
 - No puso inconveniente, incluso le fue al dedillo para comenzar su lección. Me contó que esto suele pasar cuando colocas un corcho sintético. No son tan elásticos ni flexibles como los naturales y, además, su permeabilidad deja mucho que desear. Luego se sirvió una pequeña cantidad en una gran copa y comenzó el ritual de remover y olisquear, remover y olisquear...
 - Si, puede llegar a ser bastante pedante -dije para acelerar la trama- Pero, ¿dónde está la gracia?
 - ¿Pues no va el tío y empieza a relatar la sensación de peso del vino por cómo resbalaban las gotas en la copa? Y yo que siempre he pensado que las cosas caen hacia abajo por la fuerza de la gravedad... -dijo con tono burlón- Pero no quedó ahí la cosa. Se puso a olfatear y me soltó que detectaba aromas frutales. ¡Vaya sorpresa! ¿Será porque el vino proviene de una fruta llamada uva? Vamos, digo yo.
 - Pero eso era lo que se esperaba que dijera ¿no? -repliqué sin entender.
 - Pues no. Porque, anteriormente, había vertido en la botella la suficiente orina como para aparentar que el tinto que cataba era un rosado. Y no comentó nada de los inconfundibles aromas a espárragos trigueros con los que había contaminado el vino.

Me dejó boquiabierto. Pero aún pudo sorprenderme de nuevo.

 - También tallé, e introduje con mis propias manos, una boñiga seca de mi perro para lograr el efecto del corcho flotante. Y, al degustarlo, tampoco interpretó ningún dejo en boca sobre el pienso Royal Canin, para perros castrados menores de diez kilos, con el que se suele alimentar mi mascota.

Esta vez se unieron, a la gran abertura de la boca, mis ojos.

 - ¡Dios, que asco! -dije con la tripa revuelta- No me extraña que ya no seáis amigos.
 - Me alegra que me apoyes en esta decisión, a mi también me dio mucho asco -comentó con aire altivo- Porque el muy glotón, tras excusarme yo por ardor de estómago, se hincó entre pecho y espalda la botella entera durante la cena. ¿Puedes encontrar en el mundo a una persona más mentirosa y egoísta? Yo no, desde luego. Y personas así no las quiero en mi vida -sentenció.

Si no dilaté otro orificio de mi cuerpo fue porque, conscientemente, ya no me quedaban más. Incluso tuve que apartar el bol de frutos secos para intentar atajar las náuseas.

 - ¿No fuiste un poco cruel con el pobre Jaime? -comenté, apenado, tras reponerme.
 - ¡Que va! Esa clase de gente no se merece nada. Y lo volvería a hacer  si con ello consigo desenmascarar a otro farsante. Venga, termina esa cerveza que ya es hora de irse.

Miré el pequeño poso que aún quedaba en el fondo de la jarra y no pude dejar de imaginar algún cuerpo extraño en permanente bamboleo. ¿Y a que se refería con lo de "desenmascarar farsantes"? Si todos sabemos que Tomás apenas tiene amigos...

Y en ese instante tuve una eclosión mental de incertidumbre o, lo que viene siendo lo mismo, me acojoné. Recordé haber ido al servicio durante el acalorado debate cervecil que tuvimos y, al volver, me pareció observar que tanto el posavasos como mi jarra estaban en posición distinta a la que los dejé. Y me quedé helado.

Clavé una mirada desvalida en mi compañero y, con un hilo de voz imperceptible, pregunté, deseando escuchar una respuesta misericordiosa.

 - Tomás... Tú y yo... somos amigos, ¿verdad?

Extendió una mano hacia el camarero, ofreciéndole un billete de veinte euros. Me miró de soslayo, levantó una ceja y rotundamente inquirió.

 - ¿Acaso lo dudas?

Nunca sabré si fue mi imaginación o si realmente llegó a manipular mi bebida, aunque no fuera capaz de encontrar ningún sabor fuera de lo común. Pero, claro, era mi cuarta copa y todos sabemos que a partir de la tercera estamos vendidos. Sin embargo, y sorprendentemente, no me mortifiqué lo más mínimo. Lo único que me importaba es que, al salir por la puerta, continuásemos quedando cada día al salir del trabajo, en algún bar, para hablar de lo que se terciara. 

 - ¡No, no! -me apresuré a decir, a tiempo de disipar cualquier desconfianza.

Y, tras apurar de un trago la cerveza, le dediqué mi mejor sonrisa.


martes, 18 de febrero de 2014

Día de San Valentín

       

          Gabriel bajó al bar a desayunar, como venía haciendo desde que trabajaba en la oficina, a las once en punto. Allí se encontraba cada día con Andrés, un laboralista que regentaba un despacho al otro extremo de la calle. Se citaban siempre en el mismo establecimiento, a medio camino de sus trabajos para, como decía Andrés jocosamente, poder dialogar en terreno neutral. Gabriel estuvo de acuerdo,  incluyendo en el tratado que todo lo mencionado bajo los efectos de aguas internacionales (cerveza, whisky, vodka, etc...) no sería tomado en cuenta ante jurisprudencia alguna. Así bromeaban los dos abogados. Aunque la verdadera razón siempre habían sido las estupendas tapas que allí elaboraban.

          Al atravesar la puerta Gabriel localizó a su compinche, distraído con un diario pero sentado en la mesa de siempre, y decidió abalanzarse sobre la barra para encargar media tortilla, un plato de gambas y dos pintas de restauradora cerveza, antes de ir a sentarse.

     - ¡Buenos días, Andrés! - dijo Gabriel con una inmensa sonrisa.
     - Buenos días, aunque parece que son mejores para algunos que para otros -repuso Andrés.
     - ¿Tan cambiado me encuentras? -dijo sin dejar de sonreír.
     - Vamos, se te nota a la legua. Hoy has entrado con una energía, con un brillo en los ojos que hacía tiempo no veía en ti. No, al menos, antes de la segunda cerveza.
     - Pues sí. Para qué te voy a engañar.
     - ¿Y se puede saber a qué debemos tanta felicidad? Porque, que yo recuerde, ayer te fuiste abatido a casa. Pronosticando uno de los días más monótonos de tu existencia.
     - Sí, claro. Es que ayer fue San Valentín. Y ya sabes lo que pienso de esos días socialmente preestablecidos para programar, sí o sí, la felicidad de las personas. Odio que me señalen el día en que he de hacerle un regalo a mi mujer y decirle cuanto la quiero.
     - Lo sé, lo sé. Me lo contaste ayer. ¿Cómo te proclamaste?, ¿el desobediente de los días consumistas?
     - Rebelde, rebelde me gusta más -puntualizó Gabriel- Me parece más romántico.
     - Ya -dijo Andrés con escepticismo- ¿Y le pareció a tu mujer igual de romántico no recibir un regalo?

          En ese instante apareció Pedro el camarero, portando la comanda sobre la bandeja que sostenía con una sola mano, y depositó el pedido entre los dos amigos.

     - De eso, precisamente, quería hablarte. Ayer mi mujer me hizo el mejor de los regalos.
     - ¿Te dio con la puerta en las narices al ver que no le regalabas nada? - dijo Andrés con sorna.

          Gabriel tenía muy claro qué tipo de amistad los unía. Andrés se dedicaba a lanzarle puyas sarcásticas y Gabriel a esquivarlas con elegancia. Sin embargo, esta vez se había excedido. Y así se lo quiso hacer saber.

     - Andrés, no seas bruto -dijo muy serio- Ella conoce mis excentricidades y las respeta. ¿Entendido?
     - Y no es la única -susurró mientras observaba a Gabriel sacarle los ojos con un palillo a una gamba, para evitar su mirada cuando se la comiera- Escucha, perdóname si te he ofendido.
     - No pasa nada -concedió Gabriel- Pero desde ya, te digo que fue idea de ella no celebrar el dichoso día.
     - ¿Hablas en serio? -dijo un incrédulo Andrés.
     - Como oyes. Me llamó al trabajo media hora antes de salir para decirme que no le comprara nada, que por una vez, y como siempre había deseado yo, no celebraríamos San Valentín.
     - ¿Y tú que hiciste? -preguntó Andrés con ojos como platos.
     - Pues mira, me aventuré a correr el riesgo de creer lo que me contaba. Porque ya conocemos la desconcertante manía que tienen las mujeres en decirte una cosa, mientras esperan que hagas la contraria.
     - Desde luego -afirmó Andrés mientras se llevaba un pedazo de tortilla a la boca.
     - Pero al llegar a casa cenamos, vimos un rato la tele y nos acostamos sin tan siquiera mencionar el tema. Mi día de San Valentín fue como siempre lo había soñado, un día cualquiera. Por eso estoy tan feliz, porque mi mujer me demostró cuanto me quería haciendo un gran esfuerzo por mí. O, lo que es lo mismo, ignorando el Día de San Valentín.

          Gabriel, tras finalizar su discurso, alzó la media jarra de cerveza que aún le quedaba, hizo un brindis al aire y la engulló de un sólo trago en señal de celebración. Volvió a levantar el recipiente vacío, busco a Pedro con la mirada y se lo enseñó para que trajera otra ronda.

          Andrés no dijo nada. Se quedó hipnotizado, mirando por encima del hombro de Gabriel, con la vista perdida en el infinito mientras masticaba una rebanada de pan con tomate y aceite.

          Ese ingrato silencio inquietó a Gabriel.

     - Andrés, ¿en qué piensas?
     - No, nada -comentó con voz apenada- Que me parece que nunca aprenderé a interpretar las maniobras de las mujeres.
     - ¿A qué viene eso? -dijo Gabriel con el ceño fruncido.
     - ¿Quieres que te lo cuente?
     - Por supuesto -insistió Gabriel, agarrando la segunda jarra de la bandeja de Pedro.
     - Pues que, por un momento, he pensado en la posibilidad de que tu mujer no quisiera celebrar San Valentín porque ya no siente esa estima hacia ti. Porque se ha hartado de tus tonterías y ha buscado a otro que comparta sus ilusiones. Incluso porque, antes de que llegaras a casa, ya lo había celebrado con su amante y no quería arruinar ese recuerdo interpretando una pantomima contigo. Y he sentido tristeza. Pero vamos -dijo Andrés haciendo un esfuerzo por animar la voz- , que yo no conozco a tu mujer ni he estado nunca casado. Así que, seguramente, será como tú lo cuentas ¿no?
     - Sí... claro... -balbuceó Gabriel.

          Sin nada que añadir, intentó analizar los posibles indicios que pudiera haber pasado por alto la noche anterior.

          Y en esta ocasión los dos a la vez, perdidos en sus pensamientos, bajaron mecánicamente la mano para coger alimento del plato y, sin dejar de mirar al infinito, llevárselos a la boca. Gabriel comenzó a chupetear e intentar succionar una porción de tortilla de patatas; mientras, Andrés pinchó con el tenedor, sin saberlo, una cabeza de gamba y la masticó con decisión.

martes, 11 de febrero de 2014

Microrrelato Futuro cercano



El otro día estaba sentado en el sofá de mi casa viendo la tele de madrugada cuando, repentinamente, me apeteció visionar una de mis películas favoritas por, al menos, decimonovena vez. Pues a los diez minutos, y sin saber porqué, tuve que poner la pausa para escribir esta tontería que me vino a la cabeza. Como tardé un buen rato y se me hizo tarde ya no pude continuar con el largometraje. Pero, oye, que así ya tengo una entrada lista para el blog.




Futuro cercano

El joven salió del edificio sintiéndose estafado. Jamás volvería a depositar sus esperanzas en una predicción. No había vislumbrado ningún gran poder en esa pitonisa, tan sólo ideas confusas y frases ambiguas. Seguramente despachaba a todo el mundo con la misma monserga.

Enfurecido, giró a la derecha en el primer cruce y se detuvo en seco.

Vio coches planeando sobre su cabeza a una velocidad de vértigo, señoras vestidas con trikini y grilletes de oro decorando sus muñecas. Notó que le faltaban las fuerzas y su respiración se tornó débil, insegura. Quiso apoyarse en la pared pero tropezó con un escaparate. Miró el cristal y el reflejo le devolvió la imagen de su cuerpo harapiento y decrépito.

Pero lo que más le desconcertó, lo que más le indignó, lo que más le avergonzó, fue que la vidente estaba en lo cierto: el futuro estaba a la vuelta de la esquina.


martes, 4 de febrero de 2014

El club de los suicidas



En un local del centro cívico se reunía, en secreto, un grupo de hombres y mujeres que habían perdido toda esperanza. Bajo la fachada del taller solidario "La cocina para gente sin cocina", se escondía la oscura intención de llevar a cabo un suicidio en masa.

 - ¿A qué hemos venido? -preguntó Julián.
 - A morir -contestaron casi todos.
 - ¡¿A qué hemos venido?! -volvió a preguntar, eufórico.
 - ¡A morir! -gritaron esta vez todos.

Hizo una pausa para que se hiciera el silencio y, subido en el estrado, continuó el discurso.

 - Bien, ya llevamos dos meses debatiendo la mejor forma de perder la vida y parece ser que ya se llegó a un acuerdo. ¿Javier, estás por aquí?

Salió del tumulto un pequeño hombre delgado, con gafas pequeñas y una incipiente calva en la coronilla. Subió al escenario y probó a bajar el micrófono, pero el hierro extensible no cedió. Así que optó por encaramarse a un taburete y comenzar a leer el papel que llevaba en la mano.

 - A ver... -dijo mientras intentaba aguantar el equilibrio- Sí, aquí. Primero empezaré por las acciones descartadas. Un tiro en la cabeza: desechamos la idea por la necesidad de comprar armamento y munición para todos. Si estamos aquí es por la crisis y, lógicamente, no tenemos un euro para ese gran desembolso. También se sopesó la idea de morir ahorcados, pero, como podéis comprobar si alzáis la vista -dijo mirando el techo- no tenemos vigas ni estructuras que aguanten el peso de una veintena de personas. Por lo que se ha llegado a la conclusión de que lo más acertado es la ingesta masiva de veneno.

Javier dobló la hoja de papel, bajó de la peana y volvió junto a sus compañeros.

 - Gracias por tu intervención, Javier -dijo Julián, reconociéndole el esfuerzo y volviendo a su puesto de orador- Ahora, si no hay nadie que tenga algo que objetar, se procederá a la ejecución voluntaria.

Cuando estaba a punto de bajar del escenario, apareció una mano levantada entre la multitud. Julián frenó en seco y volvió al centro del escenario.

 - Avanza, por favor. Marta, ¿verdad?

La chica asintió mientras subía por la escalerilla y, con timidez, acercó la boca al micrófono.

 - Sí, hola a todos -dijo ruborizada- Sólo quería decir que yo vine aquí con una profunda depresión, sin motivos para aferrarme a la vida; pero encontré una persona, Raúl -saludó con la mano-, de la que me enamoré perdidamente. Y quiero aprovechar esta ocasión para pedirle que se case conmigo.

Todos pusieron los ojos como platos. En especial Julián, que era el propulsor de la idea original.

 - ¡Sí, quiero! -se oyó una voz al fondo de la sala.

A Marta se le iluminó la cara y, de un salto, bajó del escenario para reunirse con Raúl.

 - Eh, bueno... -empezó a decir Julián- entonces... no contamos con vosotros ¿no?

Pero la pareja no escuchaba nada más que no fuera el latido de su corazón y, sin apartarse la mirada de los ojos, salieron por la puerta.

 - Eh... en fin. Tampoco es que tengamos unas dosis boyantes de arsénico -dijo forzando una sonrisa- Hasta nos viene bien a todos, así tocamos a más.

Otro brazo se levantó entre el gentío y, sin esperar el permiso de Julián, el dueño de la extremidad se encaminó hacia el estrado. El gigantesco chaval subió de un salto y agarró el soporte del micrófono con la intención de alargarlo. Como le fue imposible, lo dejó donde lo había encontrado y, medio encogido, empezó a hablar.

 - Hola, ya me conocéis. Soy el chico sin amigos que fracasa en todo lo que se propone. Pero llegué a esta comunidad y me recibieron con los brazos abiertos, sin importarles mi negatividad. También sabéis que, unos pocos de nosotros,  formamos un equipo de fútbol y que cada Domingo participamos en el campeonato del distrito; alguna vez os he visto por el campo. Pues bien, este fin de semana hemos ganado nuestro décimo partido y llevamos una ventaja de seis puntos respecto al segundo clasificado. Ya sé que íbamos a matarnos y eso, pero es que nos viene muy mal ahora mismo. Y pienso que morir sería dar demasiadas facilidades al resto de conjuntos. Por eso, como portavoz del equipo, os informo que hemos decidido aplazarlo para más adelante. Gracias.

Pasó por delante de un atónito Julián y se reunió en la platea con el resto de jugadores.

 - ¿Alguien... ah... -balbuceó un desconcertado Julián- alguna intervención más?

El grupo que quedaba de la tercera edad subió al escenario con su habitual parsimonia y se agenciaron el aparato amplificador.

 - Nosotros tampoco nos suicidaremos hoy -dijo un anciano.

Julián se encontraba sentado en el suelo del escenario, con los brazos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en el infinito. Escuchaba, derrotado, lo que la facción más anciana tenía que decir.

 - Sólo queríamos decir que somos nosotros quienes hemos preparado los bocadillos de foie gras untados con el veneno, así que mejor coger los de nocilla. Gracias.

Julián hundió la cabeza entre las rodillas al darse cuenta de que ya no se suicidaría nadie ni por casualidad.

Pero, de pronto, recordó algo que necesitaba compartir urgentemente con Javier, su fiel escudero. Levantó la cabeza, clavó la mirada en su amigo y le hizo señas para que se sentara a su lado.

 - Mira Julián, esto no es lo acordado. Ya sabes que yo siempre estaré a tu lado, pero...
 - Sí, sí -interrumpió Julián- pero hazme un favor: cierra las puertas. De aquí no se va ni Dios sin antes pagar lo que se debe del alquiler del local. ¿O qué se piensan, que escoger vivir les va a salir gratis?

martes, 28 de enero de 2014

El gato que perdió el alma



Las mascotas siempre han sido bien recibidas en casa. Es cierto que mi madre nunca les hizo demasiado caso, pero, resignándose, nos dejaba adoptar cualquier animalillo desvalido que encontráramos por la calle. Así es como hemos llegado a convivir con perros, gatos, periquitos, peces y hasta un pato. Los niños y los animales se llevan muy bien, son unos excelentes compañeros de juegos.

El nombre del gato protagonista de esta historia lo tengo escondido en algún rincón de mi memoria pueril al que soy incapaz de llegar. Y como no me apetece mancillar más su recuerdo con un mote absurdo (ya me parece suficiente deshonra mi olvido repentino), lo denominaré, sencillamente, gato; o algo equivalente.

Lo encontramos una fría mañana de invierno. Una de esas mañanas en las que, si no parpadeas a menudo, se te congela hasta el lagrimal. Tomando el camino que nos llevaba al colegio escuchamos, al atravesar un descampado cercano a nuestra casa, unos lejanos maullidos que aparentemente provenían de un coche abandonado. Al acercarnos al siniestrado vehículo, conseguimos agudizar el oído para poder localizar al gatito sobre una de las ruedas delanteras. Débil, hambriento y cubierto de grasa, parecía que sólo le quedaban fuerzas para maullar al viento su desesperada situación. Mi hermana y yo, sensibles como éramos a las desgracias ajenas, convencimos a nuestra consentidora madre para agarrar al minino y desandar unos centenares de metros, lo justo hasta alcanzarle abrigo bajo el techo de nuestro piso. Desde entonces formaría parte de nuestra familia.

Gracias a un amor incondicional por los animales he tenido el gran privilegio de gozar con la compañía de numerosos gatos, la gran mayoría de ellos callejeros, y puedo asegurar que todos y cada uno han demostrado poseer un carácter bien diferenciado. Este gato en cuestión resultaba ser, a ratos, tan dócil como salvaje; pero relataré, como ejemplo, alguna de sus proezas.

Nos deleitaba con un instinto cazador excelente, pensareis que, por otro lado, normal en cualquier felino de su especie. Pero lo extraordinario de su comportamiento consistía en que le daba igual el tamaño de su pieza, por muy amenazante que pareciese. Esto nos incluía a nosotros, sus amos, con lo que nadie andaba a salvo cuando era poseído por los arrebatos de su juguetón impulso. Recuerdo como acechaba cuando la manada (o sea, nosotros) pacía mansamente (alelados, mirando el televisor) en su hábitat natural (estirados en el colchón-sofá). Únicamente si uno estaba muy alerta podía disfrutar de su sigiloso avance: primero veías asomar su cabeza entre el marco del pasillo y la cortina de macramé; en un pestañeo ya estaba situado a menos de un metro, tras la máquina de coser, a la espera de su oportunidad; y, cuando menos te lo esperabas, notabas sus fauces desgarrando tu despreocupado pie. El despiadado ataque nunca se prolongaba más de dos segundos; no dejando, así, margen a una posible represalia. Ya os hablé de su insensatez y osadía, pero nunca dije que fuera gilipollas.

En otras ocasiones se comportaba de forma tan apacible que mi hermana lo paseaba como si se tratara de un perro, literalmente. Se agenciaba un hilo de nylon, de los enseres de pesca de mi padre, y se lo ataba al cuello para simular un collar y una correa. Recuerdo el día en que este juego en concreto propició, por culpa de la inconsciencia de mi hermana, que el gato flirteara con la muerte. Se le ocurrió subirlo a la tabla de planchar y atarlo al soporte mientras ella se ausentaba un momento. El gato, indiferente a las consecuencias que puede acarrear tener el gaznate rodeado por una soga de medio metro, saltó al suelo. Tuvo suerte de que yo apareciera por allí, casualmente, para salvarle la vida, porque ya empezaba a asomarle la lengua por el costado de la boca mientras se columpiaba del cuello de una forma un tanto preocupante.

Dicen que los gatos tienen siete vidas; puedo asegurar que ese día perdió, al menos, la mitad de una.

Esta clase de accidentes son los que hacen sospechar del infortunio que acompañaba a nuestro querido gato. Pero esto lo pienso ahora que ya conozco el desenlace de esta historia, claro. Todo sucedió una tarde lluviosa de primavera, como en cualquier relato dramático del montón. Aunque, en esta ocasión, que lloviera no es un recurso narrativo que utilice para enfatizar una tragedia, sino causa directa del desafortunado incidente. Mi madre andaba por la cocina, imagino que preparando la cena, cuando, vete tú a saber por qué, se le ocurrió abrir la ventana que da al patio interior del edificio. Nuestro gato, que resultaba ser tan valiente como curioso, saltó al alféizar de la ventana, como en tantas otras ocasiones, con la particularidad de encontrarse éste mojado. El resbalón, la caída libre y la consecuente estampada fue inevitable.

Mi madre, al oír el tremendo trompazo, se asomó al respiradero y contempló, con consternación, a nuestro gato, inmóvil sobre el techado del patio y aparentemente fallecido. Aún afectada, cogió el ascensor y bajó las ocho plantas que separaban nuestra casa del suelo para recoger el cuerpo de nuestra mascota. Al llegar abajo se dio cuenta que no podría alcanzarlo desde el suelo, así que subió al primer piso y llamó a una puerta para que le dejaran pasar por el tragaluz. Una vez inspeccionado el maltrecho animal, se sorprendió al ver que aún respiraba (a pesar de sangrar por nariz, boca y orejas) y lo subió a casa para procurarle atención.

Todavía recuerdo la incesante llorera al ver nuestro gato despachurrado y con dificultades para respirar.

Como nadie esperaba que sobreviviera, lo dejamos descansando sobre una manta y esperamos, respetuosamente, el momento en que su corazón dejara de latir. Pero ese momento no llegaba, así que nos fuimos a dormir con la certeza de encontrar un cadáver felino al despertar.

No sabemos si fue porque el gato era muy fuerte o por pura suerte de no dañarse algún órgano vital, el caso es que no murió. Al cabo de dos agonizantes días se levantó y, tambaleándose, se acercó al cuenco de agua para saciar su sed. Al día siguiente fue capaz incluso de llevarse algo de comida a la boca. Y así, día tras día, fue recobrando fuerzas. Pero el alma de ese vivaracho gato, que tantas hazañas lograba, jamás consiguió regresar.

Es muy posible que la explicación fuera tan sencilla como que le quedaron secuelas neurológicas tras el accidente, pero no se me iba de la cabeza la altura de la que cayó al vacío. Se precipitó desde un octavo; pero el techo del patio hizo que el vuelo resultara ser, finalmente, desde un séptimo. Y la tan manida frase de que los gatos atesoran siete vidas, empezó a cobrar sentido para mí. Siete eran los pisos de altura, uno por vida.

Desde entonces el gato pasó a ser un fantasma. Un animal sin motivaciones que sólo vivía para comer, cagar y dormir. Ya no cazaba, no sentía curiosidad por nada y, si alguna vez se nos ocurría intentar jugar con él, no reaccionaba. Puede que ni tan sólo nos reconociera; aunque parecía ausente, como si no estuviera en este mundo.

Cuando lo encontramos razonablemente repuesto, lo llevamos a la torre de mi abuela para que el aire del campo ayudara en su rehabilitación. Ahora pienso que fue un error. No sabemos si se desorientó o le ocurrió alguna desgracia, pero un día, sin avisar, salió de paseo y nunca más volvió. Allí perdimos a nuestro gato por segunda vez. La primera fue en espíritu; la segunda físicamente. Aunque no descarto que, faltándole vidas de repuesto, se buscara otra familia menos peligrosa donde poder agotar en paz sus contemplativos días; vamos, digo yo.

lunes, 20 de enero de 2014

Un año funesto



El 2013 ha supuesto, sin duda, el peor año de mi vida.

Intentaré enumerar mis desgracias por meses, aunque no sería de extrañar que, por abatimiento, no llegara a acabar la descripción.

En Febrero perdí el trabajo. Sí, tras un mes de Enero infernal donde no llegamos a cobrar el sueldo, la empresa hizo suspensión de pagos y los dueños desaparecieron sin molestarse a dar una explicación. Luchamos por mantener nuestro puesto laboral, pero fue una tarea inútil. Las deudas a la administración resultaron ser tan abultadas que fue el propio gobierno quien embargó y desalojó la fábrica, con la inestimable ayuda de los antidisturbios. Y pensar que un año antes yo mismo deposité, en forma de voto, mi confianza sobre el actual gobierno para que pudieran arreglar el país...

Llegó Marzo y con él las vacaciones de Semana Santa; para mi mujer, claro. Cogió al loro y a las niñas y se marcharon a la casa del pueblo, dejándome sólo en el piso con la abuela, pues la mujer estaba demasiado mayor para un viaje tan largo. Algo de razón tenía. Fue durante la mañana de Domingo de Resurrección cuando, irónicamente, la encontré fallecida en su mecedora. Al llegar mi mujer no tuvo reparos en echarme en cara que era incapaz de cuidar de una anciana y no me volvió a dirigir una palabra amable en dos meses. Suerte que era mi madre y no la suya, sino no quiero ni imaginar lo que el rencor le hubiera llevado a hacerme.

Abril y Mayo fueron una tortura. Las discusiones en casa y los insultos eran el pan de cada día. Hasta que, al finalizar Junio, mi mujer me confesó que tenía un amante. Me suplicó que la perdonara, que iba a dejar la relación con ese hombre y que yo era el amor de su vida (estas eran las palabras amables que mencioné anteriormente). Y así fue. Al menos durante dos meses más. Porque a principios de Septiembre desapareció una mañana con las niñas y se fueron a vivir con el mencionado galán. Sospecho que aprovecharon esas calurosas tardes veraniegas para tramar su futuro, porque a los dos días me llegó una citación del juzgado sobre una demanda por no pagar la pensión de mis hijas.

Octubre y Noviembre los recuerdo como unos meses en los que me sentí deprimido y envuelto en oscuridad. Posiblemente debido a que la compañía de la luz me había cortado el suministro por impago y que el maldito loro, al no tener más humanos a los que dirigirse, no hacía más que amedrentar mi moral cada dos minutos con insultos que las niñas le habían enseñado.

Pero, al menos durante Diciembre, pude dormir caliente. En el albergue de acogida me recibieron muy bien. Y, tras el desahucio, me pareció un buen sitio donde poder planificar mi vida. Mi mayor preocupación era encontrar un trabajo para pagar la pensión a mi mujer y, con lo que sobrara, vivir lo más dignamente posible.

Con esa esperanza me llegó el 2014.

Y, que queréis que os diga, parece que se presenta mucho mejor, porque me han quitado un peso enorme de encima. Atesoro la suficiente cantidad de dinero para no volver a preocuparme de mi situación económica en la vida; y mis hijas tendrán un buen pellizco en breve. ¿Que cómo lo hice? Pues muy fácil, visité al médico.

Allí me diagnosticaron una cáncer que acabará conmigo en menos de un mes y mi mujer podrá cobrar una buena cantidad del seguro de vida. Y lo cierto es que, para veinte días, aún me llega el sustento.

martes, 14 de enero de 2014

La última mascota



Si hay una sociedad casi tan odiosa y excluyente en sus conversaciones como la de ser padres (esta resulta, sin duda alguna, insuperable), es la de poseer mascotas que necesitan ser paseadas. Y tengo la desgracia de estar involucrado en ella. Porque, debido a mi lacónico carácter, no me hace demasiada gracia mantener relaciones públicas con sus integrantes. No llegáis a ser conscientes de la envidia que me despertáis los propietarios de esos animales que no precisan salir a la calle.

Y todos sabemos a lo que me refiero. No hay que ser muy observador para darse cuenta de que todos los amos/as que pasean por el barrio con su perro, son arrastrados por una fuerza invisible a entablar, entre ellos, conversaciones sobre sus canes. Bueno, fuerza invisible o llamémosle perros que, al tirar de la correa para llegar a oler sus respectivos traseros, logran juntar a las personas más variopintas. Muchas veces tengo serios problemas, viendo las sacudidas a la que son sometidos los propietarios, para distinguir quién pasea a quién.

Si nunca habéis pertenecido a esta secta, podéis llegar a pensar que se cuchichean consignas secretas cada vez que comparten comentarios. Tranquilos, no es así. Tan sólo intercambian información sobre veterinarios, peluqueros caninos o carantoñas que sus perros son capaces de ejecutar por una galleta.

Una vez superadas estas nimiedades, hay un tema importante que suele tratarse cuando uno ya coge algo más de confianza con una de estas personas: la muerte de su mascota. Sí, sé lo que estáis pensando; que quién me mandaría a mí coger confianza con estos locos necrófilos. Pero, oye, que a mí me ha parecido muy interesante el debate (con lo que demuestro que yo tampoco ando demasiado cuerdo). Porque un animal de compañía, dejando de lado a loros y tortugas centenarias, no suele sobrevivir a su amo. Y aquí es donde, una vez más, despliego uno de mis trabajos insustanciales.

Tras un concienzudo estudio, que consta de cuatro entrevistas mal contadas a familiares y gente del vecindario, he llegado a la conclusión de que, tras unos necesarios días de duelo, hay dos formas de afrontar el siguiente paso a esa fatídica pérdida. Puede que haya muchas más, pero uno da para lo que da. Por un lado están los que no piensan en adoptar un nuevo compañero y, por contra, los que aseguran que convivirán con otro animal una vez fallezca el actual.

Los del segundo grupo tienen unas claras intenciones continuistas. Han disfrutado de su mascota durante los años que han podido y no dudan en repetir la experiencia. Pero a los del primer grupo he tenido que clasificarlos en dos apartados: Los que, hartos de las obligaciones y responsabilidades que demandan estos bichos, prefieren vivir sin su compañía para ganar en libertad. Y los que, por no pasar el mal trago de su marcha, rechazan los años de cariño, lealtad y compañerismo que su mascota les puede proporcionar.

Y, meditando los motivos de este último grupo, aquí es cuando yo me hago unas preguntas metafísicas sobre nuestra existencia. ¿A qué hemos venido a este mundo? ¿A procurar disfrutar cuanto se pueda, o a intentar evitarnos el mayor sufrimiento posible? Creo que ahí está la elección del pensamiento para llevar la vida hacia una corriente participativa (sumar vivencias) o hacia otra pusilánime (restar infortunios). Y, ojo, no digo que una alternativa sea mejor que la otra, todo dependerá del espíritu de cada uno.

Pero, para mi sorpresa, podemos encontrarnos diferentes visiones de una misma mascota en el seno de una familia. Como por ejemplo, el matrimonio con el que charlé el otro día. La mujer defendía la postura de que la perra había sufrido mucho durante su vida (enfermedades, accidentes, etc) y, por consecuencia, ella también. Y ya no quería ni imaginarse el dolor que le provocaría su muerte. Por otro lado, el marido, entendía que su mascota había gozado de una vida feliz y placentera, y que ese mismo sufrimiento, al que aducía su esposa, había sido el común en la vida de cualquier animal.

Mientras escuchaba sus distintas versiones me quedé mirando el citado animal para averiguar la vida que había llevado y, sinceramente, no detecté gemidos o movimientos renqueantes que dieran la razón a la mujer. Por otro lado, la perra estaba bastante fondona, con lo que deduje que tampoco la paseaban todo lo que hubiese deseado. Y el animal tampoco me hizo ningún gesto significativo para dar veracidad a las palabras del hombre. Así que concluí con que la mascota, seguramente, habría intentado vivir lo mejor posible y punto.

Entonces, fui invadido por uno de esos pensamientos fugaces, que uno no acierta a calificar de obtuso o lúcido, y me di cuenta de que daba igual la vida que realmente tuviera el bicho. Primero porque el animal, lógicamente, no podía hablar para expresar su parecer, pero esto también sucede si nosotros morimos (ouijas a parte, claro) y alguien describe nuestra vida. Y la pregunta que me hice fue: ¿somos como somos, o somos como nos ven?. Todos seremos juzgados y valorados por los ojos de quienes nos observen, transitando felices, desgraciados o apáticos por supuestas vidas, en función del espíritu de esos ojos.

martes, 7 de enero de 2014

Musa esquiva




Margarita abrió la pesada puerta del despacho, entregó unos papeles a su jefe y, tras volver por donde había venido, llamó al siguiente paciente.

 - Buenas tardes, Doctor.
 - Pase, pase, acomódese en el diván -dijo el Doctor mientras archivaba el caso del paciente anterior.

El hombre colgó la chaqueta en el perchero, se descalzó y se tumbó de costado, igual que lo haría un noble endiosado de la antigua Roma.

 - Bien, pues usted dirá señor... ¿Vilches? -dijo el psiquiatra ojeando el informe.
 - Vilchez, con zeta -apuntó el paciente.
 - Muy bien, señor Vilchez -corrigió en la cabecera de la hoja- Dígame, ¿qué le ha traído por aquí?
 - Verá Doctor, ¿puedo hablarle en confianza?
 - Sí, claro. Para eso me paga.

Tras unos segundos de indecisión inspiró hondo y, fijando la mirada en el psiquiatra, continuó la charla.

 - Se lo diré sin rodeos. Veo musas. Y una me ha conducido hasta su consulta para luego desaparecer. Así, que es usted quien me lo tiene que explicar.

El Doctor se estremeció en su butaca, aunque no iba a dejarse intimidar. Veinte años tratando con desequilibrados le daban el suficiente bagaje como para controlar la situación. O, al menos, dar esa impresión.

 - Tranquilícese, haremos lo que podamos -contestó, esquivando el empuje con una frase de manual- ¿Hace mucho que ve a esa clase de seres? Musas, ¿verdad?
 - Sí, sí, musas. Lo cierto es que siempre he notado su presencia, desde bien niño. Pero lo que se dice verlas, así con los ojos, sólo desde que abandoné el gremio de la hostelería para dedicarme a ejercer de artista. Centrar mi trabajo en restauración limitaba mi talento.
 - ¡Ah! ¿Y en qué trabaja? ¿Pinta? ¿Actúa?

El hombre se incorporó hasta sentarse, frunció el ceño, abrió con fuerza los ojos y, alzando la voz, contestó.

 - ¡No me escucha Doctor, se lo acabo de explicar! ¿Acaso he insinuado que se dedique únicamente a tratar depresiones? Seguro que hay diferentes dolencias con las que usted pueda lidiar. ¿No es así?
 - Así es -contestó el desconcertado psiquiatra.
 - Pues no me subestime. Un artista crea arte. Belleza, miedo, humor, y en el campo que haga falta. Es, en definitiva, un hacedor de sentimientos. Etiquetarme de pintor es como poner diques en alta mar. Mis poros supuran tantas gotas de creatividad que su oleaje desbordaría cualquier barrera que los intentara frenar.

Por un momento se vio tentado a aplaudir. Pero no quería crear un malentendido que pudiese alterar más al paciente. Así que intentó retomar la conversación con algo de condescendencia.

 - Perdone si le he ofendido, pero piense que no suelo tratar con artistas. Estábamos con las musas. ¿Dónde las suele ver?
 - Por todas partes. Se posan en un objeto, subrayan unos libros o revistas, amplifican el sonido de algún debate. Son capaces de cualquier cosa para llamar mi atención. Y siempre revolotean por ahí, nerviosas, como si lo que señalasen fuese lo más interesante del mundo.
 - ¿Y dice que revolotean? ¿Qué aspecto tienen?

El hombre se paró cinco segundos a pensar.

 - ¿Ha visto Hook? La película que rodó Spielberg sobre el cuento de Peter Pan.
 - Sí, sí. La recuerdo -dijo el Doctor, siguiéndole la corriente.
 - ¿Recuerda el papel de Julia Roberts?
 - Vaya, pues ahora no caigo. ¿Está seguro que Julia Roberts participó en ese film?

Vilchez se levantó alterado.

 - Perdóneme Doctor, pero una cosa es que no sepa distinguir a un artista delante de sus narices, y otra muy distinta es que no aprecie su trabajo. ¡Campanilla!
 - ¡Ah! Sí, sí, ahora recuerdo. Pero siéntese, por favor.

El paciente tomó asiento de forma sumisa. Aunque no dejó de preocuparle, al Doctor, que esos arrebatos fueran más frecuentes de lo esperado.

 - Entonces, ¿vuelan como avispas?
 - Sí, algo así -contestó el paciente, ya más calmado- zumban como ellas para llamar la atención, pero no son todas iguales.
 - ¿No? ¿Y en qué se diferencian?
 - Escuche -dijo, desplazando el trasero hasta el borde del diván- No son todas buenas ni actúan igual. Unas las verá posadas sobre un objeto con una clara intención para usted, aunque, a cualquier otra persona que sienta su presencia, puede inspirar de forma totalmente diferente. Otras sólo están ahí, como maniquíes, y cuando te acercas te das cuenta de que no tienen vida, porque no todo vale y te pueden engañar. La que he seguido esta tarde, por ejemplo. Me ha llevado hasta su consulta y ha desaparecido cuando me encontraba en la sala de espera.
 - ¿Desaparecido? ¿Cómo? - dijo con curiosidad el psiquiatra.
 - Revoloteaba frente al escritorio de su secretaria, pero, como atraída por un encantamiento, se ha dirigido hacia aquí y ha atravesado su puerta.
 - Entonces... ¿Anda por...?, digo... ¿Vuela por aquí? - preguntó, incrédulo, el Doctor.
 - No, ya no la veo -dijo un Vilchez abatido- Pero ha de haber una buena razón para que yo acabara aquí. Era una buena musa; créame, las reconozco al instante.

Vilchez se levantó, esta vez lentamente, y se acercó a la ventana para posar una melancólica mirada sobre los viandantes de la abarrotada calle peatonal.

 - Entre nosotros, los artistas, he sido distinguido con el premio al mejor cazador de musas del estado. Ninguno, en nuestra comunidad, distingue mejor que yo una buena musa.
 - En su comunidad... - se dictó en voz baja el Doctor.

Mientras escribía esas palabras en el informe, no dejó de fantasear con la cantidad de pacientes que pasarían a engrosar su cartera si pudiese contactar con todos esos artistas. El cosquilleo fue tan intenso que no tuvo reparos en comunicárselo a Vilchez.

 - Mire, creo detectar su problema. Pero se me ha ocurrido que quizá usted podría hablarles de mí a sus colegas.

El paciente se giró hacia el Doctor, llevó la mano al mentón y rascó su barba de seis días.

 - ¿Se le ha ocurrido... -dijo un pensativo Vilchez- así, de sopetón?
 - Bueno, sí. Me ha venido un pálpito y quizá podría ayudarles, tenga -dijo ofreciéndole un taco de tarjetas- Si le interesa a alguno de sus amigos sólo tienen que llamar y pedir hora.
 - ¡Maldita hada manipuladora! -gritó Vilchez sin venir a cuento- ¡Me ha traído hasta aquí para que usted tuviera la idea! Tan sólo he sido un muñeco en sus diminutas manos.

Volvió la cabeza a la ventana y, sollozando, perdió la vista entre el gentío. El Doctor intentó ser amable con el paciente, ya habría tiempo de corregir su desequilibrio. Pero lo que ahora importaba era que se llevase con él todas esas tarjetas y, por supuesto, una buena impresión de su trabajo.

 - No se preocupe -dijo apoyándole una mano en el hombro- Usted mismo lo ha dicho, las musas están por todas partes. Hombre, le confesaré que me preocupa un poco que sea capaz de verlas, pero eso se puede arreglar con una buena terapia y...

Vilchez ya no le escuchaba. Su compungida mueca cambió a fascinación en dos segundos al ver, sobre un paraguas rojo, una de sus musas.

 - ¿La ve, Doctor? -dijo casi susurrando.

El psiquiatra alargó el cuello y no pudo distinguir más que peatones refugiándose de la lluvia en una tarde de Abril.

 - ¿A qué se refiere? -preguntó.

Pero no pudo acabar la frase antes de que Vilchez saltara el diván, recogiera al vuelo su chaqueta, cayera sobre sus mocasines y cruzara, al trote, la sala de espera con una sonrisa en los labios. Margarita se asustó, pues jamás había visto salir con tanto ánimo a un paciente.


martes, 31 de diciembre de 2013

Microrrelato de Noche Vieja



Desde que los teléfonos móviles son de uso generalizado, hay una tradición que año tras año va arraigando más por estas fechas: los SMS graciosos de Fin de Año, aunque ya empiezan a ser sustituidos por los Whats App. Es lo que tiene la tecnología, avanza más rápido que ninguna otra ciencia. Pero, como aquí no dispongo de ninguna red social (es lo que tengo, incomprensiblemente me resisto a avanzar), aprovecharé este espacio para dejaos una ocurrencia. Se trata de este terrorífico microrrelato; tanto en su contenido como en su calidad literaria. ¡Feliz 2014!



Invocación


  - Yo os reclamo, oh Satanás todo poderoso. Manifiéstate aquí, en este apartado bosque alejado de la civilización, lugar sagrado de ofrendas y sacrificios. Venid a mí, oh señores de las tinieblas, diablos del averno, con toda vuestra rabia y maldad.

   Bailó una danza ancestral, al abrazo de la hoguera, y lanzó polvo de azufre a las brasas para iluminar la oscuridad que se cernía.

 - Oh maestros del horror, armaos con vuestros despiadados instrumentos de tortura eterna. No abandonéis, en estos momentos difíciles, a un hambriento servidor. Prestadme vuestros afilados colmillos, vuestras desgarradoras zarpas; las hordas más bárbaras, las más sanguinarias. Enviad las fuerzas del inframundo que nada ni nadie puede detener.

   Hincó las rodillas frente a las llamas y comenzó, con lágrimas en los ojos, a implorar.

  - Porque lo he intentado mil y una vez. Y no hay forma humana de abrir esta puta lata de mejillones.



domingo, 29 de diciembre de 2013

Lote de Navidad



Hoy, veinticuatro de Diciembre, he salido del trabajo y me he sentido ninguneado, estafado y vilipendiado. Bueno, quizá no tanto, pero sí un poco abatido. Veréis, mantengo una tradición desde hace más de veinte años y hoy no la he podido cumplir. Y yo soy hombre de férreas costumbres, si me sacas de mis rutinas me estreso y puedo llegar a perder la razón.

Cada Navidad nos entregaban, a los doscientos empleados que somos, un lote con viandas diversas y unos licores variados, aunque, por no cambiar mi día a día, los acababa regalando entre mis amigos. Soy así, si mañana Miércoles toca macarrones con tomate para comer no cambiaré la rutina y me zamparé unos calamares en su tinta, por muchas latas que me regalen (lo digo en serio, puede peligrar mi salud mental).

Pero este año nadie nos hizo llegar ninguna cesta. Y es un problema, porque ya tengo adquirido el hábito anual de obsequiar a mis amigos con esos productos. En fin, que me sentía tan mal que igualmente quise visitarlos para, además de felicitarles las fiestas, darles una explicación.

Primero me acerqué, como manda la ruta preestablecida, a la barbería de Manel. La costumbre me lleva a regalarle el whisky que suele aparecer en el lote. Él lo abre y lo reparte entre los clientes que esperan turno. Luego nos deseamos un Bon Nadal y nos despedimos hasta el día quince de Enero, que es el día que me rasura las patillas y me corta las puntas. Es tan atento que incluso es capaz de abrir en día festivo para no faltar a su cita mensual. Yo creo que sospecha que, si no lo hace así, me puede dar un vahído. Y puede que tenga razón.

Pues nada más llegar le expliqué el caso con tanta desazón que, para animarme, me sentó en un sillón de piel y me peinó el flequillo a lo James Dean. Tras echar unas risas nos despedimos, sin olvidar emplazarnos para el mes que viene, y me dirigí a la siguiente parada.

Allí me esperaba mi cuñado Ismael. Bueno, me espera a mí y a todo aquel que le guste las chucherías, pues su tienda de dulces es conocida en el mundo entero. Y no exagero. Siempre cuenta que Justin Bieber, en uno de sus escarceos por Barcelona, se pasó por su negocio y se agenció una bolsa de caramelos. Tiene un cartel enganchado en la puerta que así lo atestigua. Vale, sí, al chaval solo se le vé de medio lado bajo una gorra y una capucha, pero la nuez del cuello y el lóbulo de la oreja izquierda que aparece en la instantánea son igualitos a los suyos. Incluso ha colgado sobre un altar las pinzas que sostuvo en sus manos para seleccionar las gominolas. Y allí van a peregrinar multitud de chavales sólo por verla, olerla o tocarla. No sabéis hasta qué punto puede hacer despegar un negocio la simple visita de una celebridad. Vamos, ni hecho a posta.

Por suerte lo pillé en un tiempo muerto  y pude relatarle el mal trago que estaba padeciendo. Conozco la gran afición que profesa al cava, y me disculpé por no poder hacer mi tradicional aportación a su bodega. Me vio tan afectado que me regaló una bolsa de ositos de colores para alegrarme el día y, con la habitual ironía que atesora para desdramatizar situaciones, me despachó con un trozo de carbón azucarado por ser malo y no traerle el cava esperado.

Ya me estaba encontrando algo mejor, pero aún quedaba la visita a Javier, el pescadero. Nos conocemos desde niños y siempre le entrego las conservas que habitualmente aparecen por el fondo del lote. Regenta el comercio heredado de sus padres, pero nunca le verás llevarse un mejillón fresco a la boca. Bueno, me refiero a uno recién pescado y cocinado, claro. Un día me confesó que sus padres le guisaban a diario, siendo él un niño, cualquier pieza que no llegaran a vender durante la jornada, y de ahí le viene el trauma. Yo lo entiendo perfectamente, por eso mismo varío cada día entre los diferentes ingredientes con los que nos podemos alimentar. Que mira luego como acabas, chalado perdido.

Pero esta vez no pude cumplir con mi tratamiento dietético y así se lo hice saber. Me encontró tan afectado que me hizo pasar a la trastienda para consolarme. Una vez allí me ofreció una lubina, conservada bajo una fina capa de hielo, que, según me contó, era descendiente de un banco de peces velocistas, ganadores de varios premios mundiales que se celebran por los siete océanos. Yo, para seguirle la locura, le dije que aceptaba el relevo y me la llevé a casa, no sin antes recomendarle a su mujer, entre susurros, que le escondiera el DVD de "Buscando a Nemo".

Así aparecí por mi piso, peinado como un pincel, con golosinas en una mano y una lubina en la otra. Intenté, cargado como iba, sacar las llaves de mi bolsillo, pero tengo muy poco de malabarista y se me acabaron cayendo al suelo. Creo que este fue el ruido que alertó a don Armando, el vecino contiguo a mi puerta.

Antes hubiera preferido descargar las ofrendas que portaba, porque, al regalarle cada año el vino que suele aparecer por el lote, también le debía una explicación. Pero no me dio tiempo y me hizo entrar apresuradamente en su morada para enseñarme el paquete que le había mandado su hijo desde Rusia. Intenté contarle, mientras avanzaba por el pasillo, la desdicha que arrastraba por la ausencia de la deseada cesta navideña, pero no me prestó la más mínima atención. Al llegar al comedor agarró una fotografía de la mesa, me la plantó en los morros y me preguntó que qué tal lo veía. Tras unos segundos dedicados a enfocar la vista, pude observar a Rafael, su hijo, agarrado a una rubia nórdica que le sacaba dos palmos de altura y otros dos de anchura. La respuesta más sensata que se me ocurrió fue que parecían felices, a lo que don Armando contestó que se la bufaba lo que me pareciesen. Él quería saber si ese mastodonte, al que se restregaba su hijo, era chico o chica. Porque irse a vivir tan lejos y llamar a su amor pareja, en lugar de novia, no le parecía algo muy normal; y él estaba ya muy mayor para detectar la diferencia de sexos en una foto. Nunca habían gozado de una gran comunicación padre/hijo, y empecé a sospechar que poner tierra de por medio tampoco ayudaba demasiado.

Creo que logré tranquilizarlo, aunque no tardó ni dos segundos en encalomarme una bandeja de galletas saladas y un frasco de caviar de esturión, aduciendo que contenían demasiado sodio para su tensión. Al ver que no me quedaban más manos para sujetar sus presentes, abrió la misma caja de cartón vacía que llegó de Rusia, introdujo todos los alimentos y me acompañó a la salida, no sin antes desearme unas buenas fiestas.

Al fin pude entrar en casa. El aroma a tortilla de patatas, que prepara mi mujer cada Martes, me devolvió a la normalidad tras este día de locos. Me di cuenta que, por primera vez en muchos años, había llevado a mi vivienda una caja de comida exótica por Navidad. Así que me dirigí hacia el comedor para depositarla justo al lado de un lote que presidía la mesa. ¿Un lote?, ¿sobre la mesa? ¡Y con toda la superficie estampada con el logotipo de mi empresa!

Aturdido, cometí el instintivo error de llevarme la mano a la frente, con lo que conseguí destrozar el peinado de sex-symbol y pringarme hasta la muñeca de gomina. En estas apareció mi mujer, trajinando la esponjosa masa de patata y huevo entre sus manos, relatándome cómo le había interrumpido el sueño el timbrazo de un mensajero que le entregó el lote. Y me quedé de pie, paralizado. Con la mirada clavada en la tortilla. Esperando que la visión, del único elemento sensato con el que me había topado en todo el día, me devolviera la cordura.