martes, 1 de julio de 2014
La derrota del conquistador
David era todo un seductor. Poseía el increíble don de susurrar al oído las palabras precisas para que cualquier mujer cayera rendida a sus pies. Muchas veces se había encontrado con chicas recelosas por tener la extraña sensación de haber sido espiadas en su intimidad, pero volvía a utilizar su embriagadora prosa para encauzar el entuerto y todo acababa en un malentendido que le hacía parecer aún más encantador. Aunque, en cierto modo, sí que las investigaba antes de dirigirles la palabra. Desde la distancia, observando su estado de ánimo y su lenguaje corporal. Con eso le bastaba.
Para que su mente pudiera procesar las señales que mandaban las chicas y se concentrara en idear las frases que esperaban oírle, necesitaba una sangre fría y un aplomo que sólo alcanzaba cuando se desprendía totalmente de sentimiento alguno. No podía sentir miedo, vergüenza, ni cariño; no si quería encontrar las palabras adecuadas para cada situación.
Sabía perfectamente que el hábitat idóneo para explotar esa característica era, sin duda, un lugar sosegado. Por eso mismo jamás iba a una discoteca, un concierto, o cualquier otro sitio que el sonido ambiental solapara su voz. Aunque vetar unos cuantos espacios urbanos no le suponía un gran problema, pues quedaban otros tantos perfectos para desplegar su cautivadora magia.
Había logrado conocer a cuantas mujeres quería. La gran mayoría guapas, todas simpáticas y algunas con sentido del humor, pero ninguna dispuesta a abandonarle tras experimentar su embrujo. Sin embargo, no solamente lo utilizaba para encontrar pareja, también podía abandonarla en el momento que le viniera en gana con la misma facilidad. Todos sabemos lo complicado que resulta poner fin a una relación sin una discusión o, al menos, una decepción que no acabe deteriorando el mutuo aprecio; todos menos David. Su labia estaba tan perfeccionada que cada vez que se empeñaba en romper con su novia acababa por convencerla de ser la mejor opción para ella, convirtiéndose a partir de ese momento en uno de sus mejores y más íntimos amigos.
Jamás había alargado un noviazgo más allá de seis meses y nunca había sentido la necesidad de convivir con su pareja. Pero lo que David no sabía es que "nunca" es un término demasiado largo para cualquier persona, por muy excepcional que se creyera. Y todo cambió el día en que conoció a Isabel.
La primera vez que la vio no pasó nada especial, nada destacable. Se cruzaron en la biblioteca de la universidad, la observó para trazar su estratagema y, unos instantes después, comenzaron a cuchichear sobre el libro que ella ojeaba. Más tarde salieron a tomar un refresco y, casi sin proponérselo, acabaron besuqueándose en la parada del autobús.
Isabel no era ni más bella ni más lista que la mayoría de las chicas con las que se le había visto relacionarse. Y el esfuerzo había sido el mismo, si no menos, que el utilizado con cualquier otra para que cayera rendida en sus brazos. Así que, con la despreocupación que irradiaba gracias a la enorme seguridad en sus artimañas, programó una segunda cita para el día siguiente.
Esta vez se encontraron a las puertas del Parque de la Ciudadela. Por cómo Isabel leía aquel libro el día anterior, David había deducido que se trataba de su poeta favorito. Así que apareció con un ejemplar idéntico y, haciéndolo pasar por suyo para que Isabel viera lo mucho que tenían en común, se ofreció a leerle unos versos mientras retozaban en el césped. La idea, como era de esperar, no pudo ser mejor recibida, pues sus metódicos planes nunca incluían fisura alguna que entorpeciera su galantería. Y esta vez no iba a ser una excepción.
Así pasaron dos semanas, citándose un par de horas diarias para que David la deleitara con su interminable abanico de frases, presentes y adorables planes.
Pero el decimoquinto día de su relación todo se vino abajo.
Habían pasado el día en la playa bañándose, tomando el sol y regalándose caricias. Cada cosa en su momento exacto para que resultaran la mar de placenteras, sobre todo para Isabel. Pero a media tarde David se quedó dormido, momento que aprovechó Isabel para sofocar su calor con un baño. David se despertó con el aturdimiento clásico de quien alarga sin necesidad la siesta, buscó con la mirada a su chica y la encontró en la orilla, saliendo del agua.
En ese preciso instante, aún nadie sabe bien cómo ni por qué, su percepción del Universo cambió.
Isabel tenía el rostro iluminado por la luz celestial que desprendían sus encendidas mejillas. El pelo, terso y mojado, se le pagaba a la espalda como si le cubriera los hombros el manto de una Virgen, evacuando el agua sobrante entre surcos de un manantial dorado. Cada huella que dejaba en la arena, cada pisada, estaba perfectamente acompasada para que sus caderas se contonearan simulando una sensual danza del vientre. Incluso a David le llegó a invadir la absurda certeza de estar observando cómo el mar lanzaba sus oleajes con el único propósito de acariciar los tobillos de Isabel.
Naturalmente, lo que sufrió fue, sin ningún tipo de dudas, lo que cualquier sociólogo denominaría flechazo de amor.
Isabel se sentó en su toalla, al lado de David, esperando escuchar la perfecta ocurrencia que le animara la tarde, pero él no pudo contentarla. Quiso hacerlo, pues era evidente lo que Isabel demandaba, pero sintió tanto miedo en defraudarla que no consiguió articular palabra. De pronto, comenzó a presentir una vaga posibilidad de ser rechazado si no le proporcionaba en el acto lo que ella quería y, dejándose llevar por un pánico irracional, le confesó su inconmensurable amor; así, sin meditarlo, sin darse unos segundos para sopesar la mejor opción. El problema fue que lo hizo con un estado de ánimo que reunía el temor, el afecto y la inseguridad en una misma mueca. Vamos, como lo haríamos cualquiera de nosotros declarándonos a la pareja de la que estuviéramos enamorados, pero como nunca lo hubiera acometido David de estar lúcido.
Isabel frunció el ceño con cara de estupor, pues no reconoció en esos gestos al chico que llevaba dos semanas encandilándola. Incluso llegó a pensar que se trataba de una broma de muy mal gusto y se enfureció al sospechar que le tomaban el pelo.
Cuanto más se disgustaba Isabel, más aterrorizado se mostraba David, llegando al punto surrealista de implorar misericordia igual que haría un condenado a muerte ante su verdugo. La escena que montó fue tan bochornosa que Isabel no tuvo más remedio que huir por la ardiente arena sin tan siquiera calzarse las chanclas. El guiñapo humano en el que se había convertido su apuesto amante no le hizo ninguna gracia, y se conjuró para no volver a saber nada más de él.
David regresó a casa solo, encomendándose a todas las redes sociales instaladas en su móvil para enmendar su torpeza con Isabel. Haciéndole saber cuanto la amaba, cuanto la quería y cuanto la necesitaba. Palabras leídas que jamás fueron contestadas.
Tras dos meses y ochenta mensajes sin respuesta, David perdió toda esperanza de recuperarla y aceptó la irremediable pérdida. Se dio cuenta de que engañar a una mujer era engañarse a uno mismo. Podía manipular los designios de una relación regalando todo lo que quisiera su pareja, pero sólo podría ser realmente feliz con una pareja que cuanto quisiera fuera a una persona como él.
Por supuesto que no dejaría de utilizar el poderoso hechizo oral que tanto dominaba, pero lo emplearía únicamente para romper el hielo en situaciones contadas y, nada más conseguirlo, se dejaría llevar por sus sensaciones. Así, si sus sentimientos no eran correspondidos, al menos no se traicionaría a sí mismo. Era consciente de dejar escapar muchas oportunidades si se abandonaba a sus sensaciones, pero en esos momentos de incertidumbre recordaba el dolor que había experimentado cuando, tras perder el control, se mostró tal y como era, y rápidamente volvía al refugio de su tesis con la esperanza de que no volviera a suceder tamaño desastre. Si le abandonaban sería porque él no era el hombre que andaban buscando; y no por simular ser todo lo que ellas anhelaban de un hombre.
martes, 24 de junio de 2014
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Sé que cualquier día de estos acabaré con una extravagancia que cada vez comparto con menos gente: no tengo smartphone. Y no disponer de un móvil de última generación es igual a no estar conectado a redes sociales. Ni Facebook, ni Twitter, ni What's up, ni Instagram. Es probable que a más de uno le pueda dar un patatús con tan sólo pensar en la posibilidad de encontrarse en mi misma situación, pero creedme cuando digo que no es para tanto.
El otro día, mirando la televisión, me quedé embobado mirando la esquina izquierda superior de la pantalla. Normalmente vuelco todos mis sentidos en la programación emitida, pero se trataba de telecinco y casi nunca transmiten nada que capte mi atención. Así que, como persona dispersa que soy, me distraje con ese pequeño enlace a Twitter que suele aparecer en casi todos los programas. Supuse que ese galimatías servía para interconectar a todos sus usuarios, con el fin de compartir ocurrencias o ideas sobre lo que estaban viendo y escuchando en ese mismo momento. Entonces pensé, ¿para qué sirve Twitter y por qué debería incorporarlo a mi vida?
Sobre la primera pregunta llegué a tres conclusiones, aunque es muy posible que existan muchas más, pero uno da para lo que da.
La primera conclusión es obvia: para conectar a multitud de personas que están disfrutando de un evento (ya sea televisivo o de forma presencial) y hacer que todas las ideas, opiniones o diferentes puntos de vista se propaguen entre sus usuarios. No sé a quién le puede interesar esto, pero desde luego que a mí no. Cuando veo un programa, una película, un encuentro deportivo o un concierto, no me gusta ser molestado. Soy una persona meticulosa, que le gusta disfrutar de los gestos corporales en un debate, de un plano secuencia rodado para una serie o película, del momento en que un deportista anticipa sus movimientos para ganarle la partida al contrario o del modular de una nota en un punteo improvisado de guitarra. Para mí, son en esos minúsculos detalles donde reside la magia de lo excepcional. Y todo eso corro el riesgo de perdérmelo si tengo que estar atento a los silbidos que anuncian un nuevo tweet en mi móvil. Quizá sea una persona rara, pero prefiero centrarme en un mensaje especialmente pensado para el espectador y paladearlo, que tragar con varios avisos intrascendentes a la vez que trato de leerlos a toda prisa. Además, entrando en la página web de un programa y observando lo que se twitea, tampoco me pierdo gran cosa.
La segunda conclusión es también de sobras conocida: hacerme seguidor de gente y lograr que otros me sigan a mí.
Esta búsqueda de aprecio virtual nunca me ha interesado demasiado. Hay gente muy enganchada al "chute" efímero de endorfinas que proporciona un "me gusta" o un comentario cursi en su muro de Facebook. Y no los culpo por ello, a todo el mundo nos agrada sentirnos queridos, pero soy demasiado reflexivo para dejarme llevar por palabras o gestos banales. Veis, ya estoy desprestigiándolas con sólo pensar en ellas. A veces me gustaría ser más impulsivo y alocado, menos consciente, para dejarme embriagar por frases pueriles. Pero uno es como es y hay que aguantarse.
Tampoco pienso que sea muy sano para mi estado de ánimo estar continuamente esperando una aprobación, en su mayor parte de desconocidos, sobre mis palabras. Porque unos comentarios positivos pueden hacer que te sientas eufórico, pero también corres el peligro de hundirte en la miseria si todo el mundo se empeña en criticarte. Y una montaña rusa de sentimientos puede acabar por desquiciarte.
Definitivamente no, conseguir seguidores en Twitter jamás se convertirá en el objetivo de mi vida.
Ser seguidor de personas tampoco me interesa demasiado. Sí, puede que encuentre gente que twitee cosas interesantes pero, para ser sinceros, elaborar una idea en ciento cuarenta caracteres es muy complicado y siempre se suele twuitear de forma impulsiva e inmediata, lo que suele acabar resultando un aborto de idea.
Precisamente el otro día vi por la tele una entrevista al escritor Sergi Pàmies que dijo una frase con la que concuerdo sobre este tema: "Hay que tener muchos huevos para poner una idea en Twitter porque, probablemente, será una mierda de idea. Y, hasta la fecha, las ideas de mierda se quedaban dentro de uno, rebotando, hasta que el organismo las desechaba."
En definitiva, que no llegué a vislumbrar ninguna utilidad que me convenciera y dejé que mis principios se impusieran ante la imposibilidad de encontrar algo plausible que diera sentido a esa aplicación.
Pero mis principios son muy volátiles y, en esta vida, todo principio tiene su final; incluso los éticos. Así que, al día siguiente, volví a interesarme por el tema y me puse a investigar.
Por lo pronto encontré que esta aplicación cuenta con la friolera de... no sé, un porrón de cientos de millones, porque fui incapaz de encontrar una cifra actualizada de sus consumidores. Una cosa es que me ponga a indagar, y otra muy distinta es que atesore las mismas capacidades resolutivas que Sherlock Holmes. En fin, que hay muchos, muchísimos; demasiados usuarios, diría yo. Entonces también me percaté de una cosa muy curiosa: hay un enorme número de cuentas que no están asociadas a una persona en concreto, sino que representan a una organización o un objeto. Y quedé prendado.
Así pude ver cómo twuiteaba con gran ternura Brazuca, la pelota del mundial de fútbol, unas horas antes del estreno de la selección Argentina en la competición: "El mundo entero tiene la mirada puesta sobre Messi, pero él sólo tiene ojos para mí"
O cómo estrenaba su cuenta la CIA con esta frase tan enigmática: "No podemos ni confirmar ni desmentir que este sea nuestro primer tweet"
Y aquí llegó mi tercera conclusión: Twitter también sirve para insuflar de alma a objetos y sedes. Y ese concepto me fascinó. Así que no os extrañe que, el día que posea un smartphone, me haga seguidor de los más ridículos y peculiares objetos o entidades que encuentre por la red.
Puede que penséis que soy un tipo raro y huraño que no quiere saber nada de las personas, pero no creo que sea exactamente así. Detrás de cada una de esas cuentas singulares hay un ser humano que le da vida con su ingenio, con sus maneras diferentes de ver el mundo, y esas son la clase de personas que realmente me despiertan curiosidad.
martes, 17 de junio de 2014
Sexo olvidado
Se trataba de la pareja de amigos más extravagante que se hallaba en El Pub. De hecho no eran ni amigos, tan sólo compañeros de oficina que rara vez se habían dirigido la palabra. La juventud de James, su desparpajo y su atractivo, chocaban frontalmente con la decrepitud, la fealdad y la timidez que exhibía Jenaro. Aún así, allí estaban. Compartiendo una ronda de cervezas que, amablemente, se había ofrecido a pagar Jenaro.
- Bueno, colega -dijo James, tras acabar de un trago la caña- Tú dirás para qué me has traído a este tugurio.
- Verás, es que yo... no sé muy bien cómo decirlo...
- ¿Te importa si voy pidiendo otra ronda? -interrumpió James- Me parece que la voy a necesitar para oír lo que me vas a soltar.
Soltó una risotada, le propinó una palmada en el hombro y, sin esperar respuesta, se volvió hacia el interior de la barra para solicitar la demanda.
- Sí, claro -concedió, ya sin necesidad alguna.
A Jenaro se le notaba atenazado. Una persona tan retraída como él jamás se podría sentir cómoda en un sitio tan estridente y concurrido como era aquel, pero su intención había sido buscar la complicidad de un James que, por contra, parecía encontrarse en su salsa. Y no se le había ocurrido un lugar mejor para revelar una confidencia, aunque tenía la oscura sensación de que el ajetreo del local interrumpía sus pensamientos y no le ayudaba a encontrar las palabras adecuadas.
Miró a James de soslayo y quedó embelesado, admirando las dotes de seductor que su inusual compañero proyectaba a quien le estuviera observando. Por un momento envidió su sofisticación, su esbelta figura, ese espíritu aventurero que le había llevado a residir en Londres, Nueva York o Sidney a sus escasos veintiocho años. Y ahora se encontraba junto a él, dispuesto a compartir su experiencia vital.
James hizo lo propio con Jenaro. Echó un vistazo al adefesio con el que compartía barra y se sorprendió de que, tras cinco cañas, continuara con su impertérrito semblante. Pero lo que más le fastidiaba era constatar lo mucho que se había echado a perder un hombre de cuarenta y tantos años que aparentaba llevar vivo muchos más. Cierto que la genética no le acompañaba, pues daba la impresión que todo lo que sus genes ahorraron en belleza se lo habían otorgado en tolerancia al alcohol, pero James pensaba que ese no era suficiente motivo para dejar al cuerpo atrofiarse a su libre albedrío. Con un poco de ejercicio y una alimentación sana podría alcanzar unos niveles estéticos aceptables, pensó.
- Mira, iré al grano -dijo por fin Jenaro- Quería hablar contigo porque esta noche tengo una cita y necesito un par de consejos.
James abrió exageradamente los ojos y, sin pestañear ni desviar la mirada de su colega, dio un largo sorbo a su cerveza.
- Vale, cuenta.
- La verdad es que nunca he mantenido una relación, digamos estable, con una mujer. Y soy conocedor, por lo que se comenta en la oficina, de tu larga trayectoria como conquistador de féminas.
- Sí, follo a menudo. Si es a eso a lo que te refieres -dijo James de la forma más sutil que supo.
- Pues sí, exactamente a eso. Y te agradecería unos consejos...
- Espera, espera -cortó James- Entonces... -se acercó a su oreja y susurró- ¿Eres virgen?
- Bueno, no exactamente. Creo haber practicado sexo con una amiga cuando era un adolescente, pero todo ocurrió en un cuarto oscuro y, la verdad, no sé muy bien qué hice. La experiencia fue tan desagradable que nunca más me volvió a interesar ese asunto.
- Ya -espetó un incrédulo James.
- Pero hace unos meses, entablando conversaciones en un chat de internet, encontré a mi alma gemela. La mujer más maravillosa del mundo. Un ser capaz de obrar milagros.
- Sí, claro. Ese efecto siempre lo causa una buena jamelga -subrayó James.
Pero Jenaro estaba tan ensimismado en su amada que no escuchaba nada.
- Visitamos juntos las mismas tiendas de ropa, de electrónica y, una vez por semana, nos dejamos caer por el Museo del Prado. Lo cierto es que es una guía increíble, siempre me lleva a los rincones menos transitados del lugar y...
- Vale, vale. No me cuentes más. Os tocáis y hacéis manitas en sitios públicos ¿no?
Jenaro se echó hacia atrás y cambió su inescrutable gesto por otro de profunda repulsión.
- Pero... ¿de qué guarradas me hablas? -dijo indignado- Nuestros encuentros son siempre virtuales. Quedamos en una web y comentamos su contenido vía Skype. ¿Pero qué bicho raro te crees que soy?
- No el que yo pensaba -susurró James para sí mismo- Perdona, continúa por favor.
Tras unos segundos de duda, Jenaro volvió a su posición original mientras se aclaraba la garganta con un trago.
- El problema es que ayer recibí en casa un paquete con una camiseta de los Power Rangers que habíamos visto juntos la semana pasada, acompañada de una nota que decía: ¡A metamorfearse!
- Ajá -soltó James sin comprender nada.
- También me citaba en persona, hoy a las nueve en punto, para ver cómo me quedaba puesta -dijo mientras se desabrochaba la camisa para dejar entrever la camiseta- No sé, sospecho que me imaginó vestido así y acabó por excitarse.
James miró la psicodélica prenda y repaso de arriba a abajo a su compañero.
- Sí, bueno. Yo tampoco me lo explico -apuntó.
- Tienes que ayudarme James -rogó Jenaro- Estoy casi seguro de que querrá practicar sexo y no estaré a la altura de sus expectativas...
- Pero, vamos a ver. Me acabas de decir que tú ya has tenido alguna experiencia -rememoró James.
- Ehh... sí -titubeó Jenaro.
- Pues no te preocupes por nada. Tú propio cuerpo lo recordará. Piensa que es como montar en bicicleta.
- ¿Estas seguro de eso? -preguntó Jenaro, algo más tranquilo.
- Por supuesto. Escucha, no te lo digo por decir. Te hablo desde mi más profunda experiencia, que no es poca.
Jenaro gozó de una velada estupenda junto a su novia. Aunque se le hizo corta, muy corta. Cuanto más se acercaba el momento de quedarse a solas con ella en su casa, más nervioso estaba. Seguramente por eso le enseñó el barrio durante dos horas y luego su piso, incluido parking y trastero, en el transcurso de una más.
Por fin, en la intimidad de su dormitorio, se desnudaron, se acurrucaron bajo las sábanas y se empezaron a besar. Tras un rato de magreo preliminar, Jenaro supuso que tenía que pasar a la acción. Su cuerpo se lo pedía, aunque no sabía exactamente el qué. Entonces, como retumbando en su cabeza, recordó las indicaciones de James.
Entre caricias y jadeos, Jenaro aprovechó para separar, con suma dulzura, el largo cabello de su amada en dos perfectas coletas. Las asió con fuerza, se montó encima y pedaleó... y pedaleó... y pedaleó...
martes, 10 de junio de 2014
Política decepcionante
El otro día, tras depositar mi voto en una urna, tuve una charla conmigo mismo y me pregunté por qué me parecía tan vano ese gesto. Siendo un niño, me enseñaron que es de mala educación no hacer caso a una pregunta, así que me esforcé en no quedarme en vilo y busqué una respuesta razonable. No querría ser impertinente con nadie y menos conmigo mismo, por lo que esa determinación me llevó, inevitablemente, a poner mi máxima atención en la respuesta.
Esta clase de conversaciones las tengo muy a menudo y seguramente son un síntoma de algún desequilibrio psíquico grave. Pero no os preocupéis por mí, siempre las mantengo en voz baja y apenas gesticulo para que nadie se dé cuenta. Así evito que me encierren tras los muros de alguna institución especializada en trastornos mentales.
Sin embargo, para obtener una respuesta con una pizca de criterio sobre un tema tan peliagudo, mi mayor problema suele ser conseguir recordar algo que en alguna ocasión me haya molestado o entristecido. Veréis, mi mente utiliza un mecanismo de defensa muy peculiar que consigue eliminar los malos ratos vividos para que no pueda volver a pensar en ellos. Sé que es una forma extraña de evadirse de las malas experiencias, pero se trata de un pedazo de cerebro totalmente autónomo que escapa a mi control. Imagino que así logra que jamás me pueda deprimir, pero realmente me cuesta horrores recordar algo malo o echar algo en cara a la gente cuando es necesario. En cualquier caso, si me esfuerzo lo suficiente, acabo por rememorar esos malos tragos.
Pero creo que estoy diluyendo esta reflexión en mi enorme tontería mental, así que dejaré a un lado las divagaciones y procuraré ir al grano.
Pues, como iba diciendo, tras pensarlo detenidamente, llegué a la conclusión de que es probable que la forma de ver el mundo, y seguramente muchos de nuestros traumas, provengan del periodo infantil y adolescente de cada uno. Y, en cierto modo, parece lógico que así sea, pues es en esa época donde tenemos la primera toma de contacto con los diferentes aspectos funcionales de la vida, en general, y de la sociedad, en particular.
Mi primer acercamiento a la política, si por acercamiento damos por válido sencillamente una atenta observación, ocurrió a la edad de catorce años. Recuerdo que ese día me encontraba enfermo y no pude acudir a la escuela como era de costumbre. Este simple hecho, unido a mi enorme aburrimiento y no menos enorme curiosidad, propició que acabara cautivado por la retransmisión desde el congreso de los diputados de un debate, de no recuerdo qué ley, que se prolongaba durante todo el día.
Pensé que podía resultar fascinante ver cómo se desenvolvían, enfrentándose con tesis y argumentos, las mejores mentes de nuestro país para, entre todos, crear una ley que ayudara a evolucionar la sociedad. O eso era lo que me habían explicado de la esplendorosa democracia. Qué queréis que os diga, mis conocimientos no daban para más.
De pronto, me turbó la emocionante idea de estar presenciando algo vetado a los menores. Como si realmente estuviera invadiendo la intimidad de los adultos cuando mi sitio debería estar en la escuela y no mirando unos discursos que, sin duda alguna, no iban dirigidos a mí. Incluso me sobrevoló el temor de no estar intelectualmente a la altura de esos, tan trascendentales como desconocidos para mí, temas de mayores que acabarían desplegándose a lo largo de la jornada. Pero, aún así, me arremoliné en el sofá y me dispuse a volcar todos los sentidos en intentar comprender lo que allí se cocía.
Si no recuerdo mal, los primeros minutos fueron cedidos al partido del gobierno (por aquellas fechas el PSOE) para que pudieran presentar las nuevas normas que se iban a implantar en caso de prosperar las votaciones de forma favorable. Fue una exposición sencilla, casi pueril, sin profundizar en los pros y los contras ni en las consecuencias que acarrea una decisión de este tipo a toda una sociedad. Unos preliminares planteados con una jerga deliberadamente (o eso imaginaba yo) poco exigente para facilitar la percepción de los espectadores. Y, sorprendentemente, lo había entendido todo, aunque tampoco había mucho que entender.
Bien, ahora le tocaba el turno al partido de la oposición. En este caso, como ha pasado siempre y pasará toda la vida, no estaban de acuerdo con la aprobación de la ley. No me sorprendió demasiado, pues era una de las dos posibilidades lógicas existentes, aunque lo que realmente me dejó perplejo fueron las razones que mostraron para disentir: ninguna. El grueso del discurso estuvo enfocado a un ataque personal contra el presidente del gobierno con la famosa frase "márchese, señor Gonzalez, márchese", junto a alguna que otra descalificación de mal gusto. Bueno, pensé en ese momento, igual es alguna rencilla personal que tienen entre ellos, pero seguro que, en cuanto se aclare, se ponen manos a la obra con la nueva ley, que es a lo que han venido hoy aquí.
Me equivocaba. Lo que vino después fue un desfile, durante ocho horas, de cabezas de partidos políticos que pasaban por el atril insultándose, amenazándose y soltando puyas para intentar desprestigiarse los unos a los otros. Pero lo único que conseguían era perder, aparición tras aparición, toda la credibilidad ante mis atónitos ojos. Creo que no se salvó ni aquella mujer, situada a pocos metros del estrado, que no paraba de teclear los improperios que salían de todas y cada una de sus bocas.
Bueno, para ser justos y no caer en prejuicios, mencionaré a un político que habló un rato sobre la ley que se iba a votar y razonó, sin mucho entusiasmo, el por qué se debía desestimar: Miquel Roca. Aunque sospecho que lo hizo más por vergüenza ajena que por convicción.
Y así acabó el día. Sin sorpresa final ni frase antológica que me hiciera remontar el ánimo tras la gran decepción sufrida. ¿Esto era todo lo que podían ofrecer los cargos electos en una sesión parlamentaria? Nada de lo que había visto se acercaba a lo que me habían contado sobre la democracia. Fui inculcado con la idea de llegar a acuerdos entre las personas a base de razonamientos, no de violencia verbal. Pero lo más inquietante no fue el triste espectáculo que ofrecieron unos energúmenos, lo peor fue pensar en las sandeces que se dirían, en la intimidad, a tenor de las chiquilladas que habían perpetrado, sin pestañear, delante de todo el país.
Todo esto me sucedió a mí, a una persona común, por primera vez, en un día cualquiera a principio de los noventa. Y seguramente me volverá a ocurrir porque, en unos minutos, eliminaré de mi memoria todo rastro de ese trauma. Y es que me han comentado que, cada cierto tiempo, vuelven a reunirse políticos en el congreso de los diputados, insultándose, lanzándose desagravios y haciendo, más o menos, lo mismo que hicieran en aquel lejano día. Así que, si os interesa y ponéis un mínimo de atención, aún podéis llevaos ese bonito chasco. Claro que, yo de vosotros, y dando por sentado que os acompaña una mente sana y equilibrada que todo lo recuerda, no estaría tan seguro de exponerme a tamaña frustración.
martes, 3 de junio de 2014
El hombre invernadero
Querido diario, ¿cómo va tu encuadernada existencia? Sé que llevo unos meses sin escribirte, y espero que no me lo tengas en cuenta, pero hoy me he levantado temprano, sin saber qué hacer, y he sentido el impulso de manosear tus hojas para trasladar los grandes cambios sucedidos últimamente en mi vida.
Sí, ya tengo un año más de edad. Veinticinco. Y, como habrás podido comprobar por los estratos de polvo acumulados en tu lomo, ahora vivo solo. Si revisas tus páginas con atención, podrás encontrar numerosas referencias a las intenciones de mis padres de instalarse en la casa del pueblo una vez se hubieran jubilado. Pues bien, hace dos meses cumplieron con su amenaza y me abandonaron a mi suerte. Así que no me he emancipado, me han emancipado.
Pero, ¿he dicho que me han dejado solo? Lo siento, no quería mentir y perder tu confianza en nuestro esperado reencuentro. Porque, ahora que lo pienso, no ha sido realmente así.
Ya te he contado alguna vez las contradicciones que muestra mi madre con respecto a la incapacidad de manejarme con soltura en las tareas domésticas. Por un lado me echa en cara mi inutilidad con una escoba, mientras que, por el otro, nunca deja que agarre una y aprenda como es debido porque lo único que consigo es desperdigar la suciedad por el piso y le doy doble faena. No, lo suyo no es la pedagogía. Y todo es culpa mía, claro, por pasar el día holgazaneando.
Por si no tuviera bastante con hacerme cargo del piso, los bancos, la comunidad y mi trabajo de becario, se le ocurrió regalarme un perro para que supiera qué sacrificios acarrea responsabilizarse de otro ser. Y para que, dicho con sus palabras, me hiciera madurar. En cuanto se lo conté a mis amigos no tardaron ni medio segundo en re-bautizar al chucho con el mote de perro invernadero.
Se llama Toby. Seguramente ya le tendrás echado el ojo a su hocico, porque lleva más de dos meses olisqueando todos y cada uno de los objetos que hay en esta casa. Sí, esa cosa marrón y peluda que pasea con un plumero por cola.
Al principio nos costó un poco hacernos a la nueva situación porque no sé si mi madre olvidó dármelas, pero el perro no traía instrucciones. Para él, mi piso se trataba de un lugar intrigante y exótico, a punto para ser explorado; en cambio, mi novedad fue tener que esquivar y recoger tres veces al día una boñiga del suelo, a punto de ser aplastada.
Pronto se habituó al desorden implantado desde que se fueron mis padres, apropiándose de los lugares más acolchados de nuestra morada. Camas y sofá son los rincones donde puedo hallarlo cuando desaparece de mi vista. Pero, en general, se comporta y cumple escrupulosamente con su tarea de centinela, avisando con unos frenéticos ladridos, sin importar que estos se produzcan de madrugada, cada vez que alguien cruza por nuestro rellano. Imagino que este acuerdo lo pactó con mi madre, porque a mí nadie me preguntó nada.
Pero, hace aproximadamente un mes, he notado unos cambios en la actitud de mi mascota que me hacen recelar sobre su conducta. Sin embargo, es posible que todo sea perfectamente normal, al fin y al cabo nunca he tenido perro y jamás me ha interesado estudiar nada sobre ellos. Aunque la afirmación más cercana a la realidad sería, sencillamente, que jamás me ha dado por estudiar.
Todo empezó el día en que me despertó para ir a pasear. De hecho, lo que me sobresaltó fue el portazo que dio cuando salió a la calle por su cuenta. Es cierto que tampoco le hice demasiado caso y continué durmiendo apaciblemente. Sin embargo, al final tuve que levantarme, pasada media hora, cuando no dejaba de apretar el timbre con el morro. Bueno, reconozco que quizá tardé un poco en alcanzar la puerta, pero todo el mundo sabe del pequeño problema que arrastro cada vez que he de abandonar una posición cómoda para ir a realizar cualquier acción. Y creo que Toby también captó esa deficiencia en mí, porque al día siguiente se llevó las llaves de casa y no me molestó.
Desde luego que no siempre pasea solo. En ocasiones espera a que me desperece y me acerca la correa para que se la ate al cuello, aunque ya no recorremos el barrio igual que antes. Ahora noto enérgicos tirones en mi mano cada vez que a Toby le apetece cambiar de dirección. Incluso me llega a gruñir y me enseña los dientes si me opongo a su voluntad. Pero, ya me conoces, por no discutir acato cualquier sugerencia con mi condescendencia habitual.
Durante los primeros días coincidimos en el interés por las comidas, llegando a ser buenos compañeros de sobremesa. Yo me sentaba a la mesa para dar buena cuenta de los alimentos, mientras él fijaba sus ojos en mí y recogía las migajas que caían al suelo. Deduje que esta forma de mantener limpio el parquet era una de las utilidades que aportaba un perro a la vivienda, aunque ahora ya no estoy tan seguro de que sea así. Es cierto que no ha dejado de tragar los restos de comida desperdigada que encuentra por el piso, pero me he dado cuenta que complementa su dieta, tres veces al día, con unas poco apetecibles bolitas marrones que extrae de un saco situado en la despensa. No sé, igual no tenía suficiente con los mendrugos y sobras que encontraba. Él sabrá lo que se lleva a la boca.
Otro de los cambios que ha experimentado estos últimos días tiene mucho que ver con sus momentos de ocio. Nunca puse demasiado interés en esos juegos tontos que proponía. Me acercaba una pelota o un muñeco y esperaba que hiciera algo con ellos. Aún no sé el qué. Tras varias semanas probando estratagemas para que interactuase con sus juguetes, se dio por vencido y optó por acomodarse a mis hábitos de distracción: ver la tele.
Se apoltrona en el sillón de mi padre, se adueña del mando a distancia y cada tarde hay que ver, como mínimo, un par de capítulos de el encantador de perros, sino no hay quien le aguante. Además, intuyo que allí, ocupando el sitio de mi padre, percibe una sensación de amo de la casa que ningún otro lugar puede proporcionarle. O puede que sean imaginaciones mías, no sé. Pero todos estos cambios en su comportamiento me están dando qué pensar.
La verdad es que nunca imaginé que un perro fuera tan autosuficiente. Cada día que pasa lo noto más seguro, más predispuesto a afrontar los problemas de la casa para hacer nuestra vida más agradable. Y sobre todo a cuidar de mí, a preocuparse de mis necesidades y a que no me falte de nada. Creo que ahora empiezo a entender esa famosa frase de que el perro es el mejor amigo del hombre. Y es curioso, porque parece que todo lo ha aprendido solo, sin haberle prestado apenas atención.
Bueno, ha sido un placer descargar mis pensamientos en tus páginas, y esperemos que el abandono no me pueda para volver pronto por aquí, pero tengo que marcharme al comedor. Acabo de escuchar a Toby zarandeando la caja de los cereales y ese sonido es señal inequívoca de que tiene a punto mi desayuno. Y si se me enfría la leche puede que se enfade y no me saque a pasear.
domingo, 25 de mayo de 2014
Microrrelato huída precipitada
Aquí os traigo un microrrelato, apareciendo de nuevo sobre vuestros navegadores para intentar remover alguna sensación en vuestras indulgentes y sufridas visitas a este blog. En esta ocasión he tratado de recrear un melodrama con tan sólo unas pocas lineas. ¿Lo habré logrado? Eso sólo lo averiguaremos si continuáis leyendo más abajo y dejáis de hacer caso a estas absurdas palabras de presentación que aún no sé para qué he escrito.
Huída precipitada
- Pssshh. Despierta María, ¡despierta!
María abrió los ojos, sobresaltada. Miró por encima de las sábanas y resopló, molesta, al ver la tenue imagen de la mujer a los pies de su cama.
- ¿Otra vez mamá?, ¡¿otra vez?! -dijo con hastío.
- Venga, levanta -susurró la mujer sin hacer caso a las quejas- Cógeme la mano y vente conmigo. Huye de esta mala vida por la ventana, igual que hice yo.
- No, mamá. Nunca te lo he reprochado, pero jamás lo haré como tú. Dentro de dos años seré mayor de edad. Entonces me iré por la puerta, con la cabeza bien alta.
- Sabes que este infierno no es para nosotras. Seguro que te trata igual que me trataba a mí.
- Ya sabemos cómo es papá -reconoció una cabizbaja María- Pero no me voy a ir contigo.
- ¿Quieres darme una buena razón para no salir juntas por esa ventana? -preguntó su madre impacientándose.
- ¿Si te lo digo me dejarás en paz?
- Claro, pero que sepas que no me iré. Me quedaré para cuidar de ti, toda la noche.
María respiró hondo, fijó una mirada compasiva sobre lo que vislumbraba de su transparente madre y contestó:
- Te daré la misma respuesta de ayer y antes de ayer; y la que repetiré todas las noches que haga falta: porque vivimos en un décimo piso.
martes, 20 de mayo de 2014
El corredor imparable
6 de Julio de 2016. Circuito de Silverstone, Northamptonshire (Inglaterra). A tres minutos de finalizar el gran premio de Gran Bretaña de Formula 1, Javier y Carlos, dos comentaristas televisivos de los muchos que allí se daban cita, intentaban poner palabras a la gesta más impresionante en la historia del automovilismo.
- ¡Lo veo y no lo creo! -exclamó Javier, atónito- Pero... Pero... ¿Alguien puede explicarlo?
Rápidamente, Carlos tomó el relevo en la narración.
- Mira Javier, una remontada de esta magnitud no la había visto yo en mi vida. Es que, desde la última parada en boxes, ha recuperado quince posiciones en diez vueltas ¡Quince!
- ¡Y esto aún no ha acabado! Ha logrado el segundo puesto, pero... ¡Parece que quiere más!
- Así es, Javier -apuntó Carlos, el experto en la materia- Está dando toda una lección. ¡Que agresividad!
- ¿Crees que podrá alcanzar el primer puesto antes de acabar esta última vuelta?
- No hay duda de que lo tiene muy difícil. Sin embargo, con esa velocidad de vértigo, todo es posible. Es que... es que... ¡Va lanzado! Ese coche no corre sobre el asfalto, señores. ¡Ese coche vuela!
Los espectadores espoleaban con gritos la hazaña de Christoff Bean, uno de los pilotos más anónimos hasta la fecha. En pie, con la certeza de estar presenciando algo excepcional, agitaban sus banderas y bufandas con la energía que les transmitía aquella conducción de ensueño.
- ¡Por allí aparecen! -gritó Javier- ¡doblando la última curva, la mundialmente conocida como Club, que llevará a uno de los dos contrincantes a saborear la gloria!
- Vienen muy parejos -señaló Carlos- Seguramente se llevará la victoria el que menos halla frenado antes de encarar la recta.
- Pero... pero, ¿has visto cómo ha salido de la curva Bean? ¡Es una conducción estelar, una conducción que pasará a los anales del mundo del motor!
Bean atravesó la línea de meta en primer lugar, saludado por la bandera a cuadros y por más de cinco mil seguidores que se amontonaban, eufóricos, en la tribuna de llegada.
- ¡Inconmensurable! ¡Qué poderío, qué fuerza de la naturaleza! ¡Y ha vuelto a hacer vuelta rápida, batiendo por onceaba vez el récord del circuito!
- Tú lo has dicho Javier. Pero quiero ir un paso más allá, porque lo que hemos presenciado hoy, aquí, sólo puede tener el calificativo de pura magia. ¡Bravo! Bravo por ese piloto que nos ha demostrado que cuando se quiere, se puede. Da igual el presupuesto, da igual la tecnología del vehículo. Sólo unas manos maestras, como sin duda son las suyas, pueden llevar a un hombre a convertirse en el más grande de todos los tiempos.
A la vez que Carlos se hacía reiterativo en sus elogios, el circuito se convirtió en una locura. La gente invadió el paddock, desbordando las medidas de seguridad, y comenzaron a hacerse fotos para inmortalizar el momento. Mientras, Bean, continuaba conduciendo al límite.
- ¡Y ahí está! Celebrándolo con todos los aficionados. Deleitando a los que disfrutamos de este noble deporte con una segunda vuelta de honor a, prácticamente, la misma velocidad con la que ha ido escalando posiciones durante la carrera, hasta convertirse en el más que merecido ganador.
- Sin duda, sin duda, pero, como no pare, agotará las pocas gotas de combustible que le puedan quedar en el depósito.
- Pues creo que eso ya ha sucedido -constató Javier- porque el coche a perdido empuje y parece que se mueve por inercia. Y, si ha sido así, que no cuente con llegar a los boxes.
- ¡Acaso importa, Carlos! Después de esta hazaña no creo que a Bean le preocupe mucho andar unos metros para ir a celebrar el triunfo con los suyos. Pero... ¡Mira! ¡Todo su equipo ha abandonado el taller para ir a buscarlo sobre el asfalto!
- No me extraña lo más mínimo, la ocasión bien lo merece.
- También podemos observar cómo Bean se baja del coche. Está... está como tambaleándose. Sin duda alguna, el gran esfuerzo de estas últimas vueltas le está pasando factura.
- Cierto, Javier. Fíjate, ahora que se ha quitado el casco, en el color pálido de su cara. ¡Está tan débil que apenas puede celebrarlo!
- Dale unos segundos para digerir su gran Obra Maestra, para darse cuenta de lo que ha hecho.
- ¡Ya, ya reacciona! Justo cuando lo envuelve su equipo para vitorearle. ¡Bean levanta con energía el puño al cielo en señal de victori... ¡¿Pero qué hace?! ¡Ha descargado un puñetazo en la cara de uno de sus colegas!
- ¡Y porque lo agarran sus compañeros, sino lo mata!
- Pero... Javier, ¿quién era ese tipo? ¿Un espontáneo?
- Un momento, Carlos. Ahora nos lo enseñan las cámaras. Ahí está, un primer plano del individuo que ha recibido el brutal golpe... Sí, no hay duda. Me informan que era el mecánico responsable de cambiar las pastillas de freno en la última parada en boxes.
martes, 13 de mayo de 2014
Mejoremos la comunicación
Ya he mencionado algo en alguna entrada anterior acerca de las entrevistas que tenemos programadas, mi mujer y yo, en la consulta de una psiquiatra. Si mal no recuerdo, escribí sobre mi incapacidad para entender el porqué se me había recetado un bolso. Siento decepcionar a los que aún les ronde por la cabeza el citado enigma, porque no se ha desvelado, y creo que a este paso jamás se desvelará, el dichoso misterio.
Pero no todo lo que nos propone la Doctora son ejercicios surrealistas que han de acatarse con abnegación, también tiene sus momentos pedagógicos (suponiendo que lo del bolso no lo sea) y nos suelta alguna frase que nos ilumina el camino para lograr que mejoremos en nuestras relaciones humanas. Sí, sí, tal como suena. Y, además, invito a todas las mujeres del mundo a seguir su consejo; seguro que no les decepciona. Pero mejor nos ponemos en situación.
Andaba mi mujer contando que le incomodaba escuchar una frase muy repetida por un familiar que, curiosamente, pertenece al género masculino. En ese momento, la Doctora la interrumpió y nos dejó maravillados con su reveladora sugerencia.
- Mira -empezó diciendo a mi mujer- los hombres son muy básicos en la comunicación oral -al instante se giró hacia mí y casi se disculpó- Espero no haberte molestado con esta apreciación.
- No, no. Para nada -apunté con rapidez para que continuara con la confidencia. Sin entender cómo podía enfadarme ante esa enorme evidencia.
- Haz una cosa -prosiguió la Doctora, mirando de nuevo a mi esposa- dile a ese hombre que, por favor, deje de repetir esa frase. Que a ti te molesta mucho. Ya verás como, con un lenguaje directo, conseguirás que se dé cuenta del fastidio que te produce y deja de decirla.
¡Aleluya! ¡He aquí una mujer sabia! ¡Una mujer que comprende las limitaciones del género masculino! Y fíjate tú si es generosa, que comparte toda su sabiduría con cualquiera que la escuche.
Sí, me emocioné. Que queréis que os diga, no pensaba llegar a escuchar esas palabras surgidas de la boca de una fémina. Yo pensaba que nunca encontraría a una mujer dispuesta a facilitarnos la vida, que siempre esperarían a que adivináramos cómo se sienten con tan sólo fruncir el ceño o, peor aún, con suspirar. Y eso si tenemos la gran suerte de que, directamente, no nos demanden hacer algo cuando realmente esperan que hagamos todo lo contrario.
Ya, si los hombres ya sabemos que os comunicáis así, que, como soléis decir vosotras mismas, sois medio brujas. Pero, ¿tanto costaba llegar a la conclusión de la Doctora?, ¿valieron la pena tantos enfados, sencillamente, porque no somos capaces de intuir todos vuestros anhelos en un levantamiento de ceja?
Por favor, parad esta tortura inútil y evitarnos esas artimañas que no lleva a ninguna parte. Dejadnos claras vuestras intenciones desde un principio. Porque, seguramente ahí, a vuestro lado, hay un hombre estrujándose el cerebro, pretendiendo cumplir unos deseos que no es capaz de dilucidar.
No sé, igual estoy lanzando campanas al vuelo y todo esto queda como una anécdota intrascendente.
Sólo espero que corra la voz entre las mujeres y den un voto de confianza a las sensatas palabras de la Doctora. Y, a ser posible, que no ocurra lo mismo que les sucedió a otros personajes adelantados a su tiempo, que fueron repudiados por sus semejantes y muchos acabaron en la hoguera por herejes.
martes, 6 de mayo de 2014
Liebster Award
Se han hecho de rogar, pero ya están aquí las respuestas prometidas. ¡Ah!, ¿que no sabéis de dónde salen las preguntas? Pues fueron formuladas por Babilonia, una merodeadora que suele perderse por aquí y tuvo la deferencia de concederme un galardón. Aunque, más que un premio, a mi me parece una excusa elegante para sonsacar, cariñosamente, más información sobre los autores de los blogs seleccionados. Y, por supuesto, para que esos autores hablen de sí mismo sin que se les pueda acusar de ególatras. Porque, ya me dirás tú, que clase de premio es este que no te agasajan ni con un sobre de triste mortadela. Pero bueno, en esta ocasión ha coincidido que me cae bien la demandante y que, como a cualquier persona en mi situación, me ha dado la gana de sacar a pasear mi lado más narcisista. Así que no me enrollo más y os dejo con la entrevista.
1. Todos empezamos nuestro blog por distintas razones. Pero… ¿por qué continúas con él?
Supongo que porque aún están vigentes las razones por las que lo empecé. O sea, intentar expresarme mejor con la escritura, plasmar pensamientos en algún sitio para que dejen de ser fugaces y procurar ser algo creativo. Guardo la modesta esperanza de, algún día, releer alguna que otra entrada y encontrar algo que valga la pena. Un atisbo de lucidez entre tanta nadería.
2. ¿Por qué razón dejarías de escribir tu blog?
No necesito una razón para dejarlo, con que me falten razones para continuarlo bastaría. O también por pura desidia, lo cierto es que soy muy propenso a ella.
3. ¿Cuál es tu truco para aguantar bien el día?
Si es para aguantar físicamente bien, mi secreto es hincharme a cafeína a base de coca-cola. La mayoría de personas la sustituiría por café, pero a mi no me gusta. Soy más bien de paladar dulce.
Ahora, si es para aguantar mentalmente, sólo me ayuda a evadirme de los problemas la ingente cantidad de ocio que consumo. Películas, series, música, libros, etc. Y mi carácter despreocupado, claro.
4. ¿Qué tres cosas te llevarías a una isla desierta?
Imagino que me llevaría cosas básicas: fuego, utensilios de pesca y mantas. Con eso, y con intentar sobrevivir, ya andaría suficientemente distraído.
Hay personas que interpretan la pregunta con aires más metafóricos y menos terrenales. Ellos se llevarían libros, familiares, amigos, etc. Pero, como decía Mecano, esa clase de paraíso, a veces yo, lo monto en mi piso.
5. ¿Qué libro de tu infancia crees que te ha marcado más?
Sin duda, el que más me impactó, fue Drácula de Bram Stocker. Aún hoy en día me sigue fascinando. Su narración epistolar (tomada únicamente de diarios personales, cartas, informes, recortes de prensa, etc) es de las más originales que jamás he leído. Y el espíritu de la novela no tiene nada que ver con las múltiples adaptaciones cinematográficas que ha sufrido el texto. Ni tan siquiera la sobrevalorada versión de Francis Ford Coppola se acerca a su esencia.
Además, el libro iba aderezado con unas notas a pie de página que desvelaba las incongruencias del escrito. No porque el autor no se documentara debidamente, sólo aclaraban datos, la mayoría de ellos científicos, que aún no se habían descubierto en 1897, año de su publicación. Vamos, una delicia.
6. ¿A qué personaje histórico te gustaría conocer?
Albert Einstein. Aunque se puede decir que, gracias a una gran multitud de libros y documentales que explican su obra, nos podemos hacer una idea bastante aproximada del personaje.
Y puede que también le hiciera una visita a Jesucristo para contarle en qué ha derivado su doctrina. Igual hasta se lo piensa y lo deja correr.
7. Si pudieras ser un animal, ¿cuál elegirías?
Vaya, yo pensaba que ya era un animal. Aunque si tuviera que escoger otro no tengo ni idea de cual sería. Quizá uno que estuviera muy protegido y muy mimado... ¿Un oso Panda?
8. ¿Escribes fuera de tu blog?
Antes de crear este lugar virtual jamás había escrito nada que no fueran comentarios en foros. Luego, los primeros meses, sólo escribía en el blog, pero ahora siempre escribo con un procesador de textos, aunque prácticamente todo acabe apareciendo por este espacio.
De todas formas, si es a eso a lo que te refieres, guardo algún escrito exageradamente largo que no me atrevo a enseñar por no fatigar al poco personal que merodea por aquí.
También llevo unos meses dándole vueltas a un relato bastante largo de ciencia-ficción que he empezado como cinco o seis veces y nunca he llegado a acabar. Creo que por fin he encontrado el narrador idóneo, aunque puede que lo vuelva a desechar si avanzo con el texto y no me acaba de convencer. En fin, ridículos intentos creativos.
9. Si pudieras tener algún superpoder, ¿cuál elegirías?
Regeneración celular. Vamos, como Lobezno.
El otro día escuché por la radio que, pasados los cincuenta, si te levantas por las mañanas y no te duele algo, significa que estás muerto. Y la verdad es que yo, para esto de hacerse mayor, siempre he sido muy precoz.
10. ¿Cuál es tu juego favorito? (De mesa, videojuego, de ordenador, de patio del recreo, me da igual)
Huy, era una persona muy, muy, muy, pero que muy ociosa. Así, me gustaba practicar cualquier juego o deporte que estimulase la mente y mantuviera un grado de competitividad, pero al sobrepasar los treinta y cinco años, vete tú a saber por qué, di un gran bajón en mis ansias jugonas y ahora sólo me engancho a juegos sencillos que no demanden demasiado esfuerzo. Uno con el que ando liado en mis tiempos muertos es el Candy Crash. Partidas cortas, sencillas y, una vez gastadas las cinco vidas, lo suelto sin preocupaciones.
Eso sí, lo único que no me motiva son las apuestas. Como mucho, algún cupón de la ONCE o alguna Primitiva, aunque tampoco juego casi nunca.
11. ¿Qué lugar del mundo necesitas conocer imperiosamente antes de morir?
Pues no sé si se puede considerar exactamente un lugar del mundo, pero vivir la experiencia de pasar unas cuantas horas en gravedad cero tiene que ser un puntazo.
domingo, 4 de mayo de 2014
Jaimito en el hospital (Versión Extendida)
Hace unos días que me vengo dando cuenta de que este blog está a punto de cumplir un año. Y mi primer sentimiento es de sorpresa, pues no esperaba, a estas alturas, continuar prácticamente con el mismo ánimo de hace un año. Tampoco es que me haga especial ilusión acumular aniversarios ni pretendo darle a este hecho mayor importancia de la que tiene, aunque se me ha ocurrido un ejercicio para conmemorar este día. El planteamiento es muy sencillo: repetir la primera entrada/anécdota, obviando la inauguración, para poder comparar y comprobar mi evolución a la hora de expresarme con la escritura. No sé hasta que punto he progresado, seguramente menos de lo que imagino, pero sí que me he dado cuenta que desarrollo mucho más los pasajes y quizá ordeno algo mejor las ideas. En cualquier caso, AQUÍ dejo el enlace a la entrada original para que cada cual juzgue.
Jaimito en el hospital
Hay gente muy aprensiva con la que no puedes hablar nada sobre experiencias clínicas. Si insistes en profundizar sobre el asunto rápidamente detectas su inquietud, se tornan pálidos y aprovechan la más mínima ocasión para cambiar de tema. Lo entiendo perfectamente. Para la gran mayoría de personas, la visita a un hospital suele estar asociada a vivencias traumáticas causadas por algún accidente o enfermedad de seres cercanos. El sentimiento puede llegar a ser tan intenso que incluso hay quien teme, en caso de inevitable ingreso, no volver a salir vivo de allí.
Sin embargo, a mí me sucede todo lo contrario. Pasear por sus pasillos hace que agudice mis sentidos en busca de alguna historia increíble o algún personaje singular. Esto no quiere decir que me considere una persona macabra ni que disfrute con el dolor ajeno, pero observar gente fuera de su entorno habitual siempre ofrece una visión alternativa, y a menudo muy curiosa, del comportamiento humano.
Muchos os preguntareis cómo mi mente, sin lugar a dudas enfermiza, ha llegado a incluir un ingreso hospitalario dentro de mi lista imaginaria de posibles experiencias interesantes. Pues ni yo mismo me lo explico. Pero es probable que todo este desorden provenga del hilarante encuentro que mantuve en mi primera visita a un hospital.
Todo empezó en una de las peores noches de mi vida. Me acosté con la mano izquierda magullada por culpa de una caída mientras jugaba un partido de fútbol. Yo pensaba que se curaría con unas cuantas horas de descanso y que al día siguiente me la encontraría en mejor estado pero, para mi desgracia, no fue así. Los dolorosos pinchazos que experimentaba, cada vez que intentaba asentar la mano sobre el colchón, no dejaron de atormentarme durante la interminable vigilia. Me conjuré para no molestar a mi madre en toda la noche, a fin de cuentas debía disfrutar de su merecido sueño dominical y el dolor no sería menos intenso por muchos familiares que desvelara, pero nada más ver amanecer ya no pude soportar el sufrimiento y no tuve más remedio que despertarla para que me llevara urgentemente al hospital.
Luego, me acabaría enterando que el causante de mi tortura era un hueso agrietado de la muñeca. El primer percance de salud serio en mi vida.
Entramos por la puerta de urgencias del Hospital del Mar, me tomaron los datos y nos ubicaron en una sala de espera donde, sorprendentemente, apenas tuve que esperar. Nos hicieron pasar a un consultorio para que me examinara un traumatólogo, llegando a la conclusión, sospecho yo que orientándose por el volumen de mis alaridos cuando me trajinaba la mano y la consiguiente mirada asesina que le propinaba, de la imperiosa necesidad de someterme a una radiografía sobre la zona afectada para dictaminar el alcance de la lesión. Así me acompañaron, esta vez sin mi madre, a otra sala donde se apiñaban personas aguardando para su prueba o análisis correspondiente.
Allí, encontrándome cabizbajo, en una habitación acristalada, sin ser capaz de atinar con una postura adecuada que aliviara mis punzadas y rodeado de pacientes con dolencias varias, fue donde lo vi por primera vez.
Calculo que su edad rondaría la treintena. Con un aspecto más bien desaliñado y de estatura menuda, apareció en escena con la fuerza de...
Lo cierto es que podría intentar describir al hombre con interminables reseñas y detalles, pero resultaría del todo innecesario, porque el personaje ya existe. Era exactamente igual a Jaimito. Pero pensareis que Jaimito es un sujeto ficticio que habita en los chistes; un estereotipo de niño insolente y travieso. Entonces, ¿cómo puedo saber qué aspecto tiene Jaimito?
Para explicarme mejor detendré por un momento esta anécdota y recordaré que todo esto sucedió hace algo más de veinte años. Seguro que muchos de vosotros recordareis que, por aquella época, nuestros televisores sintonizaban los primeros pasos de las cadenas privadas. Hablo concretamente de tele cinco.
Esta cadena provenía de Italia y, ante la falta de infraestructuras autóctonas en esos días primerizos, aprovechaban numerosos contenidos creados en su país de origen para rellenar diariamente su parrilla televisiva. Muchas veces de ínfima calidad, pero imagino que les saldría muy barato y les sacaba del apuro hasta que llegara la fecha en que productoras españolas desarrollaran programación original y exclusiva que les nutriese. Así, tele cinco, asomaba por una pequeña ventana de nuestro salón para mostrar algo de la cultura popular italiana.
Entre el ecléctico batiborrillo que configuraban los Pressing Catch, Humor Amarillo y las Mama Chicho, de vez en cuando emitían películas que protagonizaba Jaimito (Pierino para los italianos), interpretado por Alvaro Vitali, quien decora el encabezado de esta entrada con su más que dudosa belleza. Pero la persona que vi no solamente compartía ese peculiar rostro con el actor. El hombre que había aparecido ante mis ojos se expresaba con tal histrionismo y timbre de voz que la asociación en mi mente fue tan inmediata como inevitable.
Y con este pequeño inciso de cómo adopté los rasgos de este cómico para ponerle cara a Jaimito, podemos continuar con la historieta.
Pues, como iba diciendo, el enfermero (o sea, Jaimito) apareció cuando más decaído me encontraba. Sin duda atesoraba un espíritu servicial que le hacía destacar sobre el resto de practicantes, cualidad que procuraba mostrar a la más mínima ocasión para intentar ganarse la confianza de los pacientes. Por eso mismo, en cuanto vio aparecer la camilla portando a la desfallecida abuela, tardó menos de un pestañeo en colocarse a la altura de su cintura para socorrerla en lo que estuviera en sus manos.
- ¡Hay Dios mío, que dolor! ¡Hay Dios mío, que mal estoy! -gimoteaba la mujer sin descanso.
Ver sufrir a una señora, gritando al viento sus males mientras estrujaba su bolso, era suficiente incentivo para captar la atención del enfermero más generoso del hospital, faltándole tiempo para ofrecer sus servicios.
- No se preocupe señora -dijo Jaimito con una voz tan firme como caballerosa- Deme el bolso, que yo se lo guardo.
La mujer no se dio por aludida ante el amable ofrecimiento de Jaimito, pues sus sentidos estaban totalmente volcados en demandar la misericordia de Dios, ruegos que remarcaba con la mirada perdida hacia el cielo cuando no cerraba los ojos o los ponía en blanco. Así que, para evitar que las súplicas cayesen en olvido, continuó con su fatigoso sermón, ignorando la ayuda del enfermero.
- ¡Hay Dios mío, que dolor! ¡Hay Dios mío, que mal estoy!
- ¡Señora! -insistió con más energía Jaimito- Usted déjeme el bolso que enseguida la atienden.
Pero la señora no prestaba atención a nadie y continuaba apostando por la compasión del Todopoderoso.
- ¡Hay Dios mío, que dolor! ¡Hay Dios mío, que mal estoy!
Jaimito, impaciente por demostrar al mundo su indiscriminado altruismo, decidió agarrar el bolso a la mujer y se permitió el gesto de estirarlo suavemente para hacer notar su presencia sobre la paciente.
- Suelte, señora. No se preocupe, yo se lo guardo.
La mujer, que no estaría tan mal cuando se aferraba al bolso con más fuerza que un mejillón a su roca, se vio sorprendida por la pequeña sacudida y dejó de mirar al infinito para dedicar una mueca de estupor al enfermero.
- ¿Pero qué haces? ¡Suelta mi bolso, cabrón!
- Señora, suelte el bolso.-ordenó Jaimito.
En ese preciso instante, se esfumó por completo tanto la fragilidad de la mujer como la amabilidad de Jaimito. El enzarzamiento que presencié, encarnado con tirones, patadas y puñetazos, y aderezado con un sinfín de insultos, ha sido el combate más nivelado que yo pueda recordar en mi vida. En el hipotético caso de estar obligado a declarar un vencedor, necesitaría toda la sabiduría de un juez de lucha libre para dirimir el encuentro. Y, aún así, no estoy seguro de ser capaz.
De hecho, tuvieron que separarlos las enfermeras cuando ya se lanzaban dentelladas, no sin antes dedicarse mutuamente unas últimas palabras de, por decirlo educadamente, desapego.
- ¡Ladrón! ¡Hijo de puta! -gritó la mujer.
- ¡Guarra! ¡Puta! -replicó Jaimito.
Yo, por mi parte, había olvidado por completo mi calvario y me retorcía, esta vez de risa, en el asiento.
La escenografía, el vestuario, el tempo, la comicidad; todo había sido sublime. Si se trataba de una representación, destinada a aliviar el sufrimiento de los espectadores, la habían ejecutado a la perfección.
Aún andaba ocupado en recuperar el aliento, cuando Jaimito reapareció en escena para comenzar con su siguiente número.
Empujaba una silla de ruedas con la que transportaba a otra mujer, al menos diez años mayor que la anterior, desde el pasillo de admisión. Seguramente ya habría sido visitada por un Doctor, porque se dirigió directamente hacia nuestra sala para depositarla en uno de los asientos.
Al contrario que la anterior paciente, nadie hubiera imaginado que aquella abuela llegara a poner en aprietos a nuestro desprendido enfermero, pues su estado era tan dócil y somnoliento como el de un bebé tras la toma de su biberón. Aunque, si pasáramos por alto la edad, la mayor diferencia entre un recién nacido y la mujer sería de tamaño y peso. Y precisamente eso es lo que fue a comprobar Jaimito.
He de intuir que la silla de ruedas ya estaba destinada a cubrir otras necesidades, porque no entiendo qué llevó a nuestro enfermero a intentar la proeza de levantar, él solo y a peso, a la abuela semi-inconsciente y no dejarla descansar, como ya sucedía con otros pacientes de la sala, en su silla de ruedas. Pero Jaimito era así. No había tarea, por espinosa que fuera, que se resistiese a su entusiasmo y devoción.
Abrazó a la mujer deslizando los brazos bajo sus axilas y, cuando ya los tenía asegurados tras su espalda, empujó hacia arriba con todas sus energías. El esfuerzo fue enorme, hecho que todos los presentes pudimos constatar al ver como le subían los colores a la cara, no pudiendo dar más de dos pasos antes de soltarla cariñosamente en el asiento más cercano. Ese fue su primer error, pues la depositó justo delante de los interruptores de la luz que iluminaba la sala.
La mujer, aún encontrándose sentada, ponía tan poco de su parte que no lograba la estabilidad suficiente para mantenerse erguida por sí sola, lo que provocaba que se balanceara en su asiento, apagando y encendiendo los fluorescentes cada vez que su espalda chocaba contra la pared.
Jaimito se percató al instante de la psicodélica iluminación que provocaba el entuerto y, como era de esperar, su integridad no le permitía abandonar a pacientes en una sala con riesgo de provocar ataques epilépticos. Así que, sin más dilación, pasó el brazo derecho por la espalda de la errática mujer para acomodarla mejor a fin de evitarnos la molestia. Con tan mala suerte que colocó la mano entre el respaldo del sillín y la pared. Ese fue su segundo error, pues el constante bamboleo de la rolliza abuela acabó por aplastarle los dedos.
- ¡Ostia puta! -gritó Jaimito, justo antes de salir corriendo por la puerta.
Y allí nos dejó, con una luz que iba y venía según las oscilaciones de la mujer, y con la mayoría de personas tronchándose de risa.
Tuvimos que esperar unos minutos hasta ver reaparecer a Jaimito por allí. Yo mismo pensé que ya habría tenido suficiente con la mano lastimada y que andaría con un médico para curarse del percance, pero me equivocaba y , como dice el dicho, no hay dos sin tres. En el fondo todos sabíamos que Jaimito era tan escrupulosamente cumplidor que jamás llevaría la contraria al refranero español. Su inquebrantable voluntad podía tomarse un descanso, pero no se iba a doblegar por dos insignificantes adversidades.
Durante esa tregua temporal que dedicó, supongo yo, a reponerse, la sala se fue vaciando sin la ayuda de nuestro querido enfermero. La mayoría de los pacientes se dirigieron a sus respectivas pruebas acompañados por una enfermera, pero hubo uno en concreto que fue reclamado por los altavoces. El hombre, que curiosamente descansaba sobre una silla de ruedas, no vio que nadie viniera a buscarle, por lo que decidió salir él mismo por la puerta sin esperar indicaciones. Se trataba de una persona débil, extremadamente delgada, aunque no superaba los cincuenta años, así que su empuje fue lento y dificultoso, casi a cámara lenta.
Observé como avanzaba hacia el pasillo pero, cuando ya tenía medio cuerpo fuera de la sala, se le trabó la rueda trasera en la puerta de cristal, deteniendo su salida. El hombre, con toda la parsimonia del mundo, detectó el punto donde la goma no cedía y empujó la rueda con más fuerza para desencallarla. Al tercer intento lo consiguió, pero el esfuerzo, además de liberar la rueda, logró ser lo suficientemente enérgico como para desprender el inmovilizador de la puerta. Esta, se fue cerrando tras su paso y así quedó.
Veinte segundos más tarde apareció por el pasillo Jaimito, totalmente repuesto de sus males y con el coraje renovado. Sin duda venía dispuesto a ser el acompañante del hombre que había salido por la puerta momentos antes, por eso mismo atravesó el umbral con la determinación de quien sabe que no hay nada ni nadie que se pueda interponer entre él y su deber. O, al menos, eso creyó.
El testarazo que le propinó a la transparente puerta fue brutal. El cristal vibró con tanta violencia que hasta la señora antes mencionada, y que continuaba dormitando junto a la puerta, despertó alarmada.
- ¡Joder! ¡Ostia puta! ¿Pero quién cojones ha cerrado la puerta? -bramó al viento Jaimito.
Y se dio la vuelta para desaparecer por donde había venido.
He de confesar que viví uno de los momentos más peligrosos en mi vida, pues estuve a punto de morirme de risa. Cada espasmo, cada carcajada, era replicada por mi cuerpo con un intenso dolor en mi maltrecha mano pero, aún así, me era imposible parar de reír.
Sentí una profunda pena cuando, cinco minutos más tarde, fui reclamado por un enfermero para acudir a la sala de rayos X, pues intuía que con esa última prueba acabaría la función y no volvería a ver a Jaimito. Y así fue. Tras confirmar mi lesión, me decoraron el brazo con una pálida escayola y me devolvieron junto a mi ya impaciente madre.
Dudo mucho que de esta experiencia aprendiera algo más instructivo que a no tenerle miedo a los hospitales; coraje, por otra parte, que siempre deberé agradecer a Jaimito. Pero si algo tengo claro, y que lo sepáis si algún día me encontráis en esa tesitura, es que en caso de sufrir algún percance quiero ser examinado por un Doctor de guardia del Hospital del Mar. Con un poco de suerte vuelvo a encontrarme con mi admirado enfermero y puedo saludarlo. Y quién sabe, igual hasta interpreta un nuevo número para mí.
Jaimito en el hospital
Hay gente muy aprensiva con la que no puedes hablar nada sobre experiencias clínicas. Si insistes en profundizar sobre el asunto rápidamente detectas su inquietud, se tornan pálidos y aprovechan la más mínima ocasión para cambiar de tema. Lo entiendo perfectamente. Para la gran mayoría de personas, la visita a un hospital suele estar asociada a vivencias traumáticas causadas por algún accidente o enfermedad de seres cercanos. El sentimiento puede llegar a ser tan intenso que incluso hay quien teme, en caso de inevitable ingreso, no volver a salir vivo de allí.
Sin embargo, a mí me sucede todo lo contrario. Pasear por sus pasillos hace que agudice mis sentidos en busca de alguna historia increíble o algún personaje singular. Esto no quiere decir que me considere una persona macabra ni que disfrute con el dolor ajeno, pero observar gente fuera de su entorno habitual siempre ofrece una visión alternativa, y a menudo muy curiosa, del comportamiento humano.
Muchos os preguntareis cómo mi mente, sin lugar a dudas enfermiza, ha llegado a incluir un ingreso hospitalario dentro de mi lista imaginaria de posibles experiencias interesantes. Pues ni yo mismo me lo explico. Pero es probable que todo este desorden provenga del hilarante encuentro que mantuve en mi primera visita a un hospital.
Todo empezó en una de las peores noches de mi vida. Me acosté con la mano izquierda magullada por culpa de una caída mientras jugaba un partido de fútbol. Yo pensaba que se curaría con unas cuantas horas de descanso y que al día siguiente me la encontraría en mejor estado pero, para mi desgracia, no fue así. Los dolorosos pinchazos que experimentaba, cada vez que intentaba asentar la mano sobre el colchón, no dejaron de atormentarme durante la interminable vigilia. Me conjuré para no molestar a mi madre en toda la noche, a fin de cuentas debía disfrutar de su merecido sueño dominical y el dolor no sería menos intenso por muchos familiares que desvelara, pero nada más ver amanecer ya no pude soportar el sufrimiento y no tuve más remedio que despertarla para que me llevara urgentemente al hospital.
Luego, me acabaría enterando que el causante de mi tortura era un hueso agrietado de la muñeca. El primer percance de salud serio en mi vida.
Entramos por la puerta de urgencias del Hospital del Mar, me tomaron los datos y nos ubicaron en una sala de espera donde, sorprendentemente, apenas tuve que esperar. Nos hicieron pasar a un consultorio para que me examinara un traumatólogo, llegando a la conclusión, sospecho yo que orientándose por el volumen de mis alaridos cuando me trajinaba la mano y la consiguiente mirada asesina que le propinaba, de la imperiosa necesidad de someterme a una radiografía sobre la zona afectada para dictaminar el alcance de la lesión. Así me acompañaron, esta vez sin mi madre, a otra sala donde se apiñaban personas aguardando para su prueba o análisis correspondiente.
Allí, encontrándome cabizbajo, en una habitación acristalada, sin ser capaz de atinar con una postura adecuada que aliviara mis punzadas y rodeado de pacientes con dolencias varias, fue donde lo vi por primera vez.
Calculo que su edad rondaría la treintena. Con un aspecto más bien desaliñado y de estatura menuda, apareció en escena con la fuerza de...
Lo cierto es que podría intentar describir al hombre con interminables reseñas y detalles, pero resultaría del todo innecesario, porque el personaje ya existe. Era exactamente igual a Jaimito. Pero pensareis que Jaimito es un sujeto ficticio que habita en los chistes; un estereotipo de niño insolente y travieso. Entonces, ¿cómo puedo saber qué aspecto tiene Jaimito?
Para explicarme mejor detendré por un momento esta anécdota y recordaré que todo esto sucedió hace algo más de veinte años. Seguro que muchos de vosotros recordareis que, por aquella época, nuestros televisores sintonizaban los primeros pasos de las cadenas privadas. Hablo concretamente de tele cinco.
Esta cadena provenía de Italia y, ante la falta de infraestructuras autóctonas en esos días primerizos, aprovechaban numerosos contenidos creados en su país de origen para rellenar diariamente su parrilla televisiva. Muchas veces de ínfima calidad, pero imagino que les saldría muy barato y les sacaba del apuro hasta que llegara la fecha en que productoras españolas desarrollaran programación original y exclusiva que les nutriese. Así, tele cinco, asomaba por una pequeña ventana de nuestro salón para mostrar algo de la cultura popular italiana.
Entre el ecléctico batiborrillo que configuraban los Pressing Catch, Humor Amarillo y las Mama Chicho, de vez en cuando emitían películas que protagonizaba Jaimito (Pierino para los italianos), interpretado por Alvaro Vitali, quien decora el encabezado de esta entrada con su más que dudosa belleza. Pero la persona que vi no solamente compartía ese peculiar rostro con el actor. El hombre que había aparecido ante mis ojos se expresaba con tal histrionismo y timbre de voz que la asociación en mi mente fue tan inmediata como inevitable.
Y con este pequeño inciso de cómo adopté los rasgos de este cómico para ponerle cara a Jaimito, podemos continuar con la historieta.
Pues, como iba diciendo, el enfermero (o sea, Jaimito) apareció cuando más decaído me encontraba. Sin duda atesoraba un espíritu servicial que le hacía destacar sobre el resto de practicantes, cualidad que procuraba mostrar a la más mínima ocasión para intentar ganarse la confianza de los pacientes. Por eso mismo, en cuanto vio aparecer la camilla portando a la desfallecida abuela, tardó menos de un pestañeo en colocarse a la altura de su cintura para socorrerla en lo que estuviera en sus manos.
- ¡Hay Dios mío, que dolor! ¡Hay Dios mío, que mal estoy! -gimoteaba la mujer sin descanso.
Ver sufrir a una señora, gritando al viento sus males mientras estrujaba su bolso, era suficiente incentivo para captar la atención del enfermero más generoso del hospital, faltándole tiempo para ofrecer sus servicios.
- No se preocupe señora -dijo Jaimito con una voz tan firme como caballerosa- Deme el bolso, que yo se lo guardo.
La mujer no se dio por aludida ante el amable ofrecimiento de Jaimito, pues sus sentidos estaban totalmente volcados en demandar la misericordia de Dios, ruegos que remarcaba con la mirada perdida hacia el cielo cuando no cerraba los ojos o los ponía en blanco. Así que, para evitar que las súplicas cayesen en olvido, continuó con su fatigoso sermón, ignorando la ayuda del enfermero.
- ¡Hay Dios mío, que dolor! ¡Hay Dios mío, que mal estoy!
- ¡Señora! -insistió con más energía Jaimito- Usted déjeme el bolso que enseguida la atienden.
Pero la señora no prestaba atención a nadie y continuaba apostando por la compasión del Todopoderoso.
- ¡Hay Dios mío, que dolor! ¡Hay Dios mío, que mal estoy!
Jaimito, impaciente por demostrar al mundo su indiscriminado altruismo, decidió agarrar el bolso a la mujer y se permitió el gesto de estirarlo suavemente para hacer notar su presencia sobre la paciente.
- Suelte, señora. No se preocupe, yo se lo guardo.
La mujer, que no estaría tan mal cuando se aferraba al bolso con más fuerza que un mejillón a su roca, se vio sorprendida por la pequeña sacudida y dejó de mirar al infinito para dedicar una mueca de estupor al enfermero.
- ¿Pero qué haces? ¡Suelta mi bolso, cabrón!
- Señora, suelte el bolso.-ordenó Jaimito.
En ese preciso instante, se esfumó por completo tanto la fragilidad de la mujer como la amabilidad de Jaimito. El enzarzamiento que presencié, encarnado con tirones, patadas y puñetazos, y aderezado con un sinfín de insultos, ha sido el combate más nivelado que yo pueda recordar en mi vida. En el hipotético caso de estar obligado a declarar un vencedor, necesitaría toda la sabiduría de un juez de lucha libre para dirimir el encuentro. Y, aún así, no estoy seguro de ser capaz.
De hecho, tuvieron que separarlos las enfermeras cuando ya se lanzaban dentelladas, no sin antes dedicarse mutuamente unas últimas palabras de, por decirlo educadamente, desapego.
- ¡Ladrón! ¡Hijo de puta! -gritó la mujer.
- ¡Guarra! ¡Puta! -replicó Jaimito.
Yo, por mi parte, había olvidado por completo mi calvario y me retorcía, esta vez de risa, en el asiento.
La escenografía, el vestuario, el tempo, la comicidad; todo había sido sublime. Si se trataba de una representación, destinada a aliviar el sufrimiento de los espectadores, la habían ejecutado a la perfección.
Aún andaba ocupado en recuperar el aliento, cuando Jaimito reapareció en escena para comenzar con su siguiente número.
Empujaba una silla de ruedas con la que transportaba a otra mujer, al menos diez años mayor que la anterior, desde el pasillo de admisión. Seguramente ya habría sido visitada por un Doctor, porque se dirigió directamente hacia nuestra sala para depositarla en uno de los asientos.
Al contrario que la anterior paciente, nadie hubiera imaginado que aquella abuela llegara a poner en aprietos a nuestro desprendido enfermero, pues su estado era tan dócil y somnoliento como el de un bebé tras la toma de su biberón. Aunque, si pasáramos por alto la edad, la mayor diferencia entre un recién nacido y la mujer sería de tamaño y peso. Y precisamente eso es lo que fue a comprobar Jaimito.
He de intuir que la silla de ruedas ya estaba destinada a cubrir otras necesidades, porque no entiendo qué llevó a nuestro enfermero a intentar la proeza de levantar, él solo y a peso, a la abuela semi-inconsciente y no dejarla descansar, como ya sucedía con otros pacientes de la sala, en su silla de ruedas. Pero Jaimito era así. No había tarea, por espinosa que fuera, que se resistiese a su entusiasmo y devoción.
Abrazó a la mujer deslizando los brazos bajo sus axilas y, cuando ya los tenía asegurados tras su espalda, empujó hacia arriba con todas sus energías. El esfuerzo fue enorme, hecho que todos los presentes pudimos constatar al ver como le subían los colores a la cara, no pudiendo dar más de dos pasos antes de soltarla cariñosamente en el asiento más cercano. Ese fue su primer error, pues la depositó justo delante de los interruptores de la luz que iluminaba la sala.
La mujer, aún encontrándose sentada, ponía tan poco de su parte que no lograba la estabilidad suficiente para mantenerse erguida por sí sola, lo que provocaba que se balanceara en su asiento, apagando y encendiendo los fluorescentes cada vez que su espalda chocaba contra la pared.
Jaimito se percató al instante de la psicodélica iluminación que provocaba el entuerto y, como era de esperar, su integridad no le permitía abandonar a pacientes en una sala con riesgo de provocar ataques epilépticos. Así que, sin más dilación, pasó el brazo derecho por la espalda de la errática mujer para acomodarla mejor a fin de evitarnos la molestia. Con tan mala suerte que colocó la mano entre el respaldo del sillín y la pared. Ese fue su segundo error, pues el constante bamboleo de la rolliza abuela acabó por aplastarle los dedos.
- ¡Ostia puta! -gritó Jaimito, justo antes de salir corriendo por la puerta.
Y allí nos dejó, con una luz que iba y venía según las oscilaciones de la mujer, y con la mayoría de personas tronchándose de risa.
Tuvimos que esperar unos minutos hasta ver reaparecer a Jaimito por allí. Yo mismo pensé que ya habría tenido suficiente con la mano lastimada y que andaría con un médico para curarse del percance, pero me equivocaba y , como dice el dicho, no hay dos sin tres. En el fondo todos sabíamos que Jaimito era tan escrupulosamente cumplidor que jamás llevaría la contraria al refranero español. Su inquebrantable voluntad podía tomarse un descanso, pero no se iba a doblegar por dos insignificantes adversidades.
Durante esa tregua temporal que dedicó, supongo yo, a reponerse, la sala se fue vaciando sin la ayuda de nuestro querido enfermero. La mayoría de los pacientes se dirigieron a sus respectivas pruebas acompañados por una enfermera, pero hubo uno en concreto que fue reclamado por los altavoces. El hombre, que curiosamente descansaba sobre una silla de ruedas, no vio que nadie viniera a buscarle, por lo que decidió salir él mismo por la puerta sin esperar indicaciones. Se trataba de una persona débil, extremadamente delgada, aunque no superaba los cincuenta años, así que su empuje fue lento y dificultoso, casi a cámara lenta.
Observé como avanzaba hacia el pasillo pero, cuando ya tenía medio cuerpo fuera de la sala, se le trabó la rueda trasera en la puerta de cristal, deteniendo su salida. El hombre, con toda la parsimonia del mundo, detectó el punto donde la goma no cedía y empujó la rueda con más fuerza para desencallarla. Al tercer intento lo consiguió, pero el esfuerzo, además de liberar la rueda, logró ser lo suficientemente enérgico como para desprender el inmovilizador de la puerta. Esta, se fue cerrando tras su paso y así quedó.
Veinte segundos más tarde apareció por el pasillo Jaimito, totalmente repuesto de sus males y con el coraje renovado. Sin duda venía dispuesto a ser el acompañante del hombre que había salido por la puerta momentos antes, por eso mismo atravesó el umbral con la determinación de quien sabe que no hay nada ni nadie que se pueda interponer entre él y su deber. O, al menos, eso creyó.
El testarazo que le propinó a la transparente puerta fue brutal. El cristal vibró con tanta violencia que hasta la señora antes mencionada, y que continuaba dormitando junto a la puerta, despertó alarmada.
- ¡Joder! ¡Ostia puta! ¿Pero quién cojones ha cerrado la puerta? -bramó al viento Jaimito.
Y se dio la vuelta para desaparecer por donde había venido.
He de confesar que viví uno de los momentos más peligrosos en mi vida, pues estuve a punto de morirme de risa. Cada espasmo, cada carcajada, era replicada por mi cuerpo con un intenso dolor en mi maltrecha mano pero, aún así, me era imposible parar de reír.
Sentí una profunda pena cuando, cinco minutos más tarde, fui reclamado por un enfermero para acudir a la sala de rayos X, pues intuía que con esa última prueba acabaría la función y no volvería a ver a Jaimito. Y así fue. Tras confirmar mi lesión, me decoraron el brazo con una pálida escayola y me devolvieron junto a mi ya impaciente madre.
Dudo mucho que de esta experiencia aprendiera algo más instructivo que a no tenerle miedo a los hospitales; coraje, por otra parte, que siempre deberé agradecer a Jaimito. Pero si algo tengo claro, y que lo sepáis si algún día me encontráis en esa tesitura, es que en caso de sufrir algún percance quiero ser examinado por un Doctor de guardia del Hospital del Mar. Con un poco de suerte vuelvo a encontrarme con mi admirado enfermero y puedo saludarlo. Y quién sabe, igual hasta interpreta un nuevo número para mí.
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