miércoles, 4 de diciembre de 2013

Por caridad

He de suponer que todo el que asoma a menudo por aquí se habrá dado cuenta de que rara vez utilizo este espacio para criticar nada. En general intento, sin saber a ciencia cierta si lo consigo, distraer o divertir sin enervar al personal ni trascender demasiado. Pienso que ya estamos lo bastante enfadados, en este país, como para incidir más sobre según que asuntos. Hablando claro, que no me apetece remover la mierda.

Pero hoy haré una excepción. Y lo voy a hacer porque criticar un movimiento de solidaridad, sobre todo con la Navidad a la vuelta de la esquina, es algo tan insólito que me hace despegar de los parámetros estándar de remover mierda, para ir a caer en los de crear mierda nueva. Ya veis que la mierda nos rodea. Aunque también puede que penséis que no tengo razón y que soy un auténtico gilipollas (y tal vez lo sea) pero, de todas formas, me arriesgaré. Más que nada porque no tengo ninguna reputación que proteger; y que coño, que si no lo digo reviento.

Quería hablar sobre las sospechas que mantengo en la forma de recolectar comestibles para el banco de alimentos. Ojo, me parece una gran ayuda para las familias con problemas económicos, pero la idea de situar los puntos de recogida en supermercados y grandes superficies me hace ser receloso, básicamente, por una razón.

No me gusta que manipulen las buenas intenciones de la gente para que se lucren los de siempre. Y pienso que, eso, es lo que hacen los supermercados y grandes almacenes al permitir, con aparente generosidad, albergar enormes cajas de cartón para que el altruismo de la gente las rellene de productos previamente adquiridos en las estanterías de sus establecimientos. Si han de sacar beneficio que sea, al menos, de una forma menos descarada y sin manipular a la sociedad. Porque, y que alguien me corrija si me equivoco, aún no he visto a una sola de esas grandes cadenas distribuidoras donar nada a beneficencia. Es más, lo que sí he visto, en algún reportaje televisivo, es como destruían la comida caducada porque, si la dejaban en la basura y al alcance de la gente, podían atraer a indeseables cerca de sus instalaciones. Aunque, para ser honestos, hay otros muchos que al menos no impiden esa actividad.

También he sido testigo, gracias a mi antiguo trabajo como transportista, de la desintegración de toneladas de comida porque no cumplía unos parámetros demandados. No diré el nombre porque esto no es un ataque personal, pero recuerdo el DÍA (vaya, se me escapó) en que desecharon unos cuatrocientos kilos de alimentos porque su fecha de caducidad no era la adecuada para entrar en sus almacenes. Y así, con muchos otros proveedores. No, el producto no estaba en mal estado, solo que el plazo para su perfecta conservación no llegaba, por cinco días, a  los tres meses requeridos. Ese palet se quedó arrinconado, durante semanas, hasta llegar a ser incomible porque resultaba más costoso el transporte de vuelta, la manipulación y volverlo a mandar a otro comercio, que dejar que se pudriera. Pero tampoco quiero echar toda la culpa del despilfarro a las distribuidoras porque, al fin y al cabo, son solo un peldaño de la escalera que representa el reparto de alimentos

Vivimos en una sociedad que malgasta millones de toneladas de comida al año. Semanalmente tiramos desde nuestras despensas hortalizas, carnes, lácteos, frutas, pescados y cualquier otro producto que caduque o no nos guste su aspecto. Tanto es así que los consumidores somos los que más cantidad de comida lanzamos a la basura. Nos hemos acostumbrado a comprar cantidades ingentes de alimentos sencillamente porque "nos lo podemos permitir" o "más vale que sobre, que no que falte", sin ser conscientes del infame derroche que cometemos. Porque da igual que los alimentos acaben en casas donde no los necesitan, siempre y cuando hayan sido pagados, claro.

Pues bien, siendo conscientes de ese consumismo desenfrenado que nos lleva a que, solo en España, entre industrias y usuarios, lancemos a la basura más de siete millones de toneladas comestibles (que se dice pronto), ¿por qué el banco de alimentos opta por colocar los puntos de recogida en la puerta de los supermercados? ¿No sería más provechoso situar contenedores en empresas alimentarias y que los ciudadanos acercaran a las asociaciones de vecinos esos víveres que acabarán en la basura?

Bueno, sería provechoso para los necesitados, pero muy poco rentable para las industrias. Prefieren pedir al ciudadano de a pie que se gaste un euro en comprar un paquete de macarrones antes que regalarlo ellos mismos. Así también hago yo beneficencia. "Compren, compren comida y regálenla para que se puedan sentir un poco mejor. Pero que sea en nuestro establecimiento, así podremos engordar nuestros beneficios".

Me resulta inmoral que, desde la administración, se permitan estas prácticas. ¿No podrían facilitar las cosas a las organizaciones para que pudieran recolectar toda la comida que se desecha? Porque, si no recuerdo mal, hay una partida presupuestada para estos menesteres. Pero voy a finalizar aquí mi indignación, porque ya he explicado lo que quería. Y si empiezo a divagar sobre el gobierno necesito, por lo menos, otro blog más para que entre todo.


Pues ya está dicho. Tampoco era para tanto ¿no?

martes, 26 de noviembre de 2013

La suerte está con vosotros



"Bienaventurados quienes sepan de mí, porque la suerte estará con ellos en el sorteo de navidad" - Mazcota.


No me preguntéis por qué, pero es así. Soy un talismán, un amuleto, un tótem. Y no, no es por mi cara de palo. Me refiero a mi cualidad innata de aproximar la suerte del sorteo navideño. Por eso os invito a participar ahora, que aún podéis. ¿Que no me creéis? Pues esperad a que exponga mis experiencias y luego valoráis. 

El primer suceso que empezó a dar pistas sobre la magnitud de mis dotes ocurrió cuando solo contaba con doce años de edad. Por esa época congeniaba mucho con un compañero de clase y, a menudo, era invitado a pasar la noche en su casa. Su madre trabajaba en una oficina de Hacienda y, como viene siendo habitual por estas fechas, se agenciaron con un número de lotería que repartieron entre todos los funcionarios. Bueno, todos menos ella. Como aún nadie sabía de mis superpoderes, no creyó en la posibilidad de que el número ofrecido fuese el premiado, y no lo compró. Irremediablemente, tocó el Gordo.

Ya he mencionado con anterioridad que tengo la habilidad de ofrecer buena suerte, pero no está en mi mano hacer creer en ella a la gente. Esto me lleva al segundo caso. Apenas habían pasado cinco años desde aquel esquivo sorteo cuando otro chico de mi instituto, esta vez aficionado al baloncesto, trajo a la escuela un taco de participaciones del club donde jugaba. Su mente, lógicamente, no concebía la posibilidad de vender boletos a los alumnos; éramos demasiado jóvenes y asistíamos a clase con el dinero justo para comprarnos el Bollycao, pero sí que ofreció su número de la suerte a todos y cada uno de los profesores. Pues bien, como era de suponer, nadie le hizo el más mínimo caso. Y no era de extrañar, ya que era tan mal alumno como vendedor. Recuerdo que, tras las fiestas navideñas, nadie volvió a saber del chaval. Supongo que sus padres tuvieron que acarrear con los gastos del fajo de participaciones que su inútil hijo no supo vender, pero imagino que jamás unos padres han sido tan felices con la desidia de un hijo como lo fueron ellos.

Desde entonces cada condenado año voy repartiendo mi don por donde paso. Una tienda, una asociación, un club deportivo, un pueblo... da igual el lugar. Toda localidad agraciada con el Gordo de navidad ha sido antes tocada por mi mano de Rey Midas. Aunque solo si se trata de desconocidos; para mi familia soy más comparable a la devastación que provocaba el caballo de Atila. Porque el maleficio se ha encargado, por tradición, de que ninguno de mis allegados directos disfrute de esa magia. Y puede dar Fe mi abuela, que lleva más de cincuenta años apostando por el mismo número de la lotería nacional sin resultados.

Una vez probé a burlar mi desdicha comprando un décimo en el único lugar donde siempre había recaído algún premio, la Bruixa D'or en el pueblo de Sort. Deduje que la suma de buenaventura resultaría tan poderosa que anularía mi desgracia, pero no conté con los intrincadas normas del Universo. Ya apuntilló Faraday, con sus dichosas leyes magnéticas, que la suma de dos polos positivos, lejos de atraerse con más intensidad, se repelían. Con lo que logré ser la causa principal de que la localidad mencionada no albergara un solo boleto premiado por primer año en su historia. Bueno, al menos no murió nadie.


Así que nunca más he vuelto a comprar lotería de navidad. Mi maltrecho corazón ya no es capaz de hospedar esperanza alguna. Ahora vago por los pueblos, cual estrella fugaz, condenado a dejar una estela de felicidad de la que jamás me podré beneficiar.

Pero que mi desilusión no os espante porque teniendo la certeza de mi incapacidad para ser el escogido, junto con la influencia cósmica que puedo manejar, podéis empezar a soñar con los millones que dejo a vuestro alcance. Para que luego digan que soy tacaño.

martes, 19 de noviembre de 2013

La primera vez que visité una iglesia



Una tarde que me encontraba en casa navegando por internet, fui a parar a un blog donde recogían cuentos que trataran sobre "La primera vez que..." cada autor quisiera. Como siempre ando buscando ejercicios que estimulen la creatividad, me animé a perpetrar un cuento semi-biográfico para participar en el proyecto. Y aquí está el infame resultado.
Os dejo la dirección por si a alguien le apetece participar o, como mínimo, chafardear.

http://www.laprimeravezque.literaturasm.com




La primera vez que visité una iglesia


Reconozco que mi caso es poco común. Pisar una iglesia, por primera vez, a los ocho años, no es un hecho frecuente. Y no es que no hubiera cerca de casa una, que la había; tan solo tuve la suerte, o la desgracia, de nacer en el seno de una familia hippie. Bueno, hippie por parte de madre, porque a mi padre lo calificaré, sencillamente, de bohemio. O de, como diría mi hermana, inconmensurable pasota.

Bien, dejaremos roces familiares para otra ocasión y nos centraremos en mi encuentro eclesiástico. El caso es que cada mañana recorría un largo trecho junto a mi madre, como no podía ser de otra forma, para comparecer puntualmente en  el colegio. Pues todas y cada una de esas mañanas nos topábamos, a medio camino, con ese impresionante edificio gótico coronado por un campanario dorado. Un estampado de acuarelas poblaba sus enormes ventanales, llamando mi atención como lo haría un escaparate con golosinas. Bajo sus marcos, dos columnas floreadas custodiaban el imponente portón de madera. Pero no estaban solas. Una manada de amenazadoras gárgolas observaban, con ojos feroces, nuestros movimientos desde el alféizar del tejado.

Ahora que lo pienso... quizá tenga algo idealizado ese recuerdo pueril. Puede que una iglesia de barrio no atesorara tan enrevesada ornamenta. Y hasta es muy probable que mi impresionable percepción infantil grabara, caprichosamente, esa imagen de catedral esplendorosa.

En cualquier caso, esa magnificente atmósfera hacía suscitar, en mí, un sin fin de preguntas que, ante la total ausencia paterna, solo podía esclarecer mi querida madre.

 - Mamá, ¿quién vive ahí? -pregunté señalando el edificio.
 - Esa es la casa de Dios.
 - ¡Ah! -musité, intentando hacer ver que entendía la respuesta.

Mi madre, conociéndome como si me hubiese parido (de hecho, creo que fue así), detectó mi confusión y terció, con rapidez, para apaciguar mi inquietud.

 - No te preocupes -dijo con dulzura- El Domingo por la mañana vendremos a hacer una visita.

Así era mi madre. Capaz de sacrificar un día festivo para complementar, con una excursión, la educación de sus hijos. Vamos, todo lo contrario a mi padre, que no salía de su embelesamiento ni para darnos las buenas noches.

En fin. Llegó el esperado día y, tras el desayuno, nos encaminamos hacia la parroquia. Atravesamos el grueso pórtico de madera y cayó, sobre nosotros, un fuerte olor a cera derretida, acompañado por  un murmullo de susurros y una tenue iluminación que se propagaba por todo el recinto. El conjunto resultó abrumador, desbordando mis sentidos. Alzar la vista, siguiendo con la mirada las gruesas columnas, para tropezar con esas majestuosas cúpulas, me paralizó durante unos segundos; los mismos que tardé en percatarme de una hilera humana esperando por una galleta.

 - Mamá, ¿Puedo ponerme en la cola? -pregunté con timidez.

Mi madre, sabedora de la importancia que ese simple rito representaba, me agarró por los hombros, hincó una rodilla a mis pies y, mirándome a los ojos, procuró traspasarme todos sus conocimientos.

 - Escucha -me dijo muy seria- Ya sabes que nunca fuiste bautizado y, por ese motivo, jamás hiciste la comunión. Siempre quisimos que, cuando fueras mayor, pudieras escoger entre las diferentes religiones existentes en el mundo. Esto sucederá, o no, según tu criterio. Ahora bien, esa galleta, llamada hostia, representa para los cristianos el cuerpo sagrado de Dios. Si te la comes estarás aceptando, a los ojos de la gente, que Dios habite en tu interior. Así que, tú mismo.


Yo, haciendo gala de esa inocencia que me proporcionaba el no haber entendido nada, vacilé unos segundos, y contesté con toda la locuacidad de la que pude hacer acopio a esa temprana edad.

 - Pues vale.

Y me coloqué en la fila.

En los minutos de espera durante la lenta procesión, no pude dejar de dar vueltas a las sabias palabras de mi madre. Aunque, para no faltar a la verdad, solo me preocupaba una palabra. Hostia. Confieso que anduve algo receloso ante la inminente posibilidad de comerme una. Alguna vez había escuchado a mi abuelo decir, <<Cuando vuelva a ver a tu padre se va a comer una santa hostia. Y ya veremos como espabila>>, entendiendo perfectamente el concepto. Por esos antojos del destino me encontraba comulgando, en sus dos sentidos, con los pensamientos de mi abuelo.

Para mi tranquilidad, el guantazo no llegó. Solo un ovalado pedazo de pan que introdujo el sacerdote en mi boca. Como el aperitivo acabó resultando, a todas luces, ridículo, volví al final de la cola para recibir otra ración, sin saber que estaba cometiendo uno de los mayores pecados que puede llevar a un cristiano a pudrirse en el infierno. La gula. Y en las mismísimas narices del cura.

Calculo que sería en mi sexto panecillo cuando el sacerdote decidió dejar de hacer la vista gorda. Lo cierto es que, con tanta visita al altar, ya me sentía como en casa, e incluso hice el intento de agarrar yo mismo el alimento de la bandeja. Creo que ese gesto de confianza es lo peor que se me pudo ocurrir. El cura correspondió, a mi cándido movimiento, clavándome una mirada que, al percibirla inyectada en sangre, consiguió hacerme perder el apetito. Reconocí aquella arisca mueca, pues era la misma que nos lanzaba mi padre cuando le interrumpíamos la siesta, y corrí a refugiarme bajo las faldas de mi protectora madre.

 - ¿Ya te has cansado de hacer cola? -preguntó con ternura.
 - Sí -dije, recomponiéndome.
 - Pues ahora nos sentaremos en este banco de madera y podremos observar, en silencio, la Misa.

Y así fue. Aunque, para ser sinceros, poco pudimos disfrutar del asiento. Cada dos por tres nos espoleaban desde los altavoces con el fin de levantarnos para, al momento, volvernos a sentar. Cada subida y bajada era aprovechada por el párroco para pedir perdón al Señor. Hubo un tiempo muerto, a mitad de ceremonia, en el que nos encontrábamos de pie, que intenté dedicar a paliar mi aburrimiento.

 - Mamá, ¿no era esta la casa de Dios?
 - Así es -contestó en voz baja.
 - Entonces... ¿Dónde está Dios?
 - En todas partes -dijo para que me callara.

Como la respuesta me pareció algo esquiva y, lejos de resolver dudas, acrecentó mi desasosiego, continué con el fatigoso interrogatorio que perpetraría cualquier crío de mi edad.

 - ¿Y ese Señor? Ese que el cura no para de pedir perdón... ¿Quién es?
 - Es Dios.
 - Pero... Si es un Señor, no puede ser Dios.
 - Bueno, puede que se refiera a su hijo -comentó mi madre, liando más la trama.
 - Entonces... ¿Dónde está su hijo? -inquirí de forma cargante.

Mi madre, sin sospechar en las consecuencias de su respuesta, acercó su cabeza a la mía, señaló con la nariz el estrado y, susurrando en mi oído, me soltó la respuesta que, según ella, me haría callar.

 - ¿Ves esa estatua, ahí, colgada?

Asentí al ver a Cristo en la cruz.

Aunque no lo veía tan bien como yo quisiera, por culpa de las dos malditas dioptrías de astigmatismo con las que me habían obsequiado los genes paternos.

 - Pues ese, ese es el hijo de Dios -confirmó.

¿Estaba el cura pidiendo perdón a una figura? ¿A un maniquí? ¿A un muñeco? Todas esas preguntas provocaron, en mí, la sensación de estar presenciando una situación completamente absurda. No recuerdo si fue porque yo era un niño muy risueño o porque el cura mojó en el vino las Hostias que había ingerido, pero la explosión que exterioricé, en forma de estruendosa carcajada, rebotó con un eco infinito sobre las paredes del templo.

Esto propició dos cosas. Que todos los feligreses giraran la cabeza, con aires despectivos, hacia nosotros. Y que mi madre padeciese la suficiente vergüenza como para cargarme, cual saco de patatas, y salir a toda prisa por la puerta mientras me tronchaba de risa.

Ese día aprendí a respetar todas las religiones para intentar no ofender a nadie con mi ignorancia. Sobre todo si son tan amables de abrir las puertas de su casa para que se les pueda visitar.

¡Ah!, sí. Y a perdonar, a perdonar mucho. Aunque, releyendo lo escrito sobre mi padre, intuyo que aún me queda un largo camino que recorrer hasta interiorizar ese sentimiento.

martes, 12 de noviembre de 2013

La pandilla de los extraños



Decir que soy raro no tiene sentido. Todos lo somos, sin excepción. Cada uno posee un conjunto único de características que nos diferencia de cualquier otra persona. Que alguien nos tilde de raros solo responde a que han visto, en nosotros, algo excepcionalmente inusual. Pero por cada individuo que piense en esa cualidad como una rareza, habrá otro que le resulte de lo más común. Incluso el no ser agraciado con alguna de esas singularidades resultaría algo anómalo.

Propuse una tesis que teorizaba sobre la dispersión de todas las rarezas por el mundo para que, al combinarlas, cada uno fuésemos como quisiéramos. Pero, claro, tuve que conocer a mis amigos y me la tumbaron con un simple suspiro; como a un castillo de naipes. Sus excentricidades son tan únicas y extraordinarias que sobrepasa lo imaginable.

César, por ejemplo. Dicen que los hombres piensan en sexo casi el doble de veces que las mujeres en un solo día. Pues César puede doblar los registros de cualquier hombre sin esfuerzo aparente. Y, si me apuras, hasta triplicarlos. Aunque espero que no lo asociéis a una mente lasciva, porque os estaréis equivocando de pe a pa. Y eso, según tengo entendido, es mucho. 
Mi amigo es un estudioso, un erudito, un sabio en su materia. Una de esas personas, por no decir la única, que sabe exactamente cuanto tiempo dura un orgasmo de cualquier animal sobre la faz de la tierra. Bueno, de cualquiera que sea capaz de provocarse uno, evidentemente. Da igual el tema que estés tratando en una conversación porque, si aparece un animal, ¡ZAS! te suelta el dato. Nunca hemos logrado entender de donde saca semejante información, ya que, dedicándose a repartir cartas, no le ha de quedar demasiado tiempo para otros menesteres. Tampoco sabemos la utilidad que le encuentra a su afición. Como mucho podrá tener una idea de los minutos de sufrimiento que padecerá si algún día visita una selva y a un tigre de bengala, por poner un ejemplo factible, le da por  violarle en lugar de zampárselo.

Pero este caso es leve si lo comparamos con el de Luís. Su obsesión está tan enfocada al mundo de la vinicultura que en su mente no hay sitio para nada más. Ni en su casa. Tal como entras en su piso te recibe una enorme barrica jerezana de mil litros. Nadie se explica como logró hacerla entrar por la puerta. Por suerte no contiene líquido, aunque aprovecha su enorme capacidad para albergar una impresionante colección de corchos. Pero eso es solo el recibidor, porque en la primera habitación que te encuentras recopila todas y cada una de las botellas consumidas en años de afición. Está tan forrada de cristal que más que un cuarto parece una pecera. Y si nos acercamos a la siguiente nos esperarán unos archivadores, de pared a pared, que guardan en sus entrañas miles de las etiquetas que decoraban esos recipientes antes mencionados. Aunque lo más sorprendente llega cuando te enseña la terraza. Y vaya terraza. Ochenta metros cuadrados, de los cien que mide en total, están invadidos por tiestos perfectamente ordenados. Y, ¿adivináis qué contienen? Pues más de setenta variedades de cepas de vid, como no podía ser de otra forma. ¿Pero cómo es posible meter esa cantidad de plantas en un piso?, os estaréis preguntando. Pues, y aquí viene lo extraordinario, las ha miniaturizado en forma de bonsai. Vamos, una locura. ¡Ah!, y no te atrevas a pedirle una Coca-Cola porque te tirará uno de esos cascos vacíos a la cabeza. Uno de los irrompibles, por supuesto.

Pero, a pesar de nuestras extravagancias, somos buena gente. Y juntos nos lo pasamos fenomenal. Incluso creo que aprovechamos nuestros encuentros para desahogarnos de nuestras obsesiones, para olvidar la esclavitud de sus atenciones, para, en definitiva, sentirnos personas normales.


¡Uy!, se me olvidaba. No os he hablado de mi pasatiempo. Bah, es una nimiedad que apenas tiene importancia. Fíjate tú que, César y Luís, hasta me han puesto un mote... je, je, que cachondos. El multi-artista estrafalario me llaman. Total, que me guste experimentar en varias disciplinas no es nada insólito, mucha gente lo hace. Casualmente expongo en el centro cívico de mi barrio, durante toda esta semana, una colección de fotografías (analógicas, digitales o en Polaroid), cuadros, bocetos arquitectónicos, canciones, esculturas (esculpidas en mármol, alambre, hielo o porexpán) , relatos, cortometrajes (registrados en Super8, betamax o cámara de Iphone), poemas, bandas sonoras y jarrones de arcilla. Huelga decir que todo el material ha sido exprimido de mi vena artística. Mientras, en la sala anexa, se interpretará un musical que he ideado partiendo de una adaptación gay sobre un texto de Shakespeare. Lo he renombrado "Romeo y Julio". Por cierto, yo mismo daré vida a los dos personajes. ¿Os apuntáis?


martes, 5 de noviembre de 2013

Más allá del entendimiento



Sé que no soy la persona más indicada para valorar la forma de hablar de nadie. Ya he comentado en alguna ocasión que la mía deja mucho que desear. Suelo hablar rápido, sin vocalizar y, casi siempre, en un imperceptible susurro. Y es que me resulta un gran esfuerzo físico, un mal trago que intento pasar lo más rápidamente posible. Así que, por todas estas razones, no juzgaré, solo expondré.

Este extraño suceso podría estar situado en cualquier lugar donde dos personas se parasen a conversar, pero yo lo viví en una sala de espera mientras escuchaba a dos amigas (creo) dialogar.

 - ¡Mujer! ¿Cómo tú por aquí?
 - ¡Ay, que alegría verte! Pues ya ves, a lo de siempre.
 - Claro, claro. Yo igual.
 - ¿Y qué tal tú marido?
 - Bien, bien. Aunque un poco liado.
 - Pero lo va sacando ¿no?
 - Eso parece, aunque no es fácil.
 - No, claro que no. Mientras no le pase como a ese...
 - Ah, ¿a ese?
 - Sabes lo de ese que te dije ¿no?
 - Pues ahora que lo dices, no. Así que cuenta, cuenta...
 - Pues se fue allí, a aquel sitio...
 - ¿En serio? Pero si nunca le ha gustado hacerlo.
 - Ya, pues no se quejó. Sobre todo cuando...
 - No me lo puedo creer. Y más sabiendo como se pone.
 - Pues eso no es todo. Me contó que le hicieron sentirse... así...
 - Claro, no me extraña. ¿Cómo te sentirías tú?
 - Pues igual, para que nos vamos a engañar.
 - Es que, a quien se le ocurre.
 - Y, cambiando de tema, aquello de lo tuyo...
 - ¿Lo mío? Se ha pospuesto. ¿No lo sabías?
 - Como quieres que lo sepa, si siempre soy la última en enterarme.
 - Pues sí, ya ves. Otra vez igual.
 - Bueno, pero tu tranquila. No vayas a...
 - ¡No, no! Yo a lo mío.
 - Eso, que luego ya sabes lo que pasa.
 - ¿Por eso? No sufras, que ya sé lo que tengo que hacer.
 - Si, pero siempre vigilando. Que luego...
 - Ya, ya. No te preocupes, que siempre lo hago.
 - Es que, el día que dejes de hacerlo...
 - Ni se me pasaría por la cabeza.
 - Oye, por cierto. ¿Y tu hermano?
 - Ahí, a lo suyo.
 - ¡Ah!, pero todavía continúa...
 - Claro, él no lo va a dejar. Ya sabes que si no...
 - Pues muy bien hecho. Y si lo deja que no sea por aquello.
 - ¿Aquello? Que va. Ya es agua pasada.

¡Basta!

Ya. Paro. No quiero llegar, rememorando el trauma, a convulsionar como la primera vez que lo escuché. Solo diré que tras esta... esta... esto, tuve que acercarme a la peluquería más cercana para que me lavaran la cabeza. Haciendo especial hincapié en el masaje capilar durante el enjabonado. Solo así pude apaciguar los calambres encefálicos producidos por las siete rampas, en el córtex cerebral, que sufrí.

Esto me pasa por forzar la mente más allá del entendimiento. Este Universo está plagado de episodios para los que, indudablemente, uno no está preparado.

martes, 29 de octubre de 2013

Mauricio y sus títeres




 - ¡¿Cómo están ustedes?!
 - ¡Bieeeeeen! - contestó, entregado, el público infantil.

Se encontraban, según rezaba el cartel, en la zona de "El mago Mauricio y sus títeres". Justo en el lugar donde el polvo del viejo Oeste y los adoquines de la antigua China convergían y entremezclaban para disputarse el terreno. La función estaba programada para las cinco de la tarde, pero a nadie extrañó el adelanto de veinte minutos ante la masiva afluencia de espectadores impacientes.

 - Me llamo Julia, ¿vosotros cómo os llamáis? -dijo la muñeca, declamando con una perfecta voz de niña.
 - ¡Marcos!¡Sandra!¡Marta! -exclamaron los niños más participativos.
 - Ahora que somos amigos os presentaré a mi hermano Raul, ¿queréis conocerlo?
 - ¡Siiiii! -gritaron al unísono.
 - Pues tenéis que llamarlo muy fuerte porque es un dormilón y le cuesta mucho levantarse. Lo despertaremos a la de tres: uno, dos y... tres.
 - ¡Raul, Raul, Raul! -se desgañitaron los niños.

Y Raul apareció, con lentos movimientos de insomne, por el lado opuesto del escenario.

 - Que paaaasa -balbuceó con desgana- ¿Por qué me despertáis? ¿Ya es hora de trabajar?
 - No, hermanito. Es que hice nuevos amigos y te los quería presentar -dijo Julia, señalando con sus manitas de cartón en dirección a la platea.
 - ¿Y estás segura de que son nuestros amigos?
 - Claro que sí. Y seguro que nos quieren ayudar, ¿verdad niños?
 - ¡Siiiiiiii!
 - Lo ves tontorrón. ¿Cómo puedes dudar de nuestra amistad?
 - No, si yo no dudo. Lo que ocurre es que siempre acaban huyendo y nos dejan solos.
 - Pero esta vez no pasará, ¿a que no pasará? -insinuó Julia cabeceando de lado a lado.
 - ¡Nooooo! -vociferó la multitud.
 - ¿Nos vais a ayudar?
 - ¡Siiiiiii!
 - Es una tarea muy sencilla, veréis. Tenemos un problema muy, muy, muy grande con nuestro jefe. Nos tiene aquí encerrados y nos hace trabajar mucho, ¿verdad que sí hermanito?
 - Es cierto -añadió Raul- Tiempo atrás fuimos un poco malotes, pero aprendimos la lección y prometemos portarnos bien si logramos escapar. Entonces... ¿nos ayudaréis?
 - ¡Siiiiiii! -gritaron los niños tras dudar unos instantes.
 - ¡Que bien! Ji ji ji -rió Julia con excitación- ¿Sabéis quién es nuestro jefe?
 - ¡Nooooo!
 - Pues si miráis los carteles que hay a ambos costados lo veréis -dijo Julia ojeando a izquierda y derecha.
 - ¿Este? -apuntó una niña con trenzas que se había levantado de su taburete para señalar al mago del póster.
 - Exacto -dejó caer Raul con un matiz rencoroso.
 - Pero... los magos son buenos. Ayudan a los niños -prosiguió la trenzada niña.
 - Sí... sí, sí -murmuró la gran mayoría, de forma indecisa.
 - ¡No, este no! -cortó Julia de forma tajante. Y, bruscamente, añadió- Mauricio es un mago malo, y nos ayudaréis a escapar. ¿Entendido?
 - Eso -dijo Raul- habéis prometido ayudarnos y es lo que vais a hacer -y añadió con tono coaccionante- O incumpliremos la promesa de portarnos bien. 

Ayudado por la inexpresiva mirada de quién posee ojos de botón, Raul se giró hacia el patio de taburetes y lo dejó helado con su malévolo gesto. Ni los adultos, apiñados en un segundo plano, se atrevieron a respirar.

De repente, la niña con trenzas, dio la voz de alarma.

 - ¡El mago, está allí!, ¡viene por el camino! -chilló mientras señalaba con el índice.

Todo el mundo se giró, incluyendo los padres, y vieron acercarse a un hombre, abstraído y parsimonioso, con una caperuza en la cabeza y una cerveza en cada mano. Volvieron la vista, casi a la vez, hacia el póster donde aparecían las marionetas, suspendidas gracias a las manos de un sonriente Mauricio; el mismo que se aproximaba. En las décimas de segundo que emplearon para volver a enfocar el escenario, y ver el cuerpo de sus nuevos amiguitos intentando la fuga por un lateral de la barraca, tan solo se les cruzó una pregunta por la mente: ¿quién manejaba los títeres? 

El mago, al ver la multitud delante del carro, arrancó a correr gritando.

 - ¡No escuchen a esos demonios!, ¡son peligrosos!

Y, tal como pronosticó Raul minutos antes, los espectadores huyeron despavoridos.

El hombre, tras observar la estampida, desaceleró sin prisa la marcha y se aproximó, andando, a la zona abandonada. Impasible, recogió un taburete volcado y acomodó su trasero junto al escenario. Depositó un botellín sobre el pequeño decorado y golpeó dos veces el lateral del mismo.

 - ¡¿Mauricio?! Fin de la función -anunció con una sonrisa antes de descubrirse la cabeza y dar un largo tiento a la cerveza que aún sostenía. Era un día extrañamente caluroso para la fecha.

Atravesando el telón apareció una mano desnuda, palpó el escenario, agarró la bebida y la hizo desaparecer, con un movimiento felino, entre bambalinas. Mauricio atesoraba, sin duda, unas manos con tablas escénicas.

Era el último día de trabajo para Manuel y su sobrina. Habían sido contratados, por el gerente del parque de atracciones, para ayudar a Mauricio en la función que había ideado para la quincena de Halloween. No iban a desaprovechar la única ventaja de tener un hermano gemelo, y más encontrándose Manuel en paro.

 - Tito. ¿Me compras una Fanta?

Manuel se rascó el bolsillo y sacó un euro para la niña de las trenzas. ¿Cómo iba a negarle un capricho a la única cría que no se espantaba al verle?

 - Toma -le dijo alargando el brazo- pero has de volver antes de las cinco y media para la siguiente función. ¿Te acordarás?
 - Claro.

Y dando alegres saltitos se alejó. Decidida a despojar de las garras del hombre-lobo vendedor, con un trueque, el deseado refresco.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Microrrelato



Soy consciente de que esto no es agradable para el mundo en general, pero la enorme ignorancia que atesoro me envalentona, irremediablemente, a flirtear con cualquier forma de expresión literaria. Hoy toca el microrrelato. Espero y deseo, por el bien de los lectores casuales, que el destrozo sea leve. Al resto no os diré nada, pues sospecho que ya estáis inmunizados a estas atrocidades.



Ruptura

Un día soleado. Una ciudad. Un barrio. Una cafetería. Una terraza. Una pareja.
Ella una coca-cola, él una cerveza y diez segundos de silencio.
Ella mirando a la cara y él contemplando el suelo.

 - Me lo podías haber dicho antes de venir -dijo ella enfadada.
 - Si, lo siento. No tuve valor -murmuró él sin desviar la vista de la baldosa.
 - ¿Por qué dejaste que viniera de vacaciones si pensabas romper la relación?
 - No lo sé. Creo que quería que te llevaras un buen recuerdo de mí.
 - Pues lo siento por ti, pero la imagen de este cobarde no creo que desaparezca tan fácilmente de mi memoria -dijo mirándole de arriba a abajo.

Acabaron las bebidas, la acompañó en silencio a la estación de autobuses y se despidieron con un abrazo. Él deseando que lo perdonara, ella deseando no perdonarlo jamás.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Fiesta Nacional




12 de Octubre: día de la Hispanidad o Fiesta Nacional de España. He buscado la definición de fiesta y voy a exponer todas las acepciones encontradas.

 1. Reunión de personas como diversión.
 2. Solemnidad civil o religiosa en conmemoración de algún acontecimiento o fecha especial, y día en que se celebra.
 3. Día en que no se trabaja.
 4. Actividades culturales y diversiones que se celebran en una localidad en unos días determinados.
 5. Periodo de vacaciones por alguna fiesta, sobre todo religiosa.
 6. Agasajo, caricia u obsequio.

Así, a primera vista, parece ser un día donde no se trabaja y se pasa en grande haciendo actividades en comunión. Pues no sé que pensar; o la gente monta la fiesta en secreto, o los medios de comunicación la ocultan o, simplemente, no existe tal fiesta. ¿O hay alguien que la celebre? Ah, sí... las Fuerzas Armadas.

Soy una de tantas personas que hizo el servicio militar y puedo asegurar que el doce de Octubre que viví dentro de la institución no me pareció ningún jolgorio. De hecho tuve que desfilar, como todo el mundo, y permanecer horas variando entre la posición de descanso, firmes o presentando armas, para contentar al General de División que nos visitaba. Creo recordar que la mayor deferencia que tuvieron con nosotros fue un sustento algo más digno del habitual. No, eso no fue una fiesta. ¿Dónde estaba la diversión?

Me resulta curioso que, en un país con la fama fiestera de España, no sean capaces de montar una buena juerga nacional. Se podría empezar por concertar un partido de fútbol, deporte mayoritariamente venerado por todos, de la selección para que coincidiera con la fecha en cuestión. Este año casi lo consiguen. Y, por coherencia, lo mismo debería suceder con las corridas de toros.

Otra forma de celebración podría ser potenciar con ferias o concursos las tradiciones más arraigadas de los ciudadanos en días festivos. La comida en forma de tapas, por ejemplo, es uno de los ocios más extendidos que utilizamos para disfrutar en reunión.

Y actos culturales tampoco deberían faltar. Conciertos multitudinarios, debates o presentaciones con autores literarios, sesiones especiales de clásicos en cines; en definitiva, cosas extraordinarias que hagan disfrutar a la gente, haciéndola sentir que es un día realmente especial.

Pero no. El único acto, y que me corrijan si me equivoco, es el de las Fuerzas Armadas. También, y para complementar al ya mencionado, hay una recepción de mandatarios en una sala Versallesca del Palacio Real, donde la mayor expresión de efusividad es un ¡Viva España! exclamado, sin demasiado entusiasmo, por el príncipe. Pues vale, pero me he quedado igual de frío que un día laborable.

Meditando sobre el tema he llegado a una nueva tesis sobre la Fiesta Nacional. Puede que, sin hacer nada, se esté homenajeando a la mayor tradición en estos últimos años: el paro. ¿Existe mejor ofrenda?




sábado, 12 de octubre de 2013

Hay que ver



Hay que ver...

No entiendo el significado de esa frase. ¿Qué hay que ver? ¿Me pierdo algo? ¿Tengo la obligación de ver? Pues no tengo ganas de ver nada ni hacer nada. La verdad, podría estar así todo el día, sin hacer nada. Aunque ahora no sé si eso sería hacer algo, ya que es una decisión premeditada y hay que estar muy quieto para llevarla a cabo.

Alguien podría decir que sí que hago algo: escribir. Puede que lleve razón, pero teclear con un dedo sobre una tablet no creo que fuese la definición que tiene en mente un purista sobre dicha acción. Además, la ejecuto con desgana. Solo esta frase me ha llevado más de treinta tediosos segundos. Buff.

Ahora que estoy aquí, tumbado, callado, con la mirada perdida, casi catatónico, va mi esposa y me pregunta qué me pasa por la mente. Y tengo una duda que me inquieta: ¿quién fue el fenómeno que hizo creer a las mujeres que, cuando andamos alelados, pensamos en cosas interesantes? Yo, por no romper un misterio heredado de nuestros ancestros, contesto que medito sobre mis cosas. Aunque, si dijera la verdad, podría comentar algo del dilema que arrastro desde hace unos minutos por dirimir si utilizo el dedo meñique o el índice para extraer un molesto moco que me impide respirar con normalidad.

No es una decisión que se pueda tomar a la ligera. Hay demasiadas variables a tener en cuenta para una correcta extracción. Un calibre dactilar adecuado para el orificio, una longitud de uña perfecta para cavar; y todo esto sin olvidar las diferentes consistencias que puede adoptar la viscosidad a tratar. No, no me precipitaré. Aún me quedan unos minutos de meditación ante mi gran decisión. Aunque no puedo dormirme en los laureles o acabaré succionando enérgicamente la mucosidad para no ver comprometido mi resuello.

Soy raro, no lo voy a ocultar. Pero, vamos, no más raro que cualquiera. Y mi mayor rareza es precisamente esa, que no lo oculto. Creo que soy la única persona en el mundo que, en un ascensor, está más incómodo con una conversación intranscendente que con un tenso silencio. Y, claro, al no soltar palabra acabo siendo etiquetado de, por no repetirme, peculiar. Si me conocieran bien se darían cuenta que lo verdaderamente extraño sería que parlotease sobre evidencias atmosféricas, como hacen ellos.

Hay una frase muy romántica, cosa curiosa tratándose de Tarantino, dicha en Pulp Fiction. "Sabes que has encontrado a alguien especial cuando puedes compartir con esa persona un instante de silencio", o algo así (espero que ningún iluso/a piense que voy a levantarme a buscar la frase exacta). Tampoco pretendo tener esos momentos de intimidad con mis vecinos, pero solo espero que, de vez en cuando, puedan respetar esos interminables segundos (sobre todo para ellos) callados, igual que yo respeto la incontinencia verborreica que tanto dominan. A cada uno lo suyo; sin rencores.

Bueno, va siendo hora de hacer algo. No sé; ir a desahogar la vejiga, por ejemplo. O, mejor aún, rotaré levemente quince grados a la izquierda para liberar de presión la arteria de mi pierna derecha. A ver si así dejo de sentir ese inquietante hormigueo. Por suerte, y gracias a mis técnicas de pilates, no tengo que hacer grandes esfuerzos en el giro. El asunto del pis lo dejo para luego, que intuyo que todavía puedo dar un par de cabezadas antes de que mi cuerpo pida, ya de forma inexcusable, desahogarse.

Hay que ver...

domingo, 6 de octubre de 2013

Enemigos eternos



Hola, ¿me reconocen? Sí, soy yo. El tipo gordo que hace unos meses hizo todo lo posible por perder peso. Bueno, tantos kilos no perdí, pero si cambié de hábitos. Ahora como más sano, bebo solo agua (vale, reconozco que alguna cerveza cae de vez en cuando) y salgo a pasear cada tarde con mi perro. Así que espero, con el paso del tiempo, adelgazar mucho más. ¿Que por qué lo hice? Pues para lograr lo que todos ansiamos: ser más queridos. Aunque a veces, por mucho que nos esforcemos, no acabamos de lograrlo.

El caso es que el otro día andaba a paso ligero con mi perro, un pastor alemán inquieto llamado Fidel, cuando llegamos a la plaza mayor del pueblo y, de sopetón, me encontré con una reunión de amigos en torno a un banco de madera. Esta clase de charlas entre vecinos me da una envidia horrorosa, sobre todo cuando los veo debatir de esa forma tan animada y jocosa. Bueno, pensé, para esto intento perder grasas; para ganar en auto-estima y tener el valor de interactuar, disfrutando de esta clase de eventos, con la gente de mi entorno. Así que me acerqué al corro para escuchar su encendida dialéctica aunque, eso sí, desde un segundo plano.
Rápidamente advertí la gran variedad de nacionalidades que se encontraban en el ecléctico grupo, pero no me extrañó lo más mínimo. Ya desde el principio de la crisis fueron los extranjeros los primeros en sufrir esta lacra que es el paro, y no es difícil encontrarlos vagando por las calles en busca de trabajo.
En el momento de mi llegada tenía tomada la palabra un africano algo molesto por culpa de algún suceso que no pude llegar a entender a causa de mi tardía incorporación. Pero, sin duda, hacía referencia a sus antepasados.

 - ¡Odio!, eso es lo que siento contra los ingleses. Ellos fueron los primeros en esclavizarnos. Y luego hicieron colonias en nuestro país para, con la excusa de alfabetizarnos, explotar nuestras tierras -dijo exaltado.
 - Pues nuestro Comandante sí que tiene delito -replicó un mulato con gestos enérgicos- Los castristas tienen bajo su mando a familias enteras viviendo en ciudades que se caen a pedazos por su cabezonería en la lucha contra el capitalismo. Son capaces de matar de hambre a su pueblo por no dar el brazo a torcer. Mi abuela siempre explicaba...
 - ¡Ja! Eso no es nada -interrumpió un pequeño hombre coronado con un kipá- Los alemanes son los peores. Nos robaron, nos encerraron y nos exterminaron a miles. Eso jamás lo olvidaremos.

Tanta exhibición de calamidades me recordó a la sala de espera de un ambulatorio. Esos asientos siempre han sido testigos de las mayores discusiones entre jubilados por ver quien había sufrido más operaciones y enfermedades. Es curioso presumir de desgracias, pero al menos esos ancianos las habían sufrido en sus carnes, cosa que no parecía suceder con mis conferenciantes a tenor de sus edades. Pero lo que más me sorprendió fue enterarme de los traumas, rencores y odios que soportaban aquellas personas por hechos ocurridos a miles de kilómetros de distancia y, la mayoría, en tiempos remotos. Unos estigmas en su carácter heredados, sin duda, de sus familiares directos.
Solo llevábamos unos minutos parados cuando mi perro, incapaz de dejar el hocico en reposo más de veinte segundos, hizo honor a su especie y empezó a olisquear el trasero más cercano; casualmente el judío. El hombre, al notar algo duro, frio y húmedo por el canalillo de los mofletes, dio un respingo y se puso en guardia.

 - ¡Uy!, perdone -dije mientras tiraba de la correa- no me había dado cuenta.
 - ¡¡Un pastor alemán tenía que ser!! ¡Si es que lo llevan en los genes! Solo falta que lo azuce contra mí para que pueda sentir lo mismo que mis antepasados en Auschwitz.
 - ¡No, no! Nunca lo pensaría. Además, Fidel es muy bueno. -comenté para quitar trascendencia al malentendido.
 - ¡¿Cómo se le ocurre llamar de esa forma al perro?! -me increpó el cubano- ¡Es nombre de dictador! ¿No le da vergüenza?
 - No, por Dios, Fidel significa fiel en catalán. Jamás se me pasaría por la cabeza ponerle un nombre así.

En ese momento el africano dio un paso a su derecha para observar al energúmeno (o sea, a mí) que estaba entorpeciendo la asamblea, con la desdicha de aplastar una inmensa caca.

 - ¡Por Alá! ¿Así me tengo que ver? Revolcado en la mierda que ha cagado el perro de este gordo terrateniente; igual que mis antepasados. ¡¿Es que no hemos sufrido ya bastante?! -exclamó elevando la vista al cielo.
 - No, oiga, que esa boñiga no es de Fidel. Mire, aún llevo el trozo de papel, intacto, con el que recogeré sus excrementos -dije levantando la mano.

Pero ni se inmutaron.
Tras dos segundos de incómodo silencio, y para olvidar lo sucedido, quise retomar el debate donde lo dejaron.

 - ¿Sabían que mi abuelo estuvo en la cárcel, en la época de la dictadura franquista, por tener mentalidad de izquierdas? Me explicó que pasó seis años encerrado temiendo que cada día fuera el último de su vida. Es evidente que no deseo que nadie vuelva a pasar por un trance semejante, pero creo que no es justo, ni para mí ni para los hijos de franquistas, que arrastremos la herida de esa barbarie por los siglos de los siglos. Quiero decir que, esa fue la vida de mi abuelo pero, por suerte, no me ha sucedido nada parecido, y veo absurdo guardar rencor a descendientes de fascistas, que ni conozco, ¿no les parece?

Creo que no les pareció. De pronto, como si del equipo de natación sincronizada se tratara, dejaron de ocupar el semi-círculo que rodeaba el banco para, en menos de un pestañeo, bloquearme el paso hacia cualquier dirección por la que se me ocurriese huir.

 - Nos intimidas con el perro, mentando al innombrable, y ¿quieres que olvidemos nuestras raíces? -dijo el cubano con cara de pocos amigos.
 - ¡¡Eso!! -añadió el judío- ¡Primero me lanzas a las fauces de tu bestia y luego escupes sobre la memoria de  nuestros antepasados!
 - ¡¡Peor aún!! -gritó el africano desde el banco donde se había sentado para intentar despegarse la plasta del zapato con un palo- ¡Se caga en nuestros orígenes!

Esta es la clase de embrollos que siempre temo. Soy consciente de mi enorme inutilidad para el combate y, como el perro siempre es el noble reflejo de su amo, Fidel no me sirve de mucho; a no ser que sea un enfrentamiento por dirimir quien olfatea más culos por minuto.
Tengo un amigo que siempre profetiza la misma cantinela. "Cuando la cordura se desvanezca y el mundo sea un disparate, has de moldear el espíritu para interiorizar la locura, solo así estarás a salvo". Creo que lo dice porque intuye algo de su acentuada chaladura, y piensa que el día en que sea reconocida le darán un cargo de concejal, o algo parecido. El caso es que, al verme acorralado por mis nuevas "amistades", hice lo que mi buen amigo haría en esta desesperada situación. Recurrir a la demencia.

 - ¡Un momento! -dije haciendo ver que escuchaba voces- ¿Habéis oído eso?

El grupo se miró extrañado, cesando su amenazadora marcha.

 - ¡Si, si!, es mi madre -dije excitado- Reconozco su politono. No he hablado con ella desde el día de su entierro. ¿Me permiten?

Me acerqué el reloj de pulsera a la oreja izquierda y contesté, presionando un botón de mi camisa, con el dedo índice de la mano derecha, a la aparente llamada.

 - ¿Si? ¡Ah!, dime mamá. ¿A cenar? Espera... No te escucho bien -me giré hacia el hombre más próximo y me hice hueco por donde pasar.
 - Perdone, es que aquí no hay buena cobertura -le dije apartándolo con la mano- Pero continúen, continúen con lo suyo... -comenté desentendiéndome del asunto- ¡Mamá! ¡¿Me oyes ahora mamá?! Espera, me moveré un poco más.

Y así, paso a paso, pude desaparecer por una de las esquinas de la calle que conduce a mi casa, sin ser molestado, mientras Fidel me acompañaba, dos metros atrás, sin dejar pasar un solo aroma de cuantos ojetes se cruzaron en nuestro camino.

No me gustaría que, por un malentendido, me tomaran manía mis vecinos, así que he decidido dejar de frecuentar la plaza a esas horas para evitar encontronazos indeseables. Al menos de momento. Pero, eso sí, a mi hijo no le comentaré lo sucedido. Él no tiene la culpa de mis meteduras de pata. También sospecho que es muy posible que haya compartido clases, en el colegio, con los descendientes de alguno de esos hombres; y hasta puede que atesoren menos prejuicios que nosotros, los adultos, y sean amigos. Quién sabe.